Domingo 14 de marzo de 2010
Cuarto domingo de Cuaresma, ciclo C
Matilde
INICIO
Jos 5, 9a. 10-12: Israel celebra
la Pascua ya en la tierra prometida
Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7: Gusten y
vean qué bueno es el Señor.
2Cor 5, 17-21: Dios, por medio de
Cristo, nos reconcilió consigo
Lc 15, 1-3. 11-32: Parábola del
hijo pródigo
Análisis
La primera lectura, del libro de Josué, nos presenta un elemento
fundamental para la liturgia, que es la celebración de la Pascua en el desierto.
El texto presenta una serie de elementos que pueden discutirse desde una
perspectiva “histórica”: el nombre Guilgal seguramente no se remite a lo que
dice aquí el texto sino a un “círculo” de piedras que puede haber dado origen a
un sitio que hoy no conocemos con seguridad (hay diferentes locaciones
posibles). Pero no es esto lo importante, sino que algo importante ha terminado.
Esto es presentado como “el oprobio” de Egipto. Dado que el término oprobio se
usa en Gn 34,17 para hablar de la circuncisión se ha pensado en que se refiere a
haber estado bajo el dominio de “incircuncisos”. Esto ha sido cuestionado porque
los egipcios se sometían a la circuncisión, pero no es a la “sola circuncisión”
que debemos referirnos, no se ha de olvidar que esta es signo de la alianza de
Dios con su pueblo (Gn 17,2.11) y ciertamente los egipcios no participan de esta
alianza. Por otra parte, el v.9 pertenece de hecho a la unidad anterior (5,1-9)
donde la circuncisión es el tema fundamental. Haber estado dominados por un
pueblo “incircunciso” constituye un verdadero oprobio, pero el fin del éxodo
(que de eso se trata esta unidad) marca también el fin de esta etapa.
En los vv.10-12 se trata de otra temática estrechamente ligada a lo anterior:
el fin del maná, que es el símbolo de la peregrinación por el desierto. Egipto y
desierto han llegado a su fin, ahora se está en la tierra que nos alimenta y
donde debemos ser fieles a la alianza expresada en la circuncisión, alianza que
ha hecho que dejen de ser “gentiles” (goy) para pasar a ser “pueblo” (‘am). La
temática de la alimentación (“comer”, “pascua”, “maná”) marca esta unidad. Es
interesante que el éxodo comienza con una pascua y finaliza con otra, como la
peregrinación está marcada por la aparición del maná y clausurada por su
culminación.
No interesa, en este comentario, la parte histórica de notar que todavía no
se han unido en la fiesta pascual la comida del cordero y la comida de los panes
sin levadura., Esto parece haber ocurrido en tiempos de Josías (622 a.e.c.; 2Re
23,21-23: ¿Josué = Josías?), lo importante es que la celebración no sólo marca
la culminación de un período sino el comienzo de uno nuevo, y este período está
marcado por la memoria de los acontecimientos salvadores de Dios en el éxodo y
el desierto. Es interesante notar la importancia que da esta unidad a los
tiempos: “catorce del mes”, “día siguiente”, “ese mismo día”, “al día
siguiente”, “aquel año”, un tiempo nuevo ha comenzado, y la celebración de la
pascua es signo de ello.
El Salmo 34 (33) es un salmo “acróstico”, es decir, un salmo
“alfabético”, donde cada verso comienza con una letra del “alfabeto”
ordenadamente. La liturgia finaliza en el v.7 con lo que sólo tenemos hoy la
primera parte del texto. Como muchos salmos de este tipo, la necesidad de
encontrar palabras y llenar espacios los torna a veces monótonos, a veces poco
creativos en lo literario. Veamos algunos elementos:
El que reza es un individuo que está ante la comunidad. En todo momento es él
quien alaba a Dios. Expresamente nos dice que su oración es de
“alabanza”, un himno (de aquí toma su nombre el Salterio, “libro de himnos”) y
que quiere repetirlo constantemente (la idea de “totalidad” es frecuente
en el salmo, vv.5.7.18.20.21).
Su motivo de gloria es Dios mismo, algo que repetirá con alguna
frecuencia el AT (ver Jr 9,22s) y que Pablo resume con la idea “el que se
gloría, que se gloríe en el Señor” (1 Cor 1,31; 2 Cor 10,17). Si el que reza
afirma que los pobres (‘anawîm) se alegran, es porque él está dentro de esa
categoría (ver v.7: “cuando el pobre [‘ani] grita...”). La humildad, o
abajamiento contrasta con el engrandecer y ensalzar a Dios (v.4).
La distancia entre el orante y Dios no le impide la búsqueda (muchas
veces en los salmos es sinónimo de ir al Templo), sabiendo que responde y
eso tranquiliza.
En v.6 hay un contraste entre “refulgir” y “opacarse”. En Is
60,5 se dice que la ciudad que está en lo alto “brilla”, “refulge” en medio de
la oscuridad al salir el sol, en tanto que la luna se opaca en un eclipse (Is
24,23; ver Jer 15,9); esto se dice de la nueva Sión en Is 54,4 y 60,5.
Este triple elemento mirar - brillar - no opacarse, recuerda a Moisés y
su encuentro con Dios del que salía con el rostro resplandeciente hasta el punto
que el pueblo no puede mirarlo sin que use un velo (Ex 34,29-35). La oración
humilde y confiada nos pone como Moisés ante Dios y el orante saldrá radiante
del encuentro, el privilegio que era de Moisés se extiende ahora a toda la
comunidad.
A lo largo del Salmo encontraremos otros elementos característicos del Éxodo
y Moisés (en v.8, “acampar”; v.10, “santos”; “enseñanza”; v.21: “romper los
huesos”) con lo que la comunidad en oración sabe que alabando a Dios vuelve a
vivir los momentos originarios y puede encontrarse con el Señor que escucha y
salva de los peligros a los pobres (hay momentos del salmo de clara influencia
en el Magnificat, ver v.11 y Lc 1,53).
En el texto de la 2º carta a los Corintios, Pablo nos ha dicho cómo se
ve él ante Dios. Ahora señala que todo esto es obra de Cristo. Estamos ante una
de las unidades más cristológicas de la carta. Un nuevo juego de opuestos
(que volveremos a encontrar en Rom 5,12-21) entre uno y todos da sentido
a la muerte de Cristo. Es una muerte de uno por (hyper), palabra
que se repite seis veces en esta unidad y parece provenir de la lectura
cristológica del canto del Siervo de Is 53 y señala la acción en favor de
todos nosotros (cf. Rom 5,6.8). El efecto de esta muerte es la
reconciliación (también en Rom 5,6.8) . Y porque estamos reconciliados -se
reconcilia el mundo, cf. v.19, se nos confía, a los ministros de la
palabra, el ministerio de la reconciliación. La misión del apóstol
parece claramente hacer realidad (imperativo) lo que ya ocurre (indicativo) por
obra de Cristo: estamos reconciliados, ¡reconciliémonos! Y lo que nos
debe mover (a todos nosotros) es el amor, que nos apremia,
nos oprime y compele (a anunciarlo a todos) por eso el efecto reconciliador
busca que los que viven no vivan para sí, sino para el Señor.
Solidarios con la muerte de Cristo, como su muerte es solidaria con nosotros, no
debe preocuparnos que se desmorone el hombre exterior; por el contrario, eso
significa una muerte a ese hombre y la irrupción de la novedad de Cristo,
novedad que es presentada como nueva creación. Una nueva paradoja:
pecado-justicia se revela en esta ‘solidaridad por’. Jesús fue
hecho pecado por nosotros (se supone: hecho por Dios, es un “pasivo
divino”) y en él venimos a ser justicia, así como en él somos nueva
creación.
Estar en Cristo, muestra una in-corporación, entrar en un cuerpo,
fundirse en la realidad que es Cristo, lo que se logra por el bautismo. La
preposición en, en este caso, está cargada de sentido. Por eso puede
decir algo tan terminante, aplicado a los cristianos lo que no ha de entenderse
de un modo individualista: si alguno (está) en Cristo, (es)
nueva creación. Así lo primero, lo viejo, lo anterior a Cristo y según la
carne, ya pasó (aoristo, ¿refiere al bautismo?), y ya estamos (y seguimos
estando, tiempo perfecto) en el nuevo tiempo.
Siguiendo en el mismo contexto, ahora Pablo pasa a desarrollar algo nuevo:
cinco veces usa el término reconciliar/reconciliación en esta unidad,
pero siempre la iniciativa parte de Dios y la reconciliación es con él.
No se entiende que Dios se reconcilie con nosotros, sino nosotros con él. Como
se ve en esta perícopa (y también en Rom 5,10-11) la reconciliación con Dios
es el fruto por excelencia de la muerte y resurrección de Cristo (5,15),
y por lo tanto es el contenido principal de la predicación apostólica; el
ministerio de la reconciliación es aquí sobre, acerca de, la
reconciliación predicada como efecto de la Pascua. Los apóstoles deben ser
ministros, deben comunicar esta novedad comenzada y que ya podemos
conocer. Sumergiéndonos en Cristo ya viviremos para él y seremos
justicia de Dios.
El acento está puesto en la obra de Dios, obra siempre caracterizada por la
gratuidad, por eso no cuenta los delitos. Con el lenguaje
económico se contrasta nuevamente por un lado, la gratuidad de Dios -que no saca
cuentas-, y que Pablo quiere imitar, y por otro la explotación o paga que
pretenden los adversarios. Reconcíliense está en aoristo, lo que supone
una urgencia; sin embargo los corintios ya estaban reconciliados - convertidos.
¿Entiende Pablo que los adversarios han deshecho la obra de Dios y deben renovar
la reconciliación? El uso del término embajadores parece que debe
entenderse como un reclamo de status, seguramente en comparación con el que la
comunidad da a los otros; y pretende también tener en cuenta el lugar que debe
ocupar el mensaje, la liturgia y beneficencia, que debe transmitir el embajador
de parte del Emperador (embajadores de Cristo). Lo evidente es la
instancia mediadora entre Cristo y los corintios.
Es extraña la frase que indica que fue hecho pecado. Conocer el pecado
es un semitismo por experimentarlo en la vida. Es un tema frecuente en el Nuevo
Testamento la afirmación de que Jesús no pecó (cf. Jn 9,16.31; Rom 6,10; Heb
4,15; 1 Pe 2,22; 1 Jn 3,5), mientras que manifiesta solidaridad con el pecador.
La frase, sin embargo, no parece remarcar esta solidaridad sino que fue hecho
pecado; la voz pasiva -como es frecuente- remite a Dios (pasivo divino).
Este tipo de paradojas son habituales en Pablo para señalar los frutos
reconciliadores de la obra de Cristo (ver también 8,9; Gal 3,13; Rom 8,3-4; el
tiempo pasado en hecho pecado parece remitirnos a la Pascua).
Preposiciones como para (hina) y también por (hyper) apuntan a dar
un sentido a la muerte de Jesús que no ha perdido su dimensión de escándalo. El
mismo Pablo en la carta a los romanos nos da una clave de lectura: Dios ha “enviado
a su propio Hijo de modo semejante a la carne de pecado (sarkòs hamartías)
y con respecto al pecado, condenó el pecado en la carne” (Rom 8,3). Es un
“hecho carne” en el sentido de “solidario con” la carne de pecado, es
representante de todos los pecadores. En este sentido es semejante a murió
por todos - todos pecaron de v. 14 y forma inclusión literaria con ellos
enmarcando el relato.
Sabemos el lugar central que da el evangelio de Lucas a la
“misericordia”. Se ha de ser misericordioso como lo es el Padre (6,36), y -como
el “buen samaritano”- el oyente debe “hacer lo mismo”. En el capítulo 15,
después de una presentación de la situación que causa escándalo: “recibe a los
pecadores y come con ellos” Jesús pone 3 parábolas. La idea es la misma en las
tres, aunque en la última se incorpora un nuevo elemento en el debate. La idea
principal es la de una cosa querida que es perdida, buscada y encontrada. El
acento recae en la alegría que causa el encuentro de la cosa perdida, sea esta
una oveja, una moneda, o un hijo. Las dos primeras, como es frecuente en Lucas,
presenta un par donde se integran un varón y una mujer: el pastor y la mujer
(recordar el profeta y la profetisa de Lc 2,25-38, o las parábolas de la mostaza
y la levadura en 13,18-21). La liturgia de hoy ha omitido este “par mixto” y se
ha detenido -luego de la introducción, que le da el marco a la parábola- en la
así llamada “del hijo pródigo”.
Veamos brevemente el marco redaccional de los vv. 1-2. Se aproximan a Jesús
para oirlo “todos” los publicanos y pecadores. No hace falta demasiada
imaginación para saber que se trata de una construcción artificial. “Todos”
deberían ser mucha gente, pero el acento está puesto en destacar que estos
grupos de rechazados escuchan de boca de Jesús una predicación en la que no se
encuentran excluidos. Muchas veces se hace referencia en el Tercer Evangelio a
grupos que “oyen” a Jesús, pero es evidente que esto no basta, es necesario
“ponerlo en práctica” (6,47-49; ver 8,11-15; 11,28) para ser como una casa
edificada sobre roca y no sobre arena. Quedarse sólo en las parábolas no sirve,
ya que es oír y no entender (8,10), “quedarse en la cáscara” sin ir al nudo , a
diferencia de “la madre y los hermanos” que escuchan la palabra y la cumplen
(8,21). Pero escuchar es la actitud primera, es signo de reconocerlo como
profeta semejante a Moisés (9,35); luego se trasladará a los suyos: quien los
escucha, escucha al Hijo (10,16). Oír es la actitud del discípulo que elige la
mejor parte, la única importante (10,39), y por eso los buenos judíos deben
“oír" a Moisés y los profetas (16,29.31). El rico no sigue a Jesús al oír sus
exigencias y no estar dispuesto a “vender todo” (18,23). Los adversarios no
pueden deshacerse públicamente de Jesús porque el pueblo lo oye atento (19,48;
ver 20,45; 21,38). Podemos decir, entonces, que “oír” es el primer paso del
discipulado, y en esta etapa están “todos los cobradores de impuestos y
pecadores”.
Por otra parte encontramos a fariseos y escribas (5,21.30; 6,7; 11,53),
siempre los encontramos mirando “de afuera” a Jesús y confrontando con sus
opiniones y actitudes. Los escribas, por otra parte, cuando los encontramos con
los sacerdotes ya es para conspirar contra Jesús buscando matarlo. Son expresión
de lo que en cierta manera podríamos llamar “ortodoxia” judía, los fieles a la
ley y las tradiciones, y por ello cuestionan lo “heterodoxo”, lo que no
corresponde, como “recibir” a los pecadores. Como es frecuente en Lc, los
fariseos se escandalizan de las actitudes de Jesús frente a los pecadores, y
murmuran (diagong_zô). El término vuelve a aparecer en 19,7 por única vez en
Lc y todo el NT, Jesús se hospeda en lo de Zaqueo y “murmuran”: ha ido a
hospedarse a casa de un hombre pecador”; también lo encontramos como murmurar (gong_zô)
en 5,7 (8 veces en el NT, Mt 1 Lc 1 Jn 4 Pablo 2): “comen y beben con publicanos
y pecadores”. El término es frecuente en las tradiciones del desierto (en ese
sentido también en Jn y Pablo) donde el pueblo “murmura” contra Dios y Moisés
(Ex 16,7; 17,3; Num 11,1; 14,27-29) y en caso de Jesús, van en aumento. La
acusación es que Jesús prosdéjetai: acepta favorablemente, recibe, espera
a los pecadores, y -seguramente lo más grave- “come con ellos”.
El tema de las comidas de Jesús es sumamente interesante e importante. La
actitud de synesthíô (literalmente “comer con”) marca una actitud. Es la única
vez que lo encontramos en los Evangelios, y se repite otras dos veces en Hechos
y otras dos en Pablo; los apóstoles se presentan como los que “comieron y
bebieron con el resucitado” (Hch 10,41) y Pedro recibe una reprimenda de “los
apóstoles y hermanos de Judea” porque “has entrado en casa de incircuncisos y
comido con ellos” (11,3), como se ve, en este caso el marco es semejante al de
los Evangelios. 1 Cor 5,11 habla de no comer con los que se llaman hermanos y
viven como paganos, y Ga 2,12 recuerda a los cristianos de Antioquía que comían
juntos, pero cuando llegaron “los de Santiago”, los judíos se separaron de la
mesa... Como se ve, la imagen es que sólo se puede comer con los que son puros,
y la comida con impuros nos vuelve impuros también a nosotros. La comida de
Jesús con pecadores es una expresión evidente de que no vino “a llamar a los
justos sino a los pecadores” (5,32); es su costumbre contraria a la religiosidad
“tradicional” la que está en cuestión; Jesús quiere cambiar el rostro de Dios
como se ha dicho más de una vez, quiere reemplazar el Dios de la pureza por el
Dios de la misericordia, sus comidas reflejan ese Dios que Jesús propone, uno
que recibe a pecadores, a “todos”. Este marco de las comidas de Jesús que revela
un nuevo rostro de Dios es el que el Señor quiere ahora mostrar en la parábola.
No vamos a desarrollar un comentario a toda la parábola sino a detenernos en
lo fundamental. El movimiento de la parábola es sencillo: presentación de los
personajes (vv.11-12), actitud del hijo menor (vv.13-20a), actitud del padre
frente al hijo perdido (vv.20b-24), actitud del hijo mayor frente al hijo
perdido (vv.25-32). Como se ve, las tres primeras escenas son paralelas a las
actitudes del pastor y la mujer ante el objeto perdido, la novedad viene dada
por la actitud del hijo mayor. Ciertamente este refleja la actitud de los
fariseos y escribas ante los pecadores. No deja de ser interesante el lenguaje
de la comida en la parábola, lo que nos recuerda el contexto: “hubo hambre”
(v.14), deseaba comer las algarrobas (v.16), los jornaleros del padre “tiene pan
en abundancia” (v.17), el padre manda “matar el novillo engordado, comamos y
celebremos una fiesta” (v.23), “nunca me diste un cabrito para una fiesta con
mis amigos” se queja el mayor (v.29) y aclara “ese hijo tuyo que devoró tus
bienes con prostitutas” (v.30); además, en vv.23.24.29.32 utiliza eufrainô
que como vimos es festejar en un banquete...
Como se ve, el contraste es entre dos personajes con respecto a una misma
situación: el hijo/hermano menor. Como otras parábolas de dos personajes, quizá
el título debería reflejar estas dos actitudes más que remitir al “hijo
pródigo”.
Por una parte, se ocupa de mostrar qué bajo cayó el hijo menor con una serie
de elementos muy críticos para cualquier judío: “país lejano”, “vida
libertina/prostitutas”, “pasar necesidad”, “cuidar cerdos”, no le dan ni
siquiera algarrobas, que es comida preferentemente de animales (¿las debe
robar?), hasta el punto que pretende volver “a su padre” como un asalariado. Hay
que prestar atención a palabras como “no merezco” (vv.19.21) y “es
bueno/conviene” (v.32), a las que volveremos. Descubriendo su miseria el hijo
parte “hacia su padre” (no dice a su casa, aunque se supone “pros”; vv.18.20),
el hijo mayor es quien no entra “en la casa” (v.25). El movimiento de partida y
regreso del hijo es semejante al perder-encontrar, y más aún a la
muerte-resurrección (con este paralelismo termina la intervención del padre y
vuelve a repetirse al intervenir el hijo mayor).
El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite terminarlo, no
se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra las costumbres
orientales- “corre” al encuentro del hijo al que ve de lejos, sino que le
devuelve la filiación que había “perdido”: eso significan el anillo (sello), las
sandalias y el mejor vestido, digno de un huésped de honor. La alegría del padre
queda reflejada, además, en la fiesta por “este hijo mío”.
El hermano mayor, que viene de cumplir con sus responsabilidades de hijo no
quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta. Nuevamente el padre sale al
encuentro de un hijo y debe escuchar los reproches. El mayor se niega a
reconocerlo como hermano (“ese hijo tuyo”) cosa que el padre le recuerda (“tu
hermano”). El padre no le niega razón a que el hijo mayor “jamás desobedeció una
orden”, es un “siempre fiel”, uno que “está siempre con el padre” y todo lo suyo
le pertenece, pero el padre quiere ir más allá de la dinámica de la justicia: el
menor “no merece”, pero “es bueno” festejar. La misericordia supone un salir
hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen, pero el amor es
siempre gratuito y va más allá de los merecimientos, mira al caído. Los fariseos
y escribas son modelos de grupos “siempre fieles”, pero su negativa a recibir a
los hermanos que estaban muertos y vuelven a la vida los puede dejar fuera de la
casa y de la fiesta. Los mayores también pueden irse de la casa si no imitan la
actitud del padre, o pueden ingresar y festejar si son capaces de recibir a los
pecadores y comer con ellos.
Comentario
En nuestra vida cristiana solemos movernos con caricaturas de Dios; sea por
lo que creemos, por lo que mostramos, o por lo que nos enseñaron. Sea un Dios
bonachón, un cascarrabias eterno que espera nuestra equivocación para
quebrarnos, un distraído y olvidado de las cosas de los humanos a los que creó
“hace tanto tiempo", un "padre" autoritario y caprichoso que decide
arbitrariamente y no permite discusiones en la realización de su voluntad...
¿Cómo es nuestro Dios?
Es importante saber cómo es el Dios en el que creemos, pero más importante es
saber cómo es el Dios en el que creyó Jesús, cómo es el Dios que Él nos
reveló. Como siempre, Jesús nos hablaba de Dios no sólo con palabras, sino
también con lo que hacía. Haciendo, Jesús nos mostraba al Padre Dios, ¡al
verdadero! Hoy Jesús nos cuenta una parábola, una parábola que nos habla de
Dios, pero una parábola que nace de una actitud de Jesús, y él nos dice que
frente a los hermanos despreciados, podemos obrar de dos maneras diferentes,
como Dios -que es también como obra Jesús- o también como los judíos religiosos,
los “separados” del resto, los puros.
El pecado es el no-amor-dado, y el amor no-dado, y por eso nos aleja
de Dios, que es amor; nos separa de su casa paterna. Pero con su amor, que se
sigue derramando, y de un modo preferencial por los pecadores, Dios sigue
tendiendo constantemente su mano amiga, a la espera de la vuelta de sus hijos.
Nosotros, en una frecuente caricatura de Dios, solemos rechazar, juzgar y
condenar a los que creemos pecadores. Nosotros, al igual que Jesús, también
mostramos con nuestras actitudes al Dios en el que creemos; pero, a diferencia
de Jesús, mostramos un Dios que en nada se asemeja al Eterno Buscador de
Hijos Perdidos.
El Jesús que ama y prefiere a los pecadores, y come con ellos, no hace
otra cosa que conocer la voluntad del Padre y realizarla concretamente, sus
mesas compartidas y sus comidas nos hablan de Dios, ¡claramente! En el
comportamiento de Jesús se manifiesta el comportamiento de Dios, Jesús mismo es
parábola viviente de Dios: su acción es entonces una revelación. ¿Qué
Dios, qué Iglesia, qué ser humano revelamos con nuestra vida? Con frecuencia,
como hermanos mayores estamos tan orgullosos de no haber abandonado la casa del
padre, que creemos saber más que Él mismo: “Dios es injusto”, para nuestras
justicias; Dios es "de poco carácter" para nuestra inmensa sabiduría. Quizá,
Dios ya esté viejo, para dedicarse a su tarea y debería jubilarse y dejarnos a
nosotros...
Frente a tanta gente que rechaza la Iglesia ("creo en Dios, no en la
Iglesia"), a veces decimos "pero Dios sí quiere la Iglesia", ¿no debemos
preguntarnos constantemente qué Iglesia es la que Él quiere? ¿No debemos
preguntarnos, en nuestras actitudes, qué Iglesia mostramos? Esta Iglesia, la que
yo-nosotros mostramos, ¿es como Dios la quiere? Jesús, con su vida, y hasta con
sus comidas, muestra el rostro verdadero de Dios, muestra la comunidad de mesa
en la que él participa; hasta comiendo Él revela al verdadero Dios. Quizá
debamos, de una buena vez, dejar nuestra actitud de hijo mayor, y ya que nos
sale tan mal el papel de Dios, debamos asumir el papel de hijo menor; debemos
volver a Dios para llenarlo de alegría, para participar de su fiesta; y,
participando de su alegría empecemos a mostrar el rostro de la misericordia de
este Dios de puertas abiertas.
La misma cena eucarística es expresión de la universalidad del amor de Dios:
es comida para el perdón de los pecados. El Dios de la misericordia, no quiere
excluir a nadie de su mesa; es más, quiere invitar especialmente a todos
aquellos que son excluidos de las mesas de los hombres por su situación social,
por su pobreza, por su sexo o por cualquier otro motivo; y va más allá, no ve
con buenos ojos que crean participar de su cena quienes no esperan a sus
hermanos excluidos de la mesa por ser pobres. El Dios que no hace distinción de
personas, ama dilectamente a los menos amados. Sin embargo, muchas veces tomamos
la actitud del hermano mayor. ¿Cuándo nos sentaremos en la mesa de los pobres, y
abandonaremos nuestra tradicional postura soberbia y sectaria de "buenos
cristianos"? ¿Cuándo nos decidiremos a participar de la fiesta de Dios
reconociéndonos hermanos de los rechazados y despreciados? Jesús nos invita a su
comida, una comida en la que mostramos -como en una parábola- cómo es el Dios,
como es la fraternidad en la que creemos. Y nos mostraremos cómo somos hermanos,
cómo somos hijos en la medida de participar de la alegría del padre y del
reencuentro de los hermanos.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 34 de la serie «Un tal
Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «Los hijos de Efraín». El guión y su
comentario pueden ser tomados de aquí:
http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1200034
Puede ser escuchado aquí:
http://www.untaljesus.net/audios/cap34b.mp3
Para la revisión de vida
- ¿Qué hay en mi corazón de hijo pródigo… huidizo respecto al Padre, dilapidador
de la herencia gratuitamente recibida? ¿Qué hay en mí de hijo mayor que se cree
mejor, con más derechos, irreprochable, despectivo hacia los demás hermanos?
¿Qué hay en mí que evoque la misericordia paciente y madura del Padre?
Para la reunión de grupo
- Ver quiénes son los actores de la parábola y ordenarlos de mayor a menor
protagonismo.
- Esta parábola del evangelio de hoy era conocida hasta hace poco como "del hijo
pródigo"; nuestro comentario la llama de otra manera... ¿Qué pensar de ese
cambio?
- Calificar el significado de cada actor. ¿Qué actitudes actuales podrían
representar estos actores? Para la oración de los fieles
- Por todos los que padecen hambre en este mundo en el que sin embargo el
problema no es de producción sino de distribución; para que seamos capaces de
llevar a la práctica la confesión teórica de que somos hermanos por ser hijos de
Dios, roguemos al Señor.
- Por las relaciones familiares entre padres e hijos, para que estén presididas
por las “entrañas de misericordia” que Dios tiene para con todos nosotros...
- Para que caigamos en la cuenta de que Dios es tanto Padre como Madre; para que
poco a poco vaya calando en nuestra iglesia una conciencia crítica respecto a la
masculinización que hemos proyectado sobre la imagen de Dios...
- Para que tengamos un corazón amplio que se alegra por el bien de los demás y
nunca tiene celos de las alegrías ajenas...
- Para que “nos dejemos reconciliar con Dios”, que de tantas y tan suaves
maneras nos llama a la conversión en este tiempo cuaresmal... Oración comunitaria
-Dios nuestro, a quien podemos llamar verdaderamente Padre y Madre, lleno de
entrañas de misericordia, dispuesto siempre a la acogida y al perdón, a pesar de
nuestra ingratitud o infidelidad; danos imitarte en ese tu amor, para que
podamos llamarnos honradamente y ser en verdad “hijos tuyos” y “hermanos unos de
otros”. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.
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