Domingo 5 de julio de 2009
14ª semana de tiempo ordinario. Ciclo B.
Berta – Antonio Mª Zaccaría
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Ez 2,2-5: “Son un pueblo rebelde”
Sal 122: Nuestros ojos están en el
Señor, esperando su misericordia.
2Cor 12,7b-10: “Así residirá en mí
la fuerza de Cristo”
Mc 6,1-6: Jesús en la sinagoga de
su pueblo
Toda la primera parte del Evangelio de Marcos, hasta la “gran crisis”
(8,27-30) se suele dividir en tres partes. Cada una de ellas es comenzada por un
resumen de la actividad de Jesús, y después por una referencia a los discípulos;
luego, cada unidad va mostrando cómo se desencadena el conflicto que conducirá a
Jesús a la cruz; de ese conflicto hablará claramente, “abiertamente”, la segunda
parte (8,31 en adelante). La primera revela que la dirigencia judía no puede
comprenderlo, y “fariseos y herodianos se confabularon para matarle”
(3,6). En la segunda, el conflicto tiene que ver con “los suyos”, “su
patria”, “su casa” (ver 3,20-21 y 6,4). La tercera ya nos preparará a su
muerte, anticipada por la ejecución del Bautista. El relato que hoy comentamos
es la unidad conclusiva de esta segunda parte (y se agrega el breve resumen que
da comienzo a la tercera: “Jesús recorría las poblaciones de los alrededores,
enseñando a la gente” [6,6b]).
Si a “este” lo conocemos bien, ¿de dónde le viene la capacidad? Pero
la pregunta no es para saber el origen, sino para poner en duda esa autoridad,
el origen de la palabra que él pronuncia. Es una pregunta de descreimiento
(falta de fe), y por eso “no puede” hacer allí milagros (el texto en griego
juega de un modo muy interesante con las palabras: podría traducirse por “no
podía [edúnato] hacer su poder [dúnamin]”).
Es evidente que los signos de Jesús (frecuentemente conocidos como
“milagros”, pero en realidad “expresiones de poder”) manifiestan su
misión, es decir, su predicación del Reino (ver Lc 11,20), y por ello
están en relación directa con la fe. Jesús va por los pueblos predicando,
“enseñando” (didaskein). Este verbo es interesante en Marcos ya que
siempre tiene a Jesús por sujeto salvo en dos oportunidades: en una (6,30),
enseñan los Doce, enviados por Jesús con autoridad (exousía), en la otra
(7,7) Jesús se dirige a los fariseos como “hipócritas” y cita a Isaías (29,13)
diciéndoles que honran a Dios con los labios, no con el corazón ya que
enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Sólo Jesús, el enviado de
Dios, puede enseñar, o también quienes se dejan a su vez enseñar por él, los
demás enseñan palabras huecas, se apartan del camino de Dios.
La lista de la parentela de Jesús revela, fundamentalmente, que es una
persona conocida en su pueblo. Precisamente por ser conocido “no tiene
autoridad” para hablar. Es “el carpintero” (o mejor un “trabajador manual”,
téktôn), son manos para trabajar materiales sólidos, no para obrar “signos
de poder”. Es “de los nuestros “ no puede “enseñar” con “sabiduría”. Por eso es
motivo de escándalo, de tropiezo.
Pero el dicho de Jesús, (probablemente una palabra que se remonta al Jesús
histórico) no sólo revela que no fue honrado en su “patria”, sino que él mismo
lo relaciona con la suerte de los profetas. Es lo más probable que Jesús
viera su ministerio como profético, y sus signos en la misma sintonía. Estamos
en un tiempo sin profetas, y un profeta era esperado, por muchos, como
predecesor del mesías, o de los tiempos mesiánicos. Para Marcos y Mateo
especialmente, ese profeta es Juan, pero eso no quita que Jesús se manifieste
con características proféticas. Jesús, como muchos, o todos los profetas, es
rechazado. Su palabra no es seguida, pero eso no significa que su palabra sea
hueca, o palabra de hombres. Jesús predica un Dios que se ha decidido a reinar,
que quiere realizar su voluntad entre los hombres. Como los profetas, Jesús
anuncia la voluntad de Dios, de un Dios que él revela como padre (abbá);
como los profetas, Jesús puede hablar “en nombre de Dios” porque está en
sintonía con Él; como los profetas, Jesús enseña los caminos de Dios,
frecuentemente rechazados por los hombres; y como los profetas, Jesús es
frecuentemente rechazado por ello, no es honrado y su vida se encamina al
fracaso, y a la cruz. Pero como “más que un profeta”, ante ese fracaso, Dios
todavía tiene una palabra por decir, y la dirá en la Pascua.
Los estudiosos suelen decir que la primera parte del Evangelio de Marcos (que
termina en la "Confesión de Pedro") se divide en varias partes más pequeñas;
cada una de estas partes empieza con un resumen -llamado habitualmente
"sumario"- de la vida de Jesús; después de cada una de ellas viene una
referencia a los apóstoles. En este esquema, el Evangelio de hoy es el fin de la
segunda de las tres pequeñas partes que se caracterizan por un aumento
progresivo en el conflicto que Jesús produce al encontrarse con él. El texto
marca un punto clave: Jesús -que es presentado aquí como profeta- se encuentra
con la absoluta falta de fe de los suyos, sus amigos y parientes. El "fracaso"
de Jesús se va acentuando: en la tercera parte ya se empieza a presentir la
"derrota" del Señor anticipada en la muerte del Bautista.
Es característico del Evangelio de Marcos presentar a sus destinatarios el
aparente fracaso, la soledad, el escándalo de la cruz de Jesús. Esa cruz es la
que comparten con él todos los perseguidos a causa de su nombre, como lo es la
comunidad de Marcos. En toda la segunda parte de este Evangelio lo encontraremos
al Señor tratando -a solas con los suyos- de revelarles el sentido de un "Mesías
crucificado" que será plenamente descubierto por el Centurión -en la ausencia de
cualquier signo exterior que lo justifique- como el "Hijo de Dios".
Los habitantes de Nazareth no dan crédito a sus oídos: ¿de dónde le viene
esto que enseña en la sinagoga? "Si a éste lo conocemos y conocemos a toda su
parentela". La sabiduría con la que habla, los signos del Reino que salen de su
vida, no parecen coherentes con lo que ellos conocen. Allí está el problema: "con
lo que ellos conocen". Es que la novedad de Dios siempre está más allá de lo
conocido, siempre más allá de lo aparentemente "sabido"; pero no un más allá
“celestial”, sino un “más allá” de lo que esperábamos, pero “más acá” de lo que
imaginábamos; no estamos lejos de la alegría de Jesús porque “Dios ocultó estas
cosas a los sabios y prudentes y se las reveló a los sencillos”, no estamos
lejos de la incomprensión de las parábolas: no por difíciles, sino precisamente
por lo contrario, por sencillas. El "Dios siempre mayor" desconcierta, y esto
lleva a que falte la fe si no estamos abiertos a la gratuidad y a la eterna
novedad de Dios, a su cercanía. Por eso, por la falta de fe, Jesús "no podía
hacer allí ningún milagro"; quienes no descubren en Él los signos del Reino
no podrán crecer en su fe, y no descubrirán, entonces, que Jesús es el enviado
de Dios, el profeta que viene a anunciar un Reino de Buenas Noticias. Esto es
escándalo para quienes no pueden aceptar a Jesús, porque "nadie es profeta en
su tierra". Y quizás, también nos escandalice a nosotros... ¿o no?
Jesús es mirado con los ojos de los paisanos como “uno más”. No han sabido
ver en él a un profeta. Un profeta es uno que habla “en nombre de Dios”, y
cuesta mucho escuchar sus palabras como “palabra de Dios”; cuesta mucho
reconocer en quien es visto como “uno de nosotros” a uno que Dios ha elegido y
enviado. Cuesta pensar que estos tiempos que vivimos son tiempos especiales y
preparados por Dios (kairós) desde siempre. Pero en ese momento específico, Dios
eligió a un hombre específico, para que pronuncie su palabra de Buenas Noticias
para el pueblo cansado y agobiado de malas noticias. No es fácil reconocer el
paso de Dios por nuestra vida, especialmente cuando ese paso se reviste de
“ropaje común”, como uno de nosotros. A veces quisiéramos que Dios se nos
manifieste de maneras espectaculares ‘tipo Hollywood’, pero el enviado de Dios,
su propio Hijo, come en nuestras mesas, camina nuestros pasos y viste nuestras
ropas. Es uno al que conocemos aunque no lo re-conocemos. Su palabra, es una
palabra que Dios pronuncia y con la que Dios mismo nos habla. Sus manos de
trabajador común son manos que obran signos, pero con mucha frecuencia nuestros
ojos no están preparados para ver en esos signos la presencia del paso de Dios
por nuestra historia.
Muchas veces nosotros tampoco sabemos ver el paso de Dios por nuestra
historia, no sabemos reconocer a nuestros profetas. Es siempre más fácil esperar
o cosas extraordinarias y espectaculares, o mirar alguien de afuera. Es mucho
más “espectacular” mirar un testimonio en Calcuta que uno de los cientos de
miles de hermanas y hermanos cotidianos por las tierras de América Latina que
trabajan, se “gastan y desgastan” trabajando por la vida, aunque les cueste la
vida. Es mucho más maravilloso mirar los milagros que nos anuncian los
predicadores itinerantes y televisivos, que aceptar el signo cotidiano de la
solidaridad y la fraternidad. Es mucho más fácil esperar y escapar hacia un
mañana que ‘quizá vendrá’, que ver el paso de Dios en nuestro tiempo, y sembrar
la semilla de vida y esperanza en el tiempo y espacio de nuestra propia
historia. Todo esto será más fácil, pero, ¿no estaríamos dejando a Jesús pasar
de largo?
Al evangelio de hoy se refiere precioso el capítulo 23 de la serie «Un tal
Jesús», titulado «Un profeta en su casa», de los hnos. López Vigil. El guión y
su comentario pueden ser tomados de aquí:
http://untaljesus.net/texesp.php?id=1100023
Puede ser escuchado aquí:
http://untaljesus.net/audios/cap23b.mp3
Para la revisión de vida
- Sin pretender ser un «profeta» admirado, sí que debo ser, como mínimo un
profeta anónimo, un cristiano ordinario que se toma en serio su ordinario deber
profético: decir la verdad, vivir la verdad, denunciar la mentira que me
encuentre, ser incorruptible, combatir la corrupción que me salga al paso...
¿Estoy captando la nueva hora de esperanza, el deseo popular de superación del
neoliberalismo, a la búsqueda del «otro mundo posible»?
Para la reunión de grupo
- En la década pasada, en no pocos sectores cristianos, que ésta no es hora de
profecía, sino de sabiduría; que ahora no estamos como los israelitas en el
éxodo, sino como en la época del exilio, que lo que corresponde no es la
denuncia, sino la sabiduría de quien en silencio sabe resistir... Esa habría
sido la máxima profecía ahora posible... ¿Qué pensamos de ello?
- «Aunque es de noche... ya es madrugada», se dice hoy día en América Latina: la
situación actual de la esperanza del Continente es bien distinta de la de hace
unos años. Los Foros Sociales Mundiales celebrados aquí, los cambios políticos
en varios países, evidencian otro tono y otra esperanza. Lamentablemente, la
Iglesia oficial no sintoniza con las esperanzas populares que tan bellamente
expresaron en su momento Medellín y Puebla. ¿Qué papel cabe a la Iglesia (a los
cristianos y cristianas) ante esta situación?
- La profecía no es un deber para personas especiales, prodigiosas,
extraordinarias... sino deber todo cristiano, por seguir a Jesús, y de todo
bautizado, por participar en Jesucristo Sacerdote, Profeta y Rey. ¿Cómo debería
vivir ese ministerio profético una comunidad cristiana "cualquiera", como la
nuestra, tanto hacia la Sociedad como hacia su Iglesia?
Para la oración de los fieles
-Por toda las Iglesias, para que al anunciar el mensaje evangélico hagan vida la
verdad que proclaman con las palabras, roguemos al Señor.
- Por todas las naciones de nuestro mundo, para que se unan en la defensa de la
justicia, la libertad y los derechos de todos y cada uno de los ciudadanos de
este mundo, roguemos...
- Por todos los que en su tiempo de juventud fueron utópicos luchadores por un
mundo mejor y hoy son personas acomodadas y resignadas al mundo tal cual está,
para que Dios haga revivir en ellas lo mejor que todavía habita el rescoldo de
su corazón, roguemos...
- Para los profetas de nuestro tiempo, tan escasos, los que denuncian las
injusticias, la mentira y el carácter excluidor de nuestra sociedad, para que su
mensaje sea escuchado, roguemos...
- Por la profecía al interior de la Iglesia: para que haya un ambiente que
posibilite la confianza, la opinión pública fraternamente compartida, el diálogo
franco y sincero, la libertad de la reflexión teológica... roguemos...
- Por los "profetas laicos", hombres y mujeres pensadores libres que con su voz
o su pluma dan cuerpo en la opinión pública a los mejores sentimientos que los
demás no sabemos expresar, para que nunca falten entre nosotros, roguemos...
Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro, que continuamente nos invitas a la conversión con
llamamientos que con frecuencia nos pasan desapercibidos; te pedimos abras
nuestros oídos y nuestros corazones para que estemos siempre atentos a acoger tu
Palabra, sea cual sea el ropaje con el que venga envuelta, para que nos dejemos
transformar por ella y la llevemos a la práctica con entusiasmo. Por Jesucristo
N.S.
O bien:
Oh Dios, que "de muchas maneras hablaste en otro tiempo a nuestros padres por
medio de los profetas"; te pedimos que no abandones a la humanidad a las solas
fuerzas del egoísmo individualista y del mercado, sino que nos envíes nuevos
profetas que nos hagan revivir con pasión lo mejor que tú pusiste en nuestro
corazón: el amor universal, la fuerza inclaudicable de la utopía de la
solidaridad, y la inconformidad con todo lo que contradice tu Proyecto. Por
J.N.S.
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