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Eucaristía: Comunión y no acto de exclusión
Preguntas de un monje al Papa

Marcelo BARROS


 

Querido hermano Juan Pablo II,

El día 17 de abril, Jueves Santo, usted publicó su 14ª encíclica: Ecclesia de Eucharistia.

En primer lugar, quiero agradecerle su testimonio de fe y de amor al ministerio. Es bueno saber cómo usted interpreta la fe y la misión de la Iglesia. Basado en este mismo amor, quisiera hacer algunas preguntas y conversar con usted sobre puntos de su encíclica que han provocado sufrimientos y dificultades tanto a personas que se sintieron excluidas de la eucaristía, como a grupos ecuménicos que trabajan sobre este asunto hace décadas. Siento que, al escribirle sobre esto, represento a muchos cristianos que desean servir a la Iglesia y vivir el amor a la eucaristía de la mejor forma posible, pero para ello necesitamos comprender algunos presupuestos básicos.

Sé que no es costumbre que un simple monje escriba al Papa. No me comparo con religiosos como Bernardo de Claraval y Catalina de Siena, que escribieron a Papas. Menos todavía le comparo a usted con los papas de la Edad Media. Pero por otra parte, el Concilio Vaticano II exhortaba a los laicos (¿por qué no a los monjes?) a “manifestar a los pastores sus inquietudes y deseos con aquella libertad y confianza que conviene a los hijos de Dios y hermanos en Cristo. (...) Según su conocimiento, su competencia y habilidad, tienen el derecho y, a veces, hasta el deber, de expresar su opinión sobre los asuntos que se relacionan con el bien de la Iglesia” (Lumen Gentium 37).

En este mismo espíritu, le escribo esta carta tratándolo familiarmente de “usted” y le expongo algunas dudas que su encíclica ha suscitado en mí y en muchos pastores, teólogos y laicos de nuestra propia Iglesia y en muchos cristianos de otras Iglesias.  

 

1 – La Iglesia vive de la Eucaristía

Usted escribe: «La Eucaristía es el propio núcleo del misterio de la Iglesia» (n. 1) y cita al Concilio Vaticano II, que dice: «La eucaristía es la fuente y el culmen de toda vida cristiana» (LG 11).

La Iglesia vive en eucaristía permanente en el sentido de que lo que ella vive, o mejor, toda su experiencia de vida tiene su fuente en la eucaristía y culmina en la eucaristía. Hay una relación íntima entre eucaristía y la vida cotidiana en todos los aspectos humanos, sociales, económicos, políticos y culturales. La eucaristía es fuente, esto es, provoca todos estos aspectos de la vida de la Iglesia y los supone para poder ser culmen de ellos. Para ser fieles a este principio, no podemos valorar la fuente y el culmen olvidando el camino, o sea, lo que concretamente produce la eucaristía y lo que ella supone, precisamente para ser fuente y culmen de toda la vida de la Iglesia.

La eucaristía es fuente y culmen de la vida eclesial en el plano de los signos. ¿No será que, muchas veces, confundimos el signo con la realidad? No podemos decir que la eucaristía es el núcleo del misterio de la Iglesia como quien afirma que lo principal del amor entre dos personas es el cariño corporal. Éste es la expresión máxima entre dos personas que se aman, pero nadie puede vivir un matrimonio en función del sexo. Comer es fundamental para vivir. Las comidas son momentos centrales del día, pero no vivimos para comer. El núcleo del misterio de la Iglesia es la solidaridad, ágape, expresado en la eucaristía. Entonces, ¿no sería más correcto decir que la Iglesia vive del amor solidario, testimonio del Reino de Dios, y que eso se expresa como signo en la eucaristía?

Si esto es así, ¿por qué, al hablar de la eucaristía, dedicamos tan poco espacio a su relación con la vida social y a las exigencias de la solidaridad entre nosotros? No fue eso lo que Pablo hizo al abordar a cuestión de la eucaristía en la carta a los corintios. Para él, participar correctamente o recibir indignamente la Cena del Señor dependía de cómo los cristianos de Corinto trataban a los pobres, que cuando llegaban a la cena no encontraban ya nada que comer (Cf. 1 Cor 11, 26ss).

Su encíclica dedica un número (el 20) a la relación entre la eucaristía y “la responsabilidad hacia la tierra presente”. Dice que en el cuarto Evangelio el relato del lavatorio de los pies “ilustra el profundo significado del sacramento”. Recuerda que Pablo llama “indigna” a la comunión de una comunidad que participe de la Cena en  un ambiente de discordia y de indiferencia hacia los pobres (cf. 1 Cor 11). Sin embargo, sólo toca el tema de esta relación entre eucaristía y justicia al final del capítulo primero, como si fuese consecuencia de la eucaristía y no su presupuesto fundamental. ¿Qué visión de Iglesia y de fe implica eso?

Los cristianos primitivos llamaban a la eucaristía “repartición del pan” y, ciertamente, no por casualidad. Es importante que recordemos eso aquí en Brasil en este momento en que el gobierno federal propone el programa «Hambre Cero».

 

2 – La Misa, memorial del único sacrificio

En su carta, usted cita varias veces el Concilio Vaticano II y algunos documentos del magisterio reciente, pero la doctrina expresada en su encíclica es anterior al Concilio de Trento. Paul de Clerck, profesor de Liturgia del Instituto de Teología de París, dice que esta encíclica se basa en la teología eucarística del siglo XIII. Esa teología fue elaborada para responder a problemas de aquella época. Usted sin embargo la juzga actual y la propone para toda la Iglesia (n. 9).

Sin duda, usted conoce todo el trabajo teológico de los últimos siglos elaborado sobre la eucaristía, que cuida mucho hablar el lenguaje de la humanidad de hoy. En ningún momento de la encíclica, usted tiene en consideración estos avances teológicos y esta reflexión. Al contrario, incluso en el lenguaje, retrocede en relación al Vaticano II. En ningún momento, ni siquiera de paso, habla sobre la “Palabra de Dios”, elemento esencial a la eucaristía ya desde los tempos apostólicos. No valoriza la Liturgia de la Palabra y se detiene sólo en lo que usted llama “santo sacrificio de la Misa” y no Cena del Señor; así como llama a los ministros sacerdotes y no presbíteros

Usted insiste en que la eucaristía es “sacrificio en sentido propio y no sólo simbólico o figurativo”. Sin duda, usa esta expresión no para decir que el Padre quiso la muerte del Hijo ni para decir que Jesús murió para pagar la deuda de la humanidad para con el Padre, como decía la teología medieval (San Anselmo). Parece usar o término sacrificio en el sentido de “entrega de la vida al Padre”, entrega total de sí mismo. En este sentido, todos estamos de acuerdo.

Hoy, ninguna Iglesia niega que la Cena del Señor tiene íntima relación con la Cruz de Jesús. Es memorial de la muerte de Jesús que fue releída por las Iglesias primitivas como «sacrificio». Ningún documento del Nuevo Testamento usa explícitamente el término sacrificio» para la eucaristía, aunque todos la vinculen a la muerte de Jesús, y estos mismos textos, a la luz de las profecías del Siervo Sufriente (especialmente Is 42 e Is 52-53), interpretan la muerte de Cristo a partir de la categoría de sacrificio. Hoy esta forma de hablar provoca dificultad en muchos cristianos. Por eso yo le pregunto: aunque esta concepción de sacrificio es tradicional, ¿no tendríamos el deber de repensar esta forma de hablar, el modo de expresar la fe, para que pueda atraer a la humanidad de hoy? ¿Para qué imponer a todos una interpretación de la fe como si fuese la fe misma, cuando esta forma de hablar no dice nada a muchos católicos y nos divide frente a hermanos de otras Iglesias? ¿No estaría más de acuerdo con la fe en la eucaristía, seguir el consejo del papa Juan XXIII y afirmar la fe de modo que una a los hermanos y no nos divida?

¿Cómo hablar de un Dios Amor al que le agrada el sacrificio y la muerte de su Hijo para reconciliarse con la humanidad? Para testimoniar que Dios es Paz y don de vida, debemos sustituir esta categoría del sacrificio por otra equivalente que valorice la donación de Jesús a los suyos, su fidelidad al proyecto del Padre, la entrega de su vida a Dios, y que muestre cómo en la cruz Él nos reveló un nuevo rostro de Dios. Celebrar la Cena es testimoniar a un Dios Amor que da su vida por todos los hombres y mujeres, perdona a todos y no excluye a nadie.

Según Paulo, no celebramos dignamente la Cena del Señor si mantenemos privilegios y exclusiones, como la de la mujer en los servicios ministeriales y la de los laicos considerados “menos capaces para ejercer el ministerio”. El sacrificio de Jesús fue el de la entrega de su vida “por la unidad de todos los hijos e hijas de Dios dispersos por el mundo” (Jn 11, 52). Este sacrificio, enseña san Agustín, acaba con todos los sacrificios. Después de él, ya no es necesario ningún otro sacrificio.

Muy acertadamente, escribe usteden su carta: “Anunciar la muerte del Señor «hasta que venga» incluye, para quien participa de la Eucaristía, el compromiso de transformar la vida, de tal forma que ésta se torne, en cierto modo, toda ella eucarística» (n. 20). Y cita a san Agustín, en una de sus homilías de la noche de Pascua: “El apóstol dice: «vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12, 27). Si sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, es vuestro sacramento lo que está puesto sobre la mesa del Señor; es vuestro sacramento lo que recibís» (...) Cristo Señor [...] consagró en su mesa el sacramento de nuestra paz y unidad” (n. 40).

 

3 – Celebración eucarística y celibato obligatorio

Usted insiste en que la eucaristía es esencial y depende del sacerdote ordenado. Repite que las comunidades no pueden celebrarla sin el sacerdote y que los cultos dominicales sin sacerdote no sustituyen a la eucaristía.

Los Padres de la Iglesia enseñaban que quien hace la eucaristía es la comunidad. En Brasil, son millares de comunidades católicas las que cada domingo no tienen sacerdote y hacen una celebración de la Palabra. ¿Por qué no tienen sacerdote todas estas comunidades y por qué algunas sólo reciben su visita alguna vez al año? Tal vez será por el hecho de que usted no acepta ceder en cuanto al celibato obligatorio y ordenar como presbíteros a hombres casados, dignos y preparados para el ministerio. Y también porque no reconoce la validez del ministerio de sacerdotes que se casaron y que, con alegría, aceptarían ejercer el ministerio. Como monje, opto por el celibato y, a pesar de mi fragilidad personal, lo tomo como camino de vida. Por experiencia, sé que el celibato puede ser gracia de Dios en la vida y en el camino espiritual. Pero, en pleno siglo XXI, ¿no debería ser dejado más libre para los presbíteros? Sin decir que, en Occidente, la Iglesia Católica es la única de las Iglesias históricas que no acepta ordenar mujeres. ¿Por qué? En esta encíclica usted enseña que la eucaristía es eldon más importante de Dios a la Iglesia. ¿Qué es entonces más importante: la eucaristía dominical, asegurada por buenos presbíteros, aunque estén casados, o mantener como ley obligatoria la costumbre latina del celibato obligatorio?

 

4 – Cena de inclusión y de amor

La encíclica une la eucaristía a la persona de Jesús para afirmar su “sacrificio”, pero hace pocas referencias a su vida concreta. No recuerda cómo él comió con pecadores y con gente de mala vida. Todos los autores que meditan sobre la Eucaristía insisten en que no se comprende su naturaleza si no se toman en serio las comidas que Jesús compartió con su comunidad de discípulos/as y amigos/as, a lo largo de su vida pública. En las comidas, Jesús se revela y revela un rostro de Dios. “Ahí está la revelación directa de Jesús en su más simple verdad...” (Jacques Guillet[1]).

En los años 80, la Conferencia de los obispos de Alemania publicó un “Catecismo para adultos” en el cual enseña: “Las comidas que Jesús comparte con los discípulos durante toda su vida anuncian y anticipan el banquete delfin de los tiempos, el festín nupcial celeste, ya prometido por los profetas. Al mismo tiempo, significan que las personas que se consideraban perdidas se ven acogidas en la comunidad de salvación. (...) Las comidas de Jesús eran entonces señales de salvación escatológica que él inauguraba, señales de la nueva comunión con Dios y de una nueva fraternidad entre los seres humanos”[2] .

En estas comidas cotidianas Jesús anunció una nueva fraternidad entre los seres humanos y significó el Reino abriendo la participación en su mesa a todos: pobres, pecadores y gente marginalizada. Si, como dicen los obispos alemanes y tantos teólogos, estas comidas anticipan el banquete escatológico, o sea, son modelos para la eucaristía, entonces, ¿qué sentido tiene que la disciplina eclesiástica convierta la eucaristía en una mesa cerrada y excluyente?

En los siglos antiguos, en aquellas Iglesias locales, verdaderamente comunitarias y plenamente Iglesias, con un régimen organizado de catecumenado y penitencia, aquellas normas respecto a las exigencias para que los fieles pudiesen acercarse a la eucaristía tenían sentido. Eran justas. Su espíritu no era excluir a nadie, sino preparar a las personas por la penitencia cuaresmal para una participación verdadera y profunda. Hoy, decir que una persona divorciada no puede comulgar simplemente la excluye de la Cena del Señor, en muchos casos para siempre. A menos que se pretenda cometer la injusticia de obligarla a despedir al nuevo cónyuge, a veces incluso con hijos e hijas. 

En su encíclica, usted recuerda que sólo puede acercarse a la Eucaristía quien esté “libre” de pecado grave. Pero, ¿qué se considera pecado grave? Sé que estoy entrando en un asunto delicado y lo hago con todo respeto hacia usted, pero, por ejemplo, en sus viajes por el mundo, frecuentemente usted ha dado la comunión a presidentes de República casados en segundas o terceras nupcias, como era el caso de Collor en Brasil y Menem en Argentina. ¿Por qué un presidente de República puede y un cristiano común no puede? Comprendo que eso deriva del hecho de que usted es jefe de Estado. Pero, no deja de ser extraño ver por la televisión que, en plena dictadura chilena, usted aceptó celebrar la eucaristía en el palacio presidencial y dio la comunión al General Pinochet que, a pesar de la sangre que derramó de sus oponentes, es casado por la Iglesia. Que Dios haga que la Iglesia sea semejante a Jesús, que comió con gente de mala vida y dijo: “he venido para los pecadores y no para los justos”.

Usted repite la declaración Dominus Jesus. Reconoce como “Iglesias” a las ortodoxas y a las evangélicas las llama “comunidades eclesiales”. Y prohíbe a los católicos comulgar en celebraciones eucarísticas de estas Iglesias “para no dar el aval a ambigüedades sobre algunas verdades de fe” (n. 44).

¿Es ésta la eclesiología del Concilio Vaticano II? ¿;Cómo continuar el camino ecuménico después de eso? ¿Qué significan entonces tantos acuerdos ecuménicos celebrados entre las Iglesias? ¿Qué es más importante: la claridad intelectual o la caridad? ¿Será que “la claridad sobre algunas verdades de la fe” es más importante que la acogida mutua y la unidad real, vivida por cristianos que piensan diferente pero que celebran con respeto y cariño el memorial del Señor?

Como argumento contrario a la intercomunión usted dice que la eucaristía sólo tiene sentido cuando expresa la unidad ya vivida. En el campo del ecumenismo, usted insiste en la exigencia de unidad ya realizada, pero no exige lo mismo cuando se trata de la justicia y del compromiso social.

Aparte de eso, si como enseña el Vaticano II, cada Iglesia local no es sólo una porción de la Iglesia sino una Iglesia en sentido pleno, este argumento de una unidad ya realizada ¿no podría ser tenido en cuenta en este plano de las Iglesias locales? Si un determinado grupo, como, por ejemplo, la comunidad de Taizé, la de Grandchamps y tantos grupos teológicos que trabajan hace décadas y tienen una fe absolutamente en común en la eucaristía, ¿por qué prohibirles comulgar juntos?

Formado en la teologia y espiritualidad del Concilio Vaticano II, le reconozco a usted como obispo de Roma y primado de la unidad entre las Iglesias.

Le dejo estas preguntas. Reiteroque obedeceré lo que usted decida. Quedo orando por nuestra Iglesia, para que sea, como afirmaron los obispos de América Latina, “una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y animosamente comprometida en la liberación de todo ser humano y de toda la humanidad” (Medellín 5, 15 a).


 

 

[1] J. GUILLET, Jésus dans la foi des premiers disciples, Desclée de Brouwer, 1995, p.

[2]CONFÉRENCE ÉPISCOPALE ALLEMANDE,  La Foi de l’É;glise, Cathéchisme pour les Adultes, Paris, Ed. du Cerf, 1987, p. 334.

 

Marcelo BARROS osb

 


 



 
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