Domingo 21 de febrero de 2010
Domingo 1º de Cuaresma
Pedro, Damián
INICIO
Dt 26,4-10: “Y el Señor miró
nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia”
Salmo 90: “Acompáñame, Señor, en
la tribulación”
Rom 10,8-13: "La palabra está
cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón"
Lc 4,1-13: Las tentaciones de
Jesús según Lucas
Análisis
El texto de Deuteronomio 26 revela, claramente el uso de los “dos tiempos”
que usa con frecuencia el autor: el tiempo de Moisés, y el tiempo del autor, sea
este exílico o post-exílico, como piensan los estudiosos. Comienza con una frase
que es muy frecuente en Dt: “cuando entres en la tierra que Yahvé te da” (6,10;
7,1; 11,29; 17,14; 18,9), sea porque es una tierra que hemos perdido por no
haber hecho eso, o porque señale lo que debemos hacer cuando regresemos a ella,
o insista particularmente en la reconstrucción del Templo, el “lugar que “Yahvé
ha elegido” (cf. 12,5.11.14)... Es interesante notar que el sacerdote es
mencionado pero no juega aquí ningún papel más que depositar la cesta en el
altar (e incluso en v. 10b el que deposita es el mismo oferente).
Esta ofrenda se hace con unas palabras que debe pronunciar el “tú” al que se
dirige. Este texto: “mi padre era un arameo errante”, fue motivo de arduas
discusiones entre los estudiosos hace muchos años. Hoy parece que las aguas se
han aquietado. Se afirmó -el gran biblista alemán G. von Rad- que estamos ante
un “credo primitivo”, pronunciado en el santuario de Guilgal en la liturgia, y
que representa el corazón histórico de Israel. Todo el Hexateuco, sigue
diciendo, de formula a partir de este texto. Hoy tenemos muchos elementos para
cuestionar su antigüedad, y podemos pensar que otros “credos” (como quizás el de
Núm 20,14b-16) son más antiguos. Por otra parte, el esquema
opresión-clamor-liberación es muy característico del autor deuteronomista
(particularmente del libro de los Jueces) como para pensar en una pura
originalidad. La importancia de la tierra, como lugar del descanso, tierra dada
por Yahvé también es muy importante en el deuteronomista por lo que no parece
fácil seguir sosteniendo lo que von Rad decía, pero sin embargo hay un elemento
que es característico de los credos israelitas, y no debiera discutirse, y es la
mordiente histórica. El Dios de Israel es un Dios que se revela en la historia
de su pueblo, en la de ayer y la de hoy. En este sentido es muy importante
notar, por un lado los usos de las primeras personas del singular, y los
plurales: el orante se planta personalmente ante Dios (“mi padre”, “traigo”...)
pero cuando debe hacer memoria de su pecado y la intervención salvadora de Dios
recurre al plural: “nos maltrataron”, “nos oprimieron”, “nos impusieron
servidumbre”, “clamamos”, “escuchó nuestra voz”... “nos trajo”). Ese cambio de
personas puede resumirse diciendo “mi padre era Israel, por lo tanto nosotros
somos Israel”.
Esa latencia de pasado y presente, singular y plural mantiene vivo a Israel,
y haciendo presente todo esto, presentado como reconocimiento de los dones de
Dios, el mayor de los cuales es la tierra, esa ofrenda se transforma en un
pueblo que se postra ante su Dios y reconoce que de él, y no de los dioses de la
fecundidad o la tierra le vienen los dones. Postrarse ante Dios, bienes en mano,
es reconocer que la idolatría es estéril, y que Yahvé es el único ante el cual
es sensato agradecer, y a quien es justo adorar.
La Iglesia nos propone el Salmo 91 (90) por ser, precisamente, el que
utilizará el diablo en la tentación. Quizá para que podamos ver cómo sacar un
texto de contexto puede ser diabólico.
El Salmo parece manifestar una predilección por las parejas de cuatro cosas,
y aquí las encontraremos abundantemente. Comienza con cuatro nombres divinos (vv.
1-2), la protección se da en cuatro momentos del día (vv. 5-6), los adversarios
son imaginados como cuatro calamidades en esos mismos momentos (vv. 5-6), o como
cuatro bestias (v. 13); y a esto deben agregarse otras imágenes tanto de la
adversidad (red, cazador, peste, imágenes bélicas, malvados, tropiezo), como de
la protección divina (plumas, alas, manos de ángeles, escudo y armadura,
refugio, morada, tienda). Como se ve en el juego de las metáforas, encontramos
elementos propios de la guerra, de la hospitalidad, de la vida campesina e
incluso mitológica, todos en conflicto unos con otros (por ejemplo, mientras a
derecha e izquierda caen mil y diez mil, y vuela la flecha, el fiel es protegido
con escudo y armadura; mientras amenazan leones, víboras y dragones, lo protegen
alas y plumas; mientras lo amenazan dragones lo cuidan querubines...).
No es unánime la opinión de frente a qué tipo de Salmo nos encontramos, y
esto condiciona la interpretación. Unos piensan en un diálogo litúrgico, otros
en una homilía sapiencial. Veamos brevemente la estructura que el mismo Salmo
nos da de sí mismo para así descubrir su “movimiento” interno.
Tres veces se repite kî + pronombre (v. 3: “porque él”, referido a Dios; v.
9: “porque tú”, referido al que confía en Dios; v. 14: “porque a mí”, es Dios el
que habla), y esto permite estructurar el texto. Pensar en un diálogo litúrgico
entre un animador y un orante tiene el problema de que en v. 9a debe modificar
“hiciste del Señor tu refugio” poniendo a cambio “tú, Señor, eres mi refugio”,
que tiene ligero apoyo documental, pero además, no da una explicación
satisfactoria a la intervención de Dios en v. 14. Lo que sí es evidente es que
estamos ante un Salmo de confianza.
Después de una presentación de esta confianza expresada con cuatro verbos:
habitar, hospedar, decir ‘refugio y fortaleza’, confiar se pasa a una doble
motivación que introducen sendas sub-unidades: v. 3, porque él, v. 9, porque tú;
y la resistencia a los adversarios expresados en la primera con simbología
bélica (flecha, caída de mil y diez mil, escudo, armadura) y en la segunda con
simbología animal (leones, víboras, leones y dragones). Esta segunda estrofa
recuerda algunos elementos del comienzo repitiendo algunos términos (Yahwéh,
Elyón, refugio). Toda esta confianza tiene una conclusión salvífica en la
intervención de Dios a modo de oráculo (tercera sub-unidad: porque a mí); ésta
ya venía preparada por una serie de imágenes, y se expresa con verbos que se
aglutinan al final en gran cantidad: liberar (v. 3 _mr), custodiar (v. 14),
liberar (v.14 sgb), poner en alto (v. 14), liberar (v. 15 hls), hacer triunfar
(v. 15), salvar (v. 16). Después de dejar esto claro, la simbología de la
destrucción puede ser todo lo terrible que pueda imaginarse que no causa temor
alguno: así red de cazador, peste funesta, espanto nocturno, flecha, peste,
epidemia, malvados, plaga, desgracia, piedra, león, víbora, león (el hebreo
parece conocer o bien cuatro tipos de leones, o sino cuatro modo de nombrarlos;
aquí utiliza shl y kpyr) y el dragón... nada de esto hace temer al que se
mantiene fiel a Dios, al que conoce su nombre, al que lo quiere (está enamorado
de él). Es el Dios que siempre estuvo con su pueblo, desde que fue conocido como
Elyón (Altísimo) en los tiempos muy antiguos (ver Gen 14), hasta en los primeros
asentamientos en la tierra, recordado como _adday (su etimología no es clara; la
Biblia griega lo tradujo por “todopoderoso”, pero no parece provenir de _dd,
fuerza, poder; parece tener que ver con el monte, _adû, `_l del monte; ver Gen
17,1; 28,3; 35,11; 43,14; 49,5; Ex 6,3), es reconocido como Yahwéh, nombre
revelado a Moisés en el desierto y con el que se lo llamará en adelante (Ex
3,15), o sencillamente “Dios mío” (Eli). Dios mismo, o sus mensajeros, protegen
al amigo, o huésped (pluma y alas “de Dios”, no de los ángeles -que tienen
manos- parece remitir a la imagen de los querubines del templo, (Sal 17,8; 36,8;
57,2; 63,8; ver Ex 19,4; Dt 32,11; Rt 2,12; con mucha frecuencia encontramos el
término en Ez 1 refiriéndose a la gloria de Dios, en 28,14 habla del “querubín
protector de alas desplegadas”, y el Sal 61,5: “¡Que sea yo siempre huésped de
tu tienda, y me acoja al amparo de tus alas!”). La confianza está puesta en
Dios, y por tanto es él mismo el que protege a quien se vuelve a Él. “Interpreta
mal las Escrituras el diablo” comenta san Jerónimo con ironía. Orígenes agrega:
“¿por qué no citas también ese versículo?”, refiriéndose al que alude a pisar la
víbora: “¡no lo citas porque el áspid sobre la cual Cristo camina eres tú!”...
Luego de la sección teológica de la carta (caps 1-8) y antes de la sección
parenética (caps. 12-15), Pablo introduce en la carta a los Romanos un
paréntesis sobre Israel (caps. 9-11). Paréntesis que no es ajeno a la totalidad
de la misma ya que desde el comienzo nos dijo que la salvación es para todos,
pero “primero para los judíos” (1,16; 2,10). Sin embargo, sus “hermanos de raza”
demoran en reconocer a Cristo, y Pablo manifiesta su dolor por ello; de todos
modos lo ve como un tiempo pedagógico de Dios para dar oportunidad a la
conversión de los paganos. Después -quizá movidos por los celos- todo Israel se
salvará (11,26). Pero esto no exime de responsabilidad a los judíos ya que miran
la justicia que les viene de ellos mismos y no la que viene de Dios. La
iniciativa de Dios (gracia) es uno de los temas centrales de la teología
paulina, y es grave creer que de nosotros depende. Ese es el motivo, además, por
el que Pablo abunda en citas de la Escritura en esta unidad. Este es el marco
del párrafo que hoy nos propone la liturgia. Es evidente, y el manejo de los
textos lo confirma, que Pablo es consciente de estar polemizando.
El texto, en realidad es una unidad desde el v.1, pero que en v.5 comienza a
desarrollar lo que hasta allí había anunciado. En una clásica lectura midrásica,
Pablo integra Lev 18,5 expresamente citado según la fórmula clásica de pésher
como encontramos en Qumrán, junto con Dt 9,4 y 30,12 unido al Sal 107,26. La
lectura cristológica de estos párrafos señala la cercanía de la palabra de fe
que nos alcanza la justicia. La relación corazón, sede del pensamiento y boca,
sede de las palabra es estrecha. Con el corazón creemos y con la boca
proclamamos esa fe, fe que se expresa en la sencilla fórmula fundamental: “Jesús
es Señor”, confesión decisiva para el creyente (1 Cor 12,3; 2 Cor 4,5; Fil
2,11), y en el reconocimiento de que “Dios lo resucitó” (1 Cor 6,14; Gal 1,1).
En un interesante quiasmo en el que aparecen confesar - boca - creer - corazón /
corazón - creer - boca - confesar se deja en el centro el ser salvos por esa fe
confesada.
“Todo el que crea en él” es un texto de Is que con mucha frecuencia ha sido
leído cristológicamente (piedra elegida, preciosa, angular y fundamental...),
que se refiere a Yahwéh presente en Jerusalén. Poner la confianza en Jerusalén
era algo verdaderamente idolátrico, era una búsqueda de seguridad no puesta
exclusivamente en Dios. De allí que esta piedra sea a su vez de tropiezo y de
salvación. Depende dónde esté puesta la confianza, si en Dios, o en las cosas de
Dios manipuladas idolátricamente (“no hay una sola verdad de fe que no podamos
manipular idolátricamente”, G. von Rad). Y también de la Ley el pueblo puede
hacerse un ídolo. No es la ley la que salva, sino Yavé, o Jesucristo, en quien
Dios interviene salvando. Y por eso es salvador de todos, tanto judíos como
paganos. Una nueva lectura cristológica lo confirma: “el que invoque el nombre
del Señor se salvará”; el texto de Joel se refería al “nombre de Yavé”, pero acá
Señor es el resucitado, el que ha sido proclamado “Jesús es Señor”. La salvación
no llega por obras o acciones humanas sino por la iniciativa de Dios, el cual
debe ser creído y proclamado para la salvación de todos, salvación que comienza
en el bautismo y nos compromete en la evangelización de proclamar lo hemos
creído... .
Ya el Evangelio de Marcos, en un relato mucho más abreviado nos había
informado de la tentación de Jesús en el desierto . En este caso, tentado
durante cuarenta días. Mateo y Lucas, presentan un relato mucho más detallado,
expresado en tres tentaciones. Siendo que el momento transcurre a solas entre
Jesús y el tentador, la pregunta podría imponerse: ¿cómo se entera el narrador
de los acontecimientos y palabras que se sucedieron allí? Las respuestas casi
exclusivamente bíblicas del Señor nos llevan a una primera conclusión: la
comunidad cristiana, sus “escribas”, presenta a Jesús sometido íntegramente al
plan de Dios.
Siendo común a Mateo y Lucas, el relato nos remite a la fuente que tienen en
común (Q), aunque en este caso no se limita a solo “dichos” sino que también
presenta “hechos”. Una pregunta sería cuál es más fiel a la fuente, o -para ser
más claro- ¿cuál la modifica y cuál puede ser su intención teológica para
hacerlo? En primer lugar, Mateo y Lucas presentan en orden inverso la segunda y
tercera tentación. ¿Mateo lleva al final la referencia a la “montaña alta”, que
le interesa teológicamente o bien Lucas hace lo propio con Jerusalén por el
mismo motivo? Veamos brevemente las otras diferencias: Mateo da un sentido a los
40 días sin alimento, de los que Marcos no habla, presentándolos como “ayuno”.
Lucas, quizás pensando en Moisés (Ex 34,28; cfr 1 Re 19,1-8), dice simplemente
“no comió nada”. Lucas destaca el papel que juega el Espíritu en este momento, y
presenta a Jesús como en movimiento por el desierto (era conducido por el
Espíritu). El tentador es presentado como “el diablo”, y la primera tentación
está en plural ante el singular de Mateo (piedra, pan). No es evidente quién
modificó y cual fue el motivo para hacerlo. Por esta parte, la comparación con
Moisés puede haber estado fácilmente en el relato original ya que la tipología
del desierto, el número 40, y las referencias a las tentaciones del pueblo en el
desierto conducido por Moisés son ciertamente el marco de la unidad. Mateo -le
sabemos- revaloriza para su comunidad la práctica judía del ayuno aunque
enfocada de un nuevo modo. Es, por tanto, más probable que sea él quien da un
sentido nuevo al dicho “no comió nada” que encontró en su fuente.
La tentación en la que el diablo le muestra los reinos del mundo presenta
también algunas diferencias, además de la ya mencionada de la montaña alta, de
Mateo. La visión de los reinos de la tierra habitada (oikoumene) se da “de un
golpe de vista”, en Lucas. Se aclara que el poder y la gloria de ellos le ha
sido dado al diablo (aparentemente, por Dios) que a su vez lo entrega a quien
quiere. Mateo agrega “márchate, Satanás”, la única frase propia de Jesús y no
del libro del Deuteronomio en esta unidad. En este caso, Lucas parece presentar
una visión pesimista, satánica, del mundo político. En este caso parece ser él
quien ha modificado la fuente.
La siguiente tentación ocurre en la “Ciudad Santa”, que Lucas precisa:
“Jerusalén”. La cita del Salmo que realiza el tentador es ligeramente ampliada
en Lucas, como lo era la respuesta con una cita de Deuteronomio en la primera de
Mateo.
Mateo concluye asemejándose a Marcos con referencia al servicio angélico a
Jesús, Lucas, en cambio, prefiere una enigmática frase: “habiendo acabado toda
tentación, el diablo se retiró hasta un tiempo”. Sabemos, concretamente, que el
diablo entra en Judas, en Jerusalén, en el momento final de la Pascua (22,3).
Podemos sintetizar diciendo que la gravedad de las tentaciones en Mateo van
en aumento: pan, espectáculo, adoración en la montaña, en cambio la referencia
final a Jerusalén parece claramente reformada por Lucas. Digamos, entonces, que
parece muy probable que el Tercer Evangelio haya cambiado el orden de la segunda
y tercera tentación por tu preocupación geográfica centrada en Jerusalén.
Parece que el autor Q expresó en tres tentaciones tomadas de las tentaciones
del pueblo en el desierto, las tentaciones que tuvo Jesús en su ministerio, al
menos las dos últimas aparecen destacadas. Allí donde Israel no supo hacer la
voluntad de Dios, Jesús surge fiel, verdadero “Hijo” como ya el Bautismo lo
había mostrado. Esto confirma la intención cristológica del relato, y también su
probable intencionalidad polémica con el Israel de su tiempo.
Dado que la primera hace referencia a la “palabra de Dios”, la segunda a lo
político y la tercera al Templo, algunos han pensado que se estaría ante una
triple tentación profética, real y sacerdotal, pero no parece que eso esté en
juego aquí. Sólo la tentación real aparece clara, mientras que la profética y
más aún la sacerdotal no se revelan, y más aún, parecen muy improbables. Las
respuestas apuntan en otra dirección.
Detengámonos, ahora, en el relato de Lucas; a diferencia de Juan, Jesús va
del desierto a la ciudad, y en la ciudad comienza su ministerio, como en la
ciudad culminará todo para desde allí comenzar, siempre conducido por el
Espíritu el tiempo nuevo de la Iglesia. En las primera tentación, el diablo no
discute que Jesús sea el Hijo de Dios, lo da por supuesto, y lo tienta a
convertir en pan una piedra ya que lógicamente tiene hambre. Más que un “nuevo
pueblo”, Jesús es “hijo de Dios”, “el Hijo de Dios”. ¿Por qué Jesús no obra el
milagro? Porque los milagros que Jesús hace son siempre para los otros, como la
multiplicación de los panes: allí Jesús mismo se preocupa: “denles ustedes de
comer” (9,13). La segunda es la tentación de poder (exousía) política. En
tiempos donde todo el mundo conocido está sometido al imperio romano, se puede
ver de un golpe de vista todo: el imperio mismo es diabólico y perverso. E
idólatra. La tercera tentación no sólo tiene como característica que ocurre en
Jerusalén, sino también que el diablo cita la escritura. La escritura mal
citada, o mal leída, también puede ser diabólica, o idolátrica. Por otra parte,
Jesús deja muy claro que su ministerio es para otros, no para él. No es salvarse
a sí mismo, como tampoco en la cruz: “si eres ... sálvate” (23,35.37.39).
Como dos rabinos, Jesús y el diablo discuten con citas bíblicas. Y nos queda
claro que es falso servidor de Dios el que se sirve de su ministerio en su
propio provecho, que no es propio de los fieles a Dios reclamar milagros ya que
Dios puede salvar sin necesidad de estas obras “maravillosas” o “teatrales”.
Jesús nos muestra -con su vida- el camino de la obediencia de hijo conducido por
el espíritu.
Comentario
Tiempo lindo la Cuaresma. Tiempo de "parar la máquina", de serenidad, de
"mirar para adentro"... y ¡¡¡preguntarnos tantas cosas!!! En nuestros días,
¡cuántas caídas!, ¡cuántas infidelidades!, ¡cuántas injusticias! Es tiempo de
descubrir cuánto tenemos que cambiar.
El Evangelio de Lucas, nos pone a Jesús en paralelo con el pueblo de Israel.
En las mismas circunstancias en las que el pueblo fue infiel, Jesús sale
adelante; y para resaltar el paralelo entre ambas situaciones, el evangelista
recurre al desierto y a citas del Deuteronomio. Allí donde Israel cayó, allí
Jesús sale adelante. Más que un acontecimiento es una plataforma, un programa:
unidos a Jesús nada tenemos que temer, sólo el amor cuenta. Deberíamos
aprovechar la Cuaresma para revisar cuántos desencuentros, cuántas
infidelidades, cuántas injusticias... Pero, al revisarlas, corregirlas; es que
la Cuaresma es tiempo de conversión, y conversión significa caminar, camino de
vuelta al Padre.
Cuaresma, ¡tiempo lindo! Tiempo de volverse a Dios, y de volverse a tantos
hermanos despreciados, olvidados, oprimidos... Tiempo de justicia, de verdad, de
liberación...
Mientras el pueblo de Israel, en la tentación no fue fiel y cedió, ahora nos
encontramos a Jesús en la misma situación, en la misma tentación. ¡Y triunfa!
Jesús aparece en el Evangelio de hoy como el que vence la tentación. Porque es
posible vencerla. Muchas voces, de dentro y de fuera buscan separarnos de Dios,
de sus proyectos, de sus caminos. Pero hay una voz más fuerte, más firme, que
puede vencer esas otras voces si disponemos el corazón para escucharla. Hace
falta tener un oído muy fino, un silencio atento, un corazón dócil.
Para eso existe la Cuaresma, para que sepamos mirar la vida, y mirarnos en la
vida; para que sepamos prestar atención a los caminos y proyectos que nos
rodean, y enfrentarlos con los caminos y proyectos de Dios. Para eso existe la
Cuaresma, para que apaguemos los ruidos que aturden y ensordecen, para que
acallemos las voces que esconden la voz de Dios, para no escuchar cantos de
sirenas que nos hablan de la felicidad de comprar, de poseer o de determinados
caminos, sino que podamos oír la voz del amor, la voz que se grita en el
silencio y el desierto. Para eso existe la Cuaresma, para dejarnos seducir por
Dios en el desierto, para volver a las fuentes, para volver a la fidelidad
primera, “como un niño frente a Dios". Para eso existe la Cuaresma.
¿Y nuestra Cuaresma? Tantas veces habremos dicho: “Cuaresma, tiempo de
confesión”, pero ¿de qué sirve si no es un cambio de vida, un cambio de camino?
¿Qué Cuaresma vive el que no vive? La Cuaresma es tiempo de desierto, pero de
desierto en medio del ruido y del mundo, en medio del pecado y la infidelidad,
en medio de la gente... Es allí donde estoy invitado a encontrarme con Dios y
los hermanos, allí donde debo retomar la fidelidad... El recuerdo del desierto,
terminó siendo recuerdo de la fidelidad de los israelitas: tiempo de fe, como
recuerda el "Credo primitivo" de la primera lectura; se nos invita a creer de
corazón en la Palabra (2a. lectura), no con los labios, sino con la vida, una
vida de fidelidad y servicio. Aquí tenemos el centro, el corazón de la Cuaresma:
¡los hermanos! Revisemos nuestro servicio, nuestro amor, nuestro compromiso
liberador; así revisaremos nuestra fe; así viviremos religiosamente nuestra
Cuaresma.
Quien afirme no tener pecado es un mentiroso dice san Juan. Quien se reconoce
pecador, y se decide a devolverle a Dios su lugar, empieza a preparar el camino
para una vida coherente con los proyectos de Dios. El problema con los que no se
reconocen pecadores, o con quienes no están dispuestos a dejar entrar a Dios en
sus vidas, es que permanecen en el pecado. El tiempo de la cuaresma que
comenzamos, es un ¡detente!, un mirar para adentro, es reconocer que hemos
caminado sin Dios buena parte de nuestra vida... Pero, casi podemos decir que a
Dios no le importa: no le importa la gravedad de nuestra ruptura, no le importa
qué tan dios nos sentimos. Le importa que estemos decididos a vencer el pecado
en el seguimiento de Jesús, a vencer el pecado con la Palabra de Dios.
En toda historia hay tiempos y momentos de fidelidad, y momentos de caídas.
La Cuaresma es tiempo de recobrar fuerzas para retomar el camino, para "hacer
camino al andar”. La Cuaresma es el tiempo oportuno para revisar, corregir y
fortalecer todo esto; es tiempo de desierto, tiempo de encuentro con Dios frente
a tantos desencuentros. Pero ¡cuidado! "¿Cuántas veces se ha empujado a las
multitudes hacia el desierto, como si Tú sólo fueses accesible allá... Ábrenos
los ojos para irte encontrando en cada rostro, para comulgarte cada vez que
estrechamos una mano o sonreímos" (Luis Espinal).
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 9, titulado «Bajo el sol
del desierto», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL. El guión y
su comentario pueden ser tomados de aquí:
http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1100009
Puede ser escuchado aquí:
http://www.untaljesus.net/audios/cap09b.mp3
Para la revisión de vida
- ¿Cuál es la tentación de fondo, mayor, en mi vida? ¿Qué debo hacer para
superarla?
- ¿Cuáles son mis tentaciones menores, diarias? ¿Qué debo hacer?
Para la reunión de grupo
- Jesús fue plenamente humano, una persona completa y real, como cualquiera de
nosotros, y sintió en su propia persona las mismas dificultades que nosotros
sentimos. La predicación de los tiempos clásicos propagó una idea de Jesús
desencarnada, meramente divino, sin tentacionas humanas… Comentar
- El Evangelio de hoy nos presenta un relato teológicamente elaborado más que
realísticamente histórico de las tentaciones de Jesús. Para ello las agrupa en
tres tentaciones-símbolo, o tres dimensiones mayores de la vida humana. ¿Cuáles
son? Describámoslas, a partir del comentario exegético hecho más arriba.
- ¿Cuál sería el equivalente de esas tentaciones en la situación actual de
nuestra sociedad y nuestro mundo?
Para la oración de los fieles
- Hoy vamos a responder “Te lo/la expresamos, Señor”.
-Nuestra alegría por recordar, en la lectura del evangelio de hoy, que Jesús fue
plenamente humano y experimentó nuestras mismas tentaciones… te la expresamos,
Señor.
-Nuestra admiración hacia Jesús, que permanece como modelo de Persona Nueva,
incorruptible, firme ante el mal, fuerte ante la tentación… te la expresamos,
Señor.
-Que queremos preocuparnos no sólo por el pan, sino por toda Palabra que sale de
tu boca… te lo expresamos, Señor.
-Que queremos tener un corazón incorruptible que, ni por todo el oro del mundo,
sea capaz de vender su conciencia… te lo expresamos, Señor.
-Que no queremos “tentar a Dios, ni ponerte a nuestro servicio… te lo
expresamos, Señor.
-Que queremos vivir esta Cuaresma, como “tiempo litúrgico fuerte” que es, unidos
a la comunidad cristiana dispersa por todo el mundo, en espíritu de reflexión,
oración y compromiso, preparando la celebración anual de la Pascua… te lo
expresamos, Señor.
Oración comunitaria
- Dios, Madre-Padre nuestro, que en Jesús nos has dado un modelo de persona
completa y lograda, en lucha contra el mal y plenamente humana, tentada pero
victoriosa. Queremos seguir ese modelo de firmeza y fidelidad, de humanidad y
fortaleza, de fidelidad a ti y a los hermanos. Te lo pedimos a Ti que vives y
haces vivir, por los siglos de los siglos. Amén.
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