Repensar la religión.
La religión ante la cultura actual
J. Amando ROBLES
ROBLES
“Repensar la religión”, así es como titulo un libro que
acaba de salir a luz[1], y lo hice, como lo hago aquí,
con todo rigor, porque repensar la religión es la gran necesidad de
ésta ante la nueva cultura. Ya veremos en qué dirección y cómo debe
ser repensada. Por ahora, como es procedente en atención al lector,
indiquemos el camino que le invitamos a recorrer: la crisis de la
religión como crisis y duelo; un avance propuesta de la religión que
deberá surgir de la crisis si quiere ser culturalmente creíble; el
hecho de la crisis de la religión, algunas de las cosas que hacen
crisis; análisis e interpretaciones académicamente dominantes de la
crisis vistos en algunos de sus representantes más conspicuos en lengua
castellana (Xabier Pikaza, Juan Martín Velasco y Andrés Torres Queiruga);
el análisis e interpretación de Mariano Corbí, que hago míos, como
de una crisis de mayor profundidad, en algún aspecto fundamental inédita
de la historia ; y un desarrollo básico sobre la religión que desaparece,
sobre lo que la religión en sí misma es y será, y, como punto final,
sobre la conversión radical a la que frente a la cultura actual están
llamada las religiones: pasar de la creencia al conocimiento silencioso.
1. La religión en crisis. Crisis y duelo
No pareciera que el tema que vamos a desarrollar en este trabajo
prometa ser muy feliz si comenzamos hablando de duelo. Aunque nosotros
creemos que sí. Pedimos al lector tener un poco de paciencia.
Ciertamente duelo remite a dolor, a algo pues negativo. Pero, bien
mirado, sólo del duelo elaborado en profundidad puede surgir algo
nuevo, con todo lo que lo nuevo tiene de conmovedor. En efecto, hacemos
duelo cuando hemos perdido algo o a alguien. Pero cualquier terapeuta
medianamente formado sabe que lo que lloramos y nos duele no es tanto
la “pérdida” de algo o alguien exterior diferente de nosotros,
cuanto la “ruptura” de valores en nuestro propio interior
originada con ocasión de tal pérdida. No lloramos tanto la partida
de alguien como la ruptura de nuestro proyecto, la “partida”
de algo que fuimos y nunca más volveremos a ser. Sufrimos porque estamos
en una situación poco agradable, entre algo que se fue y algo que
no acaba de emerger ante nosotros; porque ya no podemos ser ni vivir
como antes, pero tampoco de golpe podemos vivir y ser otra cosa nueva,
aunque éste es el reto. Algo así es lo que está sucediendo con la
religión. Al menos así lo perciben las propias instituciones religiosas,
por ejemplo las iglesias, sobre todo sus responsables y sus hombres
y mujeres pensantes, que generalizan este sentimiento hablando de
«malestar de la cultura». Aunque, a decir verdad, es algo más que
las iglesias, es la religión como un todo la que está en crisis.
Crisis aquí significa pérdida grave de credibilidad por lo que refiere
al mensaje. Contra lo que muchos piensan, la crisis actual es de contenidos,
no de personas; es de concepción, no de fidelidad. Contenidos enteros
que tiempos atrás fueron evidentes y aceptados como tales, hoy son
rechazados. Por lo que refiere a ciertos aspectos se tiene la impresión
de estar asistiendo a un verdadero desplome. Y esto produce mucho
dolor. De ahí la sensación real de duelo. Las iglesias lo vienen haciendo
desde hace tiempo. Aquí, como cuando alguien ha visto roto su proyecto,
el dolor es porque ya no se puede vivir como antes, con la mismas
expectativas y metas, con los mismos valores y experiencias, con las
mismas seguridades. Todo esto saltó. Ya no se puede vivir sobre ellos.
Se podría decir que se puede vivir sin la compañía de quien partió,
lo que no se puede es vivir sobre las seguridades sobre las que se
vivía, porque hicieron agua. Las iglesias sufren, porque ya no pueden
transmitir su mensaje tan confiadamente como lo hacían antes. Y cuanto
más intentan transmitirlo, creyendo que es un problema de falta de
insistencia y de coraje, más el mensaje transmitido rebota, y más
sufren.
Ante una situación así hay que elaborar el duelo. No hay otra alternativa.
Ahora bien, hay maneras diversas de hacerlo. Una manera es ignorándolo.
Se toma como un accidente y se intenta vivir como si nada ha pasado,
como si todo sigue siendo válido. Falta definitivamente algo o alguien,
pero se actúa o se intenta actuar como si el proyecto de uno permaneció
intocado. Hubo un accidente pero en el fondo nada ha cambiado. Todo
sigue igual, con el mismo futuro por delante. En el fondo, aquí no
hay elaboración de duelo. Lo que hay es un intento por reforzar las
seguridades que entraron en crisis.
Otra manera de enfrentar la ruptura es intentando dar cabida a la
nueva experiencia pero siempre dentro de la anterior estructura. Se
llora por un tiempo, se siente la ausencia, cómo no, se percibe más
que antes la propia fragilidad y la del propio proyecto, se someten
a terapia las partes más débiles, se descubre y acoge la sensibilidad
de otras, se echa mano de ciertos sucedáneos, llámense éstos más religiosización
de la vida, una mayor espiritualidad, cierta sensibilización ecológica
y social pero, como decíamos, la estructura fundamental sigue siendo
la misma. Aquí hay más elaboración de duelo, sin duda; se han reciclado
los valores y actitudes que más hacían sufrir, pero no se dejó emerger
el ser nuevo que podía haber brotado.
Y hay una tercera manera de elaborar el duelo, de enfrentar la ruptura
de seguridades y valores producida, y es la de tocar fondo, como dicen,
y dejar que emerja un ser nuevo, el ser que llevamos dentro, el ser
que verdaderamente éramos y somos nosotros. Un ser cuyos valores fundamentales
están en las antípodas, son los opuestos, de los que antes creíamos
que nos daban seguridad. Son los valores de la gratuidad y de la libertad,
del dejarse maravillar y del vivir plenamente cada momento como gracia,
de amar maduramente y dejarse amar, de vivir con imaginación y creatividad,
de ser feliz y hacer feliz a todos. Es la oportunidad de vivir algo
realmente nuevo.
Ante la crisis de la religión, no es ya que cabe que se den, sino
que se dan las mismas posibilidades de actitud. El temor a nacer de
nuevo, del que le habla Jesús a Nicodemo en el Evangelio (Jn 3, 3-7),
es muy grande, y muy comprensible. Nadie cambia el paradigma que sustenta
su vida por otro hasta que no esté convencido y hasta necesitado de
la eficacia de éste. En el caso del duelo el dolor por la pérdida
o ruptura hace temer ante lo nuevo, que todavía no existe, que no
ha mostrado la bondad y la seguridad que mostró el pasado, aunque
se haya roto. De ahí la tendencia al parche y al remiendo contra la
misma advertencia de Jesús de Nazaret (Mc 2, 21-22): no echar remiendos
nuevos en vestidos viejos ni el vino nuevo en odres viejos. Y es que
si se procede así, se sigue ofreciendo lo que se rompió, y se volverá
a romper; lo que fracasó; lo que no pudo responder a la embestida
de la crisis. Las iglesias tienden una y otra vez a esta actitud.
Es explicable. Pero aquí presentamos la necesidad de adoptar otra:
la del vino nuevo en odres nuevos, la de una forma de religión que
supere la ruptura que está experimentando la forma anterior: una religión,
como veremos, sin religión[2].
Ello por cuanto la religión tal como la hemos conocido ha entrado
en crisis. Pero, también, porque ya no puede reproducirse creíblemente
como antes. Sobre estos puntos volveremos más adelante.
No quisiéramos terminar el tema de este primer acápite sin enfatizar
la convicción que comenzamos expresando: el duelo remite a dolor,
porque remite a ruptura, pero sólo del duelo más grande elaborado
en toda su profundidad es de donde puede brotar, como de hecho brota,
una realidad nueva, en este caso, la religión, inmune a todas las
crisis y como plena realización de todo nuestro ser: el vino nuevo
de la religión en odres nuevos. Además brota de nuestro propio ser.
La religión nueva es una capacidad que llevamos en nosotros, cuya
posibilidad permanecía ignorada para nosotros y que en la crisis bien
elaborada, como en el proceso de duelo, puede emerger. Por ello, si
adoptáramos el lenguaje de algunos autores cristianos que ven en este
momento de la historia la ocasión providencial para que el
cristianismo redescubra su dimensión espiritual experiencial, nosotros
calificaríamos este momento como doblemente providencial: porque es
el momento no sólo para que las religiones redescubran su dimensión
espiritual y la valoren, lo que vendría a resultar en la segunda manera
de elaborar el duelo, sino para que redescubran lo que en sus testigos
y maestros son: conocimiento, no creencia; algo profundamente diferente.
2. La religión que debe surgir
Aunque queda mucho por decir a propósito de la crisis, por gentileza
para con el lector adelantemos aquí lo que estamos entendiendo por
religión.
Cosmos, historia y nosotros somos autónomos.
De manera dominante la religión ha sido explicación de lo que en
su momento era desconocido o, dicho con más rigor, de todo lo que
aparecía como trascendente: origen y sentido de las cosas y del universo,
sentido de la historia y del ser humano, fuente del comportamiento
moral, explicación de la vida y de la muerte, postulación de una vida
eterna, respuesta a los interrogantes sobre la vida en el más allá.
Por ello se ha configurado como cosmología, antropología, visión de
la historia y moral. Pero estas diferentes configuraciones son precisamente
las que han entrado en crisis. Porque para el hombre y mujer modernos
las mismas resultan increíbles. Equipados de otras explicaciones,
el hombre y la mujer modernos reconocen el origen autónomo de las
cosas y del universo, así como de la historia, y del propio ser humano.
Si el mundo ha tenido un origen, éste se puede y se debe explicar
científicamente, no recurriendo a un creador, ubicado por lo tanto
en un nivel de otro orden, sobrenatural y, por lo tanto, científicamente
indetectable. La historia no tiene ni sigue una orientación teleológica,
es decir, no parte de un principio para encaminarse, aunque sea en
forma dramática, con fallos y contradicciones, hacia un fin. Si esta
ordenación existe es también incomprobable, ningún ser humano ha estado
o está más allá de la historia, observándola, para poder decirnos
hacia dónde se encamina, cuál es su telos, su fin. Habría
que recurrir a una revelación religiosa, a un conocimiento de naturaleza
dogmática, no aceptable para el hombre y mujer modernos. Y ello no
porque al ser humano actual no le merezca gran estima la religión
en su especificidad, sino porque si la explicación que se postula
aspira a tener impacto y vigencia en dimensiones que son competencia
de la ciencia, tiene que ser científica, no de fe. Lo contrario es
caer en lo que algunos autores califican de «error categorial» o de
no respeto de la correspondencia estructural entre un nivel determinado
de la realidad y un determinado nivel de conocimiento.
En fin la moral, realidad y función que parecía llamada a permanecer
religiosa para siempre, a ser compatible con la revelación y con un
conocimiento dogmático, ha dejado de serlo para convertirse en competencia
filosófica, argumental, procedimental y, por lo tanto, científica.
Ante una pluralidad de visiones y de enfoques, por consiguiente, de
morales, como es el caso progresivo en la modernidad, ninguna moral
puede reivindicar ser a priori la correcta, menos aún apoyándose
en la autoridad de una revelación. Hoy la moral que necesitamos para
vivir como sociedades pluralistas que somos, tiene que ser construida
a partir de la misma realidad, tan plural y diversa en sí y en sus
interpretaciones, y de sus retos, de opciones coherentes con la realidad,
y todo ello en un proceso de prueba y error, como cualquier otro conocimiento
de naturaleza interpretada y aplicada.
El propio ser humano, nosotros, somos y nos sentimos autónomos. Todavía
durante la modernidad de la primera revolución industrial, aunque
éramos nosotros quienes construíamos la realidad, al concebir y sentir
la ciencia que utilizábamos para ello como un “descubrir”
y como “descubrimiento” de leyes y realidades que nos
preexistían, todavía nos sentíamos dependientes de ellas[3]. Hoy ya no es así. Porque hoy hacemos continuamente
la experiencia de que el mismo conocimiento nosotros lo construimos,
no es algo que nos sea dado, y menos aún lo que construimos con él.
Con el conocimiento construimos todo: nuestra explicación del universo,
el sentido que le damos a la historia, la moral como valores y criterios
de comportamiento, la religión, y aún las experiencias espirituales
más excelsas. Todo. Somos, pues, autónomos.
Las “creencias” como punto central de la crisis.
La manera tradicional de ser y de funcionar la religión fue convincente
durante siglos e incluso milenios, pero ya no lo es más. Al caerse
paneles enteros de cosmología, antropología, concepción de la historia
y de la moral, propias de otro tipo de cultura y de otro tipo de sociedad,
sobre los cuales la religión en sus contenidos y funciones se montaba
y articulaba, e incluso con muchos de los cuales se identificaba,
paneles enteros de la religión también se van con ellos. Este es el
fenómeno al que estamos asistiendo actualmente. No es, pues, una crisis
de falta de voluntad y de coraje por parte de los fieles de las diferentes
religiones. Es una crisis -no será la última vez que lo enfaticemos-
de naturaleza de los contenidos, de su estructura, de su realidad,
que no son aceptables para el ser moderno actual. La crisis, en el
fondo, es una crisis de la religión tal como ha sido concebida, de
la religión como revelación y, por lo tanto, de la religión aceptada
sumisamente; en pocas palabras, es una crisis de la religión como
creencias.
Por creencia normalmente se entiende la aceptación de enunciados
no bien fundamentados racionalmente, por consiguiente, la aceptación
ingenua, no crítica y bien fundamentada de los mismos. De ahí la connotación
peyorativa que, hablando valorativamente, el término creencia tiene.
Pero aquí, hablando de religión de creencias, la vamos a entender
de otra manera. Religión de creencias, y “creencias” por
lo tanto, la vamos a entender como el conjunto de verdades religiosas
que, aún en su orden exhaustivamente fundadas y argumentadas, nunca
llegan a ser experiencia en sentido pleno, conocimiento realizado
con todo el ser y desde todo el ser, desde y con el sentir, el entender,
el amar y el actuar, quedando entonces en verdades intelectualmente
admitidas e impuestas al sentir por la vía de la voluntad. Así entendemos
aquí nosotros las creencias y la religión de creencias, para indicar
inmediatamente que de esta manera es como dominantemente se han configurado
las religiones. Y ésta es la religión que ha entrado en crisis.
En este quiebre, hablando con todo rigor, es en lo que consiste la
crisis. No es que todo en la religión esté en crisis, ni mucho menos
que la religión esté en crisis porque arrastra muchos elementos del
pasado. No es una cuestión de tradición y de vejez. Hay hallazgos
antiquísimos de la religión, como veremos, que siguen gozando de magnífica
salud, y seguirán gozando de ella. Porque tales hallazgos han sido
y son la experiencia más alta que el ser humano puede hacer. Lo que
está en crisis, y ello de manera profunda y radical, es la religión
de creencias, las verdades construidas con otra preocupación que la
experiencia, construidas por ejemplo para funcionar como filosofía
o como ciencia, como ideología cohesionadora de sociedades, como moral,
como marco de ciertas visiones del cosmos y de la historia, como legitimadora
de ciertos proyectos históricos, ya sean de liberación o de esclavitud
y de sometimiento. La religión que está en crisis es la religión interesada
y egocentrada, la que se construye respondiendo al mecanismo de la
necesidad y del interés por muy espiritualmente que se conciban, la
religión montada sobre la experiencia de lo sagrado. Por el contrario,
la que no está en crisis es la religión de la total y absoluta gratuidad,
del total y profundo desinterés, la religión del sentir, entender,
amar y actuar puros, buscados en sí mismos y por sí mismos, sin ningún
otro interés ni objetivo, sin ninguna otra finalidad. Es la religión
que muchos autores llaman de «conocimiento silencioso»[4].
La religión como conocimiento silencioso
¿Por qué de conocimiento silencioso? Porque este conocimiento no
opera mediante conceptos, representaciones ni discursos, sino, al
contrario, por una copresencia, por una superación de la diferencia
entre sujeto y objeto, por una identidad entre el que conoce, el acto
de conocer y lo que conoce, y para esto se requiere del silenciamiento
total, hasta su desaparición, de toda otra fuente de conocimiento,
de toda otra representación y mediación. Es el conocimiento puro,
la experiencia directa y total, es el conocimiento como experiencia
y actividad de todo el ser y no solamente del entendimiento, menos
aún en su forma de razón.
Este conocimiento, no buscado como respuesta a “necesidades”
sentidas ni como solución a problemas, tiene sin embargo muchas ventajas.
No requiere ser religioso, al contrario, es profundamente secular[5]. Por ello puede adoptar las formas más variadas,
teístas y no teístas, monoteístas y no monoteístas, religiosas y profanas.
Su validez no está en las formas que puede adoptar y que históricamente
ha adoptado, sino en la naturaleza misma del conocimiento. Consecuentemente
no es dogmático, jerárquico, autoritario, excluyente. Es profundamente
laical y ecuménico, universal. Es creador, libre y plural. Sus posibilidades
son infinitas y, estrictamente hablando, no hay una experiencia igual
a otra, no hay un camino igual a otro. Por ser infinitas las posibilidades,
la urgencia es, sin sometimiento alguno, aprender todos de todos.
¿Este conocimiento existe, es posible? ¿Existe y es posible esta
religión de conocimiento silencioso? Este conocimiento no sólo es
posible sino que ha existido desde los pueblos cazadores, desde que
estos pueblos crearon los rituales chamánicos como rituales mediante
los cuales cambiar la condición ordinaria del ser humano. Desde entonces,
aunque nunca en forma dominante, no ha dejado de existir. El cultivo
de este conocimiento lo atestiguan todas las grandes tradiciones de
sabiduría y todas las grandes tradiciones religiosas[6].
Es el conocimiento conocido como contemplación, camino interior, iluminación,
experiencia mística, presente en todas las religiones. A él se hace
referencia en éstas cuando se habla del «ojo de la contemplación»
(oculus contemplationis) u «ojo del Espíritu» como contrapuesto
al «ojo de la carne» (oculus carnis) y al «ojo de la mente»
(oculus mentis), haciendo consistir el ejercicio de la religión
sobre todo en el primero.
No solamente es posible y ha existido sino que, hoy, es la única
forma de religión creíble, vista ésta desde la nueva cultura. Al no
ser creíble la religión de creencias, ésta es la única religión coherente
con la nueva cultura y la nueva sociedad, que viven del conocimiento.
Esta es la religión llamada a emerger de la crisis; religión antigua
como vemos, y a la vez profundamente nueva, capaz de resistir, por
así decir, la crisis actual, porque no tiene nada de creencia. Es
conocimiento y experiencia puros, gratuitos, totalmente desinteresados,
desegocentrados, no dualistas. Pero volvamos hacia la crisis religiosa
actual tratando de conocerla un poco más a fondo.
3. Cosas que hacen crisis
Con respecto a la existencia de la crisis se puede decir que el
consenso es total entre los estudiosos de lo religioso. Hay diferencias
en cuanto a su interpretación y a su significado, pero no en cuanto
a su realidad. Muchos fenómenos así lo reflejan. Señalaremos algunos
remitiéndonos únicamente a la religión cristiana en Occidente.
Hacen crisis las representaciones y la autoridad
Hace muy pocos años el actual Papa, Juan Pablo II, fue noticia en
todos los medios de comunicación al declarar en una de sus catequesis
semanales que el infierno no podía ser interpretado como lugar sino
como el estado o situación en la que deviene el ser humano que se
condena. La noticia tuvo sin duda un impacto tan formidable por su
efecto de catarsis: ¡por fin!, la máxima autoridad de la Iglesia Católica
reconocía públicamente algo que muchos de sus fieles hace años habían
dejado de creer. Aunque tarde, la noticia tenía un efecto liberador.
Pero esto no explica todo. La noticia tuvo tanta repercusión en Occidente
porque, en un punto dogmático, como quien dice en algo de competencia
exclusiva de la Iglesia, ésta tuvo que aceptar la conclusión a la
que por su cuenta ya había llegado la cultura profana moderna. En
otras palabras, lo que en este punto hizo crisis no fue el contenido
dogmático, que ya hace tiempo la había hecho, sino la autoridad. De
ahí la celebración de la noticia. Más arriba hablábamos de paneles
enteros de contenidos que se desprenden. ¿Se podrá medir el efecto
en cadena de una declaración de este tipo? A otras interpretaciones
tenidas en su tiempo por verdades de fe y así transmitidas les puede
esperar, si no les ha ocurrido ya, la misma suerte. Ya entonces se
extrajo una conclusión inmediata: si el infierno no es lugar, el cielo
tampoco. Pero sobre todo, ¿se podrá calcular el efecto de pérdida
de credibilidad en la misma función de la autoridad religiosa? Porque
aquí es donde se manifiesta principalmente la crisis. El que conocimientos
queden superados, mueran y desaparezcan, es cosa de todos los días.
Las noticias en este sentido cada día, por lo esperadas, lo son menos.
Lo que aquí la modernidad cobra es la caída de un conocimiento impuesto
y mantenido autoritariamente.
Si la autoridad que dogmáticamente se legitima entra en crisis, y
del mismo modo toda institución igualmente legitimada, por ejemplo
las mismas iglesias, ¿extrañará que suceda lo que está ocurriendo:
la crisis en la pertenencia a las mismas, la selección personal de
las propias creencias reteniendo unos elementos y rechazando otros,
la indiferencia creciente frente a sus mensajes, y una actitud progresiva
de increencia? Los mencionados son otros tantos comportamientos normales,
predecibles, y todos ellos apuntando al mismo síndrome: un malestar
creciente con las verdades religiosas propuestas dogmática, autoritariamente.
Es importante ver que no es la dimensión religiosa en sí la que está
en crisis, sino la forma autoritaria como se presenta. La dimensión
religiosa pareciera estar irrumpiendo por muchas partes. No es la
nuestra una época materialista y atea. La dimensión religiosa irrumpe
más allá de las iglesias y por eso se habla de «religión salvaje».
Encuestas realizadas sucesivamente a nivel mundial como las del Estudio
Mundial de Valores, conocida por sus siglas en inglés WVS (World
Values Survey ), muestran que el número de quienes se declaran
ateos va en retroceso. Los que aumentan son quienes se declaran «agnósticos»,
que no son precisamente no sensibles a lo religioso, al contrario,
mantienen una cierta religiosidad no institucionalizada, no orientada
hacia las Iglesias[7].
Estos en algunos países desarrollados se aproximan ya a un tercio
de la población[8].
En Costa Rica, según una encuesta local realizada el año 2001, son
el 10.8%[9]. Las mismas
encuestas mundiales a las que hacemos referencia muestran que si bien
la fe en las creencias religiosas y en las instituciones religiosas
consolidadas decrece, aumenta el número de quienes dedican tiempo
a pensar en el significado y en el propósito de la vida. Este valor
aparece en significativa correlación con mejores niveles de desarrollo
y es predecible que vaya en aumento. En otras palabras, decrece la
religión vinculada a la autoridad y al sometimiento y aumenta la religión
como búsqueda espiritual, personal, realizadora y libre.
Hace crisis lo que no es específico en la religión.
La crisis en la religión no es obra, pues, del positivismo científico
o, mejor dicho cientificista. Es obra de su pérdida de especificidad
y de su anacronismo. El desarrollo del pensamiento científico lo que
cuestiona es el error cometido por la religión: su pretensión frecuente
de ser objetiva y empírica, de ser científica, en el mismo nivel de
la ciencia. Así, el infierno como lugar no cayó porque ahora la ciencia
lo pueda explicar. Ella no lo puede explicar. Cayó precisamente en
la medida en que se le pretendió explicar como un lugar, como una
realidad física y bajo un modelo físico, aunque fuera de física espiritual.
Esto es lo que cayó. En este sentido la función que cumple la ciencia
con respecto a la religión es impulsar ésta a que descubra su campo,
su dominio y su especificidad, y recordarle que su lenguaje es siempre
simbólico, nunca material, por así decirlo. La ciencia más bien está
ayudando indirectamente a la religión a redescubrirse a sí misma mostrándole
teórica y prácticamente cuáles no son sus competencias.
Hacen crisis los contenidos de tipo dogmático y hacen crisis todos
los contenidos religiosos que sean y se expresen como mágicos y míticos.
Porque todos ellos, en la medida en que apelan a la autoridad para
que se les otorgue credibilidad, en el fondo están renunciando a su
especificidad, a la experiencia como fuente de validación, para ubicar
su competencia en el dominio de la ciencia y sin guiarse por los criterios
y exigencias de ésta sino recurriendo siempre a la autoridad. Esto
es lo que sucede también con los contenidos morales cuando en su pretensión
de verdad apelan a referentes únicos y excluyentes, por ejemplo a
verdades y normas que serían objetivas y válidas para siempre. Todo
ello ante el temor de caer en un relativismo moral. Esta fue la preocupación
de Juan Pablo II en su carta encíclica Veritatis splendor
(1993) sobre los fundamentos mismos de la teología moral católica.
Hace crisis la religión como sistema moral
Lo que el hombre y mujer modernos han descubierto es que ellos tienen
que construir su moral. Obviamente, siempre teniendo en cuenta la
realidad y su realidad como seres humanos, personales y sociales,
pero la tienen que construir. No existe una moral ya construida, revelada
o equivalente, descubierta y fundada por una filosofía objetiva de
una vez para siempre. La realidad lleva en su entraña exigencias morales,
por eso es un referente obligado, pero no lleva en sí misma la moral
como un modelo simplemente a seguir. No existe una moral «natural»
y «perenne». Concebir la realidad como si llevara en sí misma impresa
este modelo es incluir en la realidad, desde la pura concepción de
las cosas, esto es, desde el puro comienzo en el proceso de alumbramiento
de una moral, algo más que no es la realidad. De esta manera se introduce
un factor distorsionante: una aceptación de una normal moral en virtud
de algo que no es moral, porque no emana de la realidad como en sí
misma es, sino en virtud de la autoridad y de la imposición. Y de
nuevo tenemos el rechazo. No porque el hombre y mujer modernos no
sean morales sino, al contrario, porque al menos en la construcción
de su moral no pueden ser inmorales, porque en algo tan real y tan
llamado a ser verificado en la realidad como es el correcto actuar,
no pueden recurrir a principios no verificados, de autoridad.
Cuando moral y religión coinciden como dos dominios dogmáticos, como
que se agigantan sus efectos distorsionantes y el rechazo por parte
del ser humano moderno no puede ser mayor, traduciéndose en increencia
e indiferencia. Ante lo que percibe como anacronismo y prepotencia
dogmática, es quizás la mejor manera que tiene de defenderse.
Hace crisis lo mágico en la religión
En fin, hace crisis la oración de petición, la oración entendida
y practicada como un pedir que Dios resuelva nuestros problemas y
no como un trabajo sobre nosotros mismos para llegar a ser lo que
pedimos. De nuevo, esa oración es mágica; se desacredita a sí misma
tan pronto aflora a nuestra mente y a nuestros labios. Pretende convertir
en mecánica y en intencional algo que pertenece a otra ontología:
una ontología que a decir verdad no tiene ontología porque, sencillamente,
es. Quien descubre que la espiritualidad no tiene nada de mágico ni
de mecánica, no puede reconocerse en esa idea y práctica de la oración,
porque con razón la siente como un bloqueo a implicarse verdaderamente
en el camino espiritual. La vida espiritual no es pedir que Dios haga
o que mueva a otros para que ellos hagan, es ser y hacer uno.
Hacen crisis los exclusivismos
Hace crisis todo lo que es y funciona como no real, como dogmático,
y por lo tanto, como autoritario y excluyente. Así sucede cuando lo
que son expresiones propias y legítimas de una tradición religiosa
y por lo tanto riquezas, se proclama como monopolio de verdades únicas,
desconociendo así que todas las grandes tradiciones religiosas tienen,
expresadas de diferente manera, las mismas grandes riquezas, el mismo
camino. Hace crisis una religión cuando no se asume como un hecho
religioso positivo la existencia de diferentes tradiciones religiosas
y de sabiduría, con sus grandes enseñanzas espirituales. Cuando no
se vive en actitud de sincero aprendizaje unos de otros, y para ello
en continuo diálogo y a partir de un reconocimiento de la igualdad
de principio que asiste a todas las grandes tradiciones.
La religión hace crisis, cuando frente a estos valores que constituyen
progresiva evidencia para el hombre y mujer modernos, aquélla se repliega
en rechazos y exclusivismos. La religión hace crisis cuando, queriendo
dirigirse al hombre y a la mujer de hoy, lo hace en una matriz cultural,
en unos valores y en unas categorías, que no son de hoy, que respondieron
a otras culturas, a otros seres humanos, a otras evidencias, a otros
tiempos.
Buena parte de la teología cristiana lo sabe, es consciente de esta
crisis, pero no acierta, o no tiene el valor, en enfrentarla a cuerpo
limpio: la única manera de hacerlo. De ahí un sentimiento de malestar
creciente en el interior de la propia teología, de los propios teólogos.
Este malestar trasciende el ya de por sí real ante la falta de libertad
institucional para investigar. Nace de los propios compromisos del
teólogo o del estudioso de lo religioso con lo que él cree que es
la religión. De todas maneras, aún con limitaciones, se están dando
en estos años, como era de esperar, interpretaciones de la crisis,
interpretaciones que por lo valiosas que son es importante conocer.
4. Más cosas que hacen crisis
«¿Dónde está ahora mi madre?» «¿Veré a mi hijo?»
Estas son preguntas frecuentes en los procesos de elaboración de
duelo en un país como Costa Rica, latino y todavía en vías de desarrollo,
por lo tanto con una religiosidad muy pegada a la teología institucional.
Y lo primero que hay que destacar de la forma en que se hacen es que
no son retóricas, son honestas, responden a un deseo, si no a una
necesidad, de tener seguridad al respecto. Dicho de otra manera, no
suponen una evidencia sino un estado de inseguridad y de duda, desde
luego en el caso de personas poco habituadas a creer en una vida en
el más allá, pero también, y eso es quizás más revelador, en personas
que se consideran y son normalmente creyentes y practicantes. Esta
actitud, contrastada con lo que ella fue a mediados del siglo XX,
revela ya en sí un cambio bien real: lo que entonces se compartía
como una evidencia, creer en que había vida eterna en el más allá,
ahora muchas de las personas que pasan por la experiencia de un duelo
ante la partida de un ser querido se sorprenden a sí mismas no sintiéndose
tan seguras de ello. En Costa Rica una encuesta realizada en el Area
Metropolitana en abril del 2000 arrojó el dato de que sólo un 36.12%
de los entrevistados cree en la vida después de la muerte[10].
En efecto, suele aparecer como una sorpresa para la persona misma
que está en proceso de duelo. Como que ésta se consideraba más creyente,
más segura en la existencia de un más allá. Y de pronto se sorprende
a sí misma al sentir que realmente tiene que preguntarse por si de
verdad es así: ¿dónde está? ¿lo o la veré?
Detrás de ellas la crisis del “yo” de “lo mío”.
El más allá explicado como física, es decir, como física espiritual
social, como un mundo de relaciones gratificantes plenamente felices
pero al estilo del mundo de acá, aparece espontáneamente, sin saber
cómo ni por qué, puesto en duda o, para decir lo menos, la posibilidad
de la duda emerge: ¿Habrá algo más allá de la muerte? ¿Nos reconoceremos
como aquí las personas queridas? ¿Podremos vivir amorosamente fundidos
los unos con los otros?
Con las dudas entran en crisis la visión que décadas atrás teníamos
del cielo. Desde luego entra en crisis una visión en parámetros de
una física espacial. Recordemos la declaración del Papa: el infierno
como lugar no existe. Pero no sólo ella sino también una concepción
antropológica y social al estilo de lo que suele constituir para muchos
la realización aquí. Porque las preguntas, y por lo tanto las dudas,
subrayan con toda su carga no tanto el dónde como el si yo los veré.
Interpretada la muerte biológica como una pérdida del yo, la pregunta
en el fondo es: ¿seguiré siendo yo después de mi muerte y ellos, los
míos, seguirán siendo los que fueron, seguirán siendo míos?
Y la crisis del conocimiento ordinario
En la cultura moderna actual no sólo el conocimiento de naturaleza
dogmática entra en crisis, sino también comienza a merecernos cuestionamiento
el conocimiento religioso que responde a necesidad y a interés, el
conocimiento logrado vía argumentación y razonamiento. Y con razón.
Porque un conocimiento así no es todavía adecuadamente translúcido
ni puro, no deja de ser interesado y egocéntrico. Y al no reunir la
calidad necesaria, siempre será producto del entendimiento arrastrando
el querer y el sentir, no del sentir, conocer, querer y actuar de
todo el ser y con todo el ser.
Cuando este conocimiento tiene lugar, no hay yo que conozca, necesite
de los otros, los desee y los ame, sino que el yo es conocimiento,
es amor, y es todo. Y si es todo, si es “Eso”, si es amor,
¿qué va a necesitar, desear o buscar? Todo esto carece de sentido.
Quien es “Eso”, ya experimentó la muerte de su yo antes
de su muerte biológica. ¿Va a poder preguntarse si existe algo o alguien
después de la muerte? No tiene sentido para él. Para él no hay muerte,
todo vive, todo es vida, él es vida. Pero no adelantemos respuestas.
Sinteticemos las transformaciones religiosas evocadas en estos dos
epígrafes, subrayando que la crisis es de representaciones, de cosas,
de la religión como sistema moral, de la oración como comunicación
con Dios e incluso de relaciones y de sujetos religiosos. ¿Cómo interpretar
la crisis? ¿En qué consiste y qué la explica? ¿Cuál es su naturaleza
y alcance? ¿Cómo analizarla?
5. Algunas explicaciones de la crisis
Antes de pensar en las causas, para autores más avisados la crisis
que estaríamos viviendo ahora no tendría antecedente en la historia
si no es en el denominado «tiempo-eje»[11].
Y lo que estamos viviendo hay que interpretarlo en términos de una
transformación cultural. La transformación de la cultura deja sin
el soporte adecuado de credibilidad a la religión. En la cultura actual
en todo lo que son valores la experiencia es la fuente de acreditación
y validación, pero el cristianismo no es presentado como tal. Ahí
hay una explicación de la crisis, así como de su superación. El cristianismo
se configuró en categorías griegas y así quedó fijado en sus dogmas
y teología durante siglos, pero nuestra cultura no es ya griega. Ahí
tenemos otra clave de la crisis: hay que deshelenizar el cristianismo.
En fin, no hay experiencia de lo religioso sin experiencia de lo sagrado,
pero éste se ha desplazado o metamorfoseado. Hay que redescubrirlo
para poder conectar convincentemente religión con experiencia de lo
sagrado. Estas son las explicaciones actuales más frecuentes. Detengámonos
un poco en cada una.
Una situación como la del «tiempo-eje»
Hay bastante consenso entre los estudiosos en que para encontrar
en la historia un momento parecido hay que remontarse a lo que el
filósofo Karl Jaspers llamó el «tiempo-eje», esto es, el período que
va del 800 al 200 a.C[12]. Esta referencia ya sugiere por sí sola de
qué magnitud de crisis estamos hablando. Jaspers bautizó con esta
expresión la época en la que se iniciaron las religiones que luego
conocemos como universales, y que fue una época verdaderamente «axial»,
tanto por lo que supuso de ruptura con el pasado como de articulación
para el futuro. De hecho, el nuevo modelo surgido entonces habría
llegado con sus categorías fundamentales hasta nuestros días.
Ello ocurrió casi a la vez, y aparentemente sin que supieran unos
de otros, en China, India, Irán, Palestina y Grecia. Y lo que ocurrió
fue la construcción de una nueva forma de pensarse y pensar la realidad:
un nuevo paradigma o matriz cultural. El cambio fue de un alcance
universal y profundo de acuerdo a lo que eran las dimensiones del
mundo conocido en aquel tiempo. Atrás quedaba el mito como forma de
pensar, con su empirismo y sus tabúes, y lo que se abría por delante
era un pensar consciente, reflexivo y crítico, en categorías de totalidad
y de universalidad y, por consiguiente, de límites. El producto de
este pensar y de la nueva conciencia toma la forma de visiones centrales
del mundo, donde éstas se estructuran a partir de un principio, de
una fuerza, de un valor o idea, de un dios. Estas visiones del mundo
pudieron ser de naturaleza religiosa, cósmica, metafísica. En el caso
de las religiones universales éstas se desempeñaron como visiones
centrales del mundo. Esto fue lo que les permitió liberarse del espacio
y apoderarse del tiempo, adquiriendo de esta manera una vocación y
una capacidad universales. Para nada son religiones amarradas a un
lugar o a dioses locales. Son religiones nuevas vinculadas a una conciencia
nueva de ser y de situarse en el cosmos, en el mundo y en la historia.
Por ello muchos estudiosos sociales para referirse a estas religiones
gustan de utilizar el término «ideologías», por su carácter universal
y porque se estructuran y comportan como tales, esto es, como saber,
razonamiento y discurso antes que como experiencia, sabiduría, método
y vida. Por su parte, las religiones locales lo siguieron siendo,
permaneciendo vinculadas a sus referentes míticos, mágicos y empíricos
de antes, pero también permanecieron portadoras de las cualidades
positivas que acabamos de señalar y que las religiones universales,
especialmente las occidentales, perdieron.
Como este cambio no se conoce otro en la historia de la humanidad.
Fue un auténtico parteaguas. A partir de él la historia no sería como
antes, más bien con él comenzaba la verdadera historia. Antes, como
dice Mircea Eliade[13], hubo condicionamiento material, económico
y cultural, pero no la conciencia de ser parte de una fuerza más universal
y común a todos. El cambio global significó una auténtica revolución
cultural que marcó un antes y un después. Al carácter exclusivamente
articulador del mismo se refiere Jaspers con la expresión «tiempo-eje»:
ha sido el único eje universal hasta ahora, no ha habido otro igual.
Pues bien, hablando con rigor, cuando los estudiosos sociales de lo
religioso lo consideran como el único momento en la historia más semejante
al nuestro es para decirnos que algo parecido puede estar pasando
ahora: que un eje articulador nuevo puede estar apareciendo con todos
sus efectos; que religión y cultura van estructuralmente unidas; que
la religión puede sufrir hoy un cambio parecido, es decir, de naturaleza
estructural profunda, con las consecuencias del caso; que la transformación
en proceso parece irreversible; en pocas palabras, que para la religión
puede estar comenzando, como entonces, una nueva historia.
Desafortunadamente, la mayoría de los estudiosos de lo religioso
que recurren al símil del «tiempo-eje» no se lo toman tan en serio,
sino que echan mano de él para sugerir que estamos ante una crisis
de la religión más seria de lo que suelen creer las iglesias, vinculada
-hablando sin mucho rigor- a la cultura e historia presente. Así,
no se preguntan una cosa obvia: si la religión que está en crisis
y sometida a transformación son las religiones universales que hemos
conocido y se iniciaron entonces, ¿qué religión es la que estructuralmente
hablando va a surgir?, ¿las mismas pero recicladas? Las respuestas
de estos mismos estudiosos con frecuencia no superan la renovación
de las partes más ruinosas, que en el fondo equivalen a retoques.
Pero, con todo, la referencia que hacen al «tiempo-eje» no deja de
ser muy importante y sus propuestas renovadoras no dejan de tener
interés pastoral para las iglesias aunque no lo tengan tanto para
la ciencia. Ojalá las iglesias les prestasen atención y las acogiesen.
Enraizando la religión en la experiencia.
Al no tomar muy en serio las implicaciones estructurales contenidas
en la expresión «tiempo-eje», los mismos autores recurren de preferencia
a una visión culturalista y antropológica. Se argumenta que es más
científica al ser más fenomenológica[14].
En el fondo, es que permite encontrar explicaciones y hacer propuestas
aparentemente convincentes para el hombre y mujer modernos sin necesidad
de abandonar estructura y contenidos de la religión universal iniciada
en el «tiempo-eje» y que supuestamente está en crisis. Por ello se
recurre a enraizar la religión en la experiencia humana[15]. Porque supuestamente el ser
humano actual con relación a sus valores personales es subjetivo,
intimista y experiencial.
En efecto, el ser humano es un ser experiencial. Arrojado al mundo,
comienza a tomar contacto con el medio mediante la experiencia. No
tiene otra forma de hacerlo, de actuar, ubicarse y vivir. Por ello
la experiencia como forma primera de conocimiento lo acompañará siempre,
será la base de todo otro tipo de conocimiento y el acervo adonde
en última instancia todo producto de conocimiento vuelve. En el fondo,
todas la otras dimensiones y funciones especializadas de conocimiento
que conocemos no son otra cosa que especializaciones de dimensiones
y funciones ya nuclearmente presentes en la experiencia.
Ahora bien, dentro de la dimensión experiencial que el ser humano
desarrolla las experiencias de sentido ocupan un lugar privilegiado.
Estas son las que el ser humano tiene y construye cuando hace la experiencia
de la significación sí mismo, de su vida, del cosmos, del mundo, de
la historia. Es un hecho que el ser humano no puede vivir sin el sentido
que le depara tal tipo de experiencias. De hecho las tiene y además,
ya sea de una manera u otra, a distintos niveles de profundidad, con
diferente grado de ambición, él se las procura. Es un adicto al sentido,
no puede vivir sin él. Aquí no nos referimos al sentido que necesariamente
acompaña todo lo que hace culturalmente, que constituye la mayor parte
de su vivir y de su hacer, sino al sentido global que él
mismo como ser humano que es tiene que proporcionarse a sí mismo,
a su vivir y a su hacer como totalidad.
Pero esto no es todo. Dentro de las experiencias de sentido cabe
distinguir experiencias de lo sagrado. Estas son experiencias
que irrumpen en las experiencias de sentido. Por ello tienen el carácter
de la gratuidad, pero al mismo tiempo de lo inesquivable, de lo que
causa respeto y significativamente nos desborda, es inefable. Numinoso
lo llamarán los autores[16]. Por todo ello lo sagrado sobrecoge. Nos pone
en presencia de una dimensión o realidad superior y más profunda que
nosotros desconocíamos y ante la cual es nuestro ser el que reacciona
más que nuestra conciencia, y reacciona con sobrecogimiento y temor.
Por su naturaleza, y dentro de esta visión, la experiencia de lo sagrado
es considerada previa y necesaria para la experiencia religiosa
propiamente tal. Aunque como la experiencia de lo sagrado no es el
último desarrollo de la experiencia de sentido, tampoco la experiencia
religiosa es el final natural de la experiencia de lo sagrado. En
ambos casos se da irrupción y se produce corte. Pero así como tampoco
parece poder darse experiencia sagrada sin la sensibilidad y el refinamiento
que da la experiencia de sentido, tampoco parece poder darse experiencia
religiosa sin experiencia de lo sagrado.
La experiencia religiosa, según estos autores, tiene lugar cuando
hay una experiencia de Misterio, de algo o alguien que interpela,
y por eso para ellos la religión por antonomasia es la religión que
no solamente experimenta estar delante del Misterio, sino delante
de Alguien, delante de Dios. En términos de este discurso, sólo cuando
se da la experiencia del Misterio se da la experiencia religiosa
y se da la religión como respuesta. La experiencia religiosa es la
experiencia que se produce cuando el Misterio o Alguien irrumpe en
nuestras vidas, en nuestra conciencia. La iniciativa de la misma no
está en nosotros, está en el Misterio, está en el Alguien. En la religión
cristiana la fe sería la expresión de esa experiencia, tanto en lo
que tiene de irrupción de Dios en la vida del ser humano como en lo
que tiene de apropiación y repuesta por parte de éste.
Dado este casi encadenamiento de niveles de experiencias, dado que
el ser humano es experiencial, y que gran parte de la religión cristiana
está muy lejos de la naturaleza inmediata, implicante y realizadora
que supone la experiencia, la solución a la crisis actual de la religión
estaría, según estos autores, en redescubrir la fe cristiana como
la experiencia que es y así facilitar la apropiación subjetiva, personal
y vivencial de la misma. Si el ser humano es animal experiencial y
la fe es experiencia, la conexión entre ambas tiene que ser fácil
y garantizada. Se trataría de volver la fe a la experiencia.
También este nuevo aporte es muy importante, precisamente en la medida
que reivindica la dimensión experiencial, pero resulta insuficiente.
El concepto de experiencia del que parten, lo descubren y construyen
fenomenológicamente a partir de lo que detectan ser la experiencia
en el ser humano como animal depredador, como animal que para vivir
y no morir tiene que tantear, incursionar, tomar datos, procesarlos,
contactar de nuevo la realidad, poner las primeras sistematizaciones
a prueba, corregirlas y completarlas. Y esto es lo que llaman experiencia
humana, lo que en realidad es, un conocimiento que por mucho que en
él se enfatice lo preconceptual e intuitivo, siempre es mediacional
y representacional, nunca es conocimiento silencioso. La experiencia
de éste o no se conoce o es rechazada como imposible. Y el hecho es
que, dado como conciben ellos la experiencia, vía una fe experienciada
jamás llegará el ser humano a la experiencia del conocimiento silencioso,
en la cual según nosotros consiste la verdadera religión y la única
que verdaderamente puede superar la crisis. Porque una fe por muy
vivenciada, personalizada y experienciada que llegue a ser, nunca
dejará de tener un origen externo, heterónomo, autoritario, y, por
consiguiente, tal fe y sus contenidos nunca dejarán de significar
aceptación y sumisión. Mientras la fe actualmente creíble tiene que
ser conocimiento plena y totalmente experiencial, no representacional,
silencioso, creativo y libre.
Deshelenizando el cristianismo.
Como una parte del gran reto de volver la religión cristiana a la
experiencia, para los mismos autores se impone en forma imperiosa
deshelenizar el cristianismo[17]. Una tarea verdaderamente titánica,
tantos y tan medulares son los contenidos y aspectos que hay que deshelenizar.
El término helenización refiere al fenómeno que significó pensar
y presentar el cristianismo primitivo, originalmente judío, en categorías
filosóficas griegas. El éxito fue muy grande. Este consistió en algo
más significativo aún que verter el cristianismo primitivo en nuevas
categorías (Dios, verdad, misterio, naturaleza, esencia, sustancia,
persona); en buena parte consistió en la capacidad de repensar el
propio cristianismo generando una nueva concepción de relación del
ser humano con Dios. Se trató de una auténtica y verdadera transculturación.
De esta manera con la transculturación lograda el cristianismo adquirió
un estatuto universal o, para ser más precisos, occidental. Fue el
cristianismo helenizado el que fue llevado a los cinco continentes
con más éxito en unos que en otros, como se sabe. Pero, en la medida
en que la misma cultura dominante cambia, como sucede tantas veces,
en el éxito mismo estaba también su limitación de cara a los cambios.
La concepción misma de las enseñanzas de Jesús o la lectura del Evangelio,
el concepto de fe y de “verdad” cristiana, la teología,
los ritos y sacramentos, la concepción de iglesia, de sacerdocio y
demás ministerios, a efectos prácticos todo quedó traducido y fijado
sobre el mismo trasfondo de la cultura helenista; un trasfondo ontológico,
cósmico y metafísico, del que adquirió su consistencia y su validación.
¿Qué pasará cuando este paradigma cultural cambie? El cristianismo,
fijado como está, sobre todo, mediante la sacralización que él mismo
ha realizado de una versión -la griega, que después de todo no le
es esencial sino temporal-, no cambiará tan rápidamente, e inevitablemente
se producirá la crisis. Esta es la situación en la que desde hace
tiempo se encuentra el cristianismo, y de la que le es tan difícil
salir.
Desde mediados el siglo XIX sectores de los diferentes cristianismos,
protestante y católico sobre todo, vienen intentando responder a lo
que en la modernidad hay de cultura matricial, tomando para ello progresivamente
distancia de la visión esencialista y mecánica griega, especialmente
en su versión aristotélica. Lo que en la segunda mitad del pasado
siglo XX comenzó siendo actitud tanteante de pioneros, ya es una posesión
común. Hoy el cristianismo en sus diferentes confesiones, con avances
y retrocesos, piensa el mundo en categorías que toma de las ciencias
y del pensamiento, más históricas y culturales, más dinámicas, más
antropológicas y sociales, en una palabra, más científicas, aunque
no deja de practicar una lectura y apropiación selectiva. También
el cristianismo ha aprendido a pensarse en forma más histórica y social,
más antropológica y ecuménica y en términos más específicos de sí
mismo y más respetuosos de la autonomía de lo creado, como se dice.
Pero todavía porta un lastre en términos de visión, de categorías
y de actitud de cuyo anacronismo aún no ha tomado plena conciencia,
lastre que frecuentemente confunde con el mensaje religioso del que
es portador, y, obviamente, de esta carga aún no se ha podido desprender.
Fieles y teólogos suelen ser más conscientes de la necesidad del cambio;
de ahí el malestar que permanentemente experimentan. Pero, sobre todo
en el caso de la Iglesia Católica, se lleva años en que Roma no favorece
el cambio sino que lo impide o, más bien, quisiera realizar el cambio
pero conservando las mismas certidumbres de antes y a partir de ellas.
La sensación general es de estar viviendo un impasse, del
que no se sabe cuánto va a durar.
En efecto, la distancia entre la cultura griega en la que se encarnó
el cristianismo y la nuestra actual es tan grande que la deshelenización
se impone, aún independientemente del reto específico de volver el
cristianismo a la experiencia, tal como veíamos en el epígrafe anterior.
Y a ello ayudaría sin duda el tomar plena conciencia de la dimensión
titánica del esfuerzo a emprender, para que la decisión que se tome
esté a la altura del reto. Pero no basta. Se requiere conocer la nueva
cultura a fondo. El malestar sin más, sentido ante la percepción de
la brecha que se abre entre categorías pasadas y cultura actual, no
es suficiente garantía de acierto: hay que conocer en profundidad
la cultura actual y ser radicalmente fiel a ella en lo que tiene de
matricial cuando se trate de verter el vino nuevo en odres nuevos.
De lo contrario, siempre estaremos vertiendo el vino en una cultura
que, por modernizante que parezca, no es la nuestra. ¿No es esto lo
que pasa cuando se sale a la caza de características de la cultura
moderna y sobre ellas se vehicula el mensaje cristiano sin repensarlo
a fondo, tratando de mostrar que nosotros somos modernos y por ello
también nuestro mensaje? La cultura en lo que tiene de paradigma articulador
y de matriz demanda para sí mucho más respeto. Son los odres nuevos
en los que hay que verter el vino nuevo. No le pidamos a la cultura
nueva ser «cristiano viejo» como se pedía en España a los cristianos
de siempre frente a los conversos. Porque entonces la cultura así
vista e interpretada será «vieja», además de fantasmal, porque la
cultura actual no es así.
A la búsqueda de lo sagrado.
Otro avance en la explicación de la crisis actual en la religión,
complementación de los anteriores, es el que subraya el «desplazamiento»
o «metamorfosis» de lo sagrado[18].
Ya lo vimos. Aunque sagrado y religioso no son experiencias que la
primera implique a la segunda, ni mucho menos sean experiencias equivalentes,
para estos autores lo sagrado es condición sine qua non de
lo religioso. La experiencia de lo sagrado no conduce sin ruptura
a la experiencia de lo religioso, pero sin experiencia de lo sagrado
no hay experiencia de lo religioso. De ahí que, de cara a superar
la crisis, se imponga la búsqueda de lo sagrado. Este tiene además
la particularidad de que existe siempre, de que no desaparece. Esta
aserción que suena como un postulado a priori, se constata
en la realidad. Si por sagrado, dice un filósofo agnóstico moderno,
Luc Ferry[19], entendemos aquello por lo cual alguien está
dispuesto a sacrificarse (sacrum facere), llegando incluso
a entregar su vida, entonces lo sagrado sigue existiendo hoy, puesto
que hay valores y realidades por los cuales el hombre y mujer modernos
se sacrifican, dan y entregan su vida. El problema es, pues, encontrar
dónde están estos valores y realidades, cuáles son, a dónde se ha
desplazado lo sagrado, en qué valores se encarna, bajo qué formas.
Porque lo que hay es «desplazamiento» o «metamorfosis» de lo sagrado
pero no desaparición.
Y lo sagrado hoy parece estar en el propio ser humano, en la forma
en que lo percibimos y se nos presenta: como valor último, por lo
tanto irreductible a ningún otro, y fuente de todos los demás. Este
es el ser humano, el primer sujeto de derechos y fuente reconocedora
de los derechos de todo lo demás. Esto explicaría según algunos que
si todavía hoy, en un mundo tan pluralista en valores, hay alguna
ideología universal ésta sea la de los derechos humanos. Lo cual no
quiere decir que no sean atropellados. Como siempre, y también hoy,
la exaltación de valores suele ir de la mano con el irrespeto y el
atropello de los mismos. Pero en términos de axiología personal y
social hoy el ser humano es lo más sagrado. El ser humano en su ser
personal y concreto, en su vida, en su conciencia y pensar, en su
derecho a ser sí mismo, en su dignidad. Este nuevo sentimiento, esta
experiencia compartida es lo que hace que tanto el terrorismo como
la pena de muerte sean rechazables y rechazados, que los dictadores
y quienes abusan del poder estén siendo llevados a los tribunales,
que ciertos crímenes, como los de lesa humanidad, violación de derechos
humanos y la tortura, no prescriban, que responsables de violaciones
de derechos humanos en un país puedan ser juzgados y condenados en
otro. Es el mismo principio que dio origen al derecho humanitario
con la fundación (1863) de la Cruz Roja: los soldados caídos en batalla
dejan de ser soldados para ser seres humanos con iguales derechos
más allá e independientemente del bando en el que lucharon. El ser
humano, por el hecho de serlo, es sujeto de derechos que en todo momento
hay que respetar. Es sagrado. De ahí el horror que nos producen actualmente
los genocidios.
Es a la luz de este nuevo valor como se explican muchos comportamientos
modernos. Por ejemplo, los ingentes esfuerzos que un país tan pequeño
y limitado en recursos como, por ejemplo, Costa Rica invierte en rescatar
vidas de gentes que se han perdido en la montaña, e incluso cadáveres
de lugares muy peligrosos cuando se ha producido un accidente. No
importa el número, puede tratarse de una sola persona o de un cadáver,
que el esfuerzo que se realiza es verdaderamente el humanamente posible.
Y es que el ser humano, vivo o muerto, es sagrado.
La religión tendría que articularse sobre esta experiencia. La religión,
que durante milenios se articuló sobre el derecho de Dios, de la verdad,
de la sociedad y de la iglesia, realidades todas ellas sentidas como
“objetivas”, externas y superiores al ser humano, tiene
que articularse ahora sobre éste en su realidad de sujeto, en su subjetividad
y autonomía, en su derecho a una vida plena y total, en su dignidad.
De hecho la Iglesia Católica declara, y así lo hace, fundamentar su
Doctrina Social en el principio reconocido de la dignidad humana.
Lo importante es que todo lo que la religión cristiana tiene como
doctrina se fundamentase igualmente en este mismo principio y en sus
implicaciones de subjetividad y de autonomía.
Aún reconociendo lo que hay de aporte en este planteamiento –funcional
y operativo en el nivel de la realidad interesada- , nuestra crítica
al mismo es que lo sagrado así concebido -y, por tanto, lo religioso
articulado sobre él- no es tan último y tan irreductible como aparece,
no es el valor de los valores. Y por lo mismo tampoco es capaz de
garantizar la superación de la crisis actual de la religión. Es una
solución interesada, coyuntural y hasta si se quiere oportunista,
pero no es la solución de fondo. En otras palabras, la experiencia
de lo religioso articulada sobre la experiencia de lo sagrado permanece
en el orden de la religión de creencias, no lleva, no puede llevar,
a la religión del conocimiento.
Montar la religión sobre el valor sentido actualmente como el más
sagrado, nos puede parecer ahora la forma más sublime y desinteresada
de actuar. Pero no es así, pese a que actualmente parecemos muy dispuestos
a compartir derechos con el resto de los animales y con las generaciones
futuras. Sería fácil mostrar la carga antropocéntrica que todavía
perdura en un planteamiento como éste, sólo para citar un efecto poco
deseable. La experiencia religiosa dependería de la sensibilidad y
la argumentación que muestre dónde se ha desplazado lo sagrado o qué
nueva forma ha adquirido. Ella misma será conceptual y argumental,
nunca plena y totalmente experiencial. Siempre será una conclusión
a la que la razón llega y, convencida la voluntad, se impone al resto
del sentir y del percibir sin que este resto lo sienta y perciba como
su propio ser y el ser de todas las cosas. Y tarde o temprano hará
crisis. Porque hay algo más último, más irreductible. Hay algo que
no sirve para ordenar axiológica y valóricamente el mundo, para fundamentar
ni justificar valores, porque sencilla y simplemente “es”,
no tiene otro fin. Si algo tiene por fin apuntalar la religión, esa
religión apuntalada ¿qué diferente es de eso, una religión apuntalada?
La ontología de lo sagrado sirve eficientemente para ordenar jerárquicamente
el mundo axiológico en el que nos movemos como depredadores, sirve
también para fundamentar una religión como poder, pero no para la
religión que es única y totalmente gratuidad. Con razón esta religión
no conoce de lo sagrado. En esta religión todo es igual, todo tiene
el mismo valor, no hay cosas o acciones más importantes que otras.
Lo que en cada momento debe hacerse, grande o pequeño, eso es lo que
hay que hacer, eso en ese momento es lo único sagrado, eso es lo más
absoluto e importante.
Redescubriendo la mística.
Por estos caminos, que generalmente convergen, se ha ido redescubriendo
la mística, esto es, la religión tal como la han vivido y la siguen
viviendo los grandes testigos y maestros de todas las grandes tradiciones
de sabiduría y religiosas. En la mística se encontraría la esencia
de la religión, ella sería la verdadera religión. Incluso hay autores
que se hacen eco de la hipótesis de algunos de si lo que luego hemos
conocido como religión y religiones no han sido más que derivaciones
desvirtuadas, dogmatizadas y catequizadas, de experiencias místicas
primeras. En el caso del cristianismo esto es cierto. Y lo mismo puede
afirmarse de otras religiones, como del budismo y del islam. En todo
caso, las experiencias conocidas como místicas son reconocibles como
las experiencias religiosas más genuinas y más profundas. De ahí su
atractivo actual. Hay que volver a ellas. La misma es como una llamada
de orden y una esperanza que actualmente ha comenzando a cruzar teologías
e iglesias[20]. La vuelta a la lectura de los místicos es
el fenómeno al que estamos comenzando a asistir al menos en el caso
de la Iglesia Católica. Se reeditan sus obras, entran en la lectura
espiritual, se organizan talleres y se celebran seminarios y encuentros,
se estudian sus enseñanzas y se divulgan. Y todo ello -y sin duda
esto es lo más importante- con un cierto afán de profundizar en las
verdades creídas, en la religión cristiana, y vivirla como experiencia.
A todo ello está ayudando un mejor conocimiento de los auténticos
hombres y mujeres espirituales. Todos ellos, comenzando por Jesús
de Nazaret, han vivido una espiritualidad muy profunda pero a la vez
muy real, muy histórica y muy comprometida. Cuanto más se mira de
cerca a estos hombres y mujeres, más se constata que son sin fisuras,
plenos, totales. No puede ser de otro modo. Sus premisas y su experiencia
les lleva a vivir en plenitud aquí y ahora. Para ellos todo es eterno,
todo es absoluto, todo es. Está desapareciendo, pues, el miedo que
se tenía a caer en una falsa espiritualidad, evasiva, desencarnada,
atemporal.
Hay que felicitarse por este descubrimiento, que tiene el gran mérito
de ponernos sobre la verdadera pista, sobre la experiencia de quienes
verdaderamente lograron vivir la religión de conocimiento. Pero hay
un gran peligro, precisamente en la medida en que en el descubrimiento
campea el interés de la religión, el interés de ganar credibilidad
con la muestra de tales productos, sin cambiar nada en el fondo. Procediendo
así no son los místicos quienes llegan a transformar la religión,
sino ésta la que asimila en su estructura de creencia a aquéllos.
Otra vez más es el intento por echar el vino nuevo en odres viejos.
Esto es lo que está sucediendo en este movimiento precisamente de
redescubrimiento de los místicos. Las maneras de hacerlo son dos principalmente,
y obviamente que se procede así porque así se cree que son las cosas.
En otras palabras, ambas son inconscientemente interesadas.
Una de ellas consiste en mostrar que lo importante o decisivo en
estos hombres y mujeres de conocimiento que llamamos místicos no es
la naturaleza en sí del conocimiento alcanzado sino la referencia
que en todo momento han mantenido a la fe de la Iglesia, a Jesucristo
y a Dios tal como ésta los predica, es decir, Jesucristo como mediador
universal y único, y Dios como Ser Personal. Sin estas concepciones,
sin esta fe, no habría experiencia mística como experiencia de conocimiento.
En otras palabras, es una reivindicación más de ortodoxia confesional,
con todo lo que ello implica, que de experiencia propiamente tal.
La segunda, por exigencias también de ortodoxia y de mantener lo
que se conoce como salvación universal, consiste en mostrar que, estructuralmente
hablando, experiencia mística y fe-creencia es la misma cosa, diferenciándose
únicamente en el hecho de que aquélla es la floración y plenitud de
ésta. Para esto último también se difumina y rebaja, por así expresarlo,
la calidad de la experiencia mística mostrándola como un conocimiento
cuasi no mediacional, pero en el fondo siempre mediacional y representacional,
en otras palabras, un conocimiento no silencioso.
Por ambos caminos lo que podía ser un buen comienzo puede tener y
de hecho tiene un mal fin. Aquí, como siempre, la religión debiera
proceder, si pudiese, de manera totalmente desinteresada, buscando
únicamente la verdad, la verdad que hace libres y plenos a los seres
humanos, aunque la religión muera. Es más, tiene que morir en el intento,
tiene que convertirse totalmente a lo que intuye y vislumbra pero
que no llega a ser: conocimiento total.
6. Una transformación mucho más profunda
Nosotros creemos que la crisis de la religión a la que estamos asistiendo
es mucho más profunda, y que, por lo tanto, también lo es la transformación
que está teniendo lugar en nuestros días.
El neolítico como época de comparación
Simbólicamente hablando, podríamos estar de acuerdo en el «tiempo-eje»
como época de comparación. Enfatizando, sin embargo, con todo el rigor
posible que lo que en ella tuvo lugar, fue una transformación estructural
en el pensamiento mismo como herramienta de ver, interpretar y concebir
todo, universo, mundo, historia y ser humano. Para nosotros el «tiempo-eje»
connota ante todo y sobre todo una transformación cultural que como
un «eje» atravesó desde entonces la historia de la humanidad, marcando
un antes y un después. No solamente fue una transformación cultural
tan grande que ahora llegó el momento de desempolvar recurriendo a
Jaspers para blandirla como ejemplo, advertencia o amenaza, según
convenga. Es mucho más, se trata de una transformación única, que
dividió en dos mitades la historia. Habría que procurar, pues, que
categoría y comparación no se conviertan fácilmente en recurso retórico.
Con otros autores[21],
nosotros preferimos remontarnos unos miles de años antes del «tiempo-eje»
para encontrar una situación proporcionalmente parecida a la nuestra
actual, por lo menos en lo que tiene que ver con lo cultural, y así
aprender de sus transformaciones. Nos estamos refiriendo a la época
del neolítico, con su invención de la agricultura y lo que ésta significó:
vida urbana, sociedades más complejas con un nuevo tipo de organización
social, dentro de ésta el sector de quienes mandando hacían viable
la sociedad, y la aparición de la artesanía propiamente tal. ¿Qué
sucedió entonces? Como vemos, una transformación profunda en las condiciones
de vida, en la forma de trabajo y en la forma de organizarse socialmente,
y, en correspondencia con ella, como causa y efecto de la misma, una
nueva forma de pensar, una revolución cultural. Lo que ocurrió fue
el cambio más grande que se conozca de civilización. Este fue el significado
profundo de aquella época. Lo importante no fueron los cambios culturales
en sí, que, aislados de su razón de ser y de su función, no se podrían
explicar, sino los cambios culturales como herramienta y útil en función
de una nueva forma de vida.
Aquí hay que recordar la naturaleza primera y radical de la cultura.
Esta fue un invento en los animales vivientes que somos los seres
humanos para, sin tener que cambiar morfológicamente, hacer frente
a los grandes cambios en la forma de vida. Así hemos podido vivir
como especie bajo formas tan diferentes como las que representan la
caza, el pastoreo, la agricultura, la industria y actualmente el conocimiento,
sin tener que cambiar morfológicamente. En cada caso lo que hemos
cambiado es el «chip» de la cultura. Por ello ésta funciona como una
«programación»; la programación que en el marco de una forma de vida
dada necesitamos para poder vivir. El neolítico, con la invención
de la agricultura, significó un cambio fundamental en la forma de
vida, quizás el mayor de todos los que han tenido lugar hasta nuestros
días. De hecho quedamos marcados por el mismo hasta hoy. Y en este
cambio y en función de la nueva forma de vida, la cultura, además
de otras funciones, existe desempeñando la función de herramienta
y útil, la función de programación para poder vivir.
Lo que nos enseña la época del neolítico es que ahora podríamos estar
ante una transformación parecida y, bajo ciertos aspectos, aún mayor.
Nos engaña la impresión de que lo que ahora estamos viviendo es continuación,
si se quiere más acelerada, de lo que ya conocimos antes: la industria
como forma de vida y la modernidad como cultura. Obviamente, hay continuidad,
pero también hay ruptura, hay cambio, como acabamos de expresar, mayor
incluso que el que significó el neolítico. En algunos aspectos la
situación actual ni siquiera se parece a aquélla, es inédita. Pero
veamos qué constantes y transformaciones antecedieron a nuestra situación
de hoy.
Esquemas sociolaborales, modelos axiológicos y religión.[22]
Antes del neolítico, el ser humano encontró en su propia experiencia
laboral la orientación que necesitaba dar a su vivir, las metas y
objetivos que fueron los suyos. Como cazador fue en la muerte inferida
al animal y en la comida del mismo donde en cierto modo le vino dada
la clave del sistema de valores o axiología que él necesitaba para
orientarse. Fue en las acciones de las que centralmente dependía su
vida, aquéllas que necesitaba llevar a cabo para poder vivir y no
morir, de donde emanó su valor más central: la muerte convirtiéndose
en vida, la muerte como fuente de vida, lo que en términos axiológicos
se tradujo en la convicción de que para que haya vida tiene que haber
muerte y a mayor muerte más vida. A partir de ahí articularía y organizaría
toda su axiología, todos sus valores, incluida la religión, que por
definición se sitúa en la cumbre de la axiología. Valores y religión
podrían llegar a alcanzar cotas muy altas de misticismo, como se puede
ver en tantas mitologías, especialmente en las experiencias chamánicas,
pero echaban sus raíces en el esquema laboral mismo, en los momentos
centrales de la actividad de la caza. La forma de vida proveía los
valores que el ser humano necesitaba para explicar, dirigir y orientar
su existencia.
Esencialmente, esto mismo ocurrió cuando el ser humano comenzó a
vivir primero de la horticultura, luego del pastoreo y de la agricultura
y posteriormente de la industria. Siempre la forma sociolaboral de
vida fue portadora de los valores que necesitaba para orientar y dirigir
su forma de vida, su proyecto. Aunque en correspondencia con los diferentes
cambios en la forma de vida, hubo de introducir cambios significativos
en su modelo axiológico. En la horticultura y en la agricultura sigue
existiendo el modelo muerte-vida, puesto que ambas acciones centrales,
esto es, esenciales a la vida, consisten en enterrar (= muerte) los
tubérculos o las semilla y una vez recogidas y cosechadas comerlas
(masticar y comer es también una forma de dar muerte) y así poder
vivir, tener vida.
Con la agricultura sin embargo se opera una transformación muy importante.
Las sociedades agrícolas son sociedades complejas, en muchos casos
son imperios que, además de la agricultura, necesitan de una autoridad
fuerte, de un sector social que detenta y ejerce el saber y el poder.
Sin ambos, agricultura y autoridad, las sociedades agrícolas a gran
escala son inviables. De ahí que en ellas el esquema muerte-vida se
vea subsumido en otro más abstracto, el de mandato-obediencia, que
lo resimboliza. A la base de la vida ya no está la muerte, al origen
de todo ya no hay una protovíctima ancestral, sino un Ser o principio
supremo que con su palabra crea y ordena todo y al que hay que obedecer,
el Señor. Es el paradigma o modelo axiológico que ha llegado prácticamente
hasta nuestros días, con las característica que claramente lo distinguen:
es agrario, autoritario y jerárquico. Y es sobre él que se articuló
lo que hemos conocido como religión de creencias o religión sin más.
Pero fue con este modelo axiológico tan exitoso, producto del esquema
sociolaboral, como hemos vivido hasta hace poco. De nuevo tenemos
aquí el esquema sociolaboral produciendo los valores que la sociedad
necesitaba para dirigirse y orientarse.
El esquema muerte-vida también sufrió un cambio significativo en
las sociedades pastoriles y urbanas, entendiendo por estas últimas
las que se desarrollaron en ciudades donde, como fue el caso del Mediterráneo
y en la Europa Medieval, ninguna actividad llegó a imponerse sobre
las demás. Aquí la experiencia es más bien de la vida en confrontación
y lucha con la muerte, y de ahí, por lo tanto, la necesidad de protección
y de alianzas. Esto se traduce en un esquema de dos principios, el
del Bien y el del Mal y en conceptos de pacto, alianza, pueblo elegido
y mediadores.
Una combinación de modelo agrario, jerárquico autoritario y dualista
lo presenta el cristianismo, religión fundamentalmente urbana y de
artesanos pero que en su configuración también es tributaria del aporte
de las otras formas de vida aquí apuntadas. Como religión de artesanos
ella se articula sobre el esquema emisor-receptor, según
el cual Dios emite órdenes, que son formas, y las cosas recibiéndolas
son hechas.
En el caso más reciente de las sociedades industriales, y cuyo esquema
sociolaboral descansa en la máquina, el paradigma cultural es la ciencia
y la ideología, y el modelo axiológico es también el “descubierto”
científicamente. Paradigma cultural y paradigma axiológico siguen
siendo céntricos, y por lo mismo con una función de orientación y
dirección, pero pueden ser laicos, no tienen que ser necesariamente
religiosos; en todo caso, serán científicos. Todavía aquí el esquema
sociolaboral es portador de los valores que la sociedad industrial
necesita para formular y fijar sus objetivos y sus metas. De hecho
es en esta época cuando se separan como esferas de valor religión
y ciencia y cuando hace su aparición la visión ateísta del mundo.
Lo que vemos es coexistir en esta época ambas visiones, la religiosa
y la no religiosa, mejor aún, una visión científica, no religiosa,
en los aspectos prácticos y operacionales de la vida, economía, sociedad,
política, administración, gestión, medios de comunicación, con la
religión, en quienes la tienen, no ya como visión central del mundo,
sino como universo personal de sentido.
La religión en la modernidad todavía cumple en quien la tiene la
función de ofrecer sentido trascendente a la vida y a la muerte, explicación
sobre el más allá, sentido personal a la historia de la humanidad,
identidad personal, y funciona como sistema moral. Es una ideología
a la par de las otras, pero religiosa, con la misma pretensión de
poder dar satisfacción a todos los interrogantes de sentido del hombre.
Retengamos como conclusión de todo este punto que, pese a las grandes
transformaciones conocidas, incluso pese a la mayor de todas, la del
neolítico, en todas ellas como forma de vida el respectivo esquema
sociolaboral fue siempre portador de los valores que las sociedades
necesitaron para dirigirse y orientarse como proyectos, y sobre esos
valores se articuló la religión desde el neolítico para acá como una
religión de creencias. Retengámoslo, porque ésta es la situación que
ha comenzado a cambiar.
Lo inédito en la situación actual
Por primera vez en la historia de la humanidad el tipo de trabajo
gracias al cual vivimos como sociedad no es portador de los valores
que, por otra parte, necesitamos para dirigirnos y orientarnos, para
fijarnos metas, objetivos y fines. El tipo de trabajo que necesitamos
lo realiza el conocimiento. Un conocimiento aplicado. Un conocimiento
cada vez más tecnológico, que no tiene como cometido preocuparse por
la esencia de las cosas, por la significación de éstas, sino por cómo
funcionan, operación para la cual el conocimiento tiene que desprenderse
de toda significación, haciéndose técnico, operación y procesos desnudos
de significado. Es el conocimiento que cada vez más incorporan las
máquinas inteligentes gracias a las cuales vivimos, y que seguirán
incorporando[23].
Es el conocimiento, lo vemos imaginariamente en nuestras computadoras,
encapsulado en sistemas cada vez más interactivos entre sí, activando
procesos y dotando a sistemas y procesos de procesualidad, es decir,
de capacidad de activar y llevar a cabo acciones en procesos prácticamente
sin fin. La incorporación posible a futuro de “sentimientos”
y “significados” se verá mediada por el mismo conocimiento
abstracto, desemantizado. En otras palabras, el conocimiento hecho
trabajo, recurso y fuerza productiva gracias al cual vivimos, no sólo
no es portador de los valores que como sociedad necesitamos para dirigir
nuestro proyecto y hacer uso del mismo conocimiento que construimos,
sino, hablando con rigor, de ningún valor. Es conocimiento “puro”
abstractamente diseñado, codificado y aplicado.
Esto es la primera vez que ocurre en la historia. Lo hemos visto,
nunca antes ocurrió algo así. En este sentido estamos, pues, ante
una situación inédita y con efectos a futuro hoy imprevisibles. Si
Mircea Eliade se expresó en parecidos términos, ello teniendo todavía
en frente la sociedad de mediados del siglo XX[24],
qué no podría decir ahora. Aparte el gran reto de crear valores, y
de crearlos científicamente a lo largo de procesos de prueba y error
para poder vivir[25]
-porque una sociedad no sólo funciona con poder productivo y creador
sino con valores-, la naturaleza del nuevo esquema laboral tiene una
consecuencia para la realidad que aquí nos ocupa: la religión. Esta
no podrá articularse sobre lo que no existe, no podrá articularse
sobre los supuestos valores del esquema sociolaboral, como ocurrió
siempre en el pasado, porque tales valores actualmente no existen.
La religión no podrá ya reproducirse como antes. De ahí la crisis
que ha comenzado. Siempre, en el paso de un paradigma a otro, hubo
crisis. Y se afirma que el paso que significó el neolítico fue el
que más sufrimiento produjo. Pero, como vemos, ahora estamos ante
una transformación todavía más profunda, verdaderamente inédita: por
primera vez en la historia, el esquema sociolaboral no es portador
de los valores que como sociedad necesitamos para conducirnos, y,
en consecuencia, la religión no podrá articularse sobre ellos. En
adelante si la religión aspira a ser un mensaje y una experiencia
válidos para el ser humano contemporáneo tendrá que articularse de
otra manera.
Lo que la religión ya no podrá ser
No podrá reproducirse más la religión como antes. Esto quiere decir
que no podrá reproducirse más como religión de creencias y que, por
lo tanto, la religión que emerja o, mejor aún, que está emergiendo,
es bien diferente. Nos referimos a la religión estructuralmente correspondiente
con el nuevo paradigma de conocimiento.
Antes se reproducía articulada sobre los que fueron los valores más
básicos en las diferentes formas de vida (muerte-vida, mandato-obediencia,
esencia(de las cosas)- sentido), condición que daba a estos valores
credibilidad y evidencia. Al articularse sobre ellos la religión los
llevaba a su expresión más sublime, la más sagrada, reforzando así
su credibilidad y su lógica, a la vez que se beneficiaba de ellos.
Pero procediendo de este modo se configuraba como religión de creencias,
ya que una propuesta construida así era más fruto de la razón y de
la reflexión que de la experiencia, mucho menos de la experiencia
realizada con todo el ser. Y, como hemos enfatizado, hoy es la religión
de creencias la que hace crisis. No puede reproducirse ya como tal.
Pues bien, por las mismas transformaciones operadas, tampoco podrá
reproducirse como sistema ético o moral y como visión de la historia.
La ética o moral religiosa se construyó como sistema a partir de
los mismos valores base en las diferentes formas de vida (muerte-vida,
mandato-obediencia, esencia(de la cosas)-sentido), únicamente que
sacralizados y sublimados al máximo. Construidos de esa manera nunca
llegaban a ser una experiencia total, eran una convicción, en el sentido
nuestro una «creencia». Actualmente, cuando no existen más esos valores
base y casi evidentes, cuando los valores que necesitamos deben ser
construidos científica y filosóficamente a partir de los valores por
los que optamos como ideales y de toda la realidad que entra en juego,
la religión no puede construirse como una moral o ética. Sería religión
de creencias por partida doble, como religión y como ética. De hecho,
con la excepción de los intentos por hacer repúblicas islámicas antes
en Irán y ahora en Afganistán, ya no hay una ética religiosa pública.
En nuestras sociedades modernas la ética y moral públicas son cada
día más laicas, más civiles. Por otra parte, si hoy día hay un valor
fundamental común es el de la dignidad humana. De ahí la legitimidad
de la que goza una visión como la de los derechos humanos. Pues bien,
ese valor mismo es resultado de una convicción no de una experiencia,
convicción a la que le es congénita la debilidad, la duda, el cuestionamiento;
de ahí también las diferencias en cuanto a estima e interpretación
de esos derechos.
Tampoco la religión puede reproducirse más como visión de la historia.
No será más la religión la que como historia ciencia o filosofía de
la historia nos diga de dónde venimos y a dónde vamos, cuál es el
origen de la historia, cuál va a ser su final, y cuál su dirección
fundamental, como si siguiera alguna que le hubiera sido impuesta
desde afuera. La historia, por sí misma, no tiene dirección ni sentido
que nosotros debamos “descubrir”. Sólo tiene la dirección
y el sentido que con las limitaciones que nos son inherentes nosotros
le demos. Baste recordar cómo cambió la representación de Espacio
y Tiempo con las transformaciones ocurridas en el neolítico[26], para no hacer referencia a lo que en este mismo orden de cosas
puede estar ocurriendo ahora. Una religión como visión de la historia
no pasaría de ser la sacralización extemporánea de una visión del
Espacio y del Tiempo producto ésta de transformaciones materiales,
sociales y culturales realizadas por el ser humano y no de la voluntad
eterna de un dios.
En todo caso, ética y visión de la historia son realidades construibles
y construidas y, como tales, autónomas en su orden.
Pero habrá quien piense, si no se puede reproducir sobre los valores
del conocimiento como nuevo esquema de trabajo, se podrá reproducir
a partir de la propia subjetividad, tan rica en el ser humano actual.
Esta es la tendencia bruta observada o de los hechos. Hecha imposible
la religión articulada sobre la relación que supone el trabajo como
relación objetiva y objetivadora básica, cada quien desde su subjetividad
anda a la búsqueda de una espiritualidad a medida de sus necesidades.
Esta es la actitud que predomina. Pero el que predomine no quiere
decir que sea la correcta. Hay que estar claros en este punto y distinguir.
Si por subjetividad seguimos entendiendo el mundo psicológico que
todos llevamos dentro, mundo de necesidades, intereses y deseos, la
religión y espiritualidad articuladas sobre la misma serán siempre
razonamiento y creencia. De ahí nada raro que, también en este dominio,
en la medida en que la ciencia avanza, la religión retrocede.
No podrá reproducirse como sentido de la vida y de la muerte, como
religión del sentimiento o como realización estética.
Vida y muerte como realidades biológicas se explican también biológicamente.
No hay en ellas un misterio oculto que haya que explicar por algo
que les precede o algo que les sigue, como si de otra forma fueran
realidades absurdas, sin sentido. Si lo hubiera en el mismo orden
sería “cientifizable”, y si no lo es, resulta ser una
«creencia» que se nos propone, porque ese algo no nos llega por una
experiencia real y verdadera. Cuando después de la muerte y en ruptura-continuidad
con ella se postulaba que comenzaba la eternidad, entendida ésta como
duración infinita, la religión era promesa y garantía de
la misma. Pero cuando en esa ruptura-continuidad de la muerte no hay
nada más allá en ese orden supuesto de necesidad, intereses y deseos,
¿qué va a garantizar la religión?
La religión necesidad, interés, deseo y sentimiento es muy buscada
hoy día. Ofertas de la misma se encuentran institucionalizadas en
el movimiento amplio y ambiguo conocido como la Nueva Era. Su recurrencia
a una ciencia sui generis para demostrar que estamos en la
era de la que hablan y su recurrencia sobre todo a demandas psicológicas
y culturales, muestra hasta qué punto estamos ante una religión ingenierilmente
construida y servida, y no ante la experiencia totalmente gratuita
y desinteresada que puede hacer el ser humano. Hablan de contemplación
pero no superan el ejercicio del «oculus rationis» (ojo de la razón).
No hay nada más interesado y egocentrado que la búsqueda interesada
de un bienestar integral, holístico. Por ello una de las formas y
funciones que la religión así concebida adopta y desempaña es la terapéutica.
El fin como se ve es la sanación y realización placentera del yo,
pero no su superación. Cuando el mismo yo comienza a hacer crisis,
¿qué pasará con la religión que se articula sobre él? Es obvio que
no la resistirá.
Tampoco podrá consistir la religión en la realización estética, aunque
arte y religión sean tan próximos que a veces se pueden llegar a identificar.
Al arte le es esencial la dualidad sujeto y objeto, dualidad formada
por la línea que por más invisible que sea siempre existe entre sujeto
creador y contemplador y creación y objeto contemplado. De ahí la
emoción estética, el «pathos» estético. Cuando la línea ya no existe
es que creador y creación, contemplador y objeto contemplado se han
fundido formando con el mismo acto de crear y de contemplar una sola
cosa: conocimiento. En esos momentos cumbre, crear y contemplar arte
se ha hecho religión: puro y solo conocimiento. Pero en el resto,
arte y religión se diferencian. El arte se expresa y crea realidades
mediante símbolos; es siempre una experiencia mediacional. La religión
como conocimiento silencioso es experiencia sin más, es conocimiento
sin mediaciones, sin símbolos. Estos son el lenguaje de la teología,
que es una reflexión sobre la religión pero no es religión.
Lo que la religión es y será.
Si la religión que emerge no se puede articular sobre los valores
del conocimiento como esquema laboral, porque no los tiene, ni sobre
la subjetividad como espacio de necesidades, intereses, deseos y sentimientos,
sólo podrá articularse sobre la subjetividad misma sin ningún interés,
sobre la conciencia pura y desnuda, sobre el conocimiento.
Sólo entendida de esta manera la subjetividad, podemos afirmar que
la religión que emerge se articula sobre ella. Pero así entendida,
la subjetividad no es ya subjetividad, al menos como opuesta a objetividad.
Porque la religión como conocimiento silencioso se enraíza en una
dimensión anterior a ambas. Por lo mismo tampoco hay en esta experiencia
la dualidad sujeto-objeto. Como experiencia hay que pensarla de manera
totalmente distinta a como pensamos todo nuestro conocimiento ordinario.
Hecha esta aclaración, nada impide que en cuanto proceso y aprendizaje
nos representemos la religión a descubrir, como el resultado de un
trabajo personal realizado en y desde la interioridad. De hecho es
clásico que los autores se refieran al mismo como camino «interior»[27].
Pero si así entendemos la subjetividad, se trata de una subjetividad
de características nuevas
En todo caso la nueva religión es y será conocimiento, y no cualquier
tipo de conocimiento, sino uno muy específico: conocimiento silencioso[28]. ¿Por qué? ¿Acaso conocimiento silencioso no
es una metáfora para referirse con ella a una realidad que es más
que conocimiento? Entonces ¿por qué usarla?
Efectivamente, la experiencia que llamamos conocimiento es mucho
más que conocimiento, aún entendiendo por éste sentir, percibir,
y ver. Es también querer, es actuar y es
ser. En este sentido hablar de conocimiento para designar
toda la experiencia es una forma metafórica de hablar. Pero en la
medida en que son realidades autoimplicantes e iguales entre sí, podemos
nombrar todas por una. Es una forma simbólica de hablar pero a la
vez justa. Porque es más que conocimiento y a la vez es conocimiento.
A la naturaleza especial de este conocimiento se refieren los místicos
cristianos cuando hablan de «conocimiento amoroso» y en general las
grandes tradiciones religiosa, como en el caso de la judeocristiana,
cuando nos invitan a descubrir la «sabiduría» y gozar de ella.
Hay que tener en cuenta que cuando hablamos de sentir, percibir,
querer, actuar y ser silenciosos, estamos hablando de experiencias
y realidades que se dan sin representaciones ni mediaciones, en una
inmediatez pura y directa. De ahí su equivalencia. Y así hay que entenderlas
todas. No se trata de un ver, conocer o querer como alguien (sujeto)
viendo, conociendo y queriendo algo (objeto). Ni tampoco de un ser
en el que alguien (sujeto) es algo (objeto), aunque sea lo máximo,
el ser más grande, por ejemplo, si así se le pudiera concebir, Dios.
Si lo entendiéramos así, tampoco podríamos hablar de la religión como
conocimiento, porque no lo es. Ver, conocer, querer y ser son expresiones
con las que aludimos simbólicamente a una experiencia que no experiencia
nada, porque simplemente es. Experiencia y Realidad es la
misma cosa. Y sin embargo hablamos de la religión como conocimiento.
¿Por qué hablar así?
Por dos razones fundamentalmente. Primera, porque así parecieran
experimentarla quienes han hecho la experiencia o, mejor dicho, de
esta manera es como simbólicamente nos expresan una realidad que es
del orden de lo inefable, de lo que en sí misma contemplada no se
puede expresar. Es una manera de expresarse simbólica pero continua,
permanente. Segunda, en el trabajo en que hay que empeñarse para llegar
a esa experiencia, aunque muchos son los caminos, todos, directa o
indirectamente, trabajan el conocimiento. Todos, por ejemplo los que
trabajan la acción y la devoción, tienen como objetivo silenciar toda
representación y mediación, silenciar nuestro mundo interior, frenar
y silenciar todo lo que es conocimiento ordinario[29]. Es, pues, legítimo presentar la religión alternativa a la religión
de creencias como religión de conocimiento. Es una forma sutil de
referirse a una realidad que aún lo es más, y siempre que hagamos
honor a esa sutileza, porque tampoco esta misma expresión está libre
de peligros.
En fin, si la religión ha sido religión de creencias, y así se ha
visto institucionalizada hasta el punto que resulta difícil a muchos
imaginarse que pueda ser de otra manera, hay que concluir entonces
que la religión conocimiento silencioso no es religión. En ésta no
hay verdades en las que creer, dogmas que acatar, mandamientos que
cumplir, ritos o sacramentos por los que obligatoriamente pasar, jerarquías
a las que obedecer. Sólo hay verdades que comprender para realizar
y experimentar. El objetivo no es la salvación sino la plena realización
de uno mismo. No se necesita, pues, de mediadores. Hay testigos y
maestros que realizaron la experiencia antes que uno y tienen mucho
que enseñar, pero la realización del camino tiene que ser obra de
uno mismo; nadie puede recorrerlo por otro. La religión no es sumisión,
no es obediencia, no es cumplimiento de normas morales, es descubrimiento
y realización de la maravilla y totalidad que somos; la misma maravilla
que es todo. No es religión y, sin embargo, es la espiritualidad más
grande que pueda lograrse.
Concluyendo: conversión de las religión de creencias
Si la religión de creencias ya no puede reproducirse creíblemente
en la cultura actual, y de ahí su crisis, tiene que convertirse en
religión de conocimiento. Tal es la conclusión que se impone. La tarea
no es fácil, por el contrario, es titánica, pero no imposible, y,
de todos modos, es necesaria. De lo contrario paneles enteros de las
religiones de creencias desaparecerán, y con ellos, grandes valores
de los que las religiones son portadoras.
No es fácil porque la religión de conocimiento no es religión. No
es aceptación de verdades reveladas ni sumisión a las mismas, sino
comprensión y experiencia. No hay, pues, en ella fe como aceptación
de algo no comprendido y no experimentado o experimentable. El peso
no está primero en la aceptación de verdades para luego tratar de
interiorizarlas, sentirlas y vivirlas, sino en la comprensión de las
mismas como experimentables y en experimentarlas. No es, pues, una
obediencia y una moral sino un aprendizaje y trabajo, y una experiencia.
El cambio es radical. Y ello a nivel de “verdades” o contenidos,
de actitudes y de posición. Lo que se demanda es una auténtica y verdadera
conversión: la religión de creencias, la que predica la conversión,
tiene que convertirse, convertirse a la religión de conocimiento,
a la religión experiencia pura y total. Para la religión como institución
esto es muy difícil. Es como negarse a sí misma, a lo que la religión
está convencida que es, a los pilares que la fundamentan y sostienen,
a aquello para lo que fue revelada, a su vocación y misión, a la redención
y salvación de la humanidad por medio de la verdad. Es como desarmarse
y perder poder sobre registros y dominios que cree necesarios para
su misión. Y sin embargo es posible.
Del seno de las religiones de creencias es de donde han surgido los
testigos de la profundidad misma de estas religiones. No surgieron
de otra parte. Señal de la riqueza que encierran. En estos testigos
la religión de creencias manifestó su capacidad de conversión. El
caso de Jesús de Nazaret, tan conocido para nosotros occidentales,
es especialmente elocuente. Nació, vivió y murió en su religión judía.
En ningún momento se vislumbra en los Evangelios la idea de que él
quisiera fundar otra religión. Su fe judía vivida en profundidad le
bastó. Y a tal punto religión y fe llegó a ser en él experiencia y
conocimiento que pudo decir «el Padre y yo somos Uno», y «quien me
ha visto a mí ha visto al Padre». Pero por otra parte hablaba de la
necesidad de «nacer de nuevo», y del agua que brota en uno y hace
que no se tenga más sed, así como de sus palabras como palabras que
«son espíritu y son vida». Fue fiel a toda expresión de sabiduría
en la Ley, «hasta la última tilde o yota», y a la vez transgresor
de toda interpretación indebida. Fue fiel, pero simultáneamente libre
y soberano. No creyó su religión, la vivió en el estadio donde la
religión es experiencia, es vida, es libertad y es práctica. De ahí
esa impresión real que rezumaba de verdad y de transparencia, de sencillez
y de libertad, de control de sí mismo y de entrega. Se convirtió él
y convirtió la religión que practicaba. Esta era antigua como la historia
de su pueblo y de sus profetas y a la vez perfumadamente nueva, como
él.
Y ésta es la constante, con diferentes grados de desarrollo, en todos
los testigos de todas las tradiciones de sabiduría y religiosas. Todos
ellos, cada uno desde su tradición, testifican de esta fuente inagotable.
En las grandes tradiciones religiosas y de sabiduría existe esta riqueza,
por lo tanto también en las religiones de creencias. Solamente que
hay que quebrar el cascarón de las creencias, de lo que por definición
no es experimentable, para llegar a lo que sí lo es, a lo que es conocimiento,
a lo que de verdad es espíritu y es vida. Pero ahí está. Y ahí están
los grandes testigos y maestros. Si ellos no existieran, nosotros
ahora hubiéramos tenido que comenzar a mostrar esa posibilidad humana
y crearla. Todo ello con mucha torpeza y errores. Pero existen. Existe
esta riqueza. Y lo mismo que sería una irresponsabilidad incalificable
el echarla ahora por la borda, lo sería igualmente que las religiones
de creencias no se conviertan a sí mismas, a esa riqueza que portan.
Sí, las religiones de creencias, las grandes tradiciones religiosas,
tienen que convertirse a sí mismas, y así convertirse en religiones
de conocimiento.
Para ayudar a esta conversión hay que traducir las formas, hay que
poner los parches nuevos en vestidos nuevos y el vino nuevo en odres
nuevos. De esta exigencia, como lo muestra Jesús de Nazaret, nadie
más consciente que los propios testigos de la novedad. Ellos la lograron
hallar a pesar de las formas viejas, de las formas culturales poco
adecuadas, porque eran formas de creencias, como son las formas fijadas,
ritualizadas, convertidas en doctrina y moral. Pero el riesgo de que
se rompa el paño y se derrame el vino -esto es, la riqueza religiosa
propiamente tal, la religión como experiencia de vida-, es muy grande,
más aún, es muy real. Lo que implica que muchos ocupados en el aceptar
y cumplir las creencias, nunca llegarán al vino nuevo, nunca llegarán
al corazón de la religión. Por lo mismo, aun teniendo que proceder
con cuidado para que nada del vino se pierda, el trasiego cultural
que hay que hacer es muy exigente, equivale a una conversión: ¡El
vino nuevo, en vasijas nuevas!
A esta tarea que los mismos testigos y maestros declararon impostergable
en sus respectivos tiempos, hoy se añade la urgencia de actualizar
y traducir las formas culturales en que se expresaron los mismos maestros.
Ellos, pese a los quiebres y a las transgresiones que realizaron,
tuvieron que expresarse en las categorías del paradigma de su tipo
de sociedad y de su cultura. Así Jesús de Nazaret lo hizo dentro de
categorías de un paradigma jerárquico, autoritario, dualista y agrario.
Esto era lo adecuado en una cultura urbana y agraria. Además muy pronto
él mismo, sus enseñanzas y hechos, muy pronto fueron asumidos, interpretados
y transmitidos como creencias, como verdades salvadoras creídas, no
como verdades a ser comprendidas y realizadas. En otras palabras,
muy pronto la novedad que en el judeo-cristianismo significó Jesús
de Nazaret fue asumida e interpretada como una religión de creencias.
Por ambas razones, pues, y para que el vino de ayer no se pierda,
hay que proceder además de a la conversión, al trasiego que nuestra
cultura actual demanda.
La existencia de los grandes testigos en las religiones de creencias
muestra cómo éstas, sin perder su riqueza, al contrario, conservándola,
pueden convertirse en religión de conocimiento, en experiencia pura
y total. Como ellos lo hicieron. Decimos ‘conservándola’,
y con este punto quisiéramos poner fin a este acápite.
Sólo convirtiéndose y trasvasándose culturalmente se conservará la
riqueza que hay en toda religión de creencias. Sin duda que en las
mismas hay mucha riqueza. Pese a las torpezas y limitaciones que le
son inherentes, en ella está continuamente presente la convicción
de que la realización última del ser humano a la que apunta es posible,
existe, se la puede alcanzar. Esto lo siente, lo intuye, lo vislumbra
y, por eso, lo promete. Solamente que con frecuencia, como pasa en
el caso del cristianismo, lo ubica en un más allá y en un orden sobrenatural,
haciéndolo imposible aquí y ahora. Tan imposible que resulta irreal.
Solamente los que aquí llamamos testigos lo han logrado, resultando
así por el propio planteamiento una contradicción innecesaria: prometida
a todos, muy pocos la alcanzan. En expresión que Ken Wilber aplica
a todas las religiones, éstas se estructuran como «proyecto Atman»
para que sus practicantes lleguen al «Atman», es decir, la realización
más plena y total y por lo mismo intemporal a la que puede llegar
el ser humano , pero no se dan cuenta que con su misma propuesta lo
impiden, porque solamente son eso, «proyecto», promesa, no cumplimiento
y realidad[30]. La conversión a lo más profundo de sí misma y el trasiego de
las formas culturales en que viene expresada a las nuestras, salvará
en la religión de creencias una riqueza como la apuntada.
Bibliografía citada
Calderón, Odalía, et al., La población costarricense del Gran Area
Metropolitana frente a sus valoraciones sobre la religión, la política
y los riegos naturales, Instituto de Estudios Sociales en Población
(IDESPO), Universidad Nacional, Costa Rica. Información recolectada
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