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Homilía de Mons. Romero de Epifanía del Señor, ciclo B el 7 de enero de 1979
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 

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La primera lectura nos lleva a las primeras estrofas de un poema que abarca todo el capítulo, hasta el v. 22. Estamos en la época post-exílica; los judíos repatriados, llegados de Mesopotamia, tratan de revivir y mantener la fe de Israel, no sin polarizaciones: nacionalismo-ecumenismo, pesimismo-optimismo, legalismo-humanismo... Discípulos de los discípulos de Isaías (a los caps. 55-66 se les llamó "Trito-isaías" o "tercer Isaías") alzan la voz para mantener viva la perspectiva del gran profeta del siglo VIII. Aquí se anuncia (sueñan con) una época de esplendor y de reconocimiento para la pequeña ciudad que apenas comienza a reconstruir sus ruinas: será el «centro del mundo»; a la luz de un día sin ocaso, vendrán todos los pueblos a traerle sus presentes, sus hijos exiliados retornarán... Se trata, efectivamente, de un maravilloso sueño, una imagen poética poderosa, cautivante, con la que se expresa y se disfruta un sentimiento de autoestima religiosa: este pueblo exiliado no está abandonado por su Dios, sino que confía en él y en su futuro cargado de promesa.

Esta primera lectura de la solemnidad de Epifanía nos pone sintonía con los símbolos de la celebración de hoy: la luz que guía a los pueblos a Jerusalén será como la de la estrella que guía a los magos del evangelio; los tesoros traídos a la ciudad santa desde Oriente y Occidente se cumplirán en aquéllos que los magos pusieron a los pies del niño recién nacido y de su madre; la salvación se hará universal cuando judíos y paganos, todos juntos, adoren a Dios en la persona de Jesús recién nacido en Belén.

Las Iglesias orientales celebran hoy el día de Navidad. Y es que en la antigüedad, hasta el siglo III o IV, hoy era el día de Navidad para toda la Iglesia. Decimos esto para que caigamos en cuenta de que ni el 25 de diciembre «es» Navidad, ni el día 6 de enero «es» Epifanía. Navidad y Epifanía no son unos «hechos» netos, históricos, que ocurrieron esos días, precisamente. En la Epifanía no celebramos un hecho, sino una dimensión, la dimensión de «manifestación hacia los gentiles» que el misterio de Jesús tiene. Los magos no son un hecho que celebremos, sino un símbolo que nos recuerda una dimensión.

En la segunda lectura, de los seis capítulos que componen la carta a los Efesios, los tres primeros presentan la obra salvífica de Jesucristo como un don gratuito de Dios para todos los pueblos. Los tres últimos son exhortaciones de vida cristiana. Estos versículos que acabamos de leer vienen a subrayar un aspecto fundamental de la solemnidad de Epifanía: Cristo ha nacido entre nosotros para dar a conocer el amor de Dios y su salvación a judíos y a paganos, sin distinción de raza ni de condición. Ahora nosotros, los cristianos, los católicos, no podemos volver a ser fanáticos exclusivistas, que condenemos a todos los que no creen. Nuestra responsabilidad es darles a conocer, como hizo Pablo, el "misterio", es decir: el plan de Dios, de la salvación universal, como un don ofrecido a todos los hombres y mujeres del mundo, «por los muchos caminos de Dios»...

Los relatos del nacimiento del Mesías, en los dos primeros capítulos de su evangelio, presentan el misterio de Jesús en la visión peculiar de Mateo como cumplimiento de las promesas del Primer Testamento: en Jesús podemos cifrar nosotros el hijo de David, el hijo de Abrahán, como leemos en su genealogía, es decir, un Mesías, y la bendición para todos los pueblos. Él sería de algún modo «el anunciado por los profetas» (cfr. las cinco citas proféticas de cumplimiento en 1,22-23; 2,5-6. 15. 17-18. 23). Él sería un «nuevo Moisés», cuyo nacimiento anunció un astro resplandeciente, perseguido por el faraón de Egipto que mandó matar a los niños hebreos, como también leemos en el libro del Éxodo y en sus comentarios judíos (los midrashim).

De esta manera, en el Segundo Testamento Jesús personifica al verdadero Israel, hijo de Dios, "llamado" desde Egipto, es decir: liberado, traído de la mano de Dios. También, para Mateo -y para el sentido clásico de esta liturgia de la Epifanía- la venida de los magos a visitar al niño Jesús sería un símbolo del destino universal de todos los pueblos de incorporarse un día, en el futuro, al cristianismo... Por eso la fiesta de la Epifanía era una fiesta «misionera», universalista, supracristiana.

En un tiempo como el que vivimos, marcado radicalmente por el pluralismo religioso, y marcado también, crecientemente, por la teología del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado profundamente. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de «proselitismo», de «convertir» al cristianismo (al catolicismo concretamente entre nosotros) a los «gentiles», y la «universalidad cristiana» era sentida como la centralidad del cristianismo: éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, la religión-destino de la humanidad. Todos los pueblos (universalidad) estaban destinados a abandonar su religión ancestral y a hacerse cristianos (a «convertirse»)...

Todo esto, lógicamente, ha evolucionado. Comprendemos perfectamente que las religiones y las culturas (todas, no sólo la nuestra) han vivido desde sus orígenes aisladas, sin sentido de pluralidad. Una especie de «efecto óptico», y, a la vez, una cierta ley psicológica humana les ha hecho concebirse a sí mismas como únicas, y como centrales, igual que cada uno de nosotros, cuando niños, comenzamos a conocer la realidad a partir de nuestro egocentramiento psicológico inevitable, e igual que todos los humanos han pensado que su tierra, y hasta «la tierra», eran el centro del mundo. Sólo con la expansión del conocimiento y con la experiencia de la pluralidad, las personas, los pueblos y las culturas se dan cuenta de que no son el centro, sino de que hay otros centros, y son capaces de madurar y de descentrarse de sí mismas reconociendo la realidad.

Todas las religiones, no sólo la nuestra, están desafiadas a entrar en esta maduración y este reconocimiento de una perspectiva panorámica mucho más amplia que aquella en la que han vivido precisamente «toda» su historia, sus varios (pocos) milenios de existencia. La religiosidad, la espiritualidad del ser humano, es mucho más amplia, y mucho más antigua (decenas de milenios al menos) que cualquiera de nuestras religiones. Dar al tiempo sagrado de nuestra religión la centralidad y unicidad cósmica y universal decisiva que le solemos dar, tal vez necesite una reevaluación más ponderada. El pensamiento religioso más sereno y maduro se inclina cada día más hacia una revalorización más generosa hacia las otras religiones, y una profundización del sentido de modestia y de pluralismo, que no es claudicación ante nada, sino apertura de corazón al llamado divino que hoy sentimos, vibrante y poderoso, hacia la convergencia universal que antes no acabábamos de captar.

Buen día hoy para presentar estos desafíos y para profundizarlos en la homilía, en la reunión de la comunidad. No desaprovechemos la oportunidad de este día para actualizar también personalmente nuestra visión en estos temas.

En el Nuevo Testamento, además de Juan 7,42, encontramos referencias a Belén en las narraciones de Mateo 2 y Lucas 2 acerca del nacimiento del Salvador en la «ciudad de David». La tradición de que el Mesías debía nacer en Belén tiene su base en el texto de Miqueas 5,2, donde se señala que de Belén Efrata debía salir quien gobernaría Israel y sería pastor de su pueblo.

Hay que darse cuenta de que los evangelios no nos dicen ni que fueran tres, ni que fueran reyes, ni que se llamara Melchor, Gaspar y Baltasar... detalles que provienen de las tradiciones añadidas a este «hecho» teologico de la Epifanía, que tal vez no tuvo verificación histórica -ni la necesitaba-. El término “magos” procede del griego “magoi”, que significa matemático, astrónomo, o mejor, astrólogo. El estudio de los astros y la interpretación de sus movimientos fueron en la antigüedad una fuente inestimable de pistas para conocer el destino y el designio de las personas. Es decir, los que después hemos llamado «Santos Reyes Magos» habrían sido astrólogos o estudiosos del cielo. El teólogo y abogado cartaginés Tertuliano (160-220 d.C.) aseguró que los magos eran «reyes» y que procederían de Oriente. Las tradiciones posteriores y la imaginación popular construyó todo lo demás.

Para quienes quieran profundizar en el tema de la teología del pluralismo religioso les recomendamos un curso que está en línea -libre y gratuito- en:
http://cursotpr.adg-n.es
Para artículos teológicos de carácter medio sobre el tema remitimos a la RELaT, Revista Electrónica Latinoamericana de Teología:
www.servicioskoinonia.org/relat
Para una bibliografía de carácter especializado sobre el tema remitimos a:
http://www.latinoamericana.org/2003/textos/bibliografiapluralismo.htm
 

Para la revisión de vida

- Dios se da a conocer a todas las gentes; no sólo a «un» pueblo elegido, sino a todos los pueblos, representados en los Magos de Oriente, porque Dios elige, necesariamente, a todos los pueblos, sin exclusivismos, sin «acepción de personas» ni acepción de razas ni culturas. ¿Tengo yo ese mismo sentimiento de la universalidad de Dios, de su magnanimidad.. o creo que «sólo nosotros» conocemos a Dios y estamos en la verdad? ¿O pensamos tal vez que sólo nuestra religión es verdadera, que las demás son "falsas"?
 

Para la reunión de grupo

- El símbolo de la epifanía (magos de Oriente yendo a adorar a Jesús) es un símbolo, una elaboración teológica del “evangelio de la infancia” de Mateo, realizada en aquel contexto de la elaboración del Nuevo Testamento, que es un contexto de confrontación de la comunidad cristiana con el mundo ambiente, contexto de expansión esforzada, de evangelización misionera. Es fácil hacer de este símbolo una interpretación en el marco del “inclusivismo”, como si toda salvación que hubiera fuera del cristianismo “proviniera en definitiva únicamente de Jesús”, o en el marco incluso del “exclusivismo”, como si “fuera de Jesús no hubiera salvación”… Hoy, dos milenios más tarde, con una visión bastante más amplia, y tras un Concilio Vaticano II -que ha dicho las palabras más positivas y optimistas sobre el valor salvífico de las demás religiones que se hayan pronunciado nunca en la Iglesia Católica-, caben otras interpretaciones más abiertas. Dialoguemos sobre ello:
- La salvación de Dios ofrecida en Jesús es universal, como lo es la salvación que Dios causa y ofrece fuera (o antes) del cristianismo a través de las religiones de los pueblos. Dios es el mismo a pesar de la multiplicidad de sus nombres o de la diversidad de las religiones. Por eso los magos adoran a Jesús sin ser cristianos, y por eso los cristianos podemos participar de las riquezas religiosas de toda la humanidad. Todo lo que es de Dios nos pertenece a sus hijos, a todos sus hijos. Por eso debe haber diálogo y paz entre las religiones… ¿Es ésta una argumentación correcta?
- La Epifanía de Jesús, su manifestación a toda la humanidad, significa que hay más «Pueblos de Dios» que el Pueblo de Dios del cristianismo. ¿Seguimos identificando el «pueblo de Dios» con la Iglesia católica, o con el cristianismo? ¿Es correcta esa identificación? ¿Por qué sí o por qué no? ¿Quiénes serían «el» Pueblo de Dios?
- El Concilio Vaticano II nos ha recordado que la manifestación de Dios en Jesús no es la única. Dios, como sabemos, se ha manifestado de muchas maneras también a otros pueblos (Hb 1,1)... ¿Qué cambios de actitud y hasta de lenguaje implica este "descubrimiento"? ¿Qué cambios también implica en los fundamentos de la misión, de la evangelización a los pueblos no cristianos, y en nuestra teología y nuestra espiritualidad?

Para la oración de los fieles

- Para que estemos siempre dispuestos a dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza a quien nos lo pida. Roguemos al Señor.
- Para que cada religión esté dispuesta a escuchar a las demás y a acoger con apertura de corazón lo que el Espíritu nos manifiesta en las religiones de todos los pueblos. Roguemos…
- Para que todos los catequistas sepan unir el testimonio de su propia vida a una buena preparación para ejercer su ministerio. Roguemos…
- Para que cuantos viven sumidos en la duda, el temor o la intranquilidad se encuentren con Dios vivo y alcancen la luz y la paz que buscan y necesitan. Roguemos…
- Por cuantos buscan un mundo más justo y en paz, para que encuentren la recompensa a sus trabajos y desvelos. Roguemos…
- Para que vivamos de tal modo la fraternidad con quienes nos rodean que seamos para todos un verdadero testimonio de fe y de amor. Roguemos…

Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro: el relato evangélico nos narra que en un día como éste Jesús fue reconocido por unos magos venidos de Oriente en su búsqueda; haz que quienes te buscan, encuentren y sigan las estrellas que Tú pones en su camino, y quienes ya te hemos encontrado podamos contemplar un día, cara a cara, la gloria de tu rostro. Por Jesucristo.

Oh Dios, Dios único, «Dios de todos los nombres» con los que los humanos de todos los tiempos te han buscado. Tú que te has hecho buscar por todos los pueblos, y a todos ellos también les has salido al encuentro en su propia vida espiritual, en su religión, concédenos apertura de corazón para sentir tu presencia omnímoda en todas las religiones de la tierra. Tú que vives y das vida, y dialogas con todos los pueblos, por los siglos de los siglos. Amén.
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Jesús comenzó a predicar, para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles; toda la parte norteña de Palestina. Muchos gentiles vivían en medio de los judíos de Galilea e influían en sus costumbres. Los judíos orgullosos de Judea despreciaban a los galileos; por eso, para ellos el concepto de un “Mesías” de Galilea no sería nada aceptable. Pero el ministerio de Jesús comenzó en Galilea y en gran manera se concentraba en Galilea. En Hch 10,37 se nos dice: “Ustedes saben lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea”. En Lc 23, 5: “Pero ellos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí”. En Jn 7,41: “Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo?” Desde entonces comenzó Jesús a predicar: “¡Arrepiéntanse, que está cerca el reino de los cielos!”. Este es el anuncio que hace Jesús: creer y arrepentirse, que significan cambiar de vida. El arrepentimiento significa cambio de mente, de corazón, de pensamientos, que resultan en un cambio de vida. Los judíos no querían cambiar, pues confiaban en ser hijos de Abrahán, el pueblo escogido de Dios. Muchos paganos creyeron en las palabras de Jesús, creyeron en el anuncio que él hizo y que es necesario hacer llegar a todas las naciones del mundo.


 

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Con este pasaje inaugura Marcos una nueva sección de su evangelio. No se trata ya de los primeros pasos apostólicos del rabino Jesús , ni de las victorias sobre la enfermedad y los demonios, sino de una sección particular, unificada en torno al tema del pan: dos multiplicaciones de panes.

Aquí Marcos trata de introducir la sección poniendo de relieve el papel importante que desempeñan los apóstoles en las preocupaciones catequéticas de Jesús. Pero el versículo 34, específico suyo, es muy significativo. El tema del rebaño sin pastor está tomado del libro de los Números 27, 17, y en él se refleja la preocupación de Moisés por encontrar un sucesor para no dejar al pueblo sin dirección. Jesús se presenta así como el sucesor de Moisés, capaz de conducir el rebaño, de alimentarlo con pastos de vida y conducirlo a los pastos definitivos. Toda la sección de los panes está concebida de tal forma que Cristo aparece efectivamente como ese nuevo Moisés: el que ofrece el nuevo maná; que triunfa a su vez de las aguas del mar; que libra al pueblo del legalismo a que habían reducido los fariseos la ley de Moisés, y que al fin abre incluso a los paganos el acceso a la Tierra Prometida.

 

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Después de la multiplicación de los panes, los discípulos tienen una experiencia especial, sobre la barca, en medio del lago, donde se encuentran solos y en peligro. Jesús se retira a orar, y más tarde sale al encuentro de ellos caminando sobre el agua.

El paso de Jesús sobre el lago es una manifestación de su poder y una promesa de salvación para sus discípulos.

Estos no lo comprenden, porque tampoco habían comprendido que en la multiplicación de los panes, anticipo de la Eucaristía, Jesús se había hecho alimento y sustento para todos y para siempre. Su mente seguía embotada. Todavía son de los que miran y no ven. Es una dura recriminación de su ceguera, pero también una exhortación a la comunidad cristiana de todos los tiempos para que se abra a la fe en Jesús con la luz de la mañana pascual. Aun cuando todo invite a creer que el Señor resucitado está ausente, su presencia protectora es segura. El actúa y deja destellar su gloria divina incluso en la noche oscura y en la turbulencia de un mar alborotado.

Hoy Jesús sigue manifestando su poder, y sus palabras se hacen actuales para todos los discípulos de nuestro tiempo: “¡ánimo, soy yo!” es una invitación a continuar nuestro camino y misión seguros de que él está con nosotros.



 

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Jesús lee y comenta la lectura, tomada del profeta Isaías. La expresión "encontró el texto…" parece significar más bien que el propio Jesús busca expresamente el pasaje: Is 61. Este habla de proclamar el año de gracia del Señor, el día de desquite de nuestro Dios. El relato de Lucas continúa con escueto grafismo: Jesús cerró el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. La reacción de los presentes es de expectación y de prevención contra Jesús, y no de estima y de confianza hacia él, como a menudo se dice. El comentario de Jesús al pasaje leído es breve y enfático: “Hoy, en presencia de ustedes, se ha cumplido este pasaje de la Escritura”. Resalta la posición enfática del “hoy”. Lo proclamado por el profeta quinientos años atrás tiene su cumplimiento ahora. Jesús hace suyo aquel mensaje, le da cumplimiento cabal. La omisión de la frase referente al desquite de nuestro Dios ha sido intencionada. Jesús no sabe nada de venganzas y de desquites de Dios. Resumiendo: Lucas, un autor con una metodología de trabajo rigurosa, quiere completar y garantizar la instrucción cristiana básica y rudimentaria de los recién bautizados. En esta línea empieza presentando la enseñanza de Jesús como dando cumplimiento al mensaje de gracia acumulado a lo largo del Antiguo Testamento.


 

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El leproso en el Antiguo Testamento era culturalmente impuro. La lepra era una enfermedad considerada como un castigo de Dios y relacionada probablemente con un castigo especial por los pecados. Sólo una intervención de Dios podía curarla. La estrecha conexión entre la llamada a los primeros discípulos y la curación de un leproso parece muy significativa. Lucas propone a su comunidad, y a través de ella a todos nosotros, la tarea de incorporar a la comunidad humana o eclesial a todos los que por un motivo u otro han sido excluidos por los hombres.

La curación realizada por Jesús es la respuesta a una confesión de fe del leproso, que expresa el reconocimiento de su poder para curar y tiene una incidencia en su actitud corporal ( rostro en tierra). Este milagro no hace más que extender la fama de Jesús. Por eso grandes muchedumbres acuden para escuchar su palabra y beneficiarse de sus curaciones. Pero como ocurre en otras ocasiones, Jesús se retira al desierto para orar; la fuerza de su palabra y de su poder de curación provienen de su familiaridad con el Padre.

La práctica de Jesús hace posible que todos nos sintamos llamados e invitados a ponernos en actitud de su seguimiento.

 


 

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La extraña cronología de este pasaje (en 3,22 Jesús va a Judea, mientras que en 3,1-21 ya estaba en Jerusalén) y el hecho de que los vv. 31-36 sean en gran parte una repetición de los vv. 13-21, no son necesariamente señales de dislocación del texto. La cronología ocupa un lugar secundario en las miras teológicas de Jn. Se diría que el evangelista ha puesto en paralelo dos narraciones referentes a un mismo tema, seguidas de una meditación semejante. La estancia de Cristo y sus discípulos en esa región debió de tener una relativa prolongación, como indican los imperfectos usados: "moraba," "bautizaba," y como lo supone la misma naturaleza de ese bautismo, puesto que "bautizaba más que Juan," que "hacía más discípulos" que el Bautista, y que esta noticia había llegado a oídos de los fariseos de Jerusalén (Jn 4,1). El bautismo de los "discípulos", con la misma presencia y autorización de Cristo, y, sin duda, con alguna instrucción cristiana, orientaba y conducía de una manera más directa hacia el mismo Cristo. Y hasta su recepción era un rito de incorporación, como "discípulos", a la persona y reino de Cristo. Pero éste no bautizaba (Jn 4,2), sino sólo sus discípulos. Y no con el bautismo sacramental, pues "aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido aún glorificado" (Jn 7,39). Pero todo ello preludiaba ya el bautismo cristiano