Domingo 23 de marzo de 2008
Domingo de PASCUA
Toribio de Mogrovejo – José Oriol
INICIO
Hch 10,
34a.37-43: Hemos comido y bebido con él
Salmo117: Este es el día
en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Col 3,1-4: Busquen los
bienes de allá arriba
Jn 20,1-9: El sepulcro
vacío.
En la primera lectura, los Hechos de los Apóstoles reflejan el
esfuerzo de las primeras comunidades por presentar el ministerio de
Jesús en forma sencilla y atractiva. El texto que hoy leemos es una
especie de ‘credo’, kerigma, o anuncio fundamental. Se narran los
antecedentes de la misión de Jesús y el significado de su acción para
los pobres. Luego se hace un gran énfasis en la labor de la comunidad
como testigo de su resurrección.
La comunidad cristiana siempre estuvo interesada en comunicar el significado
y valor de la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret y no sólo en
narrar el acontecimiento como tal. Toda la vida apostólica de Jesús ha sido
concentrada en esta predicación que está destinada a mostrarle a los nuevos
discípulos cómo la acción del Maestro de Galilea perdura en la obra de la
comunidad.
El discurso de Pedro conserva el recuerdo fidedigno de lo que ellos, los
apóstoles, predicaban después de la resurrección de Jesús. Es el llamado «Kerygma»
o proclamación solemne del núcleo de la fe cristiana, destinada a los judíos y a
los paganos, invitándolos a creer en Jesucristo, a confiarse en Él y a
incorporarse a su Iglesia. No se trata de una ideología, ni de un código moral
detallado. Se trata del anuncio de los acontecimientos que acabamos de celebrar
en la Semana Santa: la vida de Jesús de Nazaret, circunscrita geográficamente
desde Galilea, al norte del país de los judíos, hasta Jerusalén, la capital. Su
predicación y sus milagros como signos de la misericordia de Dios. Su muerte en
la cruz y su resurrección de entre los muertos, de la cual los apóstoles han
sido constituidos testigos fidedignos. A sus oyentes, y a nosotros hoy, Pedro
exhorta a creer en Jesucristo para obtener la salvación. Este es el contenido
fundamental de nuestra fe, que todos debemos testimoniar gozosamente con nuestra
vida y con nuestras palabras. Porque son hechos salvadores, liberadores, por los
cuales Dios se nos entrega como Padre, perdonando nuestros pecados y dándole
sentido a nuestra vida, a veces tan extraviada y tan sufrida.
En la segunda lectura, de la carta a los Colosenses, nos invita a
radicalizar nuestro estilo de vida cristiano. La exhortación a buscar los bienes
«de arriba» no es una manera de legitimar la evasión de nuestras
responsabilidades en el presente, sino, por el contrario, una invitación a
encararlas desde la perspectiva y los valores de Jesús. Los valores de ‘arriba’
son los valores que en su vida histórica proclamó y vivió el resucitado: el amor
universal, la justicia y la solidaridad. Los valores que nos conducen hacia él,
hacia su experiencia de resurrección. Los valores del «mundo» son aquellos modos
de vida que imperan en los sistemas que imponen el egoísmo, el individualismo y
la acumulación de bienes. Por «mundo» no se entiende nuestra existencia
histórica como tal, sino las organizaciones humanas que crean modos de vida, con
frecuencia, incompatibles con el evangelio.
El evangelio de Juan nos habla hoy precisamente de ese conjunto de
dificultades que nublan el entendimiento humano y lo hacen incapaz de comprender
las verdades de la fe. Los discípulas y discípulos no deben ir a buscar al
Maestro al sepulcro. El lugar de Jesús de Nazaret ya no está entre los muertos,
sino en la presencia de Dios desde donde anima a la comunidad a continuar su
misión. María Magdalena comprende perfectamente este acontecimiento y, en lo
profundo de su corazón, experimenta una alegría desbordante cuando descubre que
el lugar para buscar a su Señor ya no es el cementerio.
Pedro y el otro discípulo corren alertados por la voz de la Magdalena. Pero,
sólo el otro discípulo comprende el significado de la ausencia de Jesús. Pedro
examina la tumba y las vendas, pero su entendimiento aún está atado a sus
temores.
El evangelio concluye con la frase: «hasta entonces no habían comprendido la
Escritura», para mostrarnos cómo la comunidad de creyentes debió recorrer un
largo camino antes de comprender el significado y el alcance histórico de la
resurrección de Jesús. Mientras ellos y ellas aún lloraban de dolor por la
ausencia del Maestro, él ya estaba animando la vida de la comunidad en la
eucaristía, en la vida comunitaria y en la solidaridad con los más pobres.
El texto nos invita a hacer un camino de fe que nos haga comprender el
significado de la resurrección de Jesús para nuestras vidas. No basta con correr
de un lado para otro buscando al Señor sin comprender lo que su resurrección
significa. Es necesario aprender a descubrir en los signos de muerte el germen
de la vida. Allí donde el discípulo desprevenido experimenta el vacío de la
tumba, el ‘otro discípulo’, el que ama entrañablemente al Señor, descubre la
manifestación más profunda del Dios de la vida.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 125 de la serie «Un tal
Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «El primer día de la semana». El
guión y su comentario pueden ser tomados de aquí:
http://untaljesus.net/texesp.php?id=1600125 Puede ser escuchado aquí:
http://untaljesus.net/audios/cap125b.mp3
Presentamos también este segundo guión para las homilías de Pascua,
que titulamos «El Resucitado es el Crucificado».
Lo que no es la resurrección de Jesús.
Se suele decir en teología que la resurrección de Jesús no es un hecho
"histórico", con lo cual se quiere decir no que sea un hecho irreal, sino que su
realidad está más allá de lo físico. La resurrección de Jesús no es un hecho
realmente registrable en la historia; nadie hubiera podido fotografiar aquella
resurrección. La resurrección de Jesús objeto de nuestra fe es más que un
fenómeno físico. De hecho, los evangelios no nos narran la resurrección: nadie
la vio. Los testimonios que nos aportan son experiencias de creyentes que,
después de la muerte de Jesús, "sienten vivo" al resucitado; no son testimonios
del hecho mismo de la resurrección.
La resurrección de Jesús no tiene parecido alguno con la "reviviscencia" de
Lázaro. La de Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación
de un cadáver (de hecho, en teoría, no repugnaría creer en la resurrección de
Jesús aunque hubiera quedado su cadáver entre nosotros, porque el cuerpo
resucitado no es, sin más, el cadáver). La resurrección (tanto la de Jesús como
la nuestra) no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia
otra forma de vida, la de Dios.
Importa recalcar este aspecto para darnos cuenta de que nuestra fe en la
resurrección no es la adhesión a un "mito", como ocurre en tantas religiones,
que tienen mitos de resurrección. Nuestra afirmación de la resurrección no tiene
por objeto un hecho físico sino una verdad de fe con un sentido muy profundo,
que es el que queremos desentrañar.
La "buena noticia" de la resurrección fue conflictiva
Una primera lectura de los Hechos de los Apóstoles suscita una cierta
extrañeza: ¿por qué la noticia de la resurrección suscitó la ira y la
persecución por parte de los judíos? Noticias de resurrecciones eran en aquel
mundo religioso menos infrecuentes y extrañas que entre nosotros. A nadie
hubiera tenido que ofender, en principio, la noticia de que alguien hubiera
tenido la suerte de ser resucitado por Dios. Sin embargo, la resurrección de
Jesús fue recibida con una agresividad extrema por parte de las autoridades
judías. Hace pensar el fuerte contraste con la situación actual: hoy día nadie
se irrita al escuchar esa noticia. El anuncio pascual de la resurrección de
Jesús puede ahora suscitar indiferencia. ¿Por qué esa diferencia con lo que
ocurrió entonces? ¿Será que no anunciamos la misma resurrección, o que no
anunciamos lo mismo en el mismo anuncio de la resurrección de Jesús?
Leyendo más atentamente los Hechos de los Apóstoles ya se da uno cuenta de
que el anuncio que hacían los apóstoles tenía ya en sí mismo un aire polémico:
anunciaban la resurrección "de ese Jesús a quien ustedes crucificaron". Es
decir, no anunciaban la resurrección en abstracto, como si la resurrección de
Jesús fuese simplemente la afirmación de la prolongación de la vida humana tras
la muerte. Tampoco estaban anunciando la resurrección de un alguien cualquiera,
como si lo que importara fuera simplemente que un ser humano, cualquiera que
fuese, hubiera traspasado las puertas de la muerte.
El crucificado es el resucitado
Los apóstoles no anunciaban una resurrección abstracta, sino una muy
concreta: la de aquel hombre llamado Jesús, a quien las autoridades civiles y
religiosas habían rechazado, excomulgado y condenado.
Cuando Jesús fue atacado por las autoridades, se encontró solo. Sus
discípulos lo abandonaron, y Dios mismo guardó silencio, como si también lo
hubiera abandonado. Con su muerte en cruz, todo pareció concluir. Sus discípulos
se dispersaron y quisieron olvidar.
Pero ahí ocurrió algo. Una experiencia nueva y poderosa se les impuso:
sintieron que estaba vivo. Les invadió una certeza extraña: que Dios sacaba la
cara por Jesús, y se empeñaba en reivindicar su nombre y su honra. «Jesús está
vivo», no ha podido la muerte con él. Dios lo ha resucitado, lo ha sentado a su
derecha misma, confirmando la veracidad y el valor de su vida, de su palabra, de
su Causa. Jesús tenía razón, y no la tenían los que lo expulsaron de este mundo.
Dios está de parte de Jesús, Dios respalda la Causa del Crucificado. El
Crucificado ha resucitado, ¡vive!
Y esto era lo que verdaderamente irritó a las autoridades judías: Jesús les
irritó cuando estaba vivo, y les irritó aún más cuando resucitó entre sus
discípulos. A las autoridades judías, lo que tanto les irritaba no era el hecho
físico mismo de una resurrección, que un ser humano esté muerto o vivo; lo que
no podían tolerar era que aquel ser humano concreto, Jesús de Nazaret, cuya
Causa (su proyecto, su utopía, su buena noticia) que tan peligrosa habían
considerado y que creían ya descartada al haberlo crucificado, volviera a
ponerse en pie, resucitara.
Y no podían aceptar que Dios estuviera sacando la cara por aquel crucificado
condenado y excomulgado. Era imposible para ellos que Dios se manifestara a
favor de Jesús, que lo avalara. Ellos creían en otro Dios, no en el que los
discípulos de Jesús creían reconocer en aquella experiencia de sentir a Jesús
resucitado.
Creer con la fe de Jesús
Pero los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de Dios (como
Dios-de-Jesús) comprendieron que él era el Hijo, el Señor, la Verdad, el Camino,
la Vida, el Alfa, la Omega. La muerte no tenía ya ningún poder sobre él. Estaba
vivo. Había resucitado. Y no podían sino confesarlo y «seguirlo», «persiguiendo
su Causa», obedeciendo a Dios antes que a los humanos, aunque costase la muerte.
Creer en la resurrección no era pues para ellos tanto la afirmación de un
hecho físico-histórico, ni una verdad teórica abstracta (la vida postmortal),
sino la afirmación contundente de la validez suprema de la Causa de Jesús (¡el
Reinado de Dios!), a la altura misma de Dios («a la derecha del Padre», como
valor absoluto), por la que es necesario vivir y luchar «hasta dar la vida».
Creer en la resurrección de Jesús es sobre todo creer que su palabra, su
proyecto y su Causa (¡el Reino!) expresan el valor fundamental de nuestra vida.
Y si nuestra fe reproduce realmente la fe de Jesús (su visión de la vida, su
opción ante la historia, su actitud ante los pobres y ante los poderes...) será
tan conflictiva como lo fue en la predicación de los apóstoles o en la vida
misma del nazareno.
En cambio, si la resurrección de Jesús la reducimos a un símbolo universal de
vida postmortal (como podría serlo en el universo común de las religiones), o a
la simple afirmación de la vida sobre la muerte, o a un hecho físico-histórico
que ocurrió hace veinte siglos... entonces esa resurrección queda vaciada del
contenido que tuvo en Jesús y ya no dice nada a nadie, ni irrita a los poderes
de este mundo, o incluso desmoviliza en el camino de la Causa de Jesús.
Lo importante no es creer en Jesús, sino creer como Jesús. No es tener fe en
Jesús, sino tener la fe de Jesús: su actitud ante la historia, su Causa, su
opción por los pobres, su propuesta, su lucha decidida...
Creer lúcidamente en Jesús en esta América Latina, o en este Occidente
llamado "cristiano", donde la noticia de su resurrección ya no irrita a tantos
que invocan su nombre para justificar incluso las actitudes contrarias a las que
tuvo él, implica volver a descubrir al Jesús histórico y el sentido de la fe en
la resurrección.
Creyendo con esa fe de Jesús, las «cosas de arriba» y las de la tierra no son
ya dos direcciones opuestas, ni siquiera distintas. Las "cosas de arriba" son la
Tierra Nueva que está injertada ya aquí abajo. Hay que hacerla nacer en el
doloroso parto de la Historia, sabiendo que nunca será fruto adecuado de nuestra
planificación sino don gratuito de Aquel que viene. Buscar "las cosas de arriba"
no es esperar pasivamente que suene la hora escatológica (que ya sonó en la
resurrección de Jesús) sino hacer realidad en nuestro mundo el Reinado del
Resucitado y su Causa: Reino de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz.
Nota para lectores críticos
La homilía de la vigilia pascual o la de la misa del domingo de Pascua no son
la mejor ocasión para dar en síntesis un curso teología sobre el tema de la
resurrección, pero sí son un momento oportuno para caer en la cuenta de la
necesidad de darnos una sacudida en este tema teológico.
Por una parte, el ambiente litúrgico es tal que permite al «orador sagrado»
elaborar libremente su discurso, sin temor a ser interrumpido, ni cuestionado ni
siquiera solicitado por sus oyentes para una explicación más amplia. Lo que él
diga, por muy abstracto, complicado o inverosímil que sea, va a ser aceptado por
los asistentes con una actitud de piadosa acogida, o al menos de silencio
respetuoso. No le va a ser necesario «justificar» lo que dice, ni explicarlo de
un modo exigente, porque en la celebración litúrgica a veces la palabra tiene un
valor ritual, al margen de su contenido real, razón por la que muchos oyentes
«se desconectan» mentalmente, pues están conscientes de no estar recibiendo un
mensaje interpelador real.
Éste es un gran peligro para todo agente de pastoral: la utilización de
fórmulas fáciles, abstractas, solemnes, que no evangelizan, porque no tratan de
dar razón de la fe y de hacerla inteligible –hasta donde se puede-, sino de
cumplir un rito.
Por otra parte, el tema concreto de la resurrección es un tema que está
sufriendo en los últimos tiempos una profunda revisión. Algunos teólogos hablan
de un «cambio de paradigma»: no se trataría de cambios en detalles, sino de una
comprensión radicalmente nueva del conjunto.
No hay que olvidar que venimos de un tiempo en el que la Resurrección estaba
ausente del horizonte de comprensión de la salvación: ésta se jugaba el viernes
santo, en la muerte de Jesús; y ahí concluía el drama de nuestra salvación; la
resurrección era sólo un apéndice añadido, como para dejar buen sabor de boca.
Los mayores de entre nosotros pueden recordar que antes de la reforma de la
liturgia de la semana santa de Pío XII, la vigilia pascual había sido olvidada.
Los manuales de teología por su parte casi no la contemplaban (cfr por ejemplo,
la Sacrae Theologiae Summa, en 3 volúmenes, de la BAC, Madrid, 1956, que
de sus 326 páginas dedica menos de una a la resurrección). El libro de F. X.
DURWELL, La resurrección de Jesús, misterio de salvación (Herder,
Barcelona), fue el libro clave de la renovación de la comprensión
teológico-bíblica de la resurrección a partir de los años 60. El Concilio
Vaticano II restituyó el misterio pascual en el centro de la liturgia. Y a
partir de ahí, se puede decir que hemos vivido de rentas, dejando el tema de la
resurrección en el desván de nuestras creencias intocadas, mientras nuestra
cultura y nuestra antropología han ido evolucionando sin detenerse… ¿No notamos
el desajuste?
Nos han preocupado otros temas más «urgentes y prácticos». Nuestro pueblo
sencillo (y cuántos de nosotros) no sabría dar razón convincente ni convencida
de lo que cree acerca tanto de la resurrección de Jesús como de la nuestra.
Respecto a la de Jesús, la mayor parte de nosotros todavía piensa la
resurrección de Jesús como un hecho «físico milagroso». La fuerza imaginativa de
las narraciones de las apariciones es tan fuerte, que cuando las proclamamos en
las lecturas litúrgicas (o cuando nos referimos a ellas en las homilías) para la
mayoría de los cristianos pasan por literalmente históricas. El hecho físico
histórico de las apariciones, junto con el sepulcro vacío, la desaparición del
cadáver de Jesús, y el testimonio de los testigos privilegiados que lo «vieron»
redivivo y comieron con él… es tenido como la prueba máxima de la veracidad de
nuestra fe. La resurrección puede acabar siendo un mito anacrónico, momificado
en las vendas de conceptos o figuras que pertenecen a una cultura
irremediablemente pasada en aspectos fundamentales. Pero la teología actual
representa un cambio literalmente espectacular respecto a la teología de ayer
mismo.
Baste pensar lo siguiente: «se ha eliminado todo rastro de concebir la
resurrección como la ‘revivificación’ de un cadáver, se insiste en su carácter
incluso no milagroso y no histórico (en cuanto no empíricamente constatable), y
son cada vez más los teólogos –incluso moderados- que afirman que la fe en la
resurrección no depende de la permanencia o no del cadáver de Jesús en el
sepulcro, cuando no afirman expresamente tal permanencia. Y es de prever que la
permanencia del cadáver no tardará en ser opinión unánime» (Queiruga).
«Hoy se toma en serio el carácter trascendente, es decir, no mundano y no
espacio-temporal de la resurrección, por lo que resulta absurdo tomar a la letra
datos o escenas sólo posibles para una experiencia de tipo empírico: tocar con
el dedo y agarrar al resucitado, o imaginarle comiendo… son pinturas de
innegable corte mitológico, que hoy nos resultan sencillamente impensables.
(Para la Ascensión ya se ha asumido generalmente que, tomada a la letra, sería
un puro absurdo). No es que las apariciones sean verdad o mentira, sino que
carece de sentido hablar de la percepción empírica de una realidad trascendente.
No se puede ver al resucitado por la misma razón que no se puede ver a Dios, con
quien se ha identificado en comunión total y gloriosa. Si alguien dice que lo ha
‘visto’ o ‘tocado’ no tiene por qué mentir, pero habla de una experiencia
subjetiva, como cuando muchos santos dicen haber visto o tenido en sus brazos al
Niño Jesús: son sinceros, pero eso no es posible, sencillamente porque el ‘Niño
Jesús’ no existe» (Queiruga).
No podemos extendernos más. Sólo queríamos dar provocativamente una saludable
«sacudida» a nuestra fe en la resurrección, llamando la atención sobre la
necesidad de no dejarla dormir beatíficamente el sueño de los justos, y de
afrontar seriamente su actualización teológica. Por nuestra parte, en los
Servicios Koinonía, concretamente en la RELaT (Revista Electrónica
Latinoamericana de Teología), hemos puesto en línea el epílogo del libro
«Repensar la Resurrección», de Andrés TORRES QUEIRUGA (http://servicioskoinonia.org/relat/321.htm),
epílogo que resume el libro y que invita a afrontar esa actualización.
Recomendado asumir el tema en la comunidad cristiana como una actividad
formativa de actualización teológica.
Insistimos en que no es un buen servicio evangelizador el mantener al pueblo
cristiano ignorante respecto a la actualización de la comprensión de la
resurrección que se están dando en la exégesis y en la teología, y que no hace
bien el agente de pastoral que se limita a repetir las sonoras afirmaciones de
siempre sobre la resurrección, y refiriéndose a las apariciones dando a entender
a sus oyentes que se trata de datos históricos indubitables no necesitados de
interpretación… Según las estadísticas, no son pocas las personas cristianas que
no creen en la resurrección; sin duda, algo tiene que ver con ello el hecho de
que carecemos de una interpretación teológica actualizada respecto a este
elemento capital de nuestra fe, momificado en las vendas de unas descripciones y
supuestos con los que una persona culta de hoy no puede comulgar. La
evangelización desactualizada puede convertirse en factor ateizante.
Para la revisión de vida
-¿Cómo va mi alegría, mi esperanza, mi «optimismo realista» de que
la última palabra la tiene el bien, el amor, Dios…?
-¿Es mi fe en la Resurrección de Jesús una opción también por la vida a todos
sus niveles?
-¿Soy testigo de la Resurrección?
Para la reunión de grupo
- ¿Qué quiere decir la teología cuando afirma que la Resurrección de
Jesús no es un «hecho histórico»? ¿Quiere decir que es un mito? ¿O que es un
hecho que por su propia naturaleza no podría ser «registrado empíricamente», ya
que está más allá de lo material?
- Algunas presentaciones de la Resurrección de Jesús, acentúan tanto el valor
salvífico de la resurrección en sí mismo, que desaparece el significado de la
persona de Jesús, sujeto de la resurrección. La teología actual, sobre todo la
latinoamericana, ha reaccionando acentuando que no resucita un ser humano
cualquiera, sino Jesús de Nazaret, y que eso es relevante. «El Resucitado es el
Crucificado». El Padre resucita a un crucificado, a una persona que fue
descalificada y expulsada de este mundo. Dios saca la cara por él, frente a los
que lo descalificaron. La Resurrección es, también, un acto de justicia, una
rehabilitación del ajusticiado crucificado, un ponerse Dios de parte del
ajusticiado, de parte de los valores por los que dio la vida. ¿Qué relación
existe pues entre la Resurrección de Jesús por obra del Padre y la opción por
los pobres?
- De Andrés Torres Queiruga acaba es el libro titulado «Repensar la
Resurrección» (en la editorial Trotta, Madrid. El epílogo del libro puede ser
leído en la Revista Electrónica Latinoamericana de Teología, RELaT, un epílogo
que resume todo el libro). Es un libro apto para ser estudiado en grupo, en
comunidad, en círculo de estudio. Y ese estudio puede ser una bella forma de
vivir y celebrar comunitariamente este tiempo pascual.
Para la oración de los fieles
- Para que la Vida que significa la Resurrección de Jesús se expanda
a toda la Humanidad y al Cosmos, y triunfe siempre el Amor y la Esperanza,
roguemos al Señor...
- Para que vivamos siempre el cristianismo como lo que es: la Buena Noticia del
triunfo del Amor y de la Vida...
- Por las Iglesias cristianas, para que sean siempre testimonio de esperanza, de
optimismo, de alegría, de acogida y de ecumenismo humilde y respetuoso...
- Para que el Señor nos dé coraje para afirmar siempre la vida sobre la muerte,
la esperanza sobre la desesperanza, y el amor sobre toda forma de egoísmo...
- Por todos los hombres y mujeres del mundo, y sus pueblos, cada uno con su
propia religión como camino particular de su encuentro con Dios; para que gocen
de la Salvación que Dios a todos da, «por los caminos que sólo él conoce»…
Oración comunitaria
Dios, Padre justo y fiel, que rescataste a tu Hijo de la muerte que
le infligieron sus perseguidores, para poner en claro que tú estabas de su parte
y que su Causa era tu mismo Proyecto sobre el mundo; rescata también del
sufrimiento, del olvido y de la muerte a todos los que como Jesús, han dado la
vida a favor de la Utopía, y haz de nosotros testigos convencidos del triunfo
final del Amor y de la Vida, por Jesucristo N.S.
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