Servicios Koinonía    Koinonia    Vd esta aquí: Koinonía> Biblico > 30 de marzo de 2008
 


Homilía de Mons. Romero del 2º domingo de Pascua, ciclo A, el 2 de abril de 1978
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 
 INICIO

Las primeras comunidades cristianas quedaron retratadas en la semblanza ideal que de ellas trazó el evangelista Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Las primeras comunidades nacen bajo el signo de la comunión total. Los discípulos y discípulas de Jesús comprenden, a partir de la resurrección, que su destino está irremediablemente ligado a las mismas opciones de Jesús y emprenden un camino de comunión y solidaridad total. En un primer momento pareciera como si la comunión de bienes y de ideales fuera suficiente para conformar una nueva comunidad humana donde todos cupieran; sin embargo, Lucas nos mostrará que aunque éste es un buen comienzo, es insuficiente para alcanzar la meta propuesta: preparar la irrupción definitiva del reinado de Dios en la historia de la realidad humana. Las comunidades, a pesar de compartirlo todo, muestran reticencias a la hora de aceptar a los que no son de la misma raza. La iglesia de Jerusalén se resistió, en un primer momento, a una plena comunión con los cristianos provenientes de otras nacionalidades diferentes a la judía. La primera comunidad se percibía como «auténtico Israel», no sólo explícitamente desde el punto de vista teológico, sino, sobretodo, aunque tácitamente, desde el punto de vista racial. Por eso, se hizo necesario no sólo la transformación de los condicionamientos económicos, sino que se hizo indispensable superar las barreras culturales.

La consciencia de la comunidad cristiana fue ganando, cada vez más, apertura y capacidad de adaptación en todas las culturas. La centralidad del reinado de Dios fue tematizada de otras maneras en los ambientes griegos, africanos y romanos. Por esta razón, se comenzó a hablar de «salvación» como objetivo de la fe cristiana. Pero, debemos estar atentos porque este cambio de términos no perdía la sustancia de la fe cristiana centrada en la inminente irrupción del Reinado de Dios, la fórmula cristiana por excelencia para expresar la Utopía humana. Este Reinado era comprendido en el evangelio como la presencia definitiva de la voluntad de Dios en las organizaciones humanas, de modo que por medio del compromiso, la honestidad y la eficacia de la acción, se hacía realidad la Justicia de Dios en la comunidad humana. Si se hablaba de «salvación», no era en términos puramente sectarios e individuales, sino como la experiencia vital de la realización de esa esperanza que Jesús había hecho posible por medio de su vida, muerte y resurrección. La experiencia de «salvación» se hizo realidad en cada una de las comunidades y las personas que prefirieron el destierro, la exclusión e incluso la muerte antes que dar marcha atrás y someterse a las ideologías de los sistemas sociales vigentes. Las comunidades descubrieron la importancia de trazar un camino en la fe que se adaptara a sus nuevas realidades. Los cristianos de la segunda generación en adelante no tuvieron ningún tipo de contacto físico con el Señor Jesús, su punto de partida fue el testimonio de aquellos que se convirtieron en oyentes y servidores de la Palabra. Por esto, el texto de la Primera Carta de Pedro hace tanto énfasis en los valores de la comunidad que ama y cree en Jesús sin haberlo visto. Una fe que se hace vida en la vida transformada y salvada que ellos experimentan a partir de su encuentro con Jesús resucitado.

El evangelio de Juan nos muestra por medio de la figura de Tomás, el camino de fe que condujo a esa generación de cristianos a tomar contacto con el resucitado. La fe de Tomás se reducía a lo que el pensaba debía ser la realidad más que e lo que el veía. Tomás percibía claramente cómo la vida de sus hermanos y hermanas de comunidad se transformaba con el contacto con el resucitado. Los que antes se encerraban por temor y se escondían ante las autoridades, ahora emprenden abiertamente nuevas obras y misiones. Sin embargo, Tomás no lo veía. La comunidad había hecho un camino significativo mediante un proceso de conciliación que los había llevado de la desesperación, el sentimiento de culpa y la inconstancia, hacia una manera novedosa de relacionarse en «la paz de Cristo»; todos los miembros estaban conscientes de su compromiso misionero y asumían como propia la misión de Jesús; todos se sentían ungidos por el Espíritu del resucitado para convertir ese mundo de injusticias y miserias con un mundo donde el pan del amor y la justicia alimentara cada acción humana. Sin embargo, Tomás no lo veía, porque circunscribía toda la realidad a su pobre experiencia inmediata. No obstante, con la ayuda de la comunidad, su camino de fe se tropezó con los sufrimientos del resucitado. Hasta que él no experimentó en su propia carne los clavos, heridas y llagas de Jesús no entendió el significado salvífico de la resurrección. Tomás, después de su encuentro con el resucitado, se sintió salvado de su pequeñez humana, de su falta de comprensión y de su poca apertura mental y afectiva. Para Tomás la salvación había pasado por su propio cuerpo.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 128 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «Lo que hemos visto y oído». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://untaljesus.net/texesp.php?id=1600128
Puede ser escuchado aquí: http://untaljesus.net/audios/cap128b.mp3

Para la revisión de vida
La historia de Tomás quiere enseñarnos que no era más fácil creer en Jesús por haber sido contemporáneo suyo, y que los que crean sin haber visto serán dichosos. ¿De verdad siento yo en mi vida la alegría de creer? ¿Vivo mi fe como fuente de gozo, o la veo a veces como una carga más o menos pesada?

Para la reunión de grupo
- Tomás no cree, porque no ve. Y cuando llega a ver, ya cree... ¿Es posible «creer» cuando ya «se ve»? La vieja definición del catecismo decía que «fe es creer lo que no se ve». ¿Quién tiene la razón?
- ¿Qué relación (semejanzas, diferencias...) hay entre la fe humana (creer a alguien) y la fe religiosa (creer en Dios)? ¿Creemos «a» Dios, o «en» Dios?
- En una visión de conjunto, Lucas nos presenta lo fundamental de la Comunidad cristiana de todos los tiempos: escuchar la Palabra, participar en la «fracción del pan» (=Eucaristía), oración y vida en común. Hoy día, en bastantes regiones de la Iglesia Católica, el 80% de los fieles no puede participar en la eucaristía semanal por falta de sacerdote, y no hay ministros ordenados suficientes porque sólo se admite al mismo a personas que tengan simultáneamente vocación al celibato, y que sean varones. ¿Qué reflexiones nos sugiere esta situación?
- Si se tiene posibilidad de conseguirlo, hacer un círculo de estudio o un debate en torno al libro de Jesús EQUIZA, La Eucaristía, ¿privilegio del clero o derecho de la comunidad?, Editorial Nueva utopía, Madrid 2001 segunda edición, 201 pp. (fax: 34-91-44.545.44)

 

Para la oración de los fieles
- Para que la Iglesia sea más la Comunidad que vive y anuncia el Evangelio, que un grupo con fuerza social. Roguemos al Señor.
- Para que todos los pueblos avancen por los caminos de la justicia, la paz y la igualdad entre todas las personas. Roguemos...
- Para que nunca perdamos la esperanza ante las dificultades de la vida, y seamos siempre conscientes de que el Amor de Dios es más fuerte que la muerte. Roguemos...
- Para que el Señor aumente cada día nuestra fe y nuestra confianza en El, y sepamos descubrir los mil gestos de su amor que a diario se producen a nuestro alrededor. Roguemos...
- Para que nuestra solidaridad con los pobres y oprimidos de la sociedad anime su esperanza. Roguemos...
- Para que todos nosotros vivamos nuestra fe en Cristo resucitado en una Comunidad que comparta lo que es y lo que tiene. Roguemos...
 

Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro, que llenas cada año nuestro corazón de gozo y alegría con las fiestas pascuales; haz que nuestra fe no vacile, que nuestra vida sea siempre coherente con esa fe, y que trabajemos siempre por tu Reino, sabiendo que al construirlo ya lo estamos viviendo. Nosotros te lo pedimos gracias a Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.



 INICIO

Mateo le da un especial relieve a san José en su relato de la infancia de Jesús, debido a su intencionalidad de entroncar, por medio de José, a Jesús con David y su linaje.

El relato del evangelio de hoy es parte del comienzo del evangelio de Mateo. Con él busca el evangelista demostrar el origen humano de Jesucristo; y luego, a través todo el evangelio, probará con las profecías y milagros realizados por Jesús su naturaleza divina. Pero era preciso demostrar previamente su parentesco con el género humano: “Jesucristo, hijo de David”, que es una expresión para denominar al Mesías.

Se debe destacar, a fin de entender mejor este fragmento del evangelio, que la celebración del matrimonio entre los judíos se hace en dos etapas. Ellos suponen de antemano un compromiso real, de tal forma que al prometido lo llamaban ya desde ese momento esposo, y sólo por repudio se rompía este compromiso.

José sufre en silencio las dudas, pero aguarda la intervención de Dios. Luego decide "apartarse ante el misterio", para no interferir en el designio de Dios con María. Por ello opta por apartarse de María en secreto.

Y a partir del anuncio que le hace Dios en sueños, acogiendo la voluntad de Dios actúa como esposo de María y como padre legal de Jesús, ajustándose plenamente al calificativo de “justo” que le da el evangelista.

 



 INICIO

El pasaje de la Anunciación da un realce especial a María como personaje importante en esta escena. La protagonista es la Palabra de Dios comunicada a ella por el ángel, pero también es relevante la figura de María como interlocutora y mujer; una tendencia que Lucas mantendrá a lo largo de su evangelio. Dios cumple su deseo de irrumpir de modo definitivo en la historia humana; pero decide contar para ello con la cooperación de la humanidad, representada en ese momento por María, a quien con tal fin ha «llenado de gracia». Ella no capta de inmediato lo que Dios quiere; no entiende la propuesta de Dios, y por eso se asombra. Pero no duda en formular con libertad las preguntas que cree necesarias. Una vez aclarado el maravilloso plan de Dios, María reconoce su pequeñez delante de él. Pero antes ha recibido una palabra de ánimo: «no temas». La gente difícilmente entenderá que ella, una muchacha que aún no convive con su marido, esté embarazada; pero ella confía, y su palabra definitiva es: «que se cumpla en mí tu palabra». Lo demás será cosa de Dios. ¡Bendita fe y fidelidad de María!


 INICIO

Juan nos dice que Dios quiere salvar este mundo y no otro. Por eso enfatiza que el Hijo dio la vida para que ninguno perezca. Cristo vino a dar su vida por la salvación del mundo que su Padre preparó durante largos siglos para su criatura predilecta, el ser humano, al que convirtió también en hijo suyo. Esto afianza nuestra esperanza en que Dios no destruirá el mundo, sino que lo exaltará junto con la plenitud de vida que ha reservado para sus hijos. Habrá «un cielo nuevo y una tierra nueva», como lo soñaron los profetas (Is 65,17;66,22; 2P 3,13; Ap 21,1-4). Dar la vida significa así que los sistemas de muerte hoy día tan vigentes no serán definitivos; o en otra palabras, que nuestra vida culminará en Dios y no en la muerte como anulación de lo que hagamos y signifiquemos.

Juan insiste en que la causa de la condenación radica no en la falta de afiliación a una determinada iglesia, sino en la negación de todo aquel testimonio que arroja luz sobre las oscuridades que se imponen en el mundo. Y éste no es el globo terráqueo en cuanto tal, sino el conjunto de organizaciones humanas en la historia. Este orden que las instituciones humanas dan a la sociedad suele estar presidido por intereses perversos que conducen inevitablemente a la condenación. El evangelio, entonces, nos invita a hacernos testigos de la luz, es decir, heraldos de la verdad, y a poner en evidencia la acción salvífica de Dios en nuestro mundo.


 


 INICIO

En la primera lectura, Pedro y otros apóstoles dan un testimonio sumamente valiente sobre la persona del Resucitado, y echan en cara a sus victimarios haberlo «colgado de un madero». Pero «Dios lo ha puesto en el cielo a su derecha». La resurrección de Jesús constituye el eje de la nueva comunidad que se lanza, motivada por la fe, a anunciar la obra de Dios. Para ella lo importante no es la magnificencia de las construcciones o el prestigio de las altas dignidades del Templo, sino el prodigio que el Dios de sus padres ha obrado con Jesús, y el hecho de que sus discípulos son ahora una comunidad de testigos de ese acontecimiento. «Y también es testigo el Espíritu Santo».

El evangelio de Juan nos muestra el significado de Jesús para la comunidad: él es la auténtica imagen del Dios vivo y vivificador; es el camino hacia el Padre, hacia una experiencia de Dios motivadora y constructiva. Si rechazamos el testimonio que Jesús nos da de Dios, nos ponemos en peligro de construirnos imágenes arbitrarias y autoritarias de Dios. Estamos propensos, como seres humanos inmersos en una cultura, a aceptar sólo nominalmente la fe en Jesús, movidos por la pura inercia de la tradición. Decimos creer sólo porque nos enseñaron que había que creer; pero sin una adhesión vital a lo que creemos corremos el riesgo de ignorar lo más profundo que Jesús nos comunica de Dios: su experiencia íntima y personal. Por eso el evangelio nos hace un llamado a «aceptar el testimonio de Jesús», es decir, lo que él nos comunica con sus palabras, con sus gestos y con todo su ser.

 



 INICIO

El evangelio de Juan nos ilustra sobre los signos proféticos de Jesús y las pretensiones mesiánicas de sus seguidores. Para Jesús lo más importante era anunciar y hacer posible el reino de Dios, que «no es de este mundo» (Jn 18,36); para muchos de sus seguidores, en cambio, lo importante era hacer de él un rey que, comenzando por hartarlos de comer, fuera susceptible a su manipulación y se sujetara a los caprichos de sus secuaces. Para ellos el Mesías debía ser un líder político capaz de aventar la opresión del imperio de turno y restituir a Israel las glorias que lo habían hecho rico y respetable bajo los grandes reyes del pasado. Jesús evade abiertamente las pretensiones de estos seguidores que lo apoyan sólo por el entusiasmo que suscita en las masas, y no porque les importe lo esencial de su propuesta. Jesús, entonces, sube a la montaña, símbolo perenne del encuentro con Dios, para dedicarse a la oración y al discernimiento. Y nosotros, ¿qué clase de «rey» buscamos en Jesús?


 INICIO

Juan continúa relatando los acontecimientos tras la escena de la multiplicación de los panes y los pescados que recordábamos ayer. Mientras Jesús se retira en oración, los discípulos se atreven a desafiar el mar en medio de la oscuridad más grande de la noche. En la cultura hebrea el mar es símbolo de las fuerzas desconocidas que amenazan la existencia humana. El viento, las tormentas y huracanes simbolizan todas las dificultades que deben enfrentar los proyectos humanos, ante las cuales se suele sucumbir con facilidad. La comunidad cristiana, simbolizada en la barca vacilante que desafía los elementos adversos, propone un proyecto de vida que pretende conducir a sus integrantes de la peligrosa orilla del triunfalismo y el fácil mesianismo (los que ayer querían proclamar rey a Jesús porque parecía ser un excelente líder político), a la rivera segura de la solidaridad y la fe, que constituyen el verdadero proyecto del Salvador. El hecho de que Jesús camine sobre las aguas, o sea sobre los elementos adversos, le demuestra a la comunidad que no está sola en su tarea, sino que es el Maestro en persona quien la acompaña en esta empresa. Por eso, cuando hacen el ademán de acogerlo, llegan sin más a la otra orilla. La comunidad de discípulos crece en la medida que es capaz de remar contra la corriente y de acoger a Jesús en la barca; si hace esto, ya «toca tierra en el lugar al que se dirige».