El cristianismo y la mujer: una historia de contradicciones
Mary DALY
Pretender que el propósito del cristianismo es
estereotipar las formas existentes de gobierno y sociedad, protegiéndolas de
los cambios, es reducirlo al nivel del islamismo o brahmanismo.
John Stuart Mil
Este
texto fue publicado por primera vez en 1968, en el libro de Mary DALY The
Church and the Second Sex (Boston: Beacon Press), con el título “History: A
Record of Contradictions”. El libro fue reeditado en 1975 y 1985. Aquí lo
tomamos de Del cielo a la Tierra. Una antología de teología feminista,
coordinado por Mary Judith REES, Ute Seibert y Lene SJORUP, publicado por la
editorial Sello Azul de Santiago de Chile, 1994 y 1997, 539 pp. La traducción
del original inglés es de Elena Olivos.
Un estudio de los documentos del
cristianismo respecto a las mujeres revela una confusa ambigüedad e incluso una
abierta contradicción. Lo más obvio es el conflicto entre las enseñanzas
cristianas sobre el mérito de cada ser humano y las ideas opresivas y misóginas
que surgen del condicionamiento cultural. Si esto último no contradice, al
menos oscurece la doctrina básica. Íntimamente ligada a esta dialéctica, existe
otra tensión, entre una pseudo-glorificación de la “mujer” y las enseñanzas y
prácticas degradantes concernientes a las mujeres reales. Esta segunda tensión
de opuestos es efecto de la primera. Su existencia deja al descubierto la
incómoda percepción de que “algo está fuera de lugar”, y refleja una respuesta
no auténtica a esta percepción. La glorificación simbólica de la “mujer” surgió
como un sustituto al reconocimiento total de la persona y a la igualdad de
derechos. Por lo tanto, podemos decir que la historia del cristianismo en
relación a las mujeres es una historia de contradicciones.
1. LAS SAGRADAS ESCRITURAS
La Biblia deja de manifiesto la
desafortunada -y a menudo miserable- condición de la mujer en los tiempos
antiguos. Los redactores del Antiguo y del Nuevo Testamento fueron hombres de
su tiempo, y sería ingenuo pensar que estaban libres de los prejuicios de su
época. Por lo tanto, es un proceso muy dudoso elaborar una idea de la
“naturaleza femenina” o del “plan divino para las mujeres” a partir de los
textos bíblicos. Como lo expresara un teólogo: “Seamos cuidadosos en no transcribir
a términos de la naturaleza aquello que fue escrito en términos históricos”[1].
Un ejemplo ilustrará este punto. El
Nuevo Testamento aconsejaba a las mujeres (y a los esclavos) para ayudarlas a
soportar las condiciones subhumanas (según las normas actuales) que les eran
impuestas. Sobre esta base, sería tonto establecer una descripción de las
cualidades y virtudes femeninas “inmutables”. Así, aunque a mujeres y esclavos
se les exigía obediencia, no hay nada acerca de ésta que la convierta en algo
intrínsecamente más apropiado para las mujeres que para los hombres. La idea de
tomar “tipos” femeninos de la Biblia como modelos para la mujer moderna puede
ser un ejercicio para la imaginación, pero es difícil justificarla como un
método. Cualquier abstracción rígida de “tipos”, de la historia, implica una
falacia básica.
- ANTIGUO TESTAMENTO
La Biblia contiene muchos elementos que
podrían asombrar a la mujer moderna, que está acostumbrada a considerarse una
persona autónoma. En los escritos del Antiguo Testamento, las mujeres aparecen
como seres subyugados e inferiores. Aunque la esposa de un israelita no estaba
al nivel de un esclavo, y por mucho mejor que haya sido su condición en
relación a las esposas en otras naciones del Cercano Oriente, es indicativo de
su condición inferior que ella se dirigiera a su esposo como un esclavo a su
amo, o un súbdito a su rey.
Según Roland de Vaux:
El
Decálogo incluye a la esposa de un hombre entre sus posesiones, conjuntamente
con su casa y sus tierras, sus esclavos y esclavas, su buey y su asno (Ex
20:17; Dt 5:21). Su esposo puede repudiarla, pero ella no puede pedir el
divorcio; toda su vida permanece en un lugar secundario. La esposa no hereda de
su esposo, ni las hijas de su padre, a menos que no haya un heredero varón (Nm
27:8). Un voto hecho por una muchacha o una mujer casada necesita, para ser
válido, el consentimiento del padre o del esposo, y si este consentimiento es
negado, el voto es nulo e inválido (Nm 30:4-17) [2].
Mientras el mal comportamiento de parte
de la mujer era severamente castigado, la infidelidad de parte del hombre era
castigada sólo si violaba los derechos de otro hombre al tomar a una mujer
casada como su cómplice. En la era rabínica, la escuela de Shammai permitía que
un esposo obtuviera el divorcio sólo sobre la base de adulterio o mal
comportamiento. Sin embargo, algunos maestros de la escuela más liberal de
Hillel aceptaban incluso la excusa más trivial. Si el esposo acusaba a su
esposa de haber cocinado mal un plato, o si simplemente prefería a otra mujer,
podía repudiarla. Aun antes de esto, en Sirácida 25:26 dice:
Si
no se somete a ti, apártala de tu compañía.
El respeto por la mujer aumentaba cuando
se convertía en madre, especialmente si tenía hijos varones, ya que éstos eran,
por supuesto, mejor valorados. En efecto, un hombre podía vender a su hija al
igual que a sus esclavos. Si una pareja no tenía hijos, se suponía que era
culpa de la mujer. En resumen, aunque las mujeres hebreas eran honradas como
madres y a menudo tratadas con amabilidad, su status social y legal era el de
seres subordinados. Así se comprende la oración de los hombres hebreos que
dice: “Te agradezco, Señor, por no haberme hecho mujer”. Desde el punto de
vista de la mujer moderna, la situación de las mujeres en el antiguo mundo
semítico -y realmente, en la antigüedad en general- tiene las dimensiones de
una pesadilla.
A través de los siglos, autores
cristianos han dado mucha importancia al relato del Génesis sobre la creación
de Eva y sobre la ubicación geográfica de la costilla. Esto, junto con su rol
de tentadora en la historia de la Caída, supuestamente estableció más allá de
cualquier duda la inmutable inferioridad de la mujer, la cual no era sólo
física sino también intelectual y moral. Esta interpretación ha sido tan
difundida que, a través de los años, la tradición antifeminista se ha
justificado sobre la base del origen y actividades de la “primera madre” de
toda la humanidad. Con una veta un poco más sofisticada y disfrazada, esto ha
continuado hasta hoy, especialmente a través de predicadores y teólogos que
desconocen el desarrollo del saber bíblico moderno. Estas malas
interpretaciones del Antiguo Testamento han causado un daño Inmenso.
La mayoría de los textos del Antiguo
Testamento usados para apoyar los prejuicios sexuales revelan un total fracaso
no sólo para captar la realidad de la evolución de la conciencia humana en
general, sino también para comprender la realidad y significado de la evolución
del pensamiento en el Antiguo Testamento propiamente tal. Los fundamentos sobre
los cuales se construye la subordinación de la mujer, residen en el más antiguo
de los dos relatos acerca de la creación. La historia más temprana de la
creación (documento J), que encuentra en el Génesis 2, ha sido destacada como la
base del pensamiento cristiano acerca de la mujer, mientras que el relato del
documento P, que se encuentra en el Génesis 1 -escrito varios siglos más
tarde-, no ha sido destacado, ni han sido comprendidas
sus implicancias.
Exégetas contemporáneos de las
Escrituras pertenecientes a todos los credos, teniendo las herramientas
académicas a su disposición, así como nociones de psicología y antropología,
están capacitados para examinar críticamente los primeros capítulos del
Génesis. Los dos relatos de la creación, que difieren mucho entre sí, han sido
cuidadosamente escudriñados. La última historia de la creación no da ningún
indicio de que la mujer haya sido creada como resultado de una idea posterior.
Al contrario, enfatiza una dualidad sexual original y describe el acto de Dios
en que da dominio a ambos. Se usa el plural, para indicar la autoridad
compartida para gobernar: “Y Dios dijo: 'Hagamos la humanidad a nuestra imagen
y semejanza, y que tengan el dominio...'” (Gen 1:26). El verso siguiente dice:
“Cuando Dios creó al hombre, lo creó parecido a Dios mismo; hombre y mujer los
creó” (Gn 1:27). El significado que dan los exégetas es que la imagen de Dios
está en la persona humana, ya sea hombre o mujer. Además, el plural se usa en
lo siguiente:
Y
les dio su bendición: “Tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y
gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves, y a todos los animales que se
arrastran” (Gn 1:28).
Así, el peso de la reproducción no se
asocia especialmente con la mujer, como tampoco hay ninguna indicación que
señale que el trabajo “técnico” o “profesional” sea más adecuado para el
hombre. Es el primer (J) relato de la creación, en el segundo capítulo, donde
encontramos la fuente -o excusa- para muchas de las menospreciativas teorías
sobre la mujer. La intención del redactor de este relato es, al parecer,
expresar la creación de la humanidad involucrando dos etapas. Gerhard von Rad
explica la visión J así:
La
creación de la mujer está muy separada de la del hombre, ya que es la última y
más misteriosa de todas las bondades que Yahvé quiso otorgar al hombre. Dios
diseñó una ayuda para él, que fuera “correspondiente a él” -ella debería ser
como él, y al mismo tiempo, no idéntica a él, sino más bien su contraparte, su
complemento-[3].
Académicos contemporáneos, tales como
McKenzie[4] rechazan la idea de que la historia de la posterior creación de
Eva intente enseñar la subordinación de la mujer. Lo que se sostiene, más bien,
es que se está trasmitiendo su igualdad original. Además, los viejos argumentos
de la inferioridad femenina que se basaban en el uso de la palabra “ayudante”
para describir a Eva, no resisten los análisis lingüísticos, que demuestran que
la palabra que se usó originalmente no conlleva ninguna connotación de
subordinación[5]. Hoy en día se entiende que ambos relatos del Génesis, al margen
de sus méritos relativos, enseñan que el hombre y la mujer poseen la misma
naturaleza y dignidad, y que tienen la misión en común de gobernar la tierra.
Todo esto no cambia el hecho de que
durante miles de años teólogos y predicadores han estado machacando con
obstinación la certeza de la aprobación divina del lugar secundario de la mujer
en el universo, “como lo señalan las Escrituras”. Así, la reciente declaración
del Papa Pablo VI a las mujeres italianas señalando que “la igualdad perfecta
en su naturaleza y dignidad, y por lo tanto, en sus derechos, les está
asegurada desde la primera página de las Sagradas Escrituras”, llega muy tarde
para los millones de mujeres que vivieron y murieron con la convicción
“religiosa” de su inferioridad y subordinación por mandato divino. Un
psicoanalista escribió: “La historia bíblica del nacimiento de Eva es el engaño
del milenio”[6]. Desgraciadamente, los teólogos que pontificaron ferozmente
contra la Madre Eva a través de los siglos, demostraron tener poco sentido de
la ironía y del humor.
Carentes de humor también han sido las
diatribas misóginas provocadas por el relato mítico de la Caída. Cabe señalar
que en la historia bíblica, Génesis 3, la subordinación de la mujer al hombre
-hecho sociológico reconocido por el redactor- no es resultado de la naturaleza
sino del pecado. También es digno de mencionar el hecho de que el tema de la
“división del trabajo” se ubica en el contexto de los efectos de la Caída. El hombre
ahora se asocia con la tarea de conquistar la naturaleza. La mujer sólo es
vista en el contexto de la pesada tarea de la reproducción. Aislados en “roles”
sexuales fijos, ya no son compañeros en todas las cosas. No hay ninguna
indicación de que las cosas deban ser siempre así, ya que, en realidad, esta
división no se inscribe en la ‘naturaleza’, sino que más bien es resultado del
pecado. Esto sugiere que hombres y mujeres, en su lucha por vencer los efectos
del pecado, debieran evolucionar hacia un verdadero compañerismo a todo nivel,
necesario para que la imagen de Dios se realice en ellos.
- NUEVO TESTAMENTO
Resulta significativo que en el Nuevo
Testamento, las declaraciones que reflejan el antifeminismo de la época no
provengan nunca de Cristo. No se registra ningún discurso de Jesús concerniente
a las mujeres “en sí”. Lo que es muy impactante es su comportamiento hacia
ellas. En los pasajes que describen la relación de Jesús con varias mujeres,
hay una característica que resalta fuertemente: aparecen como personas, porque
son tratadas como tales, a menudo en tan abierto contraste con la costumbre
prevaleciente como para asombrar a los observadores. El comportamiento de Jesús
frente a la mujer samaritana confundió incluso a sus discípulos, quienes se
sorprendieron al ver que él le hablaba en público (Jn 4:27). Luego está su
defensa de la mujer adúltera, quien según la ley de Moisés debió haber sido
apedreada (Jn 8:1-11). Está el caso de la prostituta cuyos numerosos pecados él
perdonó porque había amado mucho (Le 7:36-50). En las narraciones del
Evangelio, la cercana amistad de Jesús con algunas mujeres se manifiesta en el
contexto de la crucifixión y resurrección. Sobresale el hecho de que a ellas,
sus amigas, él las vio como personas, dándoles el supremo aunque simple regalo
de su hermandad.
En el Nuevo Testamento se refleja,
efectivamente, la inferioridad social contemporánea de la mujer. Aunque las
semillas de la emancipación estaban presentes en el mensaje cristiano, todas
sus implicancias no fueron evidentes para los redactores del siglo I. Los
pasajes más impresionantemente antifeministas están, por supuesto, en los
textos paulinos, que son demasiado familiares para las mujeres católicas,
quienes los han visto citados con aprobación ad nauseam. Ahora sabemos que es importante comprender que Pablo
demostraba gran preocupación por el orden en la sociedad y en las asambleas
cristianas en particular. En lenguaje moderno, parecía necesario mantener una
buena ‘imagen’ de la Iglesia. Por lo tanto, a él le parecía importante que las
mujeres no tuvieran un lugar muy predominante en las asambleas cristianas, no
“hablaran” mucho y no se quitaran el velo de la cabeza. Esto habría provocado
el escándalo y ridículo de la nueva secta, que ya debía enfrentar acusaciones
de inmoralidad y afeminación. En la antigua ciudad de Corinto, como lo ha
señalado un académico, para una mujer, salir con la cabeza descubierta era
comportarse como una prostituta[7].
A Pablo le preocupaba proteger a la nueva Iglesia del escándalo. Por eso
insistía repetidamente sobre el comportamiento sexual “correcto”, incluyendo la
sumisión de las esposas en reuniones. Una vez comprendido esto, se evidencia
que es una perversión usar los textos paulinos, que deben ser interpretados
dentro de su propio contexto social, para apoyar exigencias a las que incluso
hoy, en una sociedad totalmente diferente, las mujeres deberían someterse.
Pablo buscó justificación teológica para
las costumbres prevalecientes, como el uso del velo para las mujeres. Esto explica,
en parte, su referencia al Génesis 2 en 1 Corintios 11:7, donde él interpreta
que la mujer es para el hombre y no al revés. Aquí aparece la idea de que el
hombre es “imagen de Dios y refleja la gloria de Dios”, mientras la mujer
refleja “la gloria del hombre”. Luego surge su prejuiciada afirmación que ha
sido citada con agrado por los predicadores desde entonces: “Pues el hombre no
fue sacado de la mujer, sino la mujer del hombre. Y el hombre no fue creado por
causa de la mujer, sino la mujer por causa del hombre”. Los estudiosos modernos
de las Escrituras no comparten, por supuesto, esta interpretación del Génesis.
Además, el propio Pablo evidentemente notó que algo estaba mal, corrigiéndose a
sí mismo inmediatamente después: “Sin embargo, en la vida cristiana, ni el
hombre existe sin la mujer, ni la mujer sin el hombre. Pues aunque es verdad
que la mujer fue formada del hombre, también es cierto que el hombre nace de la
mujer; y todo tiene su origen en Dios”. Pero el daño ya estaba hecho. Durante dos
mil años las mujeres han soportado sermones sobre el tema de la “gloria del
hombre”, y aún recibimos la cosecha anual de ensayos teológicos y libros sobre
la “teología de la femineidad”, que se sostienen férreamente en el “simbolismo
del velo” y en el “plan divino para las mujeres”, transmitidos por Pablo.
En otro texto, que en general hoy en día
ya no se atribuye a Pablo, aunque seguramente fue escrito bajo la influencia de
la tradición paulina, se ve un procedimiento similar que consiste en usar la entonces
prevaleciente interpretación del Génesis para reforzar las convenciones:
[Y
quiero] que las mujeres se vistan decentemente, con modestia y sencillez; que
se adornen, pero no con peinados exagerados, ni con oro, perlas o vestidos
costosos, sino con buenas obras, como deben hacerlo las mujeres que se han
consagrado a Dios. La mujer debe escuchar la instrucción en silencio, con toda
sumisión; y no permito que la mujer enseñe en público ni domine al hombre.
Quiero que permanezca callada, porque Dios hizo primero a Adán y después a Eva;
y Adán no fue el engañado, sino la mujer; y al ser engañada, cayó en pecado.
Pero la mujer se salvará si cumple sus deberes como madre, y si con buen juicio
se mantiene en la fe, el amor y la santidad (1 Timoteo 2:9-15).
El autor trata de sostener las actitudes
y prácticas androcéntricas de su tiempo haciendo referencia al Génesis.
Obviamente, la realidad es que no hay evidencias de una subordinación de la
mujer establecida por Dios o de que los hechos sociales del pasado deban ser
prolongados y convertidos en un destino inmutable.
Es interesante observar que aquellos que
se han aficionado a citar tales textos a lo largo de las distintas épocas para
mantener a las mujeres “en su lugar”, se han visto obligados a adaptar sus
interpretaciones. Por ejemplo, la famosa frase “No permito que la mujer enseñe”
fue usada en el pasado contra las mujeres que intentaron enseñar el catecismo.
Más tarde se utilizó para apoyar las prohibiciones en contra de que tomaran
cursos de teología. Hoy en día, las mujeres sí toman tales cursos y de hecho
enseñan teología. Sin embargo, algunos escritores aún usan el mismo texto para
fundamentar su exclusión de la jerarquía. Además, es evidente lo útil de cierta
selectividad en el uso de tales textos sobre el tema de la mujer. Pocos de los
que citan este pasaje para justificar el tradicional silencio de la mujer
llegarían, por ejemplo, tan lejos como para argumentar que las mujeres no
deberían trenzarse el cabello, ni usar oro, perlas o vestidos costosos. Llegar
a estos extremos sería considerado absurdo. Por otra parte, hay muchos que aún
citan las palabras de Pablo en relación a la costumbre de las mujeres de cubrir
su cabeza en la Iglesia. Tales inconsistencias demuestran la poca viabilidad
del proceso de aplicar textos culturalmente condicionados a contextos sociales
distintos y cambiantes.
Uno de los textos citados más
frecuentemente es, por supuesto, el siguiente:
Esposas,
estén sujetas a sus esposos como al Señor. Porque el esposo es cabeza de la
esposa, como Cristo es cabeza de la iglesia. Cristo es también el Salvador de
la iglesia, la cual es su cuerpo; y así como la iglesia está sujeta a Cristo,
así también las esposas deben estar en todo sujetas a sus esposos (Ef 5:22-24).
Un académico anglicano ha señalado que
se debe tomar con gran cautela la comprensión de esta analogía: “Ciertamente
las mujeres no recibieron su ser del hombre, ni reciben su significación de
él”[8]. El mismo autor explica que: “el rechazo de la subordinación de
la esposa no invalida la analogía, sino que requiere simplemente una revisión
de los términos en que se expresan sus implicancias éticas y personales. Por
consiguiente, debido a que el matrimonio es una relación de amor mutuo y no
unilateral, el amor ejemplar de Cristo por la Iglesia se alza como un modelo
digno de ser imitado por la esposa no menos que por el esposo; indudablemente,
el significado moral y teológico pleno de su kenosis sólo emerge
cuando la noción del liderazgo masculino es
descartada en favor de un concepto más elevado de orden sexual”[9].
Cabe esperar que este desarrollo de la
concepción paulina, que revela un enfoque humanista y personalista de la
relación hombre-mujer, finalmente prevalezca en el pensamiento cristiano.
Ahora estamos en condiciones de ver que
el difundido hábito del clero de perpetuar las opresivas ideas paulinas es
difícilmente justificable. Hay perversidad cuando se pretende prolongar
doctrinas y prácticas en una época en que se puede constatar que son
defectuosas y dañinas -un asunto muy diferente es el hecho de que fueran
expresadas en un medio donde parecían justificables-. Estos textos han sido
usados a través de los siglos como garantía de la aprobación divina del status
subordinado de la mujer, transformando así, un hecho contingente en una norma
inmutable de la condición femenina. Han sido citados para realzar la posición
de quienes han tratado de mantener alejada a la mujer del derecho a la
educación, a la igualdad legal y económica y al acceso a las profesiones. El
uso irresponsable de estos textos continúa hasta hoy.
La igualdad de dignidad y derechos de
todos los seres humanos como personas es la esencia del mensaje cristiano. En
los escritos del propio Pablo aparecen algunas anticipaciones de un desarrollo
hacia la comprensión de todas las implicancias de esta igualdad. Hemos visto
que después del duro texto androcéntrico en 1 Corintios, él intenta en cierta
forma una compensación:
Sin
embargo, en la vida cristiana, ni el hombre existe sin la mujer, ni la mujer
sin el hombre. Pues aunque es verdad que la mujer fue formada del hombre,
también es cierto que el hombre nace de la mujer; y todo tiene su origen en
Dios (1 Co 11:11-12).
Además, se trasciende la dicotomía de
clases fijas, dominante-subordinado:
Y
por el bautismo han venido a estar unidos con Cristo y se encuentran revestidos
de él. Ya no importa el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer;
porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo (Gá 3:27-28).
Como ha señalado un teólogo: “Esto no significa
que el reino de los cielos se relacione con seres asexuados. Pablo está
enumerando las relaciones de dominio: éstas son denunciadas radicalmente por el
Evangelio, en el sentido de que el hombre ya no tiene el derecho de imponer su
voluntad de poder sobre la mujer, como tampoco una clase o raza sobre otra”[10].
No resulta sorprendente que Pablo no
haya comprendido todas las implicancias de esta trascendencia. Hay una tensión
no resuelta entre el mensaje cristiano personalista y las restricciones y compromisos
impuestos por la situación histórica. Sería ingenuo pensar que Pablo previó una
evolución social. Para él, la trascendencia llegaría suficientemente pronto -en
la próxima vida-. La inconsistencia y ambivalencia de sus palabras respecto a
las mujeres sólo sería reconocida más tarde, como resultado de los procesos
históricos. Quienes se han beneficiado con las percepciones de épocas
posteriores, tienen el deber de distinguir elementos que son de origen
sociológico de aquellos elementos personalistas y fomentadores de vida que
pertenecen esencialmente al mensaje cristiano.
2. PERÍODO PATRÍSTICO
Al evaluar los escritos de los Padres de
la Iglesia, salta vívidamente a la vista que realmente hay un problema entre
las mujeres y la Iglesia. La siguiente afirmación de Jerónimo llama la atención
del lector moderno como algo extraño:
Mientras
la mujer se ocupe del parto y los hijos, será tan diferente del hombre como el
cuerpo del alma. Pero cuando desee servir a Cristo más que al mundo, dejará de
ser mujer y se le llamará hombre (vir)[11].
Una idea similar es expresada por
Ambrosio, quien señala que:
La
que no cree es una mujer y todavía se la llama haciendo uso de su sexo, según
el cuerpo, ya que la que cree marcha veloz hacia el hombre perfecto según la
medida de la plenitud de Cristo, no poseyendo ya ni nombre de mundo, ni sexo
corporal, ni la ligereza de la juventud ni la locuacidad de la ancianidad[12.
Estas extrañas declaraciones sólo pueden
ser comprendidas al percibir la inferioridad con que comúnmente se trataba a la
mujer. Las características que los Padres consideraban típicamente femeninas
eran la volubilidad y la superficialidad[13],
la charlatanería y la debilidad[14],
la lentitud para comprender[15] y la inestabilidad mental[16]. Por lo general, la actitud era de confusión con respecto al
aparentemente incongruente hecho de la existencia de la mujer. Agustín resumió
la idea general diciendo que él no entendía en qué sentido se podía decir que
la mujer fue creada como ayuda para el hombre, excluyendo el trabajo de criar
niños[17]. Clemente de Alejandría también estaba evidentemente
desconcertado. Aunque era algo más liberal que Agustín y concluyó que el hombre
y la mujer tenían la misma naturaleza, apoyó inconsistentemente la superioridad
masculina[18].
En el Génesis, los Padres encontraron
una “explicación” de la inferioridad de la mujer, que sirvió como garantía de
la aprobación divina para perpetuar la situación que la hacía inferior. Juan
Crisóstomo sostiene que de la última creación de Eva se deduce que Dios dio al
hombre el rol más importante y honorable, y a la mujer el más insignificante y
menos honorable[19]. Ambrosiaster señala que la mujer es inferior al hombre, ya que
ella es sólo una porción de él[20].
De este modo, existía una aceptación no crítica del mito androcéntrico de la
creación de Eva. Vinculado a esto estaba su rechazo, con distintos grados de
inflexibilidad, a aceptar que la mujer es imagen de Dios, actitud inspirada en
gran medida por la primera carta de Pablo a los Corintios. Ambrosiaster afirma
sin reservas que el hombre fue hecho a imagen de Dios, pero no la mujer[21]. Agustín escribió que sólo el hombre es imagen y gloria de Dios.
Ya que la mujer creyente, que es coheredera de la gracia, no puede dejar de
lado su sexo y sólo recupera para sí la imagen de Dios cuando no hay sexo, es
decir, en el espíritu[22].
Junto con los relatos bíblicos, los
Padres se confrontaron con una imagen de la mujer generada por condiciones
opresivas que eran universales. En contraste con sus contrapartes modernas, la
mujer en los primeros siglos de la era cristiana -y, de hecho, a través de casi
toda la era cristiana- tenía una niñez estrictamente recluida y con mínima
educación, que la preparaba para una vida de estúpida subordinación. Luego
venía un temprano matrimonio que eficazmente la alejaba para toda la vida de la
posibilidad de actuar en forma autónoma. Valorada principalmente por sus
órganos reproductivos, que al mismo tiempo inspiraban horror, y despreciada por
su ignorancia, se le negaba la humanidad plena. Su inferioridad era una
realidad; parecía ser “natural”. Así, la experiencia aparentemente apoyó la
historia de la costilla, tal como el propio mito ayudó a “explicar” la
experiencia común de las mujeres como seres incompletos e inferiores. El
círculo vicioso persistía, porque, en nombre de esa imperfección supuestamente
natural y de orden divino, se les negaba la emancipación que podría haber
probado que las mujeres no eran subnormales “por naturaleza”. En consecuencia,
Agustín enseñaba que el orden de las cosas subyugaba a la mujer al hombre[23]. Jerónimo escribió que era contrario al orden natural, o legal,
el que las mujeres hablaran en las asambleas de los hombres[24]. Sostuvo que al hombre se le ordenaba amar a su esposa, mientras
la mujer debía temer a su esposo:
Porque
el amor corresponde al hombre; el temor, a la mujer. Como al esclavo, que no
sólo le corresponde el temor, sino también el estremecimiento[25.
Por lo tanto, la situación matrimonial
“ideal” propuesta por Jerónimo –“ideal” que propiciaba perversidades como el
sadomasoquismo- es altamente anormal para la persona moderna. Es significativo
que no haya sido capaz de encontrar una diferencia adecuada entre los roles de
la esposa y del esclavo, fuera del hecho que el temor de este último debiera
ser más fuerte, es decir, con estremecimiento.
La supuesta subnormalidad de la mujer
también se extendió, y quizás en forma especial, a la esfera moral. La
principal queja en su contra era su supuesta culpa en la Caída. La violencia de
algunas de las diatribas sobre este tema tiene implicancias psicoanalíticas.
Tertuliano, por ejemplo, escribió para la edificación de sus contemporáneos:
¿No
sabes acaso que eres Eva?... Eres la puerta de entrada del demonio... Con qué
facilidad destruiste al hombre, imagen de Dios. Por la muerte que nos
infligiste, hasta el Hijo de Dios tuvo que morir[26.
Clemente de Alejandría enseñaba que era
vergonzoso que una mujer pensara en su naturaleza[27]. Agustín se quejaba cínicamente de que el hombre, que tenía una
inteligencia superior, no pudo haber sido seducido, y por lo tanto la mujer,
que tenía un intelecto pequeño, le fue dada a él[28]. Parecen habérsele escapado las inconsistencias lógicas
implícitas en esto: esta lerda criatura difícilmente pudo haber sido tan
responsable. Además, fue lo suficientemente hábil como para seducir al hombre,
cosa que el ingenioso demonio no logró.
¿Por qué ese dechado de inteligencia y
virtud sucumbió tan fácilmente? Es del todo evidente que la lógica no opera en
esa invectiva, que proyecta neuróticamente toda la culpa en la mujer. Para los
Padres, la mujer es una tentadora de la cual los hombres deben cuidarse. Ni
siquiera se considera la posibilidad de que el problema sea recíproco. Hubo
intentos para equilibrar la supuesta carga “culposa” del sexo femenino, pero,
desgraciadamente, estos intentos no reconocieron una culpabilidad compartida
por los sexos. En lugar de eso, Eva fue puesta en la balanza con María. De este
modo, por ejemplo, Orígenes señala que así como el pecado vino de la mujer, el
comienzo de la salvación también viene de ella[29].
Agustín escribió que la mujer es honrada
en María[30]. Declaró que así como el hombre (homo) cayó por el sexo femenino, también fue restablecido por el
sexo femenino. “A través de la mujer, la muerte; a través de la mujer,
la vida”[31]. Este tipo de compensación produjo una imagen ambivalente de la
mujer. María fue glorificada, pero ella era única. Las mujeres concretas no se
sacudieron de su mala reputación y siguieron soportando el mayor peso de la
culpa. Por lo tanto, el tipo de polémica que intenta cubrir el antifeminismo de
los Padres señalando que ellos glorificaron a María, ignora algo tan importante
como que esto no mejoró su doctrina sobre las mujeres concretas, reales. De
hecho, hay buenas razones para sospechar que esta compensación sirvió
inconscientemente como un medio para aliviar cualquier posible sentimiento de
culpa respecto a la injusticia con el otro sexo.
En la mentalidad de los Padres, la mujer
y la sexualidad se identificaban. Su horror al sexo era también un horror a la
mujer. No hay evidencias que demuestren que ellos percibían los mecanismos de
proyección involucrados en esta actitud misógina. De hecho, el sentimiento de
culpa masculino acerca del sexo y la hipersusceptibilidad al estímulo e
insinuación sexuales fueron transferidos a “la otra persona”, al sexo
“culpable”. La noción de una culpabilidad especial asignada al sexo femenino
apoyaba el doble estándar moral prevaleciente. Por ejemplo, en casos de
adulterio, la esposa tenía que aceptar nuevamente al esposo infiel, pero si la
esposa era infiel, ella podía ser repudiada. Incluso a pesar de estas
condiciones opresivas, algunas mujeres se las arreglaron para llegar a ser
importantes. Jerónimo admitió que muchas mujeres eran mejores que sus
esposos[32]. Pero más significativo es el hecho de que la existencia de
excepciones, sin importar la cantidad, no cambió las generalizaciones sobre la
“naturaleza” femenina. De aquí proviene la extraña ambivalencia que hemos
venido observando. En general, entonces, los Padres exhiben una fuerte actitud
de menosprecio hacia la mujer, a veces incluso una violenta misoginia. El tema
recurrente es que, a través de la fe, la mujer trasciende las limitaciones
impuestas por su sexo. A los Padres jamás se les ocurriría decir lo mismo de un
hombre. Cuando la mujer logra esta trascendencia que, obviamente, no es
producto de sus propios esfuerzos sino un don “sobrenatural”, se le concede el
favor de ser llamada 'hombre' (vir). Por
lo tanto, existe la suposición de que todo lo digno y valioso en la naturaleza
humana es propio del sexo masculino. Hay una identificación de “masculino” con
“humano”. Incluso la mujer que fue ennoblecida por la gracia, conservó su
abominable naturaleza. Al margen de cualquier elogio que los Padres hayan asignado
a los individuos, es imposible concluir que en su doctrina las mujeres son
reconocidas como seres plenamente humanos.
Desde luego, algunas mujeres fueron
honradas y respetadas durante la época patrística. Además, las mujeres
ejercieron un rol en el ministerio de la Iglesia. Las viudas tenían el deber de
instruir a las conversas para recibir el bautismo, pero nunca formaron una
orden del ministerio. En las Escrituras (por ejemplo, Romanos 16:1) se hace
referencia a la función de la diaconisa, y Plinio el Joven se refiere a ellas
en una de sus cartas. Otros documentos dan información más
detallada[33]. Aparentemente, al principio las viudas tenían un rango más alto,
pero más tarde cedieron el primer lugar a las diaconisas, quienes asumieron esa
función. Las viudas no recibían ordenación ni “imposición de las
manos”[34], las diaconisas sí y, además, formaban parte de la jerarquía
eclesiástica[35]. En Occidente, de manera especial, sus funciones fueron
severamente restringidas debido a su sexo, y existieron sólo hasta fines del
siglo VI, cuando bautizar a los adultos dejó de ser algo común, dejando a las
viudas virtualmente sin ningún rol. En Oriente, sus poderes a menudo eran más
amplios, y hay evidencias de que duraron varios siglos más en algunas Iglesias.
Resulta bastante irónico comprobar que durante una época en que la opinión
sobre las mujeres era tan mala, algunas de ellas fueron, de hecho, miembros de
la jerarquía, mientras que en otra época posterior y más iluminada, cuando la
propia Iglesia insta a participar más activamente en la vida pública, son
excluidas por completo de la jerarquía.
3. LA EDAD MEDIA
La opinión teológica sobre las mujeres
no fue mucho mejor durante la Edad Media, aunque se mitigó un poco la violencia
del tono. Pedro Lombardo, teólogo del siglo XII, cuyo Libro de las Sentencias se convirtió en un texto estándar para ser
comentado por profesores de teología, llegó al extremo de escribir que la mujer
es la sensualidad en persona, la cual está bien representada por ella, ya que
en la mujer esto prevalece naturalmente[36].
Buenaventura repitió muchas de las ideas modelo. Pensaba que la imagen de Dios
se realiza más en el hombre que en la mujer, no en su significado primario,
sino de una manera accidental[37].
Repite la vieja idea de que mujer significa la “parte inferior” del alma; y
hombre, la “parte superior”[38].
Lo nuevo en el cuadro de la Edad Media fue la asimilación del aristotelismo a
la teología, lo que proporcionó las herramientas conceptuales para fijar el
lugar de la mujer en el universo y que, irónicamente, podrían haber sido usadas
para liberarla. En los escritos de Tomás de Aquino, que posteriormente llegaron
a tener un lugar preeminente y único en la Iglesia, el pensamiento aristotélico
estaba unido a las interpretaciones bíblicas normales, de modo que el aparente
peso de la “ciencia” se sumó al de la autoridad. Así, siguiendo a Aristóteles,
Aquino sostuvo que lo femenino es defectuoso en cuanto a su naturaleza
individual. Escribió que ella es, de hecho, un hombre “mal habido”, pues la
fuerza activa de la semilla masculina tiende a la producción de una semejanza
perfecta que es el sexo masculino. La existencia de ella se debe a algún
defecto en la fuerza activa (la del padre), a alguna alteración material o
incluso a alguna influencia externa, como la del viento sur, que es húmedo.
Agrega que, si consideramos a la mujer en relación con toda la naturaleza, no
es algo mal habido, sino algo establecido por la naturaleza en orden a la
generación[39]. Entonces, ella tiene una razón de ser -es necesaria como
generatriz-. Pareciera que esto es realmente para lo único que sirve, “puesto
que para otras obras podían prestarle mejor ayuda los otros hombres”[40].
Sin embargo, sería un error concluir que
Tomás pensaba que la mujer tenía un rol mayor o incluso igual, aun en su única
especialidad, es decir, la reproducción. Escribió:
El
padre y la madre son amados como los principios del origen natural. Y como el
padre es principio de un modo más excelente, por serlo como principio activo, y
la madre como principio pasivo y material, de aquí que hablando en absoluto, el
padre ha de ser más amado[41].
Luego sigue:
En
la generación humana, la madre presta la materia sin forma del cuerpo, que se
forma por la virtud formativa del semen paterno. Y, aunque esa virtud no pueda
crear el alma racional, dispone, con todo, la materia corporal para la
recepción de tal forma[42.
Así, el rol de la mujer como generatriz
es meramente pasivo; ella sólo aporta la materia, mientras que el padre la
prepara para la forma. Esta visión de la mujer como un principio meramente
pasivo que sólo aporta la “materia” de la descendencia está, obviamente, ligada
a una biología completamente falsa y anticuada: en el siglo XIII no se sabía
que la madre era, de hecho, igualmente “activa” en la producción del hijo.
Esta idea de la “naturaleza” defectuosa
de las mujeres, junto con la comúnmente aceptada exégesis de los textos
relativos a la mujer en el Génesis y en las epístolas paulinas, y la situación
social de las mujeres sometidas, son tres factores cuya influencia se puede
detectar en los argumentos de Tomás que apoyan las posiciones androcéntricas
tradicionales. Así, con respecto al matrimonio, él estima que, aunque haya
igualdad proporcional entre marido y mujer, no hay igualdad estricta; ni en
cuanto al acto conyugal, donde lo más noble se debe al hombre; ni con relación
al orden del hogar, donde la mujer es gobernada y el hombre
gobierna[43]. Además, la exclusión de la mujer de las Ordenes Sagradas se
sostiene sobre la base de que un sacramento es un signo, y que en el sexo
femenino ningún grado de distinción tiene significado, debido a su estado de
sumisión[44]. Es absolutamente improbable que Tomás fuera capaz de considerar
este ‘estado de sumisión’ como el mero resultado de un condicionamiento social,
de una situación que podría cambiar. El creía que la inferioridad social era
requisito de la inferioridad intelectual “natural” de la mujer: “Debido a este
tipo de sumisión, la mujer es por naturaleza inferior al hombre en dignidad y
poder, porque en el hombre predomina /a prudencia de la
razón”[45]. Este, pensaba él, habría sido el caso aun si no hubiera habido
pecado, es decir, incluso antes de la Caída. Así, según Tomás, el problema de
la autonomía de la mujer está irremediablemente cerrado. Lo mejor que ella
podría esperar, aun en el mejor de los mundos, sería una especie de infancia
eterna, donde estaría sometida al hombre “por su propio bien”.
En los textos de Tomás queda de nuevo en
completa evidencia la confusión que caracteriza al pensamiento patrístico sobre
la mujer, siendo mucho más sorprendente porque su pensamiento está elaborado en
una síntesis ordenada; no es una colección de trozos inconexos de retórica,
como ocurre a veces en el caso de los Padres. La existencia misma de la mujer
parece haber sido un torpe obstáculo en el ordenado universo que él visualizó.
Para el lector moderno, es asombroso leer la pregunta planteada en la Suma Teológica: “¿Fue necesaria la
producción de la mujer entre los primeros
seres?”[46]. La sola existencia de la pregunta es significativa. Aunque Tomás
sostiene que la bisexualidad humana debió existir “desde el comienzo”, su forma
global de argumentación revela una mentalidad ingenuamente androcéntrica que
asigna lo propiamente humano a lo masculino y considera la unión sexual como
algo meramente “carnal”. La mujer es vista como una especie de anomalía.
No obstante, esta anomalía debía ser
asimilada por el sistema. Como resultado tenemos una sorprendente ambigüedad,
que se parece mucho a una contradicción. Fue necesario admitir, por ejemplo,
que la imagen de Dios se encuentra tanto en el hombre como en la mujer, pues
Tomás reconoció esto como una enseñanza del Génesis. Sin embargo, Pablo había
dicho que “la mujer refleja la gloria del hombre” e indicado que ella no era
imagen de Dios. Tomás concluye que: “en cuanto a algo secundario se encuentra
la imagen de Dios en el hombre y no en la mujer; el hombre, en efecto, es
principio y fin de la mujer, como Dios es principio y fin de toda criatura”[47].
Esta noción degradante de que “el hombre
es principio y fin de la mujer” está reforzada por el siguiente paralelo:
hombre: mujer; Dios: criatura. Esta idea, además de ser intrínsecamente
inaceptable, expresa una extrema dificultad para reconciliarla con la
afirmación en el mismo párrafo que dice que la imagen de Dios, según su
principal significado (es decir, la naturaleza intelectual), se encuentra tanto
en el hombre como en la mujer. Si la mujer tiene una naturaleza intelectual,
entonces su fin no puede ser el hombre, ya que la intelectualidad es el origen
radical de la persona autónoma. La tensión entre ideas irreconciliables también
es evidente en las enseñanzas de Tomás sobre la racionalidad del alma que,
según él, no es trasmitida por el proceso reproductivo sino más bien infundida
directamente por Dios[48]. Por lo tanto, la forma que constituye al individuo, hombre o
mujer, como persona humana no proviene del padre, sino directamente de Dios.
Además, Tomás ha dejado en claro que en
su opinión
[en
el hombre] no hay ninguna otra forma sustancial fuera del alma intelectiva, la
cual, así como contiene virtualmente al alma sensitiva y a la vegetativa, así
también contiene virtualmente todas las formas inferiores y hace, por sí sola
cuanto las formas más imperfectas hacen en los demás seres[49].
Pero hay más, sostiene enfáticamente que
la comprensión intelectual no ocurre a través de ningún órgano corporal; más
bien, es un funcionamiento perse aparte del cuerpo[50]. De igual manera, el funcionamiento de la voluntad también es
ejecutado sin un órgano corpóreo[51].
Por lo tanto, queda suficientemente
claro que, incluso según los propios principios de Tomás, la supuesta
subnormalidad de la mujer, en su rol generador y como producto del proceso
generativo, se vuelve extremadamente difícil de mantener. En efecto, a la luz
de estos principios resulta imposible sostenerla. Según Tomás, la visión
intelectual es por la cual somos imagen de
Dios[52]. Esto no es causado por el hombre ni es esencialmente diferente
en el hombre y la mujer.
Anteriormente dijimos que hay una
diferencia sorprendente entre Tomás y los Padres. Estos últimos a menudo
manifiestan una tensión no resuelta entre su noción de la mujer en su
“naturaleza” y la mujer en la gracia, a tal punto que cuando ella está en la
gracia, ya no se le llama “mujer” sino “hombre”. Así, hay una identificación de
“masculino” con “humano”, que se resuelve hasta cierto punto por la gracia.
Desde luego, Tomás comparte el sentimiento de que la mujer como tal no es del
todo humana. Sin embargo, dejando de lado todo lo relativo a la gracia, hay una
indecisión en su pensamiento a nivel de la naturaleza misma. Para Tomás, la
posesión de un alma intelectual es natural y esencial para hombres y mujeres. A
la luz de esta igualdad natural radical, no tiene mucho sentido decir que el
hombre es principio y fin de la mujer. ¿Por qué, entonces, lo dice?
El conflicto entre la antropología
filosófica de Tomás y sus afirmaciones androcéntricas se debe a la entonces
comúnmente aceptada exégesis bíblica, a la biología aristotélica y a la imagen
prevaleciente y status social de las mujeres. Las raíces profundas del
pensamiento de Tomás -sus concepciones filosóficas de la relación cuerpo-alma,
del intelecto, de la voluntad, de la persona, y sus ideas teológicas de la
imagen de Dios en el ser humano y del fin último del hombre- apoyan claramente
la genuina igualdad de hombres y mujeres con todas sus consecuencias teóricas y
prácticas. En oposición a la anticuada exégesis y a la biología que él
aceptaba, estos principios tomísticos están radicalmente de acuerdo con el
feminismo. El propio Tomás no podía ver -o no se permitía ver- las implicancias
de estos principios con respecto a las mujeres. Y hemos visto por qué: las
conclusiones lógicas a las que podría haber llegado en esa época habrían sido
contrarias a la fe y a la experiencia contemporánea.
Hoy en día, la fidelidad a la verdad y a
la justicia exige a los pensadores que están conscientes de estas implicaciones
hacerlas explícitas, antes que repetir como loros ideas dañinas e insostenibles
de la “doctrina tomística”, que lo más seguramente no propondría si estuviera
vivo.
A pesar de las teorías medievales, hubo
algunos casos de mujeres poderosas en la Edad Media. Las monjas, especialmente,
tenían cierta autonomía que incluso Santo Tomás reconoció. Una de las ironías
de la historia es que hubiese abadesas que legítimamente ejercieron gran poder,
mucho mayor al que tienen las religiosas hoy en día. Eran “personas
establecidas en la dignidad eclesiástica”, a cargo de “la administración de los
asuntos eclesiásticos y con preeminencia de un
grado”[53]. De hecho, las abadesas tenían poder de jurisdicción. Al igual
que obispos y abades, usaban mitra, cruz y portaban báculo.
Las abadesas de Santa Cecilia en Colonia
tenían poder de jurisdicción suspensión sobre los
clérigos[54]. Las abadesas de Conversano, en Italia, gobernaban una abadía
cisterciense y sus parroquias vecinas, y ejercían un norme poder. Esto se
simbolizaba en una ceremonia de homenaje en que la nueva abadesa consagrada,
con mitra y cruz, se sentaba frente a la puerta exterior, bajo un baldaquín.
Cada miembro del clero bajo su jurisdicción pasaba delante de ella,
inclinándose y besando su mano[55].
Esta ceremonia de homenaje fue modificada en 1709, y la última abadesa de
Conversano murió en 1809.
Otro interesante ejemplo fue el de las
abadesas de Las Huelgas, cerca de Burgos, en España. La abadesa de Las Huelgas
era:
...
mujer noble, superior, prelada, administradora, espiritual y temporal, de dicho
monasterio real y de su hospital, así como de los conventos, iglesias y ermitas
afiliadas, de las aldeas y lugares de su jurisdicción, de los feudos y
vasallajes, en virtud de las bulas y concesiones apostólicas, con jurisdicción
plenaria y exclusiva, cuasi-episcopal, nullius
diócesis, y con privilegios reales: una
doble jurisdicción ejercida con pacífica serenidad, como es de conocimiento
público[56].
Los poderes de esta jurisdicción
incluían la emisión de juicios legales, al igual como lo hacían los obispos, en
casos criminales, civiles y relativos a beneficios; el poder para dar
dimisorias de ordenación; el poder para otorgar licencias para predicar,
confesar, encargarse de las almas y entrar a la vida religiosa; el poder para
reconocer abadesas, imponer censuras y convocar sínodos[57].
Aunque se ha intentado disculpar la
mayor parte de esto, explicando que realmente no constituía una jurisdicción
espiritual, tales intentos no han sido del todo exitosos. Así, se sugiere que
las abadesas podrían haber convocado sínodos a través de un vicario como
intermediario, ya que según los canonistas, las mujeres no eran capaces de
convocar sínodos[58]. Sin embargo, no hay evidencias convincentes acerca de la
existencia de tales intermediarios.
Además de los casos ya mencionados,
también había órdenes dobles, en las cuales tanto monjes como monjas eran
gobernados por una abadesa[59].
Además de las abadesas, hubo otras
grandes mujeres en el mundo secular. Hubo soberanas tan sobresalientes como
Clotilde y Blanca de Castilla, y eruditas como Leonor de Aquitania y Blanca de
Navarra. Hubo grandes santas: Catalina de Siena ejerció una enorme influencia
en su medio, y la historia de Juana de Arco no tiene comparación. Sin embargo,
sería absurdo juzgar la condición general de la mujer con estos ejemplos. La
ingenuidad de quienes dicen que “la verdadera habilidad siempre se demuestra”,
e indican estos casos extraordinarios, simplemente ignora que innumerables
mujeres estaban completamente asfixiadas por un ambiente que obraba en contra
del desarrollo y expresión de sus talentos.
El prevaleciente status bajo de las
mujeres era establecido por ley y costumbre. Por ley canónica, el marido tenía
derecho a golpear a su esposa. La ley canónica sólo permitía el sistema de dote
para el matrimonio, y bajo este sistema, las mujeres estaban indefensas.
Además, como eran legalmente incompetentes, no se las consideraba aptas para
dar testimonio en la corte. En general, eran consideradas propiedad del hombre.
Ya que para los señores feudales, el matrimonio era una forma de obtener
propiedades, las mujeres eran instrumentos en el juego de adquirir riquezas.
Las complicadas leyes matrimoniales de la Iglesia ofrecían grandes
oportunidades para trampas y abusos. Así, mientras la historia de la Edad Media
revela unas cuantas personalidades femeninas gloriosas, ese lado de la balanza
está extremadamente desequilibrado por las mudas y anónimas masas de víctimas
de la hipocresía y la opresión.
4. COMIENZOS DEL PERIODO MODERNO
“Para lo demás basta ser mujer para
caérseme las alas”[60]. Esta acotación, hecha por Teresa de Ávila, sugiere que la
situación de la mujer aún no había mejorado mucho en el siglo XVI. ¿Porqué una
persona de tal inteligencia y grandeza tendría un concepto tan bajo de su
propio sexo? Tal vez no nos sorprendería tanto si consideramos que algunos
predicadores y padres de familia de ese tiempo, estimaban que las mujeres ni
siquiera debían aprender a leer y escribir[61]. En una atmósfera así, debe haber sido difícil para una mujer
sentir gran estima por sí misma y por otras personas de su sexo. De hecho, las
palabras de Teresa a menudo reflejan, quizás inconscientemente, las actitudes
de su medio. Con frecuencia habla de las ‘debilidades’ de las mujeres. La
siguiente observación es reveladora:
Por
grandísimos trabajos que he tenido en esta vida, no me acuerdo haberlas dicho,
que no soy nada mujer en estas cosas, que tengo recio corazón[62].
La suposición implícita es que la
verdadera valentía sólo es normal para los hombres. Por otra parte, más de un
admirador de Teresa ha comentado algo parecido a lo que dijo Juan de Salinas:
“Ella es un hombre”[63]. Es provocativo pensar que esta gran mujer y sus amigos, a tratar
de expresar la naturaleza de su singularidad, recurrían espontáneamente a
expresiones que la disociaban de su propio sexo.
En los textos de Teresa hay abundantes
pasajes en que expresa una terrible incomodidad por las desventajas impuestas a
su sexo. Ella escribe del sexo como un obstáculo, que le impide
predicar[64]. Tanto ironía como angustia se reflejan en el siguiente pasaje,
gran parte del cual, significativamente, fue eliminado de su manuscrito pero
luego restituido:
Ni
aborrecistes, señor de mi alma, cuando andábades por el mundo las mujeres,
antes las favorecistes siempre con mucha piedad, y hallastes en ellas tanto amor
y más fe que en los hombres... que no hagamos cosa que valga nada por vos en
público, ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto sino que no
nos habíades de oír petición tan justa. No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad
y justicia, que sois justo juez y no como los jueces del mundo que -como son
hijos de Adán, y, en fin, todos varones- no hay virtud de mujer que no tengan
por sospechosa. Sí, que algún día ha de haber, rey mío, que se conozcan todos.
No hablo por mí, que ya tiene conocido el mundo mi ruindad y yo he holgado que
sea pública; sino porque veo los tiempos de manera que no es razón desechar
ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres[65].
Teresa sufrió enormemente al percibir la
ignorancia impuesta a su sexo. Se refiere muchas veces a esta ignorancia, e
indica que está plenamente consciente de sus dañinas consecuencias. Su
sufrimiento en relación a esto fue más agudo y duradero, porque apreciaba
claramente el valor del aprendizaje. El siguiente pasaje da una indicación de la
intensidad de su angustia:
¡Oh
Señor, tomad en cuenta lo mucho que pasamos en este camino por falta de saber!
Y es el mal que, como no pensamos que hay que saber más de pensar en Vos, aún
no sabemos preguntar a los que saben, ni entendemos qué hay que preguntar, y
pásanse terribles trabajos, porque no nos entendemos; y lo que no es malo, sino
bueno, pensamos que es mucha culpa[66].
Después de años de experiencia y
observación, Teresa modificó la tendencia al engaño sobre la perfección
masculina. Luego de describir algunas experiencias espirituales exaltadas,
dice:
Y
hay muchas más [mujeres] que hombres a quien el Señor hace estas mercedes, y
esto oí al santo fray Pedro de Alcántara (y también lo he visto yo), que decía
aprovechaban mucho más en este camino que hombres, y daba de ello excelentes
razones, que no hay para qué decirlas aquí, todas en favor de las mujeres[67].
Percibió la ciega subestimación de las
mujeres que provocaba el lamento de los padres cuando nacía una hija:
Cosa
cierta mucho para llorar, que sin entender los mortales lo que les está mejor,
como los que del todo ignoran los juicios de Dios, no sabiendo los grandes
bienes que pueden venir de las hijas ni los grandes males de los hijos, no
parece que quieren dejar al que todo lo entiende y los cría, sino que se mata
por lo que se habían de alegrar[68].
Aparentemente, como consecuencia de una
experiencia mística, la comprensión de Teresa se elevó sobre la interpretación
común de los textos paulinos relativos a la mujer, los cuales en un comienzo
ella había aceptado:
Parecíame
a mí que pues San Pablo dice del encerramiento de las mujeres, que me lo han
dicho poco ha, y aun antes lo había oído, que ésta sería la voluntad de Dios,
díjome: “Diles que no se sigan por sola una parte de la Escritura, que miren
otras, y que si podrán por ventura atarme las manos”[69].
Así la comprensión de Teresa -como la de
Catalina de Siena, que registró en su Diario una experiencia similar-
trascendió la teología de su tiempo y anticipó lo que estudiosos de la Biblia comenzarían
a sugerir siglos más tarde.
Durante los siglos que siguieron a la
Edad Media, la opinión teológica concerniente a las mujeres no cambió
radicalmente. El Cardenal Cayetano (1469-1534), famoso comentarista de los
escritos de Tomás de Aquino y uno de los teólogos líderes de su tiempo, expresó
casi total acuerdo con la visión de Tomás acerca de las mujeres. Su comentario
habitual sobre estos pasajes fue: “Todo esto es evidente” (Omnia patent). Sin embargo, se desvió levemente de la doctrina del
Maestro al expresar que hay muchos trabajos que podrían ser mejor ejecutados
por mujeres que por hombres[70].
Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador
de los jesuitas, vio una similitud entre la mujer y Satán: “El enemigo se hace
como mujer en ser flaco por fuerza y fuerte de grado”[71].
Especialmente reveladoras fueron (y aún
son) las razones dadas para excluir a la mujer de las órdenes sagradas. El
dominico español Domingo de Soto (1494-1560) reflejó la opinión del siglo XVI
en su estudio de este tema: sostuvo que el sexo femenino es un impedimento
natural para recibir las Órdenes Sagradas. Sin embargo, las damas no estaban
solas en esta categoría, ya que también incluyó en la lista a hermafroditas
inclinados a este sexo, monstruos y dementes perpetuos. Habiendo dado los
típicos argumentos basados en los textos de Pablo, agregó que incluso la luz de
la naturaleza muestra que sería absurdo que las mujeres se consagraran y
escucharan confesiones, pues si bien hay algunas prudentes, ese sexo manifiesta
cierta pobreza de razonamiento y debilidad mental[72].
Consecuente con esta opinión de la mujer
era una doctrina del matrimonio que perpetuaba su situación de irremediable
subordinación e impotencia legal. Así, De Soto se preguntó si era lícito que un
hombre “renunciara” a su esposa por fornicación y adulterio, y respondió
afirmativamente. De manera significativa, nunca fue siquiera planteada la
pregunta acerca de si la esposa podía “renunciar” a su esposo ante tales
ofensas[73].
Francisco de Sales (1567-1622), un
liberal para su tiempo, escribió algunos “avisos para los casados” que
reflejaban la mentalidad de la época[74].
Dirigiéndose a los esposos, les dijo que las flaquezas y enfermedades
corporales o espirituales de sus esposas no debían provocar desdén, sino más
bien una dulce y amorosa compasión, ya que Dios las creó así:
para
que dependan de vosotros y os honren y respeten más, y vosotros las tengáis por
compañeras, sin dejar de ser cabeza y superior suyo.
A ambos esposos se les dice que deben
amarse tierna y amablemente, pero el amor de la esposa debe ser “respetuoso y
lleno de reverencia”. En la creación, la mujer fue sacada de un costado del
hombre, bajo su brazo, “para demostrar que ella debe estar bajo la mano y guía
de su esposo”. En estos pasajes se da por sentada la superioridad intelectual
del hombre. Los comentarios de De Sales sobre la fidelidad marital también
sugieren, por su estilo, una superioridad moral del hombre. Escribió: “Esposos,
si quieren que sus esposas les sean fieles, enséñenles la lección a través de
vuestro ejemplo”. Estos pasajes revelan que las hipótesis androcéntricas de los
Padres y de los teólogos medievales se habían preservado intactas. De hecho, el
tono de untuosa condescendencia no disfraza sino que más bien refuerza estas
hipótesis (la misericordia del esposo
se equilibra con una correspondiente reverencia de parte de la esposa). Una forma de relación hombre-mujer esencialmente
alienante y despersonalizante es exaltada como el ideal cristiano.
Aunque durante el primer período moderno
no hubo ningún cambio básico en la teoría concerniente a la mujer, sí nació un
importante movimiento que, a pesar de que afectó más directamente a las
religiosas, tuvo una significación más amplia. Los siglos XVI y XVII fueron
testigos de los inicios de la dramática lucha de las religiosas para liberarse
de los claustros. En la Edad Media era un hecho aceptado que una vez que una
mujer se convertía en monja, debía encerrarse en el convento de por vida. En
1289, Bonifacio VIII había impuesto un estricto claustro para todas las
religiosas. El Concilio de Tiento renovó la constitución de Bonifacio con
algunas modificaciones, y poco después, Pío V emitió decretos según los cuales
todas las religiosas debían aceptar votos solemnes y el claustro. Esta
legislación de la Iglesia reflejaba una fuerte desconfianza hacia la aptitud y
moral femeninas. Las actitudes que reflejaba estaban fuertemente arraigadas, y
las revolucionarias que vieron la necesidad de un cambio fueron combatidas con
firmeza.
Un grupo de valientes mujeres luchó para
romper los viejos patrones. Entre ellas se encontraba Angela Merici
(1474-1540), fundadora de las ursulinas, cuyas ideas eran atrevidas y novedosas
para la época. Según ella, las ursulinas no debían estar atadas al claustro, ni
usar hábito ni tener una vida comunitaria. Su único voto debía ser el de
castidad. Su vida debería ser una consagrada virginidad, mientras trabajaban
como apóstoles en el mundo. Desgraciadamente, las autoridades eclesiásticas no
estaban preparadas para comprender estos cambios. Después de la muerte de
Angela, las autoridades -en especial, Carlos Borromeo, Cardenal de Milán-
gradualmente se las arreglaron para obligar a su compañía a volver a las
antiguas costumbres monásticas, insistiendo en el claustro, el hábito y cosas
por el estilo. Los planes de la fundadora fueron derrotados. Un destino similar
sufrieron los planes de Francisco de Sales y Juana de Chantal en su compañía de
las Hermanas de la Visitación. Las Hijas de la Caridad de Vicente de Paul
tuvieron más éxito en el logro de innovaciones[75].
Indudablemente, la innovadora más
atrevida fue Mary Ward (1585- 1645), quien fundó las “Damas Inglesas”. Ella
pretendía que su grupo trabajara “en el mundo”, dirigiendo escuelas para niñas.
Serían como los jesuitas, pero no estarían sometidas a ellos, como a una
“Primera Orden”. Serían gobernadas directamente por mujeres responsables sólo
ante el papa, independientes de obispos y de las órdenes de otros hombres.
También muy avanzadas para la época fueron las ideas de Mary Ward sobre la
educación de las niñas. Firme partidaria de la emancipación de la mujer,
planificó enseñar a las niñas latín y otros temas seculares que hasta ese
momento estaban reservados en gran medida a los hombres. Ella insistió en que:
...
no hay tal diferencia entre el hombre y la mujer como para creer que las
mujeres no pueden hacer grandes cosas, como lo hemos visto a través del ejemplo
de muchas santas... ¿Qué piensan de la expresión “pero es mujer”? ¡Como si en
todo fuéramos inferiores a alguna otra criatura que supongo que es el
hombre!... Y si ellos no nos convencieran de nuestra incapacidad por ser sólo
mujeres, podríamos lograr grandes cosas[76].
Al mismo tiempo, Mary Ward aceptó parte
de la enseñanza tradicional concerniente al “lugar” de la mujer, cuyas
contrapartes modernas están desafiando en la segunda mitad del siglo XX. Estuvo
dispuesta a aceptar la sumisión de las esposas a sus maridos, a los hombres
como cabeza de la Iglesia, a que las mujeres no administraran sacramentos ni
predicaran en Iglesias públicas. Habría sido extremadamente difícil cuestionar
estos puntos en el siglo XVII, cuando las mujeres aún eran consideradas
incapaces de estudiar latín o enseñar a niños pequeños. Sin embargo, fue una
gran revolucionaria dentro del contexto de su tiempo, luchando para liberar a
las mujeres para que desarrollaran y usaran sus talentos al servicio de la
Iglesia.
Como pago por esto, Mary Ward fue
recompensada con persecución por parte de sus enemigos eclesiásticos. Uno de
los principales fue William Harrison, Arcipreste de Inglaterra, quien junto con
otros colegas escribió al Papa Gregorio XV en 1621, para tratar de disolver la
congregación, ya que desempeñaba un trabajo “inadecuado para mujeres”. ¿Cuáles
fueron las razones exactas que se dieron para oponerse a este esforzado grupo?
La primera objeción de los enemigos de Mary Ward fue que las mujeres nunca
antes habían asumido un servicio apostólico -objeción que revelaba una extraña
ignorancia de los primeros años del cristianismo- y éste no era el momento de
comenzar. Al describir las características de la mujer, el arcipreste reflejaba
las opiniones prevalecientes en la Iglesia: ya que ese sexo es “débil, voluble,
engañoso, inconstante, inexacto, siempre buscando la novedad, sujeto a miles de
peligros”, los Padres de la Iglesia han levantado la voz en su contra. La
segunda objeción de Harrison fue que aun cuando el grupo pretendía ser
religioso, ellas no se sometían al claustro, como era requerido. Tercero,
presumían de mucha autoridad y hablaban con demasiada libertad sobre los temas
espirituales. Esto, por supuesto, iba en contra de las enseñanzas de Pablo,
quien en 1 Corintios 14:34-5, había dicho que las mujeres debían permanecer en
silencio en las iglesias. Otra objeción se refería a que habría errores en sus
enseñanzas, lo que podría llevar a otros a la herejía. Además, se sostenía que
las mujeres provocarían escándalo al frecuentarlos hogares de la gente y al
viajar libremente. Finalmente, estas damas, debido a su trabajo apostólico,
estaban sujetas al ridículo[77].
Hasta estos extremos llegó el rechazo eclesiástico a los esfuerzos de Mary
Ward. Este no representaba, obviamente, la opinión de todos los miembros del
clero. Los jesuitas, por ejemplo, tenían sus opiniones divididas.
Mary Ward apeló al Papa Urbano VIII en
una audiencia en 1624, quien hizo revisar su caso por un consejo de cardenales.
No llegaron a una decisión definitiva, pero aparentemente todos coincidieron
contra la posibilidad del “poder de la mujer para hacer algo en beneficio de otros
que no fueran ellas mismas en una vida consagrada a
Dios”[78]. Finalmente, en 1629, se emitió un decreto de suspensión. Mary
consideró ilegítimo el documento, e instruyó a sus miembros para que lo
desestimaran. En represalia, tres eclesiásticos del Santo Oficio la arrestaron
en Munich en 1630 por hereje y disidente; fue encarcelada en un convento de las
Clarisas, bajo condiciones extremadamente insalubres, hasta que fue liberada
por un decreto del Papa Urbano.
La Bula oficial de suspensión fue
firmada por Urbano en 1631. La redacción de la Bula revela elocuentemente la
mentalidad eclesiástica. Decía, entre otras cosas:
Ciertas
mujeres, que tomando el nombre de jesuitas, se reúnen y viven juntas,
construyen colegios y nombran superiores y una Directora, han asumido una
costumbre peculiar sin la aprobación de la Santa Sede... llevando a cabo
trabajos en absoluto aptos a la debilidad de su sexo, a la modestia femenina, a
la pureza virginal... labores que hombres de gran experiencia en el
conocimiento de las sagradas escrituras asumen con dificultad, y no sin gran
precaución[79].
Sin embargo, la lenta marcha del
progreso continuó. El instituto sobrevivió como un “nuevo instituto”, con
reglamentos modificados, pero a mediados del siglo XVIII estaba nuevamente bajo
fuego. Benedicto XIV emitió una Bula (Quamvis
justo), que establecía que el nuevo Instituto de las Vírgenes Inglesas
sería “amablemente tolerado”, pero que no podrían reconocer a Mary Ward como su
fundadora. Finalmente, en 1877, bajo Pío IX, se dio la aprobación papal,
habiendo sido modificado el vigoroso plan original. No fue sino hasta el
presente siglo que Mary Ward fue reinstituida como fundadora.
¿Cuál es el significado de este caso?
Ilustra la tensión y oposición entre quienes detentan la autoridad eclesiástica
-guardianes de las estructuras androcéntricas tradicionales- y quienes tratan
de sacar a la mujer de su impuesta condición de inferioridad e inmadurez. Los
argumentos usados por William Harrison y los cardenales en contra de Mary Ward
no son desconocidos para los católicos del siglo XX. El debate de fondo no ha
cambiado: ella y sus seguidoras lucharon por el derecho a enseñar catecismo y
latín, y se les reprochó por tratar de hacer cosas inadecuadas para las mujeres
y contra las enseñanzas de Pablo. Aunque desde entonces, ciertamente, se ha
ganado mucho territorio, hoy se dan los mismos argumentos para justificar los
enormes obstáculos a la autonomía e igualdad existentes. Vestigios del claustro
todavía estorban a las religiosas de hoy, enredando en forma sutil su
desarrollo personal e intelectual, y así desvalorando indirectamente a aquellos
a quienes enseñan y con quienes tienen contacto. La legislación masculina
obstructiva ha contribuido en gran medida a perpetuar el fundamento que de hecho
existe para la caricatura de “las buenas Hermanas”.
5. EMANCIPACIÓN Y DOCUMENTOS PAPALES
No fue la ideología católica sino la
revolución industrial lo que condujo a la emancipación femenina. Teólogos de
los siglos XVIII, XIX y XX continuaron justificando la tradicional situación
subordinada y legalmente desamparada de las mujeres casadas. El Cardenal
Gousset (1792-1866) sostuvo que la administración de la propiedad pertenecía
sólo al esposo. El podía vender o disponer a su antojo, sin el consentimiento de
su esposa[80]. Ella debía seguirlo dondequiera que él decidiera ir, incluso a
un país extranjero, y someterse a él en todo[81]. En realidad, la educación permitida a las jóvenes escasamente
las preparaba para algo mejor que una vida de súbditas necias. El clero que se
encargaba de su orientación espiritual, generalmente sólo estimulaba las
virtudes pasivas, y desalentaba cualquier cosa que significara algo más que una
modesta ambición intelectual. Un ejemplo típico fue el trabajo del Abad
Juilles, quien a mediados del siglo XIX escribió un libro donde aconsejaba a
las niñas desarrollar virtudes como la humildad, la caridad y la pureza, pero
omitía virtudes como la valentía y la ambición. Las estimulaba para que se
dedicaran a enseñar el cristianismo a un nivel modesto, pero no para que
aspiraran a un nivel científico de conocimiento[82].
La reacción oficial del catolicismo en
los siglos XIX y XX al movimiento moderno de emancipación femenina, manifestó
la persistencia del conflicto entre el concepto cristiano de la mujer como
persona, hecha a imagen de Dios, y la noción de ella como un ser inferior,
derivativo. El primer papa que confrontó el movimiento fue León XIII. Contrario
a los socialistas, quienes, según él, amenazaban la estabilidad del matrimonio,
defendió la “autoridad paterna”. En cuanto a la relación marido-mujer, reafirmó
la sumisión de las mujeres:
Por
eso, como advierte el Apóstol: “El esposo es cabeza de la esposa, como Cristo
es cabeza de la Iglesia”; y así como la Iglesia está sujeta a Cristo, quien la
ama con el amor más casto y duradero, así también las mujeres deben estar
sujetas a sus esposos, y a su vez ser amadas por ellos con afecto fiel y
constante[83].
Desde luego, esto implica una visión
limitada de la “naturaleza” de la mujer, que él expresa brevemente en otro
documento:
Del
mismo modo hay ciertos trabajos que no están bien a la mujer, nacida para las
atenciones domésticas; las cuales atenciones son una grande salvaguardia del
decoro propio de la niñez y prosperidad de la familia[84].
En su encíclica sobre el matrimonio
cristiano, León afirmó:
El
esposo es el jefe de la familia y cabeza de la esposa. La mujer, por ser carne
de su carne y hueso de su hueso, debe estar sometida al esposo y obedecerle;
por supuesto, no como sirvienta sino como compañera, para que a su obediencia
no le falte honor ni dignidad[85].
Esta interpretación implícita del
Génesis es inaceptable para las normas del saber bíblico moderno. Además,
dentro de la propia declaración hay una inconsistencia intrínseca. El enigma de
cómo alguien sometido puede ser verdaderamente considerado compañero, al
parecer no constituyó un problema para León. En sus juicios sobre el divorcio,
que era considerado una maldad incalificable, también se puede apreciar una
visión unilateral comparable. Incluso llegó a declarar que a través del
divorcio:
se
rebaja y disminuye la dignidad de la femineidad, y la mujer corre el riesgo de
ser abandonada después de haber servido para los placeres del hombre[86].
El otro lado de la situación fue simplemente
ignorado; se omitió tácitamente el hecho de que muchas mujeres sólo quisieran
liberarse definitivamente de esposos que explotaban su inhabilidad para obtener
el divorcio bajo las leyes existentes.
Aunque Benedicto XV, en 1919, se
pronunció a favor del voto femenino, esto no representó ningún cambio
generalizado en la perspectiva oficial concerniente a las mujeres. Muchos
católicos pensaron que el voto femenino apoyaría a los partidos conservadores y
religiosos. Sería ingenuo suponer que esta consideración no afectó las
actitudes oficiales.
Uno de los grandes esfuerzos por lograr
la madurez de la mujer ha sido la lucha por la igualdad en la educación. La
resistencia a esta lucha se aprecia en las palabras de Pío XI, quien escribió
en 1929, en su encíclica sobre la educación cristiana de la juventud:
Igualmente
erróneo y pernicioso a la educación cristiana es el método llamado de la
“coeducación”, también fundado, por muchos, en el naturalismo negador del
pecado original, y además, por todos los sostenedores de este método, en una
deplorable confusión de ideas que trueca la legítima convivencia humana en la
promiscuidad e igualdad niveladora. El Creador ha ordenado y dispuesto que la
convivencia de los sexos fuera perfecta solamente en la unidad del matrimonio,
y gradualmente distinta en la familia y en la sociedad. Además, no hay en la
naturaleza misma, que los hace diversos en el organismo, en las inclinaciones y
en las aptitudes, ningún motivo para que pueda o deba haber promiscuidad y
mucho menos igualdad de formación para ambos sexos[87].
De las últimas palabras se deduce que
para Pío XI era mucho peor la idea de igualdad que de promiscuidad. Cabe
señalar que él vinculó coeducación con Igualdad, y por eso la rechazó. La
educación separada y “diferente” es, de hecho, una de las maneras más seguras
de mantener la ilusión de que la mujer es inferior en capacidad. Al proclamar que las “diferencias” deben ser
“mantenidas y estimuladas”[88], Pío XI aceptó inconscientemente que estas diferencias no son tan
naturales en su origen como él quiso creer. En su encíclica sobre el matrimonio
cristiano, Pío XI, citando a Pablo, repitió las conocidas ideas del “orden” en
una sociedad doméstica:
Este
orden incluye la primacía del varón sobre la mujer y los hijos, como la
diligente sumisión de la mujer y su rendida obediencia[89].
Prácticamente no disimula su hostilidad
hacia la emancipación femenina. Ataca a aquellos “falsos maestros” que dicen
que “marido y mujer tienen igualdad de derechos” y que debe haber emancipación
“en el control de la sociedad doméstica, en la administración de los asuntos
familiares y en la crianza de los hijos”, y que esta libertad debe ser “social,
económica y fisiológica”[90]. A través de una pesada fraseología, se presiona psicológicamente
en contra de las mujeres que quieren mejorar su situación. Por ejemplo,
escribió que, según la doctrina de los “falsos maestros”, la mujer casada
debía, “en perjuicio de ellos [su familia], ser capaz de seguir sus propias
inclinaciones y dedicarse a los negocios e
incluso a asuntos públicos”[91]. Todo el tono y contexto
sugiere que cualquiera que se dedique a los negocios o asuntos públicos, lo
hace en desmedro de su familia. Esto también es sugerido por omisión, ya que no
hay ningún indicio de la posibilidad de que en tal actividad la mujer pueda
convertirse en una persona más completa y, por lo tanto, en una mejor esposa y
madre. Asimismo, cabe señalar que la elección de lenguaje que hace Pío refuta
inconscientemente la hipótesis de la “naturaleza femenina” sobre la cual en
otras instancias confía firmemente. El reconocimiento de una 'inclinación' tan
ambiciosa en la mujer es lo que revela la precariedad de sus opiniones sobre
“la disposición y temperamento naturales del sexo femenino”. “La verdadera
emancipación”, según Pío XI, no implicará “falsa libertad ni igualdad
antinatural con el esposo”[92].
Se refería a la igualdad en dignidad, y luego lo negó eficazmente al afirmar la
necesidad de “cierta desigualdad”[93].
Es obvio que él favorecía la situación androcéntrica tradicional; sin embargo,
la presión de la evolución social lo forzó a usar expresiones suficientemente
ambiguas como para dejar abierta una rendija para el lamentable pero inevitable
cambio social. Así, escribió:
El
grado y modo de tal sumisión de la mujer al marido puede ser diverso según las
varias condiciones de las personas, de los lugares y de los
tiempos[94].
Esto preparó el camino para una
evolución de la doctrina, pero al precio de una ambigüedad que se podía
interpretar de un modo que debilitaba el progreso mientras la situación social
y las costumbres lo permitieran. En los numerosos pasajes de este tipo, el
péndulo oscila entre la fuerte afirmación de un orden supuestamente esencial y
una cautelosa admisión de posibles desviaciones de éste. El siguiente pasaje
también ilustra este punto:
Toca
a la autoridad pública acomodar los derechos civiles de la mujer a las
necesidades y exigencias de estos tiempos, teniendo siempre en cuenta lo que
reclaman la natural y diversa índole del sexo femenino, la fuerza de las
costumbres y bien común de la familia; y esto contando siempre con que quede a
salvo el orden esencial de la sociedad doméstica[95].
Es significativo que en este proceso de
adaptación fuera la “autoridad pública” la encargada de adaptar los derechos de
la esposa. Todo esto debía decidirse para ella. No había ninguna sugerencia de
un proceso democrático en que ella pudiera reclamar sus derechos o promover
activamente un cambio social a su favor.
Las copiosas declaraciones de Pío XII
manifiestan la misma resistencia al cambio, a menudo considerando los detalles
con gran exactitud. Insistió en que la cabeza del matrimonio debe ser el
hombre[96]. En cuanto a las mujeres casadas que se incorporan al mundo del
trabajo y a la vida pública, dijo:
Es
dudoso que esa condición sea un ideal social para la mujer casada.
Sin embargo, en el mismo texto declara
que la providencia da a la familia cristiana el poder “para evitar los peligros
que indudablemente se esconden |en tal situación]”. Alabó:
el
sacrificio de una madre que, por motivos especiales, más allá de sus
obligaciones domésticas, también debe trabajar para proveer con gran esfuerzo
diario para la manutención de su familia.
Su consejo para estas mujeres
trabajadoras:
Durante
las horas y días que puedan dedicarse por completo a sus seres queridos,
agreguen fervorosa atención para redoblar el amor[97].
El texto revela la misma indecisión que
hemos visto en los escritos de Pío XI entre una supuesta situación “ideal” (la
de una sociedad agrícola pasada) la realidad de la vida moderna. Es notable que
el trabajo sea visto por Pío XII sólo como una obligación asumida para la
familia, y en absoluto como un cilio de autoexpresión o como una contribución a
la sociedad. Además, el énfasis se pone en el doble deber de la mujer que
trabaja, sin una referencia que contrapese los deberes o actitudes del esposo.
En uno de sus ampliamente difundidos
discursos, la ambivalencia de la actitud de Pío XII se revela en modos de
expresión que suenan cómicos veintitantos años más tarde. Lamentando el hecho
de que las mujeres estuvieran rompiendo su cautiverio en el hogar, concluyó:
Vuestra
entrada a la vida pública ha ocurrido en forma repentina, como resultado de los
eventos sociales de los cuales somos espectadores; ¡eso no importa! Estáis
llamadas a tomar parte en ella[98].
Un concepto clave en todo el ajuste a la
sociedad moderna fue el de “maternidad espiritual”, concepto muy manipulado que
permitió cierta expansión del rol tradicional, pero con limitaciones:
Toda
mujer está destinada a ser madre, madre en el sentido físico de la palabra, o
en un sentido más espiritual y elevado, pero no menos real[99].
El siguiente pasaje deja en claro cuan
restrictivo y poco realista es este concepto:
El
creador ha dispuesto para esta finalidad el ser completo de la mujer, su
organismo, y aún más su espíritu, y sobre todo su exquisita sensibilidad. De
modo que una verdadera mujer no puede ver ni comprender cabalmente todos los
problemas de la vida humana sino bajo el aspecto familiar[100].
Muchas mujeres ven una discrepancia
entre esta identificación exclusiva con el rol maternal y su propia experiencia
personal, considerando alienante esta identificación con un solo rol. Pío se
refiere a estos casos usando la expresión “verdadera mujer”, insinuando que
quien no calce en el estereotipo, no es lo que debiera ser.
Si bien Pío XII parecía capaz de
legitimar el trabajo de una mujer casada sólo como una necesidad impuesta a
ella para ayudar a mantener la familia, su opinión del trabajo del hombre es,
significativamente, muy diferente:
Si
el hombre puede alzarse en forma loable y honesta en la sociedad por medio de
su profesión y trabajo, confiere estima y seguridad a su esposa e hijos -ya que
el orgullo de los hijos es su padre-, el hombre no debe olvidar lo mucho que
contribuye a una vida doméstica feliz si, en toda circunstancia, demuestra,
tanto en su propio corazón como en su comportamiento exterior y su discurso,
atención y respeto por su esposa, la madre de sus hijos[101].
No hay ninguna alusión a la idea de que
la estima de la sociedad como recompensa por su propia excelencia profesional
sea un valor que también puede ser apreciado por la mujer. Para Pío XII, la
mujer seguía siendo un ser puramente relacional, que recibe estima de la
sociedad por su rol maternal. Tampoco aparece ningún reconocimiento de que esta
condición de dependencia de otros para la propia autoimagen pueda ser
alienante.
Ya que en la estructura mental exhibida
en los escritos de Pío XII, la mujer es visualizada enteramente como “otra”, no
sorprende que haya mostrado escasa sensibilidad por sus problemas y
aspiraciones personales. La siguiente afirmación es reveladora:
Un
nacimiento consagra a la madre de la familia; y más nacimientos la santifican y
glorifican frente a su esposo e hijos, frente a la Iglesia y a la patria. Una
madre que se lamenta porque un nuevo niño presiona contra su seno en busca de
alimento es tonta, ignorante de sí misma e infeliz[102].
En el contexto no hay ningún indicio de
comprensión compasiva o de lástima por la situación de otra persona. No se
considera la posibilidad de que la mujer esté sobrecargada y exhausta por
repetidos embarazos. Para citar nuevamente:
Incluso
los dolores que, desde el pecado original, una madre debe sufrir al dar a luz
un hijo, crean lazos más fuertes en su unión: lo ama más, mientras más dolor
soporta[103].
Tales declaraciones nos pueden llevar a
coincidir con Simone de Beauvoir, quien dice que hay un sadismo inconsciente en
la raíz de ciertas actitudes morales relativas a la mujer. Lo menos que podemos
decir es que hay impactantes evidencias de insensibilidad y unilateralidad.
Pío XII perpetuó la costumbre de dar un
doble significado a “igualdad”. Habiendo otorgado la igualdad de la mujer con
el hombre “en su dignidad personal como hijos de Dios”, repite la jerga
familiar que sirve para anular las implicancias prácticas de una verdadera
igualdad. De este modo, escribió sobre “las indestructibles cualidades
espirituales y físicas, cuyo orden no puede ser alterado sin que la propia
naturaleza se movilice para restablecerlo”, afirmando que “estas
características especiales que distinguen a los dos sexos se manifiestan tan
claramente a los ojos de todos”, que sólo la ceguera obstinada o el
doctrinarismo podrían descartar[104]. La dificultad que aquí se presenta es que, obviamente, no sólo
las cualidades físicas sino también las “espirituales” están supuestamente
vinculadas en forma universal y exclusiva con los miembros de un sexo. Es
precisamente este puente de la diferenciación biológica a nivel de diferencias
de personalidad lo que los pensadores responsables de hoy, conscientes del rol
del condicionamiento cultural, podrían considerar altamente problemático y
cualquier cosa menos clara ‘a los ojos de todos’.
Las alusiones específicas de Pío XII a
las supuestas diferencias “espirituales” revelan la poca fiabilidad y el
prejuicio tradicional de sus suposiciones. De esta forma:
Esta
eficiente colaboración en la vida social y política no altera de ningún modo el
carácter especial de la acción normal de la mujer. Al asociarse con el hombre
en su trabajo en el área de las instituciones civiles, se dedicará
principalmente a tareas que requieren tacto, sentimientos delicados e instinto
maternal, antes que una rigidez administrativa[105].
La expresión “asociarse con el hombre en
su trabajo”, mantiene una imagen relacional y subordinada de ella. El texto
sugiere, además, que debe mantenerse alejada de puestos de responsabilidad
administrativa. Esto se confirma, en el mismo contexto, con una afirmación
sobre:
la
sensibilidad y delicadeza de los sentimientos peculiares de la mujer, que
pueden hacerla tambalear emocionalmente, nublando así la claridad y amplitud de
su visión, y perjudicando la tranquila consideración de consecuencias futuras,
aun cuando se concede que estas
cualidades son:
una
valiosa ayuda para revelar necesidades, aspiraciones y peligros en las áreas
domestica, de bienestar y religiosa[106].
Habiendo disuadido a las mujeres de
solicitar puestos que requerían “rigidez administrativa”, Pío XII intentó, en
el mismo texto, de una manera completamente poco realista, señalar factores
compensatorios:
Sólo
la mujer sabrá, por ejemplo, cómo contener con amabilidad la represión de una
moral desatada, sin perjudicar la eficiencia; sólo ella sabrá cómo proteger de
la humillación y educar a la juventud delincuente en forma decente y según las
virtudes religiosas y civiles; sólo ella será capaz de prestar útiles servicios
en la rehabilitación de presos exonerados y muchachas delincuentes.107
¿Por qué “sólo ella” sería capaz de
hacer estas cosas? Los trabajos descritos pueden ser realizados por psicólogos
profesionales competentes, hombres o mujeres. Pío XII parece haber estado
deseoso -en efecto, demasiado deseoso- de encontrar un “rol” para la mujer de
acuerdo con la 'maternidad espiritual'. La imposibilidad de este concepto se
evidencia en el elogio exagerado de supuestos talentos específicamente
femeninos y en las declaraciones más negativas.
Pío XII o sus predecesores no
consideraron seriamente la noción de que los estereotipos sexuales fijos
pudieran ser efecto del condicionamiento social. Se presume que todas las
supuestas características específicamente femeninas están inalterablemente
enraizadas en la “naturaleza” femenina. Sin embargo, era imposible mantener en
forma consecuente esa opinión, y al igual que su predecesor, Pío XII la refuta
inadvertidamente. Esto se percibe, por ejemplo, en su emocional descripción de
la hija de una madre trabajadora:
Acostumbrada
a una madre siempre ausente y a un hogar sombrío por el abandono, ella no verá
ninguna atracción ahí, no sentirá la más mínima inclinación por las labores domésticas
y será incapaz de comprender su nobleza y belleza, o su deseo de algún día
dedicarse ella misma a estas labores como esposa y madre[107].
Además, ella:
querrá
emanciparse lo más pronto posible y, según una expresión verdaderamente triste,
“vivir su propia vida”[108].
De modo que la supuesta inclinación
natural por la domesticidad está, después de todo, sospechosamente sujeta a un
rápido cambio.
Dejando de lado incluso los ejemplos específicos
de inadvertida autorrefutación, toda la táctica de estos papas recientes ha
sido autorrefutatoria. Parafraseando una de las famosas líneas de Shakespeare, al
parecer los caballeros no protestaron mucho. Si la subordinación de la mujer
fuera realmente tan “natural”, no sería necesario insistir tanto en ella. No
sería necesario dirigirse a las personas en forma autoritaria para que se
comporten “naturalmente”. La oposición de estos papas al control de la
natalidad, que cada vez se torna más agudamente complicada para una Iglesia
empeñada en enfrentar la necesidad de cambio, también se basó en una concepción
rígida : inadecuada de la “naturaleza”.
Es de esperar que los líderes de la
Iglesia saquen provecho de los errores del pasado, y no sigan repitiéndolos.
[1] Louis-Marie Orrieux, O.P., 'Vocation de la femme:
recherche biblique', La femme; nature et
vocation. Recherches et débats (París: Librairie Arthéme Fayard), cuaderno n° 45, diciembre
1963,p. 147.
[2] Roland de Vaux, Ancient Israel,
Its Life and Institutions, traducido por John McHugh (Nueva York: McGraw
Hill Book Co., 1961), p. 39.
[3] Gerhard von Rad, Old
Testament Theology, I, trad. por D.M.G. Stalker (Nueva York: Harper and
Brothers, 1962), p. 149.
[4] John L. McfCenzie, S.J., The Two-Edged Sword (Milwaukee: Bruce, 1956), p. 95.
[5] Pastor André Dumas, 'Biblical Anthropology and the Participation of Women in the
Ministry of the Church', en Concerning
the Ordination of Women (Ginebra: World Council of Churches, 1964), p. 30.
[6] 6. TheodorReik, The Creation
oj'Woman (Nueva York: George Braziller, Inc., 1960), p. 124
[7] Pastor André Dumas, op. cit., p. 28.
[8] D.S. Bailey, The
Man-Woman Relation in Christian Thought (Londres: Longmans Green, and Co.,
1959), p,302.
[9] Ibid.303.
[10] Louis-Marie Orrieux, O.P., op. cit., p. 142.
[11] PL 26, 567. Comm.
in epist. ad Ephes., III, 5.
[12] PL 15, 1844. Expos.
evang. sec. Lucam, lib. X, n. 161
[13] Juan Crisóstomo, PG, 61,316./;; epist. I ad
Cor., cap. 14, v. 35. Homilia XXXVII
[14] Juan Crisóstomo, PG, 62, 544-5. In epist. 1
ad 77»;., cap. 2, v.
I I . Homilia IX
[15] Cirilo de Alejandría, PL 74,
691. in Joannis evang., lib. XII, xx, 15
[16] Gregorio Magno, PL 76,453. Moral, lib. XXVIII, cap. 3.
[17] PL34,
395-6. De Genesi ad litteram IX, cap.
5
[18] PG 8, 1271-5. Stromatum, lib. IV, cap. 8.
[19] PG 51,
231. Quales ducendae
sint uxores, 4.
[20] PL 17, 240. Commentaria
in epist. ad
Corinth.
primam.
[21] Ibid.
[22] PL 42, 1003-5. De Triinitate XII, 7
[23] PL 34,
204. De Genesi contra Manich. II, 11.
[24] PL 30, 794. Expos.
in epist. I ad Cor., cap. 14.
[25] PL 26, 570. Comm.
in epist. ad Ephes. III, 5.
[26] PL 1, 1418b-19a. De
cultu feminanim, libri duo I, 1.
[27] PG 8,
430. Paedagogi II, 2 (fin).
[28] PL 34, 452. De
Genesi ad litteram XI, 42.
[29] PG 13,
1819 C. In Lucam homilia VIII.
[30] PL 40,
186. Deflde et symbolo, 4.
[31] PL38,1108.
Semio 232, 2.
[32] PL 26, 536. Comm.
in epist. ad Ephes. III, 5.
[33] Cf. el artículo 'Diaconesses', en Dictionnaire de
théologie catholique (de aquí en adelante referido como DTC), t.
IV, col. 685-703.
[34] Apostolic Constitutions VIII, 25.
[35] Ibid., VIII, 19, 20.
[36] PL 191, 1633. Collectanea
in epist. D. Tauli in epist. ad Cor., cap. XI, 8-10.
[37] Comm. in Sec.
Librum Sententiarum Petri Lombardi (edición Quaracchi), dist. XVI,
art. 2, q.2.
[38] Ibid., dist. XVIII,
art. L, q. 1.
[39] Suma Teológica, Tomás de Aquino. vol. III, 1 q., 75-119
(Madrid: La Editorial Católica,
1959). Alberto Magno también
escribió que la
mujer no es ocasional: en IIP. Sum. Teol. (Borgnet), tract. 13, q. 80, membrum 1.
[40] Tomás de Aquino, Suma Teológica, vol. III,
1 q., 75-119.
[41] Ibid., vol. Vil, 2-2, q. 26, a. 10.
[42] Ibid., vol. VII, 2-2,
q. 26, a. 10.
[43] Ibid., Supl., q. 64, a. 3.
[44] Ibid., Supl., q. 39, a. 1.
[45] Ibid., vol. III, 1
q., 92, a. 2.
[46] Ibid., vol. III, 1
q., 92, a. 1.
[47] Ibid., vol. III, 1 q.,
93, a. 4.
[48] Ibid. , vol. III, lq., 118introd.
[49] Ibid., vol. III, 1
q., 76, a. 4.
[50] Ibid., vol. III, 1
q., 75, a. 2.
[51] Ibid., vol. III, 1
q.,77,a. 5.
[52] Ibid., vol. III, 1
q.,93,a. 6.
[53] Artículo ' Abbesses', en DTC, 1.1, col.
18.
[54] Elisabeth Schüssler, Der vergessener Partner (Dusseldorf: Patmos, 1964), p. 89.
[55] Artículo 'Abbesses', DTC, col. 21.
[56] Ibid.,col.20.
[57] Ibid., col. 21.
[58] Ibid.
[59] Cf. Schüssler, op. cit., p. 91.
[60] Vida, Cap. X. Obras
Completas de Santa Teresa de Jesús (Madrid: Editorial Plenitud, 1958,2aed.),p.77.
[61] Dominique Deneuville, Sainte
Thérèse d 'Avila et la femme (París: Editions du Chalet, 1964), p. 40. Este iluminador libro proporciona
muchas referencias útiles a las
obras de Santa Teresa en las traducciones francesas.
[62] Relaciones
espirituales, III. Obras Completas de Santa Teresa de Jesús, p. 314.
[63] Citado en Deneuville, op. cit., p. 113.
[64] Las
moradas, VI, vi. Obras Completas de Santa Teresa de Jesús, p. 628.
[65] Camino de
perfección, Cap. III. Santa Teresa de Jesús (Madrid: Ediciones de “La Lectura”, 1929), vol. I, pp. 33-34.
[66] Las moradas, IV, i. Obras Completas de Santa Teresa de Jesús, p. 562.
[67] Vida, Cap. XL. Obras Completas de Santa Teresa de Jesús, p. 292.
[68] Libro de
las fundaciones, Cap. 20. Obras Completas de Santa Teresa de Jesús, p. 799.
[69] Relaciones
espirituales: mercedes de Dios, XIX. Obras Completas de Santa Teresa de Jesús, p. 340-41.
[70] Commentarium in I partem summae theologiae S. Thomae
Aquinatis, q. 92, a. 1.
[71] Ejercicios
espirituales,' Reglas de
discernimiento de espíritus',
Primera semana, Regla 12.
[72] In Quartum
Sententiarum Commentarii, d. 25, q. 1, a. 2.
[73] Ibid., d. 36, q. 1, a. 1 y 3.
[74] Introducción a la vida devota (Santiago de Chile: Ediciones
Paulinas, 1980), t. II, tercera parte, cap. 38.
[75] En James R. Cain, The
influence of the Cloister on the Apostolate of Congregations of Religious
Women, se encuentra un estudio histórico de estos intentos. Extracto de una tesis de doctorado en
derecho canónico,
Lateran University (Roma: 1965), pp. 1-58.
[76] MadreM. Margarita O'Connor I.B.VM., That IncomparableWoman (Montreal;Palm
Publishers, 1962).
[77] Citado en Cain, op. cit., p. 42.
[78] O'Connor, op. cit., p. 87.
[79] Ibid., pp. 115-16.
[80] Théologie moorale (París: Jacques
Lecoffre et cié, 1858), I, p.
315.
[81] Ibid., II, p. 605.
[82] La jeune filie
chrétienne dans le
monde (París: Ambrose Bray,
1861).
[83] Carta
Encíclica, Quod Apostolici Muneris, 28 de
diciembre, 1878.
[84] Carta Encíclica, Renum Novarum, 15 de
mayo, 1891.
[85] Carta
Encíclica, Arcanum Divinae, 10 de febrero, 1880.
[86] Ibid.
[87] Carta
Encíclica, Divini Ullius Magistri, 31 de diciembre,
1929.
[88] Ibid.
[89] Carta
Encíclica, Casti Connubii, 31 de diciembre, 1930.
[90] Ibid.
[91] Ibid.
[92] Ibid.
[93] Ibid.
[94] Ibid.
[95] Ibid.
[96] Address to
Married Couples, 10 de septiembre, 1941.
[97] Address to
Newlyweds, 25 de febrero, 1944.
[98] Address to
Women of Catholic Action, 21 de octubre, 1945.
[99] Ibid.
[100] Ibid.
[101] Address to
Newlyweds, 8 de abril, 1942.
[102] Address to
Women of Catholic Action, 26 de octubre, 1941.
[103] Address to
Obstetricians, 29 de octubre, 1951.
[104] Address to Women
of Catholic Action, 21 de octubre, 1945.
[105] Ibid.
[106] Ibid.
[107] Ibid.
[108] Ibid.
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