De vuelta de Emaús,
aunque es de noche

 

  (Del libro «Aunque es de noche. Hipótesis psicoteológicas sobre la hora espiritual de América Latina en los 90», de José María VIGIL: Editorial Envío, Managua 1996, pags. 159-172.
Puede ser recogido su edición digital en la Biblioteca de los Servicios Koinonía: http://servicioskoinonia.org/biblioteca
   
 



Hace varios años que vengo sintiendo que el texto de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) expresa muy bien el papel de la fe cristiana en esta hora espiritual concreta de América Latina. Voy a servirme de él para reducir a una síntesis simbólica el mensaje sustancial de este estudio.

Como es sabido, los discípulos de Emaús no son ante todo unos discípulos históricos concretos, sino principalmente un símbolo. No nos interesaría lo que les pudiera pasar o lo que pudieran haber sentido en aquel misterioso encuentro con Jesús, si no fuera porque expresan de alguna manera algo presente en cada uno de nosotros: una dimensión profunda de la fe y de la esperanza cristianas frente a la noche oscura de la desesperanza y la frustración.

Los discípulos de Emaús, más que ir a Emaús(1), huían de Jerusalén. Herido el pastor, se dispersaban las ovejas (cfr Mt 26,31). No querían saber ya de lo que habían vivido en Jerusalén. Allí todo acabó mal. «Lo de Jesús el Nazareno» (24, 19) había sido un desastre. Habían ellos depositado sus ilusiones en Jesús. Habían pensado, con tantos otros, que «él iba a ser el liberador de Israel» (24,21). Probablemente lo aclamaron entrando triunfante en Jerusalén los días de la Pascua. Debieron pensar que el Reino estaba por llegar de un momento a otro. Todo el pueblo estaba «en ansiosa espera», como nos dice Lucas en otra parte de su evangelio (3,15). Pero toda esta esperanza se frustró, y ellos emprendieron la vuelta a su aldea, a la seguridad de su casa, a la privacidad del hogar.
Frustración, desencanto, decepción... eran los sentimientos que les embargaban. Estaban «de vuelta», de vuelta de Jerusalén y de vuelta de todo. Huían. Aturdidos por la depresión, sólo querían olvidar(2). «Todo ha sido un sueño», dirían, como la Magdalena del Jesucristo Superstar; «es hora de despertar a la vida real y dejarse de utopías»...

«Comentaban lo sucedido mientras conversaban y discutían» (24, 14-15). No era una conversación cualquiera. Era una conversación «fijada» sobre lo sucedido, sobre «lo que pasó», como un trauma que queda grabado en el alma e impide airear la mente con otras perspectivas. Podemos imaginar a los dos discípulos caminando, queriendo espantar los fantasmas de la muerte de su mesías, pero sucumbiendo acorralados al acecho e insistencia de sus recuerdos, «dándole vueltas también en su corazón» (Lc 2, 51) a todo ello. Esa conversación -quizá más bien un «monólogo a dúo»- no dejaría de ser la prolongación de su «autocharla» o selftalk, encadenada a unos pensamientos deteriorados y negativos...

Anónimo, disfrazado, desconocido, «Jesús mismo en persona se les acercó, y se puso a caminar con ellos. Pero estaban cegados y no podían re-conocerlo» (24, 15-16)(3). «Estaban cegados»; no haría falta imaginar ninguna intervención sobrehumana para explicar esta ceguera; es típico de la depresión la merma de la actividad psíquica y de la capacidad ideatoria(4).

«¿Qué conversación es esa que se traen Vds. por el camino?» (24, 17).
Interesante esta pedagogía que Lucas atribuye a Jesús: comienza acercándose a ellos, metiéndose en su camino, poniéndose a la altura de su marcha y preguntando, interesándose por «su conversación»... Quiere que le compartan su estado de ánimo, su desesperanza, y no quiere hablar ni dar una lección antes de escuchar, antes de saber cuáles son las preguntas concretas que ellos se hacen... Teológicamente es la dinámica de la encarnación. Psicológicamente es una terapia de catarsis: Jesús quiere escuchar lo que ya sabe porque quiere que los discípulos se expresen, que arrojen por su boca y dibujen con toda su alma la amargura y la decepción que sienten, su incredulidad y su cansancio.

Después de escucharlos atentamente Jesús toma la palabra y, apoyándose en la Escritura, les interpreta todo lo sucedido. Les da una nueva interpretación, sobre la que ellos tenían, de los hechos acaecidos en Jerusalén.
Ellos interpretaban la muerte de Jesús como un desastre, como un fracaso, como el triunfo del poder del mal sobre el hombre justo Jesús. Compartían la noche oscura de los pobres de todos los tiempos, que ven frustradas sus esperanzas por la fuerza avasalladora del mal que triunfa sobre el bien a lo largo de la historia. Ellos interpretaban los hechos como la inexplicable derrota del justo Jesús. Y podemos pensar que, con esa interpretación, toda su conversación (su «autocharla» colectiva) podría reducirse a un círculo vicioso de pensamientos negativos, autoculpabilizadores, destruidores de la autoestima, depreciadores de la utopía que había predicado el maestro galileo ahora desaparecido...
Pero Jesús les da «otra» interpretación. Les invita a corregir su visión, a educar sus ojos. Hay otra forma de mirar. Jesús les da testimonio de ella y se la ofrece. Las cosas no son así, como ellos las ven. En lo profundo, son de otra manera.
Es verdad -les dirá Jesús- que los hechos, los hechos brutos, en sí mismos, parecen dar la razón a la fuerza y aparentan negar la fuerza de la razón. Es decir, es cierto que, materialmente hablando, Jesús ha sido derrotado. Ha sido expulsado de este mundo por los poderosos. No pudieron tolerar la frescura de su utopía y se volcaron contra él. Su muerte es la demostración de que en el mundo no hay sitio para una persona buena. El amor no tiene cabida aquí entre nosotros. No es ésta su patria, no es éste su hogar. El amor aquí anda como expatriado, fuera de su lugar propio. Y por eso es perseguido y expulsado de este mundo.
Y lo consiguieron los poderosos: expulsaron a Jesús. El mundo no estaba suficientemente maduro como para acoger la propuesta utópica de Jesús. Lo mataron. Dios mismo lo abandonó. Murió apurando hasta el fondo el caliz del fracaso. No es posible imaginar mayor postración y abatimiento, mayor desesperanza y frustración. Fracasó, sí.
Pero Jesús, quizá sujetándolos del brazo y deteniéndolos un momento en el camino para mirarles a los ojos, les increpa lleno a la vez de ternura y de una poderosa convicción: ¿Pero no se dan cuenta ustedes?, «¿no tenía que padecer todo eso el Mesías para entrar así en su gloria?» (24, 26). ¿Acaso podría haber sido de otra manera? No se trata, evidentemente, de que las cosas fueran así porque por un hado trágico estuvieran ya previamente escritas y hubiera de cumplirse la Escritura. No se trata de eso. Jesús no fue una marioneta de Dios ni un títere del destino. Las cosas podrían habrer sido de otra manera, pero si hubiesen sido diferentes, si Jesús no hubiera bebido hasta las heces el caliz del fracaso, no hubiera expresado en su propia vida, viviéndolo en su propia carne, la realidad dramática del amor.
Sólo así, con ese fracaso total pudo expresar la fidelidad total, la fe a pesar de todo, la esperanza contra toda esperanza, el amor mayor (Jn 15,13) hasta dar la propia vida. Las cosas no podrían haber sido de otra manera. Viviendo, siendo él mismo en persona el amor de Dios, no podía sino experimentar el drama sobrehumano del amor en este mundo. Cualquier otro desenlace hubiera sido peor: no hubiera dado juego suficiente para expresar el amor mayor de Dios y su fidelidad total.
A esa luz, Dios había triunfado. Había expresado lo que quería expresar. Nos dió en Jesús su Palabra: hecha carne y sangre, vida y muerte, amor y fidelidad en plenitud.
Sí, había triunfado Dios. Había quedado expresado de una vez para siempre, para toda la humanidad, cuál es la Verdad y cuál es el Camino, el único camino. La muerte de Jesús había sido el triunfo, no ya frente a sus enemigos simplemente, sino frente al mal y frente a la muerte, frente a la desesperanza y la oscuridad. «¿No tenía que padecer todo eso el mesías para entrar en su gloria?». Efectivamente, con cualquir otro guión, Dios hubiera sido menos elocuente.

Conducidos por la palabra encendida de Jesús, los discípulos descubrían todo un horizonte nuevo. Sus ojos, cegados hasta entonces, se abrían a una luz distinta, que todo lo inundaba de esperanza, de certeza, de valor. Ardía su corazón. Vibraban con el de Jesús, al unísono, llenos de sentimientos positivos que curaban el sufrimiento de su corazón herido.
Veían ahora de forma distinta lo sucedido. Lo miraban con una nueva aproximación. Guiados por Jesús, habían podido reinterpretar y re-conocer un hecho que antes, en su desnuda materialidad, les había parecido imposible de ser encajado en su cosmovisión, en su constructo personal. Ahora, no sólo lo entendían -con la cabeza- de un modo distinto, sino que lo descubrían también, con el corazón, con un sabor enteramente diferente. «¿No estábamos en ascuas mientras nos hablaba por el camino explicándonos...?, ¿no ardía nuestro corazón?» (24, 32).

Llegada la noche -aunque en su corazón estaba ya amaneciendo- le ofrecieron su hospitalidad: «quédate con nosotros» (24, 29). Era un ofrecimiento motivado tanto por el cariño que prontamente le habían cobrado, como por el propio interés: quédate con nosotros y prolonguemos esta conversación tan cálida y que tanto bien nos hace... Resonaban los ecos de aquellas otras palabras: «¡Qué bien estamos aquí, hagámos tres tiendas» (Mt 17, 1-9) y quedémonos conversando noche adentro... en el Tabor de esta conversación que también nos transfigura la realidad y nos ayuda a ve lo que no veíamos...
Y Jesús se quedó. «El entró para quedarse» (24, 30). Y, «recostado a la mesa con ellos... partió el pan y se lo ofreció»... ¡Ya! ¡Suficiente! Entendieron todo. ¡Era Él! Aunque en ese momento, precisamente, desapareció. Pero «se les abrieron los ojos y lo re-conocieron» (24, 31).
Algo les sacudió. Se les impuso una evidencia irresistible: él no ha muerto fracasado: ha triunfado. Él no ha muerto verdaderamente: está vivo. No es un reprobado: al contrario, es él quien nos juzga, quien está juzgando al mundo. El crucificado es el glorificado. ¡Es «el Señor»! ¡Está vivo!(5)

Lo «re-conocieron». Descubrieron que aquel des-conocido caminante compañero era un personaje muy conocido para ellos; pero además ahora lo re-conocían, lo conocían de otro modo. Todo aquello que había ocurrido en Jerusalén, de lo que habían sido testigos dolorosos, lo re-conocían ahora de un modo nuevo; lo comenzaban a conocer con un conocimiento nuevo.
La interpretación que les dio Jesús, que era una re-interpretación frente a la interpretación primera que ellos cargaban a partir del fracaso vivido en Jerusalén, les transformaba el escenario. Habían adquirido unos ojos nuevos. La historia comenzaba a ser otra para ellos. Aunque seguía siendo de noche, y los príncipes de las tinieblas andaban igual de sueltos, una luz poderosa interior les devolvía a una realidad nueva, diferente. Ahora sentían absurda su huída de Jerusalén. Escapar, ¿de qué?, ¿de quién?, ¿a dónde?, ¿por qué?
Ya no había fracaso del que huir. Al contrario, había una cita a la que acudir: Jerusalén misma, porque el final de la historia no podía darse, precisamente, en un viernes santo. Había que continuar la historia. Ahora estaba claro que la Causa de Jesús seguía en pie. Su utopía, tan desvalida humanamente, tan despreciada por los prepotentes, y concretamente aplastada en su Cruz, resucitaba ante sus ojos, libre y poderosa, más utópica que nunca.

«Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén» (24, 33). Sí, había que volver a Jerusalén, a la lucha, a la militancia, al lugar donde duele, al lugar del que acababan de huir. Jesús los había transformado. Los había rescatado de la desesperanza y la depresión. Tenía sentido la vida. Volvía a tener sentido para ellos la Causa de Jesús. Había que dejar la pereza y el aturdimiento y «ponerse las pilas».
Dice Lucas que se levantaron de la mesa y volvieron a Jerusalén «al momento». Hemos de entender que tanta urgencia sintieron, que ni siquiera quisieron pasar la noche en la casa en que se habían recogido. No esperaron al día siguiente. No esperaron a que amaneciera. «Aunque era de noche», se pusieron en camino, de vuelta a Jerusalén, al compromiso. Sin duda se dijeron: «Jesús, sí, vive; la lucha sigue».
Y allí se encontraron a los otros «reunidos con sus compañeros» (24, 33), organizados, compartiendo precisamente la misma luminosa experiencia interior.

Dicen los exégetas que este texto de los discípulos de Emaús fue escrito en las celebraciones de la fe de los primeros discípulos. Y quedó configurado de esta bella forma que nos permite leernos a nosotros mismos en este relato, como símbolo abierto que es.
La fe en la resurrección por parte de los discípulos no fue simplemente un tener por cierto un hecho material concreto: la apertura de un sepulcro, a las horas de la madrugada, antes de salir el sol, con la reanimación de un cadáver... Como gustan de decir los teólogos, la resurrección no es, en ese sentido, un «hecho histórico» o, por mejor matizar, un hecho físico-histórico. Tener por cierto ese «hecho físico», no es el objeto de la fe, no es la sustancia de la fe en la resurrección de Jesús. Creer en la resurrección no es el acto intelectual de «tener por cierto» un hecho físico. La fe en la resurrección de Jesús tiene un significado mucho más amplio y profundo.
Los discípulos creyeron en la resurreccción en cuanto que sintieron que Él estaba vivo, y sintiendo esa «corazonada» -como una intuición irresistible, como por una evidencia incausada que se les imponía implacable- tuvieron el coraje de asumir esa decisión. Se atrevieron a creer. Se arriesgaron a creer. Quisieron creer. Y creyeron. Aceptaron el don de Dios.
Es decir: no se trata tanto de que creyeron como «cierta intelectualmente» la proposición «Jesús ha resucitado físicamente», cuanto de que creyeron que aquel Jesús crucificado y expulsado de este mundo era la expresión mayor del amor de Dios y del sentido de la historia. Aquel muerto, se volvía a levantar. Y se levantaba hasta lo más alto: ¡hasta la derecha misma de Dios! Su Causa -objeto de su revelación- se constituye en nuestra Causa Absoluta.
Para los que se arriesgaron a creerlo, en Jesús había estado Dios mismo en persona, caminando junto a nosotros por el camino de la vida, acercándose a nuestras penas e iluminándolas, reinterpretándolas a la luz de Dios. Esta luz que trae Jesús crea un espacio nuevo para la esperanza, a pesar del fracaso, para la utopía, a pesar del triunfo del mal. Creer en él, creerlo vivo y resucitado, no es afirmar nada sobre un cadáver o un sepulcro, sino aceptar su propuesta de interpretación (y de reinterpretación) de la vida, de la historia, y constituirla en mi propia interpretación. Lo cual, no se puede hacer por un mero acto voluntarista o de imperativo moral, sino empujado por una fuerza que brota como un don desde el corazón. «¿No ardía nuestro corazón...?»
Creer en la resurrección es tener el coraje de aceptar la reinterpretación que nos da Jesús de esta historia perversa donde triunfa el malo, donde al bueno se lo comen, donde no hay sitio para la persona buena, donde el amor está expatriado, donde fracasa la Causa del Reino, que es Causa de los pobres. Jesús nos reinterpreta la historia diciendo que a pesar de todo, la Utopía del Reino sigue siendo «la» Causa por la que merece la pena vivir y luchar y hasta morir. Creer en Jesús es tener el coraje de creerle a Él(6). Y es, por eso, tener el coraje de creer como él. No se trata de creer en Jesús, sino de creer a Jesús y, por eso, de creer como Jesús, con la fe de Jesús, con su misma pasión por la utopía del Reino, inasequible al desaliento, a pesar del aparente fracaso y de la muerte.

Creer en Jesús hoy, concretamente hoy, en esta singular hora espiritual de América Latina, es también creer, como Él, con su misma fe, que la historia no puede llegar a su final un viernes santo, que no puede haber otro «final de la historia» que la realización de la utopía del Reino.
Es creer que si éste fuera el final de la historia y ya no hubiéramos de esperar más que «más de lo mismo» de este neoliberalismo concentrador de la riqueza, generador de pobreza y excluidor de los pobres, entonces, no es que hubieran fracasado los proyectos de los pobres, sino que habría fracasado Dios mismo y la humanidad.

Los discípulos de Emaús estaban deprimidos y huían de la realidad, para refugiarse quizá en una privacidad cómoda en Emaús, con un compromiso light. No querían pensar, aunque sus pensamientos negativos los acosaban y perseguían por el camino cual fantasmas impertinentes.
Jesús se acercó, les preguntó, los escuchó. Y luego les ofreció una reinterpretación, una «terapia cognitiva» por una parte, en cuanto que les iluminó la mente, el conocimiento: deshaciendo argumentos falsos, sacando a la luz pensamientos distorsionados, descubriendo aspectos escondidos, apoyándose en las reinterpretaciones de sentido presentes en «toda la Escritura»(7) (cfr. 24, 27).
A la vez, Jesús les hizo una terapia más en la línea conductista en cuanto que actuó sobre los sentimientos negativos «aprendidos» en la experiencia dolorosa de la persecución y muerte de Jesús. Con su palabra cálida, hizo «arder» su corazón durante el camino, sedimentando en ellos los sentimientos contrarios positivos que recuperaban la confianza, el bienestar y la autoestima de los discípulos. Tan confortados se sientieron que, como Pedro en el Tabor, también quisieron prolongar tan agradable experiencia: quédate con nosotros -le dijeron-, quédate a cenar, «hagamos tres tiendas» aquí donde se está tan bien, saboreemos esta experiencia y prolonguémosla toda la noche...

«Por los caminos de América» andan hoy también los discípulos de Emaús. Van perplejos. Apesadumbrados. Decepcionados. Deprimidos. «Nosotros esperábamos que iba a llegar ya la liberación de... Israel/América Latina». «Pero ya ves...». «Es verdad que algunas mujeres dicen...». «Pero a Él nadie le ha visto». No tienen dónde apoyarse.
Hace falta que haya compañeros de camino que hagan lo mismo que Jesús: acercarse, preguntar, escuchar, y compartir. Compartir-asumir el dolor de la decepción que nos comparten, y compartir-dar el fuego de la utopía que enciende el corazón y resucita la esperanza(8).
Los militantes latinoamericanos tienen que hacer la «experiencia de Emaús»: necesitan redescubrir, reinterpretar «lo sucedido», lo sucedido con la utopía liberadora. Ayer como hoy, Jesús quiere decirnos que el fracaso es sólo aparente. ¿Acaso podría haber sido de otra manera? ¿Estaba la humanidad preparada para acoger ya la utopía? ¿No era ese el camino lógico y necesario que experimenta siempre en este mundo el exiliado amor y la inasible utopía? ¿Fracasaron los mártires? ¿Acaso fue inútil su muerte?
Jesús quiere decirnos que hoy volvería a morir por acercar aunque sólo fuera un poco más la utopía del Reino a esta América Latina que, también, como el pueblo de Jesús, vive en ansiosa espera (Lc 3, 15), aunque esa espera esté hoy embotada por la depresión y el desconcierto de la vuelta a Emaús.
La fe cristiana puede sacar hoy de sus arcas todo el capital simbólico del que dispone para hacer valer la Causa de Jesús. En ese sentido es cierta la expresión de Enrique Dussel de que los cristianos (aunque no sólo ellos) pueden llevar adelante hoy lo que no pueden empujar aquellos que basaban su esperanza en «certezas científicas». Hoy no hay ya certezas científicas en las que hacer pie, cuando éstas han saltado por los aires y la crisis de las ciencias sociales todavía es desorientación y perplejidad. Los cristianos tienen en su bagaje de esperanza el coraje de la fe, que es la decisión de arriesgarse a creer, como Jesús -con su misma fe ante la vida y la historia- que éstas tienen sentido, y que sigue habiendo una Causa por la que vivir y por la que luchar, y hasta por la que morir(9). Y eso, no como la conclusión de un silogismo montado sobre «verdades científicas», sino como un acto de coraje en el que consiste la fe.
La fe cristiana tiene que transmitir este potencial al Continente, a los militantes populares, cristianos y no cristianos. Tiene que contagiar esperanza, utopía, fidelidad a las Grandes Causas. La Causa vive; la lucha sigue.
América Latina necesita una terapia cognitiva y también conductual. Necesita detectar sus propios pensamientos distorsionados, aislarlos, desenmascararlos, extirparlos, reemplazarlos con pensamientos adecuados. Necesita detectar los sentimientos negativos distorsionados, y curar las heridas todavía en carne viva de las que aquellos brotan; esta curación se logrará también reemplazando, inundando con sentimientos positivos contrarios los sentimientos negativos distorsionados.
La fe y la teología están en la obligación de transmitir esperanza al Continente. Es su papel en esta hora grave y decisiva. Es también su misión. Es nuestra misión, de cada uno.
En toda esta recuperación, tendrá un papel fundamental la palabra. Jesús hizo también «logoterapia». No sólo, pero sí muy fundamentalmente. La palabra sigue mereciendo alabanzas como el medio de comunicación por excelencia. No se trata, obviamente, de una oposición entre palabra-hechos, práctica-teoría, pues la palabra de Jesús y su teoría es siempre histórica, narrativa, a partir de los hechos y en referencia a la práctica. Se trata de que la palabra también es un hecho, y muy fundamental. En todo caso, la palabra y los hechos siguen siendo la pareja imprescindible: la palabra sin los hechos es increíble; los hechos sin la palabra son incomprensibles.

Los discípulos de Emaús, yendo a Emaús estaban «de vuelta» de Jerusalén y de vuelta de todo. El encuentro con Jesús -que quizá puede sorprendernos en cualquier compañero de camino anónimo- les dió la vuelta y los devolvió a Jerusalén, de donde huían. Una vez que compartieron con Jesús tanto la palabra como el pan, se sintieron «de vuelta» de Emaús, y por eso se volvieron de Emaús -«aunque era de noche»- a Jerusalén, al lugar de la lucha y de la comunidad organizada. No era preciso esperar a ver el alba para ponerse en camino. «Se levantaron al momento» (24, 33).
«Aunque es de noche» todavía, hay motivos para la esperanza total.

La fe cristiana, fuente inagotable de caudal utópico, por la dimensión inevitablemente cognitiva que conlleva, tiene la capacidad de convertir las mayores contradicciones o derrotas, en esperanzas renacidas. Pedro Casaldáliga lo ha dicho con palabras claras:
«Somos soldados derrotados de una causa invencible… Sí, nuestra Causa es invencible. No estamos en el "final de la historia"; estamos apenas comenzando…».

 

 
José María VIGILl