Domingo 28 de junio de 2009
13º domingo de tiempo ordinario
Ireneo
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Sab 1,13-15;2,23-24: “La muerte
entró en el mundo por la envidia del diablo”
Sal 29: Te ensalzaré, Señor,
porque me has librado.
2Cor 8,7.9.13-15: “La fe de unos
pocos sostiene a muchos”
Mc 5,21-43: “Niña, te lo digo a
ti, ¡levántate!”
Jairo viene de vuelta de la sinagoga. A pesar de ser jefe de esa institución
no ha encontrado en ella la salvación para su hija; el judaísmo, representado
por la institución más importante después del templo, no conduce a la vida; la
hija de Jairo, imagen del pueblo, está abocada a una muerte irremediable. Por
eso Jairo, tal vez desesperado y desilusionado con aquel viejo sistema, acude a
Jesús, buscando vida para su hija. Y estando con él se entera de que su hija ha
muerto: ¿Para qué molestar más al maestro?, le dicen. La gente piensa que se
molesta al maestro pidiéndole que dé vida. No saben que “el ha venido para que
tengan vida y vida abundante”, como dice el evangelista Juan. Jesús, en estas
circunstancias extremas, no se arredra: “No temas, ten fe y basta...” Para quien
cree –y Jairo ha comenzado ya a adherirse a Jesús, a creer en él, en la medida
en que se ha distanciado de la sinagoga-, la muerte es un sueño del que se puede
despertar. Los primeros cristianos lo entendieron así cuando comenzaron a llamar
a la necrópolis (= ciudad de los muertos) cementerio (= dormitorio). No lo ve
así la gente que, al enterarse de la muerte de la hija de Jairo, lloraba
gritando sin parar –gesto de desesperanza total-, y que, cuando Jesús dice que
la niña “no está muerta, sino dormida”, se reía de él considerando la situación
irreversible. Ante tanta incredulidad no hay nada que hacer. Por eso, Jesús echa
fuera a la gente –para quien no cree, la muerte es el final- y entra adonde está
la niña con sus padres junto con tres de sus discípulos a quienes quiere mostrar
especialmente la fuerza de vida que hay en él.
Curiosamente estos tres discípulos están presentes también en la
transfiguración y en el Huerto y, en ambas escenas, se duermen. Este sueño es
todo un símbolo. En la Transfiguración, Jesús habla con Moisés y Elías de su
éxodo –esto es, de su paso de la muerte a la vida-; en el Huerto, Jesús pide a
Dios fuerzas para aceptar el camino que le lleva a la muerte, como paso para la
vida definitiva. Pedro, Santiago y Juan no tienen interés en aceptar este camino
del maestro hacia la muerte, porque –al igual que los judíos- no creen que sea
un paso hacia la vida definitiva. Tal vez, por esto, para que aprendan que Jesús
es la imagen de un Dios que da vida, Jesús se los lleva consigo. Sorprende, no
obstante, que, cuando Jesús devuelve la vida a la niña, insista vivamente a los
discípulos para que no digan nada a nadie. Orden lógica, pues todavía no están
capacitados para digerir y asimilar y proclamar este mensaje de vida.
Se asemeja a veces la sinagoga, de la que Jairo es jefe, a nuestra vieja
iglesia y a algunos de sus jefes, que no son capaces de sanar los males del
mundo por estar centrados en mantener unas estructuras que no dan vida. Al igual
que Jairo, nuestra iglesia, si quiere seguir siendo la iglesia de Jesús, tendrá
que salir al encuentro del maestro, rompiendo viejas estructuras que la
mantienen cerrada al mundo. Y en ese encuentro con Jesús y su evangelio, oirá
las mismas palabras que Jesús le dirigió a Jairo: “No temas, ten fe y basta”.
Tal vez sea este el mal de nuestra iglesia: tiene demasiado miedo y poca fe, y
este miedo a perder seguridades, prestigio y poder le impide lanzarse a la
aventura de remediar los males de un mundo abocado a la muerte; tal vez tenga
que adherirse más al mensaje de Jesús y a su estilo de vida pobre, libre,
solidario y entregado a los que viven en las márgenes del mundo. Sólo así podrá
devolver la vida a tanto muerto que hay vivo, a tantos que gritan llorando sin
parar, lamentándose de que no es posible luchar contra este injusto sistema
mundano que ha marginado a tanta gente, llevándola a las puertas de la muerte.
Pablo, en su carta a los corintios, invita a resolver el problema de la
injusticia y la desigualdad con generosidad. Y para ello pone el ejemplo de
Jesús que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” y hacer
un mundo más igualitario donde “la abundancia de unos remedie la carencia de
otros”, y brote la igualdad. Un verdadero milagro que está en nuestras manos
realizar para devolver la vida a cuantos carecen de las mínimas condiciones de
vida, para hacer de nuevo el milagro del maná por el que Dios impedía que unos
acumulasen lo que era necesario para otros: “al que recogía mucho no le sobraba
y al que recogía poco no le faltaba” (Ex 16,18). Un mundo de iguales, un mundo
regido por un Dios que, como dice el libro de la Sabiduría, “no hizo la muerte
ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera.. Dios
creó al ser humano para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser”...
Añadamos una «nota crítica» de precaución. Una lectura no crítica de la
primera lectura evoca espontáneamente el tema del «pecado original» y deja
claramente la idea de que la muerte sería consecuencia del pecado original, y
que éste habría sido consecuencia de «la envidia del diablo» (Sb 2,24). Es todo
un conjunto teológico y simbólico lo que es evocado aquí, como de paso, el
pecado original. Es importante no caer en la facilidad de apoyarse acríticamente
en ese supuesto, y hablar del mal o de la muerte, con toda naturalidad, como
fruto del pecado o -peor aún- como introducida en el mundo por el diablo
envidioso. Somos personas de hoy, y los oyentes de las homilías también lo son.
Y aunque en alguna comunidad hubiera bastantes personas con una visión mítica
atrasada, aun ellas merecen ser tratadas con dignidad, con una pedagogía crítica
que le ayude a reconciliar su atrasada visión mítica con una religiosidad apta
para los tiempos de hoy.
Todos, los predicadores de las homilías, y también los oyentes, tenemos la
obligación de reivindicar un discurso «para hoy», que no repita -con frecuencia
simplemente por pereza, o por miedo- las afirmaciones manidas afirmaciones
míticas, y, más importante aún, que no las repita como si de afirmaciones reales
(descriptivas de algo que realmente hubiera sucedido) se tratara. Se puede
evocar el mundo simbólico del pasado para explicarlo y discernirlo, pero siempre
con la obligación de dejar explícitamente claro que se trata de afirmaciones
«simbólicas», que en otro tiempo fueron tomadas como literalmente reales (así
fue, y hasta hace bien poco tiempo), pero que hoy sabemos que sólo son
simbólicas, es decir, que tienen un valor para nuestra vida espiritual, pero que
en su sentido literal no son históricas, o que incluso pueden ser contrarias a
la verdad histórica.
En el caso que nos ocupa en concreto -aunque aquí no debamos justificarlo- la
verdad original profunda es contraria a lo que tradicionalmente nos ha sido
dicho: lo «original», lo que se dio en el principio, no fue un «pecado
original», sino una «bendición original». [Matthew Fox es el teólogo que más
emblemáticamente ha desarrollado esta afirmación, en su libro «La bendición
original. Una nueva espiritualidad para el hombre del siglo XXI», Ediciones
Obelisco, Barcelona - Buenos Aires 2002].
Al evangelio de hoy se refiere el capítulo 44 de la serie «Un tal Jesús»,
titulado «La vendedora de higos», de los hnos. López Vigil. El guión y su
comentario pueden ser tomados de aquí:
http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1200044 Puede ser escuchado aquí:
http://www.untaljesus.net/audios/cap44b.mp3
En la serie «Otro Dios es posible», también de los hermanos López Vigil, el
capítulo («entrevista») 31 se titula «¿Dios hace milagros?». El audio puede ser
escuchado o recogido aquí: http://www.emisoraslatinas.net/entrevistas.php?id=130
El guión aquí:
http://www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=130031 y una guía o texto
complementario, aquí:
http://www.emisoraslatinas.net/guia.php?id=131031
Para la revisión de vida
Nos gusta la vida, nos gusta estar vivos, tenemos eso que se llama “instinto
de supervivencia” y que nos hace alejarnos rápida y eficazmente de todo lo que
amenaza nuestra existencia, pero que también nos puede llevar a poner en el
centro de todo (como absoluto, como "dios" camuflado) nuestra propia
supervivencia, dejando muy al margen la preocupación por la vida de los demás.
Nuestro Dios es un Dios de vida y de vivos, que tiene su mayor gloria en las
personas vivas, que envió a su Hijo para que "tuviésemos vida y vida en
abundancia" (Jn 10,10)...
¿Soy de los que se preocupan por la vida de todos, por la vida de todo (también
de la naturaleza), por la vida sobre todo de los que la tienen más amenazada,
por aquellos para quienes sobrevivir es una dura tarea diaria, porque el mundo
se organice en favor de la Vida, de la vida para todos y especialmente para los
más pequeños? Para la reunión de grupo
- Ya el Antiguo Testamento proclama que Dios no es el autor de la muerte sino el
autor de la vida. Pero nosotros solemos reaccionar ante el mal con expresiones
como «Si Dios lo ha querido...», o «Estaba de Dios que...». ¿De dónde nos viene
esa tendencia a atribuir a Dios el mal, las desgracias naturales, la enfermedad,
la muerte de los amigos...?
- Si Dios es un Dios de Vida y quiere "la vida en abundancia"... ¿de dónde nos
viene en la tradición ascética el pensar que podemos agradar a Dios ofreciendo
"sacrificios", "morti-ficándonos", actuando contra nosotros mismos ("agere
contra")...? ¿Son acaso influencias extra-bíblicas o extra-cristianas? Vistas
con nuestra sensibilidad actual, ¿no son también anti-cristianas en su dimensión
profunda?
- Podemos refugiarnos en la excusa de que nosotros no tenemos capacidad para
resucitar a nadie, como hacía Jesús (evangelio de hoy) ¿Podemos hacer alguna
otra cosa a favor de la vida? Si lo pienso en serio, ¡cuántas cosas puedo hacer,
aun desde mi pequeñez, desde mi pobreza, desde mis limitaciones, a favor de la
vida de las personas! Para la oración de los fieles
- Por la Humanidad, para que se una en defensa de la vida de todos los seres
humanos, especialmente de los más pequeños y humildes, de los marginados y
explotados, roguemos al Señor.
- Por todos los hombres y mujeres que habitamos esta casa común que es el
planeta: para que como "hermanos mayores" de todas las criaturas asumamos el
cuidado de la creación con amor, con ternura incluso, con responsabilidad,
roguemos al Señor.
- Por todas las religiones de la humanidad, para que comprendan que todas ellas
son destellos únicos del Dios único, y que el "Dios de todos los nombres" quiere
la paz y la armonía entre todas las religiones de la tierra, roguemos al Señor.
- Para que las religiones de la humanidad comprendan que el Dios de la Vida las
quiere a todas en una alianza macroecuménica, rindiéndole el culto del cuidado
de la vida de la naturaleza y del ser humano, roguemos al Señor.
- Por nuestra Iglesia católica, para que haga su aportación específica a este
concierto universal según la voluntad de Dios, roguemos al Señor.
- Por esta comunidad nuestra, para que reviva su vida comunitaria con el
compromiso por la defensa y la promoción de la Vida, roguemos al Señor. Oración comunitaria
Señor, Dios, Padre nuestro, que no quieres la muerte de las personas ni te
complaces con los sacrificios, sino que has puesto tu gloria en el ser humano
vivo, en la Vida en plenitud. Haz que te sepamos imitar acogiendo, defendiendo y
promoviendo la vida, sobre todo la de nuestros hermanos necesitados u oprimidos.
Nosotros te lo pedimos siguiendo el ejemplo y la inspiración de Jesús, hijo tuyo
y hermano nuestro.
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