Teología de la Liberación y Cristianismo Mundial.
Hacia una recuperación del cristianismo culturalmente global
Jorge E. CASTILLO GUERRA
Universidad Radboud e Instituto de Ciencias de la Misión (NIM)
Nimega, HOLANDA - Panamá, PANAMÁ
«Cristianismo mundial» es una nueva
perspectiva en la teología dirigida al estudio de las múltiples realidades y
experiencias del cristianismo en sus diferentes regiones. Tomando como base
otras disciplinas teológicas, tales como la historia de la iglesia, los
estudios del cristianismo oriental, la teología sistemática y las ciencias de
la misión, el cristianismo mundial pretende responder a preguntas relacionadas
con la identidad local de comunidades cristianas. Por ejemplo, de los
cristianos coptos de Etiopía, los movimientos pentecostales brasileños,
cristianos reformados en España, anglicanos de Nigeria o católicos de Corea del
Sur.
Una noción fundamental en el
cristianismo mundial es que el cristianismo no es la religión de una región
sino de muchas regiones y comunidades. De aquí se desprende una comprensión
plural del cristianismo, que implica una valoración de los rasgos propios que
diferentes tradiciones han tejido a partir sus propias cosmovisiones,
evoluciones sociopolíticas, orientaciones culturales y la interacción con
religiones autóctonas. Tradiciones, ritos, valores espirituales y compresiones
de fe expresan hoy la pluralidad de cristianismos que son puestos en contacto con
otros a través del enfoque ecuménico e intercultural en los estudios del
cristianismo mundial. Pero, ¿de dónde provino el interés por el cristianismo
mundial? ¿Cuál es su alcance para la actual comprensión del cristianismo? En
este artículo ofrecemos una breve introducción al trasfondo histórico del
cristianismo mundial y en sus premisas fundamentales. Nuestra tesis central es
que el cristianismo mundial contribuye a una recuperación de la identidad
cristiana plural introducida en el cristianismo primitivo.
El cristianismo del concilio de Jerusalén
El advenimiento de un cristianismo
mundial guarda una profunda relación con la historia de la misión cristiana,
dado que el cristianismo siempre se ha empeñado en llevar el mensaje cristiano
a nuevos grupos. El NT nos narra que san Pablo visita comunidades de judíos en
la diáspora y que muchos se convierten y aceptan seguir a Jesús. También muchos
griegos y romanos deciden tomar parte en el cristianismo emergente.
No obstante, dentro de la iglesia joven
surgían nuevas preguntas sobre el trato y la posición de aquellos nuevos
miembros: ¿cómo comprender el anuncio del evangelio a todos los pueblos? O ¿qué
hacer con los gentiles recién convertidos al cristianismo? La pregunta sobre el
anuncio de la buena nueva a judíos y no judíos desencadena una de las más
profundas crisis en la historia de los primeros cristianos. Actos
tradicionalmente judíos como la circuncisión, el sabbat, la llamada dieta
kosher o los ritos de purificación constituían una pesada carga para los
gentiles, griegos o romanos que habían aceptado la fe de Jesús y que difícilmente
aceptaban que ésta estuviese ligada a una conversión al judaísmo.
El libro de los Hechos de los Apóstoles
15, 28-29 nos narra que el Concilio de Jerusalén fue convocado para encontrar
respuestas a tal desafío. Sin entrar en discusiones sobre la idealización de
este acontecimiento en la redacción lucana, podemos deducir, que los primeros
cristianos introducen un nuevo modelo de misión abierto a diferentes pueblos y,
que este modelo de misión implica una determinación de la identidad del
cristianismo como una fe ligada a un modo de vida que no impone una cultura, ni
siquiera la judía.
En su carta a los Gálatas, capítulos
2-3, san Pablo explica el espíritu del concilio de Jerusalén como un llamado a
difundir la fe en Jesucristo a través de encuentros libres de presión, en una
esfera de respeto y acompañado con el testimonio de encarnación en la fe y
cultura de los pueblos. De este modo, podemos constatar que el modelo de misión
paulina predispone a una profunda apertura a la diversidad cultural. Además,
los paganos convertidos al cristianismo son valorados en su capacidad para
anunciar y testimoniar el mensaje cristiano, y sus orígenes étnicos y
culturales no son ya piedras de tropiezo para la acción del Espíritu.
Las diferentes cartas evangélicas y
diversidad de énfasis que encontramos en las narraciones sobre la vida de Jesús
ilustran que tal apertura cultural también tiene un impacto en la comprensión
del mensaje de Jesús. Los diversos emplazamientos (Sitz im Leben) en
la vida , muerte y fe de las comunidades cristianas
primitivas representan matrices contextuales para explicarlo y comprenderlo. De
esta manera las primeras iglesias cristianas introducen una “pluralidad hermenéutica”
fundante en el cristianismo (Strong y Strong 2006).
Cristianismo: conversión a la cultura europea
El modelo de cristianismo del concilio
de Jerusalén sufrió grandes cambios desde el campo político. En efecto, la
conversión del rey Tiridates III de Armenia al cristianismo, en el siglo III,
constituye la primera trasformación del cristianismo en una religión política.
Las metas de la comunidad cristianas fueron subordinadas a las metas políticas
y estratégicas del reino. Más adelante, a través del el edicto de Tesalónica,
en el año 380, el emperador Teodosio hace del cristianismo la religión oficial
del imperio romano. Este reconocimiento tendrá muchas ventajas para los
cristianos, principalmente la libertad religiosa; al mismo tiempo, introduce
una profunda división, a través de la limitación de la geografía del
cristianismo a las fronteras del imperio. De esta forma se excluyen las
encarnaciones del cristianismo en regiones del norte de África, Persia y la
India y se pone en marcha una progresiva identificación del cristianismo con
las culturas dominantes de la Europa occidental.
La identificación del cristianismo con
la cultura europea conoce su punto más alto durante la expansión colonizadora
en el siglo XV, cuando los imperios imponen su propia cristiandad a los pueblos
subyugados. La conversión al cristianismo suponía la conversión a la cultura
europea a través del aprendizaje de una nueva cosmología y la aceptación de una
liturgia y verdades de fe fuertemente influenciadas por la filosofía griega. Se
aplicaba la llamada “teología de la tábula rasa”, los pueblos colonizados eran “hojas en blanco”, porque no
mostraban evidencias de una relación con Dios. Igualmente, se les se negaba a
priori su capacidad para expresar la fe a partir de sus propias tradiciones
culturales o propio Sitz im Leben. En cambio se
valoraba su reproducción de la cristiandad impuesta por el imperio y el
establecimiento de una relación con Dios en una simbología exógena. La misión
portuguesa para convertir los cristianos pertenecientes a la Iglesia de
Malankara, India, una de las más antiguas del cristianismo, fundada, según la
tradición, por santo Tomás alrededor del año 50, constituye un doloroso
episodio que ilustra el alcance de esta comprensión monocultural del
cristianismo. La pluralidad cultural y hermenéutica propuesta por el concilio
de Jerusalén brillaba por su ausencia en una política imperial empeñada en
apoderarse del mundo del otro e invadirle religiosamente y que impone una
implantación traumática del cristianismo (Oborji 2002).
Hacia una
recuperación del cristianismo culturalmente plural
A partir del siglo pasado una serie de
acontecimientos contribuyen a una valoración de las encarnaciones locales del
cristianismo. La Conferencia Mundial Misionera (World Missionary Conference) de
Edinburgo en 1910 significó un primer paso para superar barreras confesionales
entre las iglesias europeas. Posteriormente, el Primer Congreso Evangélico
Latinoamericano en Panamá (1916) y las conferencias de Jerusalén (1928), Tambarán
(India, 1938) y Willingen (Alemania, 1952) profundizan la apertura ecuménica e
inauguran nuevos espacios para valorar las realidades sociales y culturales de
las Iglesias fuera de Europa. La fundación de Consejo Mundial de Iglesias (Ámsterdam,
1948) afianza la gestación del movimiento ecuménico. En especial, la
conferencia de Willingen introduce la teología de la missio Dei, que interpreta
la misión cristiana no como la misión de la Iglesia, sino como participación en
la misión de Dios. Posteriormente el Concilio Vaticano II introduce también una
noción de misión eclesial en relación con la misión de Jesús, como servicio al
reino de Dios (Lumen Gentium 5) y como razón de su origen trinitario (Ad Gentes
1, 2). La teología de la missio Dei y la teología conciliar establecen una
relación directa entre Dios y su pueblo y pone a la institución eclesial al
servicio de esa relación.
Este espíritu renovador concuerda con el
surgimiento de una teología que a partir de la opción por los pobres critica el
modelo de exportación del cristianismo europeo. La naciente teología de la
libración (TL) introduce un método teológico que asume la propia realidad
social y política como punto de partida del quehacer teológico. En
consecuencia, los teólogos de la primera generación como Gustavo Gutiérrez,
Juan Luis Segundo, Rubem Alves, Hugo Assman, José Comblin y José Míguez Bonino
entre otros, reinterpretan corrientes pastorales y teológicas europeas, tales
como el método ver-juzgar-actuar, del belga Joseph Cardijn, fundador de la acción
católica. Otras bases que sustentan las claves hermenéuticas de la naciente
teología latinoamericana provienen de la Nouvelle Théologie, la
teología como antropología de Karl Rahner, la teología del mysterium
salutis, la teología conciliar y, lo que podemos
denominar, la teología de Medellín (II Conferencia del CELAM). La TL ofrece una
recepción creativa de estas corriente porque las acerca a su propia contexto,
marcado por la pobreza, la opresión política, militar, el intervencionismo estadounidense
y la aparición de movimientos revolucionarios. Con la ayuda de nuevas
herramientas analíticas, tales como la teoría de la dependencia, el neomarxismo
(sobre todo francés), la filosofía crítica de la Escuela de Frankfurt, la TL
introduce una novedosa aproximación a la realidad desde la cual se propone
hacer teología. Es necesario añadir, que éstas nuevas orientaciones teóricas prácticamente
no entablaron un diálogo con tradiciones de pensamiento crítico
latinoamericano, tales como las corrientes filosóficas que existían alrededor
de las obras de Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, José Martí o
Leopoldo Zea, teniendo a José Carlos Mariátegui como una de las contadas
excepciones. A pesar de ello, el aparato teórico de la TL sintonizaba con
experiencias pedagógicas y pastorales igualmente innovadoras, entre ellas, el
movimiento de educación de base en Brasil, introducido por Paulo Freire, y el
movimiento Familia de Dios, del barrio San Mguelito de Panamá, coordinado de
Leo Mahon, que darán lugar a las primeras comunidades eclesiales de base.
La naciente TL no solamente plantea
hacer teología desde América Latina sino que propone que esa teología se haga
desde la situación y perspectiva de los pobres, de tal modo que los teólogos no
inventen la teología sino que la reflexionen a partir de la fe y la esperanza
liberadora de los pobres. De esta forma la opción por los pobres introduce un
cambio radical en la teología porque transforma su lectura de la realidad
social, política y cultural y su hermenéutica en un cometido contextualizador y
al servicio de la liberación.
En especial, el trabajo pionero de
Enrique Dussel, con su historia eclesial a partir de los vencidos, los pueblos
conquistados y “descubiertos”, introduce una nueva visión popular que conlleva
a una deconstrucción postcolonial de la historiografía en boga (Dussel 1967).
En consecuencia, la historia del cristianismo no es sin más la historia de las
instituciones eclesiales europeas sino la historia de las comunidades
cristianas y de sus luchas liberadoras. La nueva histografía de Dussel
constituye la “primera reinterpretación de una historia religiosa desde el
punto de vista de la historia mundial de las culturas” (Dussel 2004: 127). Y
pone en claro que la opción por los pobres y el giro contextual hacia América
Latina y el Caribe no tiene porque limitar la teología a una región geográfica.
Por el contrario, la conciencia contextual y el descubrimiento de su identidad
local le ofrece las bases criteriológicas para examinar su posición en la
historia mundial. Y aún más, despierta su interés por saber más de otras
cristiandades. Esto explica el interés de Dussel por su estudio de los orígenes
del cristianismo desde las historias de las cristiandades armenia, copta,
bizantina o eslavas entre otras (Dussel 1974; 1983: 173-199). Los análisis de
Dussel desembocan en la fundación de la Comisión para el Estudio de la Historia
de la Iglesia en América Latina y el Caribe (CEHILA) en 1973.
Cabe añadir, que la nueva perspectiva
historiográfica de Dussel iniciativa recibe un respaldo desde Europa con la
fundación de la serie Estudios de la Historia Intercultural del Cristianismo
(1975) por parte de misionólogos germano parlantes. Según Klaus Hock (2010: 22,
26-27) esta nueva perspectiva histórica e intercultural plantea el abandono del
paradigma que comprendía la historia del cristianismo como la historia de
expansión del cristianismo europeo y la entrada de un paradigma orientado por
la contextualidad historiográfica y por complejos procesos de transculturación.
En una etapa posterior con la fundación
de la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo (EATWOT) en Dar
es-Salaam (Tanzania, 1976), se introduce una etapa en la orientación mundial de
la TL, que pone en marcha el llamado diálogo sur-sur. Un denominador común de
sus miembros es la inspiración en el método teológico de la TL, que privilegian
el la fe, la realidad y la praxis como pasos iniciales en el quehacer teológico
y en la interpretación de la historia como una única historia donde Dios se
revela a la humanidad. En un lapso de cuatros décadas surgen numerosas teologías,
tales como la teología latino/a (Estados Unidos), la teología Minjun (Corea del
Sur), la teología Dalit (India), Filipino Theology, Black Theology, Feminist
Theology, Coconut Theology, diversas teologías de género, teologías de las
diferentes formas de opresión, étnicas, ecológicas, de la migración, de diálogo
interreligioso, la teología urbana o de la ciudad, que toman la experiencia de
fe y las realidades sociales, culturales y políticas (Lebenswelt) de sujetos específicos como punto de partida para su reflexión
teológica. Esta rica variedad de teologías constituyen un ejemplo del alcance
mundial de la TL a través de recepciones creativas, glocalizaciones, en torno a
sujetos y contextos particulares.
En 1982 el misionólogo inglés Andrew
Walls (1982) afirma que las llamadas teologías del tercer mundo serán dentro de
poco las teologías representativas de la teología cristiana. Y el
norteamericano Robert Schreiter escribía también para aquellos años que no
pasará mucho tiempo hasta que la tradición teológica dominante se perciba a sí
misma como una agrupación de teologías locales (1985).
No obstante, otros misionólogos ya habían
adelantado reflexiones sobre la importancia del cristianismo de las llamadas “iglesias
jóvenes” para el cristianismo mundial. Uno de los primeros fue capuchino suizo
Walbert Bühlmann, quien en 1974 advirtió un desplazamiento cuantitativo del cristianismo
hacia el sur y que denominó “la Tercera Iglesia” (Dritte Kirche). Para Bühlmann el futuro cercano del cristianismo yace en la
Tercera Iglesia, la Iglesia del tercer milenio en África, Asia y América
Latina, donde vivirán dos terceras partes de los cristianos. En la segunda
mitad de la década de los ochenta el teólogo sistemático alemán Johann Baptist
Metz acuñó el término “cristianismo culturalmente policéntrico” para explicar
que Europa no es el centro ni el custodio del cristianismo, porque el
cristianismo conoce ya diversos centros culturales (Metz 1986). Y en la primera
mitad de la década de los noventa el filósofo Raúl Fornet-Betancourt propuso
superar el programa del cristianismo policéntrico a través de un diálogo
intercultural para fomentar la aceptación de la pluralidad cultural del
cristianismo. Entonces surgirá un cristianismo “desamarrado” de la cultura
occidental, porque ya no se tratará de “un cristianismo con muchos centros,
sino de muchos cristianismos” (Fornet-Betancourt 2007:29).
Debate sobre la próxima cristiandad
A partir de la década de los noventa se
extiende el interés por el estudio del cristianismo desde un enfoque mundial en
diversas facultades de teología cristianas y cátedras de ciencias de la religión
de universidades estatales. Surgen también revistas, centros de investigación y
series de libros dedicados al cristianismo mundial, tales como la revista
escocesa Studies
in World Christianity o nuestra serie Studies in World
Christianity and Interreligious Relations (Rodopi).
Con la publicación del libro The Next Christendom: The Coming of
Global Christianity (La próxima cristiandad: el advenimiento del cristianismo global)
en 2002, Philip Jenkins, profesor de ciencias de la religión en la Universidad
Estatal de Pensilvania, pone en marcha una serie de debates sobre el futuro del
cristianismo. Su obra recoge diferentes datos ya existentes, sobre el
incremento del número de cristianos no occidentales, para sustentar su tesis
sobre los rasgos e identidades del cristianismo del sur global (Global South).
Jenkins afirma que al inicio del pasado siglo el cristianismo
tenía una tez blanca, formado por dos terceras partes de los cristianos
europeos y norteamericanos. Pero al inicio del presente siglo la composición étnica
y la geografía del cristianismo cambia en forma radical y el centro del
cristianismo se desplaza a América Latina, África y Asia. A modo de ilustración
a inicios del siglo pasado, en 1900, África contaba con 107 millones de
habitantes, de los cuales 10 millones eran cristianos. Hoy día África cuenta
784 millones de habitantes de los cuales 360 son cristianos; Latinoamérica con
480 millones de cristianos.
Pronósticos demográficos arrojan cifras
sobre la continuación de esta tendencia, en tal modo que en el año 2025 los
europeos formarán apenas un 20% del total de cristianos y América Latina y África
tendrán juntas alrededor del 50% del total de cristianos y Asia 17% (Jenkins
2007: 227). Otro pronóstico atañe al crecimiento de los grupos pentecostales,
de quienes se espera que en 2050 sumen alrededor de mil millones de seguidores,
un incremento que les convierte en el movimiento cristiano más exitoso de
nuestros tiempos.
A partir de estas cifras Jenkins
concluye que el cristianismo dentro de poco tendrá su centro en el sur,
especialmente en África y América Latina. Vaticina, así mismo, que un verdadero
descubrimiento mutuo provocará la emergencia de una nueva religión mundial, de
un nuevo cristianismo fundamentado en el hemisferio sur (p. 13). Jenkins agrega
que el dinamismo del cristianismo actual es visible en el avance del movimiento
evangélico y pentecostal entre los países del sur. Lamentablemente, concluye,
este fenómeno no es objeto de investigaciones científicas, con lo cual no
percibimos su envergadura.
Para Jenkins dos características del
cristianismo del sur global están relacionadas con la secularización y el
quehacer teológico. Cristianos del sur tienen menos recelos para mantener su fe
al mismo tiempo que llevan una vida moderna, incorporando las últimas innovaciones
tecnológicas. También relacionan más su cotidianeidad con sus reflexiones de fe
que los cristianos europeos. De ahí que Jenkins sostenga que el cristianismo
del sur es más conservador, reaccionario, carismático y místico que el
cristianismo del norte y que representa un futuro peligro debido a algunas de
sus tendencias relacionadas con el fanatismo. Las teologías del sur son más
conscientes de sus realidades contextuales y prestan mayor atención a los
aspectos históricos, políticos y espirituales de la fe.
Una última característica del
cristianismo del hemisferio sur constituye para Jenkins su identidad, que no
debe comprenderse como producto de la exportación del cristianismo occidental
porque éste ya tiene raíces propias en los contextos del sur.
Jenkins ha recibido muchos elogios por
su claro discurso por poner el tema del cristianismo mundial en las agendas de
diferentes disciplinas científicas. Pero también ha recibido numerosas críticas.
En 2007, con ocasión de la celebración del 75º aniversario de fundación de la cátedra
de Ciencias de la Misión en la Universidad Radboud de Nimega, organizamos una
conferencia dedicada a las conclusiones de Jenkins. Diferentes ponentes
criticaron su simplista exposición y descripción de los cristianismos del norte
y el del sur. Acusaron, entre otras cosas, que delimita la violencia religiosa
al hemisferio sur, que una religión no puede ser compartimentalizada bajo la
clasificación geográfica norte, sur, oriente, occidente, y que generaliza en su
identificación del cristianismo del sur con posiciones conservadoras.
Investigadores como Grace Davie han
ventilado otras críticas a Jenkins. Cuestionan que Jenkins basa sus
conclusiones en cifras sobre la asistencia a las iglesias, sin embargo esos
datos no necesariamente implican la desaparición del cristianismo, sino su
desinstitucionalización (Davie 2002).
Una aproximación al término “cristianismo
mundial”
El debate en torno a Jenkins atrajo la
atención de teólogos y cientistas de la religión sobre un tema que se venía
postergando desde la década de los setenta del siglo pasado - a pesar de las
aportaciones del africano John Mbiti y el ya citado Walbert Bühlman, ambos
desde 1974 - por una teología sumamente preocupada por el desafío de la
secularización o por la llamada “evaporación del cristianismo” europeo. En su “mundo”
no había espacio para pre-ocuparse por el cristianismo de los otros y responder
a la siguiente demanda: ¿cómo asumir el desafío que proviene del florecimiento
del cristianismo en los países fuera de Europa? Cómo bien lo expresa Mbiti en
una conocida cita: “Nosotros hemos comido teología con ustedes; hemos bebido
teología con ustedes; hemos soñado teología con ustedes. Pero todo ha sido
unilateral; todo ha sido, en cierto sentido, la teología de ustedes… Nosotros
conocemos la teología de ustedes. La pregunta es ¿conoces ustedes nuestra
teología? ¿Les gustaría conocernos teológicamente?” (Mbiti 1976: 16-17).
En conformidad, diferentes
investigadores insisten en precisar la connotación mundial del cristianismo y
promover acercamientos interculturales a través de verdaderas relaciones
inter-teológicas. El estadounidense Charles E. Farhadian explica que el
cristianismo mundial “está conformado por diferentes formas de cristianismos
autóctonos [indigenous], unidos mundialmente no por comunalidades políticas, económicas,
culturales, lingüísticas o geográficas, sino por comunidades de fe que atienden
al perdón de Dios a través de Jesús, atentas a constituirse individual y
colectivamente según la Biblia y animadas por el Espíritu Santo para
testimoniar el Evangelio a través de barreras culturales y lingüísticas”
(Farhadian 2012: 1). Por su parte Jenkins emplea los términos cristianismo
mundial (world
Christianity) y cristianismo global (global
Christendom) en forma descriptiva, no normativa,
para exponer los cambios del cristianismo en una macro-perspectiva. De esta
manera quiere salvar el automatismo que induce a la identificación del
cristianismo con Europa. Lamin Sanneh, profesor Cristianismo Mundial (Yale
Divinity School), uno de los más reconocidos exponentes de esta corriente,
aclara que no se puede emplear el término “cristianismo mundial” sin más, pues
es necesario distinguirlo de “cristianismo global”. Con “cristianismo mundial”,
se indica, primero, el surgimiento del cristianismo en una sociedad en la que
no estuvo presente; segundo, que su origen es espontáneo, desde los movimientos
de base, es decir, de abajo hacia arriba. Y tercero, que los pueblos lo reciben
y expresan a través de sus propias tradiciones culturales. En este sentido,
afirma Sanneh, no hay un cristianismo mundial,
sino una variedad de respuestas autóctonas que pueden prescindir del marco de
la modernidad.
Ahora bien, con el término “cristianismo
global” Sanneh recoge el sentido colonizador de la expansión del cristianismo:
una expansión planificada, de arriba a abajo, bajo la responsabilidad de las
instituciones eclesiásticas y que apunta a la reproducción de formas y patrones
desarrollados en Europa. Es sus palabras Sanneh formula que la expansión
impuesta del cristianismo “es, de hecho, una instalación religiosa y un
cautiverio cultural de la fe” (Sanneh 2003: 22).
En el libro Christianity as
a World Religion (Cristianismo como religión
mundial) (2008:13), Sebastian y Kirsteen Kim advierten que la distinción
propuesta por Sanneh es difícil llevar en la práctica, porque el cristianismo
global también ha originado articulaciones de cristianismos autóctonos y el
cristianismo mundial puede caer en un uniformismo y exclusivismo cultural.
Otro problema, que conviene señalar en
la distinción de Sanneh está relacionado con los efectos de la
deterritorialización y transnacionalización de tradiciones cristianas a través
de flujos migratorios. La migración, que ha sido caracterizada como ícono
humano de la globalización, introduce otras tradiciones cristianas en
sociedades de destino. Piénsese por ejemplo en las celebraciones de El Salvador del
Mundo llevadas a cabo por salvadoreños, en
California, en el avance del movimiento de renovación carismática en Europa a
través de católicos latinoamericanos o en el trabajo misionero de iglesias
africanas en otros continentes. El tipo de cristianismo que introducen, sin
embargo, no es una mera reproducción del cristianismo de sus lugares de origen;
es un cristianismo afectado e incluso transformado por la experiencia de
migración. Migrantes fundan comunidades cristianas, reciben el acompañamiento
de instituciones eclesiales y se sirven de las estructuras de un cristianismo
global para vigorizar un cristianismo que responda a sus nuevas experiencias de
arraigo, marginación y que les empodere para alcanzar las metas del proyecto
migratorio (Castillo Guerra 2010).
La expansión del cristianismo a través
de la migración nos pone en guardia para advertir, primero, las posibles
comprensiones estáticas del cristianismo que implica el uso de las categorías
norte – sur. Y segundo, nos permite constatar que el cristianismo global o
mundial, a pesar de las posiciones exclusivistas, no operan con una autonomía
total con respecto al otro. Por ello consideramos que el estudio del
cristianismo mundial tiene también que incluir al cristianismo global, no
solamente por intereses de comparación, sino porque solamente así podemos
acercarnos a las distintas facetas del cristianismo, incluidas las
interacciones intra-cristianas. Hechas estas advertencias podemos concluir con
los teólogos Kim y Kim que la distinción de Sanneh contiene elementos críticos
y postcoloniales, que nos permiten asumir el desafío que proviene del
florecimiento del cristianismo en los países fuera de Europa, porque nos
orienta para investigar cómo entra, cómo es recibido, y cómo las comunidades se
apropian del cristianismo en los diversos contextos (Kim y Kim 2008:13).
Conclusión
A mediados de la década pasada iniciamos
en nuestra facultad de teología en Nimega el curso «cristianismo mundial» junto
con Herman Teule, teólogo belga, experto en cristianismo oriental. En una de
las clases analizamos el credo de la tradición siria, formulado en el Concilio
de Seleucia-Ctesiphon en 410. Su contenido constituye una confesión de fe que
ha sido excluida de nuestra tradición y que no comparte el alto interés sistemático
de nuestro credo niceno constantinopolitano, que utiliza la filosofía griega
para fijar las verdades de fe. A manera de ejemplo reproducimos aquí la primera
parte del texto:
“Y ésta es la
fe:
que uno cree en
Dios, Señor de todo,
Quien ha hecho
el cielo, la tierra y los mares y todo lo que hay en ellos.
Quien creó a
Adam según su imagen,
Quien entregó la
Torah a Moisés
Quien envió su
Espíritu a los profetas
Quien también
envió a Cristo al mundo”
(traducción nuestra a partir del texto
inglés de Burkitt 1899: 33-34)
El credo sirio, también conocido como el
“credo de Araphaat”, emplea un lenguaje menos fixista y racionalista, contiene
elementos de la Didaché, se refiere Espíritu Santo (Paracleto) en términos femeninos, tal
y como aparece en el lenguaje hebreo (la Ruach) y en la tradición cristiana
anterior a la influencia griega, que masculiniza al Espíritu. A modo de
ilustración, Francis Crawford Burkitt sostiene que en la antigua versión siria
del evangelio de san Juan 14,26, podemos leer: ”ella les enseñará todo”
(Burkitt 1889: 37). Además, el credo sirio declara la atención a los
necesitados como cuestión central de la fe (obras de fe). El hecho que deje
abierta una formulación definitiva de los misterios de fe arroja nuevas pistas
para sobrellevar los numerosos impases en las actuales relaciones ecuménicas e
interreligiosas.
Esta experiencia refleja una de los
objetivos centrales cristianismo mundial: rescatar la memoria de diferentes
encarnaciones históricas y actuales de los muchos cristianismos, de modo que
descentre nuestras tradiciones de su provincialismo y nos beneficie con sus
profundas riquezas (Robert 2009).
Como hemos reseñado, el enfoque del
cristianismo mundial en la teología conoce un largo proceso de gestación y
supone un replanteamiento, recuperación y ampliación de nociones cristianas en
torno a la valoración del otro/a y de las tradiciones culturales de las que se
sirve para formular su fe. Por lo tanto, el cristianismo mundial propone la
recuperación de sus localidades y una renuncia a presentar a una de ellas como
modelo único de universalización. En especial, esta perspectiva recupera una
comprensión identitaria del cristianismo, que en sus inicios se caracterizó por
la pluralidad hermenéutica y por la apertura hacia la diversidad étnica y
cultural. La reivindicación de esta identidad fundante conlleva a una apertura
hacia las diferentes encarnaciones y glocalizaciones históricas de diversos
cristianismos y a una rehabilitación de la vocación planetaria que el
cristianismo había perdido durante siglos.
Lamentablemente la teología de la
liberación (TL) no participa en forma activa en el actual desarrollo de la
teología en la perspectiva del cristianismo mundial. Sin embargo, como
indicamos en nuestra reseña del programa de Dussel, la perspectiva mundial es
constitutiva de la TL. El enfoque de la perspectiva mundial es una tarea
permanente, pues la TL ha de continuar explorando su lugar junto a otras teologías
y cristianismos. Esta aproximación la pone al encuentro de otras experiencias
de encarnación de la fe, a la vez que la acerca a nuevos cauces metodológicos y
conocimientos contextuales necesarios para un ejercicio hermenéutico que Jon
Sobrino ha denominado “fusión de realidades” (Castillo Guerra 2008: 370). De
esta forma la TL podrá continuar su acercamiento al contexto latinoamericano y
al mundo de los sujetos de la diversidad de opresiones, pues hará suya una
hermenéutica polifónica, que la encaminará hacia su necesaria transformación
intercultural.
Por último, a través de los estudios del
cristianismo mundial, la TL puede ofrecer mucho a otras teologías, entre otros,
a fin de evitar que el acercamiento teológico a la realidad histórica se limite
a la mediación de las ciencias sociales (empirismo), para que se preste mayor
atención a la sabiduría popular, al conocimiento sapiencial que Juan Carlos
Saconne, Ignacio Ellacuría y Pedro Trigo reflexionan como “momento teologal”.
Un diálogo sur-sur sobre la sabiduría popular contribuiría a una la superación
de los límites del racionalismo en la ciencias, a comprender mejor la
pluralidad de encarnaciones del mensaje de Jesús y a desarrollar la teología en
nuevos marcos contextuales, transmodernos (Dussel) y con una mayor reciprocidad
entre teólogos/as y destinatarios/as.
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