Domingo 2 de marzo de 2008
4º de Cuaresma
Lucio
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1Sam 16,1b.6-7.10-13a: David es
ungido rey de Israel
Salmo responsorial 22: El señor es
mi pastor, nada me falta.
Ef 5,8-14: Levántate de entre los
muertos
Jn 9,1-41: Curación del ciego de
nacimiento
El pueblo de Dios se planteó desde antiguo un gran problema: ¿cómo saber
quién es el enviado de Dios? Muchos aparecían haciendo alarde de sus habilidades
físicas, de su astucia, de su sabiduría, incluso, de su profunda religiosidad,
pero era muy difícil saber quien procedía de acuerdo con la voluntad del Señor y
quien quería ser líder únicamente para obtener el poder.
En la época de Samuel la situación era realmente complicada. El profeta,
movido por el Espíritu de Dios, buscó un líder que sacara al pueblo del difícil
atolladero de la crisis interna de las instituciones tribales y de la amenaza de
los filisteos. Surgió Saúl, un muchacho distinguido, de buena familia y de
extraordinaria complexión física. Los hebreos más pudientes lo apoyaron de
inmediato, esperando que el nuevo rey lograra controlar el avance de los
filisteos. Sin embargo, el nuevo rey en poco tiempo se convirtió en un tirano
insoportable que agravó el conflicto interno y que, por sus constantes cambios
de comportamiento, comprometió seriamente la seguridad de las tierras
cultivables. Samuel, entonces, pensó que la solución era ungir un nuevo rey, una
persona que se pudiera hacer cargo de la situación. La unción profética se
convirtió, en aquel momento, en el medio por el cual se legitimaba la acción de
un nuevo líder ‘salvador’ del pueblo. Siglos más tarde, los profetas se dieron
cuenta de que no bastaba cambiar el rey para cambiar la situación, sino que era
necesario buscar un sistema social que respetara los ideales tribales, lo que
luego se llamo ‘el derecho divino’. Sin embargo, subsistió la idea de que el
‘líder salvador’ tenía que ser designado por un profeta reconocido. De este
modo, la unción de los caudillos de Israel pasó a ser un símbolo de esperanza en
un futuro mejor, más acorde con los planes de Dios.
En la época del Nuevo Testamento, el pueblo de Dios que habitaba en Palestina
enfrentó un gran reto: ¿cómo hacer reconocer a Jesús como ungido del Señor?
Aunque Jesús había conocido a Juan Bautista y, luego, había retomado su
predicación, se cernía aún sobre él la duda, debido a su origen humilde, a la
manera tan diferente de interpretar la ley y a su poca vinculación con el templo
y sus rituales. Muchos se oponían a reconocer que él era un profeta ungido por
el Señor, movidos simplemente por prejuicios culturales y sociales. La comunidad
cristiana tuvo que abrirse paso en medio de estos obstáculos y proclamar la
legitimidad de la misión de Jesús. Solamente quien conociera la obra del
Nazareno, su entrañable amor a la vida, su dedicación a los pobres, su
predicación del reinado de Dios, podía reconocer que él era el ungido, el Mesías
(como se dice en hebreo), el Cristo (como se dice en griego).
Las ‘señales y prodigios’ que Jesús actuó en medio de la gente pobre causaron
gran impacto y, por esto, fueron motivo de controversia. Los opositores del
cristianismo veían en las sanaciones que Jesús obraba, simplemente la labor de
un curandero. Sus discípulos, por el contrario, comprendían todo su valor
liberador y salvífico. Pues, no se trataba sólo de poner remedio a las
limitaciones humanas, sino de devolverle toda la dignidad al ser humano. La
persona que recuperaba la visión podía descubrir que su problema no era un
castigo de Dios por los pecados de sus antepasados, ni una terrible prueba del
destino. Era una persona que pasana de la desesperación a la fe y descubría en
Jesús al profeta, al ungido del Señor. Su problema, una limitación física, se le
había convertido en una terrible marca social y religiosa. Pero, el problema no
era su limitación visual, sino la terrible carga de desprecio que la cultura le
había impuesto. Jesús lo libera del insufrible peso de la marginación social y
lo conduce hacia una comunidad donde lo aceptan por lo que él es, sin importar
las etiquetas que los prejuicios sociales le habían impuesto.
En el evangelio se nos relata una especie de drama entre los vecinos del
lugar donde el ciego solía pedir limosna, los fariseos que eran un grupo de
judíos piadosos y cumplidores de la ley y los “judíos” en general, una expresión
genérica con la que el evangelista designa a las altas autoridades religiosas
del pueblo judío de la época de Jesús. Hasta los padres del ciego son
involucrados en el drama.
Se trata de un verdadero drama teológico, simbólico, de una gran belleza
literaria. De ninguna manera se trata de una narración cuasiperiodística de unos
hechos históricos, o de un relato que nos describa ingenuamente cómo sucedieron
las cosas. No olvidemos que es Juan quien escribe, y que su Evangelio se mueve
siempre en un alto nivel de sofisticación, de recurso al símbolo y a la
expresión indirecta. Si tenemos que dirigir la palabra en la homilía, conviene
no «contar» las cosas como quien cuenta hechos históricos indiscutibles, como si
estuviera entreteniendo a unos niños. Los oyentes son adultos y agradecen que se
les trate como a tales, sin abusar de que se tiene la palabra en un ámbito
sagrado donde por respeto nadie contradecirá, y por eso se puede decir cualquier
cosa, que «todo vale» en ese ambiente.
En el drama teológico que hoy leemos de Juan, el ciego se convierte en el
centro. Todos se preguntan cómo es posible que un ciego de nacimiento sea ahora
capaz de ver. Sospechan que algo grande ha sucedido, preguntan por el que ha
hecho ver al ciego, pero no llegan a creer que Jesús sea la causa de la luz de
los ojos del ciego que no veía. Un simple hombre como Jesús no les parece capaz
de obrar tales maravillas. Menos aún habiéndolas obrado en sábado, día sagrado
de descanso que los fariseos se empeñaban en guardar de manera tan escrupulosa.
Y menos aún siendo el ciego un pobretón que pedía limosna al pie de una de las
puertas de la ciudad. Todos interrogan al pobre ciego que ahora ve: los vecinos,
los fariseos, los jefes del templo. Jesús se hace encontradizo con él,
solidariamente, al enterarse de que el pobre ha sido expulsado de la sinagoga
judía. Y en este nuevo encuentro con Jesús el ciego llega a «ver plenamente», a
«ver» no sólo la luz, sino la «gloria» de Dios, reconociendo en él al enviado
definitivo de Dios, el Hijo del hombre escatológico, el Señor digno de ser
adorado... Es el mensaje que Juan nos quiere transmitir narrando un drama
teológico -como es su estilo- más que afirmando proposiciones abstractas -como
hubiera hecho si hubiera sido de formación filosófica griega-.
Al final del evangelio de hoy las palabras que Juan pone en labios de Jesús
hacen explotar el mensaje teológico del drama: Jesús es un juicio, es el juicio
del mundo, que viene a poner al mundo patas arriba: los que veían no ven, y los
que no veían consiguen ver. ¿Y qué es lo que hay que ver? A Jesús. Él es la luz
que ilumina.
No haría falta echarle metafísica y ontología griega a este drama... Es un
lenguaje de confesión de fe. Juan y su comunidad está «entusiasmada», llena de
gozo y de amor, poseída realmente por el descubrimiento que han hecho en Jesús.
Sienten que Él les cambia el mundo, que ven las cosas al revés que antes, y que
es en Él en quien Dios se les ha hecho patente. Y así lo confiesan. No hace
falta más. La Ontología de los siglos subsiguientes es cultural, occidental,
griega. Para el caso, sobra.
¿Qué significa hoy para nosotros? Lo mismo, sólo que a 20 siglos de
distancia. Con más perspectiva, con más sentido crítico, con más conciencia de
la relatividad (no digo “relativismo”) de nuestras afirmaciones, sin fanatismos
ni exclusivismos, sabiendo que la misma manifestación de Dios se ha dado en
tantos otros lugares, en tantas otras religiones, a través de tantos otros
mediadores. Pero con la misma alegría, el mismo amor y el mismo convencimiento.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 79 de la serie «Un tal
Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El ciego de nacimiento». El guión
y su comentario pueden ser tomados de aquí:
http://untaljesus.net/texesp.php?id=1400079
Puede ser escuchado aquí:
http://untaljesus.net/audios/cap79b.mp3
Para la revisión de vida
- Jesús dice que ha venido para “abrir un juicio”. Su vida y su testimonio
nos emplazan con un desafío ante el que necesitamos pronunciarnos. Sugerencia:
entrar en mí mismo, en oración profunda, encarándome con este
ser-humano-que-es-juicio-de-Dios. Renovar y profundizar mi encuentro con Jesús.
Sentirme desafiado por su vida y por su palabra. Aceptar gozoso el reto de vivir
a la altura del desafío que nos hace.
Para la reunión de grupo
-- La “selección” de David (primera lectura) para ser ungido es uno de los casos
típicos en la Biblia –de los que hay muchos más- en el que “los caminos de Dios
no son nuestros caminos”, ni sus criterios son los nuestros… Estudiemos y
glosemos en grupo esas diferencias entre los criterios de Dios y los criterios
de los humanos…
- Para los que creemos en Jesús, Él, con su vida plenamente realizada en el amor
y la entrega, hace presente el amor de Dios a los humanos, y por eso “abre un
juicio” a la humanidad. El juicio universal, en una cierta dimensión, ya ha
acontecido: se ha dado en Jesús; y se sigue dando: en Él, en el testimonio que
de él nos sigue llegando transmitido por sus seguidores (la comunidad de los
creyentes).
- Nos preguntamos: ¿es un juicio “universal”, para todos los seres humanos?
¿También para aquellos a quienes no les llega el testimonio de Jesús? ¿También
para los hombres y mujeres que vivieron antes que Él (muchísimos más,
cualitativamente, que los que han vivido después de Él? Si no es “universal”
- Parece que Juan quisiera hacer énfasis en la ceguera especial que tienen las
autoridades religiosas para admitir el milagro de Jesús. Quienes deberían ser
los más lúcidos resultan los más ciegos. ¿Tiene este aspecto del evangelio de
hoy alguna relevancia para nuestros días?
Para la oración de los fieles
- Para que la Iglesia abandone toda forma de autoritarismo y actúe llevando al
mundo la luz que recibe del Evangelio. Oremos...
- Para que prevalezcan las personas y sus derechos sobre las leyes y las
tradiciones. Oremos...
- Para que quienes dudan de la presencia de Dios entre nosotros, descubran su
amor por el testimonio vivo y eficaz de la iglesia. Oremos...
- Para que caminemos como hijos de la luz, denunciando toda opresión, violencia
e injusticia. Oremos...
- Para que el Señor. abra nuestros ojos y no vayamos nunca tras ningún “otro
pastor”. Oremos...
- Para que nuestra comunidad, que comparte un mismo pan, comparta igualmente los
demás bienes. Oremos...
Oración comunitaria
Tú, Señor, que nos abres los ojos para que descubramos la hermosura de la
creación y la grandeza de tu amor, ayúdanos a colaborar contigo para que todas
las personas puedan alegrarse en su vida al ver tu luz. Nosotros te lo pedimos
por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.
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