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El Papado del nuevo milenio

Juan GARCÍA PÉREZ S.J.


 

 

La figura de los Papas suele ser objeto de elogios encendidos que bordean un peligroso culto a la personalidad o de críticas caricaturescas. Aquí hablaremos no de los Papas sino del Papado. Y trenzaremos nuestras reflexiones en torno a cuatro afirmaciones principales.

1. La configuración actual del Papado no es satisfactoria. La frase no supura «afecto antirromano» ni dosifica cicateramente respetos y aprecios. Es conclusión directa de una lectura no edulcorada de la realidad. No satisfacía a Pablo VI quien ya en 1967 reconocía que el papado (o el Papa) es el mayor obstáculo en el diálogo ecuménico. Juan Pablo II (Ut unum sint ) con una cierta audacia, que arriesga y compromete, se dirige en primer lugar a las jerarquías y teólogos de otras confesiones cristianas para que, sin renunciar a los elementos esenciales del ministerio de Pedro, le ayuden a encontrar otras formas más ecuménicas de configuración del Papado.

2. El Papado, en su forma actual, está «contaminado» por algunos rasgos que no forman parte de la tradición recibida del grupo de los Doce o de las estructuras nacientes de la Iglesia primitiva. Son secuela del «contagio» que los poderes civiles han ejercido en la Iglesia. Un repaso muy somero de la abundante literatura teológica sobre esta cuestión nos llevaría de la mano a los escritos de figuras tan venerables como Congar (cardenal), o tan prestigiadas como K.Lehmann (cardenal), Quinn (arzobispo emérito) Pottmeyer, K.Schatz, Alberigo, Kaufmann y otros muchos.

En las orillas del lago de Tiberíades aquel pequeño grupo de Pedro y compañeros se hace a la mar del futuro. Un especialista en historia podría adentrarse en el recorrido minucioso que L. Pastor hace del Papado a través de los Papas. Pero el Papado ha recibido no sólo el encargo de Jesucristo, abrumador en su sencillez, sino que en su andadura por la historia se ha tiznado con rasgos que desfiguran su rostro.

La Iglesia más primitiva debía transmitir fielmente el legado de los Doce. Se comprendía a sí misma -escribe H.J.Sieben- como testigo de la tradición apostólica. La iglesia particular de Roma se asentaba sobre las tumbas de Pedro y Pablo. Por ello gozaba de una especial consideración. Muy pronto el estilo de autoridad y un cierto oropel de los emperadores romanos asedia a los obispos de Roma. En el s.V, León el Grande de sucesor pasa a llamarse vicario de Pedro.

A nuevo milenio, nuevo paradigma. Los obispos de Roma, sin dejar de ser «testigos» se van convirtiendo en expresión de Pottmeyer en «monarcas». Influyen en este viraje varios sucesos. El primero de ellos, el cisma de Oriente. El obispo de Roma, dentro de los patriarcados (Pentarquía), gozaba de un primado de honor pero no de jurisdicción. El cisma contribuye a difuminar las lindes entre la jurisdicción del patriarca de Occidente y el ministerio del sucesor de Pedro.

Segundo factor, la lucha de las investiduras en tiempos de Gregorio VII. Un signo, exóticamente gráfico como la tiara o triple corona, que comienzan a ceñirse los Papas, expresa la «plenitudo potestatis» sobre la propia Iglesia. Los canonistas acentuarán en esta época los rasgos jurídicos. A comienzos del s.XIII, Inocencio III se presenta ya como el único vicario de Cristo para toda la Iglesia, y queda situado sobre el conjunto de los obispos. La afirmación sobre la «puissance absolue et perpétuelle» que Bodin refiere a los príncipes en el Estado moderno, se transfiere a los Papas cuya soberanía quedará por encima de las leyes. Siglos más tarde, ya en el XIX, Mauro Capellari, precursor del ultramontanismo y futuro Gregorio XVI, deducirá de esta soberanía la infalibilidad papal, definida como dogma en el Vaticano.

3. ¿Habría que cambiar los dogmas? Algunos teólogos católicos (Paul Wess) creen que para cambiar la situación de acentuado centralismo en la Iglesia, no bastaría con una reformulación de las expresiones y habría que llegar a una revisión de los contenidos dogmáticos. El Vaticano II ha hecho suyos los dogmas del Vaticano I y a una concepción muy verticalizada de la Iglesia ha yuxtapuesto una eclesiología de «colegialidad». Pero el resultado, según Wess, no es una relación fraterna de Papa y obispos (el mayor y los menores) sino la relación de un maestro con sus discípulos, por echar mano de las palabras de Gasser, relator del Vaticano I.

Otros teólogos, en cambio, como Pottmeyer, piensan que no es cuestión de reformar los dogmas del Vaticano I sino releerlos en otro contexto. No se tome esta propuesta como una maniobra para retirar al desván algunos dogmas. La Iglesia no admite una manipulación de los dogmas que vacíe sus contenidos pero sí acepta reformulaciones que en contextos nuevos den lugar a aplicaciones diferentes. Recuérdese el reciente acuerdo (octubre 1999) de evangélicos y católicos sobre la justificación.

4. Sin atentar contra los dogmas, son posibles reformas audazmente renovadoras. Tantas que ofrecerían a ortodoxos e Iglesias de la Reforma un rostro de Iglesia Católica verdaderamente nuevo.

Piénsese (y no sólo en «sueños») en una Iglesia que reconociese un margen de actuación decididamente más amplio a las conferencias episcopales y a los obispos de las iglesias diocesanas. Algunos cardenales, cuyo perfil se destaca con fuerza en el actual colegio, como Silvestrini, Danneels, Law, O´Connor, Martini, han señalado la mortecina colegialidad que caracteriza a los actuales sínodos de obispos. «No es un misterio el sentimiento difuso de insatisfacción por la tendencia involutiva del Sínodo... reducido a monólogos sin discusión o réplica» decía el dimisionario cardenal Silvestrini, que durante mucho tiempo desempeñó importantes responsabilidades en la Secretaría de Estado. Y el cardenal Danneels echaba de menos en el colegio episcopal una verdadera cultura del debate que permitiría a los obispos una mayor franqueza e intervenciones más pertinentes. ¿Qué sucedería si los sínodos pasasen a ser deliberativos (y no sólo consultivos como hasta ahora) y los obispos en unión con los Papas tomasen decisiones sobre cuestiones importantes para la vida práctica de la Iglesia universal? Imagínese en la Iglesia una práctica del principio de subsidiariedad mucho más amplia y más coherente con las afirmaciones teóricas de documentos solemnes. ¿Por qué no dar un protagonismo mucho más directo a las iglesias locales en la elección de sus obispos? ¿Qué sentido tiene el reconocimiento encogido o el recorte minucioso de las competencias de las conferencias episcopales que puede dar la impresión de que se las tolera y vigila más que se las fomenta y respalda? Habría que revisar cuidadosamente los procedimientos judiciales y administrativos en la Iglesia para que también ella, cuando se dirige a las sociedades civiles, pueda presentarse sin alardes como ejemplo estimulante de respeto a las libertades y a los derechos. Hacer algo de todo esto, cuya realización no es fácil aunque tampoco imposible y sí muy deseable, no requiere cambiar ni una sola coma de los dogmas del Vaticano I pero sí exige una transformación honda de las prácticas actuales.

Hace ya muchos años, Ratzinger reconocía que en la historia el sucesor de Pedro ha sido a la vez roca de Dios y piedra de tropiezo. Juan Pablo II, al comienzo de este nuevo milenio prodiga en fragilidad de salud pero con vigorosa fortaleza de espíritu, gestos animosos y decididos. Nos toca a los católicos dar pasos audaces hacia otros cristianos. El puente del encuentro ecuménico hay que levantarlo desde las dos orillas. También desde la nuestra.

 

Publicado en ABC de Madrid, agosto 2001
Juan García Pérez, S. J.
Profesor de Teología.
Universidad Pontificia de Comillas.

 

 

 


 



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