Domigno 14 de septiembre de 2008
24º Ordianrio
Exaltación de la Sta. Cruz
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Eclo 27,33-28,9: El Señor es
compasivo y misericordioso
Salmo responsorial: 102
Romanos 14,7-9: En la vida y en la
muerte somos de Dios
Mt 18,21-35: Perdonar hasta
setenta veces siete
Tanto en los tiempos de Jesús como en nuestro tiempo el corazón del ser
humano está tentado por el odio y la violencia. Cuando hay odio y rencor el
sentimiento de venganza hace presa de nuestro corazón. No sólo se hace daño a
otros sino que nos hacemos daño a nosotros mismos. Sólo el perdón auténtico,
dado y recibido, será la fuerza capaz de transformar el mundo. Y no sólo
hablamos de un asunto meramente individual. El odio, la violencia y la venganza
como instrumentos para resolver los grandes problemas de la Humanidad está
presente también en el corazón del sistema social vigente.
El libro de Ben Sira, compuesto alrededor del siglo segundo antes de
la era cristiana, proporciona una serie de orientaciones éticas y morales para
garantizar la madurez de la persona y la convivencia social. Estamos ante una
obra de profundo contenido teológico. El autor, Ben Sira, señala al pecador como
poseedor de la ira y el furor que conduce a la venganza. Y esta venganza se
volverá contra el vengativo. Por eso el único camino que queda es el camino del
perdón. También aquí aparece la reciprocidad entre perdonar y obtener perdón. No
se puede aspirar al perdón por los pecados cometidos si no se está dispuesto a
perdonar a los otros. Tener la mirada fija en los mandamientos de la alianza
garantiza la comprensión y la tolerancia en la vida comunitaria. Como vemos, ya
desde el siglo II A.C. se plantea este tema de profundo sabor evangélico.
El núcleo del pasaje de la carta a los Romanos es proclamar que Jesús
es el Señor de vivos y muertos. He aquí una bella síntesis existencial de la
vida cristiana. Para el creyente lo fundamental es orientar toda su vida en el
horizonte del resucitado. Quien vive en función de Jesús se esforzará por asumir
en la vida práctica su mensaje de salvación integral. Amar al prójimo y vivir
para el Señor son dos cosas que está íntimamente ligadas. Por lo tanto no se
pueden separar. Quién vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará
a su prójimo.
En el evangelio, otra vez Pedro salta a la escena para consultar a
Jesús sobre temas candentes en el ambiente judío en que crece la comunidad
cristiana. Pero la actitud de Pedro es la del discípulo que quiere claridad
sobre la propuesta del maestro. No es la actitud arrogante de los Fariseos y
Letrados que quieren poner a prueba a Jesús y encontrar un error garrafal que
ofenda la ortodoxia judía para tener de qué acusarlo.
Pedro pregunta por el límite del perdón. Pero para Jesús, el perdón no tiene
límites, siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y veraz. Para explicar
esta realidad, Jesús emplea una parábola. La pregunta del Rey centra el tema de
la parábola: ¿no debías haber perdonado como yo te he perdonado?
La comunidad de Mateo debe resolver ese problema porque está afectando su
vida. El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de
Dios. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, a obrar con los
demás según los criterios de Dios y no los del sistema vigente. Como diría el
juglar de la fraternidad, Francisco de Asís, “porque es perdonando como soy
perdonado”.
En la catequesis tradicional de la Iglesia católica se exigían cinco pasos,
quizás demasiado formales, para obtener el perdón de los pecados: «examen de
conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, confesarlos todos, y
cumplir la penitencia» -así lo expresaba uno de los catecismos clásicos-. De tal
manera que el perdón y la reconciliación, si bien son una gracia de Dios,
también exigen un camino pedagógico y tangible que ponga de manifiesto el deseo
de cambio y un compromiso serio para reparar el mal y evitar el daño.
En muchos países de América Latina, luego de las dictaduras militares de los
setenta y ochenta, se dictaron leyes de amnistías, perdón y olvido, «obediencia
debida», o «punto final». Los golpistas y sus colaboradores, responsables por
decenas de miles de muertos y desaparecidos en cada uno de nuestros países, se
autoperdonaron, burlándose de la justicia y de la verdad. Pero sin Verdad y
Justicia, las heridas causadas por la represión en muchos hogares y comunidades
no han cerrado aún. A pesar de todas las leyes encubridoras, la presión, el
silencio, el ocultamiento de pruebas... la Justicia se hace camino. Llega tarde,
pero no deja de llegar. El 14 de junio de 2005, en Argentina, el Tribunal Supremo
declaró nulas por inconstitucionalidad las leyes de obediencia debida y e punto
final. El día siguiente La Corte suprema de México declara «no prescrito» el
delito del expresidente Echeverría por genocidio en la matanza de estudiantes de
1971... Pensemos en otros muchos dictadores y golpistas que, a pesar de todo,
están ya siendo juzgados cediendo el lugar a la Verdad y a la Justicia. El
perdón y la reconciliación es una exigencia inalienable del ser humano, e
indetenible. Y es un proceso de reconstrucción, que trata de reconstruir tanto
al victimario como a la víctima.
En ese sentido, nuestras comunidades cristianas deben ser espacios propicios
y activos a favor de una verdadera reconciliación basada en la Justicia, la
Verdad, la misericordia y el perdón. Pero nunca el Evangelio llama a tolerar la
impunidad. La Iglesia –o sea, nosotros, los cristianos y cristianas- debemos
apoyar los procesos de reconciliación por el camino verdadero: la Verdad y la
Justicia, el no a la impunidad, la reconciliación profunda de la sociedad. Así
la Iglesia conseguirá el perdón por su silencio cómplice en algunas de sus
figuras jerárquicas conniventes.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 95 de la serie «Un tal
Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Setenta veces siete». El guión y
su comentario pueden ser tomados de aquí:
http://untaljesus.net/texesp.php?id=1300095 Puede ser escuchado aquí:
http://untaljesus.net/audios/cap95b.mp3
Para la revisión de vida
- “Ante Dios todos somos deudores insolventes”, dice el comentario bíblico.
Es cierto: probablemente, todos tenemos mucho de que ser perdonados… ¿Rezo yo,
con humildad, aquello de “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a
los que nos ofenden…”
Para la reunión de grupo
- “Ante Dios todos somos deudores insolventes”, dice el comentario
bíblico... En algún sentido es cierto, lógicamente. Pero también expresa toda
una imagen de Dios –y del ser humano- ante Quien nadie es santo, nadie es digno,
todo es pecado… La teoría del pecado original, según la cual todos entramos en
la existencia previa e irremediablemente ya descalificados por ese pecado,
estaría en la misma línea. Cierto tipo de pastoral apostólica, muy extendida, se
construía sobre el mecanismo de “convencer a la persona de sus pecados”, para
suscitar la petición de la confesión, objetivo final de la acción apostólica.
Hacer apostolado sería lograr que la gente se dé cuenta de que es pecadora y se
confiese y comulgue. Y esa pastoral sería la máxima “misión cristiana”… ¿Estamos
de acuerdo con esa concepción pecaminosa del ser humano? ¿Qué crítica se nos
ocurre a la imagen de Dios –y de persona humana- ahí subyacente?
- Si nos despojáramos de la rutina -que todo lo puede llegar a ocultar-, ¿a qué
suena la expresión “Señor, ten piedad”? En rigor, ¿sería una expresión adecuada
para dirigirnos a Dios? Dice Tony de Melo que de/a Dios decimos a veces cosas
que no nos atrevemos a decir de/a cualquier persona medianamente buena»…
Para la oración de los fieles
- Por la Iglesia, para que sea signo permanente de reconciliación en el mundo y
lo haga evidente empezando por ella misma. Oremos.
- Por los gobiernos de los pueblos, para que promuevan un orden social justo y
respeten el derecho a la vida y a la libertad de todos los ciudadanos. Oremos.
- Por las diferentes legislaciones del mundo, para que en todas ellas se elimine
la pena de muerte, se aplique una justicia igual para todos y se favorezca el
perdón y la reinserción social. Oremos.
- Por todas las personas, para que colaboremos en crear un mundo mejor en el que
seamos capaces de entendernos desde la igualdad y la justicia. Oremos.
- Por todos los que han sido ofendidos de cualquier manera, para que sepan
perdonar y olvidar, y así fomentar un mundo en concordia, paz y justicia.
Oremos.
- Por todos nosotros, para que vivamos en actitud permanente de perdón y la
ejerzamos con generosidad. Oremos.
Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro, Madre nuestra: haz que descubramos la importancia que tiene
para nuestras vidas el sabernos y sentirnos perdonados y perdonadas por Ti, de
manera que también perdonemos de corazón a quienes que nos han ofendido. Por
Jesucristo.
Oh Dios, creador del ser humano, fundamento de la Existencia, del Amor y de la
Gracia; acrecienta en nosotros y nosotras la conciencia de tener nuestros
fundamentos en tu Amor, para que habiendo optado radicalmente por el Bien y por
el Amor, vivamos libres de toda culpabilidad malsana. Por Ti, que eres el Amor,
la Reconciliación y la Gracia.
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