La metáfora de Dios encarnado.
¿Qué significa para las Iglesias?
John HICK
En relación con Jesús,
parece más probable que él se entendiera a sí mismo como el llamado a desempeñar
el papel del profeta final ante la inminente irrupción del reino de Dios en la
tierra. Este fue, como él lo debe haber entendido, un papel humano único y crítico.
Al aceptar esta visión escatológica, la Iglesia primitiva esperó en un estado
de expectación ansiosa a que él volviera otra vez como el agente de Dios en el
día final con toda su gloria y poder. Sin embargo, con el desvanecimiento
progresivo de esta expectativa, la fe de los primeros cristianos en el señor
Jesús lo transformó desde una condición inicial de profeta hasta ser el hijo
semidivino de Dios, para encarnar, finalmente, la imagen plenamente divina del
Dios–Hijo, Segunda Persona de una Deidad triple. Los documentos del Nuevo
Testamento, creados durante los primeras fases de esta transformación, incluyen
tanto escenas retrospectivas del Jesús histórico como anticipaciones del Cristo
verdaderamente divino que sería definitivamente proclamado cuando el
Cristianismo se convirtió en la religión del Imperio.
El papel de Jesús como
profeta escatológico dejó de ser relevante cuando su expectativa de un final
temprano a la historia humana común demostró ser errónea. (Este hecho no es
siempre afrontado a fondo por los defensores de la ortodoxia tradicional. ¿Cómo
pudo Dios-Hijo haber estado tan terriblemente equivocado?). Pero había otro
aspecto de la enseñanza de Jesús que continuó siendo relevante. Brotó de lo que
tuvo que haber sido una extraordinaria y poderosa conciencia de Dios como Padre
Celestial y de una nueva forma de vida que se vuelve natural en su presencia.
Esta nueva forma es la completa confianza en Dios, la preocupación sincera por
los semejantes, la no-violencia, el perdón y el servicio a los demás, que en el
caso de Jesús consistió en una vida dedicada a la curación y la enseñanza.
Porque no sólo enseñó esta forma de vida, sino que la vivió y la encarnó, la
memoria de Jesús, guardada en la Iglesia, sigue viva y poderosa en nuestros días.
En su condición de
profeta del reino inminente de Dios, Jesús no tuvo intención de fundar una
Iglesia que le continuase, ni una nueva religión separada del judaísmo. No
obstante, lo que conocemos como “cristianismo” surgió a pesar de todo, convirtiéndose
el Nuevo Testamento en su documento fundacional. Este refleja tanto las
memorias de recuerdos sobre Jesús como la progresiva apropiación que la Iglesia
hizo de su figura y de su deificación. La mezcla en el Nuevo Testamento de
historia y teología, memoria y proyección, puede así ser utilizada -según el
enfoque histórico o doctrinal que se elija- para criticar o apoyar la creencia
comúnmente desarrollada de Jesús como encarnación de Dios. Que uno vea la
doctrina de la encarnación como ya implícitamente revelada en las palabras y
las acciones de Jesús, o que la vea como parte de la creación gradual de la
Iglesia, depende de la selección que cada uno haga del material procedente del
Nuevo Testamento. El elemento individual más importante para orientar esta
selección es probablemente la actitud de cada uno hacia la propia Iglesia.
¿Tiene la Iglesia y prolongada historia un valor de tal magnitud que deberíamos
pasar por alto las serias dudas históricas relativas a su pretensión de contar
con la confirmación divina? ¿O es la Iglesia una institución tan ambigua y su
pretensión de preeminencia religiosa tan dudosa, que uno no halle razón alguna
para rechazar estas dudas sobre su fundamento y su carácter supernatural?
He percibido una y otra
vez en las discusiones teológicas que éste es el verdadero y determinante tema
central. Lo que está en juego es la creencia tradicional de la superioridad única
del cristianismo personificada en la Iglesia y en la cultura occidental. Aquellos
que se hallan profundamente comprometidos con esta postura tienden a ver dentro
de los datos ambiguos del Nuevo Testamento al Jesús cuya divinidad proporciona
a la Iglesia una fundación divina. Por otra parte, aquéllos que han entendido
las grandes religiones y culturas del mundo, incluyendo al cristianismo, como
formas diferentes pero -hasta donde podemos afirmar- igualmente válidas como
respuesta a lo Trascendente, son proclives a leer las evidencias de los orígenes
cristianos de forma diferente.
Sin embargo, creo que es
justo decir que el peso de la prueba, o más bien justificación, yace ahora
pesadamente sobre la ortodoxia tradicional. La comprensión anterior del Nuevo
Testamento, según la cual el mismo Jesús reclamaba claramente un estatus
divino, ha sido abandonada por los estudios responsables, y la creencia en la
divinidad de Jesús ha tenido que retroceder a la idea de una reivindicación
implícita. En un caso como éste, la idea de una “reivindicación implícita” es
un fundamento más frágil de lo que habría sido la autoridad directa del Señor.
Una visión amplia de la situación se caracteriza por el retroceso o la retirada
que se apartan de una certeza basada en un pronunciamiento divino, y llegan a
una probabilidad basada en evidencias históricas que se vuelven objetos de
discusión. Más aún, el creciente número de intentos de enfrentarse a este desafío
para explicar inteligentemente la doctrina de la encarnación -con la
consiguiente comprobación de que sólo persuadía a unos pocos, y con los
defensores de cada posición criticando los defensores de las otras posiciones-,
solamente ha añadido un clima de confusión a aquel retroceso o retirada.
La alternativa a la
ortodoxia tradicional no tiene que ser la renuncia al cristianismo. Otra opción
más constructiva es la de continuar el desarrollo de la autocomprensión
cristiana en la dirección sugerida por la nueva conciencia mundial de nuestro
tiempo. ¿Hasta qué punto es probable que esto nos empobrezca? ¿Llegarán los
cristianos a ver el cristianismo como una manera auténtica entre otras de
concebir, experimentar y responder a lo Transcendente, y llegarán a ver a Jesús
de una manera coherente con esta visión, como a un hombre que estuvo
excepcionalmente abierto a la presencia divina, y que de este modo encarnó en
su más alto grado el ideal de vida humana vivida en respuesta a lo Real?
La respuesta verdadera
probablemente sea “sí y no”. Algunos cristianos se están moviendo en esta
dirección y lo van a continuar haciendo, pero otros muchos no se mueven. En
este momento (1993) todavía hay una tendencia ideológica general hacia la
derecha en el seno de la mayoría de las Iglesias y la posición de la mayor
parte de ellas es incluso de rechazo a cualquier discusión sobre estas
materias. Se da una correlación de esta actitud con el surgimiento de muchas
formas y grados variables de mentalidad nacionalista del tipo
“nosotros–contra–ellos”, que conlleva implícitamente la correspondiente
impopularidad de visiones más amplias, sean estas políticas o religiosas.
Al mismo tiempo, aunque
en menor escala, hay un movimiento continuo hacia una perspectiva mundial,
hacia un respeto para otras culturas y creencias y para con las minorías en el
seno de nuestra propia sociedad, asociado a menudo a un rechazo del odio y la
violencia típicos del nacionalismo contemporáneo, así como una preocupación
responsable por la tierra y por su atmósfera, como una entidad frágil que es
nuestra y de todas las formas de vida que se dan junto a nosotros. Entre los
cristianos que comparten esta visión mundial existe a menudo la idea común de
que el cristianismo es una más de entre una gran cantidad de percepciones
diferentes de lo divino, y de que Jesús era un gran profeta humano y siervo de
Dios.
Cuestionar la idea de
Jesús como una encarnación literal de Dios implica también cuestionar la idea
de Dios como la de literalmente tres personas en una, puesto que la doctrina de
la Trinidad se deriva de la doctrina de encarnación. Si Jesús fue Dios en la
Tierra, también tiene que haber sido Dios en el cielo, de manera que la teología
cristiana requería por lo menos en este sentido una doble divinidad. Cuando el
Espíritu Santo, no diferenciado en un principio del espíritu de Jesús, fue añadido
como una hypostasis distinta, la doble divinidad se convirtió en
trinidad. Pero para una forma no-tradicional del cristianismo, el símbolo
trinitario no se refiere a tres centros de conciencia sino a las tres formas en
las que el Dios único es humanamente conocido – como creador, como
transformador y como espíritu interior. No necesitamos redefinir estas formas
como tres personas distintas.
Pero antes de abandonar
la antigua tradición teológica, debemos preguntarnos: ¿no hay un gran valor
religioso en la idea de la encarnación divina, literalmente entendida, que
justifique que la mantengamos? Sí y no. De hecho hay sentidos en los cuales una
encarnación divina literal (suponiendo siempre que la idea fuera viable) sería
de un gran valor religioso. Pero estos variados valores están disponibles también,
de formas diferentes, en otras tradiciones; o, en otros casos, cargan consigo
un lado oscuro con implicaciones inaceptables.
De esta forma, en virtud
de la doctrina de la encarnación (suponiendo que sea una idea viable), el
cristianismo es una fe histórica, firmemente enraizada en el terreno de la
historia y que revela a Dios presente entre nosotros en medio de la vida
humana. Dios es, de acuerdo con la frase de H.H. Farmer, “intrahistórico”
(Farmer 1954,195). Y desde el punto de vista occidental al menos, esto
constituye un valor muy positivo. Pero se debería observar que el cristianismo
no es la única religión que entiende a Dios con una presencia activa en la
tierra y como parte del devenir histórico. El judaísmo, el islamismo, y el sikhismo
también ven la presencia activa de Dios en este mundo, guiando una comunidad,
interviniendo milagrosamente en momentos cruciales de la historia, y de este
modo profundamente implicado en los sucesos humanos. La idea de la encarnación
divina en Jesús es de esta forma una manera, pero no la única, de dibujar la
“intrahistoricidad” de Dios. De forma diferente, y con mucha menos preocupación
por la historia cronológica, la fe hindú entiende también lo divino como parte
de este mundo, situado en las profundidades de nuestro propio ser. Y también de
una forma diferente, el budismo mahayana está centrado en el re-descubirmiento
de la extraordinariedad del mundo común a través del despertar a la
sorprendente identidad de samsara, el ciclo del cambio, del sufrimiento y de la
ansiedad; este despertar se da cuando es experimentado el samsara de una forma
desinteresada, con la bendición del nirvana.
De manera semejante, en
la encarnación (suponiendo todavía esta idea como viable), Dios se nos ha hecho
conocido con una franqueza y una plenitud que no habría sido posible de otra
forma. En palabras de Brian Hebblethwaite, hay en la encarnación un “potencial
elevado y creciente para el conocimiento humano de Dios y la unión personal con
Él, introducida por la propia presencia y los propios actos de Dios en forma
humana, anulando de este modo el vacío que separa creador y criatura. El carácter
de Cristo es para nosotros el carácter revelado de Dios, y se convierte en el
criterio para nuestra comprensión de su naturaleza y de su voluntad. (...) El
amor de Dios nos es inmediatamente comunicado a través de la propia presencia
encarnada de Dios entre nosotros” (Hebblethwaite 1987, 35). El sentido de esta
afirmación está en que si Jesús fue Dios encarnado, muchos hombres y mujeres en
la Palestina del siglo I se encontraron a Dios cara a cara, y las subsiguientes
generaciones lo continúan haciendo en imaginación a medida que leen los
evangelios y participan de la Eucaristía. Si aceptamos la doctrina de la
encarnación, creemos que el clemente y sin embargo exigente amor que vemos en
Jesús es, literal e idénticamente, el amor de Dios, expresado en su forma más
completa por el sacrificio de expiación de Jesús en la cruz. Esto,
efectivamente, constituiría un gran beneficio religioso.
Sin embargo, incluso
este valor central se ve oscurecido por su propio lado sombrío, con lo que ha
sido denominado como “el escándalo de la particularidad” o mejor, el escándalo
del acceso restringido, o de la revelación limitada. Pues, ¿por qué este gran
beneficio está restringido a una minoría del género humano? ¿Por qué ocurrió sólo
en una fecha relativamente tan reciente en la historia humana? Y ¿por qué sólo
dentro de una de las mayores corrientes de la vida humana? ¿Por qué no también
en las grandes antiguas civilizaciones de China y la India, y por qué no también
en las muchas sociedades tribales más pequeñas de África, América, Australasia,
Europa de Norte y Asia? Vimos en el capítulo 9 que desde el punto de vista de
un teólogo tan ortodoxo como Tomás de Aquino, podría no haber en principio
ninguna objeción a una pluralidad de encarnaciones divinas. Entonces cuanto
mayor sea el beneficio de la encarnación como una revelación del amor de Dios,
tanto mayor será la contradicción de esa revelación con su restricción a una única
manifestación que afecta solamente a una minoría de la humanidad. Pues una
implicación de la creencia tradicional cristiana en una única encarnación
divina es la limitación arbitraria de un interés divino y salvador hacia un sector
particular del género humano.
El único tipo de teología
para el que una pluralidad de encarnaciones divinas no tendría sentido sería
una de tipo fuertemente exclusivista que sostiene que el propósito principal de
la encarnación fue que Jesús debía morir por nuestros pecados, y que solamente
podemos recibir la salvación si conscientemente entendemos su muerte como una
expiación en favor nuestro. Pues basta una muerte expiatoria para beneficiar de
ella a todo aquél que sepa de ella. Esto es, como Richard Swinburne dice, “un
argumento a favor de una revelación final mayor, que da noticia de esa expiación”
(Swinburne 1992, 76). Pero este exclusivismo fue rechazado por la Iglesia Católica
de Roma en el Vaticano II y está principalmente confinado a los fundamentalistas
teológicos protestantes. Para la gran mayoría de los teólogos cristianos, que
hoy en día se dividen en inclusivistas o pluralistas, no hay base para tal
argumentación.
No es una respuesta
adecuada decir que la Iglesia tiene un deber de evangelizar el mundo y que la
encarnación es, de este modo y a través de la Iglesia, un acto en favor de toda
la humanidad. Pues, ¿cómo podría ser una expresión de amor infinito el haber
encargado especialmente la revelación de ese amor a un grupo humano inadecuado,
que ha mostrado haber fracasado definitivamente en su proyecto de convertir al
mundo? Si la idea de una encarnación divina en la vida humana es viable, ¿por
qué Dios no se ha encarnado tantas veces como hubieran sido posibles para
abarcar el mundo entero? No sé de ninguna respuesta convincente que se haya
dado a esta cuestión. El escándalo del acceso restringido, o de la revelación
limitada, vicia de ese modo lo que de otra forma hubiese sido el valor supremo
de la encarnación divina.
Otro gran valor religioso
de la encarnación (continuando todavía en la suposición de que se trate de una
idea viable) sería que revela a Dios como partícipe, a través de la vida y
muerte de Jesús, de nuestro sufrimiento humano. Por supuesto, si Dios es
omnisciente, Dios conoce todo el sufrimiento humano cuando sucede, y si Dios
está sometido al devenir, y es capaz de sufrir (algo que sin embargo el
Concilio de Calcedonia negó categóricamente [en su preámbulo, el decreto de
Calcedonia declara que “Este Sínodo (...) depone del sacerdocio a aquellos que
se atrevan a decir que la Divinidad del Unigénito es pasible”. Hasta hace
relativamente poco tiempo, la teología ortodoxa consideraba que la divinidad
implica inmutabilidad e impasibilidad]), entonces Dios es, según las
palabras de A.N. Whitehead, “el sufridor compañero que demuestra comprensión”
(Whitehead 1919, 496). Pero, Brian Hebblethwaite explica que “solamente si
podemos decir que Dios mismo ‘llevó nuestras penas’ en la cruz, podemos
encontrarle universalmente presente ‘en’ el sufrimiento de los demás... Esta
dimensión completa de la doctrina cristiana de la encarnación, su
reconocimiento de la naturaleza costosa del amor misericordioso de Dios, y su
percepción de que solamente un Dios sufriente es moralmente creíble, se pierde
si el involucramiento de Dios queda reducida a un asunto de ‘conocimiento’ y
‘compasión’” (Hebblethwaite 1987, 36). La idea de un sufrimiento divino atrae a
muchos hoy en día, aunque hasta épocas bien recientes fue considerada
oficialmente como errónea, y eso, incluso, de manera peligrosa: Dios era
inmutable e impasible, y fue con la naturaleza humana -no divina- de Jesús, con
la que sufrió en la cruz. La noción de un Dios sufridor apunta sospechosamente
hacia el antropomorfismo - que oscurece la total concepción de la encarnación
divina. (Jacob Neusner señala que “el antropomorfismo es un género del que la
encarnación constituye una especie”, Neusner 1988, 11). Sin embargo, dada la
general aprobación contemporánea de la idea, se ha de añadir que, como Frances
Young ha dicho, “Jesús no es la única evidencia de un Dios doliente” (Young
1977, 37). La Biblia hebrea señala el amor doliente de Dios por Israel. Y
mirando desde una perspectiva más amplia, no se encuentra ninguna falta de
expresión de la presencia de Dios en del sufrimiento humano. Por ejemplo, la
literatura del islam incluye pasajes tan vivos como el de Rumi: “Dios dijo: uno
de mis siervos favoritos y elegidos se enfermó. Yo soy él. Considera bien: su
dolencia es mi dolencia, su enfermedad es mi enfermedad” (Nicholson 1978, 65).
De modo parecido escribió el místico y activista social sik contemporáneo
Kushdeva Singh:
La gente va a los templos
a saludarme...;
qué simples e ignorantes son mis hijos,
que piensan que vivo aislado... ¿Por qué no vienen
y me saludan
en la procesión de la vida, donde yo habito,
en las granjas, en las fábricas y en el mercado,
donde aliento a los que ganan el pan
con el sudor de su frente?
¿Por qué no vienen y me saludan en las
barracas de los pobres,
y me encuentran bendiciendo a los pobres y
necesitados
y secando las lágrimas de las viudas y los huérfanos?
¿Por qué no vienen y me saludan
al borde del camino,
y me encuentran bendiciendo al mendigo que pide
pan? ¿Por qué no vienen y me saludan
entre aquéllos que son pisoteados por los
orgullosos de alma y poder,
y me contemplan sosteniendo su sufrimiento y
derramando compasión?
¿Por qué no vienen y me saludan
entre las mujeres hundidas por el pecado y la
vergüenza entre las que me siento para bendecirlas y levantarlas?
Estoy seguro de que nunca me pueden echar de menos
si me intentan encontrar entre el sudor y la lucha
por la vida
y en las lágrimas y las tragedias de los pobres
(Singh 1974, 31-32).
Este valor particular
-la revelación del amor divino en el Dios crucificado- ha sido, por supuesto,
expresado tradicionalmente en la doctrina de la expiación. En los capítulos 11
y 12 argumenté que esta doctrina ha sido un error, que nos ha traído
implicaciones éticas inaceptables y ha sido contraria a las enseñanzas de Jesús;
y no necesito repetir el argumento aquí.
También se ha dicho que
entrando a y siendo parte de la experiencia humana del sufrimiento, Dios
confronta y toma la responsabilidad última de la presencia del mal dentro del
universo creado. Éste es un pensamiento interesante. Como lo expresé en
escritos anteriores (1968), “es parte del significado del monoteísmo cristiano,
decir que existe un ser último que es responsable moralmente, que es absoluto
amor y bien, en el cual podemos confiar en medio de las dificultades y
ansiedades del desdoblamiento gradual, para nosotros, de la realidad en el
tiempo. Somos confiados a esta confianza al ver la responsabilidad divina en
acción en la tierra, en la vida de Cristo. Porque ahí, en su vida, es donde vemos
el Amor que ha ordenado el largo y costoso proceso de la formación de las almas
al entrar en él y al participar, junto con nosotros, de sus dolores y sus
inevitables sufrimientos” (Hick 1973, 69- 70). Pienso que debe de ser
libremente otorgado que (suponiendo, por supuesto, la viabilidad de la idea de
la encarnación divina) es un pensamiento muy persuasivo que, en las palabras de
Vernon White, “a menos que y hasta que Dios mismo haya experimentado el
sufrimiento, la muerte y la tentación del pecado, y los haya vencido como
persona humana, no tiene autoridad moral para vencerlos en y con el resto de la
humanidad” (White 1991, 39).
Sin embargo, aún esta
idea, así como es de poderosa, tiene también un lado oscuro. Porque, también,
comparte el escándalo del acceso restringido. Si en la encarnación Dios nos
reconcilia con el proceso creativo, con toda su dureza así como todos los
aspectos positivos, ¿por qué esta revelación salvífica es dada sólo a una minoría
de los seres humanos? Se puede por supuesto decir que “en principio” es
accesible a todos, porque no está deliberadamente escondida o prohibida a
nadie. Pero también podemos decir con toda seguridad que de hecho es accesible
sólo a través de ciertos medios limitados. Y la idea de que Jesús de Nazaret era
Dios encarnado, y que en su muerte expiatoria se nos muestra el amor sufriente
de Dios, nunca ha sido accesible en la práctica a más de una minoría de seres
humanos, una minoría que constituye el cristianismo y sus extensiones
coloniales; y más: dentro de esta minoría, sólo esa moderna sub-minoría que
rechaza la ortodoxia tradicional cristiana de la impasibilidad divina. Por lo
tanto, cuanto mayor sea el beneficio de haber nacido dentro de este segmento
privilegiado de la historia humana, mayor es la injusticia a aquellos que
nacieron fuera de él. Éste es el escándalo del acceso restringido que
desgraciadamente destruye todo valor religioso que pueda ser atribuido a la
doctrina de la encarnación.
Por supuesto es posible
tratar de eliminar este escándalo negando cualquier ventaja religiosa al hecho
de ser cristiano. Uno puede sostener que el conocimiento del amor de Dios,
expresado en el acto de expiación de Jesús, no le agrega nada al hecho de ese
amor y ese acto expiatorio. Así, Vernon, defendiendo una teología inclusivista
de las religiones, dice que “el conocimiento del Salvador no es un componente
necesario del ser salvado” (White 1991, 39). Cristo está secretamente salvando
gente dentro de otras religiones y fuera de las religiones. White (más claro de
ideas que otros inclusivistas) se pregunta: “¿Es que esto reduce el papel y el
significado de la Iglesia cristiana a un accidente histórico intrascendente?
Hablando estrictamente, es verdad que la lógica de nuestra posición implica lo
siguiente: aunque no hubiese un conocimiento histórico del acontecimiento de
Cristo, ni un ser humano que lo transmita, de todas formas tendría una eficacia
salvadora” (White 1991, 113-14), dando supuestamente a entender que todavía
tendría suficiente eficacia, como la tiene ahora. Por lo pronto eso suena a un
inclusivismo que tiene coraje para afirmar lo que afirma. La razón de esto es
la siguiente: si realmente se da el caso de que, por la encarnación, Dios no
concedió ningún acceso privilegiado a los cristianos, entonces no hay ninguna
ventaja en ser cristiano y no hay ninguna razón para tratar de convertir a los
otros al cristianismo. Pero White casi inmediatamente se aparta de esta obvia
conclusión. Dice que “esto no margina el papel de la Iglesia en el proyecto de
Dios para el mundo... El hecho (de la encarnación) tiene su efecto
independientemente de su conocimiento; sin embargo, llegar a su conocimiento es
aún una parte altamente significativa de la plenitud final... El Evangelismo,
lejos de ser superfluo, se vuelve (en el mejor de los casos) un profundo acto
de compartir y de generosidad, que aporta elementos cruciales de plenitud final
en el presente” (White 1991, 114). Así que hay, después de todo, según White,
un significado religioso “plus” (un “algo más”) accesible a los cristianos, que
no está accesible en el presente a los judíos, musulmanes, hindúes, siks,
budistas, taoístas y otros; y el escándalo del acceso restringido está por
tanto todavía entre nosotros. El dilema que la ortodoxia tradicional tiene que
enfrentar es que cuanto más grande sea el “plus” religioso agregado por Dios al
ser cristiano en lugar de agregarlo a las otras religiones, mayor es el “minus”
religioso ordenado por Dios en el ser budista, musulmán, judío, etc., en lugar
de en el ser cristiano. Este escándalo de revelación limitada sólo puede ser
disminuyendo ese “plus”, y esto sólo es posible removiéndolo totalmente. Uno no
puede responsablemente tener las dos cosas, afirmar, por un lado, que hay una
ventaja religiosa importante para la persona que es cristiana, y, al mismo
tiempo, que aquellos que nacieron o han sido incluidos dentro del mundo
cristiano no están por lo tanto divinamente favorecidos, de tal manera que es
injusto para la gran mayoría restante del género humano.
En las páginas de Vernon
White también hay un atisbo de otra forma por medio de la cual algunos buscan
suavizar el escándalo del acceso restringido, afirmando una “segunda
oportunidad”, para entrar al círculo privilegiado, en la vida futura. Al decir
que el conocimiento explícito de Cristo no es necesario para la salvación,
White agrega: “no, por lo menos, en esta vida” (White 1991, 112). Sin embargo
sigue diciendo que, “aunque toda rodilla se doble frente al nombre de Jesús (lo
hayan escuchado o no en la Iglesia), la anticipación de eso ahora es un
privilegio glorioso” (White 991, 114) Y así el escándalo del acceso limitado
(actual) vuelve una vez más. Los cristianos tienen un “privilegio glorioso” del
cual carecen los no cristianos; y esto, combinado con el hecho de que no es
(normalmente) culpa de éstos últimos que lo carezcan, es incompatible con el
amor universal divino.
Este escándalo, que
vicia lo que de otra forma serían valores religiosos importantes de la idea de
Jesús como Dios encarnado, nos desafía a ampliar nuestro campo de visión.
Cuando lo ampliamos no sólo vemos el hecho negativo de que la mayoría del mundo
no es cristiano, sino también el hecho positivo de que la mayoría de los que no
son cristianos tienen una fe diferente al cristianismo. Esto hace del escándalo
del acceso restringido un doble escándalo, porque la insistencia en la revelación
única del amor de Dios y en su sufrimiento conjunto con la humanidad en Jesús,
degrada las otras grandes religiones al nivel de derivadas, o revelaciones
menores, y/o, inconscientemente, como caminos secundarios de la salvación
cristiana. He argumentado en los capítulos 13 y 14, en sintonía con la mayor
parte del pensamiento contemporáneo, que esta reivindicación tradicional de
superioridad es religiosamente poco realista, y pienso que, sin duda, el
escepticismo y la incomodidad sobre este punto está muy extendida hoy en día
entre los cristianos pensantes.
La tensión creada dentro
de las Iglesias por el reto del pluralismo religioso es similar a la sentida en
la segunda mitad del siglo XIX por la teoría de la evolución biológica que
presionaba a las conciencias cristianas, estableciendo un doloroso conflicto
con la ortodoxia heredada. La evolución retó la concepción del universo con la
que habían vivido los cristianos por mucho tiempo, separando a la humanidad del
resto de los seres vivos, como una especial creación divina; y -aún más
importante- retando sus fundamentos en la Biblia, interpretados literalmente y
recibidos como autoridad directa de Dios. La reacción en contra de este reto
fue poderosa y prolongada. Pero al final, magna est veritas et praevalebit,
grande es la verdad y prevalecerá; y las Iglesias han tenido que cambiar
gradualmente su teología y el uso de la Biblia de acuerdo con el nuevo
conocimiento. El homo sapiens ha sido muy exitoso porque la mente humana
se ajusta a la realidad, aunque a veces lo haga de manera lenta y vacilante.
Anticipo que un proceso análogo al lento y doloroso de la aceptación de la
evolución se llevará a cabo en la aceptación de que el cristianismo es una
dentro de una pluralidad de respuestas humanas auténticas a la realidad divina.
Habrá una poderosa resistencia, considerables agonías y desórdenes internos
-algunas veces expresados con rabia en contra de aquellos que recomiendan el
cambio- y un gradual, disparejo y variado desarrollo del pensamiento cristiano,
dejando, como en el caso de las controversias sobre la ciencia y las
escrituras, una continua y probablemente poderosa a la fundamentalista.
La casi inevitable
aceptación cristiana del pluralismo religioso puede tomar dos diferentes
formas, abriendo espacio -lamentablemente- para una división interna más. Una
posibilidad, inaugurada por Rudolf Bultmann y otros hace más de una generación,
es la “desmitologización”, que trata de desnudar al cristianismo de sus
elementos mitológicos. Esto corre paralelo con un movimiento que va hacia atrás
a la Reforma del siglo XVI, la “Reforma Radical” encarnada hoy sobre todo en el
movimiento unitario. La otra posibilidad, para muchos de nosotros más
atractiva, es el reconocimiento del carácter mitológico del mito y la afirmación
de su valor positivo al tocar el lado más poético y creativo de nuestra
naturaleza, y entonces dejar a nuestra imaginación y nuestra emoción que
resuenen ante el mito como tal. Aquí podemos aprender de los hindúes, que se
deleitan en el mito y son capaces de nutrirse de ellos espiritualmente sin
pretender que sean algo más que mitos. Por ejemplo, al ver las ruinas del
templo de la Elefanta cerca de Bombay, vemos un gran mundo mítico que era, y
es, conscientemente percibido y habitado como tal. El esqueleto desnudo de su
contenido cognoscitivo puede ser, por supuesto, expresados en términos
literales. Así el gran Trimurti al mostrar a la divinidad con tres caras -la de
Brahma el Creador, Vishnu el conservador y Shiva el Destructor- habla de la última
unidad del proceso cósmico, con sus continuos ciclos de creación y disolución
o, en lenguaje cristiano, de muerte y resurrección. Pero esto es más vívidamente
real para la imaginación y es poderosamente evocativo para las emociones por su
representación mítica; y en el culto que rendían en el templo, hombres y
mujeres adoradores se encontraban cara a cara con esta profunda estructura de
la realidad y eran movidos a aceptar tanto sus aspectos más delicados como los
menos agradables.
Sin embargo, debemos de
admitir que la celebración del mito, que aparentemente es muy común para la
mente india, no es tan fácil para la mentalidad occidental. Cuando, por
ejemplo, en Navidad vemos la escena del establo con las figuras de María y José,
el bebé con su halo en la cuna, los pastores y los hombres sabios arrodillados
frente a él, el ganado mirando la estrella milagrosa sobre ellos... tenemos que
prescindir del cuestionamiento histórico, porque, de otra forma, echaríamos a
perder la ocasión. Parece que tenemos la tendencia atávica de aceptar los mitos
como verdades literales o rechazarlos como simplemente falsos. Tenemos que
aprender a aceptar la idea de la verdad mitológica en la religión como una
verdad práctica, que consiste en un mito que evoca en nosotros una respuesta
que nos dispone adecuadamente al último referente. El último referente de la
mitología religiosa es el Trascendente, el eternamente Real, experimentado en
diferentes formas dentro de diferentes tradiciones religiosas. Y mientras estas
diferentes percepciones, formadas por diferentes conjuntos de conceptos
humanos, sean validas, están alineados soteriológicamente con la Realidad
Trascendente, de manera que viviendo en relación armónica con cualquiera de
estas manifestaciones de lo Real, estamos justamente relacionados en lo Real
mismo. Porque en una comprensión religiosa de las grandes religiones del mundo,
son genuinas (no por ello perfectas) respuestas humanas al Trascendente, y
constituyen ambientes dentro de los cuales los hombres y mujeres son
transformados de un egocentrismo a un teocentrismo. (La postura filosófica que
yace detrás de estas cortas aseveraciones las desarrollo en mi An
Interpretation of Religion, Hick 1989.)
Pero para muchos
cristianos occidentales (incluyéndome yo mismo) sigue siendo difícil aceptar el
mito como mito. Regresando al pesebre y la historia entera de Navidad, sabemos
que es históricamente poco probable que Jesús naciera el 25 de diciembre (heredamos
la fe +cha de una fiesta invernal pagana anterior al cristianismo), que el año
de su nacimiento fuera el 1 d.C. (cuando muy probablemente fue alrededor del año
5 a.C.); es poco probable que haya nacido en Belén (que quizás se agregó al
texto para cumplir una profecía), que no haya tenido padre humano (un tema mítico
que ha sido aplicado a muchas grandes figuras de la antigüedad); y hemos visto razones para rechazar el
dogma de que Dios se encarnó (un dogma que Jesús mismo probablemente habría
considerado blasfemo). En vista de todo esto, ¿cómo participa uno en Navidad? U
optamos por salirnos, en base a que la historia de Navidad es literalmente una
mentira, u optamos por celebrarla, aceptando el mito como poesía evocativa, que
nos mueve las emociones, que expande nuestra imaginación, caldea el corazón, y
todo esto orientado a un sublime sentido del gracioso, amoroso y benigno carácter
del que es el Último en relación a la vida humana. Pero debemos admitir que
para muchos de nosotros esto resulta difícil, y a menos que y hasta que las
sensibilidades cambien, tendremos que vivir con este problema irresuelto. Es
particularmente difícil para aquellos que están llamados a guiar el culto de la
Iglesia, sabiendo que muchos en su congregación ven los relatos míticos como
literalmente ciertos. Debe haber sido igualmente difícil hace cien años leer,
por ejemplo, la historia de Adán y Eva como la lectura del día, comprenderlo
como una verdad en forma mítica, y al mismo tiempo saber que muchas personas la
podían ver sólo como historia literal. Las mismas palabras eran entendidas en
diferentes maneras, por diferentes personas. Y así sigue siendo hoy en día. La
frase “la Palabra se hizo carne” implica para algunos que Jesús, único, tenía
dos naturalezas, divina y humana, y por lo tanto tiene que ser adorado como
Dios; mientras que para otros significa que la vida de Jesús encarnaba un amor
que es el reflejo del amor divino, y que el ideal de la humanidad que vive en
respuesta a Dios se encarnaba en un grado superlativo en su vida, de tal forma
que podemos tomarlo como nuestro señor, nuestro gurú, nuestro maestro, nuestro
líder espiritual.
¿Por qué es importante
el hecho de si pensamos en la historia cristiana -la historia del Dios Hijo
descendiendo del cielo a la tierra para morir en expiación por los pecados del
mundo y fundar la Iglesia-, como una verdad literal o como una verdad mitológica?
Es importante porque, como hemos visto, su comprensión literal tiene
implicaciones inaceptables que la construcción mítica no tiene. Si Jesús era
literalmente el hijo único de Dios, encarnado, el cristianismo entonces es
verdaderamente la única religión fundada por Dios en persona. Sería entonces
extraño que, habiendo fundado una nueva religión, Dios no quisiera que
estuviera por encima de todas las otras religiones. Sería raro que los que están
incorporados a la religión de Dios (en el Cuerpo de Cristo) no estuvieran de
alguna forma mejor que los que están afuera. Sería raro que la civilización
basada en la religión de Dios no fuera cualitativamente mejor que todas las
otras. En una palabra, el dogma de la encarnación implica una superioridad única
del cristianismo y de civilización cristiana. Pero esta supuesta superioridad
nos parece a muchos hoy en día, muy dudosa. Y cuando vemos críticamente su
validez religiosa, la encontramos muy tambaleante. La idea carece de una base
histórica segura en las enseñanzas de Jesús. Los intentos para hacerla
conceptualmente inteligible hasta ahora han fallado; y, más aún, ha sido
manchada por su utilización, pues sirvió para justificar males humanos enormes.
La alternativa es una fe
cristiana que tome a Jesús como nuestro supremo (pero no necesariamente único)
guía espiritual, como nuestro personal y común líder, gurú, ejemplo y maestro,
pero no como literalmente Dios, y que vea al cristianismo como un conjunto auténtico
de salvación/liberación, entre otros, que no se opone sino que interactúa de
mutuas maneras creativas con los otros grandes caminos. Pero, ¿puede esta fe
cristiana, que ya no reclama ser la normativa final y universal, esperar
sobrevivir? ¿Es cierto que un movimiento religioso viable necesita actitudes
sobrecargadas de emoción de una comunidad cerrada y cálida formada alrededor de
una pretensión absoluta, y la seguridad tener un conocimiento privilegiado
dentro de ella, en contraste y en contra del mundo exterior? ¿No necesita un
fervor evangélico y dedicación? Y, por lo tanto, ¿no debe sostenerse en una
estructura fundamentalista de creencias simple y doctrinal, aunque no sea bíblica?
La respuesta, de nuevo,
es tanto “sí” como “no”. Mucha gente en este complejo mundo busca verdades
simples y honradas sobre el Absoluto, sobre un significado de la vida básico y
perdurable, y los fundamentalismos pueden satisfacer estas búsquedas. Estos
fundamentalismos también pueden atraer no sólo a personas relativamente poco
educadas, sino también a personas con un alto grado de educación en otros
campos que no sean los estudios religiosos. A este respecto, el sociólogo Peter
Berger dice que “hay alguna justificación para afirmar que la tendencia a creer
evidentes sinsentidos aumenta, en lugar de disminuir, con la educación
superior” (Berger 1992, 126). Por más improbables que sean, las concepciones
aceptadas acríticamente dentro de una comunidad de apoyo, pueden tener un poder
inmenso.
Sin embargo, no es sólo
la imagen familiar tradicional cristiana la que es simple y veraz. Sin duda en
cuanto se cuestiona este cuadro a base de argumentos, yendo más allá de los
himnos, los coros y los sermones populares, la verdad resulta mucho menos
simple y directa. Las ideas de la Trinidad y de las dos naturalezas de Cristo
son de hecho incomprensibles para la mayoría de la gente. Por otra parte, una
fe cristiana no tradicional, puede ser verdaderamente sencilla y al mismo
tiempo profunda. Si consideramos la creencia de que hay una Realidad última
trascendente que es la fuente y el sostén de todo; que esta Realidad es
bondadosa en relación a la vida humana; que la presencia universal de esta
Realidad es reflejada (“encarnada”), humanamente hablando, en la vida de los
grandes líderes espirituales del mundo; y que entre éstos encontramos que Jesús
es nuestra principal revelación de lo Real y nuestra guía principal para vivir.
Esta es una fe religiosa
básica en forma cristiana. Es nuestra respuesta humana al misterio del
universo, impulsada por la experiencia religiosa y guiada por el pensamiento
racional. Pero el sentido de Trascendencia bondadosa necesita ser elevado al
torrente de la figuración imaginativa, la música y los cantos que en nuestra
era electrónica permanentemente moldean la disposición y la actitud de vida de
muchas personas. Los “signos de trascendencia” que están alrededor de nosotros
necesitan estar conectados a nuestros pensamientos y a nuestras emociones. Esto
no lo pueden hacer los filósofos o los teólogos, cuyo trabajo es más análogo a
la investigación “pura”, científica, en su relación con la tecnología. La
aplicación a la vida debe ser el trabajo de gente creativa en artes de todo
tipo, incluido el arte de vivir, y eso, por medio de respuestas a su
experiencia de la Transcendencia, así como por la materialización de esta
experiencia en las formas míticas concretas en cuyos términos es vivida la vida
humana.
¿Cuándo acontecerá esto?
¿Acontecerá realmente? ¿O quizás ya está sucediendo? El futuro nos dirá.
John HICK, La metáfora de Dios encarnado. Cristología
en una época pluralista, Abyayala, Quito, Ecuador, 2004, 229 pp. Colección
Tiempo Axial nº 2.
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