Clamor del Reino
de Vida en Latinoamércia
ante los poderes de exclusión y de muerte
Teófilo CABESTRERO
Del
jubiloso canto “¡Gracias a la vida!”, América Latina
está pasando a un amargo lamento: “La vida no vale nada”
Dos miradas. Primero, el testimonio de algunas situaciones que retratan
el alcance letal de los poderes de exclusión activos ahora en Latinoamérica.
Después, el clamor con que el Reino de vida digna para todos y todas,
desafía a cristianos y cristianas (y a los hombres y mujeres de cualquier
religión, cultura o tradición espiritual) desde las situaciones de
exclusión y de muerte en esta América indo-afro-latinoamericana.
1. Vivo en un país de Centroamérica
que se va pareciendo a un extenso cementerio
ornamentado con lagos y volcanes, bosques, ríos y montañas, donde, en las
aldeas indígenas, los sobrevivientes del conflicto armado interno (1962-1996)
desentierran los restos de sus muertos en las tumbas colectivas clandestinas,
y los vuelven a enterrar con la dignidad que les brindan sus viudas y sus
huérfanos. Al mismo tiempo, los sobrevivientes de las nuevas violencias, recogen
a diario los cadáveres abandonados en las calles o arrojados a un barranco,
al río o a un basurero, siendo también frecuentes las muertes en los asaltos
a buses urbanos y extraurbanos.
En Guatemala, todos los días amanecemos
oyendo en las noticias la lista de los 10 o 12 muertos matados en el día y
en la noche anterior, con los pormenores de si los han asesinado a balazos
o a cuchilladas, o si aparecen torturados, con las manos atadas y el tiro
de gracia, y si las mujeres asesinadas han sido violadas y mutiladas. Unos
2 millones de armas de fuego tiene ilegalmente la población civil de Guatemala,
además del medio millón largo legalmente registradas. Cada año se gastan en
municiones 1 millón y medio de dólares, y también cada año unas 4 mil muertes
son causadas por armas de fuego.
La edad de la mayoría de las personas
asesinadas, va de los 14 a los 36 años. Y se dan hechos tan atroces como acribillar
de 4 disparos a una niña de 4 años, y matar a muchachas jóvenes embarazadas.
Cada vez tienen menos edad las personas asesinadas y quienes las matan. Y
en un país de población mayoritariamente joven, el hecho de que la juventud
deje de simbolizar el futuro de la vida para representar la imagen real de
la muerte prematura, es un cambio aterrador.
De cada 100 homicidios, se esclarecen
a medias unos 10; y en muy pocos casos detienen a alguno de los autores, designados
en los informes y en las crónicas como “sujetos desconocidos”.
Detrás está el “crimen organizado” y
están los “poderes ocultos”, que en Guatemala han penetrado hasta las instituciones
del Estado. Están las mafias de narcotraficantes, de robacarros al servicio
del tráfico internacional, y de secuestros de personas que con frecuencia
son asesinadas. También están las poderosas mafias del contrabando de mercancías,
y del tráfico de personas adultas y menores para la emigración ilegal, el
comercio sexual y la pornografía. Y están las “maras” o pandillas de jóvenes
sin trabajo ni futuro, que se matan entre ellos o matan a cualquiera en su
actividad delictiva o en “trabajos” a sueldo como sicarios. Abundan los ajustes
de cuentas de tipo mafioso, político, familiar y pasional.
La desesperación de la población ha estallado
centenares de veces en linchamientos salvajes de cualquier sospechoso de asesinato
o de robos y asaltos. Es la exasperación de una sociedad traumatizada por
la inseguridad, la falta de justicia, la inoperancia de las autoridades y
de una policía que es cómplice en algunos crímenes. Una sociedad que lleva
en su alma y en su piel heridas, rupturas y divisiones abiertas por las desigualdades
y discriminaciones históricas, que sangraron mortalmente en un conflicto armado
de más de 30 años con 200 mil muertos y un millón de desplazados. Heridas,
rupturas y divisiones nunca cerradas, que las Iglesias particulares de bastantes
obispos católicos decidieron sanar con el proyecto “Remhi” (Recuperación de
la Memoria Histórica), truncado con el atroz asesinato del obispo católico
Juan Gerardi el 26 de abril de 1998, a los tres días de presentar en la Catedral
el fruto de la primera etapa del “Remhi”: 4 volúmenes que, bajo el título
de Guatemala, nunca más, atribuyen documentalmente al Ejército más
del 80 por ciento de las masacres del conflicto armado.
Y en Guatemala, casi todo lo encubre
y lo perpetúa la impunidad. En sombras hasta ahora impenetrables, permanecen
activos los “poderes ocultos y paralelos” que traman “ejecuciones extrajudiciales”
y dirigen seguimientos de intimidación con amenazas de muerte a fiscales,
jueces, contralor general, abogados, periodistas, líderes y defensores de
los derechos humanos. Numerosos testigos de los crímenes son amenazados y
“eliminados”. El Ministerio Fiscal ha tenido que ampliar varias veces su Programa
de Protección a Testigos; muchos han huido del país para salvar su vida y
la de su familia, y ahora están bajo protección más de 50 testigos de crímenes
de alto impacto social.
Un caldo de cultivo de tantos poderes
y fuerzas activas de exclusión y de muerte es la pócima de terror, desconfianza,
impotencia y depresión que la población se viene tragando; y la pobreza creciente,
el atraso, la miseria y hambre, que son armas que también matan. “Desde inicios
de los años 90, ha aumentado en un 50 % el número de personas hambrientas
y desnutridas en toda Centroamérica” (Informe de la FAO, julio de 2004 en
Guatemala).
El estudio “Previsión de Futuro”, recién
publicado por la Asociación Pro-Bienestar de la Familia en Guatemala, llama
“temible bomba de tiempo” al divorcio actual entre el crecimiento acelerado
de la población y el empeoramiento de las necesidades básicas para vivir dignamente:
vivienda, empleo, alimentación, educación y salud. Nacen ahora 1.150 niños
cada día: la población crece un millón de personas cada 3 años. A este ritmo,
en el año 2040 Guatemala tendrá 25 millones de habitantes, y ahora, con 12
millones, el 70 % son pobres, el déficit de viviendas es de 1 millón y medio,
la tasa de desempleo es del 46 % y 6 millones de personas están en alto riesgo
de salud. En estos días nos han informado “oficialmente” de que “el 98 % de
las fuentes de agua del país están contaminadas, principalmente con heces
fecales y residuos químicos, porque los desechos de 12 millones de personas
se lanzan a los ríos y lagos”; de los 331 municipios del país, 24 tienen plantas
de tratamiento del agua, y de ellas sólo funcionan 15. La exclusión y la muerte
es el horizonte de la mayoría de los recién nacidos en este desequilibrado
crecimiento de la población.
Un índice expresivo del estado de desesperanza y depresión que sufre ahora
la población de Guatemala es el aumento de suicidios. Del año 2001
al 2003 se registraron oficialmente 1.700 suicidios; unos 600 suicidios
anuales. Y “son tantas las familias que ocultan los suicidios y los
médicos que no los reportan” -dicen los responsables del registro-
“que el número real de suicidios puede ascender al doble de los registrados”.
Si a eso sumamos los intentos frustrados de suicidio, el resultado
es que, cada día, 5 o 6 personas intentan quitarse la vida en Guatemala
y 3 o 4 de ellas lo consiguen.
Sectores de la población de Guatemala
en alto riesgo son los menores de edad, la población
joven, las mujeres, los campesinos y los indígenas. Sectores de enorme valor
humano y estratégico para el país.
- Sobre los niños y las niñas recaen todos
los efectos negativos de los poderes de exclusión y de muerte que ahora golpean
muy duro en Guatemala, en medio del crecimiento de la pobreza, el desempleo,
la privatización de los servicios públicos, la emigración, las rupturas familiares
y las violencias sociales. Flagelan a los menores, la agresividad y la
violencia doméstica (maltrato y abuso infantil intrafamiliar); la violencia
laboral (trabajo infantil y ausentismo escolar); la violencia sexual
(la ocasional, familiar o social, y la organizada en el tráfico de niñas y
niños para la prostitución, el turismo sexual y la pronografía); y la violencia
social (robo, secuestro y comercio de menores muy pequeños para las adopciones,
comercio espontáneo o controlado por mafias: Guatemala es “el mayor exportador
de niños de América Latina”: hasta 3 mil cada año; delincuencia y “limpieza
social” de los “niños y niñas de la calle”). Todo son flagelos que matan la
infancia y la vida futura de un alto porcentaje de menores guatemaltecos.
- En la juventud, un fenómeno muy complejo
y de temibles consecuencias es el de las “maras” o pandillas juveniles. Fenómeno
activo en varios países centroamericanos: Honduras, El Salvador y Guatemala;
también se da en México y en Nicaragua, pero, en los tres primeros países
son más violentas y mortíferas las “maras”. Producto de la deportación desde
Estados Unidos de emigrantes centroamericanos ilegales, y fruto creciente
de la desintegración familiar en sociedades sin salidas ni caminos de educación,
formación y puestos de trabajo para la abundante población joven, las “maras”
crean su mundo y su ley que se han hecho violentos en una sociedad muy violenta
que los crea y los excluye. Sus “salidas” son la delincuencia y hacerse mano
de obra del crimen organizado, de las mafias y los poderes ocultos que los
alquilan y los arman como sicarios. Matan, se matan y son matados. Y se han
convertido en un problema social inmanejable para los gobiernos que ahora
les aplican leyes y operativos de “mano dura” y “superdura”, con redadas para
amontonarlos en cárceles o infiernos de mayor violencia y deshumanización.
Los motines y matanzas son episodios horrendos en Honduras, El Salvador y
Guatemala, tres países donde los “mareros” suman cerca del medio millón de
jóvenes de ambos sexos.
- Contra las mujeres se ha desatado en los
últimos años en Guatemala un huracán de violencias letales cuyas cifras horrorizan:
en el año 2001, fueron asesinadas 303 mujeres; en 2002, 317 mujeres; en 2003,
384; y en este año 2004 pueden llegar a 600 mujeres, ya que en octubre se
acercan a 500. En los cuatro últimos años, más de 1.500 mujeres han sido
ultimadas con señales de violencia bestial. Se habla de “holocausto de género”
y de “feminicidio”. Empiezan las protestas en los medios y en las calles,
pero, en Guatemala crecen más el temor, el miedo y la desconfianza que la
decisión militante de la ciudadanía y las investigaciones. Dos altas Comisionadas
de Naciones Unidas para la Mujer han venido en estos años, y se han horrorizado
y han urgido al gobierno a poner fin a esta locura, pero, la impericia y la
inercia hacen que los asesinatos de mujeres continúen. Se suelen atribuir
a mareros, a exmilitares, a limpieza social, al crimen organizado o ajustes
de cuentas y violencia pasional; en varios casos se ha probado la participación
de policías. Se dice que una cierta costumbre de “violencia de género” fue
exaltada en Guatemala durante el conflicto armado, cuando entre los militares
y paramilitares era trofeo y mérito violar a las mujeres antes de masacrarlas
en matanzas colectivas por las aldeas.
- En Guatemala el 65 % de la población es
indígena, y la mayoría de los indígenas son campesinos. Y aun siendo sectores
mayoritarios en la población total, los indígenas y los campesinos son sectores
empobrecidos y marginados. Siempre lo han sido. Los Acuerdos de Paz firmados
en 1996, reconocen la identidad y los derechos de los pueblos indígenas como
constitutivos de la identidad de Guatemala y lamentan su marginación, la pobreza
y la injusta distribución de las tierras, como causas originantes del conflicto
armado, causas que los Acuerdos de Paz decidieron superar. Pero eso quedó
en papel mojado. El sometimiento y la explotación fueron y siguen siendo la
práctica en la historia pasada y en estos inicios del siglo XXI. Los abusos
ancestrales de carácter racial, económico, político y social, se mantienen
vigentes y el actual sistema neoliberal globalizado los legitima y los radicaliza.
Indígenas y campesinos son ahora “población sobrante”, y “excluirlos” de la
vida es, de hecho, la vía adoptada. El 4 % de la población mantiene en propiedad
el 62.5 % de las tierras cultivables del país. Aguardan solución unos 200
conflictos de tierras que son propiedad de poderosos finqueros latifundistas
y fueron ocupadas por familias campesinas sin tierra para sobrevivir; y la
solución dictada son los “desalojos forzados” que dejan a los campesinos sin
solución y con varios muertos si oponen resistencia. Indígenas y campesinos
aprovechan este año el 12 de octubre (“Día de la dignidad de los pueblos indígenas”)
para manifestarse reclamando la tierra, el cese de los desalojos y de los
daños a sus comunidades por la explotación minera, la libre práctica de sus
espiritualidades y mayor justicia frente a la exclusión y el racismo.
El último informe de “Minugua” (Misión de Naciones Unidas para Guatemala)
que el 30 de setiembre de este año 2004 ha puesto el sello final a
su mandato de supervisar el cumplimiento de los Acuerdos de Paz, dice:
“La pobreza extrema y la desigualdad del ingreso, la distribución
desigual de la tierra y el estado de abandono de las áreas rurales
por el Estado, fueron las causas del conflicto armado y todavía persisten”.
Bajo la actual globalización del sistema
económico y sociopolítico neoliberal, no sólo
persisten esas y otras fuerzas de muerte, sino que se han agravado en Guatemala
y en todos los países de América Latina. “Con la excepción de Chile, todos
los países latinoamericanos está ahora peor que hace un cuarto de siglo: cada
día hay más pobres, y, en vez de reducirse, aumentan las diferencias entre
los que tienen mucho y los que tienen poco o nada” (Mario Vargas Llosa, octubre
de 2004). La riqueza y los bienes de producción y de consumo se han concentrado
todavía más, y crecen mortalmente la pobreza y la miseria, la desigualdad,
la corrupción y las violencias sociales.
Según los últimos informes oficiales
de ámbito global, América Latina es la región del mundo que tiene el más alto
índice de inequidad, la más extrema desigualdad entre ricos y pobres. Informes
recientes del Banco Mundial dicen que el 10 % más rico en América Latina tiene
ahora un ingreso escandalosamente superior al 50 % más pobres. Y la Cepal
(Comisión de Naciones Unidas para la Economía en América Latina) divulga las
siguientes tendencias acentuadas durante estos años en Latinoamérica por la
aplicación de las recetas ultraliberales:
1. En los últimos 20 años, 91 millones más
de personas se han convertido en pobres, y 40 millones de pobres han pasado
a ser “indigentes”: “no tienen ingresos para consumir el mínimo de proteínas
y calorías necesarias para vivir”.
2. Ahora, 400 millones más de latinoamericanos
son más pobres: 250 millones viven con 2 dólares al día, y más de 100 millones
viven con 1 dólar al día.
3. Las mayorías pobres crecen en número y en
pobreza. Disminuye la clase media, que va siendo una cierta minoría: el los
últimos 6 años, 23 millones de personas han perdido su estatus de clase media
y han pasado a ser pobres. Y se ha hecho más rica la minoría de los ricos:
el 20 % de la población de América Latina se cataloga como ricos, los muy
ricos son un 10 %. La clase media se reduce al 20 % en los países latinoamericanos,
mientras que en los países del Primer Mundo la clase media son el 60 % de
la población. En América Latina, el 60 % son los pobres y entre ellos crece
el número de indigentes.
Al mismo tiempo, según datos de la Cepal
y del FMI, en el año 2003, empresas transnacionales que operan en América
Latina enviaron a sus centrales en países ricos 20 mil millones de dólares
de ganancia líquida. Las diez multinacionales más fuertes (la mayoría son
norteamericanas) facturan 115 mil millones de dólares por año, y se han hecho
las mayores exportadoras de América Latina. Hace 10 años, eran las empresas
estatales latinoamericanas las que efectuaban el 41 % de las exportaciones,
las empresas privadas nacionales facturaban el 34 %, y las empresas extranjeras
solo el 25 %. Ahora las transnacionales realizan más del 40 % de las exportaciones,
las empresas privadas nacionales el 31 % y las estatales el 25 %.
Conclusión de los expertos: el modelo
neoliberal presentado como la verdad suprema dogmatizada e impuesta por el
Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, nos ha traído más pobreza
y desigualdad, mayor concentración de la riqueza y extranjerización de los
beneficios, y más desempleo. Y todo ello trae consigo más desintegración familiar
y social, más corrupción, mayor delincuencia, violencia social, inseguridad
y muerte e ingobernabilidad.
Llama poderosamente la atención el hecho
masivo de que en América Latina, un continente de pueblos tan profundamente
religiosos, mayoritariamente cristianos y católicos (visto con esperanza por
las Iglesias como una “reserva del cristianismo y del catolicismo”), reine
tanta inequidad, la mayor brecha del mundo entre los ricos que acumulan y
aumentan sus riquezas y los pobres que crecen en número y en indigencia. Reinan
la injusticia, la exclusión y la deshumanización que eso manifiesta.
Se ve ahí un colosal contrasentido que levanta sospechas sobre la calidad
de nuestro cristianismo y catolicismo, de nuestra evangelización y
de la pastoral cotidiana de nuestras Iglesias. El “divorcio entre
la fe y la vida” ha sido señalado y lamentado por los obispos latinoamericanos
en sus Conferencias Generales de Medellín (1968) Puebla (1979) y Santo
Domingo (1992), como una grave deficiencia de la fe cristiana en este
continente. Es una contradicción que falsea la fe y falsea la vida.
Fue denunciada ya por algunos profetas del tiempo de la Colonia, pero,
persiste a través de la historia y ahora se agudiza por la actual
invasión neoliberal del pensamiento y del estilo único de vida, cuyas
Corporaciones Transnacionales llevan a cabo impunemente una “nueva
conquista” sobre-explotadora de suelos y subsuelos, materias primas
y especies, mano de obra, producción, comercialización y mercados,
desequilibrando y aniquilando la variedad de climas y ambientes, especies,
recursos y patrimonios, organizaciones, identidades, religiones y
culturas que integran la vida de esta América indo-afro-latinoamericana.
2. El Reino del Dios de vida, nos
desafía a los cristianos y cristianas en Latinoamérica
desde las situaciones de exclusión y de muerte. Gracias a los avances
actuales de la investigación bíblica, hoy podemos saber con bastante certeza
que Jesús de Nazaret centró su vida y su actividad en el anuncio (con obras
y palabras) de la Buena Noticia del Reino de Dios, como Reino de vida y salvación
para todos los hombres y mujeres. Preferentemente, para las personas marginadas
y excluidas del judaísmo oficial de su tiempo.
Eran interminables las listas de personas
excluidas de la vida humana y divina (social y religiosa) por “impureza legal”
contraída por razón de origen, sexo, edad, profesión u oficio, y por sus enfermedades,
su ignorancia o su pobreza e indigencia. Y era implacable la lógica de “selectividad”
y de “exclusión” propia del sistema sociocultural y religioso que imperaba
en el mundo oriental de entonces, y que en Israel en tiempos de Jesús lo aplicaban
con severidad la Ley y el Templo. El “mérito” de la observancia de la Ley,
el ayuno, la limosna, el culto, y el bienestar físico y económico, la prosperidad,
el éxito, la honra pública y la buena posición social, eran vistos como señales
seguras de bendición de Dios, de premio y de salvación. En cambio la ignorancia
de la Ley, así como la pobreza, la indigencia, la enfermedad física o psíquica,
el fracaso, ciertos oficios, la ruina económica, la deshonra, el rechazo y
la marginación social, todas las deficiencias y desdichas personales y familiares,
o el simple hecho de no ser judío o de ser mujer, se veían como señales de
desgracia y de pecado, de maldición divina y de condenación.
Para esa peculiar mirada “religiosa”,
los extranjeros, los ignorantes, los pobres e indigentes, los enfermos, leprosos,
desvalidos o lisiados y todos los deficientes físicos o psíquicos, las personas
fracasadas, las mujeres y los niños y niñas menores de 12 años, todos los
desdichados, eran vistos como seres dejados de la mano de Dios y de los hombres,
y, como tales, merecedores del desprecio público social y religioso, indeseables,
“población sobrante”. Marginados de la comunidad, estaban también oficialmente
excluidos de la esperanza mesiánica, de la espera del Mesías y del Reino de
Dios en que vivían los diversos sectores del pueblo en tiempos de Jesús.
Esos datos de los contextos históricos,
iluminan el significado de los textos de los evangelios que narran la incansable
actividad de Jesús buscando salvar a los “perdidos”, a la multitud de personas
excluidas que “yacían en tinieblas y sombras de muerte”. Cuando esos textos
se leen a la luz de sus contextos culturales, socioeconómicos, políticos y
religiosos, se comprende que en las comidas con los pecadores públicos y en
las numerosas curaciones de enfermos y enfermas, en la sanación de leprosos
y de personas que entonces se consideraban “poseídas por demonios y malos
espíritus”, así como en su trato con las mujeres, con los extranjeros, los
niños y los ignorantes (contactos prohibidos por la Ley y las costumbres reinantes),
lo que hace Jesús es incluir en la vida común a las personas excluidas de
la vida.
En su actividad solidaria con los excluidos
de la vida, experimentaba y transmitía Jesús la cercanía del Dios Abbá,
Padre de amor vivificante que los incluye en la vida. Y así revelaba Jesús
a ese Dios y su justicia, su misericordia, su gracia de incluir a todos los
hombres y mujeres en su Reino de vida digna, fraternal y sororal, para “guiar
nuestros pasos por el camino de la paz” que consiste en que todo el pueblo
viva.
Jesús asumió la misión de compartir con
toda esa gente excluida su experiencia filial del amor de Dios y de su causa
del Reino de vida que no excluye a nadie, que incluye a todos, también a los
enemigos, pero, incluye primero a los últimos, a todos los excluidos.
Con la fuerza del Espíritu de Dios con
que actuaba Jesús, mostraba en su actividad restauradora de la dignidad de
los excluidos y de su derecho a la vida común, los “signos” de que había llegado
el Reinado de Dios; las “señales” del cumplimiento de sus promesas de salvación:
“He venido para que todos y todas tengan vida en plenitud”. Y así, incluyendo
en la vida a los excluidos, Jesús declaraba y mostraba que Dios no quiere
un mundo humano con personas excluidas de la vida.
Y ese modo de incluir en la vida y en
la salvación a los perdidos y excluidos, pertenece a lo más esencial de la
causa y la misión de Jesús; a lo más irrenunciable de su unción mesiánica,
de su vida, de su muerte y de su resurrección, como profeta definitivo del
Reino de Dios.
Y con su Espíritu, Cristo-Jesús, el Señor, nos comunica su causa y su misión
a quienes creemos en él. Bautizados en el Señor Jesús, sus discípulos
y discípulas le seguimos en la medida en que en nuestros días proseguimos
su misión y su causa del Reino de Dios, practicando esos “signos”
de incluir en la vida común a las personas excluidas de la vida ahora
en nuestros pueblos de Latinoamérica, alcanzados por la globalización
del actual sistema de vida inundado de poderes de exclusión y de muerte.
Debemos preguntarnos si ahora el cristianismo
en América Latina, las Iglesias, las comunidades
y la mayoría de los cristianos y cristianas, cumplimos fielmente esa responsabilidad
de proseguir la causa y la misión de Jesús. Si estamos respondiendo en esta
etapa de la historia de nuestro Continente, a las expectativas y a los desafíos
que el Reino del Dios de Jesús -Reino de vida justa, digna y solidaria para
todos los hombres y mujeres- nos plantea desde las tremendas situaciones cotidianas
de exclusión y de muerte.
Cualquiera que mire ahora con objetividad
la realidad de nuestras Iglesias y la tendencia de la mayoría de los cristianos
y cristianas en Latinoamérica, tiene que reconocer que hay dos cosas que resaltan
de manera notoria:
- Una es que, por diversos factores políticos,
socioeconómicos y religiosos que condicionan hondamente la vida, la mayoría
de los cristianos y cristianas prefieren buscar hoy prácticas religiosas,
devociones y espiritualidades que no les compliquen la vida comprometiéndoles
con las realidades tan duras que vivimos, y que ni siquiera los confronten
con sus problemas cotidianos. Prefieren que la Iglesia, las parroquias y los
templos, les sirvan de “refugio” para practicar una religión de devociones,
celebraciones, asambleas, encuentros, movimientos y espiritualidades “espiritualistas”
de consuelo, de bendición y sanación, de protección divina y humana que les
dé seguridad, compensaciones emocionales, autoestima, tranquilidad de conciencia,
distracción, olvido de los problemas y hasta huída de la realidad, aunque
sea “infantilmente”. Esta es la demanda religiosa que más abunda.
- La otra cosa notoria es que, al mismo tiempo,
la oferta espiritual y pastoral que hoy abunda más en la mayoría de las Iglesias
y de los movimientos cristianos, coincide con esa demanda. Bien sea porque
es fácil, cómoda y segura, menos arriesgada y más gratificante en el aprecio
conformista de la mayoría de la gente. O también porque va por ahí la tendencia
de las orientaciones y expectativas oficiales en tiempos de involución y repliegue
eclesial: fomentar los movimientos devocionales y espiritualistas, más pietistas
que comprometidos con la historia; cultivar más el centralismo y la repetición
que la creatividad; más la obediencia ciega que la corresponsabilidad en la
libertad profética del Espíritu; más la instalación en el poder institucional
y en el estatus social clerical, que la inseguridad del servicio desinstalado
y solidario con los desposeídos y excluidos; más la religión y el culto espiritualista,
que la profecía del Evangelio del Reino.
El gran peligro de esta confluencia entre
la demanda religiosa y la oferta eclesial, es que en nuestras Iglesias sobreabunde
la religión de devociones y espiritualidades egocéntricas y eclesiocéntricas,
y escasee o falte del todo el Evangelio del Reino del Dios de Jesús. No olvidemos
que Jesús encontró en su pueblo muchísima religión y religiosidad, mucha Ley
y mucho Templo y culto, en una teocracia que legitimaba la exclusión de la
vida y de la gracia de Dios de multitud de personas y de sectores enteros
del pueblo. Y frente a esa abundante religiosidad exclusiva y excluyente,
que ignora y desprecia a las víctimas, ofreció Jesús la Buena Nueva del Reino
de Dios incluyendo en su gracia a los excluidos y excluidas, para que todos
tengan vida y salvación plena. Y fueron precisamente los dirigentes de aquella
abundante religiosidad quienes rechazaron el Evangelio de Jesús y a él lo
crucificaron. Muchos pudieron hacerlo con “buena conciencia”, pero eso no
cambió la historia, y hoy resulta muy fácil también hacerlo con “buena conciencia”,
permaneciendo impasibles e inconscientes ante el hecho de que tantos hombres
y mujeres estén siendo excluidos de la vida.
El Reino del Dios de vida digna para
todos y todas no se impondrá al actual dominio de los poderes de exclusión
y de muerte en Latinoamérica, sin que las Iglesias, las comunidades, los cristianos
y cristianas hagamos hoy visibles de manera actualizada, las “señales” del
Reino con que Jesús incluía en la vida común a los hombres, mujeres y niños
excluidos de la vida.
Teófilo
Cabestrero cmf.
Guatemala, octubre de 2004
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