Domingo 27 de septiembre de 2009
Domingo 26º del tiempo ordinario. Ciclo B
Vicente de Paul
Mc 9,38-43.45.47-48:
“Un vaso de agua por mí tendrá recompensa”
INICIO
Nm 11, 25-29: “¡Ojalá todo el
pueblo fuera profeta!”
Sal 18: “Los mandatos del Señor
alegran el corazón”
St 5, 1-6: “Sus riquezas están
corrompidas”
Mc 9,38-43.45.47-48: “Un vaso de
agua por mí tendrá recompensa”
Clave de comprensión para las lecturas de este domingo: «Nadie puede ser
excluido del servicio que se realiza en nombre de Dios».
En medio de las tradiciones del pueblo israelita por el desierto, el libro de
los Números nos presenta el relato del «reparto» del espíritu de Moisés, entre
setenta miembros del pueblo. La intención es que Moisés no tenga que llevar la
carga solo. Con esta decisión de Yavé, la responsabilidad queda repartida: cada
uno de quienes han recibido parte del espíritu que estaba en Moisés debería ser
profeta en el pueblo. Ahora bien, tendríamos que atenernos al contexto para
intuir qué características implicaba la tarea de estos personajes.
El capítulo 11 del libro de los Números nos da cuenta de las etapas de
la marcha por el desierto; la narración se centra en una dificultad que tiene el
pueblo: llevan varios meses comiendo maná y ya se encuentran hastiados: «tenemos
el alma seca» (v. 6), «no vemos más que maná» (v. 6b), y con esto viene la
tentación de añorar el tiempo de abundancia de comida en Egipto. Por aquí
podemos intuir la grave dificultad en que se halla Moisés, ¿cómo hacer para que
el pueblo no siga pensando en Egipto? El desierto es el gran desafío. Detrás
está Egipto, con su abundancia, pero también con su esclavitud. Hacia delante
está la promesa de una tierra, una libertad, una vida digna, pero que hay que
conquistar a precio de privaciones, sacrificios, esfuerzos.
El relato causa admiración porque Yavé monta en cólera... Es un recurso
literario para introducir la preocupación de Moisés, que se expresa en una bella
oración de intercesión por el pueblo. La solución que plantea Yavé es la
adecuada: reunir setenta representantes del pueblo para repartir entre ellos el
espíritu que estaba en Moisés; de esa manera la dirección, orientación y
concientización del pueblo sería obligación de muchos y no sólo de Moisés.
El espíritu que se dona a todas estas personas viene a ser, entonces,
profético; es decir, está en función de profetizar. Hay que asumir que esta
actividad profética está orientada a ayudar al pueblo a tomar más y más
conciencia del plan de Dios con ellos, a entender lo que hay realmente detrás:
Egipto y su abundancia de comida pero con su esclavitud que es lo contrario al
plan divino, y lo que está por delante: un desierto inevitable, desafiante,
mortal, pero al fin y al cabo, un medio que es necesario asumir para poder
llegar a la tierra de la libertad, tierra de promisión. A cualquier persona del
pueblo que, entendiendo las cosas así, «catequizara» a sus hermanos en este
sentido había que verlo como profeta «autorizado» no porque hubiera estado
necesariamente en la tienda del encuentro, sino por estar en comunión con el
ideal de Yavé.
Ese parece ser el caso de Eldad y Medad. Ellos no estuvieron en el momento
del reparto del espíritu y sin embargo estaban profetizando. Viene la reacción
de Josué, el mismo que más tarde se encargará de guiar a su pueblo en los
trabajos de conquista y ocupación de la tierra prometida. Josué no entiende
todavía que todo el que influya de manera positiva en la conciencia del ser
hermano, debe ser considerado profeta, y por eso aconseja a Moisés que lo
prohíba (v. 28). Por su parte, Moisés ha captado muy bien que en el trabajo de
liberación del pueblo, todos y todas tienen una gran tarea, y responde a Josué
con palabras aparentemente duras, pero que en definitiva buscan también abrir la
conciencia de su ayudante: «ojalá todo el pueblo fuera profeta» (v. 29); ojalá
cada uno asumiera con verdadero empeño la tarea de concientizarse y concientizar
a su semejante, a su prójimo, ¿no es eso justamente lo que Dios quiere y espera?
A Josué pues, no le preocupaba mucho la necesidad de que cada miembro del pueblo
tuviera una conciencia bien formada para continuar hacia adelante por el
desierto; le preocupaba más defender lo «oficial», lo «autorizado» por Dios en
la tienda del encuentro, es decir lo «instituido», la defensa de «los derechos
de Dios».
En la misma línea, nos presenta el evangelio de Marcos para este
domingo, una situación semejante con los discípulos de Jesús. Apenas transmitida
por Jesús la lección sobre quién es el mayor (Mc 9,33-37), se produce un
incidente que tiene que ver con la exclusividad de los miembros del grupo
seguidor de Jesús. Juan le cuenta a Jesús que le han impedido a un hombre
expulsar demonios en su nombre porque no se trataba de uno de los miembros del
grupo (v. 38). No hay una pregunta, cómo hacer en casos semejantes, qué posición
asumir, etc. La respuesta de Jesús es sabia, «nadie que obre un milagro en mi
nombre puede después hablar mal de mí» (v. 39), y «el que no está contra
nosotros, está con nosotros». En la tarea de construcción del reino nadie tiene
la exclusiva. Tal vez los discípulos no tenían claro o no recordaban que su
pertenencia al grupo de Jesús fue un don de pura gratuidad; ninguno de ellos
presentó ante Jesús un concurso de méritos para ser elegido; fue Jesús quien se
presentó ante ellos, se les atravesó a cada uno por su camino y los llamó, aun a
sabiendas de que no eran ni los mejores ni lo más representativo de su sociedad.
En ese sentido también otros y otras pueden seguir siendo llamados. En cada
hombre y en cada mujer Dios ha sembrado las semillas del bien; cómo y cuándo
esas semillas comienzan a germinar y dar frutos, eso es decisión de cada uno. A
veces nos parecemos a Juan y al resto de discípulos, nos ponemos celosos de
quienes sin pertenecer a la institución hacen obras mejores que las nuestras. Y
sale inevitablemente la frase: «pero ése o ésa es de tal o cual religión o de
tal o cual grupo...». Anteponemos a la vocación universal de hacer el bien y a
la práctica del amor, unos intereses mezquinos y unos criterios de autoridad y
de exclusividad absolutamente rechazados por Jesús (cf. Mc 9,39)
El diálogo de Jesús con sus discípulos refleja la situación de la comunidad
para la cual Marcos escribe su evangelio. Una comunidad quizás muy consciente de
lo que eran las exclusiones, pero al mismo tiempo en peligro de ser
exclusivista, con una excusa quizás aparentemente sana: «ser o no ser de los
nuestros», «ser o no ser del camino», «estar o no estar en el proceso...», y en
fin otras talanqueras que pretendidamente intentan justificarse con la excusa de
defender la «pureza» de la fe o del «credo» o del «orden» o, en definitiva, de
«defender los derechos» de Dios.
Pues bien, cuando se cae en el extremo de «defender» a Dios, o los «derechos»
de Dios, lo que se logra en definitiva es minimizar a Dios, ponerlo en ridículo
ante el mundo, y la consecuencia más inmediata, la que previó Jesús y quizás la
que ya se veía en la primera comunidad, era la del escándalo a los más pequeños.
A Jesús le preocupan los «pequeños», no sólo los menores de edad, sino los que
apenas empiezan a intuir la dinámica del reino con la subsiguiente imagen de
Dios que él propone.
Con todo, a través de los siglos, los peligros de la comunidad primitiva se
convierten en hechos reales: cuántos creyentes promotores del bien, de la
justicia y de la paz excluidos o en entredicho sólo porque «no eran de los
nuestros», cuántos Josués y Juanes empeñados todavía en «defender»
una pretendida exclusividad que, por supuesto, nadie posee, con lo cual lo único
que logran es escandalizar cada vez más a muchos, haciéndoles creer que Dios es
tan pequeño, que puede reducirse a los estrechos límites de un grupo o de una
institución, aunque sus adeptos se cuenten por millares.
Si logramos tomar conciencia de que Dios es más grande que un grupo o una
institución y que en ningún momento nuestra vocación es la de defender unos
supuestos derechos de Dios, sino simplemente servir, ponernos en función de
construir el Reino con y desde las múltiples posibilidades que ello implica dada
la insondable riqueza del mismo espíritu, entonces jamás se nos ocurrirá pensar
si éste o aquél es o no es «de los nuestros», sino mejor... ¡como cooperar más y
mejor con aquél o aquélla que tan bien están luchando por construir aquí el
Reino!
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 63, «Una piedra de molino»,
de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario
pueden ser tomados de aquí:
http://untaljesus.net/texesp.php?id=1300063
Puede ser escuchado aquí:
http://untaljesus.net/audios/cap63.mp3
Para la revisión de vida
- Reviso mis actitudes respecto al trabajo de los demás (personas y grupos)
y me confronto con la reacción de Josué (primera lectura) y con la de Santiago y
Juan (evangelio). Enumero las semejanzas y diferencias y me trazo un propósito
práctico de vida. Para la reunión de grupo
- Una idea que surge a partir de las lecturas de este domingo es la validez que
tienen para la construcción del reino muchos aportes: ideas, obras, trabajos, de
hombres y mujeres que no necesariamente son cristianos, pero que están
comprometidos en la lucha por la justicia y la paz. Tratemos de indagar un poco
sobre esas personas o instituciones y compartamos qué dicen, qué hacen, y al
mismo tiempo tratemos de establecer cuáles son las críticas y de que forma son
rechazados por nuestra religión oficial. Sentemos posiciones. Para la oración de los fieles
-- Oremos por los responsables de la dirección y guía de nuestras iglesias para
que su responsabilidad como animadores se traduzca en la acogida amorosa y
fraterna de todos aquellos que buscan hacer el bien a los demás... roguemos.
- Por los dirigentes de nuestra sociedad, para que sus tareas estén cada día más
en la línea del evangelio, más empeñados en la construcción de la justicia y la
paz... roguemos.
- Por todos aquellos que desde su realidad como creyentes están trabajando por
el bien, la justicia y la paz para que sus esfuerzos se vean cada día más
enriquecidos por el espíritu profético que Dios dona a todas y todos...
roguemos.
- Por nosotros y nosotras para que sepamos ver en todos los que hacen el bien
aquella presencia de Jesús Resucitado que en todas y todos actúa... roguemos. Oración comunitaria
Dios Padre-Madre que en todas, en todos y en todo te manifiestas; abre nuestros
corazones y nuestras mentes para comprender mejor lo que desde siempre nos estás
comunicando, incluso a través de aquellos que te conocen por otros caminos y con
otros lenguajes que los nuestros; arranca de nosotros toda tentación de
exclusivismo y mantennos dispuestos a ayudar y a dejarnos ayudar en la
construcción colectiva de tu Reino. Nosotros te lo pedimos inspirados en Jesús,
transparencia tuya. Amén.
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