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Con estas palabras, que todavía producen escalofríos, terminaste
tu última homilía en catedral para pedir, rogar, ordenar:
cese la represión. Las palabras han hecho historia y son
tan actuales como entonces. Hoy, mirando a 23 millones de iraquíes,
que han sufrido opresiones internas, guerras y embargos, angustias y miedos,
dirías: Cesen los bombardeos, cese la guerra, cese la hipocresía,
cese la mentira.
No te hicieron caso ayer ni te harían caso hoy, pero tus palabras
no fueron en vano. Nos dejan la herencia de invocar, a Dios y al pueblo
sufriente, como algo último, lo que no admite apelación.
Y eso es muy necesario porque en nuestro mundo no existe un referente
último para apelar sin apelación. No lo es Naciones Unidas,
ni la Unión Europea. No tienen capacidad para gestionar la paz,
y además no tienen, en definitiva, la voluntad de poner la paz
como algo realmente último por encima de sus propios interesas.
Algunos países que se oponían a la guerra ya empiezan a
considerar como el mal mayor otra cosa: el debilitamiento
de dichas instituciones o el retroceso en la construcción de la
gran Europa. Lo que pudiera ser el último referente es egoísta.
El sufrimiento en Irak, como en Afganistán, en la martirizada y
silenciada Africa , a la que están expoliando hasta del agua, vuelve
a su lugar natural: un lejano horizonte sin semblante. Y algo parecido
ocurre cuando se apela a la democracia, la libertad, la legalidad internacional.
Lo que se tiene realmente por último es la seguridad propia -no
la del vecino-, el buen vivir de los países de abundancia, no el
sufrimiento de las víctimas, el petróleo, la hegemonía
y control policial, el reparto interesado del planeta, no la familia humana.
Ante todo eso es bueno recordar que lo último sólo es Dios,
y no cualquier Dios, sino aquel de quien decías: la gloria
de Dios es que el pobre viva. Y ante ese Dios no hay apelación,
como lo acaba de recordar Juan Pablo II: quien desencadene la guerra
deberá rendir cuentas a Dios. Y ante ese Dios, ahora que
tanto se discute quién está por la paz y quién no,
bueno será recordar estas otras palabras tuyas teologales: quienes
cierran las vías pacíficas son los idólatras de la
riqueza, los que tienen por dios al dinero.
Monseñor, tú hablabas de Dios con credibilidad y sin usar
su nombre en vano. Pero para quien no baste la apelación en
nombre de Dios, recordemos cómo continuaste: y en nombre
de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día
más tumultuosos. Hoy sigue siendo absolutamente necesario
invocar y hacer central el sufrimiento de millones de seres humanos, lo
que no suele ocurrir ni siquiera en guerra. El modo como la CNN, por ejemplo,
cubrió los primeros días de guerra. era insultante para
las víctimas. Se mencionaban números de soldados y armas,
se hablaba de la lista de los aliados, de los portentosos
avances de la tecnología de guerra... Pero no se comunicaba el
sufrimiento de hombres, mujeres y niños. Con el mismo profesionalismo
se pudiera haber retransmitido un partido de futbol -y sin ocultar las
preferencias. No hablaba así Jesús de Nazaret al contar
la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, o
la del samaritano que atiende a la víctima. Habremos avanzado en
libertad de expresión -aun con las trampas de siempre- pero no
en voluntad de verdad y en compasión. Esto vive de otra savia.
Hace una semana, el 14 de marzo, unas hermanas dominicas iraquíes
han hecho un llamamiento a Bush y al pueblo norteamericano para que cese
la crueldad. Y no lo han hecho en el distanciado lenguaje de los políticos
y los medios. Esto dicen:
El presidente Bush defiende los derechos de los animales.
¿Acaso tenemos nosotros menos valor que los animales? ¿Por
qué el pueblo americano tiene el derecho a vivir en paz a salvo
y en prosperidad? ¿Acaso su vida es más valiosa que la
vida de otras personas, por ejemplo la del pueblo iraquí? No
nos hemos repuesto todavía de la guerra del Golfo, ¿cómo
podemos enfrentar los efectos de una nueva guerra?.
Religiosas como éstas, o como las salesianas que se quedaron en
Timor del Este en 1999 cuando embajadores y miembros de Naciones Unidas
abandonaron el país durante la invasión de Indonesia, son
las que hablan en nombre de nuestro sufrido pueblo. Razón
tenía el congresista Joe Moakley. Cuando quería informarse
sobre la situación de los países del tercer mundo no acudía
al Departamento de Estado, sino que hablaba con las religiosas del lugar.
Una última cosa, Monseñor. Nunca te redujiste a condenar
la injusticia y la barbarie, sino que nos animaste a construir y trabajar
en defensa del pobre. En tu última homilía, poco antes de
antes de caer asesinado, dijiste con gran sencillez: todos podemos
hacer algo.
En estos días ha habido mucho trabajo y mucho amor. No se recuerdan
tales manifestaciones masivas en todo el mundo en contra de la guerra,
estudios laboriosos sobre derecho internacional, análisis económicos,
militares, políticos religiosos, sobre los antecedentes de la crisis...
No se recuerda un ecumenismo mayor entre iglesias cristianas y otras religiones.
Por primera vez en la historia, prácticamente todas las iglesias
de Estados Unidos y sus jerarquías han condenado unánimemente
la guerra.
Por razones éticas y para que se cumpla con la legalidad internacional
Juan Pablo II y el Consejo Mundial de Iglesias han condenado una guerra
preventiva, pero sobre todo han insistido en que no se puede golpear todavía
más a un pueblo tan sufrido en los últimos 20 años.
Es el argumento máximo: el amor, la defensa y la misericordia ante
el sufrimiento de las víctimas. Han puesto en el centro de la realidad
el sufrimiento y la compasión. Algunos, de los que deciden la suerte
de las naciones, han abandonado Iraq, porque puede peligrar su vida y
fortuna. Otros han ido a Bagdad para defender a los pobres, con sus propias
vidas, de la barbarie de la guerra. Son la gente de compasión.
Hasta el día de hoy nadie ha tenido una compasión mayor
que ustedes los mártires. Es cierto que aquí en nuestro
país siguen siendo ignorados y enterrados por algunos impenitentes.
Los que te mataron, Monseñor, y sus allegados todavía no
han pedido perdón, ni siquiera han bajado un poco la cabeza con
humildad para pedir disculpas al pueblo salvadoreño, sino que siguen
hablando y actuando, como si nada hubiera pasado. Es el mysterium iniquitatis.
Pero ustedes, los mártires, siguen vivos como quienes han sido
compasivos hasta el final. Son quienes mejor ponen en el centro de la
realidad y de nuestra vidas a Jesús de Nazaret .
En estos días he estado leyendo escritos de Ernesto Sábato,
patriarca latinoamericano de liberación y de derechos humanos.
Creo que te gustará oír lo que dice sobre nosotros, los
seres humanos, en estos momentos de nuestra historia. Sólo
quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para
el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.
Esto es lo que quería decirte Monseñor. Interpélennos
ustedes los mártires -en nombre de Dios y en nombre del sufrimiento
de los pobres- a la misericordia, a la justicia, a recuperar la humanidad
perdida. Entonces sí caminaremos hacia la paz y florecerá
un mundo humano. Ojalá el año entrante podamos contarte
cómo es ese mundo nuevo entre nosotros.
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