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Servicio Bíblico Latinoamericano

Semana del 14 al 20 de Septiembre de 2008
Domingo 24º de Tiempo ordinario

 
 
 

Recursos pastorales

Homilía de Mons. Romero del  domingo 24º de Tiempo ordinario, ciclo A el 17 de septiembre de 1978
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 

 Domigno 14 de septiembre de 2008
 24º Ordianrio
 Exaltación de la Sta. Cruz

 INICIO

Eclo 27,33-28,9: El Señor es compasivo y misericordioso
Salmo responsorial: 102
Romanos 14,7-9: En la vida y en la muerte somos de Dios
Mt 18,21-35: Perdonar hasta setenta veces siete

Tanto en los tiempos de Jesús como en nuestro tiempo el corazón del ser humano está tentado por el odio y la violencia. Cuando hay odio y rencor el sentimiento de venganza hace presa de nuestro corazón. No sólo se hace daño a otros sino que nos hacemos daño a nosotros mismos. Sólo el perdón auténtico, dado y recibido, será la fuerza capaz de transformar el mundo. Y no sólo hablamos de un asunto meramente individual. El odio, la violencia y la venganza como instrumentos para resolver los grandes problemas de la Humanidad está presente también en el corazón del sistema social vigente.

El libro de Ben Sira, compuesto alrededor del siglo segundo antes de la era cristiana, proporciona una serie de orientaciones éticas y morales para garantizar la madurez de la persona y la convivencia social. Estamos ante una obra de profundo contenido teológico. El autor, Ben Sira, señala al pecador como poseedor de la ira y el furor que conduce a la venganza. Y esta venganza se volverá contra el vengativo. Por eso el único camino que queda es el camino del perdón. También aquí aparece la reciprocidad entre perdonar y obtener perdón. No se puede aspirar al perdón por los pecados cometidos si no se está dispuesto a perdonar a los otros. Tener la mirada fija en los mandamientos de la alianza garantiza la comprensión y la tolerancia en la vida comunitaria. Como vemos, ya desde el siglo II A.C. se plantea este tema de profundo sabor evangélico.

El núcleo del pasaje de la carta a los Romanos es proclamar que Jesús es el Señor de vivos y muertos. He aquí una bella síntesis existencial de la vida cristiana. Para el creyente lo fundamental es orientar toda su vida en el horizonte del resucitado. Quien vive en función de Jesús se esforzará por asumir en la vida práctica su mensaje de salvación integral. Amar al prójimo y vivir para el Señor son dos cosas que está íntimamente ligadas. Por lo tanto no se pueden separar. Quién vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará a su prójimo.

En el evangelio, otra vez Pedro salta a la escena para consultar a Jesús sobre temas candentes en el ambiente judío en que crece la comunidad cristiana. Pero la actitud de Pedro es la del discípulo que quiere claridad sobre la propuesta del maestro. No es la actitud arrogante de los Fariseos y Letrados que quieren poner a prueba a Jesús y encontrar un error garrafal que ofenda la ortodoxia judía para tener de qué acusarlo.

Pedro pregunta por el límite del perdón. Pero para Jesús, el perdón no tiene límites, siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y veraz. Para explicar esta realidad, Jesús emplea una parábola. La pregunta del Rey centra el tema de la parábola: ¿no debías haber perdonado como yo te he perdonado?

La comunidad de Mateo debe resolver ese problema porque está afectando su vida. El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, a obrar con los demás según los criterios de Dios y no los del sistema vigente. Como diría el juglar de la fraternidad, Francisco de Asís, “porque es perdonando como soy perdonado”.

En la catequesis tradicional de la Iglesia católica se exigían cinco pasos, quizás demasiado formales, para obtener el perdón de los pecados: «examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, confesarlos todos, y cumplir la penitencia» -así lo expresaba uno de los catecismos clásicos-. De tal manera que el perdón y la reconciliación, si bien son una gracia de Dios, también exigen un camino pedagógico y tangible que ponga de manifiesto el deseo de cambio y un compromiso serio para reparar el mal y evitar el daño.

En muchos países de América Latina, luego de las dictaduras militares de los setenta y ochenta, se dictaron leyes de amnistías, perdón y olvido, «obediencia debida», o «punto final». Los golpistas y sus colaboradores, responsables por decenas de miles de muertos y desaparecidos en cada uno de nuestros países, se autoperdonaron, burlándose de la justicia y de la verdad. Pero sin Verdad y Justicia, las heridas causadas por la represión en muchos hogares y comunidades no han cerrado aún. A pesar de todas las leyes encubridoras, la presión, el silencio, el ocultamiento de pruebas... la Justicia se hace camino. Llega tarde, pero no deja de llegar. El 14 de junio de 2005, en Argentina, el Tribunal Supremo declaró nulas por inconstitucionalidad las leyes de obediencia debida y e punto final. El día siguiente La Corte suprema de México declara «no prescrito» el delito del expresidente Echeverría por genocidio en la matanza de estudiantes de 1971... Pensemos en otros muchos dictadores y golpistas que, a pesar de todo, están ya siendo juzgados cediendo el lugar a la Verdad y a la Justicia. El perdón y la reconciliación es una exigencia inalienable del ser humano, e indetenible. Y es un proceso de reconstrucción, que trata de reconstruir tanto al victimario como a la víctima.

En ese sentido, nuestras comunidades cristianas deben ser espacios propicios y activos a favor de una verdadera reconciliación basada en la Justicia, la Verdad, la misericordia y el perdón. Pero nunca el Evangelio llama a tolerar la impunidad. La Iglesia –o sea, nosotros, los cristianos y cristianas- debemos apoyar los procesos de reconciliación por el camino verdadero: la Verdad y la Justicia, el no a la impunidad, la reconciliación profunda de la sociedad. Así la Iglesia conseguirá el perdón por su silencio cómplice en algunas de sus figuras jerárquicas conniventes.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 95 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Setenta veces siete». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://untaljesus.net/texesp.php?id=1300095 Puede ser escuchado aquí: http://untaljesus.net/audios/cap95b.mp3

Para la revisión de vida
- “Ante Dios todos somos deudores insolventes”, dice el comentario bíblico. Es cierto: probablemente, todos tenemos mucho de que ser perdonados… ¿Rezo yo, con humildad, aquello de “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…”
 

Para la reunión de grupo
-  “Ante Dios todos somos deudores insolventes”, dice el comentario bíblico... En algún sentido es cierto, lógicamente. Pero también expresa toda una imagen de Dios –y del ser humano- ante Quien nadie es santo, nadie es digno, todo es pecado… La teoría del pecado original, según la cual todos entramos en la existencia previa e irremediablemente ya descalificados por ese pecado, estaría en la misma línea. Cierto tipo de pastoral apostólica, muy extendida, se construía sobre el mecanismo de “convencer a la persona de sus pecados”, para suscitar la petición de la confesión, objetivo final de la acción apostólica. Hacer apostolado sería lograr que la gente se dé cuenta de que es pecadora y se confiese y comulgue. Y esa pastoral sería la máxima “misión cristiana”… ¿Estamos de acuerdo con esa concepción pecaminosa del ser humano? ¿Qué crítica se nos ocurre a la imagen de Dios –y de persona humana- ahí subyacente?
- Si nos despojáramos de la rutina -que todo lo puede llegar a ocultar-, ¿a qué suena la expresión “Señor, ten piedad”? En rigor, ¿sería una expresión adecuada para dirigirnos a Dios? Dice Tony de Melo que de/a Dios decimos a veces cosas que no nos atrevemos a decir de/a cualquier persona medianamente buena»…


Para la oración de los fieles
- Por la Iglesia, para que sea signo permanente de reconciliación en el mundo y lo haga evidente empezando por ella misma. Oremos.
- Por los gobiernos de los pueblos, para que promuevan un orden social justo y respeten el derecho a la vida y a la libertad de todos los ciudadanos. Oremos.
- Por las diferentes legislaciones del mundo, para que en todas ellas se elimine la pena de muerte, se aplique una justicia igual para todos y se favorezca el perdón y la reinserción social. Oremos.
- Por todas las personas, para que colaboremos en crear un mundo mejor en el que seamos capaces de entendernos desde la igualdad y la justicia. Oremos.
- Por todos los que han sido ofendidos de cualquier manera, para que sepan perdonar y olvidar, y así fomentar un mundo en concordia, paz y justicia. Oremos.
- Por todos nosotros, para que vivamos en actitud permanente de perdón y la ejerzamos con generosidad. Oremos.

Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro, Madre nuestra: haz que descubramos la importancia que tiene para nuestras vidas el sabernos y sentirnos perdonados y perdonadas por Ti, de manera que también perdonemos de corazón a quienes que nos han ofendido. Por Jesucristo.

Oh Dios, creador del ser humano, fundamento de la Existencia, del Amor y de la Gracia; acrecienta en nosotros y nosotras la conciencia de tener nuestros fundamentos en tu Amor, para que habiendo optado radicalmente por el Bien y por el Amor, vivamos libres de toda culpabilidad malsana. Por Ti, que eres el Amor, la Reconciliación y la Gracia.
 



 Lunes 15 de septiembre de 2008
 María de los Dolores

 INICIO
Hebreos 5,7-9: El es autor de salvación
Salmo responsorial 30: Sálvame, Señor, por tu misericordia
Jn 19,25-27: Ahí tienes a tu hijo; ahí tienes a tu madre

María ha sido reconocida por la tradición eclesial como “cooperadora” en el proyecto de salvación de Dios. Su función no es meramente pasiva como alguna tendencia mariológica ha querido subrayarlo. Al contrario, la participación de María es plenamente activa: desde el sí al llamado de Dios en Nazaret hasta su presencia solidaria al pie de la cruz de Jesús. Aunque sea una construcción de la comunidad joánica o del redactor final del cuarto evangelio, podemos imaginar la escena: Jesús, colgando de la cruz totalmente destrozado, objeto de burlas y de torturas por parte de sus verdugos; María y el discípulo fiel, junto a él, desafiando a sus enemigos, compartiendo el sufrimiento. Así, muchas madres en el mundo entero reviven este cuadro de viernes santo: sus hijos, masacrados por las guerras, torturados, desaparecidos, crucificados por la injusticia humana; y ellas, siempre fieles, leales, fuertes hasta el final. Brindemos un homenaje sentido a todas las madres que acompañan a sus hijos en todas las circunstancias de la vida; reconozcamos a las mujeres de nuestra comunidad que sufren en sus corazones por la situación de sus hogares. Valoremos el aporte de la mujer en la transformación de la sociedad y de la Iglesia.


 Martes 16 de septiembre de 2008
 Cornelio y Cipriano

 INICIO
1Co 12,12-14.27-31ª: Somos miembros del cuerpo de Cristo
Salmo responsorial 99: Somos un pueblo y ovejas de su rebaño.
Lc 7,11-17: Muchacho, yo te lo ordeno, ¡levántate!

Nos encontramos ante un episodio de la vida cotidiana: una mujer viuda (seguramente anciana) que llora porque su hijo ha muerto. Jesús se enfrenta con esta escena y siente compasión, misericordia; es decir, le impacta en sus mismas entrañas el dolor de aquella mujer. Seguramente su hijo era su única esperanza, pues como mujer y viuda no tenía respaldo alguno en la sociedad judía de la época. Jesús toca el ataúd y ordena al difunto que se levante. Así revela su señorío sobre la muerte. Pero no sólo vence la muerte física, sino también la muerte cultural y religiosa del pueblo. Por eso el muchacho se “incorpora” y se pone a “hablar”. Jesús devuelve la vida, la palabra, la dignidad humana al muchacho, a la mujer viuda, al pueblo que lo reconoce como un profeta de Dios. Hoy también nos topamos con las multitudes que arrastran el ataúd de su propia muerte, causada por la pérdida del sentido de la vida, de la dignidad mancillada por muchas formas de deshumanización, por la injusticia camuflada en sociedades aparentemente democráticas… Ojalá podamos sentir, como Jesús, dolor en las entrañas ante estos episodios cotidianos, y aportar nuestro “toque” para devolver la esperanza de la vida a esas pequeñas “multitudes”.




 Miércoles 17 de septiembre de 2008
 Roberto Belarmino

 INICIO
1Co 12,31-13,13: El más grande es el amor
Salmo responsorial32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Lc 7,31-35: ¿A qué se parece esta generación?

Lucas contrasta dos personajes paradigmáticos para las personas de la época: Juan Bautista y Jesús de Nazaret. Juan se caracteriza por el llamado a la conversión mediante la penitencia y la austeridad. El mismo se ha ido al desierto como gesto profético para señalar el despilfarro y la ostentación en que viven los líderes religiosos y políticos del pueblo, alejándose del auténtico espíritu de la alianza con Dios. Jesús, por el contrario, no se va al desierto, sino que se mezcla dentro de la gente, come y comparte con ellos, asume su estilo de vida. Su anuncio de conversión es festivo: la alegría que produce la irrupción del reino de Dios que todo lo transforma y hace ver las cosas y las personas de una manera nueva, diferente y gozosa. Pero el pueblo no alcanza a comprender la hondura del mensaje de ninguno de los dos: ni la penitencia austera de Juan, ni la alegría gozosa inaugurada por Jesús. No se han dejado alcanzar por el dinamismo del reino. Ojo: ¿qué tal si nos pasa lo mismo? ¿Vibramos con la novedad del reino? ¿Somos capaces de reconocer el tiempo de la penitencia y el tiempo del gozo liberador en nuestras vidas y en la vida de nuestra comunidad?




 Jueves 18 de septiembre de 2008
 José de Cupertino – Juan Macías

 INICIO
1Co 15,1-11: Este es el Evangelio que proclamé
Salmo responsorial 117: Dad gracias al Señor porque es bueno.
Lc 7,36-50: Ama más quien más tiene que agradecer

Los fariseos siguen pegados a la letra de la Ley, que divide el mundo entre puros e impuros, incluidos y excluidos. Jesús coloca por encima de cualquier ley, tradición o institución al ser humano en su propia condición. El único parámetro o norma absoluta es el amor. Un amor auténtico que brota de lo más profundo del ser humano y lo lleva a despojarse de todo para expresar al ser amado su intensidad. Un amor que no es posesivo ni interesado, sino agradecido y oblativo. Esa mujer (¡pecadora!) rompe todos los moldes para derramar todo su amor a Jesús. Por eso él la coloca como “modelo” de quien sabe amar sin límites ni fronteras. Es que sólo el amor podrá derrotar el odio, la violencia y el egoísmo que deshumanizan y oprimen. Revisemos nuestra propia experiencia de “amor oblativo y agradecido” en nuestros contextos vitales.




 Viernes 19 de septiembre de 2008
 Jenaro

 INICIO
1Co 15,12-20: La resurrección, fundamento de nuestra fe
Salmo responsorial 16: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
Lc 8,1-3: Las mujeres que seguían a Jesús

La tradición nos ha hecho creer que Jesús sólo tenía discípulos varones. Sin embargo, el evangelio de Lucas nos muestra en forma clara y directa que en el grupo de seguidores de Jesús había también mujeres. Es que no podría ser de otra manera, pues el reino anunciado e inaugurado por Jesús es para varones y mujeres por igual. Con este gesto de acogida igualitaria en su grupo más cercano y predilecto, Jesús recupera la dignidad de la mujer convocándola junto con los varones como destinataria y al mismo tiempo mensajera del reino. Hay que tener en cuenta que Jesús se mueve en un ambiente patriarcal y androcéntrico; “machista”, diríamos gráficamente hoy. Por eso su actitud es desafiante, provocadora y novedosa. A lo largo de la historia del cristianismo –y a partir del momento mismo de la Resurrección- las mujeres han jugado un papel muy importante, ya sea con su asombroso valiente testimonio martirial, la iluminación, sostenimiento y práctica de la fe, así como la expansión y consolidación de innumerables comunidades cristianas. La historia eclesiástica exhibe con honor a los doctoras de la Iglesia Teresa de Jesús, Catalina de Siena y Teresa de Lisieux, junto a pléyades de monjas, religiosas, misioneras, catequistas, servidoras y animadoras de la Palabra que han sido verdaderas “diaconisas”, aunque no se les haya reconocido oficialmente su ministerio. Mujeres auténticas y abnegadas trabajan con eficiencia en otras tantas comunidades desde el silencio elocuente y profético. Sin embargo, al interior de nuestras iglesias falta mucho camino por recorrer para incluir y reconocer al nivel que corresponde el ministerio de la mujer dentro de la comunidad eclesial.



 Sábado 20 de septiembre de 2008
 Andrés Kim, Pablo Chong y comps. mrs. – Amelia

 INICIO
1Co 15,35-37.42-49: Resucita lo incorruptible
Salmo responsorial 55: Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida.
Lc 8,4-15: Algunas semillas dieron fruto abundante

Al terminar un año de trabajo se evalúan las tareas programadas al comienzo. Y a veces surgen el descontento y la sensación de fracaso porque después de muchos esfuerzos y recursos invertidos los resultados no fueron los esperados. Nuestra estructura mental está diseñada para el éxito. Estamos poco acostumbrados al fracaso o al ritmo lento de las personas y los procesos. Pero la realidad no funciona así, sobre todo en el campo de la evangelización y la promoción humana. Hace años pensábamos que la liberación de los pueblos oprimidos de Latinoamérica sucedería muy pronto; pero con el paso de los años nos dimos cuenta de que el cambio de estructuras no llegaba por ningún lado. Muchas personas, organizaciones sociales y eclesiales se desanimaron y retrocedieron. Pero con el tiempo se fueron dando cuenta de que la semilla sembrada brotaba por otros lados y de muchas maneras. Así es el reino de Dios: una semilla crece y produce mucho fruto en el lugar y momento menos pensados. Tal es el sentido de esta parábola.