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El agua en la Biblia

Humberto JIMÉNEZ G.


 

Para tratar este tema se necesita ser poeta y místico, tener una sensibilidad atenta a los misterios de la naturaleza, al lenguaje de los símbolos, a los mensajes del amor. En alguna forma se necesita participar del poder creador de Dios, penetrar en la realidad oculta que evocan los mitos, descubrir en las narraciones la emoción de las personas, y saber expresar todo eso en un lenguaje que sea capaz de llegar al corazón y hacerlo vibrar con las emociones que han sentido los hombres y mujeres de todos los tiempos que no han endurecido su espíritu y lo han mantenido receptivo a todas las experiencias humanas.

La voz agua aparece 582 veces en el Antiguo Testamento y cerca de 80 veces en el Nuevo. Pero no se agota allí el vocabulario referente al agua. Tenemos en la Biblia toda una constelación de términos en torno a este tema. La palabra mar es de las más frecuentes (395 veces) en hebreo y 92 veces en griego. Estas y otras palabras expresan de una manera muy directa la experiencia humana y religiosa del agua. La riqueza del uso del vocabulario referente al agua es muy rica en el texto sagrado, y recoge todos los aspectos que tienen que ver con ella. Hay una terminología que se refiere a los fenómenos metereológicos: lluvia (de otoño, de invierno, de primavera), rocío, escarcha, nieve, granizo, huracán; una terminología geográfica: océano, abismo, mar, fuente, (agua viva), río, torrente, (inundación, crecida); otra que se refiere al aprovisionamiento: pozo, canal, cisterna, aljibe; y también los términos que indican su uso: abrevar, beber, saciar la sed, sumergir (bautizar), lavar, purificar, derramar(1).

Una forma gráfica de representarnos la importancia del agua en la Biblia es pensar que en el Antiguo Testamento este tema se encuentra en 1.500 versículos y en 430 del Nuevo Testamento. Y no se trata sólo de la cantidad numérica de textos, sino sobre todo del rico simbolismo que ese elemento encierra, y como símbolo nos ayuda a captar de una manera intuitiva realidades profundas que no podemos percibir y experimentar sino de una manera indirecta.

En la concepción bíblica, toda la creación y la historia vivida por Israel están en estrecha dependencia de Dios; por consiguiente todo (cosas, personas, acontecimientos) puede convertirse en signo de su presencia, en instrumento de su acción, en indicación de la relación del hombre con Dios. Toda la realidad creada para Israel es sacramental, es decir, puede ser signo de lo trascendente(2).

La abundancia de aguas con que se describen la protología (el principio) y la escatología (el fin de los tiempos) que enmarcan la historia de Israel, nos muestra simbólicamente con gran claridad la manera como el pueblo se relacionaba con el agua, mirada unas veces como fuente de vida o de purificación, y otras como elemento destructor y temible. La actitud de Israel frente al agua fue ambigua: la amaba y la deseaba, pero la temía. Especialmente frente al mar, al que nunca pudo dominar, siempre tuvo un talante de reserva.

Israel nunca tuvo vocación marinera. Sus costas no se prestaban para construir puertos adecuados. Mientras que sus vecinos los fenicios fueron hombres de mar, Israel no se distinguió como navegante. Los esfuerzos de Salomón por construir una flota no parece que hubieran tenido continuadores (1 Re 9,26-28; 1 Re 22,39).

La primera y la última página de la Biblia ponen el agua como elemento dominante. La protología y la escatología concuerdan al dar al agua un puesto importante. Es como si quisieran decirnos que toda la historia de la tierra, desde su comienzo hasta el final está regida por la criatura agua. Al hablarnos de la creación el autor sagrado nos dice que el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas para fecundarlas y darles el poder de que de ellas surgiera la vida. Las primeras obras de la creación tienen por centro el agua. Dios divide las aguas superiores de las inferiores por medio de una bóveda sólida: el firmamento. Y separa las aguas del lodo primitivo. Las aguas se reúnen y forman el océano primordial y entonces emerge la tierra firme que son los continentes.

No trata ciertamente de una descripción científica árida y fría del proceso de la creación. Es una narración poética y mítica (el mito es también poesía). Y lo simbólico es más profundo y nos permite comprender mejor la realidad que un escueto enunciado racional y conceptual. Dios desde su trono de gloria miró con bondad ese mar joven que ensaya sus fuerzas chocando contra los arrecifes y lanzando su espuma irisada en mil colores sobre las playas solitarias. Dios es un poeta y un artista; juega con la luz que él ha creado y se deleita viendo cómo al conjuro de su palabra omnipotente van surgiendo los seres. Y con la paleta de los colores del arco iris pintaría los primeros atardeceres y amaneceres sobre un mar de reflejos cambiantes, al vaivén de las olas. En su palacio seguramente que están los cuadros de esos primeros paisajes dibujados con luz y con agua, elementos simples y originales de una acuarela inimitable.

En la segunda narración de la creación el agua tiene también un papel protagónico. Al principio se nos dice que la tierra era árida y estéril, porque Dios no había llovido sobre la tierra, ni había hombre que sacase agua del manantial para regar la tierra. El polvo de la tierra con la cual fue amasado el hombre fue rociado con agua para que el creador pudiera darle forma humana. Y para que nada le faltase al paraíso, allí había un río que se dividía en cuatro brazos y que rodeaba toda la región y la regaba con sus ondas. Para un semita la máxima felicidad era estar en lugar lleno de árboles y con abundantes aguas. Sobre todo después de la experiencia del desierto, la imagen del agua evocaba al hombre nómada un estado de plenitud.

En el Apocalipsis el ángel vuelve a retomar las imágenes del paraíso para hablarnos de la vida en el más allá y le muestra al vidente un río de agua viva, luciente como el cristal, que sale del trono de Dios y del cordero. En la mitad de la calle de la ciudad, a cada lado del río, crece un árbol de vida... Quien tenga sed, que se acerque; el que quiera, coja gratuitamente agua viva (Ap 22,2a.17b). Toda la felicidad y la alegría que se puede experimentar en la paraíso está expresada bajo el simbolismo del agua que se toma. En otro texto referente al mismo tema dice el salmista: Les das a beber el torrente de tus delicias (Sal 36,9b).

Agua al comienzo, agua al final, agua en los momentos culminantes de la historia. Es como si el hombre bíblico, que vive en un ambiente escaso en aguas, no pudiese prescindir del agua como personaje de una historia donde ella es necesaria para que la vida pueda mantenerse y sin la cual la existencia se convierte en un problema decisivo para su futuro.

La narración bíblica no hace sino retomar el simbolismo del agua expresado en las mitologías antiguas. Según la tradición védica el agua es la fuente de todas las cosas y de toda existencia. Es el principio de lo indiferenciado y de lo virtual, fundamento de toda manifestación cósmica, receptáculo de todo germen; las aguas simbolizan la sustancia primordial de donde nacen todas las formas y a la cual retornan por regresión o cataclismo. Las aguas están al principio y al final de todo ciclo histórico o cósmico. En la cosmogonía, en el mito, en el ritual, en la iconografía, las aguas cumplen la misma función, sin que importe la estructura del complejo cultural en que se encuentren: preceden toda forma de vida y sostienen la creación(3).

Hay muchas mitologías de tipo acuático; por su cercanía con la Biblia mencionaremos la cosmogonía babilónica en la cual encontramos también el caos primitivo donde el océano primordial estaba constituido por apsû, masa de agua dulce sobre la que flota la tierra, y Tiamat, el mar. Es la imagen primitiva de una totalidad acuática indiferenciada. Las aguas llevan en sí los gérmenes de la vida. Otras parejas divinas tienen su origen en la mezcla de las aguas dulces y las aguas saladas(4).

Tiamat aparecía personificado bajo la forma de una bestia monstruosa, representaba las fuerzas caóticas y devastadoras que Marduk, el dios del orden, debía reducir a la impotencia para organizar el cosmos(5). Derrotada Tiamat, Marduk divide su cuerpo en dos para con sus despojos realizar la creación(6).

En la Biblia al contrario, el mar es reducido al rango de simple criatura. En la narración de la creación, el Señor divide en dos las aguas del abismo (Tehom), como lo hace Marduk con el cuerpo de Tiamat (Gn 1,6s). Pero la imagen ha sido completamente desmitificada, pues no hay lucha entre Dios todopoderoso y el caos acuático de los orígenes. Al organizar el mundo, el Señor ha impuesto a las aguas, de una vez por todas, un límite que ellas no pueden franquear sin su orden. Pusísteles un límite que no traspasarán, no volverán a cubrir la tierra (Sal 104,9; Pro 8, 29).

En el diluvio tenemos nosotros el reverso de la creación. El Génesis dice: vio Dios que todo era bueno; en la introducción al diluvio se afirma: vio Dios que el hombre había corrompido su camino sobre la tierra.

El tema del diluvio con su protagonista el agua es un arquetipo universal. Todos los pueblos y culturas han tenido la experiencia de la fuerza destructora y regeneradora del agua. El "mundo envejecido", poblado por una humanidad en decadencia, es sumergido en las aguas para, poco tiempo después, resurgir como "mundo nuevo" del caos acuático. Narraciones de diluvio encontramos en casi todos los pueblos. Hasta ahora se han encontrado cerca de 302, lo que muestra que pertenece al patrimonio del hombre, amenazado por la fuerza avasalladora del agua desbordada, pero también salvado del cataclismo destructor.

El diluvio actúa como un factor purificador. Todo se disuelve en el agua, la historia queda abolida; nada de lo que existía antes permanece después de una inmersión en el agua. La inmersión equivale en el plano humano a la muerte, en la plano cósmico a la catástrofe (el diluvio) que disuelve periódicamente el mundo en el océano primordial. Desintegrando toda forma, aboliendo toda historia, las aguas poseen esta virtud de purificación, de regeneración, de renacimiento, porque el que se sumerge en ellas "muere" y, saliendo de las aguas es semejante a un niño sin pecado y sin historia... capaz de iniciar una nueva vida(7).

La inmersión en el agua simboliza la regresión a las formas primeras, regeneración total, nuevo nacimiento. La emersión repite el gesto cosmogónico de la manifestación de las formas. Las aguas purifican y dan nueva vida; las aguas regeneran y limpian, porque anulan la historia y restauran la integridad primordial.

El simbolismo del agua es un producto de la intuición del cosmos como unidad y del hombre como modo específico de existencia que se realiza exclusivamente por medio de la Historia. El mérito de la revelación judeo-cristiana está en haber asumido todos esos símbolos humanos y haberlos empleado como vehículo de la revelación dándoles un sentido histórico.

 

El paso del mar Rojo
En las tradiciones del origen de Israel está el paso del mar Rojo (en hebreo: mar de las cañas) en un puesto principal. El paso de los fugitivos hebreos a través del mar se consideró como un acto salvífico de Dios, y demuestra la fuerza singular de Dios sobre el orden de la naturaleza, para proteger a su pueblo de la amenaza de los egipcios que lo perseguían. (Ex 14,28; 15,1).

En esta narración aparecen algunos elementos mitológicos de las aguas primordiales: por una parte las aguas se constituyen en escudo protector para los israelitas y por otra, son elemento destructor y exterminador para los egipcios.

No hemos de considerar la narración del paso del mar Rojo como una crónica exacta y puntual de los acontecimientos. En ese texto se mezclan muchas narraciones, que representan diversas maneras de interpretar el hecho.

 

    Moisés extendió la mano sobre el mar, el Señor hizo retirarse al mar con un fuerte viento de levante que sopló toda la noche; el mar quedó seco y las aguas se dividieron en dos. Los israelitas entraron por el mar a pie enjuto, y las aguas les hacían muralla a derecha e izquierda. Los egipcios, persiguiéndolos, entraron detrás de ellos por el mar, con los caballos del Faraón, sus carros y sus jinetes...

    Dios dijo a Moisés: Tiende tu mano sobre el mar, y las aguas se volverán con los egipcios, sus carros y sus jinetes.

    Moisés tendió su mano sobre el mar: al despuntar el día el mar recobró su estado ordinario, los egipcios en fuga dieron en él, y el Señor arrojó a los egipcios en medio del mar. Las aguas al reunirse, cubrieron carros, jinetes y todo el ejército del Faraón que había entrado en el mar en seguimiento de Israel, y no escapó uno solo. Pero los israelitas pasaron a pie enjuto por el mar, mientras las aguas les hacían muralla a derecha e izquierda. (Ex 14,21-24.26-29).

No debemos interpretar este texto literalmente, como lo hace v. gr. la película los Diez Mandamientos. En realidad estamos frente a una epopeya que ha engrandecido y magnificado los acontecimientos. Lo que importa es su sentido religioso y teológico que para Israel adquirió un significado especial. El cántico de Moisés nos orienta en esta búsqueda:

Cantaré al Señor, sublime es su victoria,
caballos y caballeros ha arrojado en el mar.
Mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación.
El es mi Dios yo lo ensalzaré.
El Señor es un guerrero,
su nombre es el Señor.
Los carros y la tropa del Faraón los lanzó al mar,
ahogó en el mar Rojo a la flor de sus capitanes.
Las olas los cubrieron,
bajaron hasta el fondo como piedras.
Tu diestra, Señor es magnífica;
tu diestra, Señor, es fuerte y magnífica;
tu diestra, Señor, tritura al enemigo;
tu gran victorias destruye al adversario
(Ex 15, 1-6).

La tradición posterior llegó a considerar este acontecimiento como una demostración del singular poder del Señor y una glorificación de su especial relación con Israel. La experiencia histórica del Exodo, donde el Señor secó el mar Rojo para trazar un camino a su pueblo, llega a ser la victoria divina sobre el dragón del gran abismo.

La división y separación de las aguas recuerda un poco las narraciones míticas donde se habla de la derrota del dragón primordial (Tiamat) y la construcción del mundo con los restos del dios vencido. El autor sacerdotal tomando elementos mitológicos para expresar un hecho histórico, le ha dado una significación más profunda. El mar es aquí un elemento del ambiente geográfico de Israel, no una figura mitológica, pero la forma en que se presenta tiene rasgos mitológicos. No aparece el mar como una potencia enemiga de Dios, sino como un arma usada por Dios contra los adversarios de Israel.

Muchos textos históricos y poéticos se refieren a esta hazaña como una de las fundamentales de la intervención de Dios en el caminar del pueblo. Un profeta del tiempo del destierro, el segundo Isaías, rememora poéticamente esta hazaña:

¡Despierta, despierta; revístete de fuerza, brazo del Señor;
despierta como antaño, en las antiguas edades!
¿No eres tú quien destrozó al monstruo
y traspasó al dragón?
¿No eres tú quien secó el mar
y las aguas del Gran Océano;
para que pasaran los redimidos?
(Is 51,9-10).

La liberación del yugo faraónico está escrita aquí con términos que sugieren que la fuerza redentora es la misma fuerza creadora. Para sacar a los israelitas de la prisión de Egipto y conducirlos a la tierra prometida, Dios venció a Rahab el Tempestuoso, a Tannin el Dragón, a Yam el Mar y a Tehom el Abismo. Ahora bien en el Antiguo Testamento esos cuatro nombres designan tanto las fuerzas cósmicas dominadas por el Creador, como las fuerzas egipcias vencidas por el Redentor. Allá se habla del caos primordial y del océano de los orígenes; aquí se trata del imperio egipcio con su rey, y de las aguas del mar Rojo. Las personificaciones que transforman esas energías en formidables combatientes, las encontramos en otras cosmogonías del oriente antiguo, (ya hemos visto a Tiamat, vencida por Marduk y divida en porciones de donde se forma la tierra), pero al pasar a la Biblia esas expresiones pierden su sabor politeísta: Dios, el único Señor, no lucha contra otros dioses; él tiene delante de sí sólo elementos de la naturaleza u hombres, que son por otra parte sus criaturas y que él domina a su voluntad, como lo testimonia el mundo que sale del caos, e Israel que sale del Egipto. El que dividió el mar en dos partes en los orígenes del universo, es el mismo que lo ha dividido en los orígenes de Israel, para que los redimidos puedan pasar de Egipto a Canaán(8).

El comienzo del tiempo y del mundo y el comienzo de Israel se presentan de la misma manera: como un triunfo de Dios contra las fuerzas adversas.

Israel no permaneció indiferente en relación con este acontecimiento. Lo recordó, lo meditó, lo revivió en su liturgia. Muchos textos son testigos de esto. El salmo 77, el 78, el salmo 106, el salmo 136 tienen algunos elementos que aluden al prodigio del mar Rojo.

Ni la epopeya babilónica de la creación, ni el mito de Baal, le dieron a la lucha con las aguas una dimensión salvífica. En Israel no se trata de un mito, ni de la simple historización del mismo. Los motivos míticos que se encuentran en los diversos textos que se refieren al paso del mar Rojo, los leemos también en pasajes, que no pertenecen al género histórico, sino a la poesía, a los himnos, a las promesas, a las enseñanzas sapienciales. Ellos quieren más bien alabar las acciones de Dios y hacer gráficas sus actuaciones salvíficas, utilizando expresiones mitológicas como figuras de estilo.

Con el correr del tiempo la división del mar y el secarse de las aguas que eran parte del mito, se convirtieron en un vocabulario estereotipado para describir el suceso del mar Rojo.

 

El desierto
La peregrinación de Israel por el desierto presenta algunos episodios significativos donde el agua jugó un papel principal. En su travesía Israel llegó al oasis de Mara, más no pudieron beber el agua de Mara, porque era amarga. Por eso se llama aquel lugar Mara. El pueblo murmuró contra Moisés, diciendo: ¿Qué vamos a beber? Entonces Moisés invocó al Señor, y el Señor le mostró un madero que Moisés echó al agua, y el agua se volvió en agua dulce. (Ex 15,22- 25).

No se trata propiamente de una lucha, sino de una prueba en la fe de Israel. La presencia del agua es signo de que el Señor está con ellos.

No fue éste el único caso en que el agua aparece en el primer plano de los acontecimientos. En Meribá tenemos el episodio de la rebeldía del pueblo que desconfiaba de la acción del Señor para proporcionarles agua.

    Convocaron Moisés y Aarón la asamblea ante la peña y él les dijo: "Escuchadme, rebeldes. ¿Haremos brotar de esta peña agua para vosotros?" Y Moisés alzó la mano y golpeó la peña con su vara dos veces. El agua brotó en abundancia, y bebió la comunidad y su ganado.
    Dijo el Señor a Moisés y Aarón. "Por no haber confiado en mí, honrándome ante los israelitas, os aseguro que no guiaréis esta asamblea hasta la tierra que les he dado.
    Estas son las agua de Meribá, donde protestaron los israelitas contra el Señor y con las que él manifestó su santidad
    (Nu 20,10-13).

Es también aquí el bastón de Moisés el que realiza el prodigio, como antes había cambiado las aguas del Nilo en sangre y había dividido las aguas del mar Rojo.


El Paso del Jordán
A diferencia de lo que ocurre en Mesopotamia con los ríos Eufrates y Tigris, y con el Nilo en Egipto que son importantes para la vida, la agricultura y el comercio, el río Jordán no se puede comparar con ellos. El Jordán no fertiliza a Palestina, ni es navegable, ni tiene canales que irriguen la tierra; en los tiempos que precedieron a la conquista ni siquiera se le consideró como una divinidad, como ocurría con otros ríos(9).

. Sin embargo en la Biblia se le recuerda por los sucesos que en él se dieron y que marcaron etapas decisivas en la historia del pueblo.

El comienzo de la vida en el desierto está señalado por el paso del mar Rojo, su fin y el inicio de la entrada en la tierra prometida, por el paso del río Jordán. Todo el período de la peregrinación está enmarcado por un episodio donde el Señor aparece como dueño de las aguas.

La reflexión teológica ha presentado la entrada en la tierra prometida como una antítesis de la salida de Egipto: los dos sucesos se producen en la misma época del año, en primavera. A la pascua en Egipto siguió el paso del mar Rojo, al paso del Jordán sigue ahora la celebración de la Pascua. Esta presentación teológica responde a un acontecimiento histórico. Algunas tribus que venían de Egipto atravesaron el río Jordán cerca de Jericó(10).

    Cuando la gente levantó el campamento para pasar el Jordán, los sacerdotes que llevaban el arca de la Alianza caminaron delante de la gente. Y al llegar al Jordán, en cuanto se mojaron los pies en el agua -el Jordán va hasta los bordes todo el tiempo de la siega-, el agua que venía de arriba se detuvo (creció formando un embalse que llegaba hasta muy lejos, hasta Adán, un pueblo cerca de Sartán) y el agua que bajaba al mar del desierto, al mar Muerto, se cortó del todo. La gente pasó frente a Jericó.
    Los sacerdotes que llevaban el arca de la Alianza del Señor estaban quietos en el cauce seco, firmes en medio del Jordán, mientras Israel iba pasando por el cauce seco, hasta que acabaron de pasar todos
    (Jos 3,14-17).

El paso del río Jordán está presentado en una forma muy estilizada. A partir del texto citado es difícil reconstruir los acontecimientos. ¿Es un pasaje que nos narra el hecho o la conmemoración litúrgica del acontecimiento? Quizás se trató de algo más sencillo que una partición milagrosa de las aguas. Varias veces ocurren en el curso de la historia derrumbes en el Jordán que provocaron el represamiento de las aguas y permitieron que el río fuera vadeado a pie enjuto. Sea lo que sea, este suceso fue significativo para Israel. Muchos pasajes de la Biblia lo ponen en paralelo con lo acontecido en el mar Rojo. Israel vio en él una intervención especial de Dios en su historia.

La tradición posterior ha unido los dos acontecimientos: el paso del mar Rojo y el paso del Jordán. Así lo vemos en el salmo 115,3.5 donde el mar, al verlos huyó y el Jordán se echó atrás. Una vez más la revelación ha desmitificado un motivo pagano. Como el mar, también el Jordán se ha atemorizado. Al río también se trasladaron elementos míticos de la lucha del caos. Aun cuando en realidad no hay lucha; la sola mirada de Dios pone las aguas en fuga y hace temblar la tierra(11). El suceso legitima también el papel de Josué como sucesor de Moisés. Como Moisés en el mar Rojo, ahora Josué ha dividido las aguas del Jordán(12).

Los sucesos asociados con alguna localidad tienden a repetirse en la tradición conectados con grandes personalidades y eventos asociados con la misma localidad. Es el caso de Elías y el Jordán. Cuando Elías iba a ser arrebatado el cielo el Señor lo envió hasta el Jordán. Iba con su discípulo Eliseo.

    Los dos se detuvieron junto al Jordán; Elías cogió su manto, lo enrolló, golpeó el agua y el agua se dividió por medio y así pasaron ambos a pie enjuto (2 Re 2,8-9)

En este caso el paso del Jordán por Elías y Eliseo hace eco al paso de los israelitas con Josué, y de alguna manera recuerda también el milagro del mar Rojo. Quizás alguna celebración litúrgica en este lugar recordaba con una procesión el suceso cuando Josué continúo la obra de Moisés. Elías ha sido presentado como un segundo Moisés; el gesto de dividir el Jordán lo muestra como poseedor de los mismos poderes de aquél.

Eliseo sucesor de Elías en su lucha contra la religión cananea aparece relacionado con el río Jordán. El general sirio Naamán recibe la curación de su lepra al bañarse siete veces en este río.

Mientras tanto las aguas del Jordán siguen discurriendo tranquilas, reflejando en sus ondas las orillas de una tierra cargada de historia, y como testigo de luchas y derrotas, de victorias y fracasos. Hasta él llegarán las lamentaciones de los vencidos y los cantos de alegría de los que retornan del destierro. El eco de las enseñanzas de los sabios se apagará en sus meandros. Se alegrará de verse citado en compañía de ríos de más alcurnia que según el autor sagrado bañaban las regiones del paraíso, por el autor del libro del Eclesiástico cuando habla de la ley y afirma de ella que:

rebosa sabiduría como el Pisón
y como el Tigris en primavera,
va llena de inteligencia como el Eufrates
y como el Jordán durante la cosecha,
ofrece enseñanza como el Nilo
y como el Guijón durante la vendimia.
(Eclo 24,24-27).

Algunas comunidades establecidas en el desierto practican ritos de purificación con el agua del Jordán. Entre los personajes más célebres se cuenta Juan Bautista un profeta de voz bronca y austera presencia, que anuncia un bautismo para la purificación de los pecados y que atrae muchedumbres que vienen a purificarse en las lustrales aguas del Jordán.

Es entonces cuando entra en escena Jesús. En el evangelio de Marcos, el más antiguo y primitivo y por tanto el más cercano a los acontecimientos, el bautismo de Jesús es el comienzo del evangelio. En él se han dado cita las fuerzas primordiales del comienzo: el agua sobre la que se cierne el espíritu vivificante, y la voz o la palabra de Dios que llama a los seres a la existencia. Aquí también encontramos esos elementos: el agua del Jordán, símbolo de las aguas bautismales; el Espíritu que desciende desde el cielo y la voz del Padre que llama a Cristo su hijo.

Un hecho que merece destacarse es que el bautismo se realiza en el Jordán. Y como lo hemos visto este río está ligado a sucesos muy importantes de la historia del pueblo judío: para entrar en la tierra prometida los israelitas tuvieron que atravesarlo y esa travesía se hizo de un modo maravilloso; Naamán el general sirio fue curado al lavarse siete veces en sus aguas. Ahora Jesús desciende a sus ondas para recibir el bautismo.

Agua al comienzo de la creación
Agua al entrar el pueblo de Dios en la tierra prometida
Agua al comenzar Jesús su vida pública
Agua al comenzar nuestra vida de cristianos.
Agua, Espíritu y palabra
en todas las etapas de la historia de la salvación.

Un detalle, al parecer insignificante, da un contenido especial a esta escena tal como la narra Marcos. Literalmente traducido Marcos dice Jesús fue bautizado hacia el Jordán, mientras que los otros evangelistas dicen en el Jordán. Más que la dirección local del hecho, este cambio de preposición ha de referirse a la orientación interna; el bautismo de Jesús tiene lugar en la corriente cargada con los pecados de los bautizados antes que él. Significa que el primer encuentro de Jesús con el misterio del mal y de la culpa tuvo lugar en las aguas del Jordán(13).

El Jordán representa una figura clave en la cual se entrelazan los hilos que unen el bautismo de Cristo y el de los cristianos. En el se refleja tanto el problema del fundamento histórico del bautismo cristiano como el de su interpretación. Acabamos de ver que el Jordán es un río con un gran pasado histórico, que Marcos revive al pronunciar su nombre. Así se convierte en una magnitud que aglutina diversos sucesos, en vehículo portador de muchas reflexiones, para descubrir finalmente las dimensiones del bautismo cristiano al ser puesto en relación con él.

Un texto entre muchos, tomado de Gregorio de Nisa nos explica todo esto:

    Largo tiempo has andado revolcándote en el barro. Corre a mí, Jordán, pero no a la voz de Juan, sino a la llamada de Cristo. La corriente de la gracia prorrumpe por doquier. No tiene sus fuentes en Palestina ni se derrama sólo en el mar que le limita. Fluye por todo del orbe de la tierra y entra incluso en el paraíso, en concurrencia con aquellos cuatro ríos que de allí brotan en sentido opuesto y llevando al paraíso riquezas mucho mayores que las que de allí salen. Pues aquellas aguas no hacen sino fertilizar los campos...; en cambio, este río trae hombres renacidos del Espíritu... ya que Cristo es su fuente inagotable, fuente que inunda todo el mundo(14).

De esta identificación entre el Jordán y Jesús se llega a otra identificación entre el Jordán y el bautismo. Por eso en algunas iglesias del cristianismo primitivo se tuvo la costumbre, mantenida por algunas iglesia actuales, de administrar el bautismo con agua fluyente. Pero en otras iglesias, como en la católica se equipara el Jordán con el agua de la pila bautismal. El agua se emplea en el bautismo por su función purificadora, sólo que esa función se ejerce a un nivel más profundo que el meramente físico. A este simbolismo Pablo añade otro: la inmersión y emersión del neófito que indican la muerte y sepultura con Cristo y la resurrección espiritual (Rom 6,3-11). Quizás Pablo ve en el agua bautismal una representación del mar, habitáculo de poderes maléficos y símbolo de muerte, que ha sido vencido por Cristo como en otro tiempo el mar Rojo por el Señor (1 Cor 10,1ss)(15).

Hemos llegado al final del proceso en que el agua, de símbolo de vida natural, de elemento necesario para la subsistencia llega a ser, a través de los acontecimientos del mar Rojo y del río Jordán, símbolo de una vida más alta, la que Cristo nos da con su muerte y su resurrección.


El encuentro junto al pozo
No solamente el Jordán desempeñó un papel importante en la vida del pueblo de Israel. Otras manifestaciones del agua las encontramos en los lugares desérticos cuando la Biblia nos habla de los pozos. La vida en el desierto no puede desarrollarse sino alrededor de los pozos y en relación con ellos, por tanto adquieren una importancia primordial en la historia de Israel. Prueba de ello es la narración que leemos en el libro de los Números:

    Los israelitas se trasladaron al pozo. Este es el pozo donde el Señor dijo a Moisés: "Reúne al pueblo y les daré agua". Los israelitas cantaban esta canción:

¡Brota, pozo! Cantadle.
Pozo que cavaron príncipes,

que abrieron jefes del pueblo,
con sus cetros y bastones"
(Nu 21,16-18).

Se trata de una canción popular, compuesta y cantada con ocasión de la apertura de un nuevo pozo, acontecimiento importante en aquella cultura. Pozo en hebreo es palabra femenina y va ligada al tema de la fecundidad de la tierra(16).

Muchos sucesos están íntimamente ligados a un pozo. Muchas veces éste recibe el nombre a partir del acontecimiento que allí se realiza:

Fuese Isaac, y acampó en el valle de Guerar y habitó allí. Volvió a abrir los pozos abiertos en tiempo de Abraham, su padre y cegados por los filisteos después de la muerte de Abraham, dándoles los mismos nombres que les había dado su padre (Gn 26.17-18).

- Por un pozo riñeron los pastores de Isaac con los pastores de Guerar y le pusieron el nombre de Desafío (Ezec), porque le había desafiado. Cavaron otro pozo y también riñeron por él y lo llamó "Rivalidad" (Sitna). Se apartó de allí y cavó otro pozo que por fin no suscitó riñas y el llamó "Espacioso" (Rejobot), queriendo decir:" El Señor nos ha dado espacio para crecer en el país" (Gn 26, 21-22)

-Berseba es el pozo del juramento, porque allí juraron la paz Isaac y Abimelec (Gn 26,30-33). Con los pozos está íntimamente asociada la mujer. Porque la vida de la comunidad giraba alrededor del pozo. Las amistades se iniciaban cuando las gentes acudían a él para calmar su sed. Las noticias de otras tribus allí llegaban y de allí se difundían a otras partes. Los negocios se tramitaban mientras la gente refrescaba su garganta. Pero eran especialmente las mujeres, especialmente las jóvenes las encargadas de ir al pozo para sacar el agua. Y al pozo llegaban caminando con gracia con el cántaro en la cabeza y llevando el ritmo con sus pies de gacela. A nadie se le negaba un poco de agua. Muchos encuentros tuvieron lugar junto al pozo de ondas transparentes.

-Agar la esclava egipcia que Sara había dado a su esposo resultó en cinta. Los celos de su ama la hicieron huir de la casa de Abraham. El ángel del Señor la encontró junto a la fuente del desierto, la fuente camino del Sur (Gn 16,7). En un momento de desesperación ella recibe un anuncio. Tendrá una numerosa descendencia. Lo que iba a ser muerte se convirtió en vida, la desesperación se hace promesa. Lo que iba a ser un nacimiento escondido se transforma en origen de un gran pueblo. Los árabes son descendientes de Abrahán. Ella la que pensaba que se iba a extinguir sin dejar huella se convierte en fuente de una raza fuerte y vigorosa. Y por haber recibido ese mensaje al pie del pozo Agar invocó el nombre del Señor, que le había hablado. Tú eres el Dios, que me ve (diciéndose): ¡He visto al que me ve! Por eso se llama aquel pozo "Pozo del que vive y me ve" (Ber Lahai Roi Gn 16,13-14).

-Agar puede mirar al futuro con tranquilidad. La fuente que se reflejó en sus ojos negros, con su nombre le está recordando que Dios se le manifestó allí y la que estaba a punto de morir encontró una razón para vivir. Las aguas frescas de la fuente la reanimaron a ella y al niño que en su seno llevaba.

-Y siguen los encuentros junto a los pozos. Ahora la situación no es tan dramática como la de Agar que veía en peligro su vida. Se trata sí de permitir que la vida continúe. Para que la promesa hecha a Abraham pueda seguir su curso es necesario encontrarle una esposa a Isaac, hijo de la promesa. Para eso parte Eliécer, el siervo más viejo de Abraham, hacia una región lejana. Al llegar a la ciudad de Aram Naharaim (Entrerríos),

    hizo arrodillarse a los camellos fuera de la ciudad, junto a un pozo, al atardecer, cuando suelen salir las aguadoras. Y dijo: Señor Dios de amo Abraham, dame hoy una señal propicia y trata con amor a mi amo Abraham. Yo estaré junto a la fuente cuando las muchachas de la ciudad salgan por agua. Diré a una de las muchachas: Por favor, inclina tu cántaro para que beba. La que me diga : Bebe tú, que voy a abrevar tus camellos, ésa es la que has destinado para tu siervo Isaac...
    No había acabado de hablar, cuando salía Rebeca -hija de Batuel-, con el cántaro al hombro. La muchacha era muy hermosa y doncella; no había tenido que ver con ningún hombre. Bajó a la fuente, llenó el cántaro y subió.
    El criado corrió a su encuentro y le dijo:
    Déjame beber un poco de agua en tu cántaro.
    (Gn 24,11-17)

Es allí junto al pozo dónde comienza a tejerse la canción del amor. El agua fue el vínculo que unió dos corazones que hasta ese entonces no se conocían. Llama la atención en este relato la sencillez idílica con que actúan los personajes. La calidez de Rebeca, su generosidad para compartir al agua con un desconocido, el espíritu de servicio para dar de beber a los camellos. Abraham puede morir tranquilo; junto a un pozo de aguas generosas, su siervo encontró una joven de ojos color miel, que día a día iba la fuente, quizás con la secreta ilusión de encontrar allí el amor. Y al dar agua a un desconocido y abrevar los camellos de un cansado viajero su ilusión se vio cumplida. A lo mejor mientras miraba hacia la profundidad del pozo contempló un rostro que antes nunca había visto. Y lo reconoció cuando al término de su viaje Isaac salió a su encuentro y la abrazó.

Años más tarde y tal vez en el mismo lugar, la escena se repite, esta vez con el hijo de Rebeca; (y volverá a darse con Moisés). También un pozo entra en escena: Jacob va a casa de su tío Labán y

    en campo abierto vio un pozo y tres rebaños de ovejas tumbadas cerca, pues los rebaños solían abrevar del pozo; la piedra que tapaba el pozo era grande, tanto que sólo cuando se reunían allí todos los pastores corrían la piedra de la boca del pozo, abrevaban los rebaños y volvían a tapar el pozo poniendo la piedra en su sitio... Todavía estaba hablando, cuando llegó Raquel con las ovejas de su padre, pues era pastora. Cuando Jacob vio a Raquel, hija de Labán su tío, se acercó, corrió la piedra de la boca del pozo abrevó las ovejas de Labán, su tío; después besó a Raquel y rompió a llorar. Jacob explicó a Raquel que era pariente de su padre, hijo de Rebeca (Gn 29,23.9-12).

Era el amor que ya nacía el que movió a Jacob a quitar la piedra que tapaba la boca del pozo, antes del tiempo indicado, y lo que le dio fuerzas para realizar el esfuerzo descomunal de mover la piedra que sólo entre varios pastores podía ser quitada(17).

Desde ese gesto de Jacob, Raquel sintió que sus fibras más íntimas se estremecían; allí junto al pozo al mismo tiempo que se sacaba el agua se renovaba el misterio del amor. Una vez más la mujer y el pozo como fuente de vida están en relación, esperando que alguien venga a buscarlas, sediento de amor. El amor sigue uniendo las generaciones y haciendo que la promesa como un manantial siga fluyendo y creciendo hasta llegar a ser un río.

Sin embargo los pozos no eran siempre los lugares para un romance como lo hemos visto hasta ahora. La vida cotidiana es siempre más complicada que nuestras reconstrucciones ideales. A veces el agua no basta para todos y surgían dificultades junto a los pozos. Las peleas por el agua eran frecuentes y los más débiles llevaban la peor parte. Así acontecía con los hijas de Ragüel, sacerdote de Madián, que guardaban los rebaños del padre. Quizás no tenían hermanos que las defendieran. Esa fue la situación que encontró Moisés cuando en su huida del Faraón se refugió en el desierto de Madián(18).

    Allí se sentó junto a un pozo. El sacerdote de Madián tenía siete hijas, que solían salir a sacar agua y a llenar los abrevaderos para abrevar el rebaño de su padre. Llegaron unos pastores e intentaron echarlas. Entonces Moisés se levantó, defendió a las muchachas y abrevó su rebaño. Ellas volvieron a casa de Raguel, su padre, y él les preguntó:
    - ¿Cómo hoy tan pronto de vuelta?
    Contestaron:
    - Un egipcio nos ha librado de los pastores, nos ha sacado agua y ha abrevado el rebaño.
    Replicó el padre:
    - ¿Dónde está? ¿Cómo lo habéis dejado marchar? Llamadlo que venga a comer.
    Moisés accedió a vivir con él, y éste le dio a su hija Séfora por esposa
    (Ex 2,16-21).

El texto es escueto, los comentarios consecuentemente son fríos. Nuestra imaginación debe suplir lo que no se dice, pero que quizá se insinúe. Moisés apareció como un salvador, siempre de parte del más débil. Desde el momento en que Moisés interviene para defenderlas, los ojos de Séfora no se apartaban de él. Mientras Moisés abrevaba el rebaño, ella dejaba que su mente tejiera los más dulces sueños y el ruido del agua al caer en la alberca le sonaba a música celeste. Quizás recordaba lejanas leyendas que le hablaban de amores junto al pozo, de romances que nacían cuando el agua fluía, de palabras que traspasaban las edades, de frases otras veces pronunciadas, pero siempre con una melodía cadenciosa que la extasiaba.

Isaac, Jacob y Moisés tres personajes de Israel. Rebeca, Raquel, Séfora tres mujeres encontradas junto al pozo de aguas. Tres historias que escucharon las generaciones y que se siguen repitiendo sin perder nunca su encanto. Tres historias paralelas como para mostrar que a través de los tiempos la vida discurre siempre igual y tiene las mismas raíces profundas. Tres fuentes de donde al par que el agua brotó el amor que permitió que la promesa de una descendencia no quedara en el vacío. Y por encima de todo Dios que dirige los acontecimientos dejando que el juego de las causas segundas vaya anudando los hilos de la historia siempre fecunda, nunca interrumpida y de la cual vivimos nosotros todavía. El elemento común a todas esas historias es el agua con su simbolismo nunca agotado y siempre evocador.

También en el Nuevo Testamento volvemos a encontrar un pozo, un hombre y una mujer que tejen su diálogo junto a él. Es Jesús que sentado junto al brocal revive toda la historia de Israel y ofrece a la samaritana el agua viva que calma la sed para siempre. En el diálogo entre Jesús y la samaritana el simbolismo del agua alcanza su mayor expresión: no sólo es agua natural, sino una agua que salta hasta la vida. La persona de Jesús se ofrece a esa mujer que representa al Israel de todos los tiempos, que inútilmente día tras día intenta saciar su sed con el agua del pozo, sin lograrlo. Comienza una nueva historia, un nuevo amor empieza como otrora junto al pozo. Cuando la mujer reconoce a Jesús como el que trae el don de Dios, deja el cántaro allí y sin llenarlo va a buscar a sus vecinos para comunicarles la buena nueva (Jn 4,1-42). Su vida ha recibido un sentido más profundo y no tiene necesidad del agua que ha venido a buscar: Alguien la ha llenado para siempre.

Quizás las aguas que ahora bebemos fueron las mismas que estaban en el cielo cuando el Señor las separó de las de abajo mediante el firmamento; quizás fueron las que cayeron en las horas interminables del diluvio; o las que han refractado el sol después del diluvio anunciando una era de paz para la tierra. O las que brotaron del pozo para alimentar el amor de las matriarcas. O las que se dividieron cuando Moisés tendió su mano sobre ellas para que pasase el pueblo escogido y se librara de la esclavitud del Faraón. O las que formaron una muralla en el Jordán para que el pueblo atravesase el lecho a pie enjuto. O las que resbalaron sobre Jesús cuando éste fue bautizado en el Jordán O quizás fueron las que Jesús convirtió en vino en las bodas de Canaán. O la que le ofreció la samaritana junto al brocal del pozo y que Jesús transformó en agua de vida que salta hasta la eternidad. O son las que han brillado en los mares en noches de tormenta cuando la luna se esconde para no ver la tragedia. ¿De cuántos pecados habrán purificado a los que en el curso de los siglos se han sumergido en ellas, o han dejado que ella diáfana y cristalina corra sobre sus cuerpos? ¡Cuánta sed han apaciguado, cuántos incendios han extinguido; por cuántos cauces de ríos y montañas han cruzado! Pero podemos preguntarnos, ¿por cuánto tiempo estará asegurada la existencia de esa gota de agua? ¿Terminará contaminada, corrompida, adulterada de modo que no sirva ya para la vida, sino que sea pregonera de muerte? Nosotros estamos corriendo la misma suerte del agua. Para que podamos subsistir es menester que ella también viva.

 

 

 


Notas:

1. GIRLANDA, A., "Agua" , En: Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Paulinas, Madrid 1990, pág 33-44.

2. GIRLANDA, A., o.c., pág. 39.

3. ELIADE, Mircea , Trattato de storia delle religione, Edizioni Einaudi , Torino 1957, pág. 193s.

4. ELIADE, Mircea , Historia de las creencias y de las ideas religiosas. I: De la prehistoria a los misterios de Eleusis, Cristiandad, Madrid 1978 , pág. 86

5. FRAINE, Jean de y GRELOT, Pierre. "Mer", en: Vocabulaire de Theologie Biblique, Cerf , París 1962. Col 603.

6. OHLER, Annemarie , Mythologische Elemente im Alten Testament, Patmos , Düsseldorf 1969 , p. 71 .

7. ELIADE, Mircea, Trattato de Historia delle Religioni , o.c., pág. 200s.

8. BONNARD, P.E., Le Second Isaïe, son disciple et leurs éditeurs. Isaïe 40-6 6, Gabalda , Paris 1972, pág. 252-253.

9. GÖRG. En: Theologisches Worterbuch zum Alten Testamen t, Vol III, col. 90 7.

10. DE VAUX, Roland , Histoire ancienne d'Israel, Gabalda, Paris 1971, pág. 558

11. GÖRG, o.c., col 907-909. KRAUS. H.J. BK Band XV SALMEN II. Neukirchener Verlag l961 (2) pá g. 114-115.

12. GRAY, John , I & II King s, Old Testament Library , London 1977 , pág. 477

13. SCHÜTZ, Christian, El bautismo de Jesús, en: MYSTERIUM SALUTI S, Vol. III, Tomo II, Cristiandad , Madrid 1971 , pá g. 78s.

14. GREGORIO DE NISA, Or. de baptismo, en: PG, 46, 419ss .

15. BOISMARD, Marie-Emilie. "Eau", en: Vocabulaire de Theologie Biblique, o.c. col. 240.

16. Alonso Shökel, Luis, Pentateuco II, Números, Cristiandad , Madrid 1970, pág. 205. Noth, Martin. ATD. Das vierte Buch Mose. NUMERI, Vandenhoeck & Ruprecht, Göttingen 1966 , pág. 140

17. VON RAD, Gerhard , Das erste Buch Mose. ATD, Göttingen 1967, p. 251

18. SCHMIDT, Werner H. Exodus, Neukirchener Verlag, Neukirchen-Vluy n 1974, pág. 93. NOTH, Martin, Das zweite Buch Moses. Exodus , Vandenhoeck & Ruprecht, Göttingen 1958, pág. 24

Humberto Jiménez G. Pbro.
Profesor Estudios Bíblicos en la Universidad de Antioquia;
Prof. Escuela de Ciencias Eclesiásticas en la Universidad Pontificia Bolivariana




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