Sábado 15 agosto de 2009
Asunción de María
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Ap 11,19a;12,1.3-6a.10ab: “Vi una
mujer vestida del sol”
Sal 44: “De pie a tu derecha está
la reina...”
1Cor 15,20-27a: “Primero Cristo
como primicia”
Lc 1,39-56: “El Poderoso ha hecho
grandes cosas por mí”
La primera lectura nos enseña a mostrar las señales con que Dios
invita a la esperanza. Aparece la lucha a muerte del dragón contra la mujer y su
descendencia (Cristo y los cristianos). La aparición del arca de la alianza de
Dios (cf. Nm 10,33-36); 1Sam 4,6-7) señala el hoy de la presencia de Dios en
medio de los seres humanos, ya derrotados el pecado y el mal (21,3). Las dos
señales que aparecen en el cielo, la mujer y el dragón, deben ser interpretadas
por la asamblea litúrgica en el espacio-tiempo. La mujer es el pueblo de Dios;
es más, representa la asamblea del pueblo de Dios reunida ya, ahora y aquí, en
la Eucaristía dominical. El dragón es el mal, que actúa insertándose en la
historia humana, y sobre todo desde los centros de poder (las siete cabezas con
siete diademas), para intentar destruir la unidad y la comunión de la asamblea
dominical (arroja a la tierra parte de las estrellas). El poder de este mundo se
opone al alumbramiento de la mujer (se opone a Cristo) y quiere destruir su
fruto (los cristianos). El Cristo elevado y sentado en el Trono de Dios señala
la derrota de Satanás. La Iglesia en el desierto, huye del mal y es sostenida
por Dios, como Jesús. La glorificación de Cristo, una vez para siempre, es la
garantía que nunca jamás nada impedirá que El sea dado a luz por la asamblea
eucarística dominical en el hoy, en el espacio-tiempo, hasta su venida en la
plenitud de la gloria. María asunta es figura de la Iglesia, tanto la celestial
como la que camina dando a luz a Cristo para el ser humano de hoy, y prefigura
la victoria final de toda la Iglesia con Cristo, por él y en él.
La segunda lectura nos presenta la afirmación central sobre la
resurrección de Cristo y de los muertos: Cristo no es un cadáver que revive,
sino que es le Resucitado (el vencedor de la muerte) que causa la resurrección
de los muertos. Cristo ha derrotado la muerte (la vencedora de la vida) en su
propio terreno, la ha destituido (le ha arrebatado todo su poder sobre la vida
), a fin de liberar a todos los que estaban bajo su poder. Cristo resucitado
garantiza la resurrección de todos los muertos. Conviene notar el paralelismo
alternado: por un ser humano, la muerte; por otro ser humano, la resurrección de
los muertos; en Adán, todos murieron; en Cristo, todos vivirán. En definitiva,
Pablo afirma que el don de la vida se da en la resurrección de Cristo. María, al
frente de los que son de Cristo (15,23), goza de la vida de la gloria del Reino
y ya celebra la destitución del único y último enemigo: la muerte.
La escena evangélica de hoy se centra en el encuentro de las dos
madres y de sus respectivos niños, en la continuidad del designio de Dios (AT y
NT), une teológicamente los relatos paralelos de la infancia de Juan (el último
profeta del AT) y de Jesús. Y es el Espíritu quien marca esta continuidad. Toda
la escena rebosa de teología, y para que no se pierda ni un ápice, Lucas la
concluye con el mutis de María (1,56). En este encuentro, Lucas pone en boca de
María este himno judeocristiano (1,47-55), que se inspira en el cántico de Ana
(1Sam 2,1-10) y en toda la tradición bíblica (sobre todo de los salmos). Himno
que expresa la fe y la esperanza de los pobres y humildes del pueblo de Dios.
Son los «hijos de Sión», «los pobres del Señor», quienes, en María y con ella,
alaban a Dios por las grandes obras que ha hecho en ellos/en ella (1,46-49), por
lo que hace en su favor (1,50-53) y, finalmente, por su amor misericordioso a
favor de Israel, en conexión con las promesas realizadas y selladas con la
bendición de Abraham y a su descendencia (1,54-55). María es también hija de
Abraham. Así, en María, en este encuentro entre el AT y el NT, se une la espera
con la realización y, al mismo tiempo, se manifiesta la predilección histórica
del Señor de Abraham y de María por los pobres de todos los tiempos.
Hoy celebramos la «asunción» gloriosa de María. No se trata de ninguna
elevación vertical, de ninguna traslación física, de ningún viaje sideral. No lo
fue la «ascensión» de Jesús; mucho menos lo es en el caso de María. Esa asunción
gloriosa es una manera de hablar, que quiere decir algo, muy importante, pero no
precisamente un traslado físico, un sentido literal inmediato de las palabras.
Podemos –y deberíamos- ser creyentes de hoy, maduros, conscientes del valor
simbólico y metafórico de muchas de las expresiones clásicas de nuestra fe.
Valor «simbólico», «metafórico», no significa, en absoluto, falta de valor,
carencia de sentido, ausencia de contenido. Muy al contrario. Significa que la
verdad expresada es una verdad profunda, no susceptible de ser expresada con
palabras fáciles, descriptivas, meramente referenciales de lo físico o material
Nuestra fe expresa que en María Dios ha dignificado a todos los seres
humanos, en especial a las mujeres, convirtiéndolos en plenos participantes de
su obra salvífica. El ser humano había echado a perder los planes de Dios con
opresiones, violencias y desigualdades. Dios, en Jesús, llama el mundo al nuevo
orden, donde todos los seres humanos son igualmente dignos y de este modo se
inaugura una nueva era de plenitud.
La fiesta de la «asunta», como la llama el pueblo cristiano en muchos lugares
de América Latina, nos invita a vivir en el presente el futuro de Dios. María
vivió su existencia como una manifestación de la obra salvadora de Dios. No hubo
momento de su humilde existencia en el que el amor misericordioso del padre no
se hiciera solidaridad, misericordia y compasión con todas las personas que,
como ella, vivían situaciones de pobreza y exclusión. María encarnó todos
aquellos valores que nos permiten comprender como el futuro de Dios se
manifiesta en las limitaciones de nuestro presente. María nos invita a vivir
gozosamente la vida como un encuentro permanente con el Dios de la vida y la
historia que realiza su obra redentora en las miserias de nuestro mundo y en las
limitaciones de nuestra existencia.
¿Comprendemos el profundo significado de la asunción de la virgen maría?
¿Estamos dispuestos, como María, a modelar nuestra existencia de acuerdo con la
propuesta del evangelio?
Para la revisión de vida
-A ejemplo de María, motivado por su Asunción, ¿respondo de inmediato a las
necesidades de los demás?.
Sabiendo que mi trabajo contribuye al plan de salvación de Dios, ¿cumplo con
diligencia mis obligaciones religiosas, laborales, familiares y civiles?.
¿Qué espacio tienen en mi vida los pobres y marginados? Para la reunión de grupo
- Siempre es bueno volver a tocar el tema de la «subida al cielo». Recomendamos
estudiar o volver a estudiar el luminoso texto de Leonardo BOFF sobre la
ascensión de Jesús (http://www.servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm).
Todo lo que allí se dice respecto a la «cosmovisión», al sentido de la
«traslación» o no «al cielo», y el sentido que todo esto puede tener, sigue
siendo oportuno en la fiesta que hoy celebramos. La lección teológica –en ese
sentido concreto de la cosmovisión que está en juego- es la misma. Establecer
además las diferencias teológicas entre «ascensión» y «asunción».
- Comparar los dos cánticos de liberación (de Ana y de María). Señalar
semejanzas y diferencias. Podríamos elaborar un cántico de liberación aplicado a
nuestra situación. Para la oración de los fieles
-- Para que la Iglesia se mire en María y trabaje por los pobres, el fin del
hambre en el mundo y alumbre la esperanza por su testimonio a favor de la vida.
- Para que quienes ocupan puestos de gobierno, legislan y juzgan en los
tribunales, se guíen por un escrupuloso respeto a los derechos humanos.
- Para que las mujeres que sufren por su condición de mujeres sean artífices de
su propia promoción. Oración comunitaria
Padre bueno, cuya misericordia alcanza a todos los seres humanos, generación
tras generación; acrecienta nuestra fe, a ejemplo de la de María, para que
seamos capaces de construir con ilusión un mundo más humano, según tu proyecto.
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