Quedan los pobres y Dios.

Pedro Casaldáliga

La OP sigue siendo la opción por los pobres, textualmente. Quiero decir: sigue siendo una conciencia de que los pobres son la opción del mismo Dios, el Dios de Jesús. La biblia entera, y, sobre todo, la palabra, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús, nos confirman en esta conciencia teológica, teologal, de que Dios optó, opta y seguirá optando por los pobres, sus hijos -mayoría- prohibidos de ser plenamente humanos, por sistemas de prepotencia y de marginación.

La opción por los pobres es «por los pobres»: fundamentalmente, los que no tienen, los que no pueden, aquellos que viven las «carencias» de la vida normal, económicamente: falta de tierra, de vivienda, de salud, de educación, de participación_ Los prohibidos de vivir plenamente su dignidad de personas, hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas.

Optar significa siempre «volverse hacia», entregarse, comprometerse. Cuando se opta por los pobres se opta contra las causas, las estructuras, los sistemas que hacen pobres a los pobres y les impiden vivir con dignidad esa condición humana, histórica, de hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas.

Hoy la OP es de mayor actualidad. Por dos motivos. Los pobres son más en número, en América Latina, en todo el tercer mundo. Y son más pobres; es mayor el empobrecimiento.

El propio papa Juan Pablo II -sus últimos documentos, sus encíclicas sociales, sus textos con ocasión del día de la Paz en estos últimos años, y varios de sus discursos en los diferentes viajes_- lo ha acentuado, lo ha explicitado. Santo Domingo -sin hacer un análisis mayor de la situación económicosocial del continente-, repite en varias ocasiones las mismas palabras de «empobrecimiento mayor creciente». Es más actual también hoy la OP porque hay muchos intereses que quieren desactualizarla. Entre los poderosos, evidentemente, pero también en la conciencia o cansada o dormida o egoísta de muchos cristianos. Son muchos los que están cansados -dicen- de oír hablar de la opción por los pobres. (A mí me gusta responderles que seguramente los pobres están mucho más cansados de ser pobres).

Simultáneamente, esta opción se ha hecho más actual porque se ha hecho también más dialéctica. Este cansancio, estas ganas de marginar la misma opción, de considerarla como ya pasada, por un lado, y por otro lado, el movimiento ascendente de conciencia popular -en América Latina de un modo muy especial, en todo el tercer mundo, y en los sectores solidarios de la sociedad del primer mundo, los medios de comunicación con sus bienes y sus males- nos facilitan también esta conciencia. Podríamos decir de un modo global que las mayorías oprimidas, prohibidas, marginadas (como pobres, económicamente tales; como culturas, hasta ahora consideradas subculturas, culturas menores, culturas al margen_) están adquiriendo una conciencia clara no sólo de sus derechos, iguales a los derechos de cualquier otro pueblo o cultura, o de cualquier otra persona humana; están adquiriendo la conciencia de su protagonismo en la historia.

Los teólogos y los sociólogos de la liberación nos han hablado con frecuencia de «la lógica de las mayorías». Podríamos, deberíamos hablar hoy de la conciencia creciente de las mayorías y del protagonismo de las mayorías. De un modo difuso unas veces, de un modo más consciente otras, se siente, se palpa en la vida social la reivindicación de la igualdad entre los varios sectores de cada país y de los países o naciones entre sí. Siguen ahí las estructuras (la ONU misma, el FMI, el Banco Mundial_) marginando, excluyendo_ y esa misma exclusión crea una conciencia mayor de la iniquidad del sistema sociopolítico-económico que se nos ha impuesto, como exasperación, como el «no va más» del capitalismo, transnacionalizado, que hace de la sociedad humana un mercado simplemente, que proclama el derecho exclusivo de una minoría insignificante, y justifica la inmensa exclusión de la inmensa mayoría.

Al revés de lo que la propia Biblia -Palabra de Dios- con respecto al «resto de Israel» -un resto sacramental de la humanidad toda, progresivamente liberada y salvada- el neoliberalismo proclama el derecho y el futuro de un resto que excluye al otro resto mayoritario, inmenso, de la humanidad. El triunfo del neoliberalismo coincide -es causa en parte, en parte efecto- con la caída del socialismo real, con el retroceso -o la transición por lo menos- de ciertas revoluciones sociales, políticas, más radicales.

El pragmatismo del neoliberalismo se asienta feliz sobre el desmoronamiento de muchas utopías. Y ese pragmatismo, que tiene en sus manos la economía, los medios de comunicación_ fácilmente justifica en la conciencia inmadura, o cansada, o fatalista, de muchos, el que las cosas sean así. La derechización de la economía es también, con mucha frecuencia, de las Iglesias, de las religiones. El «no va más» proclamado por el neoliberalismo, de un modo conformista o de un modo fatalista, acaba también siendo con mucha frecuencia el no va más de una aceptación del mismo pueblo.

En la Iglesia, en las últimas décadas, más fundamentalmente a partir del pontificado de Juan Pablo II, estamos viviendo una involución, un auténtico conservadurismo eclesial, eclesiástico. También el Concilio Vaticano II fue una auténtica revolución eclesial y abrió el horizonte para muchas utopías, dentro y hasta fuera de la Iglesia. De unos años para acá se le vienen recortando las alas a esta utopía que nos abrió el Concilio Vaticano II. En América Latina, como en ninguna otra región del mundo, el Concilio levantó el eco y la praxis de Medellín y Puebla. En nuestra Iglesia latinoamericana, el Concilio se encarnó, se ubicó, en una teología nueva, propia, la teología de la liberación; en una pastoral explícita de múltiples pastorales que llamamos «específicas» que significaban fundamentalmente la acogida, el clamor de las mayorías marginadas y de los varios sectores de esa marginación: indígenas, negros, campesinos, mujeres, menores, migrantes_ La utopía se hizo carne y sangre de nuestra iglesia, y muy particularmente de las bases mayoritarias de nuestra Iglesia; de un modo más concreto en las propias comunidades de base.

Con ocasión de Santo Domingo se levantó una gran interrogación sobre el futuro de este proceso de ubicación por un lado, y de liberación por otro, simultáneamente entendidas la ubicación y la liberación. (Me gusta recordar que la nueva evangelización sólo puede ser «nueva», para nosotros, si verdaderamente es «nuestra»; la vieja evangelización no fue nuestra; era colonizadora; nos venía impuesta, desde fuera; ignoraba las culturas del continente; y fácilmente dejaba de lado el clamor, los derechos, las aspiraciones de la inmensa mayoría. Afortunadamente, y a pesar de los intentos claros y programados de cortar el proceso eclesial latinoamericano por parte de sectores de la Curia y por parte de sectores conservadores del mismo continente eclesiástico, Santo Domingo no negó el proceso; confirmó las opciones mayores de Medellín y Puebla y abrió, por otra parte, el horizonte inmenso de la inculturación, que significa, en última instancia, una renovada opción por los pobres y por los «otros». Sería fatal, evidentemente, y sería también «hacer el juego» a los que quisieran dejar de lado la opción por los pobres, imaginar que la inculturación es la nueva gran opción de nuestra iglesia. La opción por los pobres sigue siendo «la» opción evangélica, mucho más que una prioridad. Una opción eterna en el tiempo, dentro de la historia.

Aquí podríamos traer también la palabra de Jesús: «pobres siempre los tendréis_». ¿Cada vez tendremos más pobres? Esperamos que no sea así, que no sea tan inicua la humanidad, hija de Dios, y que el Dios de las mayorías, de los pobres, de los pequeños, consiga imponerse, misericordiosamente, sobre el camino de esta historia tan egoísta hoy, tan excluyente.

Es curioso recordar con qué obsesión se quiere pulir, perfilar, condicionar, la opción por los pobres, añadiéndole aquél «ni exclusiva ni excluyente», y se olvida que la economía, la política, la sociedad en sus estructuras y en sus poderes, son cada vez más exclusivas y excluyentes. Hoy, como nunca, la opción por los pobres debería ser radical. Debería ser al servicio de las mayorías, incluyendo también -eso sí, y con mucha lucidez, y hasta las últimas consecuencias- la opción por los pobres «otros», la opción por las culturas -valga la palabra-«empobrecidas» por ser prohibidas, marginadas, desconsideradas.

No es que todo sea oscuro, ni es que podamos aceptar el pesimismo como horizonte. De un modo difuso, informal -como se da la economía informal en la sociedad- en la misma sociedad y en la Iglesia muy concretamente, dentro del movimiento popular social o eclesial, hay una conciencia, una organización y una praxis alternativa y ascendente de los mismos pobres. Un signo feliz es la misma Campaña Continental de los 500 años de Resistencia, inicialmente indígena, después indígena y negra; después, más ampliamente, indígena, negra y popular.

Dentro de la Iglesia hay conquistas irreversibles, de conciencia, de participación, de liberación de esas mayorías. La misma teología de la liberación, la espiritualidad de la liberación (antes y después), las comunidades eclesiales de base, las pastorales específicas (como decía), la «Biblia en las manos del pueblo»_ Ninguna ley, ninguna prohibición, ninguna conferencia -ni siquiera episcopal, continental_- podría cortar esa «caminhada», como decimos en Brasil, este proceso, porque ya la misma Iglesia oficialmente lo ha reconocido y bendecido, y porque responde -repito- en última instancia al programa pastoral del Dios de Jesús. Sigue siendo verdad que a Jesús y a la comunidad de sus seguidores, el espíritu los ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos, y un tiempo «alternativo» de Gracia, ya aquí, en el tiempo, para que la esperanza de la tierra prometida, la «tierra sin males» de los guaraníes, la «Patria Mayor» de todos, no sea una esperanza increíble. Dios no quiere que esperemos de un modo absurdo. A Dios le gusta ser transparente. A Dios le gusta salir al encuentro de nuestro propio corazón, en un tú-a-tú amoroso y lúcido. Los derechos de los humanos son los intereses de Dios en última instancia. Imágenes suyas somos como personas, imágenes individuales; imágenes colectivas suyas, como pueblos.

De la opción por los pobres, pues, quedan los pobres y queda el Dios liberador de los pobres.