Testimonio
de Pedro Casaldáliga
Encuentro
indigenista
Como coordinador del Regional del CIMI, en el nordeste del Mato Grosso, el P. João
Bosco vino a la Prelatura de São Félix, para acompañarnos en el Encuentro
Indigenista anual de la Prelatura. Fue durante los días 4, 5 y 6 de octubre. En
Santa Terezinha, MT. En aquella Santa Terezinha de los posseiros, de la Codeara
y del P. Francisco Jentel...
Ya en su venida el Padre realizaba así un viejo sueño de
infancia: ver el Araguaia, el gran Araguaia de las leyendas y narraciones, decía
él. De São Félix a Santa Terezinha viajó en «voadeira», por el Beroká de
los Karajá, durante unas seis horas. Bajo una lluvia imponente en el último
trecho, en un verdadero bautismo de Araguaia.
El Encuentro fue en la vieja casa, en la vieja iglesia del «morro»,
herencia de los misioneros dominicos de la Prelatura de Conceição.
Participamos, además de los miembros del Equipo Pastoral de la Prelatura
directamente dedicados al servicio del Indio, otros miembros del mismo Equipo, y
cuatro indios Tapirapé. (Y sus esposas y niños también nos acompañaron en la
libre participación que es de derecho).
El Encuentro ventiló los temas de la Tierra, Escuela, Choque
Cultural, Población Circundante, Turismo (sobre todo, el Hotel Flotante),
atención a los Karajá, Comunicación entre los Tapirapé y los Karajá
vecinos, Bautismo y vida cristiana...
En un clima de total simplicidad y realismo.
El P. João Bosco participó a sus anchas, expansivo, feliz. Contribuyendo con
oportunas acotaciones. Siempre en aquella su actitud de mediación, pero también
cada día más comprometido con la Causa Indígena, cada día más solidario con
la misión del CIMI. (Preocupado con que el CIMI fuese acogido en las Misiones
tales, con que el CIMI pudiese intervenir en tal área. Asumiendo el compromiso
de concretar tema, lugar, fecha, clima para el Encuentro Regional del CIMI en el
próximo año de 77...)
Se sintió feliz, sobre todo, y emocionado, en la visita a la
aldea Tapirapé, una vez terminado el Encuentro. Fuimos para allá en el célebre
«mondrongo» de las Prelaturas de la Amazonia Legal, enfrentando ramas y
puentes frágiles, jugueteando con el grupo Tapirapé, sudando.
(Creo que el P. João Bosco vino a São Félix para
expansionarse, para rezar, para morir. Fueron muy intensos aquellos últimos días
suyos!)
Era el día 7 de octubre. Aquella noche de claro de luna -de
ese claro de luna único que tenemos allí, en el sertão- hubo una charla magnífica
con los hombres Tapirapé, según la costumbre de la tribu, echados o sentados
sobre las esteras de paja, en los troncos. (La casa central la «takana», había
sido quemada, este año, en homenaje ritual a uno de sus principales
constructores, que había fallecido).
El P. João Bosco vibró con esa larga, sosegada, profunda
conversación: el alma de la aldea aflorando, y el Bautismo, otra vez, y lo que
sería ser cristiano sin dejar de ser indio, y la cultura de los indios y sus
derechos... «fue una charla maravillosa, Pedro», repetía el P. João Bosco.
Aquella tarde y la mañana siguiente visitó la aldea, conversó,
se mezcló familiarmente con los Tapirapé, recibió un collar de presente... Y
celebramos, en la casa humilde, igual, de las Hermanitas, una Misa conmovedora:
«Yo te bendigo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y
prudentes y las has manifestado a los pequeñuelos...». En el suelo, sobre las
esteras de paja, antes de la comida, una Eucaristía de testimonio indígena
total.
Ribeirão Bonito
El Padre y yo regresamos a São Félix el día 8. Y allí permaneció él
conmigo un día más, porque yo necesitaba encaminar algunas providencias en la
«curia». El día 11, a las 6 de la mañana, cogimos el «expresso» Xavante de
la línea São Félix-Barra do Garças y a la una de la tarde llegamos a Ribeirão
Bonito, un lugarejo, todavía área de la Prelatura, de mil y tantos habitantes.
Este fue el último viaje consciente del P. João Bosco. Por
la carretera iba comparando la sierra, las haciendas, los hombres de la región,
con la realidad, igual y diversa, del área de Diamantino. El P. João Bosco era
muy observador, minucioso.
El poblado celebraba las fiestas de Nuestra Señora Aparecida,
patrona del lugar. Yo iba a Ribeirão Bonito para acompañar al Pueblo en esas
fechas. Y este año íbamos a decidir cómo construir la iglesia, pues el
villarejo tiene apenas una chabola, semiabierta, de barro y paja, para sus
celebraciones.
El P. João Bosco decidió pernoctar allí: conocería el
personal del equipo que allí trabaja y conocería al Pueblo. Al día siguiente
proseguiría su viaje hacia Barra, Cuiabá, Diamantino... y la lejana aldea de
sus indios Bakairi.
Sólo que los planes de Dios eran otros.
Cuando llegamos a Ribeirão, en seguida nos sentimos tocados
por un cierto clima de terror que flotaba sobre el lugar y sus alrededores. La
muerte del soldado Félix, de la Policía Militar, muy tristemente conocido hacía
cinco años, en la región, por sus arbitrariedades y hasta crímenes, y muerto
en una última provocativa arbitrariedad, trajo al lugar un gran contingente de
policías, y con ellos la represión arbitraria y hasta la tortura.
Así y todo, el Pueblo celebraba las fiestas de la Patrona.
Aquella tarde el P. João Bosco acompañó al Pueblo, rezando y cantando, en la
procesión al arroyo local (de ahí el nombre de «Ribeirão Bonito») en donde
se bendijo el agua del Bautismo que iba a ser administrada al día siguiente. Y
en esa procesión, providencialmente, fueron filmadas las últimas escenas de la
vida del P. João Bosco.
Dos mujeres, sobre todo, doña Margarita y doña Santana,
estaban sufriendo en la Comisaría, impotentes, y bajo torturas, esa represión
inhumana: un día sin comer ni beber, de rodillas, brazos en cruz, agujas en la
garganta y debajo de las uñas...
Eran más de las seis de la tarde, y sus gritos se oían desde
la calle: «¡No me golpeen!» Decidí ir a la Comisaría. Para interceder por
ellas. Un muchacho de la Misión quiso acompañarme. Temí por él y no se lo
permití. El P. João Bosco, que estaba leyendo, rezando, como leyó y rezó
mucho durante esos días que convivió con nosotros en la Prelatura, se empeñó
en acompañarme.
La oscuridad que se acercaba, la arena en la calle, el terror
perceptible en el aire, en el silencio, nos acompañaron.
Cuando llegábamos al terreno de la pequeña Comisaría local,
cercado de alambre, el cabo Juraci salía. Posiblemente nos vio llegar. Volvió,
pocos minutos después, con el cabo Messías y dos soldados; los tres últimos,
de uniforme. En una camioneta del «Bracinho» -edecán de la Policía, según
el calificativo del Pueblo del Ribeirão- dirigida en aquel momento por su hijo,
de 12 años, Genivaldo Pedro Nunes.
La camioneta paró al lado de la Comisaría. Y los policías
nos esperaron en hilera, con actitud agresiva. Pasamos la cerca de alambre que
iba a ser también cerco de muerte. Yo me presenté como el obispo de São Félix,
dando la mano a los soldados. El P. João Bosco se presentó también.
Y tuvimos aquel diálogo, de tal vez tres o cinco minutos.
Sereno de nuestra parte; con insultos y amenazas, incluso de muerte, por parte
de ellos. Cuando el P. João Bosco dijo a los policías que denunciaría a sus
superiores las arbitrariedades que estaban practicando, el soldado Ezy Ramaltho
Feitosa saltó hasta él -tres metros apenas- dándole una bofetada fortísima
en el rostro. Inútilmente intenté cortar ahí el imposible diálogo: «João
Bosco, vámonos...». El soldado, seguidamente, descargó también en el rostro
del Padre un golpe de revólver y, en un segundo gesto fulminante, el tiro
fatal, en el cráneo.
Sin un ay, el mártir -el mártir, sí- cayó, tieso; pensé
que muerto. El aire se congeló, y la noche. Me incline sobre el herido, lo llamé,
respondió. El cabo Juraci comentó, tal vez aliviado, tal vez irresponsable: «Fue
un tiro para asustarle...». Y aún quiso explicarme el hecho, con triste
superioridad de suboficial: «¡Soldado..!».
Pedí el coche, pedí que me ayudasen a cargar en él al
herido. Dos de los policías, efectivamente, me ayudaron. Y el niño conductor y
yo llevamos al Padre al dispensario que la Prelatura tiene en el lugar, a 300
metros apenas de la comisaría.
El Dr. Luis y la Hermana Beatriz, enfermera, ambos de nuestro
equipo, intentaron hacer lo imposible. Y todos nosotros, allí presentes, y el
pueblo, los hombres sobre todo, acompañamos, ansiosos, solidarios. El Pueblo
comentaba con palabras gravísimas: «Si fuera uno de nosotros, uno esta
acostumbrado, es cosa de cada día...; pero un Padre... ¡Esa policía se está
hundiendo mucho!...».
Aquella noche, se suspendió el acto de la Novena, con Misa, a
la Patrona, para mayor seguridad de todos, en primer lugar. Y se pidió al
Pueblo que volviese a sus casas, para rezar, a esperar.
En la primera limpieza de la sangre, coagulada, en el parietal
derecho, aparecieron hilachas de la masa encefálica. «Pronóstico reservado,
Pedro...», me dijo, angustiado, el Dr. Luis.
¿Qué hacer? Salir de noche para un lugar con recursos, en
ese caso significaría viajar unas 15 horas hasta Goiânia. La Policía, por
otra parte, según el comentario del Pueblo, nos estaría esperando al acecho,
en la carretera de Barra do Garças, que es también el camino de Goiânia.
Hasta las 10 de la noche, imaginábamos poder llamar, por la
radio local, alguna avioneta, para la madrugada siguiente.
Agonía de mártir
Entre tanto, el P. João Bosco vivía, consciente y generoso,
su agonía de mártir, fuerte, sufrido, en oblación. Invocó varias veces el
nombre de Jesús. Ofreció varias veces su sufrimiento por los Indios, por el
Pueblo. Por el Pueblo de nuestra Prelatura, por el Pueblo de su Prelatura de
Diamantino. Se acordó del CIMI, de don Tomás Balduino, su presidente. Lamentó
con nostalgia conmovedora: «Siento no haber tomado nota de lo que los indios (Tapirapé)
conversaron...» Recibió la Unción, de mis manos, lúcido y fervoroso. En latín,
porque él rezaba en latín su breviario, hasta el último día. Le recordé,
una y otra vez, que al día siguiente era la fiesta de Nuestra Señora
Aparecida, y él asentía y ofrecía de nuevo su dolor.
Apretaba mi mano, la mano del P. Máximo. Bromeó con éste, aún.
Nunca quiso escupir en el suelo o en la pared -ni a pedido del médico-, siempre
comedido en sus gestos.
Su última palabra inteligible fue la palabra de Pablo -«He
acabado mi carrera»- o la palabra del propio Jesús -«¡Todo está consumado!»-.
Intentó incorporarse y dijo, solemne: «¡Don Pedro, hemos acabado nuestra
tarea!».
Después, ya más de las diez, noche y expectativa adentro, en
una camioneta escoltada por un coche amigo, el médico, la Hermana y yo salimos,
con el padre, bajo el suero, respirando él como un motor cansado, por la
carretera de São Félix, por la desastrosa carretera del Xingú, en busca de un
taxi aéreo de la «Taxi-Aéreo Goiás» que sabíamos pernoctaba en una
hacienda. Fueron cuatro horas de mortal ansiedad. El P. João Bosco fue
santificando, con el resto de su vida, ofrecida al viento de la noche y a Dios,
aquellas carreteras, aquellas haciendas, donde tantas vidas humanas, anónimas,
sufrieron y fueron sacrificadas. Fue aquel un vía-crucis de Redención por los
caminos de la Amazonia Legal, por las tierras de los indios, de los posseiros,
de los peones.
A las cinco de la madrugada, cuando la luz todavía intentaba
delimitar el horizonte, volamos hacia Goiânia, hacia el Instituto Neurológico
de la Avenida T. Todo era inútil, médicamente. El P. João Bosco estaba con el
cerebro ya «muerto», en estado de vasoplegía.
La noticia corrió por Goiânia, por el País, por el
extranjero. Don Fernando, la CNBB, los Padres Jesuitas, el CIMI, la familia
Burnier, la Prensa...
Y todos sentimos en seguida que aquella vida inmolada se
tornaba testimonio y conmoción. Era un misionero entre los indios quien moría,
y moría para libertar de la tortura a dos pobres mujeres del Pueblo del
interior.
Al otro día, la capilla ardiente y, sobre todo, la Misa, en
la catedral de Goiânia, expresarían magníficamente ese valor de testimonio,
ese martirio de Caridad y por la Justicia. Y esa comunión de la Iglesia del
Centro Oeste (Mato Grosso y Goiás) y de tantos lugares del Brasil.
Diamantino y São Félix, particularmente, con Guiratinga -el
triángulo misionero del Nordeste del Mato Grosso- quedábamos como sellados por
una alianza de compromiso y de testimonio.
La vida nace de la muerte
En Diamantino, donde el P. João Bosco fue sepultado, por derecho incuestionable
de Misión, el Pueblo participó de la Misa y del entierro con una fe expansiva
victoriosa. Un editorialista de «O Estado de São Paulo» no iba a entender por
qué se presentaban en la iglesia las camisas del Padre manchadas de sangre, ni
por qué se traducía «remisión» por «Liberación» -que es para nosotros,
una remisión plena-. El Pueblo es quien entiende de sus mártires... Tampoco
entendía bien esa historia aquel terrateniente que comentaba, esa misma noche,
en el hotel: «Esos padres... imaginan que... ¡Sólo tienen peones con ellos!..».
Un periodista lloró, en la Misa, cuando alguien dijo que «la
Libertad se compra con la sangre y la Vida nace de la muerte». El sí que
entendió.
Los padres Jesuitas divulgaron un óptimo documento que, entre
otras lecciones de humildad y de compromiso, agradece a los indios, a los
posseiros y a los peones, porque educaron al P. João Bosco en el Evangelio.
Esos Jesuitas también entendieron.
Cuando enterrábamos, bajo el calor del Mato Grosso, casi al
medio día, el cuerpo-semilla del P. João Bosco Penido Burnier, misionero y mártir,
junto a la alambrada-símbolo de todas las cercas del Latifundio que oprimen el
Pueblo de nuestra Amazonia- Dios puso una señal en el cielo: el arco iris ciñó
de Gloria y de Paz la nube oscura que flotaba entre el sol y la tierra, en
aquella hora.
El Pueblo planta la Cruz y derriba la cárcel
Como es de tradición en Brasil, el Pueblo de Ribeirão Bonito, Cascalheira y
alrededores quiso celebrar la Misa del 7º. día por el querido difunto P. João.
Convidaron a las otras comunidades de la Prelatura, con un folleto que
presentaba dos manos traspasadas, con las sogas rompiéndose, las rejas al fondo
y esta palabra de Jesús: «Ven, bendito de mi Padre, porque yo estaba preso y tú
me visitaste».
La Misa fue el día 19 de octubre, en la choza-capilla del
lugar; y los textos, los cantos y las expresiones espontáneas del Pueblo
manifestaron muy al vivo lo que aquella Misa significaba:
«Estamos aquí hoy... para celebrar la pasión y muerte del
P. João Bosco, en la esperanza y en la Fe de la Resurrección en Jesucristo.»
«Hemos venido también para manifestar nuestra unión y
nuestro deseo de Liberación.»
«Que nuestra presencia sea una protesta silenciosa contra los
opresores, los explotadores, representados por la policía, responsable de
tantas injusticias y tanto sufrimiento del Pueblo.»
«Que esta celebración nos haga más conscientes de nuestra
propia fuerza..., de que somos nosotros y sólo nosotros que conseguiremos
nuestra liberación.»
«Que la sangre derramada por el P. João Bosco nos comprometa
en esta jornada.»
Y cantaban: «Resucité, aleluya, y aún estoy con vosotros,
aleluya!.»
Y luego: «¡GIoria a Cristo que saca a su Pueblo de la
esclavitud!»
Se leyó también el Exodo (2, 23-25 y 3,7-10): los gritos del
Pueblo que subían hasta Dios y la decisión que el Señor toma de liberarlo.
Y una Carta del Pueblo del lugar a los Cristianos:
«Hermanos, aquí en nuestro lugar, la Pasión y Muerte de
Cristo se ha hecho presente y se ha renovado en el Padre João...
...Como le sucedió a Jesucristo, el P. João fue muerto
porque defendía la verdad, la justicia y la libertad.
El era una espina en los pies de los poderosos y opresores.
Por eso encontraron el modo de hacerlo callar: lo asesinaron.
Como decía Lourengo, indio Bororo, cuando asesinaron al P.
Rodolfo, en Meruri: «Las armas son el argumento de los cobardes».
Esta muerte no es aislada. En otras partes del Brasil,
obispos, sacerdotes, políticos, estudiantes, obreros y labradores son presos,
torturados y muertos por la misma causa: la causa de la Justicia, la causa del
Pueblo.
Pero la muerte no es el fin. La muerte es paso para la Vida. Y
esta muerte nos hace despertar...
...Tenemos un compromiso. Un compromiso con nuestra liberación...
...Hay que tener fe y creer que todos somos personas, que
todos somos iguales. No hay que tener miedo delante de la fuerza de los grandes.
Nosotros somos fuertes. ¡EI Pueblo unido tiene a Dios consigo!»
Como Evangelio, se leyeron estos versículos de Juan
(15,12-13; 18): «Dijo Jesús: Mi mandamiento es éste: amaos los unos a los
otros como yo os he amado. El mayor amor que uno puede tener por sus amigos es
dar la propia vida por ellos. Si el mundo os odia, recordad que primero me odió
a mí. Coraje: Yo he vencido al mundo».
Después de las lecturas, el celebrante, P. Máximo Paredes,
convidó al Pueblo a expresarse. Y el Pueblo habló; con una lucida pasión:
«Hay un gran silencio ahora, pero durante estos días no
hemos vivido en silencio y paz delante de una muerte tan injusta».
«EI P. João murió en lugar nuestro, porque no tuvimos el
coraje de ir juntos hasta allí».
«Es hora de saber de qué lado uno está: si del lado del
Pueblo o del lado de los "tiburones"».
«Hemos despertado con esta muerte. No podemos seguir
aguantando, apaleados como perros».
«Todos juntos somos fuertes».
«EI P. João murió porque defendía la libertad de dos
mujeres del Pueblo. Es bueno recordar que por esta misma causa el obispo y el
personal de la Misión son llamados comunistas y subversivos».
«Gente, luchamos por lo que es nuestro. No debemos tener
miedo. Somos fuertes, juntos.»
«El P. João no murió, él continúa vivo entre nosotros».
Y luego cantaron: «Creemos, Señor, que has de salvar a tu
Pueblo». Y, en el ofertorio: «Ofrecemos al Señor un mundo nuevo, el futuro de
su Pueblo». Y, en la comunión: «No hay mayor prueba de amor que dar la vida
por el hermano». Y, al final de la Misa:
«Somos un Pueblo de gente,
Somos el Pueblo de Dios,
Queremos tierra en la Tierra;
Ya tenemos tierra en el Cielo».
Después de la Misa, las mujeres que habían sido torturadas
convidaron al Pueblo a rezar un rosario por el P. João y luego, siguiendo la
costumbre cristiana del Pueblo, se llevó una gran Cruz, de madera de «candeia»,
incorruptible, al lugar del asesinato. En procesión, con velas encendidas y una
lámpara de gas en las manos del celebrante, llenando la noche de destellos y de
un religioso silencio de oración.
Llegando al lugar del martirio, se plantó, honda, la cruz. La
inscripción de la tablilla decía elocuentemente: «Aquí el día 11-X-1976 fue
asesinado por la policía el P. João Bosco, por defender la Libertad».
De pronto el silencio se rompió y el Pueblo volvió a
expresarse, incisivo:
«Ellos pueden sacar esta cruz, pero nosotros no olvidaremos,
pondremos otra».
«Esta cárcel sólo ha servido para prender y maltratar a
gente pobre: posseiros y peones. Nunca se vio en ella un rico».
«Mañana, si un hermano nuestro es preso injustamente, ¿tendremos
el coraje de venir aquí todos como hoy, para libertarlo?».
«La cruz representa nuestra liberación; esta cárcel
representa la persecución, la tortura, el asesinato y todo lo que nos
aterroriza».
«Entre la Cruz y la cárcel, es mejor echar la cárcel».
Varios de los presentes declararon que ya habían sido presos
allí injustamente y que allí habían sido maltratados.
Fue entonces cuando el Pueblo -dice el relato de «Alvorada»,
el 21 de octubre de 1976-decidió abrir las puertas de la cárcel para que jamás
nadie fuese allí preso y maltratado, injustamente. Y el Pueblo todo participó
con mucha ira y sed de justicia.
Quien no podía destruir, animaba...
Todo el Pueblo, allí reunido, centenares de personas,
participó en la destrucción, «con las manos, con palos, con piedras; fueron
incluso a buscar hachas. Quien no podía acercarse, aplaudía y gritaba animando».
«¿Será eso violencia? (preguntó alguien y se respondió a
sí mismo): Violencia es ellos matar al Padre y quemar nuestras casas».
Alguien, en el Brasil y en el exterior, ha calificado ese
gesto del Pueblo del Ribeirão como de una pequeña «toma de la Bastilla».
Muchos han vibrado con ese gesto. Porque eran muchedumbres del Pueblo, de los
Pueblos, las que hablaban por medio del Pueblo del Ribeirão.
Conste que yo no estaba allí. Estaba en Goiânia y en Cuiabá,
en los trámites de entierro, proceso, escritos, subsiguientes a la muerte del
P. João Bosco. Supe de lo acontecido dos días después. Pero en la introducción
del susodicho relato de «Alvorada» expreso bastante claramente mis
sentimientos acerca del suceso:
«...El Pueblo ha hecho del P. João Bosco un mártir suyo. Y
ha descubierto en la muerte generosa del misionero una señal del Evangelio de
la Liberación...
...El Pueblo celebró la Eucaristía, plantó la Cruz y derribó
la cárcel, todo en un solo gesto.
Se podrá discutir la táctica de los gestos del Pueblo. Sin
embargo, cuanto menos tácticos, más espontáneos. Y acaso no tendrá el Pueblo
sus gestos proféticos? Los gestos del Pueblo son la voz del Pueblo y la voz del
Pueblo es la voz de Dios.
El juicio que hagamos de esos gestos y de esa voz dependerá
de la distancia o de la proximidad en que vivamos del sufrimiento, de la
angustia y de la Esperanza del Pueblo. Dependerá de la medida en que vivamos el
Evangelio del Hijo de Dios encarnado en la hora y en la historia de un pueblo,
dentro de la Historia de la Humanidad, y Muerto y Resucitado para transformar
esa Historia en Misterio de Salvación».
«Sin odio al odio y sin miedo a la Libertad», añadía yo,
«proseguiremos nuestro camino, seguros del Amor que nos amó hasta el fin».
Otros, sin embargo, se sintieron con miedo ante ese gesto de
Libertad del Pueblo. Y se organizó una aparatosa represión que iba desde los
interrogatorios formales hasta las insidias y las amenazas.
Lo de menos era hacer justicia. Todo el mundo sabe cómo los
torturadores del Pueblo y el asesino del Padre se movieron a sus anchas y cómo,
una vez presos, tres de ellos, Ezy incluido, huyeron de la prisión, después de
arreglar sus maletas como quien prepara un viaje de vacaciones.
Ezy continúa libre y el proceso está encallado. Como está
prácticamente encallado el proceso contra los asaltantes y asesinos de Meruri,
del cual proceso han sido dispensados los verdaderos responsables: João Mineiro,
José Antonio Miguez, Nonato Rocha. ¡Este incluso fue elegido alcalde, después,
por el Partido del Gobierno...!
La Policía Federal que estuvo luego varios días en el Ribeirão,
quería arrancar del Pueblo el falso testimonio de mi presencia e intervención
allí, con ocasión de la Misa del 7.° día y la derribada de la cárcel. Pero
el Pueblo -que se presentó voluntariamente y en masa, para declarar- tuvo una
declaración invariable:
«Fuimos todos nosotros, fue el Pueblo»
Yo me acordé muchas veces, aquellos días, de la respuesta del Pueblo de
Fuenteovejuna, en el drama clásico español:
-«¿Quién mató al Comendador?
-Fuenteovejuna, señor.
-Y quién es Fuenteovejuna?
-¡Todos a una!»
El Dr. Helio, presidente de la Investigación de la Policía
Federal, quiso mostrar la gravedad del acontecimiento como un hecho de ámbito
nacional. El Pueblo fue amenazado, entonces y después, muchas veces, en sus
declaraciones, con la venida de batallones enteros, de paracaidistas incluso...
Supimos de la propia Nunciatura que el Presidente Geisel se
había mostrado irritadísimo con lo sucedido en Ribeirão Bonito, en el derribo
de la cárcel-comisaría, y que si se demostraba mi participación no habría
fuerza que pudiese impedir mi expulsión del Brasil.
Tres policías, disfrazados de periodistas, pero mal
disfrazados, quisieron cogerme por la palabra, en Goiânia, mientras yo grapaba
las «AIvorada» que llevarían a los amigos del Brasil la noticia evangélica
de aquella gesta popular. Ellos fueron los primeros en recibir, de mis manos, el
relato, aún palpitante.
Surgió colectivamente una iniciativa, la mar de lógica. Había
que construir la iglesia de Ribeirão Bonito allí donde fue martirizado el P.
João Bosco.
La idea fue del Pueblo y todos la acogimos calurosamente. En
Brasil y fuera de Brasil. Menos la Policía Militar del Mato Grosso.
Fue ella quien arrancó la tablilla de la Cruz. Ella quien
arrancó la Cruz con la segunda tablilla, esta vez placa, de hierro. Y esa Cruz
bendita ha pasado semanas echada en el suelo de la Comisaría provisoria de
Ribeirão. Y el Pueblo ha visto cómo algunos policías la insultaban y hasta la
escupían.
El día 15 de abril visité en Cuiabá al Coronel Geraldo de
Oliveira e Silva, Comandante de la Policía Militar del Estado, para pedirle, en
nombre del Pueblo, permiso para construir la iglesia en el lugar del martirio
del P. João Bosco. El terreno es de la alcaldía. Y el alcalde de Barra do Garças,
Sr. Wilmar, no tenía el menor inconveniente. La policía disfrutaba apenas
derecho de «posse» o utilización de la Comisaría que el propio Pueblo había
construido allí.
El Coronel Geraldo se cerró en banda, y negó rotundamente el
tal permiso. Me dijo que toda la Corporación policial le presionaba en ese
sentido: a no ceder. Que la Policía Militar del Estado había sido ofendida por
muchos en la ciudad y en el País, por la Prensa sobre todo, a raíz de la
muerte del P. João Bosco. Que él mismo había recibido innumerables cartas y
telegramas llamándole «jefe de asesinos»... Era un problema de «afirmación
de la Policía», subrayó, no aceptar que se construyera la iglesia en el lugar
que el Pueblo quería. Yo siempre entendí que la única manera de la Policía
recuperarse un poco, frente a la opinión pública, era precisamente aceptar.
Pero ¡cada uno tiene su punto de mira...! No hubo modo. Y me limité a decirle,
para terminar:
-Entonces, Sr. Coronel, el diálogo esta cerrado. Vamos a
dejar ese asunto para Dios y para la Historia.
La iglesia, naturalmente, se construirá. En otro lugar, no
importa. Lo que importa, en todo caso, es la Iglesia viva que se está
construyendo sobre los fundamentos de la sangre mártir.
Un día el lugar del martirio del P. João Bosco Penido
Burnier será respetado, también públicamente. Cuando las autoridades sean
otras y estén de verdad al servicio del Pueblo... Aún veremos las flores y la
gratitud crecer allí, en un monumento. La memoria de los santos recupera sus
derechos, más tarde o más temprano. A la Historia me atengo.
Una muerte vivida. Un clamor continental
Quiero también recoger aquí unos fragmentos de la declaración
que presté al periódico goiano «O Popular», el día 14 de octubre de 76. En
ella, con palabras mías, reproduzco el pensamiento de muchos en torno a la
muerte del P. João Bosco Penido Burnier:
«La muerte del P. João Bosco es un sacrificio más de la
Iglesia misionera. Sacrificio en el sentido positivo, cristiano, de la palabra.
Esta tampoco fue una muerte ni "morrida" ni matada, sino vivida. Una
muerte asumida por el Evangelio y por el Pueblo...
...Esta muerte es también para mí una seña de la creciente
oleada de la persecución contra la Iglesia del Pueblo, en toda esta América
Latina. Ninguno de nosotros se siente muy lejos de la muerte, en esta hora.
En todo caso es una muerte-martirio, es decir, un testimonio y
un compromiso de fe y de esperanza. Quien muere así da vida.
...Habremos de hacer que esa sangre del Padre João Bosco no
sea inútil. La sangre siempre compromete.
...La opinión de varios sectores de la Iglesia y de la
población en general... coincide en que no se puede minimizar el hecho considerándolo
aislado o eventual. Muchos hechos semejantes están sucediendo en este País y
en aquella región, concretamente, como también en toda América Latina.
Todos ellos, de un lado, cuando envuelven a personas de la
Iglesia alcanzan a aquellos cristianos-obispos, sacerdotes o seglares
comprometidos por el Evangelio con el Pueblo. De otro lado, todos esos hechos
provienen de los poderes -de la política, del dinero, de las armas, del
latifundio-interesados en mantener ese mismo Pueblo en la secular dominación.
El tiro podrá ser de un pistolero o de un soldado, pero ellos
son apenas piezas de un sistema inhumano de prepotencia y opresión...
...La impunidad de esos sucesivos crímenes confirma esta
opinión. Esos crímenes y esa impunidad mantienen, por ahora, el Pueblo en un
clima de terror e impotencia. Sin embargo esos mismos crímenes y esa misma
impunidad, un día, mañana, provocarán una reacción del propio Pueblo que
-hipócritamente- los poderosos consideraran violenta, ilegal, subversiva.
Desde un ángulo de fe y de verdadero compromiso con el
Pueblo, la persecución y el martirio no intimidan: esclarecen y confirman en la
opción y comprometen más seriamente en la trayectoria . Toda esta sangre no es
muda y se está transformando en un clamor continental por la Justicia y a favor
de las justas reivindicaciones y adquisición de todos sus derechos por parte
del pueblo indio, labrador, obrero».
-SEDOC,
diciembre (1976)674-675
-También en: CASALDALIGA, Pedro, La muerte que da sentido a mi credo. Diario
1975-1977, Desclée de Brouwer, Bilbao 1978.