Rasgos de la espiritualidad
misionera desde América Latina
José María
VIGIL
Hablamos de «espiritualidad» como espíritu, fuerza,
talante, sentido que mueve, pasión que empuja y arrastra[1].
Hablamos de espiritualidad «misionera», no en el sentido
amplio de evangelizadora o apostólica, ni siquiera en el sentido
más concreto de crítica o profética (por contraposición
a establecida o de cristiandad[2]),
sino en el sentido específico de ad gentes, dirigida
a no cristianos. Y decimos de espiritualidad misionera «desde
América Latina», no tanto como desde un Continente físico
concreto –aunque también-, cuanto como desde un Continente
utópico, un lugar que no está en ningún sitio
pero que habita mentes y corazones, que orienta voluntades y luchas,
y se constituye en una geografía espiritual y una mística
geográfica. Sí, América Latina, el Continente
que más señas de identidad[3]
emite, tiene patrimonio y sello propios en el mundo «misionero»
(ad gentes, mientras no digamos otra cosa), por más
que para muchos desapercibidos –muchísimos- AL sería
toda ella católica, con solamente una porción de cristianos
de otras confesiones. La misión ad gentes existe en AL, se
da, está ahí, principalmente junto al mundo indígena,
y ha hecho en los últimos 40 años un recorrido de maduración
que le es característico.
De eso «característico latinoamericano» de la espiritualidad misionera
es de lo voy a tratar. Porque en AL, como en todas partes, hay de
todo. Pero mucho de lo que aquí hay no es «latinoamericano». Aunque
se dé aquí y viva aquí, viene de otra parte, depende otro lugar, y
se mueve con referencias foráneas. Aquí también, «ni son todos los
que están, ni están todos los que son». No tienen espíritu latinoamericano
todas las misiones físicamente situadas en el Continente, ni deja
de haber mucha espiritualidad misionera «de espíritu latinoamericano»
fuera del mismo.
Esto característico latinoamericano de la espiritualidad misionera
de nuestras latitudes, esta «espiritualidad misionera latinoamericana»
(EML), es reciente, no es de siempre. La espiritualidad misionera
que se dio en nuestro Continente, durante siglos, fue, como en todas
partes, importada Europa. Durante cuatro siglos y medio AL no pronunció
su palabra. Todavía en el Concilio Vaticano II hablaron las Iglesias
del primer mundo, ante el quórum silente de Iglesias del Tercer Mundo
–y latinoamericanas concretamente-[4]. Pero los tiempos iban a cambiar, y en los últimos
40 años –por obra y gracia del estímulo del Vaticano II, ciertamente-
AL pronunció su palabra, recobró su identidad y transparentó su espíritu,
en una nueva espiritualidad misionera en AL. De esta EML de los últimos
40 años es de la que queremos hablar.
Lo haremos, abordando primero los grandes fundamentos o ejes que
vertebran, como a su estructura teológica la EML. Luego nos referiremos
más descriptivamente a los rasgos o actitudes en que esos fundamentos
se manifiestan en la vivencia espiritual y práxica.
I. Fundamentos teológicos de la EML
• Lectura histórico-escatológica de la realidad
Es importante captar esto. Toda espiritualidad, toda vivencia cristiana,
está inserta –conscientemente o no- en una cosmovisión teológica,
en una estructura de pensamiento, en una determinada «lectura» del
cristianismo. A un experto, le puede bastar un texto, un fragmento
de una predicación, una respuesta del catecismo, o una oración de
la religiosidad popular… para poder captar el paradigma teológico
al que pertenecen.
Paradigmas teológicos o tipos de lecturas del cristianismo hay muchas,
pero las podemos sintetizar y enumerar brevemente[5]:
a) Lectura doctrinal-teórica del cristianismo: éste
es ante todo una Verdad revelada, que debe ser acogida con fe, con
adhesión intelectual y sin desviaciones no ortodoxas. Es la Verdad
es la que salva al ser humano y la que debe ser difundida y propagada
misioneramente.
b) La lectura moralista concibe la religión como
una prueba moral que Dios ha puesto a los humanos, que se juega entre
el bien y el mal, entre el pecado y la gracia, y nos lleva a un premio
o castigo eterno en función de nuestro comportamiento premortal.
c) La lectura ontológico-metafísica pone la salvación
en un plano separado, meta-físico, mediado sacramentalmente. La salvación
es sobre-natural y está presente en la vida de la gracia. La salvación
viene al ser humano por la participación en ese otro plano o mundo
verdadero, de cuyas llaves es depositaria la Iglesia.
d) La lectura histórico-escatológica concibe la
realidad fundamentalmente como historia de salvación. «Dios tiene
un sueño»[6], lo ha
puesto en marcha con la creación, y nos lo ha propuesto a los humanos
como Utopía y como tarea. La misión del ser humano es realizar esa
Utopía (el «Reino», en palabras de Jesús) en este mundo. La escatología
y la encarnación no son dos direcciones opuestas: no se trata de huir
al cielo, sino de construirlo en la tierra. La historia de la salvación
no es una teoría, sino la salvación de la historia, de la única historia
(no hay dos, una sagrada y otra profana).
Sobre cada uno de estos fundamentos se construyen espiritualidades
bien diversas. La EML está claramente basada en la cuarta de las lecturas
que hemos tratado de distinguir[7]. La Misión que tiene en la mente y en el
corazón la EML, no es, ante todo, como lo fue durante tantos siglos,
una «comunicación de la verdad», proclamación de la noticia, anuncio
del Evangelio, como es la Misión contemplada desde el primer modelo;
ni es tampoco la misión motivada por el «celo de la salvación de las
almas» de los paganos, que estarían en grave peligro de condenación,
del segundo modelo; ni es la misión urgida por la «implantación de
la Iglesia», única mediación capaz de hacer partícipes a los pueblos
de la gracia de Dios por medio de sus sacramentos, del tercer modelo.
La misión que anima la EML es una misión que quiere insertarse en
«la misión misma de Dios», que tiene un sueño sobre la Humanidad y
ya lo ha puesto en marcha. La Misión construida sobre un paradigma
o una lectura histórica del cristianismo es entendida como un «vivir
y luchar por la Causa de Jesús», un generoso y denodado esfuerzo por
colaborar con Dios en la realización de su proyecto de salvación de
la Humanidad y del mundo. El acercamiento y el diálogo con otros pueblos
y otras religiones está inserto en este mismo objetivo de alcance
histórico, dentro de la larga marcha de los pueblos hacia la utopía
del sueño de Dios.
Desde esta lectura del cristianismo está incluida la praxis de la
fe que se esfuerza por transformar la realidad, el sentido integral
(no dualista) de la realidad, la valoración de la realidad histórica
y del su significado salvífico. Un talante pues muy encarnado, muy
histórico y a la vez muy escatologizante (transformador de la historia
hacia su futuro) caracteriza a la EML.
• Reinocentrismo
El reinocentrismo nació en las universidades del primer mundo, dado
a luz por sus propias evidencias exegéticas. Como espiritualidad y
como teología viva, el reinocentrismo adquirió carta de ciudadanía
en la teología y en la espiritualidad latinoamericanas, y fue sin
duda la aportación principal que éstas han hecho al mundo y a la Iglesia
universal. No hace falta que recordemos lo que hoy es pacíficamente
poseído en todo el cristianismo moderno. El Reino de Dios es el centro
absoluto de la predicación de Jesús, no sólo su ipssísima verba,
sino también la ipssísima Intentio Iesu. Ciento veintidós
veces aparece el Reino en el Evangelio, 90 de ellas en boca de Jesús:
la frecuencia más alta, a mucha distancia de la siguiente. El Jesús
histórico es ante todo el profeta del Reino, una vida y un mensaje
absolutamente centrado en el Reino. Se trata de una visión de Jesús
muy distinta de la que se da en otras lecturas del cristianismo[8]. El más alto magisterio oficial asumió, poco después del
Concilio Vaticano II, el reinocentrismo. «Sólo el Reino es absoluto,
todo lo demás es relativo»[9].
Es algo muy conocido, aunque no sea algo plenamente asimilado.
El reinocentrismo es el cambio teológico más profundo que se ha dado
en el cristianismo en los últimos tiempos. Es la superación del eclesiocentrismo,
la «criptoherejía» más difundida e institucionalmente apoyada. Y no
es un cambio accidental o cosmético, un simple juego de palabras o
un malabarismo conceptual; es una alternativa radical. Muchas de las
afirmaciones, valoraciones, implicaciones, supuestos… propios del
eclesiocentrismo, son enjuiciados, desplazados y hasta condenados
a la luz del reinocentrismo. La teología y la espiritualidad latinoamericanas
–también la espiritualidad misionera- son esencial e indubitablemente
reinocéntricas.
Combinando la lectura histórico-escatológica del cristianismo con
el reinocentrismo, la gran misión del cristianismo (de la cual la
acción misionera es sólo una parte) es la acogida y la construcción
del Reino de Dios en la Historia. Esto es lo central, lo absoluto,
aquello a cuyo servicio está todo lo demás, incluso la Iglesia misma.
Una misión alimentada por esta EML es una «misión por el Reino».
No tiene su objetivo último en la implantación de la Iglesia, como
planteaba, por ejemplo, la famosa escuela misionológica belga[10]
de la primera mitad del siglo XX.
La EML piensa y siente y vive y mira a la Iglesia como Iglesia «al
servicio del Reino». La Iglesia –y, en ella, la misión misionera-
tiene que gastar su vida en la construcción del Reino, y ése ha de
ser su máximo empeño, aunque en ello se juegue la vida (o su prestigio,
o su paz externa o interna).
Extrayendo conclusiones concretas: el objetivo de la misión no son
las «conversiones» a la Iglesia, sino la acogida y construcción del
Reino. Claro que no se excluyen las conversiones, pero no son el punto
de mira, la justificación única. Conozco equipos pastorales de misión
en esta línea que en el diálogo con sus jerarquías se encuentran periódicamente
con la dificultad; al final el obispo acaba siempre preguntando: «muy
bien, pero ¿cuántos bautismos se han conseguido?». En el paradigma
clásico, la misión era –de hecho- proselitismo[11]. Desde el cruce de las dos citadas lecturas
o paradigmas, la misión tiene otro objetivo.
• Opción por los pobres
Dice Leonardo Boff que la opción por los pobres es la opción más
grave que la Iglesia ha tomado después de la Reforma Protestante.
Un parteaguas. Dos vertientes, dos maneras de mirar el mundo, de situarse
ante la historia, y de leer el cristianismo. Pero no una opción como
algo advenedizo, como una «novedad» que hubiera que justificar, sino
como el redescubrimiento de lo más viejo, de lo que está precisamente
en lo más original del Dios bíblico, que se reveló a sí mismo en la
experiencia religiosa de los «hapirús», aquella revolución agrario-campesina
del siglo XIII a.C. que se revelaron contra el Dios del Faraón, dios
del Imperio y de la opresión. El Dios de «Isra-El»[12] fue el Dios de los hapirús, tan oprimidos que
ni siquiera estaban incluidos en la sociedad de las Ciudades-Estado
del Canaán de entonces. La carta de presentación con que el Dios bíblico
se ha presentado en su entrada en la historia ha sido ni más ni menos
que su opción por la justicia y por la fraternidad, que ésa es la
verdadera sustancia bíblico-teológica de la opción por los pobres.
Porque no es que Dios haga una opción «facultativa» (que pudiera no
haber hecho), o «voluntarista» (caprichosa, arbitraria, que fue por
los pobres pero que pudiera haber sido por los ricos), o «accidental»
(sin conexión esencial con su propio ser, que eligió a los pobres
por una «preferencia» por simpatía o por misericordia), sino una opción
que emana de su mismo ser, que no podía dejar de hacer, y que no podría
ser de ninguna otra manera. Teológicamente, Dios, que es Amor, también
«es» opción por la Justicia, y por tanto por los injusticiados[13],
y contra los injusticiantes.
Como decimos, esta opción no es una virtud lateral, un anexo, ni
siquiera una cosa importante pero no central. Más que de un elemento,
se trata de una dimensión, que radica en la propia esencia del cristianismo
y que lo cruza transversalmente. Está radicada en el mismo centro
de la naturaleza del Dios bíblico y, lógicamente, como no podía ser
menos, en el mismo centro del mensaje de Jesús. Uno de los mayores
timbres de gloria de la teología y la espiritualidad latinoamericanas
es que ellas han sido las que han puesto esta opción en la cima de
la atención de la Iglesia universal, y no sólo ni principalmente con
sus reflexiones teológicas, sino con su espiritualidad, su praxis
histórica y su abundante sangre martirial.
La EML está transida de opción por los pobres, con todo lo que ello
implica. La misión animada y vivida desde la EML recibe de ésta las
mismas características. Es una misión en la que los pobres no son
«objeto de amor»[14] preferencial, sino que son el principal «sujeto
histórico» con el que se dialoga y al que se dirigen las referencias.
La Misión animada por la EML nunca va ya del brazo del Estado, ni
del poder, ni del capital, ni del latifundista… Entiende que por ese
camino la actividad misionera se incapacita inevitablemente para «llevar
la buena noticia a los pobres». Las misiones «latinoamericanas» no
son neutras, ni imparciales, ni «estrictamente religiosas», ni «ajenas
a lo político», ni sólo cuidadoras de las «almas»… sino que están
junto a los pobres, aliadas con ellos, porque es desde el lugar social
de los pobres desde donde únicamente puede ser construido el Reino
de Dios. La opción por los pobres es una «marca registrada» latinoamericana
cuyo influjo se ha extendido mucho más allá de los límites geográficos
del Continente.
• Macroecumenismo y apertura al pluralismo
Macroecumenismo es el nombre que en AL se dio a la teología de las
religiones o su espiritualidad correspondiente. A nivel teológico
no fue desarrollado (como no lo fueron todas las ramas de la teología
latinoamericana de la liberación), pero a nivel de espiritualidad
llegó ciertamente a ser expresado[15].
Como es sabido, el Concilio Vaticano II supuso el abandono oficial
y definitivo de la postura exclusivista y la entronización oficial
del inclusivismo en la Iglesia católica. Por la misma época, un cambio
semejante han dado las Iglesias protestantes. Por su prte el pluralismo
apenas ha hecho que aparecer en el horizonte; eso sí, cautivante y
muy dispuesto a plantear su batalla.
Si decíamos al principio que nos estábamos refiriendo a la EML de
los últimos 40 años, tendríamos que decir que en este punto tanto
la espiritualidad como la teología latinoamericanas no tienen unas
posiciones fijas, sino que están en proceso, en movimiento. Creo que
honestamente se puede reconocer que la posición del primer «macroecumenismo»
latinoamericano ha sido la posición más abierta -en la Iglesia católica
al menos- dentro del inclusivismo reinante, sin dejar de ser realmente
inclusivismo. La teología y la espiritualidad latinoamericanas se
distinguieron por su apertura y su diálogo y su reconocimiento a las
religiones indígenas del continente, por una parte, y hacia los militantes
no creyentes, por otra. El «ateo revolucionario» fue un interlocutor
privilegiado de la teología de la liberación, por ejemplo. En el fondo,
no se llegó a la superación teórica del inclusivismo en esa relación
de interlocución, pero sí a una superación práctica. Como digo, probablemente
estuvimos en aquellos años en el «inclusivismo más abierto» de los
que se dieron por entonces en el cristianismo.
Pero digo que estamos en movimiento. Así como en los elementos anteriormente
expuestos, podemos decir que estamos en posiciones ya madura, estable
y pacíficamente poseídas, en este tema no; estamos en movimiento,
y en movimiento acelerado. A pesar del silencio reinante y la falta
de producción teológica -muy explicable por la situación eclesiástica
actual-, no hay ya teólogo o teóloga que no esté desafiado por el
tema del pluralismo religioso, que es ya, sin discusión, el nuevo
paradigma con el que toda la teología y la espiritualidad se ven en
la necesidad de confrontarse. Es todo el Continente el que está comenzando
a despertar a esta nueva dimensión[16].
Por su parte, la EML se está abriendo, en primer lugar, a la valoración
positiva de la pluralidad religiosa. Ese sería el cambio principal,
el gran avance: de una valoración milenariamente negativa de la pluralidad
religiosa (la pluralidad de religiones era tenida como una incomplección
del plan de Dios, a la espera de ser subsanada por la «conversión»
de los paganos a la religión verdadera) estamos pasando a una valoración
positiva (se pasa a afirmar que la pluralidad de religiones ha sido
y es querida por Dios, y que no obedece a su designio esa expectativa
que nos hemos autoimpuesto de acabar con la pluralidad por la extensión
e imposición de nuestra religión sobre todas las demás).
El segundo gran paso, consecuencia en parte del primero, es el convencimiento
progresivo de que «no hay elegidos privilegiados». Esto puede parecer
muy duro, como lo es para el niño o la niña la crisis de «destronamiento»
que pasa cuando le llega su primer hermanito o hermanita. Con su evolución
hacia un pensamiento cada vez más proclive al pluralismo, el cristianismo
está pasando por la crisis de aceptar la plausibilidad de la hipótesis
de que tal vez no seamos los elegidos, el pueblo de Dios, «la» religión
verdadera, los mesiánicamente llamados a salvar al mundo… o que al
menos no lo seamos como siempre lo habíamos entendido.
Los guardianes de la ortodoxia hace tiempo que han puesto en guardia
contra el relativismo que según ellos conllevaría la aceptación de
la pluralidad religiosa como querida por Dios; el sentido misionero
del cristianismo perdería su base y su motivación… Pero, como dice
Paul Knitter, «los cristianos están aprendiendo que para que algo
sea verdadero no hace falta que sea absoluto»[17], y que una cosa es el relativismo
en su sentido negativo de escepticismo o indiferentismo, y otra es
la relatividad, que, por contraposición al absolutismo, nos hace realistas,
moderados y respetuosos con la realidad. Por evitar un supuesto relativismo,
no podemos dejarnos llevar al absolutismo, sino que hemos de mantenernos
serenos en la aceptación de la relatividad. El tema es muy amplio
y no es éste el lugar para profundizarlo[18].
Una misión alentada por esta EML, aunque no es muy diferente de la
misión clásica latinoamericana, está inspirada por líneas de fuerza
que ahora se han confirmado frente a las intuiciones de las décadas
pasadas. No es una misión que cree llegar a lugares desprovistos de
salvación (lugares que estarían en una especie de «vacío soteriológico»).
No piensa que el pueblo al que acompaña o con el que dialoga esté
dejado de la mano de Dios ni que sus miembros estén en un estatuto
de salvación «gravemente deficitario». No cree que ella sea la depositaria
de la salvación, frente a las religiones de los otros pueblos. No
piensa que ella representa a «el pueblo de Dios». No cifra su éxito
en las conversiones que eventualmente se pudieran dar (ni se sentiría
humillada si entre sus miembros se diera alguna conversión a la religión
que antes llamábamos «misionada». Una misión que no se siente llamada
sólo a dar, sino también a recibir. No quiere dialogar sólo para enseñar,
sino también para aprender. Una nueva espiritualidad misionera, ciertamente.
Aunque sin espcaio suficiente para poder justificar lo que hemos
dicho[19], he ahí los fundamentos teológicos mayores
de la espiritualidad misionera desde América Latina. Completemos esto
con una descripción más pedestre de los rasgos de espiritualidad que
tales fundamentos producen.
II. Rasgos o actitudes de la EML
• Actitud contemplativa
La fe nos da una visión contemplativa de la realidad. Y esta fe tamizada
por la EML da una visión contemplativa muy especial. El misionero
de «espíritu latinoamericano» tiene capacidad para «ver», para discernir
la marcha ascendente del Reino en la historia, en la única historia
(sagrada y profana, sin dualismos), desde los pobres como sujetos
predilectos, en una ascensión paralela y convergente de los pueblos,
las religiones, los movimientos sociales… todos bajo la acción del
Espíritu. Este misionero no se siente angustiado ni desbordado por
la magnitud de la obra de la conversión de los pueblos, sino que contempla
con gozo la acción insondable e incontenible del Espíritu, que antes
y al margen de la llegada de la misión, actúa en los pueblos, los
empuja, los conduce, los inspira. Es capaz de contemplar la presencia
de Dios en los procesos sociales, en las luchas de los pobres, incluso
en sus retrocesos, en los esfuerzos de tantos militantes generosos,
incluso aunque se manifiesten como lejanos de un Dios confesado o
de una iglesia o una religión reconocidas.
• Optimismo soteriológico
El misionero de espíritu latinoamericano no siente aquella lacerante
angustia de los misioneros clásicos, devorados por el celo de la salvación
de las almas, y desesperados por el espectáculo de los millones de
almas que a diario veían caer en el infierno. Durante siglos o milenios,
la situación no ha podido ser más pesimista. Todavía en el Congreso
sobre Misiones de Chicago de 1960 (protestante) se daba por supuesto
que «en los 15 años transcurridos después de la segunda guerra mundial
más de mil millones de personas han pasado a la eternidad y más de
la mitad de ellas han ido al fuego eterno sin haber escuchado el nombre
de Jesucristo»[20]... Francisco Javier fue a las Indias Orientales
movido por su convencimiento -común en su época- de que quienes no
conocían a Jesucristo no alcanzaban la salvación plena[21]. Y el jansenista Saint-Cyran, gritaba en una suerte de entusiasmo
y horror sagrado: «No cae ni una sola gota de gracia sobre los paganos»[22].
Cuando el Concilio Vaticano II comenzó a pensar lo contrario, hubo
misioneros que entraron en crisis: «si estos pueblos pueden salvarse
sin necesidad de la Iglesia, ¿qué sentido tiene la misión?». Hubo
que encontrar una nueva respuesta al sentido de la misión, que ya
no era que «la misión es la única vía de salvación para los pueblos
paganos», sino que la misión sigue teniendo sentido, aunque no sea
el sentido de que sin ella no hay salvación para los paganos. Aunque
todos los pueblos tienen contacto directo con Dios en su propia religión,
siempre tendrá sentido «salir» hacia las otras religiones para entablar
un diálogo religioso para, en él, «dar y recibir».
• Actitud penitencial
Heredera de la postura crítica de la espiritualidad liberadora, la
misión latinoamericana es también crítica de su propio pasado. Con
varios siglos de evangelización misionera a sus espaldas, del brazo
del Patronato Regio, del Estado colonial después[23], de los poderes locales siempre,
del latifundio y del capital, la misión latinoamericana tiene muy
presentes los pecados originales en que fue concebida en este Continente,
y evita con toda su alma caer en ellos de nuevo. Se trata de una espiritualidad
críticamente escarmentada –en el sentido positivo de la palabra-,
penitencialmente arrepentida, y eficazmente convertida. No se hace
planteamientos triunfalistas ni pretende volver a situaciones de cristiandad.
• Desapego institucional
La misión es «misión por el Reino», y el misionero lo es también.
La misión no es principalmente un centro institucional, ni el misionero
es un funcionario. Una y otro son, a su modo, militantes utópicos,
por la Causa de Jesús, que es la Causa de Dios y la Causa de la Humanidad.
No tienen intereses propios, ni instititucionales. Su interés máximo,
su absoluto es el Reino, no sus mediaciones. Su pasión mayor es hacer
que reine el amor de Dios en todo, y que todas las mediaciones e instituciones
se rindan enteramente a su reinado, y se pongan completamente a su
servicio. Por eso ni una ni otro son eclesiocéntricos, ni proceden
con otros intereses que no sean el bien del otro al que nos dirigimos.
• Actitud positiva de colaboración
La misión latinoamericana, comprometida con el Reino, «para que todos
tengan vida en abundancia» (Jn 10,10), y desbloqueada por todos estos
presupuestos teológicos precedentes, es hija también del espíritu
ampliamente ecuménico del Concilio Vaticano II, que nos invitaba a
que «gustosos colaboremos con quienes buscan idénticos fines»[24],
así como del espíritu de Aquel que ya dijo antes: «quienes no están
contra nosotros están con nosotros» (Mc 9,40). El chauvinismo, el
espíritu de competencia y rivalidad, las pretensiones de protagonismo
o exclusividad… no son propias de la misión latinoamericana.
• Inculturación
Hay misiones en algunas partes que están «por encima del mundo»,
al margen de la localización en que se ubican, como obedeciendo a
un patrón «universal» (con frecuencia «europeo» en realidad). En Asia
el problema es que las misiones son el cuerpo de una «Iglesia en Asia»
pero no «de Asia». La misión latinoamericana en general reivindica
su carácter autóctono o encarnado, tiene en cuenta la situación del
Continente y del mundo, y, según la metodología típica latinoamericana,
«parte siempre de la realidad, para sólo después «juzgar y actuar».
La IV Conferencia del CELAM introdujo oficialmente en el magisterio
eclesiástico latinoamericano el tema de la inculturación. Después
de tantos siglos en que la Iglesia trató de «civilizar», «aculturar»,
«amansar», «reducir» a los indígenas, la nueva misión adopta hace
tiempo en AL las actitudes contrarias: aceptación y estudio y respeto
de la cultura indígena, promoción de la misma… Exactamente lo contrario
a lo que se hizo durante siglos. La mayoría de las misiones con historia
documentada pueden testimoniar una auténtica conversión en este punto.
• Valoración de la religión del pueblo acompañado
Esas misiones con historia documentada pueden exhibir en muchos casos
los testimonios de misioneros en los que, quizá hace apenas 50 o 60
años, dominaba todavía la convicción de que las religiones indígenas
eran diabólicas, o meras supersticiones, en todo caso algo a combatir
y a erradicar… La «conversión de los misioneros» ha sido, en este
punto, realmente radical. No deja de haber hoy quien considera que
en las otras religiones no hay fe sino simplemente «creencias»… pero
en general hoy los misioneros no sólo valoran altamente la religión
del pueblo al que están acompañando, sino que se interesan por conocerla
y hasta por vivirla y cada vez es más frecuente el caso de «doble
pertenencia» religiosa, sin conflicto. El diálogo de religiones no
es un diálogo externo de representantes oficiales de las religiones,
sino que es el diálogo que las religiones mismas entablan en el corazón
de cada creyente[25], empezando por los propios misioneros...
• Humildad
La humildad, como virtud ascética es muy vieja, pero como actitud
presente en la actividad misionera es muy reciente, apenas de ayer.
Es de ayer que los misioneros no desprecien la religión ajena. De
ayer es que la valoren, que la estudien y sobre todo que la vivan.
Es de ayer que hayamos tomado conciencia de que toda formulación en
relación a lo absoluto de Dios es relativa. Es de ayer –o quizá sea
más bien de mañana- que el misionero vaya sin la seguridad avasalladora
de quien se sabe en posesión de la única verdad, la única salvación
y la mediación del único mediador. Después de tantos siglos en la
actitud contraria, esta cura de humildad no puede ser saludada sino
con la mayor esperanza
Evidentemente, no pocos de estos rasgos de espiritualidad misionera
desde AL serán comunes a la espiritualidad misionera de otras latitudes.
Pero en conjunto son, ciertamente, señas de identidad de la espiritualidad
misionera de este Continente, para bien de otras Iglesias, del cristianismo
y del Mundo.
[1] Sobre el concepto
y definición de espiritualidad hemos escrito ampliamente en Espiritualidad
de la Liberación, Sal Terrae, 1992, cap. primero. El libro ha
sido publicado en casi todos los países latinoamericanos.
[2] Se puede recordar
en este sentido el título de la famosa revista española del posconcilio,
«Pastoral misionera», entendida como una pastoral contrapuesta a la
de cristiandad.
[3] Es la latinoamericanidad
que describe Pedro Casaldáliga: Siento la Latinoamericanidad como
un modo de ser que la nueva conciencia acumulada -de Pueblos hermanos
oprimidos y en proceso de liberación- nos posibilita y nos exige.
Un modo de ver, un modo de compartir, un modo de hacer futuro. Libre
y liberador. Solidariamente fraterno. Amerindio, negro, criollo. De
todo un Pueblo, hecho de Pueblos, en esta común Patria Grande, tierra
prometida -prohibida hasta ahora- que mana leche y sangre. Una especie
de connaturalidad geopolítica-espiritual que nos hace vibrar juntos,
luchar juntos, llegar juntos. Es mucho más que una referencia geográfica:
es toda una Historia común, una actitud vital, una decisión colectiva.
Juntando fe cristiana y latinoamericanidad, lo decía yo en mi soneto:...«Tenedme
por latinoamericano / tenedme simplemente por cristiano, / si me creéis
y no sabéis quién soy». Somos continentalidad en la opresión y en
la dependencia. Hemos de serlo en la liberación, en la autoctonía,
en la alternativa social, política, eclesial.
[4] La espiritualidad
misionera que refleja la Declaración Ad Gentes es bastante
tradicional-europea.
[5] He desarrollado
este punto más ampliamente en ¿Cambio de paradigma en la Teología
de la liberación?, «Christus», 701(agosto 1997)7-15, México;
RELaT nº 177, en http://servicioskoinonia.org/relat/177.htm
[6] Declaración final
de la «Asamblea del Pueblo de Dios», Quito 1992. El texto puede verse
en la Agenda Latinoamericana de los años 1993 y 2003 (pág. 192).
[7] Su separación es
sólo metodológica; en la realidad no se suelen dar en estado puro.
Se podría hacer referencia a los modelos eclsiástico-institucional,
o eclesiocéntrico, y al modelo cristomonista o cristocéntrico…
[8] Por ejemplo, el
Cristo Pantócrator, el Cristo rey universal, el divino Redentor ofendido
por los pecados del mundo, el maestro religioso, el Juez universal,
el Cristo eucarístico, el divino prisionero del sagrario…
[9] Evangelii Nuntiandi
8.
[10] De Lovaina,
del P. Pierre Charles, escuela que fue llamada de la «plantación»
de la Iglesia.
[11] La palabra no
tiene sentido negativo de por sí, sino sólo en alguna de sus acepciones.
[12] Nombre teofórico,
que significa «Dios luchará con nosotros», con los pobres.
[13] En otros lugares
he sostenido que la opción no es –expresándolo teológicamente- por
los pobres, sino por los injusticiados.
[14] Venimos de una
tradición secular en la que la Iglesia ha querido mucho a los pobres,
pero como «objetos» (los «pobres-objeto»), no como «sujetos». En cuanto
a sujetos históricos la Iglesia institucional tiene una debilidad
inveterada por la la burguesía y las clases dominantes en general.
[15] El citado libro
Espiritualidad de la liberación de CASALDÁLIGA-VIGIL, publicado
en la mayor parte de los países latinoamericanos (libro que se proponía
no presentar una teoría o una espiritualidad de los autores, sino
recoger lo más fielmente posible la espiritualidad que se vivía en
el Continente), tiene un capítulo titulado Macroecumenismo.
El término hizo fortuna y vino a expresar la peculiar actitud frente
al pluralismo religioso adoptada por la espiritualidad latinoamericana.
[16] La Agenda Latinoamericana’2003
ha dedicado el año al tema del diálogo y del pluralismo religiosos.
[17] Paul KNITTER,
No Other Name?, Orbis, New York 1992, 219.
[18] Recomendamos
el «Curso de teología del pluralismo religioso» que los Servicios
Koinonía ponen en línea, en http://servicioskoinonia.org/teologiapopular
[19] Puede consultarse
el recién aparecido libro de ASETT (Asociación Ecuménica de Teólogos
y Teólogas del Tercer Mundo), Por los muchos caminos de Dios.
Desafíos del pluralismo religioso a la teología de la liberación,
Verbo Divino, Quito 2003, Prólogo de Pedro Casaldáliga.
[20] Messages
Delivered at the Congress on World Mission, Chicago 1960, ed.
By J.O.Percy, p. 9.
[21] A pesar de la
opinión contraria de F.A. SULLIVAN, ¿Hay salvación fuera de la
Iglesia?, Desclée, Bilbao 1999, pág 104.
[22] Citado por Ángel
SANTOS, Teología sistemática de la misión, Verbo Divino,
Estella 1991, 255.
[23] Cuando a los
misioneros se les decía que debian hacer simultáneamente «Iglesia
y Patria» (de la Metrópoli).
[24] Gaudium
et Spes 43, 93, 16, 92, 57, 90, 77, 78; AG 12; AA 14.
[25] R. PANIKKAR
habla del «intradiálogo». The Intrareligious Dialogue, New
York, 1978; Il diálogo intrareligioso, Citadella Editrice,
Assisi 1988, 22001.
Publicado
en papel en:
- «Misiones Extranjeras» 195(julio 2003)304-316, IEME,
Madrid.
- Traços da espiritualidade missionária a partir da
América Latina, «REB» (janeiro 2004), Petrópolis,
Brasil.
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