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El imperio cristiano y el imperio estadounidense

Richard HORSLEY

Epílogo de su libro Jesús y el Imperio,
Verbo Divino, Estella, 2003, pp. 165-190


Desde el pasado, imperios, educación y religión
han estado viajando desde Oriente a Occidente,
y este continente es su última forma occidental…
Aquí Dios está construyendo una morada
donde exhibir las maravillas de su Reino.

Rev. Thomas Brockaway, 1784*

El Imperio cristiano

El imperio contraataca

Dos profetas de nombre Jesús (Yeshúa) profetizaron la ruina de Jerusalén en la primera mitad del siglo I d. C. de modos muy similares. Ambos fueron arrestados por la aristocracia sacerdotal y entregados al gobernador romano para su ejecución. En el caso de Yeshúa ben Ananías, que dirigía sus palabras a todos en general y a nadie en particular (muchos intérpretes modernos retratan así a Jesús de Nazaret), el gobernador romano, convencido de que simplemente estaba loco, lo azotó y lo soltó -y él siguió pronunciando sus profecías-. En el caso de Yeshua ben Yosé, sin embargo, el gobernador romano ordenó que lo azotaran y luego lo hizo ejecutar crucificándolo, lo que constituía una muerte terrible reservada a los rebeldes de las provincias y a los esclavos.

Las concepciones despolitizadas de Jesús tienen dificultades para explicar por qué Yeshúa ben Yosé fue crucificado o les falta credibilidad histórica a sus explicaciones. Por ejemplo, la opinión reduccionista de que Jesús solamente estaba en conflicto con el “judaísmo” respecto a la ley o el templo choca con el caso de Yeshúa ben Ananías. El gobernador romano, evidentemente, no debía involucrarse con “locos” que profetizaran o dijeran cualquier ocurrencia. Los maestros religiosos y los profetas oraculares no habrían sido ejecutados -a menos, desde luego, que inspiraran a sus seguidores para que despedazaran el águila de la puerta del templo-. Tampoco los manifestantes (no violentos) en Jerusalén hubieran sido arrestados y asesinados. Como otros gobernadores de las ciudades capitales preindustriales, los sumos sacerdotes y el gobernador romano en Jerusalén habrían permitido una protesta, especialmente un griterío a escala reducida, sin interrumpirla. Sólo muy raramente un rey clientelar, como Arquelao, o un gobernador romano, como Cumano, se habrían alarmado tanto por las dimensiones de una protesta como para enviar a los soldados contra los manifestantes. Los gobernadores romanos, sin embargo, eran rápidos para despachar a los líderes y a los movimientos que aparentaran representar la mínima amenaza para el orden imperial. El asesinato militar de los profetas populares y sus movimientos a mediados del siglo a manos de diferentes gobernadores ofrece vívidas ilustraciones de la violencia vengativa y aterrorizante de Roma. No obstante, pudo suceder históricamente que la ejecución del rebelde Yeshúa ben Yosé fuera el resultado de algún interés que lo vio como una amenaza para el orden imperial romano.

Hemos considerado en los capítulos 4 y 5 que el programa de Jesús de renovar a (un extendido) Israel a contracorriente de los gobernantes clientelares romanos representaba una amenaza para el orden imperial. Si Jesús realizó de algún modo una abierta acción contra el templo en Jerusalén (no necesariamente como Marcos la describe), eso pudo ser lo que decidiera su arresto. Uno de los pocos episodios creíbles en las “narraciones de la pasión” de los evangelios que parecen ser una “profecía historizada” más que “historia interpretada” es el arresto de Jesús, mediante una traición, a manos de los líderes jerosolimitanos. Esto sugiere que Jesús y su movimiento habían llamado la atención de los dirigentes sacerdotales jerosolimitanos y/o del gobernador romano, y habían decidido acabar con él. Dado que no se movía abiertamente por la provincia, sino oculto y al resguardo de la multitud en una bien protegida ciudad durante una concurrida fiesta, tenían que proceder subrepticiamente, de noche, en las afueras de la ciudad.

¿Se puede precisar algo más respecto a la amenaza que él significaba? Los evangelios ofrecen cierto número de intrigantes paralelos con los dos tipos de movimientos populares que surgían repetidamente durante ese tiempo, dejando constancia de los modelos claramente operativos en una sociedad arraigada en su tradición cultural.

El punto de partida más claro es seguramente el cargo por el que Jesús fue crucificado, puesto en la inscripción sobre la cruz: “Al rey de los judíos”. ¿Fue Jesús un “pretendiente mesiánico” o los sumos sacerdotes jerosolimitanos y/o el gobernador romano lo tomaron por otro rey popular, como Atronges o judas en el 4 a. C.? Poco después de la crucifixión, algunos seguidores de Jesús se refirieron a él como “Jesús Cristo” (Christos es la traducción griega de Mashiah [messiah en hebreo]). Si fue tomado como un rey ungido tan rápidamente después de su ejecución, quizá es que ya había estado fraguando el estereotipo cultural durante su misión. Algunos términos o frases en ciertos episodios del evangelio de Marcos se han interpretado frecuentemente de este modo: la voz celeste que lo llama “hijo amado” en su bautismo, la “confesión” de Pedro (“tú eres el mesías”) hacia la mitad del evangelio, y la “entrada triunfal” en Jerusalén. Pero el “hijo amado” bien puede ser también un profeta, y Jesús rechaza tajantemente la “confesión” de Pedro. Si Jesús es aclamado como “rey” en su entrada a Jerusalén es claramente como un rey popular, a juzgar por la montura (un burro campesino, no un regio carro de guerra).

Si estos fragmentos y “evidencias” parecen sugerir que Jesús fue tomado de hecho como un rey popular por sus seguidores -y/o ejecutado como tal por los romanos-, lo fue sólo por algunos de sus seguidores. Los discursos en Q no ofrecen ningún indicio de Jesús como mesías popular ni proporcionan ninguna indicación de que fuera ejecutado por los romanos por esa razón. Si acaso, los discursos de Q sugieren que fue muerto como profeta, igual que muchos otros antes que él (Q 11,49-5 1; 13,34). Jesús está ciertamente representado, por lo general, en el papel de profeta en los discursos de Q. Igualmente, el evangelio de Marcos pinta a Jesús con los rasgos proféticos más acusados de un Moisés o un Elías que de un mesías popular. Dado que su descripción más consistente y prominente es la de profeta, parece históricamente más probable que Marcos estuviera adaptando ese papel desde la tradición cultural. Pero también es posible que adaptara ambos papeles o que algunos seguidores lo hubieran entendido como un rey popular, a pesar de que no liderara ninguna guerrilla, como habían hecho Atronges y Judas.

Los romanos, por supuesto, mataban a los líderes populares, ya fueran mesiánicos o proféticos. La principal conclusión que podemos sacar de la ejecución se basa en el método. La crucifixión era usada principalmente para esclavos y rebeldes entre los pueblos vasallos; los romanos, por tanto, debieron de haber visto a Jesús como una especie de insurrecto. Después, el hecho de que muchos de sus seguidores (Pablo, etc.) se identificaran fuertemente con su crucifixión sugiere que se identificaron también con su oposición activa al gobierno imperial romano. Que Jesús fuera crucificado por el gobernador romano permanece como un símbolo vívido de su relación histórica con el orden imperial romano. Desde el punto de vista de los romanos, habían humillado y aterrorizado a sus seguidores y a otros galileos y judíos con ese crudelísimo y vergonzoso modo de ejecutar a un insolente rebelde. Desde la perspectiva de sus seguidores, su modo de ejecución simbolizaba su programa de oposición al orden imperial.

 

El imperio no tiene la última palabra

Aunque el imperio ejecutó a Jesús, el imperio no tuvo la última palabra; al menos, por lo que toca a sus seguidores. Esto se puede ver en varias ramas del movimiento de Jesús.

La rama del movimiento representada por los discursos de Q, al parecer, simplemente continuó en Galilea y más allá. Asumiendo la muerte de Jesús como confirmación posterior de que él fue el último de la larga lista de los profetas israelitas, la gente que produjo Q continuó su programa de renovar Israel, en parte ejecutando sus discursos.

La rama del movimiento representado por el evangelio de Marcos se extendió en áreas más allá de Galilea, incluyendo aldeas de Tiro y Cesarea de Filipo, al norte, y pueblos sujetos a las ciudades de la Decápolis, hacia el este. Marcos comprendió la muerte de Jesús como un martirio al servicio de su propia misión, según el cual Jesús se “adelantó” a sus seguidores en el regreso a “Galilea”, donde habían de continuar la misión de renovación de un Israel extendido (o Israel más otros pueblos) en comunidades rurales[1] . La tumba vacía al final del relato de Marcos y otros materiales primitivos muestran cómo la noción de resurrección que había sido cultivada durante algún tiempo entre círculos de escribas para simbolizar la vindicación de sus miembros martirizados en la resistencia al imperio (cf Dn 7-12) pudo adaptarse para entender a Jesús como un mártir vindicado. Que Dios había vindicado a Jesús por la resurrección y/o entronización en el cielo era la evidencia contundente de que Dios estaba realmente comprometido con el amplio proyecto del imperio y de restauración de la independencia del pueblo y su vida comunitaria.

Quizá la evidencia más notable de que el imperio no había tenido la última palabra era que los seguidores de Jesús extendieron su movimiento entre otros pueblos sometidos al imperio. Lo hicieron con una pasmosa confianza y urgencia. Por indicaciones de los primeros capítulos de Hechos y de las cartas de Pablo, es evidente que Pedro, Pablo y otros “apóstoles” estaban convencidos de que la historia era impulsada no por Roma, sino por Israel. De hecho, la muerte y resurrección de Jesús se había convertido en el eje de la historia. En esos acontecimientos, Dios había empezado a dar cumplimiento definitivamente a las promesas hechas a Abrahán de que todos los pueblos recibirían las bendiciones divinas por su simiente, ahora reconocida como Cristo Jesús (Gal 3). Otros pueblos, igual que los israelitas, eran ahora los herederos de las bendiciones prometidas. Ahora, a las comunidades multiétnicas y multiculturales de esos herederos de las promesas les era posible conformar unas relaciones sociales más igualitarias, que rompieran con las jerarquías sociales fundamentales del orden imperial, entre griegos y bárbaros (incluyendo a los judíos), entre libres y esclavos, entre varones y mujeres (véase la fórmula bautismal prepaulina empleada al ingresar en las comunidades en Gal 3,28).

Pedro y otros, al parecer, pensaban que el cumplimiento de la promesa a Abrahán en Cristo significaba que otros pueblos podían recibir las bendiciones uniéndose a Israel, haciéndose circuncidar. Pablo insistía en que otros pueblos podían hacerlo simplemente confiando en que Dios había traído la plenitud en la crucifixión y resurrección de Jesús. Con un grupo de maestros y organizadores, Pablo comenzó a construir comunidades de fieles en ciudades clave del imperio en torno al Mediterráneo oriental. Pablo y su misión son normalmente entendidos en términos teológicos muy luteranos. Pero una vez que nos distanciamos de la vieja concepción teológica, se ve claro que Pablo estaba edificando, de hecho, un movimiento internacional antiimperial para una sociedad alternativa basada en comunidades locales[2] . Además, mucha de la gente que se unió a las comunidades de Pablo y otros misioneros, fundadas en metrópolis imperiales como Corinto y Éfeso, debía de ser descendiente de esclavos y de personas cuyas vidas se habían visto alteradas y desplazadas por las prácticas del imperio. Personas que eran producto del desorden imperial creado por Roma formaban ahora las nuevas comunidades de un orden social alternativo, las ekklesiai o “asambleas” del movimiento protocristiano.

Escapando del paradigma teológico luterano-protestante que ha regido durante generaciones la lectura de las cartas de Pablo, hemos podido darnos cuenta recientemente de en qué medida Pablo ha adoptado y contrapuesto al discurso imperial su terminología clave.

En el mundo imperial romano, el “Evangelio” eran las buenas nuevas de que el césar había establecido la paz y la seguridad. César era el “salvador” que había traído la “salvación” a todo el mundo. Las gentes del imperio debían tener “fe” (pistis/fides) en su “señor” el emperador. Además, el césar, señor y salvador, había de ser honrado y celebrado en las “asambleas” (ekklesiai) de ciudades como Filipo, Corinto y Efeso. Al aplicar este significativo lenguaje imperial a Jesús-Cristo, Pablo lo estaba convirtiendo en la alternativa o en el verdadero emperador del mundo, cabeza de una antiimperial sociedad alternativa internacional[3] . En efecto, Pablo insistía ante las “asambleas” alternativas que él ayudó a crear, algunos de cuyos miembros eran un tanto escépticos o no lo entendían, en que Cristo estaba a punto de retornar como Señor y salvador en una parusía al modo imperial que, evidentemente, terminaría con el reinado de Roma e instauraría el “Reino de Dios” (cf. Flp 3,19-21; 1 Cor 15,24-28; 1 Tes 4,14-18). No hay que admirarse, entonces, de que Pablo tuviera fama de haber predicado en Tesalónica y en otros lugares que “hay otro emperador llamado Jesús” y que sus asambleas estuvieran actuando “contra los decretos del césar” (Hch 17,7).

Algunas ramas del movimiento que comenzó con Jesús y sus primeros seguidores en Galilea continuaron oponiéndose al orden imperial romano y formando lo que fueron, de hecho, comunidades alternativas que encarnaban valores y relaciones sociales muy diferentes. De vez en cuando, en algunas áreas, resurgía un espíritu profético infundiendo con un fervor incendiario el impulso por unas relaciones sociales no jerarquizadas. En Asia Menor, fueron renombrados varios enclaves de la “nueva profecía” encabezados por mujeres como Maximila, Priscila y Quintila, como se aprecia por la notoriedad que obtuvieron entre los críticos “padres de la Iglesia” respecto a los priscilianos y quintilianos[4] . En las regiones de Palestina oriental, el movimiento cristiano proporcionó un vehículo a las ya apagadas pasiones antiimperialistas de las oprimidas gentes autóctonas de Oriente Medio[5] .

El legado de Jesús y sus primeros seguidores incluyó un movimiento expansivo y redivivo periódicamente de oposición al Imperio romano. Hay que agregar que las comunidades del movimiento constituían valores y relaciones sociales alternativos y, hasta cierto punto, una sociedad alternativa al orden imperial romano. Usando un viejo cliché, ellas estaban “en sin ser del” Imperio. El Imperio había matado a Jesús, pero su crucifixión se había convertido en símbolo de oposición a ese imperio y en fuente de inspiración para que muchos persistieran en su deseo de sustentar una sociedad alternativa.

 

...¿O sí?

Las que se convirtieron en las formas ortodoxas del “cristianismo”, sin embargo, se comprometieron y acomodaron con el orden imperial. Las señales son inconfundibles en el Nuevo Testamento y en otra literatura cristiana. Mientras Pablo parece resistirse a una relación de patronazgo en Corinto, establece una relación cuasi-patronal, colocándose él mismo en la cúspide de la naciente pirámide de poder. Los sucesores en el liderazgo de las asambleas, los escritores de las cartas “deuteropaulinas”, como Colosenses y Efesios, y después de las “pastorales (1-2 Timoteo y Tito), modelaron lo que se convertiría en el cristianismo ortodoxo. Se acomodaron a la institución básica y fundamental de la sociedad imperial, la familia patriarcal esclavista (“esclavos, obedeced a vuestros señores”; “mujeres, obedeced a vuestros maridos”), y establecieron una autoridad con los obispos monárquicos[6] .

La destrucción romana de Jerusalén y su templo como represalia vengativa por la intrépida revuelta judía se convirtió en un ominoso cauce para el naciente movimiento cristiano. Si por un lado proclamaban ser los verdaderos herederos de la historia israelita y de la tradición (supercesionismo), por el otro los líderes del proclamado movimiento, ahora conocidos como cristianos, culpaban a “los judíos” con tal de librarse de la sospecha romana sobre tendencias subversivas en sus propias comunidades. La doble obra lucana Lucas-Hechos, en particular, en cuanto representaba al movimiento cristiano y las comunidades como alternativa frente al Imperio, suavizaba las implicaciones subversivas de las enseñanzas proféticas de Jesús y culpaba explícitamente a los judíos de sus dificultades, exonerando a los oficiales romanos de cualquier culpabilidad. Más significativo es que los evangelios de Lucas y Mateo culpen a los judíos, o al menos a los gobernantes sacerdotales judíos, de la muerte de Jesús y presenten la destrucción del templo como un castigo divino.

La expansión de las Iglesias cristianas por todo el Imperio romano las convirtió en una fuerza significativa en la sociedad. Tras varios intentos de someter o suprimir el movimiento, el Estado imperial romano decidió que era mejor utilizarlo.

Después de generaciones de creciente acomodación al orden imperial, las Iglesias fueron finalmente reconocidas como religión establecida y oficial del Imperio romano con el emperador Constantino. Tanto en el imperio oriental, centrado en Constantinopla, como en el occidental, asentado en Roma, el cristianismo ortodoxo griego y el latino se convirtieron en la religión del imperio. La terminología que Pablo había adoptado y contrapuesto al imperio era demasiado fácilmente adaptable al apoyo del imperio. Cristo se convirtió no en el Señor y Salvador antiimperial, sino en el Rey imperial que autorizaba al emperador y al orden imperial. Uno puede argumentar que el emperador, que solía ser el rey divino, sufrió cierta degradación subordinándose a Cristo, ahora el divino Rey eterno. Los obispos de la Iglesia fueron capaces de introducir algunas cuñas culturales y morales en el gobierno imperial. A partir de entonces, Cristo funcionó primariamente para justificar el imperio y el orden imperial. A pesar de contener materiales subversivos, el Nuevo Testamento finalmente canonizado por la religión imperial también incorporó materiales correctivos que apoyaban el orden imperial, igual que los escritos de la Biblia hebrea (Antiguo Testamento) contenían materiales subversivos y habían sido producidos con la autorización del Estado-templo judío.

Cualquier persona sometida que tenga acceso a los evangelios todavía puede escuchar a Jesús pronunciar que el Reino de Dios significa la condena de los gobernantes opresores y la promesa de bendiciones para el pobre y el hambriento. Cuando algunos clérigos seculares de ciertas áreas de Europa medieval tradujeron el evangelio para las lecturas dominicales en una lengua vernácula, muchos grupos de campesinos que escuchaban el evangelio por primera vez en un lenguaje que podían entender organizaron la resistencia contra sus señores temporales. Una de las principales fuentes de inspiración para los movimientos más extensos de los wycliffitas (Lollards) en Inglaterra en 1381 y de los husitas en Bohemia (Alemania) hacia el 1400 fueron los relatos del evangelio y los discursos de Jesús**.

No hay que sorprenderse de que la Iglesia católica romana prohibiera la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas. Mientras apelaba a la Biblia para justificar su autoridad, por otro lado la Reforma viciaba su potencial revolucionario. Martín Lutero (1483-1546) la validó principalmente por la fe en el reino espiritual de Cristo y virtualmente inaplicable al reino temporal -e invitaba a los señores alemanes a “matar a las hordas rapaces y asesinas de campesinos” que osaban decir que sus derechos ancestrales se apoyaban en la alianza de la ley de Dios-. Los inspirados anglicanos produjeron la traducción llamada King James, que proporcionaba autoridad bíblica bajo muchas formas a los designios imperiales de la monarquía inglesa al reclamar y asentarse en Estados Unidos.

 

El Imperio estadounidense

Los estadounidenses identificados con la misión de Jesús y que experimentan un incómodo sentimiento de que son más parecidos a los antiguos romanos que a las gentes de Oriente Medio entre las que Jesús realizó su misión querrían mirar nuevamente su identidad estadounidense como pueblo bíblico y practicante de la virtud republicana. Estas dos corrientes de la originaria identidad estadounidense se entrelazaron en la ideología de los Estados Unidos como el nuevo Israel, el pueblo elegido por Dios con una misión histórica e, igual que una nueva Roma, destinado a aportar civilización, legalidad y orden al mundo entero. Más notables son los muchos modos en que la historia de los Estados Unidos de Norteamérica se asemeja a -y la repite- la historia de Roma como república que construye y gobierna un imperio[7] .

 

El destino manifiesto de Estados Unidos: la nueva Roma

Los puritanos se autoconsideraban un pueblo perseguido y, como el primitivo Israel, huían de la tiranía para fundar una nueva sociedad de la alianza. En la batahola posterior a la victoriosa guerra revolucionaria, la autoimagen estadounidense se manifestó como el nuevo Israel sólidamente establecido en la tierra prometida sagrada, un pueblo elegido por Dios para traer redención y justicia al mundo. Estableciendo sus comunidades de alianza en la tierra prometida, los puritanos no tenían reparos en desplazar y destruir a los habitantes originarios de esas tierras. Los “indios” eran paganos salvajes, oscuros siervos de Satanás. El relato de la “conquista” israelita de la tierra prometida en la Biblia King James autorizaba la matanza de “los habitantes del país”[8] , en tanto que los Salmos proclamaban la responsabilidad mesiánica de destruir a los paganos “con vara de hierro”. En unas cuantas décadas después de la revolución, luchando con el lema de que “todos los hombres han sido creados iguales...”, el nuevo Israel había matado o expulsado virtualmente a todos los nativos estadounidenses del oeste del Mississippi, culminando un proceso de limpieza étnica sin precedentes. Y fue así como procedió por todo el continente. La antigua república romana se había adueñado progresivamente de todas las tierras en Italia, pero había incorporado a los pueblos conquistados, no los había exterminado.

Los Estados Unidos, cual nueva Roma, fueron concebidos desde el comienzo como un imperio, no como una república. Algunos de los “padres fundadores” se incomodaban con un imperio territorial acompañado por una tiranía y un militarismo imperiales. Para una república de soberanía popular, sin embargo, la expansión en un vasto imperio representaría una bendición, un modo de evitar que la virtud republicana se corrompiera. Históricamente, desde luego, fue la república romana la que construyó el imperio con sus incansables conquistas del mundo mediterráneo antiguo. Igualmente, concibiéndose en términos benignos como quien extendería el ámbito de la ley y la civilización, la república estadounidense se adueñó de la mayoría del norte del continente americano. Típica de la atmósfera y la autocomplacencia imperiales en el despertar de la Revolución es una oda a la gloria estadounidense de uno de los protegidos de George Washington, David Humprey:


Todos los imperios anteriores levantaron su Babel;
conquistaron. Usurparon. Expoliaron sin retén.
Más nosotros de sus crímenes y ayes forjamos un arcón
repleto de saberes y destinos para un mundo mejor.
Nuestras leyes cimentaron el futuro de la libertad,
bendición para todas las naciones, don cabal;
anhelo de todos los humanos, abrazo fraternal.
El mundo nuestro, imperial; con la ley nuestra, universal[9] .

Implícita en esas líneas y explícita en el epígrafe de este capítulo está la doble noción de que “la civilización ha sido impulsada siempre por un pueblo único y dominante, y que la sucesión histórica fue siempre un movimiento hacia occidente”[10] . Esto último viene, al parecer, de un viejo esquema común de una secuencia de imperios que se movieron sucesivamente hacia occidente, conocido principalmente por el libro de Daniel. Irónicamente, en la visión daniélica original, el último, el imperio occidental, es el más brutal y opresor de todos, hasta hacer que las gentes subyugadas desesperen por el juicio de Dios sobre los imperios arrogantes y la restauración del pueblo en su propia soberanía independiente. En efecto, en los dos siglos anteriores a Jesús, esas visiones animaron persistentemente a los israelitas a resistir la sucesión de los imperios occidentales (véase capítulo 2).

Los líderes de la república estadounidense, sin embargo, en su identidad como imperio último y quizá definitivo, procedieron a imitar a la Roma imperial siguiendo su “destino manifiesto”. En una declaración de 1845 oponiéndose a la guerra contra México, en la que Estados Unidos se adueñó de la mitad del territorio mexicano, un congresista de Nueva York visualizaba un futuro temible para los Estados Unidos imperiales: “Al contemplar este futuro, vemos todos los mares cubiertos por nuestras flotas, nuestros cuarteles dueños de las más importantes estaciones de comercio, un ejército inmenso guarda nuestras posesiones, nuestros comerciantes son los más ricos, nuestros demagogos los más convincentes y nuestro pueblo el más corrupto y blandengue del mundo”[11] . Es difícil pensar que hubiera un clarividente mayor, viendo cómo se desenvolvió la historia de Estados Unidos en el resto del siglo XIX y especialmente en la última mitad del siglo XX.

Igual que la república romana, que, tras adueñarse de Italia, comenzó a construirse un imperio en torno al Mediterráneo, la república estadounidense extendió su imperio más allá del continente norteamericano. Siguiendo su destino manifiesto en una ráfaga de aventuras militares en 1898, los Estados Unidos se adueñaron de Cuba y Puerto Rico en el Caribe, y de las islas Guam, Wake y Manila en el Pacífico. Mientras sostenían una larga guerra colonialista en Filipinas, ayudaban a sofocar la rebelión de los Boxer en China*** y se hacían con el control del territorio de Panamá para construir el canal. Los Estados Unidos se unían definitivamente a las mayores potencias europeas labrándose un imperio.

El camino estaba listo, y la nueva fase del imperialismo estadounidense era justificada por líderes clericales y políticos en perfecto concierto. A preparar el camino en 1885 coadyuvó el popular tratado Our Country de Josiah Strong, teólogo liberal y decidido defensor tanto de las misiones hacia el exterior como del Evangelio social hacia el interior. Al revivir los temas del nuevo Israel y del imperio hacia Occidente, Strong argumentaba que Dios había encomendado a Estados Unidos, que “había conseguido ya el liderazgo en riqueza material y población y el más elevado grado de anglosajonismo y cristianismo verdadero”, la tarea de cristianizar y civilizar al mundo[12] .

Dado que el imperialismo al estilo europeo era “ajeno al sentimiento, pensamiento y propósito estadounidenses”, según el presidente McKinley (presidente: 1897-1901), sus apologistas inventaron eufemismos como el de “imperio de la paz” y el jeffersoniano “imperio de la libertad”. Siguiendo el liderazgo británico, los Estados Unidos estaban ahora destinados a crear un “imperio democrático” haciendo del colonialismo una especie de tutelaje para la autodeterminación de los vasallos -a garantizar en una indeterminada fecha futura-. Dado que estaba “destinado a llevar por todo el mundo los principios anglosajones de la paz y la justicia, de la libertad y de la ley”, incluso podía ser llamado “nuevo imperialismo”[13] . Anticipándose al “nuevo orden mundial” del presidente Woodrow Wilson (presidente: 1913-1921) en dos décadas y al de George Bush (padre) en unas nueve, en un saludo al poder estadounidense en el año 1898, el arzobispo católico John Ireland proclamaba “un nuevo orden de cosas”. Disidentes como el senador Pettigrew argumentaban que “el destino manifiesto es simplemente el grito del fuerte para justificar su expolio del débil”. Como hasta ahora, críticos del imperialismo estadounidense pertenecientes al mismo sistema, como el senador Henry Cabiot Lodge, tienen que admitir que los Estados Unidos han tenido un “récord de conquista, colonización y expansión territorial incomparable con el de cualquier otro pueblo en el siglo XIX[14] .

Sin parangón, en una desvergonzada articulación de la posición imperialista, estas palabras pronunció el joven reformador progresista Albert Beveridge, senador por Indiana:

Estableceremos aduanas por el mundo como puntos de distribución para los productos estadounidenses... construiremos una flota a la medida de nuestra grandeza... Nuestras instituciones seguirán a nuestra bandera sobre las alas de nuestro comercio. Y la ley estadounidense, el orden estadounidense, la civilización estadounidense y la bandera estadounidense se plantarán en las playas, hasta ahora sangrientas y oscurecidas, pero, por aquellas disposiciones de Dios, se volverán bellas y brillantes[15] .

Al conseguir la supremacía comercial, los estadounidenses se convertirían en “el factor soberano de la paz del mundo”, en “los señores organizadores del mundo”, de modo que “las naciones no guerrearán sin el consentimiento de la república estadounidense” -;otra misteriosa profecía del “destino manifiesto” de Estados Unidos-. Sin embargo, a los norteamericanos podría llevarles casi otra centuria imponerse al mundo como los romanos se impusieron al mundo mediterráneo hace dos mil años.

 

La única superpotencia

Theodore Roosevelt (presidente: 1901-1909) fue quien realmente dio el tono y puso los términos del Imperio estadounidense que sería realizado plenamente con la pax estadounidense en los comienzos del nuevo milenio. Pensaba que la joven y vigorosa nación estadounidense estaba en camino de convertirse en la nueva Roma, en la encarnación definitiva del movimiento civilizador imperial. Como sus contemporáneos sociales darwinistas -y como los patricios arquitectos del antiguo Imperio romano, que ponían en el poder a tiranos como Herodes el Grande-, Roosevelt comprendió que sólo era posible conducir a los pueblos desde la barbarie a la civilización mediante el estado intermedio del despotismo. Para la civilización (cristiana, occidental), cumplir su destino histórico para dominar un mundo desgobernado requería una buena medida de brutalidad. Se debe “hostigar y aplastar a los insurgentes de todas las formas, hasta que literalmente supliquen la paz”[16] . Siendo presidente, practicó lo que predicaba. En su corolario a la “Doctrina Monroe” de 1904, transformó de un golpe lo que había sido una advertencia para que las potencias europeas se mantuvieran fuera de América Latina al asegurar la intervención de los Estados Unidos en un “ejercicio del poder político internacional” contra cualquier desviación del comportamiento civilizado en el hemisferio. Roosevelt había definido la política y el tono con los que el gobierno de Estados Unidos -con frecuencia mediante la CIA- iba a actuar en el correr del siglo para derrocar gobiernos sufragados en otros países: por ejemplo, en Guatemala e Irán bajo Eisenhower (presidente: 1953-61), en Chile bajo Nixon (presidente: 1969-74), y la guerra preventiva (Tormenta del Desierto) de 1991 contra Irak bajo George H. W Bush (presidente: 1989-93), y, cuando este libro comenzó a imprimirse, posiblemente de nuevo bajo George W Bush (presidente: 2001-)****.

Después de dos décadas de relativo aislamiento tras la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió en el actor dominante en el mundo, como resultado de la Segunda Guerra Mundial. Fue así como comenzó la inaudita movilización militar estadounidense y su despliegue de fuerzas militares por el mundo, que desde entonces se ha mantenido. En su ascenso para ser potencia en la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos nuevamente remedó a Roma, al menos en un modo muy significativo. Igual que Roma destruyó ciudades enteras, como Cartago y Corinto, en su ascenso al poder mundial, Estados Unidos desencadenó una temible devastación, sólo que en una escala incomparable; como la única potencia mundial que ha empleado armas nucleares, Estados Unidos destruyó Hiroshima y Nagasaki para poner término a la Segunda Guerra Mundial con mayor rapidez. Uno sospecha que esta disposición para causar tal devastación a un pueblo “enemigo” se arraiga parcialmente en el orientalismo y el racismo que frecuentemente acompaña al imperialismo, manifiesto desde los orígenes de la historia “estadounidense” en el trato a los nativos estadounidenses y en la esclavitud de los africanos. Resulta muy sintomático que sean precisamente los “expertos” académicos y los estrategas (“halcones”) del Departamento de Estado que aquéllos entrenan, junto con la prensa nacional, quienes articulen las concepciones corrientes (opinión pública) sobre las gentes de Asia, Africa y Oriente Medio como estancadas, irracionales y violentas, y, por eso, que necesiten un trato violento[17] . Nuevamente los estadounidenses siguen el trillado camino del orientalismo europeo occidental y de los viejos romanos, que consideraban a los judíos y a otros pueblos conquistados y gobernados por ellos como brutos y violentos, “nacidos esclavos”, que necesitaban ser gobernados por un pueblo civilizado superior.

La fatiga de las potencias europeas occidentales y la consecuente pérdida de sus imperios dejó a Estados Unidos como la principal superpotencia subsistente. Sintiéndose extremamente amenazados por el “comunismo ateo” y por los proyectos imperiales de la Unión Soviética, Estados Unidos organizó el “mundo libre” bajo su propio liderazgo en redes de alianzas militares. La “contenida” guerra fría con la Unión Soviética posibilitó a la superpotencia restante extender su poderío a escala global, llegando a áreas antes controladas por las potencias europeas, como el sureste asiático y Oriente Medio.

Como la antigua república romana, la estadounidense, en las décadas siguientes a la Segunda Guerra Mundial, extendió su poder y control imperiales “a ultramar” en una serie de guerras y tratados con los pueblos débiles.

Igual que Roma, controlaba a los pueblos sometidos a través de gobernantes clientelares -por ejemplo, los reyes herodianos y los sumos sacerdotes jerosolimitanos-, Estados Unidos ha controlado muchos países mediante dictadores militares, como Marcos en Filipinas, los Somoza en Nicaragua, el Sha en Irán y el represivo régimen saudí en Arabia.

Como los romanos desplegaron masivamente su fuerza militar contra las rebeliones de los pueblos sujetos, el gobierno de Estados Unidos, en su lucha contra el “comunismo”, entabló guerras no declaradas con una fuerza aplastante, muy destructivamente en Vietnam, o armando y entrenando a los regímenes militares locales, como en El Salvador, para aplastar los levantamientos campesinos.

Igual que la devastación y la matanza por parte de Roma de pueblos enteros, como los galileos y los judíos, dejaron traumas personales y colectivos, la devastación militar estadounidense de los vietnamitas y los militares salvadoreños entrenados por los estadounidenses contra los campesinos salvadoreños (y como el trato soviético a los afganos) han dejado traumas colectivos en las conciencias.

La carrera armamentista, incluyendo los proyectos masivos del presidente Reagan en la década de los ochenta, los “complejos militares-industriales” sobre los que el presidente Eisenhower advirtió en los tardíos años cincuenta, se volvió más importante y poderosa, destinada a un continuo crecimiento dependiente e, igualmente, a ser una amenaza continua para poder justificar su poder excesivo.

A los que no son de Estados Unidos les resulta especialmente pasmoso lo fanáticamente religioso que puede ser el imperialismo estadounidense. La ideología desarrollada para justificar la guerra fría y la carrera armamentista contra los soviéticos se construyó a partir de -pero rebasándola- la misión divina del nuevo Israel para redimir al mundo y de la nueva Roma como el último gran imperio civilizador.

La ideología de la guerra fría se convirtió en un cabal dualismo cósmico articulado en términos maniqueos y judío-cristianos apocalípticos del Bien absoluto contra el Mal absoluto: los Estados Unidos, bendecidos por Dios, contra el comunismo ateo; el mundo libre contra el imperio del mal. Y no sólo el sistema económico militarizado, sino también el sistema ideológico maniqueo que lo alimentó se perpetuaron en la política estadounidense. Cuando Estados Unidos “ganó” la guerra fría y la amenaza del “comunismo ateo” desapareció, hubo que encontrar otras amenazas contra las que pudiera luchar Estados Unidos: drogas, Saddam Hussein y el nuevo “eje del mal” proyectado por George W Bush. Esta ideología, desde luego, parece perpetuarse también de otros modos; desde el otro lado se mira a Estados Unidos como el imperio del mal, satánico, que hay que destruir.

 

La transformación del Imperio estadounidense: el nuevo desorden mundial

Los Estados Unidos también encabezaron modelos de control económico internacional: el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), mediante los cuales establece su hegemonía en el mundo capitalista y, con el segundo, sobre los países “en desarrollo”.

De forma parecida al modo en que los romanos mantenían a los pueblos subyugados bajo “tributo”, forzándoles a ser económicamente más productivos a fin de generar los pagos, Estados Unidos empuja a sus Estados clientelares a un programa de “desarrollo” y “modernización” como una forma de extender el sistema capitalista global. En efecto, igual que Herodes era el rey clientelar (que patrocinó masivos proyectos arquitectónicos) del emperador romano Augusto, así el Sha de Irán fue el modelo de gobierno patrocinado por Estados Unidos en ese país de Oriente Medio, al forzar los programas de “desarrollo” entre su gente (salvo que el Sha, apadrinado por los estadounidenses, era mucho menos sensible que Herodes a la cultura tradicional, las instituciones y el liderazgo de su pueblo).

A la vista está que los esquemas de “desarrollo” han demostrado ser unos efectivos instrumentos para saquear los recursos del Tercer al Primer Mundo, principalmente a Estados Unidos. Igual que la elite del viejo Imperio romano esquilmaba los recursos de los países subyugados para proporcionar “pan y circo” a las masas romanas, hoy el conglomerado de gigantescas compañías con base en Estados Unidos extrae los recursos de los países sometidos -como petróleo, materias primas y ahora especialmente mano de obra barata-, para abastecer de bienes a Estados Unidos y a otras prósperas naciones “desarrolladas”. La gasolina barata para los automóviles, los productos agroindustriales y un sinfín de bienes de consumo aseguran actualmente el apoyo popular al imperialismo en los Estados Unidos, como antes ocurriera en Roma. Pero, desde luego, la proporción de bienes consumidos en la antigua Roma nunca se acercó al 75% de los recursos mundiales que actualmente son consumidos por los estadounidenses.

El crecimiento y la fuerza de las gigantescas corporaciones transnacionales fueron posibles gracias al nuevo orden económico global patrocinado por los estadounidenses, que, según Bretton Woods, ha marcado la mayor diferencia entre el antiguo imperialismo romano y el moderno imperialismo estadounidense: las diferentes formas de “globalización”, es decir, los diferentes modos en los que el dominio y la explotación estructuran institucionalmente las relaciones imperiales de poder.

La “globalización” romana era política. La conquista militar hizo posible la explotación económica, que era, en los patrones modernos, de un nivel bajo. El moderno poder imperial estadounidense es primeramente económico, estructurado por el sistema capitalista, que desde hace tiempo ha traspasado las fronteras nacionales estadounidenses y ha llegado a ser global. Las monstruosas concentraciones de capital llevadas a cabo por gigantescas compañías trasnacionales que recortan o “enanan” el PIB (producto interior bruto) incluso de países de mediana talla, pueden virtualmente manejar los asuntos económicos conforme a las “necesidades” del capital global (nunca del bienestar de las personas). Existe cierto parecido entre las pirámides de patronazgo que estructuraban las relaciones económicas en el Imperio romano y las pirámides corporativas del conglomerado de las corporaciones multinacionales. Sólo que la escala del primero resulta insignificante frente al poder de determinación del segundo. En efecto, las compañías multinacionales son tan poderosas que incluso el gobierno de Estados Unidos tiene poco margen de maniobra frente a ellas. Las relaciones de poder entre el gobierno y lo económico se han invertido, y no como resultado de una desregulación. Los gobiernos ahora obedecen frecuentemente los deseos de las grandes corporaciones. El poder globalizado del capital determina ahora las relaciones políticas. El imperio estadounidense, que alcanzó la cima del poder tras la Segunda Guerra Mundial, ha quedado transformado por su propia globalización. Hoy por hoy, el imperio pertenece al capitalismo global y tiene por guardianes al gobierno de los Estados Unidos y a sus ejércitos[18] . Aunque se va descentralizando, el capital global y sus propios instrumentos (como el FMI y el BM) tienen su sede en Estados Unidos, y la cultura que venden al mundo es predominantemente la estadounidense. Quienes escogieron los objetivos de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 poseían un agudo sentido del simbolismo y del verdadero centro del poder imperial: el World Trade Center (centro de negocios mundial) y el Pentágono estadounidense (el Departamento de Defensa).

 

La reciente resistencia

Puede ser significativo notar que algo de la más férrea resistencia al imperialismo estadounidense guarda cierta analogía con algunos antiguos movimientos judíos y galileos que se mantuvieron firmes contra el gobierno imperial romano. Quizá lo que más se parezca a los movimientos campesinos y a las revueltas judío-galileas sean los movimientos campesinos y las revueltas de Nicaragua y El Salvador en los años setenta y ochenta.

Igual que los movimientos mesiánicos populares en la época de Jesús, los sandinistas consiguieron la independencia del imperio durante unos cuantos años, antes de que Estados Unidos los desmantelaran organizando a los contras y sangrando la economía nicaragüense. En éste y otros movimientos campesinos de América Latina, uno de los factores que generaron resistencia fue el acceso a los relatos bíblicos de liberación, uno de los elementos significativos en los movimientos de resistencia israelita contra Roma. Igual que los wycliffitas (Lollards), husitas y otros campesinos medievales europeos, que de pronto escucharon y comprendieron los relatos bíblicos del éxodo y las curaciones y predicaciones de Jesús, los salvadoreños y otros campesinos comenzaron a asumir el control de sus vidas, a formar comunidades de base y a ejercer acciones contra los gobiernos respaldados por Estados Unidos cuando escuchaban las “buenas noticias” de Jesús a través de los ministros de la Palabra”[19] .

Más sintomáticos todavía debido al nuevo (des)orden mundial son los movimientos de resistencia islámicos de Oriente Medio, que se parecen mucho a los antiguos grupos judíos. Igual que el modo de vida de los antiguos judíos y galileos estaba profundamente arraigado en la cultura israelita, incluyendo la alianza y la ley de la alianza mediada por el profeta Moisés, las vidas de las gentes de Oriente Medio están profundamente influidas por la tradición islámica, incluyendo las enseñanzas del profeta Mahoma en el Corán y, después de esto, las enseñanzas de los profetas anteriores, Moisés y Jesús. En ambos casos es imposible separar lo religioso de las dimensiones económico-políticas, de la tradición cultural y de las formas de vida tradicionales. En ambos casos, la imposición forzada del poder imperial occidental, del control político y de las formas culturales despierta una fuerte resistencia.

La revolución iraní contra el Sha y el imperialismo estadounidense en 1979 guarda ciertas semejanzas con la antigua Cuarta Filosofía judía y la revuelta de los jerosolimitanos contra el régimen sacerdotal y el gobierno imperial romano en el año 66[20] . El liderazgo lo tenían algunos de los mullabs o ulemas que en el islam chiíta iraní son algo análogos a los antiguos fariseos judíos y a otros maestros escribas. El ayatolá Jomeini y otros “clérigos” chiítas pregonaban revivir la solidaridad entre la gente en exclusiva lealtad a Dios, como hicieron Judas el maestro y Sadoc el fariseo en la antigua Judea. Esta solidaridad y exclusiva lealtad significaban rechazar los programas de desarrollo del Sha, patrocinados por los Estados Unidos, como otrora se rechazó pagar el tributo al césar. El campesinado iraní no estaba tan comprometido en 1979, y prácticamente no hubo violencia insurgente, en contraste con la revuelta judía del año 66. Sin embargo, el liderazgo de la clerecía chiíta y de los intelectuales, así como las multitudinarias manifestaciones que tuvieron lugar en Teherán, derrocaron al Sha y expulsaron a las delegaciones estadounidenses y a sus oficiales, igual que hicieron los líderes docentes, los sacerdotes comunes (bajo clero) y las turbas en Jerusalén, obligando a las familias del alto clero a esconderse o a exiliarse y expulsando a la guarnición romana.

En lo que es seguramente la más incómoda analogía con la antigua resistencia judía frente al orden imperial romano, el terrorismo practicado por algunos grupos de Oriente Medio se pone en paralelo a los actos de terrorismo de los sicarios en la antigua Jerusalén. En ambos casos, evidentemente, gente consciente de cómo el poder imperial había cercenado virtualmente toda forma de protesta, y desesperada ante la imponente fuerza desplegada frente a ella, no tuvo otra alternativa que los actos de terror para llamar la atención de sus gobiernos[21] . Es importante decir que en todos los casos, antiguos y modernos, el imperio generó la resistencia debido a su severa opresión económica y/o su intransigente política represiva.

Igual que la escala del Imperio capitalista estadounidense/global ha crecido exponencialmente frente al Imperio romano, también ha crecido la escala de los grupos terroristas modernos, desde las operaciones más locales del judío Irgún zwal Leumi en la década de 1940 y EOKA en Chipre en los años cincuenta hasta las actividades internacionales de Al-Qaeda en la década de los noventa. Si los terroristas modernos, judíos y chipriotas, golpeaban objetivos imperiales en su propio territorio, igual que los antiguos sicarios judíos hacían con sus propios sumos sacerdotes como representantes simbólicos del gobierno romano, el terror ahora ha golpeado el centro metropolita del imperio. El desorden creado por el imperio está respondiendo. El régimen imperial estadounidense, como las fuerzas imperiales romanas antes que él, incapaces para la autocrítica y el compromiso, está reaccionando con incontenibles y sistemáticas acciones militares y no con negociaciones diplomáticas.

 

Jesús y el Imperio estadounidense

Este panorama del ascenso histórico del Imperio estadounidense, sus muchas similitudes con el imperialismo romano y su autocomprensión como la nueva Roma sugieren que Estados Unidos ha desarrollado, en efecto, una identidad ambigua.

Tanto en el período de asentamiento como en el de la guerra revolucionaria, los colonialistas y los rebeldes se miraban como un pueblo bíblico, el nuevo Israel consiguiendo su liberación de la tiranía política y religiosa y estableciendo una nueva alianza democrática. En la emoción de la independencia, sin embargo, los líderes políticos pugnaban por un sentido más grandioso de lo que debía ser. La nueva nación sería una nueva Roma practicando las virtudes republicanas. Se convencieron pronto de que construir un imperio no corrompería su virtud. En efecto, ya hacia 1780, los clérigos y los políticos entendieron la recién independizada nación como la encarnación definitiva en la sucesión gloriosa de los imperios del mundo y estimaron que había alcanzado su destino definitivo en su continuo movimiento hacia Occidente. No obstante el escepticismo de algunos, la república estadounidense, como la romana, se dedicó a construir un imperio practicando la misma brutalidad contra las gentes conquistadas.

Cuanto más sabemos sobre los efectos no sólo del antiguo imperialismo romano, sino también del moderno imperialismo estadounidense, más incómodos nos sentimos con nuestra identidad imperial. Los pies de foto en las noticias vespertinas sobre la guerra estadounidense en Vietnam y los retratos de la prensa católica de sacerdotes, monjas y campesinos asesinados por los escuadrones de la muerte entrenados por el Ejército estadounidense han sembrado dudas en los corazones de muchos. El imperialismo estadounidense no ha disminuido, sino ganado fuerza con la transformación del capitalismo global y con el gobierno estadounidense y su ejército dispuestos a reforzar el nuevo orden mundial.

La intensa dimensión religiosa del imperialismo estadounidense debe mucho a otra corriente originaria de la identidad estadounidense. En los primeros asentamientos puritanos en Nueva Inglaterra había una escasa separación entre la comunidad como alianza y la Iglesia como alianza, modeladas conforme a la alianza de Dios con Israel. En la nueva alianza de la constitución de los Estados Unidos, sin embargo, surgió como el nuevo Israel algo más que Iglesias. Estados Unidos, más que sus Iglesias, fue el pueblo elegido por Dios para redimir al mundo. En cuanto esta corriente de identidad de los EU se entrelazó con la de EU como nueva Roma -igual que la antigua Roma había llevado la salvación y civilización al mundo conquistado-, infundió una intensa cualidad religiosa al “destino manifiesto” de los estadounidenses. Esa dimensión religiosa del nacionalismo imperial de Estados Unidos actúa con mayor eficacia porque es definido y entendido como secular en la ideología liberal oficial estadounidense y, por ende, no se separa de su propia expresión institucional, tal como están definidas las “religiones” oficialmente, como el cristianismo, el judaísmo, el islamismo y el budismo.

Como los mismos Estados Unidos han acaparado la bendición de Dios, han quedado convertidos en objeto de devoción en la religión civil estadounidense, como se supone de su misión mesiánica de salvar al mundo, con la consecuencia de que las Iglesias y otras instituciones religiosas han quedado cada vez más marginadas. Al separar la Iglesia del Estado, era obvio que Jesús mismo estaba enseñando la separación de política y religión, obsequiar a Dios y obsequiar al césar. Con notables excepciones de movimientos de activistas reformadores, como el de Mujeres por el voto, el del Evangelio social y el de los derechos civiles, las Iglesias se han ido acallando y se conforman con su propia marginación. Incluso a la defensiva, más que como ciencia, se han convertido en guía de la socialidad del siglo XX y se han confinado en la esfera religiosa.

A pesar del papel que la Biblia, especialmente la alianza mosaica, ha jugado en la formación del orden político estadounidense, las Iglesias y las facultades teológicas aceptaron su redefinición como (exclusivamente) religiosas. Después de todo, Jesús mismo había establecido una clara separación entre religión y política: dar a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar. El resultado, como dijimos en la introducción, es que Jesús y los evangelios, igual que el resto de la Biblia, se adoptan como religiosos, separados de la vida del mundo real de lo político y lo económico. Incluso en la teología liberal estadounidense, Jesús fue reconstruido como (sólo) un maestro ético-religioso, retrato que ahora los análisis recientes actualizan en términos de un crítico cultural o un defensor del estilo de vida individualista. Un Jesús como éste puede servir muy bien para formar un carácter individual religiosamente modelado, y, además, conviene al objetivo “secular” del imperio, pues no cuestiona el propósito del destino manifiesto estadounidense, nueva Roma, ni de la presidencia imperial, ni de las corporaciones globalizantes.

En contraste con este Jesús despolitizado de la cultura imperial estadounidense, Jesús ha tenido relevancia e impacto político directo entre muchas personas subyugadas por el imperio estadounidense.

Seguramente, una de las principales razones es que gente como los campesinos centroamericanos fácilmente se identifican y asumen la acción para responder a la escucha de los relatos y de los discursos del Evangelio, debido a que las circunstancias de su vida son muy parecidas a las de Jesús.

La gente cuyas circunstancias de vida son parecidas a las de los patricios romanos o a las de la plebe romana, que disfrutaban de un estilo de vida de “pan y circo”, topa, evidentemente, con la dificultad de “relacionarse” directamente con las palabras y las acciones de Jesús. Y especialmente tras el 11 de septiembre, quienes vivían en las metrópolis imperiales que se identificaban con Jesús y el Evangelio se deben estar preguntando cómo entender y apropiarse esta parte de su herencia cultural y escrituraria.

Hay que separar críticamente los presupuestos despolitizantes y las metodologías comúnmente aceptadas, para destapar nuestros oídos y sintonizar nuestra antena con las relaciones de poder imperial, con la presentación que hace el Evangelio de un profético líder político de gentes oprimidas. En los movimientos de Jesús, algunas de esas gentes sometidas adoptaron una conducta colectiva para retomar el control de sus vidas en las condiciones del nuevo desorden mundial impuesto por Roma.

También debe ser posible, sintonizando con las relaciones de poder imperial, discernir más críticamente nuestra propia situación y nuestro papel en el nuevo desorden mundial establecido por el poder político estadounidense en combinación con el poder del capitalismo global. Las implicaciones que puedan tener Jesús y los evangelios para los estadounidenses identificados con este aspecto de su herencia cultural sólo se aclararán mediante reflexiones colectivas y acciones de comunidades de esta sociedad que ahora se encuentra en el ápice del nuevo desorden imperial.

 

 

«Jesús y el Imperio”
Richard Horsley
INDICE

Introducción: La identidad estadounidense y un Jesús despolitizado
La ambigua identidad de los Estados Unidos
Separando la religión y domesticando a Jesús
Un Jesús despolitizado
Judea y Galilea despolitizadas
Un imperio romano despolitizado
El estudio de Jesús y el imperio

Capítulo 1: El imperialismo romano: el nuevo desorden mundial
El surgimiento de una superpotencia única
      Israel bajo el imperio
      El ascenso de Roma
      La expansión del Imperio romano en Oriente Medio
El imperialismo romano
      “Orientalismo” y “globilización”
      El culto al emperador y las pirámides del patronazgo
      “Pan y circo”
      La gloria de la victoria
      Terror y venganza
      Humillación
Gobierno indirecto mediante reyes y sumos sacerdotes

Capítulo 2: Resistencia y rebelión en Judea y Galilea
La resistencia y las raíces sociales de la revuelta en la Palestina romana
      Repetidas revueltas
      La(s) tradición(es) israelita(s) y la ubicación social de la resistencia
Protesta, resistencia y terrorismo de los grupos de escribas
      La comunidad de Qumrán, los fariseos y otros círculos de escribas/sabios
      La cuarta filosofía, rechazo al pago del tributo a los romanos
      El (contra) terrorismo de los sicarios
Protestas populares y distintivos movimientos israelitas
      Protestas de la turba de Jerusalén
      Protestas populares en la provincia
      Movimientos mesiánicos y proféticos populares
      Formas de resistencia ocultas

Capítulo 3: Hacia una aproximación relacional con Jesús
Aspectos múltiples en un líder histórico .
Circunstancias históricas y tradiciones culturales
      Circunstancias históricas de y para un Jesús-en-movimiento en la Palestina romana
      La tradición cultural
Jesús-en-movimiento en las fuentes evangélicas
      Los evangelios como comunicación y fuentes históricas
      “Texto” (el mensaje en comunicación)
      Contexto (de comunicación)
      Tradición
      Los evangelios como declaraciones expresas de un movimiento popular
Asumir el evangelio entero
      El evangelio de Marcos
      La secuencia de los discursos de Jesús conocidos como Q

Capítulo 4: Dios juzga el orden imperial romano
Las condiciones de la renovación: juicio a los líderes
      Un esquema básico en la tradición israelita
      La tradición israelita de oponerse a los gobernantes
      Las condiciones del conflicto social bajo el gobierno romano en Palestina
La condena profética de Jesús contra el templo y los sumos sacerdotes
      El pronunciamiento profético del juicio de Dios sobre los líderes de Jerusalén en Q
      La manifestación pública y las profecías contra el templo y los sumos sacerdotes en Marcos
La condena profética de Jesús contra el gobierno imperial romano
      El tributo al césar
      El imperialismo romano implicado en los exorcismos de Jesús

Capítulo 5: Comunidad de alianza y cooperación
Sanando los efectos del imperialismo
      Expulsando a las fuerzas ocupantes extranjeras
Sanando el cuerpo social
      Infundiendo esperanza en una situación desesperada
      Contrarrestando la desintegración social
Actuando en las comunidades rurales
Renovando las comunidades de la alianza
      Jesús renueva la alianza en Q
      Jesús renueva la alianza en Marcos
La alternativa de Jesús al orden imperial romano

Epílogo

 

 


*Citado en Anders Stephanson, Manifest Destiny: American Expansion and the Empire of Right (Nueva York: Hill & Wang, 1995), 19.

[1] Cf. Richard A. Horsley, Hearing the Whole Story: The Polítics of Plot in Mark´s Gospel (Louisville: Westminster John Knox, 2001), cap. 2.

[2] Más detalles en Richard A. Horsley, “1 Corinthians: A Case Study of Paul's Assembly in Corinth as an Alternative Society”, en Paul and Empire: Religion and Power in Roman Imperial Society (Harrisburg: Trinity Press International, 1997), cap. 14.

[3] Cf. Dieter Georgi, Theocracy ín Paul´s Praxis and Theology, trad. David E. Greeen (Minneapolis: Fortress Press, 1991); un extracto en Horsley, Paul and Empire, cap. 8.

[4] Cf. Ross Shepard Kraemer, Her Chare of the Blessings: Women´s Religions among Pagans, Jews, and Chrístians in the Greco-Roman World (Nueva York: Oxford University Press, 1992), cap. 11.

[5] Cf. el tratamiento de estos puntos en Fergus Millar, The Roman Near East, 31 B. C. -A. D. 337 (Cambridge: Harvard University Press, 1993).

[6] Cf. Elisabeth Schüssler Fiorenza, In Memoria of Her: A Feminist Theological Reconstruccion of Christian Origins (Nueva York: Crosrroad, 1983), esp. caes. 7-8. (Trad. española: En memoria de ella. Reconstrucción teológico-feminista de los orígenes del cristianismo [Bilbao: DOS, 19891.)

** J. Wycliffe (ca. 1330-1384) fue un reformador religioso inglés que criticaba la riqueza y el poder de la Iglesia y que asumió la Biblia como único criterio de vida y doctrina. Otro tanto hizo J. Huss (ca. 1372-1445) respecto a los abusos eclesiásticos, lo que le valió la excomunión y la hoguera.

[7] Investigadores y líderes políticos y religiosos han reconocido desde siempre un número de similitudes particulares y generales entre el imperialismo occidental moderno y el gobierno imperial romano en el antiguo Mediterráneo y Oriente Medio, si bien se dan significativas diferencias incluso en lo paralelo. Llamativos paralelos, aunque con una concepción muy benigna del imperio, fueron estudiados por P. A. Brunt, “Reflections on British and Roman Imperialism” CSSH 7 (1964-65), 267-288. Retomaremos donde se quedó. Sobre el imperialismo estadounidense, muy evidente ya después de la Guerra revolucionaria (más allá de mi competencia académica), estoy en deuda con Anders Stephanson, Manifest Destiny: American Expansion and the Empire of Right (Nueva York: Hill and Wang, 1995); Ernest Lee Tuveson, Redeemer Nation: The Idea of America´s Millenial Role (Chicago: University of Chicago Press, 1968); Conrad Cherry (ed.), God´s New Israel: Religious Interpretations of American Destiny, rev. ed. (Englewood Cliffs: Prentice-Hall, 1998); David Armitage, The Ideological Origins of the British Empire (Cambridge: Cambridge University Press, 2000); Marc Egnal, A Mighty Empire: The Origins of the American Revolution (Ithaca: Cornell Uiversity Press, 1988); Ernest R. May, Imperial Democracy: The Emergence of America as a Great Power (Chicago: University of Chicago Press, 1991).

[8] La expresión traduce “los que se sientan” en varias ciudades amuralladas, y frecuentemente es paralela a “reyes” o “los entronizados”, originalmente una referencia a los gobernantes de las ciudades-estado cananeas, lo que sugiere una revuelta campesina contra la clase gobernante más que un genocidio israelita contra los cananeos en general. Cf Norman Gottwald, The Tribes of Yahweh (Maryknoll: Orbis, 1981).

[9] Conforme a Stephanson, Manifest Destíny, 19; el texto reza: “All former empires rose, the work of guilt,/ On conquest, blood, or usurpation built;/ But we, taught wisdom by their woes and crimes,/ Fraught with their lore, and born to better times;/ Our constitutions form´d on freedom´s base,/ Which all the blessings of all lands embrace;/ Embrace humanit´s extended cause,/ A world of our empire, for a world of our laws”.

[10] Ibíd., 18.

[11] Citado en ibíd., 57.

*** Los Boxer eran grupos secretos nacionalistas radicales chinos que en 1899 estallaron en rebelión contra el dominio occidental y que fueron aplastados por una coalición de europeos, japoneses y estadounidenses.

[12] Cf. Josiah Strong, Our Country. Ed. por Jurgen Herbst (Cambridge: Belknap, 1963), citado en Stephanson, Manifest Destiny, 80.

[13] Cf Stephanson, Manifest Destiny, 90.

[14] Ibíd., 103-104.

[15] Cf Albert J. Beveridge, The Meaning of the Times and Other Speeches (1908; reimpresión Freeport: Books for Libraries Press, 1968). Citado en Stephanson, Manifest Destiny, 98-99.

[16] Cf Stephanson, Manifest Destiny, 106.

**** La invasión de Irak comenzó el 19 de marzo de 2003, pero el autor deja en el tintero múltiples bombardeos de la última década en Afganistán (7 de octubre de 2001), en los Balcanes y en Sudán, sin olvidar los numerosos “incidentes” -auténticas cacerías humanas- en la frontera sur de Estados Unidos y sus intervenciones en múltiples países del continente. Al parecer, ya se vislumbran nuevas intervenciones también en el área de Oriente Medio.

[17] Cf. el sugestivo análisis de Edward W. Said Orientalism (Nueva York: Random House, 1978); ídem., Culture and Imperialism (Nueva York: Random House, 1993), que ha provocado un análisis y una discusión posteriores y una creciente bibliografía en varios campos académicos.

[18] Esta transformación ha sido analizada en muchos libros recientes sobre “globalización”. Un análisis sofisticado, optimista y pesimista a la vez, es el de Michael Hardt y Antonio Negri, Empire (Cambridge: Harvard University Press, 2000). Intento explorar la importancia de la globalización para los estudios neotestamentarios en “Subverting Disciplines: The Possibilities and Limitations of Postcolonial Theory for New Testament Studies”, en Fernando E Segovia (ed.), Festchrift for Elisabeth Schüssler Fiorenza (Maryknoll: Orbis, en prensa).

[19] Cf. Philip Berryman, The Religious Roots of Rebellion (Maryknoll: Orbis, 1984), y las reflexiones sobre las analogías con los relatos de la infancia de los evangelios en Richard A. Horsley, The Liberation of Christmas (Nueva York: Crossroad, 1989), cap. 7.

[20] He estudiado estos movimientos históricos paralelos en secciones separadas de “Religion and Other Products of Empire”: JAAR 71 (2002) en prensa; excelentes análisis de la revolución iraní y sus circunstancias en H. E. Chehabi, Iranian Politics and Religious Nationalism (Ithaca: Cornell University Press, 1990), y M. Moaddel, Class Politics and Ideology in the Iranian Revolution (Nueva York: Columbia University Press, 1993).

[21] Remito a los estudios sobre el terrorismo moderno mencionados en el capítulo 2, nota 15.

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