Domingo 17 de agosto de 2008
20º Ordinario
Jacinto
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Is 56,1.6-7: Guarden el derecho,
practiquen la justicia
Salmo responsorial 66: Oh Dios,
que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben
Rm 11,13-15.29-32: La llamada de
Dios es irrevocable
Mt 15,21-28: Mujer, que grande es
tu fe
A la vuelta del exilio, los discípulos de Isaías recobran las enseñanzas del
profeta del siglo VII y proponen al nuevo Israel, en proceso de formación, que
se abra a los valores de la universalidad y el ecumenismo. La apertura, sin
embargo, no se basa en un compromiso diplomático ni en una ilusión quimérica
sino en la causa universal de la Justicia. La tercera parte del libro de Isaías
no propone que todas las religiones de su época se reúnan bajo la única bandera
del pontificado de Jerusalén, sino que el pueblo que está naciendo después de
cincuenta años de exilio sea el aglutinador de las aspiraciones más legítimas de
la humanidad.
Los discípulos de Isaías son conscientes del peligro que subyace al
nacionalismo exacerbado. La unidad étnica, cultural e ideológica de un pueblo no
le da derecho a despreciar a los demás, bajo el pretexto de una falsa
superioridad. Cada pueblo puede sólo ser superior a sí mismo en cada momento de
la historia. Y esta superioridad consiste en transformar todas las decadentes
tendencias centralistas, alienadoras y clasistas, en una consciencia de sus
propias potencialidades de apertura universalista y de esfuerzo de comunión.
El nuevo Templo, como símbolo de la esperanza y la resurrección de un pueblo,
debía convertirse en una institución que animara los procesos de integración
universal. El Templo, como casa de Dios, debía estar abierto a los creyentes en
el Dios de la Justicia y el Amor, cuya religión se inspira en el respeto por los
más débiles y en la defensa de los excluidos.
Sin embargo, esta propuesta no tuvo casi ninguna resonancia y se convirtió en
un sueño, en una esperanza para el futuro, en una utopía que impaciente aguarda
a su realizador. Cuando Jesús expulsa a los mercaderes del Templo proclama a voz
en cuello «mi casa será casa de oración», la propuesta del libro de Isaías. El
Templo, aun desde mucho antes de que apareciera Jesús, se había convertido en el
fortín de los terratenientes y en el depósito de los fondos económicos de toda
la nación. Había pasado de ser patrimonio de un pueblo a ser una cueva donde los
explotadores ponían a salvo sus riquezas mal habidas. El enfrentamiento con los
mercaderes tenía por objetivo no sólo reivindicar la sacralidad del espacio,
sino, sobretodo, la necesidad de devolverle al Templo su función como baluarte
de la justicia y de la apertura económica. Los guardias del templo cerraban el
paso a los creyentes de otras nacionalidades, pero abrían las puertas a los
traficantes que venían a hacer negocios sucios.
En ese proceso de ruptura con la decadencia del Templo y con la élite que lo
manipulaba se enmarca el episodio de la mujer cananea. Jesús se había retirado
hacia una región extranjera, no muy lejos de Galilea. Las fuertes presiones del
poder central imponían fuertes limitaciones a su actividad misionera. Su obra a
favor de los pobres, enfermos y marginados encontraba una gran resistencia,
incluso entre el pueblo más sencillo y entre sus propios seguidores. El
encuentro con la mujer cananea, doblemente marginada por su condición de mujer y
de extranjera, transforma todos los paradigmas con los que Jesús interpretaba su
propia misión. La mujer extranjera rompe todos los esquemas de cortesía y buen
gusto que en las sociedades antiguas tenían un carácter no sólo indicativo sino
obligatorio. Existían reglas estrictas para controlar el trato entre una mujer y
un varón que no fuera de la propia familia. Los gritos desesperados de la mujer
y sus exigencias ponían los pelos de punta no solo a los discípulos sino al
evangelista que nos narra este relato. Con todo, la escena nos conmueve porque
muestra cómo la auténtica fe se salta todos los esquemas y persigue, con
vehemencia, lo que se propone.
Los discípulos, desesperados más por la impaciencia que por la compasión,
median ante Jesús para ponerle fin a los ruegos de la mujer. El evangelista,
entonces, pone en labios de Jesús una respuesta típica de un predicador judío:
«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel», para explicar cuál
debería ser la actitud de Jesús. Por fortuna, la mujer, haciendo a un lado los
prejuicios raciales ajenos, corta el camino a Jesús y lo obliga a dialogar. Cuál
no sería la sorpresa de Jesús al encontrar en esta mujer, sola y con una hija
enferma, una fe que contrastaba con la incredulidad de sus paisanos. Como Elías
al comienzo de su misión, Jesús comprende que aunque la misión comienza por
casa, no puede excluir a aquellos auténticos creyentes en el Dios de la
Solidaridad, la Justicia y el Derecho. Por esta razón, su palabra abandona la
pedantería del discurso nacionalista y se acoge a la universal comunión de los
seguidores del Dios de la Vida.
Pablo, en la misma línea, abandona los inútiles esfuerzos por abrir a Israel
a la esperanza profética y acepta la propuesta de los creyentes de otras
naciones que están dispuestas a formar las nuevas comunidades abiertas,
ecuménicas y solidarias.
En nuestro tiempo continuamos sin romper con tantos mecanismos que marginan y
alejan a tantos auténticos creyentes en el Dios de la Vida, únicamente porque
son diferentes a nosotros por su nacionalidad, clase social, estado civil o
preferencia afectiva. ¡Esperemos que alguna buena mujer nos dé la catequesis de
la misericordia y la solidaridad!
Por lo que se refiere a la misión «misionera» de los cristianos, bien sabemos
que la letra del texto del evangelio de hoy bien podría inducirnos a error, pues
hoy día la misión no puede estar centrada en ninguna clase restrictiva de
ovejas, ni las de Israel, ni las del cristianismo,ni mucho menos las
«católicas». La misión ha roto todas las fronteras, y sólo reconoce como
objetivo el reinado del Dios de la Vida y de la Justicia. La misión ya no es ni
puede ser chauvinista, porque hoy no cabe entenderla sino como «Misión por el
Reino», por la Utopía del Reinado del Dios de la Vida, que es siempre un Dios
inabarcablemente plural en sus manifestaciones, en sus revelaciones, en sus
caminos...
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 65 de la serie «Un tal
Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Los perros extranjeros». El guión
y su comentario pueden ser tomados de aquí:
http://untaljesus.net/texesp.php?id=1300065 Puede ser escuchado aquí:
http://untaljesus.net/audios/cap65b.mp3
Para la revisión de vida
- En ésta y otras ocasiones, Jesús alaba la «fe» de un «extranjero», o sea,
de una persona que no era judía, que tenía «otra religión». ¿Cómo está nuestra
capacidad de reconocer y hasta de admirar los valores –religiosos incluso- que
viven otras personas que no son de nuestra religión? ¿Cómo valoramos el mundo
islámico, los emigrantes, los no creyentes, los agnósticos...?
Para la reunión de grupo
- Me han enviado sólo a las ovejas descarriadas de Israel. Probablemente Jesús
no dijo tal cosa en respuesta a que una extrajera le pidiera un milagro… El
texto recoge una composición elaborada tratando de responder más bien al
pensamiento de la primitiva comunidad cristiana. Pero en todo caso, el evangelio
presenta signos de que Jesús tuvo tal vez una primera etapa no universalista,
una etapa limitada en su perspectivas a Israel. ¿Cómo explicarlo? ¿Diríamos que
Jesús fue creciendo... no sólo «en edad sabiduría y gracia», sino también en
teología y en conciencia misionera...?
- La mujer cananea es uno de los varios casos que aparecen en el evangelio en
que Jesús alaba la fe de personas que no son miembros del Pueblo de Dios e
incluso las pone por encima de los miembros del pueblo de Dios. Sobre esto cabe
preguntarnos: ¿Es que en el Pueblo de Dios, «ni son todos los que están, ni
están todos los que son»?
- Un paso más: ¿Es que hay sólo un Pueblo de Dios, o habrá muchos Pueblos de
Dios?
- La teología actual de la «misión» acentúa que la misión no tiene como objetivo
«convertir a otros a nuestra religión», sino –como no podía ser de otra manera,
siguiendo a Jesús- construir el Reino de Dios. Es Misión-por-el-Reino. Comentar
esto subrayando las diferencias con las antiguas concepciones de la misión.
Para la oración de los fieles
- Para que, como Jesús, seamos capaces de ver la «fe» y los admirables valores
religiosos de muchos hermanos y hermanas que no pertenecen al Pueblo de Dos.
Roguemos al Señor.
- Para que tengamos una mente abierta, un corazón generoso y una esperanza
optimista. Roguemos...
- Para que el mundo actual se embarque hacia la superación de los
enfrentamientos étnicos y culturales. Roguemos...
- Por la paz en la tierra de Jesús, Palestina, Israel; para que se llegue pronto
a una solución que contemple los derechos de todos. Roguemos...
Oración comunitaria
Oh Dios de todos los pueblos, que has escogido y llamado a todos para que cada
uno se encontrara contigo por su propio camino, el camino ancestral por el que
tú le has acompañado siempre con cariño paterno y cercanía materna. Danos el
optimismo de la fe que sabe descubrir la presencia del Reino y de la «fe»
también en los hombres y mujeres de otros Pueblos que hasta ahora nos han
parecido equivocadamente «alejados». Ayúdanos a hacer nuestros la esperanza y el
optimismo que Jesús nos manifiesta en el Evangelio. Nosotros te lo pedimos
apoyados en el ejemplo de Jesús, hijo tuyo, hermano nuestro. Amén.
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