Servicios Koinonía    Koinonia    Vd esta aquí: Koinonía> RELat > 264
 

 

LA BASE EN LAS COMUNIDADES ECLESIALES DE BASE

Pedro TRIGO


PARTE PRIMERA: HORIZONTE DEL PROBLEMA

1. LAS CEBs PASARON CON SU ÉPOCA

En el horizonte de la mayoría de las instituciones eclesiásticas latinoamericanas, no están las CEBs. En bastantes nunca lo estuvieron, en otras se han esfumado. Si lo tuvieran que verbalizar, cosa que ni siquiera suele hacerse, dirían que ellas pertenecían a la época que pasó y pasaron con ella. La época que pasó está simbolizada en Medellín y Puebla, y lo que se piensa que ya pasó es la pretensión transformadora, que tiene como cifra el Reino de Dios, como armónicos fundamentales la justicia y la misericordia, y como sujeto privilegiado a los pobres y sus organizaciones. Una frase de Medellín puede sintetizar el talante de este proyecto: "Alentar y favorecer todos los esfuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organizaciones de base, por la reivindicación y consolidación de sus derechos y por la búsqueda de una verdadera justicia" (2,27). El horizonte global sería la justicia, el sujeto el pueblo y el objetivo sus organizaciones de base.

1.1 Ni pretensión de justicia ni base

Hoy para muchos la justicia se restringe a cumplir los contratos, sean los contratos que cada uno ha firmado como persona particular, sean aquellos que lo conciernen como miembro de cualquier organización o simplemente como miembro de la sociedad política en los diversos niveles. Para estas personas la justicia así entendida se confunde con la legalidad. Los contratos serían ante todo los contratos comerciales, pero también lo que se llama convencionalmente el contrato social: esa red de compromisos que se centran en el Estado (desde lo local a lo nacional) y que dan derecho a una red de contraprestaciones, que se consideran poco menos que imprescindibles para la vida. Estos compromisos entre los particulares y el Estado en las sociedades desarrolladas se van asimilando progresivamente al contrato comercial, por lo que en no pocas esferas se desvinculan de lo público para contratarlos directamente con empresas privadas; así sucede con la salud y la educación y hasta con la seguridad de la vivienda y el trabajo.

No hay más clases de justicia porque se piensa que no existen más vínculos obligantes que los que cada quien libremente contrae. Los llamados derechos humanos son vividos de un modo meramente negativo: no interferir, obrar como si los demás no existieran; o a lo más, ajustarse a las normas para que podamos usar simultáneamente espacios públicos con la menor molestia posible para todos. Pero los derechos humanos no engendran ninguna obligación positiva respecto de los demás y del conjunto; de los demás porque no existen más vínculos que los que uno quiera contraer; y respecto del conjunto, porque el conjunto es una abstracción. En efecto, en esta mentalidad el pueblo no es una categoría analítica, es una expresión retórica o una pretensión ideológica. El pueblo no es ningún sujeto. Por eso el pueblo no se esfuerza, ni crea, ni desarrolla organizaciones (como pretende el texto de Medellín citado). Los sujetos son mucho más precisos: los ciudadanos que cotizan a los diversos niveles (no sólo para la administración pública, desde el municipio hasta el Estado, sino también en organizaciones gremiales, económicas o sociales), las instituciones, desde las macroinstituciones económicas o burocráticas a pequeños grupos; desde las instituciones más permanentes que estructuran a una sociedad o a una época a otras más transitorias.

Además en esta época de la globalización, ¿tienen viabilidad las organizaciones de base? ¿Tienen siquiera sentido? Hoy las organizaciones realmente eficaces son las de los ricos. Nunca han estado los ricos tan unidos. En las alturas no funciona la mano invisible del mercado, sino las manos bien visibles de los socios que siempre acaban poniéndose de acuerdo a nivel político. Además de las muchas reuniones eventuales, todos los años se encuentran a diversos niveles para ponerse de acuerdo en los problemas más graves y urgentes y tomar posiciones de conjunto. Forcejean duramente, pero al final llegan a acuerdos. También poco a poco se van organizando redes de asociaciones de derechos humanos, de ecólogos y más en general de quienes quieren instaurar una cultura de la vida, y en estas redes también van poniendo en práctica la cultura de la democracia.

Pero el pueblo (no en el sentido generalizador que tiene, por ejemplo, en inglés, sino en el sentido preciso de los de abajo), desde la lógica dominante, está abajo precisamente porque no son capaces de organizarse, porque eso no entra siquiera en su horizonte. Desde esta lógica algunos del pueblo son capaces de salir de él y hay que estimularlos a que lo hagan, pero la masa, al carecer de cualificación hasta el punto de no ser capaces de adquirirla, tiene la suerte que merece. Si no es productiva, es justo que carezca de elementos para vivir. No aporta a la sociedad, luego tampoco recibe de ella.

Dentro de esta lógica no hay por qué invertir sino lo mínimo en el pueblo porque la inversión no es productiva, es a fondo perdido. Y como los recursos son escasos, es mejor emplearlos donde se multipliquen.

Hoy sólo se mira para abajo cuando la pobreza afea la ciudad y pone en peligro la seguridad ciudadana. Son las nuevas pobrezas: drogadictos que necesitan conseguir dinero compulsivamente, niños de la calle, gente que vive en la calle sin vínculos con el medio, que ni siquiera son mendigos... Claro está que en este caso la preocupación no es por estas personas; el objetivo es sanear el medio, profilaxis social.

Pero los de abajo, lo que podríamos llamar en sentido restringido el tercer mundo, los que están entre las necesidades básicas y las necesidades mínimas, ésos en la dirección dominante de esta figura histórica están absolutamente desatendidos, se les explota en la maquila o en contratos basura, también en lo que eufemísticamente se llama flexibilización del contrato de trabajo, se les niega todo derecho. Hoy se les llama los excluidos.

Creo que no es injusto decir que una parte considerable de nuestra Iglesia tampoco cree en las organizaciones de base. La mayoría nunca creyó y las miró con prevención y sospecha. Pero hoy simplemente han salido de su horizonte. En el fondo se piensa de los de abajo lo mismo que piensan los ideólogos de la dirección dominante de esta figura histórica. La única diferencia (bastante significativa) es que creen que no se les debe abandonar, sino que hay que intentar promoverlos y encuadrarlos en grupos y movimientos. Es claro que una Iglesia que abandona a los pobres no es ya una Iglesia cristiana. Sin embargo, ellos tampoco creen en la base. Los de abajo son los destinatarios de su acción, no quienes la diseñan, gerencian y controlan. Para ellos es evidente que los pobres no tienen capacidad para nada de eso.

Desde el comienzo de la evangelización americana la distinción aristotélica entre los bárbaros y los que tenían civilidad dictó políticas tutelares respecto de indígenas y luego negros y castas, que a la larga fueron más nocivas que la explotación de la encomienda y los trabajos obligatorios. Esta manera de valorar al pueblo no ha cambiado sustancialmente.

1.2 La época del Concilio, Medellín y Puebla

En este sentido sí hay que decir que la mayoría de la Iglesia Latinoamericana ha dado la espalda a Medellín y Puebla. Estas asambleas constituyeron la recepción auténtica del Concilio Vaticano II. Un santo y seña del Concilio fue la encarnación solidaria preferencialmente en el mundo de los pobres y dolientes, es decir, la encarnación kenótica. El proyecto de restauración de la cristiandad proclamó que había que salvarse del mundo porque el mundo moderno se había levantado contra Dios. Volteando esa dirección, el Concilio proclama la salvación del mundo desde el mundo, desde el echar la suerte con él. Pero no desde cualquier lugar: "Como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia está llamada a seguir ese mismo camino (...) más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador pobre y paciente" (LG 9). Eso fue lo que explanaron Medellín y Puebla desde las circunstancias concretas de nuestra zona.

Pero la seriedad con que asumieron la encarnación con miras a salvar desde dentro al mundo o, por mejor decir, a salvarse con el mundo, les llevó a enfatizar dos direcciones: la primera, consistió en establecer que la lógica del "imperialismo internacional del dinero" tenía que estar sometida a la lógica del desarrollo humano, entendiendo que no cabe desarrollo humano, individual o de grupo, si se hace prescindiendo de la humanidad como todo. Como actualmente esa lógica del capital actúa casi sin cortapisas, es imprescindible un cambio de mentalidad, una reconversión axiológica que se traduzca en una estructuración política y social en la que el objetivo primordial sea el desarrollo humano, y la revolución de los medios de producción y sobre todo de las fuerzas productivas (la inteligencia científica como principal capital) se ponga a su servicio. Esta propuesta está sustentada en que la historia, forma actual de la evolución creadora, es en el designio divino colaboración con él y por tanto debe ser cada vez más biófila, y en que el desarrollo humano tiene como medida definitiva a Jesús de Nazaret. Así pues, Dios quiere que pongamos nuestra vida en el empeño de humanizar la historia y de humanizarnos a nosotros mismos, que son dos aspectos indisolublemente unidos.

La segunda dirección entiende que la encarnación en un continente como América Latina, signado por la pobreza injusta, significa entrar en el mundo de los pobres, y desde esa alianza en su propia casa se alcanza la perspectiva adecuada para ver la realidad y para evangelizar también a los que no son de los de abajo.

Hay que decir que esta alianza se realizó. Nunca fueron mayoría los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y profesionales cristianos comprometidos con el pueblo de esta manera. Pero los que lo hicieron mostraron tal creatividad y frescura evangélica que mucha gente percibió que surgía una Iglesia renovada.

Esto dio alegría y esperanza a mucha gente popular y también inquietó seriamente a muchos que usufructuaban esta situación injusta, inhumana. Y vino una época de lucha ideológica que desembocó en bastantes países en la represión, selectiva o masiva, y el terror. Por ejemplo, de Medellín se dijo apenas salieron los documentos, que eran "marxismo recalentado", cuando cualquiera que los lea desapasionadamente no puede menos de reconocer que su objetivo es el desarrollo humano, eso sí, potenciando al pueblo como sujeto. Por esta línea avanzó Puebla que insistió en la importancia de apoyarse en la dimensión cultural de nuestros pueblos para que se asuman más plenamente como sujetos sociales. Pero sobre todo Puebla enfatizó que el catolicismo popular como canal de su fe es la palanca más obvia y genuina para que el pueblo se ponga en pie y se movilice desde sus más íntimos resortes.

Esta Iglesia fue avanzando, como dice el Concilio citando a San Agustín "entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios" (LG 8). Pero quienes resistieron a Medellín y Puebla y en el fondo al Concilio, apoyados fuertemente por la curia romana, que no tuvo ojos para ver la genuinidad evangélica de lo que se venía gestando y que sólo se fijó en los costos del conflicto para la institución eclesiástica, fueron elaborando una alternativa basada en una concepción de lo religioso desligado de lo histórico y consiguientemente en una organización de obras asistenciales y de promoción, y de movimientos. Con esto desconocían la orientación conciliar de buscar y realizar el designio de Dios en los signos de los tiempos (GS 5,11; Lc 12,56).

2. LA CRUZ DE JESÚS Y LA IGLESIA DE LOS POBRES

2.1 Por qué mataron a Jesús

La teología sacrificial suele obviar el hecho de por qué matan a Jesús. Sólo se pregunta por qué muere. Es bueno recordar que Jesús no muere por una equivocación. Muere por su fidelidad en el cumplimiento de su misión en una situación de pecado. Por eso lo matan los representantes de la legalidad religiosa y el representante de la autoridad política. Y lo matan como el "costo social" indispensable para que se preserven las estructuras. Lo matan por el modo como hizo el bien y como luchó contra el mal. Lo matan porque empezó a proclamar la buena nueva en obras y en palabras a todos desde abajo, desde los que no cabían en el sistema. Lo mataron porque se encontró a los pobres sobrecargados y abatidos, como ovejas sin pastor y les dijo que para ellos era ante todo el Reino de Dios. Él movilizó a los debajo de tal modo que en la Pascua, los jefes cuando decidieron acabar con él, comprendieron que no podían hacerlo en ese tiempo porque la gente apiñada a su alrededor constituía un verdadero escudo humano.

2.2 Qué significa hoy seguirle cargando su cruz

Todo el Nuevo Testamento insiste en que la fidelidad a Jesús lleva a padecer como él y con él. El propio Jesús insiste en que quien piensa seguirlo no debe esperar éxitos humanos, sino que tiene que incluir en su horizonte vital la posibilidad de morir crucificado. Si no está dispuesto a ir hasta allá, mejor que no emprenda el camino (Mc 8,34-35), para que no se quede en la mitad y se rían de él y, sobre todo, para que su vida no sea estéril (Lc 14,27-34). Por eso la carta a los Hebreos nos exhorta a que salgamos al encuentro de Jesús fuera de la ciudad cargando con su oprobio (13,13), como gente que está crucificada al mundo y para quien el mundo es un crucificado (Gal 6,14).

Hoy en todo el mundo y particularmente en América Latina es más claro aún que en la época del Concilio y del inmediato postconcilio que la negativa a la encarnación kenótica en el seguimiento de Jesús (Fil 2,5-11) equivale a ser enemigo de la cruz de Cristo (Fil 3,18). Hoy la cruz no viene por motivos religiosos (el deslinde con la sinagoga en Pablo, Mateo y el corpus joánico) sino por lo mismo que le vino a Jesús: por ser Mesías pobre de los pobres, por proclamar el Reino en figura de pobre y con medios pobres y a partir del mundo de los pobres, y por proclamar que ellos y los despreciados como pecadores públicos no sólo no habían sido dejados por Dios por imposibles, sino que eran los destinatarios privilegiados del Reino. Y que los demás tenían que hacerse pobres de espíritu (pequeños a sus propios ojos y a los de Dios y por tanto ante los demás) y misericordiosos para tener un lugar en él. Aunque entre los responsables de la religión revelada había quienes simpatizaban con él, a la larga su figura, su Dios y su propuesta resultaron inasimilables para el establecimiento religioso.

2.3 Significatividad del problema de la base en las CEBs

Si el seguimiento de Jesús es el criterio que juzga la legitimidad de la Iglesia, hoy la posibilidad de desviación no proviene de politizar su figura presentándolo como un revolucionario que encarnó el mesianismo davídico. Hoy nadie lo presenta así. Hoy el problema real consiste en hacerlo todo en nombre de Jesús, como enviados suyos, pero negándose a asumir su figura e incluso silenciando su evangelio y sustituyéndolo por una doctrina y unas prescripciones más deshistorizadas y más sectorialmente religiosas, compatibles con una institución que no se encarna sino que se acomoda, que no cultiva la actitud de la solidaridad trascendente sino que se adapta a las condiciones dadas, desempeñando una función que le reporta una cuota de poder; que no se sitúa en la base social sino entre las clases rectoras de la sociedad con la seguridad y prestigio que esta posición lleva aparejada como privilegio.

Desde lo que llevamos dicho concluimos que el problema de la base en la Iglesia y más en particular el problema que estamos tratando de la base en las CEBs es un problema altamente sintomático. La negativa de los agentes pastorales de colocarse en la base explica el por qué la institución eclesiástica ha abandonado prácticamente este proyecto de las CEBs. Esta situación hace ver el pecado en nuestra iglesia y por tanto la necesidad perentoria de conversión, si queremos seguir siendo la Iglesia de Jesucristo.

3 EL PROBLEMA DE LA BASE TIENE QUE SER ENCARADO EN CADA SITUACIÓN

Comprendo que la lógica institucional siempre va a tender a que la Iglesia se sitúe arriba. Por eso, como es inevitable que la Iglesia revista la forma de una institución (aunque esa forma no sea sagrada porque no es escatológica sino meramente funcional), la Iglesia siempre debe reformarse a sí misma.

3.1 Desde la ambivalencia al reconocimiento del pecado y la conversión

Esto no tiene que causar ningún escándalo, sino que forma parte de la insuperable ambivalencia de todo lo histórico. Esto significa que el problema no puede arreglarse de una vez por todas, sino que siempre debe tenderse a la encarnación kenótica y que siempre va a darse un corrimiento hacia arriba, más o menos imperceptible o aparentemente justificado. Así pues, ni el catarismo que anatematiza y da por perdida a la Iglesia rica y aliada con los poderes de este mundo representa el genuino espíritu cristiano, ni obviamente la resignación a la mundanización y al consiguiente privilegio y la aceptación del pecado, pactando con él y no haciendo nada por convertirse.

Ahora bien, el primer paso es ver claro y no llamar bien al mal ni mal al bien. Una Iglesia que absolutiza su figura histórica concreta, como si por hipótesis proviniera de Jesús y de su Espíritu, es una Iglesia que peca contra el Espíritu y que al pensar que no tiene necesidad de médico, está en peligro gravísimo de morir en su pecado (Jn 9,39-41; Mc 3,29-30). Dios se las arreglará para despertarla de modo que no tenga que vomitarla de su boca (Ap 3,15-19).

3.2 La Iglesia del Concilio, Medellín y Puebla empalma con los fundadores

La Iglesia latinoamericana reunida en Puebla tuvo el coraje de admitir que había habido una época en que, secuestrada por el orden establecido, se había adormecido su ardor evangelizador. Supo ver que los fundadores de la Iglesia latinoamericana habían vivido la contradicción y por eso, porque no se resignaron, su existencia fue fecunda. En efecto, Antonio de Montesinos proclamó la incompatibilidad entre los repartimientos de indios y la existencia cristiana y murió mártir como defensor de indios. Fray Juan de Zumárraga como defensor de indios vivió cercado por la audiencia para que no pudiera informar al emperador de sus desmanes, pero logró romper el cerco y que cayeran y fueran juzgados los culpables; Vasco de Quiroga se pasó la vida en pleitos contra españoles que querían despojar a los indígenas de los pueblos-hospitales, de sus tierras y su libertad; Juan del Valle llegó a ir armado para defenderse de los encomenderos y vivió casi cercado por ellos por defender a los indios de sus desmanes; y por eso mismo Antonio de Valdivieso acabó siendo asesinado. Toribio de Mogrovejo dejó la capital virreinal y se la pasó por esos pueblos de indios abandonados de sus pastores, y murió en uno de ellos como buen pastor de las ovejas desasistidas por la cristiandad. Eso sin mencionar a Las Casas y compañeros suyos como Garcés, Alonso de Veracruz o Domingo de Santo Tomás.

Puebla vio con alegría que la Iglesia latinoamericana desde el Concilio y sobre todo desde Medellín estaba empalmando con sus fundadores. Por eso juzgó evangélicamente que las contradicciones que estaba sufriendo la Iglesia eran indicios fehacientes de su autenticidad evangélica.

3.3 Abandonar la base para salvar la vida

Ahora, nuevamente, el problema es que estamos volviendo a no ver claro. Es cierto que la Iglesia en América clama que es necesario que los ejemplos de entrega sin límites a la causa del evangelio, que han abundado gracias a Dios en estas décadas, sean no sólo preservados del olvido, sino más conocidos y difundidos entre los fieles del continente. Y por eso pide a las Iglesias locales que "hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio, recogiendo para ello la documentación necesaria" (n° 5). No hace falta aclarar que todos los que en décadas pasadas sufrieron el martirio, empezando por Romero, Angelelli y Girardi, siguiendo por tantos curas y religiosos y desembocando en el río inmenso de mártires populares, han pertenecido a esta Iglesia que, por ser fiel a Jesucristo, ha sido una Iglesia de base, una Iglesia de los pobres, como dijo Juan XXIII.

Sin embargo, existe el grave peligro de que canonizaciones (justísimas por otra parte) como las de Romero no sean otra cosa que lo que Jesús echó en cara a los dirigentes religiosos de su tiempo: que hicieron grandes sepulcros a los profetas, pero al honrar su memoria no hacían otra cosa que rematar la obra de quienes los asesinaron (Mt 23,29-32) ya que los honraban con los labios, pero su corazón estaba muy lejos de ellos (Mc 7,6) y al honrarlos se ocultaban a sí mismos su propia infidelidad.

Hoy una parte considerable de la institución eclesiástica está buscando el favor de las masas masivamente, a través de movimientos y concentraciones en las que está ausente la proclamación del evangelio y la consiguiente llamada a la conversión y a la responsabilidad histórica. Muchos de los agentes pastorales, que están en barrios no están insertos ni inculturados, sino gerenciando instituciones parroquiales, educativas o sociales de un modo asistencial, clientelar, y en el mejor de los casos, promocional, dentro de las pautas del orden establecido. Ni como propuesta y horizonte está hoy presente la encarnación solidaria en medios populares. Hay gente, es cierto, que está dispuesta a dar la vida por los pobres, pero desde su identificación con plataformas institucionales, no desde la pertenencia fraterna a su mundo.

Quisiera pensar que esto sucede llevados de la inercia de esta figura histórica a la que se pertenece. Pero, deseando con toda el alma equivocarme, creo que, después de lo vivido en las décadas anteriores, no se puede alegar esta inocencia. Creo que hay una opción por no encarnarse kenóticamente. El motivo de esta opción es la absolutización inconsciente de la seguridad económica y el prestigio social, en una época en que ambos están seriamente amenazados. El atenerse a la lógica institucionalista en el clero secular y la fase tremendamente centrípeta en las congregaciones religiosas, se explica como reacción instintiva ante la crisis que se percibe como amenaza vital. El olvido, que llega a la amnesia, de lo que se vivió hace tan poco tiempo, sólo se explica como una compulsión instintiva a borrar de la conciencia una posibilidad pastoral que hoy se percibe casi como suicida. Si el pueblo está excluido, es decir borrado del mapa, no queremos correr el riesgo de ser borrados con ellos, de ser sacrificados con los que han sido condenados a la exclusión.

Es verdad que la nueva figura histórica, cuya dirección dominante hasta hoy ha sido la ley de hierro del mercado, ha sorprendido a la Iglesia latinoamericana y de algún modo la ha arrastrado a su órbita. Es una infidelidad grave que así haya sucedido. Pero también Pedro fue sorprendido y negó a su Maestro. Es explicable, aunque no justificable, lo que nos ha sucedido, o por mejor decir, lo que hemos hecho, en lo que hemos venido a parar. Lo que sería gravísimo es que lo tapáramos, que no lo lloremos con Pedro amargamente, de tal modo que volvamos sobre nosotros y retomemos el camino, con las inevitables actualizaciones, porque la fidelidad (y sólo de eso se trata) sólo puede ser creativa. La fidelidad cristiana es en el Espíritu. Él, Espíritu de la verdad, es el que nos recuerda lo que es pertinente de Jesús para nuestra situación; es nuestra memoria viva. Pero nos lo recuerda como actualidad de Dios, como el que renueva la faz de la tierra. No lo recuerda como arqueología, como ley que esclaviza, de manera que el pasado impida que aflore el presente, sino como equivalencia en esta situación, de manera que se prosiga la historia.

PARTE SEGUNDA: TRATAMIENTO ESPECÍFICO DEL PROBLEMA

1 INDICIOS DE QUE LAS CEBs NO SON DE BASE

1.1 Muchas CEBs no son de base: priva el flujo comunicacional vertical

¿Qué significa hoy esta fidelidad creativa en el caso de las CEBs?

Ante todo, sincerar la situación. Es cierto que no han faltado comunidades cristianas realmente de base. Pero no pocas, a pesar de la proclamación entusiasta de los teóricos, nunca fueron de base. Estructuralmente siguieron la pauta de las organizaciones leninistas (muchas de las cuales no son marxistas, por ejemplo el partido Acción Democrática en Venezuela) en las que el comité central dictaba las políticas y los agentes las bajaban a la base. En el caso de las CEBs el comité central fue, con un nombre u otro, la coordinadora; los agentes intermedios han sido ante todo los agentes pastorales y secundariamente los animadores; el equivalente a los comités o células son las comunidades.

No pretendo decir que esto haya sido programado así. A veces sí; pero en la mayoría de los casos la intención y la ideología de quienes las diseñaron iban en otra dirección. Incluso a veces se expresó este peligro y se proyectó ir en dirección opuesta. Sin embargo, creo que a la larga lo que sucedió fue que el flujo comunicacional, digamos vertical, es decir del agente pastoral o de la coordinadora hacia la comunidad, llevó la voz cantante respecto del flujo horizontal de la comunidad. De tal manera se impuso esa dirección que a la larga determinó el talante de las comunidades y su modo de proceder. Insisto en que no fue ninguna imposición autoritaria y en muchos casos ni siquiera fue consciente. Fue, más bien, el resultado, no querido y no elevado a concepto, de una acción sostenida, muchas veces cualitativa, y sobre todo dotada de autoridad; es decir, fue el fruto inadvertido de la hegemonía real del agente pastoral o, en el caso de redes organizadas de CEBs, de los dirigentes.

Contribuyó a enmascarar lo que venía sucediendo el que no pocas veces se contó con la presencia de animadores surgidos de la base, pertenecientes, pues, a la comunidad vecinal donde se ubica la CEB, de gran prestigio, no sólo ante los demás miembros de la comunidad sino incluso ante el propio agente pastoral. Pero no pocos de estos animadores imperceptiblemente fueron asumiendo muchos elementos y la perspectiva de los agentes pastorales y aun de los dirigentes, de manera que lo que parecía surgir de la base surgía en realidad de personas que en este punto representaban más bien a los agentes pastorales comprometidos con la base.

1.2 Contenidos del flujo comunicacional vertical

Tratemos de visualizar en qué consiste este flujo comunicacional que hemos llamado vertical. Lo más objetivado son los materiales para las reuniones ordinarias y los talleres de información y de formación, además de la participación en actos puntuales o en campañas a nivel local o nacional. Ordinariamente los materiales o vienen de la coordinadora a nivel nacional o regional o los redacta el agente pastoral o un grupo, por ejemplo de animadores, en el que el o los agentes pastorales tienen el liderazgo. Lo mismo podemos decir de la participación en eventos o campañas: a veces en su preparación participan animadores, pero la orientación de los expertos o de los agentes pastorales suele ser determinante. Esto, además de lo dicho sobre la transformación de los animadores en la línea de los agentes pastorales.

Lo más denso de este flujo comunicacional vertical se daría, sin embargo, en la cotidianidad. El agente pastoral está presente y opina, sugiere, propone, orienta; también se informa y pregunta y es capaz de elaborar las respuestas de los miembros de la comunidad y de los animadores contextualizándolas y relacionándolas y extrayendo de ellas apreciaciones y recomendaciones; además posee relaciones más amplias que las de la comunidad y por eso aporta más datos con los que apoya o contrasta apreciaciones del grupo; por otra parte al estar entregado al grupo como pastor fraterno se relaciona con cada uno a un nivel personalizado, lo cual es fuente de autoridad moral; por sus estudios, por su consagración a Dios y por su dedicación a ellos tiene un gran peso cualitativo que a la larga será tanto mayor cuanto sea más gratuito, cuanto menos lo haga valer. El resultado de esta diferencia del agente pastoral respecto de la comunidad será normalmente que ella se verá inclinada a dejarse guiar por él y así votará sus propuestas y tenderá a internalizar sus orientaciones y a seguirlo.

Esta conducción cotidiana, combinada con el suministro de materiales y la programación de cursos, eventos y campañas da como resultado que el flujo comunicacional horizontal, es decir entre los miembros de la CEB, y ascendente, es decir, de la comunidad al agente pastoral y a la coordinadora, sea notablemente menos denso y determinante que el flujo descendente que va del agente pastoral, la coordinadora y los expertos hacia la base. Cuando éste es el funcionamiento de la comunidad ¿se puede llamar responsablemente de base? Este apelativo ¿no acaba reducido a una declaración de principios inoperante o a una intencionalidad que no acaba de concretarse o, peor aún, a una ideología que enmascara la situación real de la comunidad?

La ventaja de que esto suceda así es que la comunidad avanza en bastantes aspectos concretos y se siente satisfecha de su avance. El inconveniente es que ya no es comunidad sino un grupo del agente pastoral; y al no ser comunidad tampoco es eclesial sino tal vez eclesiástica, es decir clericalizada.

1.3 Una relación ilustrada

Este tipo de relacionalidad se puede caracterizar como relación ilustrada, heredera de la relación del civilizado altruista con el bárbaro. Para los griegos, tal como lo teorizó tardíamente Aristóteles, el ser humano se define como animal racional y como animal político. Esta equivalencia se explica en el sentido de que esa racionalidad, que está en potencia en todos los que verdaderamente son seres humanos, sólo se actualiza plenamente en la polis, es decir en el ejercicio pleno de los derechos y deberes ciudadanos. Aristóteles insiste en que hay una porción considerable de seres humanos que por naturaleza no son aptos para tomar su vida en sus manos de un modo responsable, es decir conforme a derecho. Estas personas serían los siervos por naturaleza: sólo podrán vivir humanamente tutelados por quienes son realmente humanos. Pero hay otros que, teniendo capacidad para llegar a una civilidad plena, no la ejercitan porque en su medio no se da esa existencia adulta y así no han sido educados en ella. Éstos son los bárbaros, que, estando bajo la guía temporal de ductores civilizados, pueden llegar a una existencia personal y social plenamente humana.

Este esquema, característico del occidente, se radicaliza en la Ilustración. El ilustrado no es meramente un ciudadano sino un individuo que se atreve a pensar y que es capaz de hacerlo con solvencia y racionalidad. Este pensamiento es ante todo crítico: un juicio de todo lo que se viene haciendo (en política, en costumbres y en religión) para desechar todo lo que no pase la prueba del tribunal de la razón; pero también es constructivo: tanto de una vida económica y social más dinámica como de un Estado que encarne esta racionalidad.

Hay que tener en cuenta que el socialismo y el marxismo se entienden expresamente como segunda Ilustración, como un paso más en ese uso crítico y recreador de la razón. Por tanto las relaciones con los oprimidos siguen también la pauta ilustrada. En primer lugar, el partido era portador de la conciencia revolucionaria, conciencia a la que las masas nunca podrían acceder por sí mismas. En segundo lugar la contradicción se daría entre los poseedores del capital y los obreros de las industrias de punta, considerados como un colectivo que ya poseía el secreto de la máquina. Los obreros no especializados y más aún los que están fuera del ciclo moderno de producción eran considerados como lumpen, no apto para ser sujetos de la revolución, algo así casi como los siervos por naturaleza de Aristóteles. Su redención sería una labor muy ardua y de generaciones.

Un ilustrado irresponsable es el que se aprovecha de su ventaja para mantener una situación de privilegio. Eso hicieron en parte los ilustrados aristócratas del siglo XVIII y muchos liberales del XIX. Pero el ilustrado integral es el que convierte su condición en un apostolado con los no ilustrados para que todos puedan arribar a ese estado de progresividad. Es claro que estas personas altruistas entablan un tipo de relaciones unidireccionales y verticales con los no ilustrados porque son ellos quienes usan maduramente de su razón y quienes tienen que ilustrar a los no ilustrados.

Hay un tipo de Ilustración que entiende que el uso adulto de la razón lleva a una crítica radical del cristianismo, que queda relegado a la categoría de una representación, superada por la idea. Sin embargo para otros esta crítica equivale a una depuración, de manera que se autoentienden como ilustrados cristianos, aunque su idea de cristianismo colida radicalmente con los dogmas cardinales que profesan las Iglesias cristianas.

1.4 Miseria del etnocentrismo larvado

Ya en el siglo XX este uso de la razón crítico y constructivo, tanto analítico como hermenéutico, llegó a ser patrimonio común del occidente, y por lo que concierne a la Iglesia católica fue aceptado en principio en el concilio Vaticano II, claro está que desde la primacía de la fe razonable y de la razón simbólica. De este modo el cristiano ilustrado (o digamos sencillamente del Vaticano II) es un cristiano que participa en la creación y vivencia de los bienes civilizatorios y culturales del occidente, integrados en el conjunto de su cosmovisión y de su praxis que los abarcan y desbordan.

Pues bien, lo que sostengo es que una parte considerable de los agentes pastorales que en América Latina fueron al pueblo desde los años 60 para promoverlo, concientizarlo y desarrollarlo participaban y participan aún de este modo de verse a sí mismos y al pueblo. Y creo que esta percepción está tan arraigada y naturalizada que pudo resistir sin variar un ápice las ideologías populistas en boga desde mediados de los 60 a mediados de los 80, que glorificaron los poderes creadores del pueblo y afirmaron poco menos que su infalibilidad en sus tomas de posición en las situaciones históricas.

Por eso la mayoría de los gestores de las CEBs, sea cual fuera su conceptualización de lo popular, de hecho vienen manteniendo con la gente popular una relación ilustrada. Insisto en que un alto porcentaje de ellos profesan la opinión de que el pueblo es sujeto social, incluso alegan que han recibido mucho del pueblo y más en concreto de estos cristianos populares. Pero las opiniones son algo objetivado que es relativamente fácil de percibir y controlar mientras que el modo de relacionarse es algo estructural, más aun posicional, que puede mantenerse con relativa independencia respecto de contenidos de conciencia y especialmente respecto de conceptualizaciones. Cuando la relación ilustrada se da en personas con genuino espíritu cristiano suele suceder que esa relación queda enmascarada porque la humildad verdadera y la gratuidad crean un tono que es heterogéneo respecto de la relación ilustrada y la neutraliza hasta cierto punto, pero sin anularla sino por el contrario propiciando que se dé, digamos que en estado químicamente puro, sin adherencias que la endurecen, y así el resultado es que sea aceptada sin resistencia.

Además hay que reconocer que esa relación, en sus propios términos hace justicia a la realidad. Es decir que lo que propone, en el mejor de los casos, es verdadero ya que, como dijimos, los bienes civilizatorios y culturales (cultura de la democracia, de los derechos humanos y de la vida) del occidente desarrollado son bienes apetecibles en sí y tan sustantivos que sin ellos, a estas alturas de la historia, tal vez no sería posible la vida humana. En cuanto ello es así y el agente pastoral los posee y los miembros de la comunidad no, es normal que la relación sea del agente pastoral hacia ellos. Es bueno que esa transmisión se dé. La gente la ansía. El pueblo reconoce sus carencias; por eso no hace falta enmascarar esa transmisión con una falsa mayéutica (haciendo creer que sale de ellos lo que en realidad sale del agente) sino realizarla con honradez y eficacia.

El problema gravísimo es que el agente pastoral no reconozca que también la gente popular tiene bienes culturales que él no posee y que necesita. Porque si no es posible la vida humana sin la universalización de los bienes civilizatorios y culturales del occidente, tampoco es posible la vida humana sólo con ellos. Más aun, el occidente no podrá superar sus demonios (tan grandes como sus bienes) y no se dejará conducir por sus bienes culturales sin el apoyo de otros pueblos en su condición de seres culturales y espirituales. Esto es lo que difícilmente cree un agente pastoral que actúa en medios populares.

Pero a nivel cristiano hay otro elemento más decisivo aún. En el seno del pueblo hay gente de fe tan adulta que el agente pastoral perdería mucho si no lo reconoce y no es llevado por esa fe, como él los lleva en la suya. El agente pastoral a este nivel tiene que aportar sobre todo la Tradición, muchos de cuyos elementos no posee el pueblo cristiano. Pero el agente pastoral tiene que recibir ese baño de realidad que sólo es posible en el medio popular; tiene que ser vivificado por esa fe agónica que sólo viven aquellos a quienes les son negados los elementos para vivir; y tiene que recibir esos dones que sólo son capaces de dar quienes no tienen. Es una gracia inconmensurable que el agente pastoral llegue a percibir la grandeza de todo esto, que supera con creces todos sus conocimientos y su generosidad y capacidad de trabajo.

Por eso, si dijimos que no se hace justicia a la realidad si el agente pastoral no da lo que el pueblo no tiene, menos se hace justicia si no recibe lo que él no posee y sí lo ha llegado a alcanzar gente popular, no solamente como bienes culturales sino como obediencia más o menos habitual al Espíritu. Aunque esa obediencia, que puede ser caracterizada como empeño agónico por la vida, sea la fuente trascendente de lo que hay en el barrio de cultura o en el mundo rural de dinamismo cultural.

1.5 Si la CEB no es de base, no es comunidad ni eclesial

Si el agente pastoral no da el paso de reconocer que él no es el paradigma, que existen otros mundos culturales y otros seres humanos heterogéneos a él y otros cristianos que viven la fe en otra estructura religiosa, lo que ocurre es que la gente popular que reconoce al agente pastoral asume sus bienes culturales y civilizatorios, en tanto el agente pastoral se gasta porque sólo da, pero no recibe ni se enriquece. En este esquema de relación, si el agente pastoral no llega a hegemonizar al grupo, el grupo conserva una relativa exterioridad y se mantiene como comunidad asimilando además lo que aporta el agente pastoral. Pero, como dijimos, lo normal es que el agente pastoral hegemonice al grupo y en este caso éste ya deja de ser comunidad y pasa a ser un grupo del agente pastoral, con lo que las personas ganan por un lado, se modernizan; pero pierden por otro ya que ladean muchos aspectos que fueron hasta entonces para ellos cauce de humanización.

Así pues cuando la relación que priva es la relación ilustrada, están todos en el grupo no mirándose mutuamente sino vueltos como discípulos al agente pastoral, que no va codo a codo con ellos sino que está frente a ellos como el maestro, como el paradigma que todos desean investir. Ese grupo ya no es una comunidad.

Pero no sólo no es comunidad sino tampoco eclesial. En los documentos eclesiales latinoamericanos se caracteriza a la CEB como el ámbito mínimo de eclesialidad y en ese sentido como la base de la Iglesia. Pero sólo se realiza la eclesialidad, es decir sólo se genera Iglesia, cuando un grupo de personas se van haciendo cristianas juntas. Jesús está entre ellos, es decir, en las relaciones mutuas que entablan: en su amor fraterno, en su llevarse unos en la fe de otros, en su mutua edificación, cuando todos se ayudan entre sí a vivir cristianamente. Pero si la relación que priva en el grupo es la relación ilustrada, es el agente pastoral el que se hace cargo de los demás y los lleva, pero ellos no llevan al agente pastoral ni se llevan entre sí. Así pues, si el tipo de relación que priva no es la reciprocidad, ese grupo deja de ser célula, base mínima, de la Iglesia.

Lo que sucede en cambio es que el grupo se clericaliza adoptando la religión del agente pastoral y abandonando el catolicismo popular que los había nutrido hasta entonces. Ello es presentado y asumido como una ganancia; pero en realidad es una pérdida, ya que al abandonar el humus en que crecieron, viven un cristianismo trasplantado, en el fondo mimético, no creativo.

Por tanto al dejar de ser base, deja también de ser comunidad y eclesial.

Este tipo de CEB mantiene el dinamismo lo que dura el proceso de asimilación de lo del agente pastoral. Pero el resultado es el distanciamiento respecto de los vecinos, el despegue respecto del entorno. Al haberse modernizado podrán desempeñar funciones para con la comunidad humana a la que pertenecían y ser así valorados por ella; pero ya son heterogéneos respecto del medio del que hasta entonces habían formado parte. Es un proceso de desencarnación. Que es el proceso opuesto al que propone el Vaticano II y al que radicalizaron Medellín y Puebla. Lo que no deja de ser paradójico, ya que las CEBs se crearon para que la Iglesia renaciera entre los pobres de América Latina.

Se ha confundido el desarrollo humano, la promoción popular con el subir, entendido como salir del pueblo, como despegarse de él para constituirse en laicos promovidos, que aquí equivale a clericalizados y modernizados.

2 PROCESO HACIA LA BASE

Si el diagnóstico esbozado hasta aquí responde a la realidad de bastantes CEBs, lo que cumple es, después de haberse hecho cargo de la situación, cambiar de tipo de relaciones, de manera que la reciprocidad de dones sea lo que dé el tono. Esto significa que la relación del agente pastoral con la comunidad, relación que tiene como contenidos paradigmáticos los bienes civilizatorios y culturales del occidente desarrollado y la Tradición cristiana, se balancee con la relación mutua horizontal entre los miembros de la comunidad y la recepción por parte del agente pastoral de la riqueza humana, cultural y cristiana de la gente popular de la comunidad.

Vamos a tratar de desarrollar dos aspectos: el primero es cómo pasar del esquema ilustrado al que proponemos y el segundo los principales contenidos de las relaciones horizontales y ascendentes.

2.1. Dar lugar

Lo primero que es imprescindible es que el agente pastoral dé lugar. Dar lugar es negativamente "encogerse" para no ocuparlo todo y positivamente es dar ese lugar que hasta ahora se había ocupado, a los que se van a hacer cargo de él. Retirarse significa que el agente pastoral tiene que aceptar que es mejor, o si quiere menos malo, que las cosas salgan peor según su apreciación o no salgan a que salgan de él porque él las ha propuesto y porque él está detrás de su ejecución. Si la gente tiene que ser agente y no sólo destinatario, el agente pastoral no tiene que ser el único agente ni el principal. No es que no tenga que proponer nada ni gerenciar nada. Tiene que proponer lo suyo, pero a pequeñas dosis y sobre todo cuando venga al caso, de manera que no cope todo el tiempo disponible y no habitúe a la gente a no pensar ni decidir ni llevar las cosas porque se espera que él sea el que proponga, discierna, explique y se responsabilice. Para pasar de un esquema a otro debe haber muchos silencios en los que el agente pastoral esté con toda naturalidad; debe también pasar de proponer a preguntar, a recoger las ideas, a aceptar las decisiones, a hacer el papel que le asignaron, a darle tiempo al tiempo.

No se da lugar a la gente, si no se respeta su ritmo. Esto es lo decisivo. La gente popular (la que se mueve entre las necesidades básicas y las mínimas y más la que a veces no llega a estas últimas) vive demasiado presionada por urgencias. No le resulta fácil programar su tiempo y menos atenerse siempre a lo programado. Más difícil le resulta todavía tener la cabeza lista para otras cuestiones cuando con frecuencia tiene una tan apremiante que las demás difícilmente pueden recibir la debida atención. También tiene que atender a muy diversos frentes y esto le hace sentirse desvalida y sin fuerzas. Además el modo como va aprehendiendo las cosas (comprendiéndolas, sopesándolas, captando su pertinencia y haciéndolas suyas) es lento. Necesita desmenuzarlas muy poco a poco, de manera que las vea muy en concreto como ante los ojos, como a la mano. Todo esto hace necesario que no se planteen en la comunidad muchas tareas a la vez y lo que se plantee se desarrolle lentamente, normalmente a través de varias sesiones.

Dar lugar positivamente es que el agente pastoral comparta y en otros casos entregue muchas funciones que en la práctica se reservaba él. Lo más importante es que la comunidad, como conjunto articulado en el que también está el agente pastoral, sea la que lleve realmente la CEB. Llevarla significa concebirla, gerenciarla, animarla, evaluarla. El sujeto de cada uno de estos tipos de acciones no puede ser el agente pastoral sino la comunidad, en la que participa como un miembro cualificado el agente pastoral. En esas cuatro dimensiones el agente pastoral tendrá que aportar elementos que no posee la gente popular, pero también ella tiene su modo de entenderlas. Así pues, el resultado debe ser una composición de ambos tipos de aportes, pero insistiendo que no es el agente pastoral el que debe hacerla sino entre todos, de modo que no dé el tono lo del agente pastoral sino que se dé una verdadera combinación, es decir una novedad.

De esas cuatro dimensiones la primera es la que requiere de una reflexión más pormenorizada ya que la CEB es una creación contemporánea, aunque se enraíce en las primeras comunidades cristianas. Ella es uno de los modos como hoy conviven los cristianos en fidelidad creativa a la manera como lo hicieron al principio, es decir de un modo equivalente, dada la diferencia de contexto histórico.

La gente popular de las altiplanicies y cordilleras desde México a parte de Argentina y Chile tiene viva la noción de comunidad, a veces incluso vive o ha vivido hasta hace poco en las mismas comunidades en las que los encontraron los españoles o en las que éstos reestructuraron para reducirlos a lo que ellos consideraban vida política dentro de las condiciones indígenas. Sin embargo no es lo mismo lo que significa comunidad en una CEB que ese sentido de comunidad ancestral. En otros ambientes, por ejemplo en Venezuela, el pueblo no tiene detrás a una comunidad ancestral, ya que su experiencia, por lo menos en los dos últimos siglos, es la de una existencia familiar bastante autónoma o dependiente del hacendado, pero no comunitaria. Se da la convivialidad, lazos libres y horizontales que duran hasta donde llegue la disposición de cada una de las partes o, lo que sucede bastantes veces, de una de ellas; así se concibe incluso el matrimonio, que no llega a ser por eso en muchos casos una verdadera comunidad.

Por eso, si en la CEB la manera de vivir la comunidad se deja a lo que hay en la cultura popular, en unos casos se tendrá un trasunto de las comunidades tradicionales, caracterizadas más por su capacidad de conservar y transmitir lo recibido que por su disposición a recrearse en una figura histórica muy heterogénea a la anterior y en una figura de Iglesia distinta a la postridentina que tenía por sujeto indiscutible a la clerecía. En otros casos no se pasará de una convivencia abierta que no desembocará en la constitución de un verdadero cuerpo social, de un nosotros, personalizado pero a la vez sustantivo.

Así pues es el agente pastoral el que debe hacer la propuesta de lo que es una CEB. Pero también hay que recalcar que él no tiene más que la propuesta. Como la CEB es una creación histórica contemporánea, sólo tiene una serie de intuiciones y en el mejor de los casos alguna experiencia personal y alguna referencia circunstanciada de otras CEBs exitosas. Esto significa que la propuesta del agente pastoral tiene que ser realmente abierta. A lo mejor él tiene claro lo que no debe ser una CEB, y este conocimiento negativo es muy útil y ahorra mucho tiempo. Pero cómo vaya a cuajar una comunidad en un ámbito determinado es cuestión de ensayo y error. Y aquí es donde el agente pastoral tiene por un lado que proponer con la mayor claridad posible, pero por el otro debe dar lugar para que sea la comunidad la que discierna el camino que se va transitando. Porque es ella la que experimenta si el proceso les ayuda a crecer en humanidad según el paradigma de Jesús.

El ensayo y error incluye las otras tres dimensiones: propuestas y gerencia, animación y evaluación. El sujeto de este proceso no puede ser otro que la comunidad, que incluye al agente pastoral, pero, como dijimos, de modo que su aporte no defina al conjunto.

Dar lugar es también reconocer lo que cada quien tiene de cualitativo. Si la comunidad reconoce autoridad al agente pastoral, el reconocimiento que él hace no es como el que hacen los demás: es un reconocimiento cualificado. En este campo es congruente con la tradición cristiana que el agente pastoral conserve autoridad. Lo que fue una desviación de Trento y más aun del postrento es que la comunidad se viera desposeída de autoridad, tanto de la autoridad para consentir lo que se debe creer como para discernir lo que es genuinamente cristiano y da fruto. El agente pastoral debe reconocer a la comunidad esta autoridad, así como la comunidad se la reconoce a él. Pero como esta autoridad de la comunidad no es una declaración de principios ni se da por arte de magia, el agente pastoral tiene que ayudar a que la comunidad se edifique, vaya adquiriendo esta densidad cristiana y la consiguiente capacidad de discernir. Este modo de dar lugar es de los servicios más cualificados que el agente pastoral debe prestar a la comunidad. Para esto él debe percatarse de la riqueza que es para él el que la comunidad tenga verdadera autoridad cristiana. A esto ayudará el que reconozca los carismas de cada uno y los estimule para que también la comunidad los reconozca y cultive. No hay nada más estimulante para un agente pastoral verdaderamente cristiano que pertenecer a una comunidad que se va haciendo cada vez más cualitativa. Es claro que en una comunidad así el flujo comunicacional horizontal será el que lleve la voz cantante. Será una verdadera comunidad de base.

2.2 Estar en la base para ser de base

Para que la comunidad sea de base es imprescindible que esté en la base. Que esté en la base es que esté en el mundo popular, en la casa del pueblo. Esto no es tan obvio. Hemos insistido cómo en los barrios hay instituciones de la ciudad que están concebidas como faros de civilización en un mundo sin cultura. Hemos reconocido que entre esas instituciones están normalmente las instituciones eclesiales: parroquias y colegios, que suelen ser complejos que comprenden obras asistenciales y de promoción. Si las CEBs se reúnen en esos ámbitos, no se reúnen en el seno del pueblo sino en una zona liberada, normalizada, un territorio que estructuralmente pertenece a la ciudad. El que entra ahí entra como promovido, como candidato a la modernización, en nomenclatura cristiana convencional, viene como laico que aspira a ser comprometido, que significa asimilado al agente pastoral, es decir clericalizado. En un ámbito que tiene tales connotaciones nunca llegará a ser de base una comunidad sino que por el contrario acabará como grupo del agente pastoral, moldeado por él.

Una CEB se debe reunir según esto en las casas de los participantes o en las casas de la comunidad o en capillitas cuando ambas han sido edificadas por la comunidad y están bajo su custodia. Ahí es el agente pastoral el que es huésped de la comunidad. La comunidad está en su casa. En este caso el agente pastoral no da lugar sino que por el contrario se traslada al lugar de la comunidad.

Este lugar no es sólo un lugar físico sino un lugar moldeado por el imaginario de la comunidad. Si este imaginario no ha sido secuestrado previamente por el agente pastoral, es el ámbito simbólico en el que se desarrolla la comunidad. Ahí ella pone su sentido estético y también representa su imaginario cristiano. Es importante que el agente pastoral lo reconozca para que la comunidad lo valore más y lo desarrolle, incluso con las transformaciones inherentes a todo genuino proceso. Pero es aún más importante que el agente pastoral pregunte y capte cómo la comunidad se siente expresada en ese ámbito y la estimule a que se exprese.

Que la CEB esté en la base no significa sólo que esté en un lugar construido y acondicionado por la propia gente de la comunidad. La casa del ser humano es el lenguaje. Por eso que la CEB esté en la casa del pueblo significa que su lenguaje sea el lenguaje popular: que si el agente pastoral no puede acomodarse a él o simplemente le parece que debe seguir usando el suyo para no mimetizarse sino patentizar la diferencia, él no sea en esto la pauta sino la diferencia, respetada por la comunidad pero no seguida por ella. Esto significa que el agente pastoral debe valorar el lenguaje popular, no de modo entusiasta, retórico sino reflexivamente, y que en todo caso no debe considerarse en este punto como el que sabe hablar. Si, aunque sea de modo inconsciente, el agente pastoral desprecia a los hablantes populares, la gente se sentirá agredida. Si, a pesar de eso, admira al agente pastoral, intentará por todos los medios hablar como él. En este caso habrá salido de su casa, ya no estará en la base, será discípula del agente pastoral.

La gente popular tiene sus propios géneros literarios: el hablar cauteloso, dejando caer la cosa y luego matizándola tanto que casi se desdice; el expresar una idea no por conceptos sino a base de ejemplos; el expresar las razones en forma de sentencias del acervo ambiental; el no exponer la idea desnuda sino envuelta en los sentimientos que le provoca; el no hablar en modo impersonal sino a partir de la experiencia, aunque ésta se expresa, como dijimos, con cautela; el discrepar no de frente sino expresando los lazos que le unen a la persona con la que se disiente e incluso lo que hay de acuerdo con su propuesta y exponiendo la suya como si fuera complementación y de modo no enfático, aunque sí resuelto; el expresar la valoración en términos estéticos... El agente pastoral necesita conocer estos estilos y hacerse cargo de ellos. A lo mejor complementa ese modo de expresión con el suyo, más conceptual; pero no debe hacerlo de modo que la gente sienta que lo suyo fueron preámbulos que se quedaron atrás con lo que él dijo. Él tiene que hacerse cargo de que su abstracción puede clarificar y ayudar a la operatividad, pero que implica una enorme pérdida de todo ese tejido verbal tan rico en matizaciones y tan denso de vida. Por tanto debe hacer ver que lo aprecia y que debe mantenerse. Aunque lo fundamental es que la gente vaya adquiriendo tanta conciencia de sí que cultive su lenguaje con gusto, incorporando, si le place, el aporte del agente pastoral.

2.3 La cuestión del control

En definitiva hay base si la comunidad participa sustantivamente del control de la CEB. Si el que tiene la palabra decisiva, el que de hecho va llevando el rumbo y marcando las pautas y dando la fisonomía y decidiendo en los dilemas y las encrucijadas es el agente pastoral, la CEB no será tal sino un grupo de él. Hay que tomar en cuenta que todo esto puede realizarse abiertamente, pensando que así son las cosas, que el agente pastoral nombrado directa o indirectamente por el obispo es (según su propio parecer y puede ser que también según el sentir de la comunidad) el que dirige, y dirigir es tener la última palabra. O puede acontecer de modo factual, como un resultado no programado, no querido o, como suele acontecer, no verbalizado, no pensado ni discernido, o más aun, algo de lo que se tiene la impresión de que no debe hablarse, de que debe dejarse a su curso sin someterlo a análisis. La gente puede tener la percepción de que al agente pastoral no le hará gracia que se plantee y menos aún como problema. Y es verdad que el agente pastoral normalmente se siente incómodo con el tema y no pocas veces lo descarta ideológicamente proclamando que la CEB, como su mismo nombre indica, es llevada por la comunidad.

Es imprescindible tocar el tema, tanto para pulsar el sentir de la comunidad como para clarificarlo ya que, como dijimos, la CEB es una creación eclesial contemporánea, aunque tenga numerosos antecedentes históricos. ¿Qué habría que decir, según mi parecer, como propuesta de diseño? Habría que especificar el papel del agente pastoral, sobre todo si es un cura. La misión del cura en la Iglesia es, subsumida de la del obispo, pastorear. Pero, insistiendo en que esto acontece no en una comunidad gregaria, cuyo único derecho es ser pastoreada y cuyo correspondiente deber es seguir al pastor. Jesús es el pastor eterno de la Iglesia y todos los demás somos condiscípulos y lo seguimos a él. No hay otro nombre a quien seguir. Pero, para seguir al único pastor, todos los condiscípulos nos edificamos, nos enseñamos, nos estimulamos, nos ayudamos en el camino. Todos somos, pues, simultáneamente pacientes y agentes pastorales. Cuando alguien pretenda ser únicamente agente pastoral ya no puede pastorear, porque desconoce su propia condición y deja de ser condiscípulo y de pertenecer como tal a la comunidad cristiana. La reciprocidad de dones es el estatuto de los cristianos en la Iglesia. Esto significa que el agente pastoral es antes que eso cristiano y que sólo desde el compartir con los demás puede desempeñar su oficio para ellos. Esto quiere decir que el agente pastoral debe participar en la comunidad y aportar su vivencia cristiana y ser llevado a su vez en la fe de la gente, en su esperanza terca y en su amor tan delicado. Si convive de este modo, podrá cumplir su papel

Comprende tres aspectos. El primero, el más objetivado, se refiere a la transmisión de la Tradición, transmisión que no puede hacerse descontextuadamente y que tiene su lugar más alto en la proclamación de la Palabra en la lectura orante comunitaria, y en la cena del Señor en la que actúa representado a la persona de Jesucristo. El segundo aspecto es el de acompañar en el proceso de iniciación en el misterio, en el proceso de maduración de la fe. Esta animación es una dedicación especial del agente pastoral, pero insistiendo que seguramente habrá miembros en la comunidad que tengan mucha más fe que él y vayan mucho más adelante en ese proceso. De todos modos, también a ellos puede animarlos, sobre todo ayudándoles a insertar su proceso en la Tradición. Así pues, este segundo oficio debe ser una dedicación muy cuidadosa del agente pastoral, pero insistiendo en que no está solo, gracias a Dios, en este empeño. El tercer cometido sí es muy característico de él y consiste en estimular la participación y encauzarla. También en este cometido se va a encontrar con otros; lo característico de su aporte es el reconocer los dones desde la Tradición, y ordenarlos de manera que el dinamismo de cada uno redunde en el del conjunto, y se siga la armonía, la complementación, la emulación, el enriquecimiento del conjunto y el crecimiento de cada uno.

Según esto sí hay que decir que hay un control específico del agente pastoral: un control, por así decirlo, de calidad: el que lo que se viva esté de acuerdo con lo que ha sido trasmitido a partir de Jesús y sea por eso una prosecución de su historia; y el que toda la comunidad esté viva y cada quien dé de sí los dones que Dios le ha dado de manera que todos los miembros se sientan reconocidos y no haya unos miembros que avasallen a otros o que lleven a todos hacia una particularidad que llegue a aparecer como el todo. Eso lo deberá aportar el agente pastoral no autoritativamente sino, lo primero como un servicio espiritual a la palabra de Dios, y lo segundo como animación y discernimiento espiritual.

Especificado lo que es del agente pastoral, queda que todo lo demás lo debe hacer la comunidad articuladamente. Y que este último servicio del agente pastoral va encaminado precisamente a que la comunidad se asuma de un modo vivo, se edifique, se lleve a sí misma. Así pues, esta función del agente pastoral se dirige a que la comunidad alcance mayoría de edad y sea cada vez más adulta y responsable.

3 CONTENIDOS DE LA COMUNICACIÓN DE BASE

3.1 Ni basismo ni sucursalismo: comunión

Dijimos que una comunidad es de base cuando el flujo comunicacional horizontal y el ascendente alcanzan tal densidad que dan el tono a la comunidad. De ningún modo pretendemos que deba ser el único. No es necesario insistir en este punto porque el basismo (la pretensión de que todo salga de la base) no es ningún peligro real en la actual dinámica societal y eclesial. Precisamente este escrito nace de la preponderancia indiscutible que ha alcanzado el flujo que va de las empresas transnacionales hacia todos los rincones de la tierra y más en general de las macroinstituciones hacia sus miembros. En el caso de la Iglesia católica este flujo ha cobrado tal densidad que amenaza seriamente la catolicidad porque ese flujo de directrices y tareas es tan abrumador que quita sustancia propia a las iglesias particulares (no sólo las diocesanas sino sobre todo las nacionales y regionales). Esta misma dirección es muy patente en la vida religiosa que vive una fase fuertemente centrípeta en la que priva la lógica institucional sobre la iniciativa carismática, y las instancias de gobierno promueven tal cantidad de reuniones, directrices e iniciativas que de hecho socavan la creatividad de la base y casi anulan su inserción en el país y en la Iglesia local. Lo paradójico del asunto es que no pocas de ellas tienen como contenido el carisma congregacional, y así la tematización absorbente conspira contra su ejercicio, entendido no como activismo sino como encarnación solidaria y kenótica en las diversas situaciones.

Tocamos este punto porque esta situación influye en los agentes pastorales que están en las CEBs, dificultando que se metan realmente en ellas.

Así pues, ya hemos asentado que las CEBs por ser eclesiales, están estructuralmente abiertas al flujo comunicacional de toda la Iglesia, tanto a las directrices de quien tiene el carisma de la comunión, que es el Papa, como a las de la Iglesia particular, local o nacional y regional a la que pertenecen las CEBs. El agente pastoral, sobre todo si es cura, tiene el oficio de hacer efectiva esta transmisión, que, como insistimos, no es sólo de lo que dice hoy la Iglesia sino también y más aún de la Tradición que viene de Jesús y sus primeros discípulos.

3.2 La CEB tiene que encargarse de lo que le afecta

Sin embargo la actualización de esta Tradición en comunión con la Iglesia corresponde a la comunidad eclesial concreta, cuyo núcleo mínimo, de base, es la CEB. Pero lo característico de la actualización cristiana es que no equivale a poner en práctica unas directrices. El cristianismo no es, como sí lo son el judaísmo desde el postexilio y el islamismo, una religión basada en un cuerpo legal tan objetivado que puede dar lugar a una existencia social e incluso política, organizada. De los evangelios no se puede extraer un código legal que programe taxativamente cada aspecto de la vida individual y colectiva. Por eso el fundamentalismo cristiano (que obviamente ha existido y que hoy rebrota con fuerza) nunca ha podido fundarse en el Nuevo Testamento. La actualización cristiana es creativa. Por eso personaliza, construye a los sujetos y a las comunidades.

Estar hoy en nuestra situación de modo equivalente a como Jesús de Nazaret estuvo en la suya y la Iglesia primitiva en las suyas, no es sólo cuestión de aplicar fórmulas dadas, no basta pues la voluntad y la docilidad; es también cuestión de echarle cabeza para encontrar, es decir inventar, esa equivalencia. Para eso se nos entregó el Espíritu, que a la vez es el de Jesús, el que nos remite a aquello de su vida que es pertinente para cada caso concreto, que es, pues, memoria viva; pero que es también la actualidad de Dios, el que renueva la faz de la tierra, el que abre a la novedad de Dios y al futuro del Hijo de hombre las situaciones que tienden a cerrarse sobre sí mismas. También en este aspecto del seguimiento de Jesús es verdad que la letra mata, reduce a las personas a meros ejecutores de un libreto ya escrito, impidiéndoles realizarse como seres históricos; mientras que el Espíritu vivifica, recrea y así personaliza.

En cuanto una situación afecta a la Iglesia universal es toda la Iglesia la que debe hacerse cargo y encargarse, cada instancia desde su propio nivel; si la situación afecta a una región, en nuestro caso América Latina, es la Iglesia latinoamericana la que debe tomarla entre manos; si la situación afecta a un país le corresponde a la Iglesia del país, y se le toca a una ciudad con su territorio de influencia, es la diócesis. En todos estos niveles también están comprendidas las CEBs, que deben vivir en su época, en su región, en su país y en su localidad. Pero hay situaciones que tocan al vecindario donde está la CEB. Naturalmente que esas situaciones particulares no están desconectadas del nivel macro que es la época, la región o el país, pero se concretizan en donde vive la CEB y afectan a sus miembros y a sus vecinos, y es la CEB la que debe comprenderlas, situarse ante ellas desde su ser cristiano y aportar lo que se pueda para vivirlas humanamente y para transformarlas superadoramente.

3.3 Cargar con el peso de la realidad

En el hacerse cargo de la situación hay que distinguir el nivel de la realidad y la elevación a concepto de la realidad. Mucha gente de las CEBs ha ido creciendo en sabiduría (entendida como don del Espíritu actuado habitualmente) de manera que en concreto discierne de modo certero y se va ubicando de manera que pueda sacar provecho de lo dinámico de la situación y que pueda minimizar o neutralizar sus aspectos deshumanizadores. Sin embargo le cuesta objetivar la situación, verbalizarla. En esta situación histórica el costo social carga sobre todo sobre los sectores populares y pobres. Eso significa que hay una carga de realidad, una gran densidad; pero densidad negativa, densidad amorfa y sin sentido. Por eso y no sólo por poco desarrollo cultural, le resulta difícil al pueblo verbalizar la situación y más aún elevarla a concepto.

El flujo horizontal de la CEB debe contener esta densidad de realidad. No debe abstraerla porque le resulte dolorosa; no debe confinarse en lo religioso abstraído de ella. Sin embargo, en el otro extremo (al que se propendió en los 70 y parte de los 80), tampoco es sano que esté todo el rato hurgando tematizadamente en ella. La densidad de realidad, tanto negativa como positiva, debe estar presente en todo momento porque lo que no se asume no es salvado; pero el modo normal como debe aflorar es como connotación en lo que se esté tratando o como alusión. Aunque, por supuesto, a veces hay que encararla directamente, tanto como situación global cuanto como aspectos concretos de ella.

Este peso de realidad, si no se lo procesa, es destructivo; pero procesado es tremendamente humanizador. Ése es el sentido de esa observación paulina de que donde abunda el pecado sobreabunda la gracia. En un barrio abunda el pecado: sobre todo está materializado el pecado del mundo (sobre él carga el mundo, es decir el orden establecido, gran parte del costo social) lo que también induce a que la gente del barrio no pueda resistir tanta privación, desprecio y tensiones, y se deshumanice, es decir peque. En estas condiciones vencer el pecado requiere poner en funcionamiento los más íntimos resortes de humanidad e incluso ir más allá de sí. Ésta es la labor de la gracia en quienes desde su debilidad y su desventaja objetiva responden a la moción del Espíritu. Así pues la CEB debe vivir a este nivel, doloroso, pero el lugar por excelencia de la verdad, que, desde la docilidad a la gracia, hace a la gente densa y libre.

Es claro que el agente pastoral puede ayudar a elevar a concepto esta densidad; pero tiene que ser muy perspicaz para no confundir la claridad de una ideología, que como es abstracta puede tener un grado de coherencia interna imbatible, con el elevar a concepto precisamente la realidad, lo que ordinariamente no da lugar para tratados redondos y contundentes sino para algunos conceptos y algunas relaciones y para muchas cuestiones más o menos formuladas o incluso a veces formuladas con rigor, pero no respondidas, abiertas. Si se impone la ideología se esfuma la densidad de la realidad; si ésta predomina, la conceptualización será modesta y progresiva y aceptará ser contrastada, tanto por la comunidad como por otros.

3.4 Compartir la fe

En medio de sus altibajos, los miembros de la comunidad pueden decir como la carta de Juan que la victoria que vence al mundo es nuestra fe. Vencer al mundo es poder cargar con su pecado sin internalizar su lógica de opresión, desprecio y exclusión, y sin quedar aplastados por él. Victoria es libertad en la condición de ser de necesidades. Por eso esta fe de cada miembro es lo que más necesita la comunidad que circule: se tienen que llevar todos en la fe de todos, la comunidad tiene que respirar un clima de fe, y el fortalecerse y el confirmarse en la fe en cada trance concreto es el mayor servicio que pueden prestarse. Ésta es la jerarquía que la comunidad reconoce y agradece: la de quienes tienen más fe y la transmiten más.

Porque la fe no es un rasgo cultural. Es la mayor gracia de Dios. No es tan obvio creer que Dios no desampara cuando la persona se ve tan desasistida: sin trabajo cualificado, o peor sin trabajo fijo, con enfermedades de pobres, con problemas familiares, sin una casa realmente habitable... En esta situación la fe es una victoria. Es la gracia del Espíritu la que hace saber que Dios está con nosotros cuando parece que naufragamos, que nos hundimos, que nos ahogamos. Tal vez sea aún más duro haber dado pasos consistentes en desarrollo humano que redundan en una cierta mejoría de las condiciones de vida, y de pronto sufrir contingencias que parece que echan todo a rodar.

Es cierto que hay gente popular que puede decir con toda verdad que vive de fe. Son los justos de que hablan Habacuc y Pablo (Hab 2,4; Rm 1,17; Hbr 10,38), esa gente honrada que no pudiendo vivir de su honradez, comprueban que sí se puede vivir de lo que sale de la boca de Dios, de su compañía, de su presencia, que da tal solidez y paz que capacita a la persona para que viva la situación con entero realismo y saque partido de sus posibilidades aunque parezcan mínimas.

De esas personas también hay, gracias a Dios, en las comunidades, y ayudan muchísimo: son como un baluarte. La mayoría, sin embargo, se van haciendo personas de fe en la comunidad a través de un proceso largo y muchas veces accidentado. Una CEB es de base cuando lo que circula en ella no son sobre todo consignas, conceptos y activismo sino fe que vivifica. El agente pastoral tiene la misión de fortalecer esa fe y para la comunidad es vital que la cumpla; pero la práctica muestra claramente que en esta circulación recíproca de fe, es el agente pastoral el que sale ganando.

Uno de los canales que más ayudan a madurar a la fe es la lectura orante del evangelio, si es lo que dice ser y no una larvada clase de Biblia. En esta actividad medular de la CEB se da una combinación del flujo comunicativo del agente pastoral hacia la CEB y del flujo horizontal de sus miembros. No es posible alargarnos ahora en este punto, pero sí hay que decir que el que la CEB sea de base depende en gran medida de que la lectura orante del evangelio conserve esta armonía de flujos comunicativos.

3.5 Vivir y expandir la fraternidad de los hijos de Dios

La fe, dice Pablo, se realiza en el amor solidario. Y así sucede con esta fe viva de las comunidades. Se expresa comprendiendo, acompañando, dando una palabra de aprecio y aliento, aconsejando. No hay CEB si las personas sólo se encuentran en las reuniones y en actividades. La comunidad se realiza ante todo en la cotidianidad: encontrándose en el vecindario y visitándose. Es el ejercicio de la fraternidad de los hijos de Dios. La gente suele expresarlo diciendo que en la comunidad ha encontrado otra familia. Y por eso en la comunidad se vive con alegría y agradecimiento. La presencia de tantas hermanas y hermanos (los que Jesús había prometido a los que lo siguieran: Mc 10,29-30) lleva a sentirse enormemente acompañados, acuerpados, estimulados, consolados y ayudados. Este último aspecto no puede faltar. A veces se hace de modo prevalentemente espontáneo como iniciativa de una o varias personas, con discreción, naturalidad y eficacia. A veces la comunidad institucionaliza esta dimensión del servicio, y la ayuda se lleva acabo de modo más organizado.

Esta realidad de formar parte de la familia de Dios por medio de su Hijo Jesús debe ser explicitada para que se den gracias a Dios por ella, para fomentarla y para custodiarla en su verdadera naturaleza de modo que no degenere en espíritu de secta, en egoísmo de grupo. El amor mutuo es la señal que Jesús dio para conocer a sus discípulos (Jn 13,35). Si esta vivencia de fraternidad es densa, tanto que define a los miembros como de la comunidad, es claro que el flujo comunicacional horizontal adquiere gran relevancia.

Un test que muestra muy a las claras la calidad evangélica de este amor es si se abre al vecindario. La familia de Dios es abierta. Él nada aborrece de lo que ha hecho. No quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Él es el Dios del otro: del extranjero, el huérfano y la viuda; de los que no encuentran hogar en la cultura establecida.

Es una ley sociológica que una comunidad integrada tiende a diferenciarse del medio, volcándose sobre sí misma. Las CEBs no escapan a esta tendencia: el camino recorrido juntos, al ser altamente satisfactorio, engendra afinidades; las personas han encontrado un hogar y no quieren abandonarlo para salir al mundo inclemente. Se siente más la aspereza del barrio cuando se ha experimentado el calor de la comunidad. Y sin embargo, el mismo Señor que reúne, él mismo es el que envía a los vecinos. Y los envía no como agentes de una secta para hacer prosélitos sino como hermanos; hermanos no sólo de aquéllos con los que se siente alguna afinidad sino también de los diferentes, de los indiferentes, de los hostiles. Hermanos menores, desde la debilidad y la humildad sinceras, desde el deseo positivo de encontrarse con lo mejor del otro, desde un amor lleno de fe, esperanzado, que a nadie deja por imposible y que no desprecia a nadie.

Esto debe ser cultivado muy expresamente, ya que en muchas ocasiones no es lo que sale espontáneamente. Y lo primero que debe cultivar el grupo es el sentido de pertenencia al barrio: no hablar de los vecinos desde la exterioridad, para que la deferencia se mantenga como interna. Luego, la colaboración con lo que sale de los vecinos, con lo que el barrio organiza. Sólo desde este compartir, que presupone la valorización, tiene sentido proponer también e invitar a lo que salga de la comunidad o de varios de sus miembros. No pueden faltar expresiones institucionalizadas de solidaridad; pero lo verdaderamente decisivo son las expresiones en la cotidianidad, es decir la convivialidad. Ahí se juega sobre todo el sentido de pertenencia.

Es claro que el agente pastoral de entrada no es vecino. En cuanto él no dé la tónica en la CEB, sus miembros podrán mantener más fácilmente su condición de vecinos y así podrán ayudar a que el agente pastoral entre en el barrio horizontalmente. Si este amor sencillo y verdadero es lo que circula densamente en la CEB, el agente pastoral será ayudado a asumir su condición primordial de hermano y podrá él también fomentar esta dimensión en la comunidad y ayudar a sus miembros a que la practiquen también en el vecindario. Incluso podrá ayudar a que la comunidad no se olvide de los pobres, a que viva no sólo abierta horizontalmente a los vecinos sino especialmente a los vecinos más pobres y a los tan pobres que casi se les niega su condición de vecinos.

 

{referencia}




  Portal Koinonía | Bíblico | RELaT | LOGOS | Biblioteca General | Información | Martirologio Latinoamericano
Página de Mons. Romero | Página de Pedro Casaldáliga | Jornadas Afroindoamericanas | Agenda Latinoamericana