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El final de la metafísica dogmática

Don CUPPIT


 

Hacia el final del siglo IV, la tradición occidental había llegado a comprometerse con el teísmo filosófico realista.

Hay que decir enseguida que el matrimonio entre la fe y la filosofía nunca estuvo enteramente libre de problemas, ni tampoco fue feliz. Al contrario, algunos detectaron ya desde el principio las dificultades que, andando el tiempo, iban a acabar  con el monoteísmo filosófico. Si Dios es un Ser simple, infinito, necesario... debe llenarlo todo. ¿Dónde queda “sitio” para que exista algo más, que sea distinto e independiente de Dios? ¿Cómo puede Dios, así definido, relacionarse con las múltiples contingencias de un mundo cambiante, temporal, creado? ¿Cómo podemos pensar en un Dios como personal, o cómo podemos describirlo usando nuestro lenguaje? Y, si Dios es, de una forma tan infinita y sobrecogedora, nuestra única gran meta en  la vida, nuestro ser pleno y nuestro fin total, ¿no deberá él aniquilar cualquiera otra preocupación cultural?

Considerando éstas y otras preguntas semejantes, y considerando también lo cabalmente que hemos llegado a comprometernos con una visión de la vida enteramente post-metafísica, bien nos podemos preguntar cómo la antigua y metafísica especie de creencia en Dios llegó a parecer tan impositiva y clara como de hecho fue

La respuesta es que la creencia filosófica en Dios nunca se mantuvo sola. Estuvo apuntalada por, incrustada en, y sostenida y dotada de inteligibilidad por un montón tremendo de supuestos profundos, cuya  mayoría provenía, en última instancia, de Platón.

Estos supuestos eran los llamados «presupuestos absolutos» (en palabras de R. G. Collingwood) de la vieja cultura occidental. En realidad no sabíamos cuántos ni cuán profundos eran; pero, poco a poco, entre Descartes y Derrida, el nuevo tipo crítico de filosofía los fue sacando a la luz. Y una vez expuestos, surgió la pregunta de si podrían ser demostrados. Kant intentó mostrar que se podrían probar, al menos algunos de ellos, pero sólo de una forma que supusiera renunciar a la vieja metafísica sobre Dios. En vez de ser verdades objetivas que apoyaran a un Dios objetivo, Kant las convirtió simplemente en presupuestos y postulados estructurales de nuestro conocimiento y de nuestra acción moral. Otros, sin embargo, aunque admiraban el gran intento de Kant por encontrar un compromiso, consideraron más bien que los viejos supuestos platónicos colapsaron y se desmoronaron hechos polvo tan pronto como fueron expuestos  a la luz. Tan pronto como podamos verlos, podremos percibir que no tienen fundamento alguno. 

¿Pero cuáles eran esos presupuestos o suposiciones? En ocasiones oímos algo que nos hace vislumbrar que todavía están ahí influyendo. Deberíamos aprovechar tales momentos para analizar lo que oímos.

Por ejemplo, cuando hace unos años falleció el decano del claustro de profesores de mi Universidad, su sucesor como decano  se inclinó hacia mí a través de la mesa y dijo con una extraña voz áspera, entre triste, sardónico, triunfante, enfático, espantoso e incluso envidioso: “Bueno, ahora él ya sabe, ¿no?”

Esas palabras son como una ventana. Reflexioné sobre ellas durante varios días, analizándolas en retrospectiva, y se me ocurrió esto:

 

VIDA

1. Nosotros no inventamos la verdad; la descubrimos, o ella misma se nos desvela (en latín vela, “velo”, origina las palabras re-velar o des-velar).

2. Las respuestas a todas las cuestiones bien planteadas, tanto cuestiones de hecho como cuestiones de valor, preexisten ahí fuera, objetivamente.

3. Hay una magnífica Respuesta final al misterio de nuestra existencia, ahí, esperándonos.

4. Todas estas verdades y respuestas (2, 3) están hechas, por así decir, a la medida de nuestras facultades y de nuestras necesidades. En principio son inteligibles y accesibles a nosotros, de manera que podemos razonablemente esperar descubrirlas, o que ellas mismas se nos revelen.

5. Así que hay algo totalmente deslumbrante, a saber, una armonía preestablecida entre el pensamiento y el ser, el lenguaje y la realidad; entre las preguntas que queremos formular y la Respuesta que la naturaleza de las cosas espera darnos. (Nótese que esta muy sorprendente doctrina es también la más profundamente dada por supuesta).

6. La Respuesta final se nos revelará en la muerte o por medio de ella.

7. Nuestra vida es una peregrinación hacia la muerte, que es el momento de la verdad, el momento del conocimiento absoluto.

8. Entonces, nuestra vida es un viaje...

a) desde lo relativo a lo absoluto,

b) desde el tiempo a la eternidad,

c) desde el mundo cambiante y sensual del acontecer, al ámbito del Ser inteligible, puro y eterno,

d) desde lo particular a lo universal, y

e) desde el conocimiento mediatizado, discursivo, logrado como a través de un cristal oscuro, a la visión inequívoca, pura y cara a cara.

9. La vida de cada persona tiene un guión escrito de antemano, y hay un gran Relato de Todo, cuyo argumento se nos ha revelado en un Libro.

Ésta es en esquema la visión del mundo, el relato sobre el significado de la vida, que mi viejo amigo estaba indicando en  el almuerzo. Pero esto era al comienzo de los años 1980, y él sabía, tan bien como cualquiera, que cada fragmento del esquema es cuestionable. Utilizó él el triste e irónico tono de voz, basado en el pensamiento de que, de todas formas, todavía podemos contar con la muerte para que cada uno de nosotros,  a nuestra vez, solucionemos el problema. (Él mismo murió ya, así que él tiene ya el problema resuelto).

Por cierto, esto es así sólo de momento.  En el párrafo #8 introduje unos cuantos contrastes binarios. Se me ocurrieron mientras pensaba sobre la diferencia entre la manera de ser de las cosas en el viaje de la vida y la manera como esperamos que sean cuando lleguemos al destino de la vida. Se trata de contrastes entre dos mundos, el terrenal y el celeste:

 

LOS CONTRASTES BINARIOS

10. Los contrastes binarios (en # 8, a-e) y un buen número de otros contrastes relacionados, son todos analógicamente asimétricos.

11. En cada uno de los casos citados, el segundo contraste:

a)  es anterior;

b)  es superior (es decir, mayor o más importante, tanto

c)  en valor como en realidad, y por lo tanto en 

d)  determinar el standard); y

e)  de alguna manera gobierna, o produce o da lugar al primero.

11. De esta manera el mundo espiritual allá “arriba” es, en todos los aspectos, mejor y más importante que este nuestro mundo material aquí abajo.

 

SER Y VALOR

13. Hay grados de realidad, y de valores.

14. La escala de grados de ser es también una escala de grados de valor.

15. Lo Más Real es por lo tanto Lo Mejor, y viceversa: porque el Bien Supremo es  -tiene que ser-  la Suprema Realidad.

16. Para conseguir el conocimiento más profundo, debemos purificar nuestras almas y perfeccionarnos a nosotros mismos; y uno debería, en especial, prepararse para la muerte.

Habríamos de añadir aquí algunas de las principales máximas causales:

 

CAUSALIDAD

17. Ex nihilo nihil fit (“De la nada, nada llega a ser”).

18. Cada cambio tiene su causa; o cada cosa que existe tiene una causa de su ser.

19. La causa es anterior al efecto; la causa es responsable del efecto, o explica el efecto.

20. La causa es superior en realidad al efecto.

21. Las cualidades encontradas en el efecto preexisten en mayor grado en la causa.

Así pues, la relación causa-efecto está modelada según la relación padre-hijo, tal como lo percibía una sociedad tradicional, agrícola y patriarcal. De tal palo, tal astilla; de tal causa, tal efecto; y cada cosa creada es una imagen refractada finita de su Padre-creador cósmico.

Para nuestro propósito actual no necesitamos analizar todo esto aquí con más detalle, pero merece la pena añadir una última proposición.  El pensamiento oriental es con frecuencia terapéutico. Éste afirma que, por hechura, somos infelices; por la violencia de nuestras propias pasiones desordenadas. Cuando hayamos aflojado el paso y nuestras pasiones se hayan acallado, podremos encontrar plena felicidad en un estado de fría vaciedad: “Sunyata sunyata”. Por contraste, en el pensamiento occidental el Supremo Bien es un estado cognoscitivo, y un estado de plenitud en vez de vaciedad.

La perfección y plenitud del Ser, infinito y eterno, nos absorben o nos engullen al contemplarlo.

22. Nuestro fin último es el conocimiento absoluto de lo más importante, más real y más perfecto; un conocimiento con el que gozaremos la felicidad eterna.

Ahora nos explicamos por qué Nietzsche describió al catolicismo como “platonismo para las masas”, y por qué, en fecha posterior, A.N. Whitehead pudo describir la historia íntegra del pensamiento occidental como “notas de pie de página de Platón”: porque mientras los profundos supuestos (o la mayoría de ellos) permanecieran en su lugar, la creencia filosófica en Dios parecería perfectamente natural e inteligible. Y al revés, así como el trabajo científico de los más destacados filósofos críticos (Descartes, Hume, Kant, Nietzsche, Heidegger y Derrida), expuso a la luz los viejos supuestos de occidente o la metafísica “platónica”, y éstos se desmoronaron, así mismo la credibilidad e incluso la misma inteligibilidad de Dios se ha desvanecido constantemente.

Al dejar atrás a Platón y al volverse la cultura “post-filosófica” (Rorty 1982, pp. XXXVII y ss.), Dios se evapora. El Dios del teísmo realista filosófico, el Dios metafísico, el Super-Ser objetivo ahí fuera, fue posible gracias a Platón, y murió con él. Pero el proceso no está totalmente acabado. Todavía hay algunos filósofos platónicos; y en la conversación de cada día podemos oír todavía a gente subrayando el contraste  entre el mundo material y una clara dimensión espiritual. Es todavía posible (como sospechan Kant, Wittgenstein y Derrida)  que el fantasma de Platón no sea nunca definitivamente exorcizado, y que las ilusiones de la metafísica sigan tentando siempre a la gente. En tal caso, la batalla sobre Dios entre no-realistas y realistas será el cuento de nunca acabar.

Tomado de su obra After God. The Future of Religion, HarperCollins Publishers, New York 1997, p. 57-62.




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