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Servicio Bíblico Latinoamericano

Semana del 17 al 23 de Febrero de 2008 – Ciclo A
Domingo 2º de Cuaresma

 
 
 

Recursos pastorales

Homilía de Mons. Romero del  domingo 2º de Cuaresma, ciclo A el  19 de febrero de 1978
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 

 Domingo 17 de febrero de 2008
 2º de Cuaresma
 Fundadores servitas

 INICIO

Gn 12,1-4a: Vocación de Abrahán
Salmo responsorial 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
2Tm 1,8b-10: Dios nos llama y nos ilumina
Mt 17,1-9: La transfiguración

En las lecturas de hoy podemos decir que se encuentra un motivo central: la aparición o manifestación de Dios -que técnicamente se llama teofanía- en un momento importante de la vida de alguien, en las lecturas de hoy en la vida de Abram y en la vida de Jesús respectivamente. Y no es la única vez que Dios se hace presente en la vida de estos dos personajes. Abram tendrá otras visitas de Dios y Jesús ya lo ha sentido repetidas veces, en el Bautismo, en las tentaciones, cada vez esa presencia de Dios ayudará a desarrollar y madurar la misión de cada uno de ellos. En el caso de Jesús en el bautismo y las tentaciones esa presencia de Dios se le convierte en un programa de vida y en una compañía para comenzar la misión y ahora en la Transfiguración para enfrentar el último destino que le espera en Jerusalén y con su pequeño grupo que luego será una gran comunidad.

La presencia de Dios en la vida de alguien no siempre es bien entendida, algunas veces el visitado por Dios no entiende esa presencia, ¡como nos ocurre muchas veces a nosotros! Pero este es sólo un aspecto, tal vez el más usual en nuestras vidas. Hay otro mucho más importante y al que debemos prestar más atención: La presencia de Dios en la vida de alguno y de alguna, implica siempre cambios, radicales la mayoría de las veces y casi siempre en contradicción con aquellos que se escandalizan. Aunque no lo escuchamos hoy en la lectura del génesis a Abram se le cambia hasta el nombre, en Gen 17,5 se nos dice que su nombre ya no será Abram sino Abraham, “padre de multitud numerosa” y esto quiere decir mucho, para el personaje y para la vida y misión a la que Dios lo convoca.

Y en el caso de Jesús, además de desvelar por un momento el esplendor de su naturaleza divina, delante de los discípulos, la presencia de Dios sirve para acreditar su misión salvífica que se concretiza en su enseñanza y en su sufrimiento redentor. Jesús delante de los discípulos y delante de los que mucho tiempo después escucharemos su testimonio, se revela como el “nuevo” Moisés y el “nuevo” Elías. Es precisamente delante de Pedro, que una vez le ha llamado la atención para que abandone su camino de sufrimiento que manifiesta su naturaleza divina, su pensamiento de Dios y no de hombre, como se lo dijo en aquella ocasión. Y de ello dos de los testigos nos comunican la experiencia, Juan, que entiende si misión desde esa nueva perspectiva nos dirá que “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y vimos su esplendor, como de Hijo Único del Padre” (Jn 1,14) y Pedro, apelando a que fue testigo ocular, dirá que recibió de Dios Padre gloria y honor por medio de la voz que dijo : “Mi Hijo, mi Querido, es este, en Él me agradé. Y esa voz la oímos nosotros venida del cielo, cuando estábamos con Él en el monte santo” (2Ped 1,16-18).

Pues bien, Pedro, Juan y Santiago en este trozo evangélico de hoy, y los demás discípulos en los otros momentos de la convivencia con Jesús, han conocido su humanidad, tan cabal y perfecta, tan solidaria y compartida, ahora, en esta manifestación de Dios, ven una nueva realidad, ven la “gloria” de Dios manifestada en/para Jesús. Gloria que en el lenguaje teológico quiere decir Dios mismo que se revela en su majestad y potencia, en su ser. La gloria es siempre una epifanía, manifestación de Dios, de sus atributos y de manera especial de su obra de salvación a favor de los hombres y mujeres. Esa gloria es el signo palpable de la presencia divina, ya lo habíamos experimentado en el Sinaí (Ex 2,15) en la tienda de la alianza (29,43) y en el Templo (1Re 8,10-11). En una palabra es Dios que se revela para salvar, santificar y gobernar. Esta era la experiencia de la manifestación de Dios en el antiguo pueblo de Israel.

Esta revelación se vuelve plenitud en el nuevo Israel, la comunidad de Jesús, su Iglesia. Cristo será la revelación definitiva y última de Dios, es la revelación misma de Dios (cfr. Hb 1,13; 2Cor 4,6; 1Cor 2,8).

Este segundo domingo de Cuaresma puede convertirse en una nueva manifestación de Dios a nosotros, una teofanía que vivimos en pleno siglo XXI y de ahí tenemos que sacar consecuencias para nuestra vida personal y comunitaria. Esta transfiguración es una anticipación de la Pascua y si a los apóstoles los ayudaba a sostenerse en su fe, a nosotros esta Cuaresma debe procurarnos lo mismo, fortalecernos la fe, pero también hacernos participar en el misterio de la Cruz, mientras esperamos la manifestación pascual definitiva.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 68 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «En la cumbre del Tabor». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1100068
Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap68b.mp3
 

Para la revisión de vida
- El motor de la vida es la esperanza, la utopía, el futuro que añoramos… Y todo depende de nuestra visión, de lo que vemos, de si nuestra mirada sólo capta lo inmediato y rastrero que nos rodea, o si es capaz de penetrar en ello y descubrir lo profundo y lo elevado… «Todo es según el color del cristal con que se mira»… ¿Cómo es mi mirada? ¿Más allá de lo inmediato que me rodea soy capaz de ver la trastienda de eternidad, de profundidad de sentido, de presencia de Dios… que hay detrás de cada circunstancia? ¿Soy capaz de transfigurar la mirada? ¿Qué debo hacer para conseguirlo?
 

Para la reunión de grupo
- Abraham es la figura que mejor expresa, para el Primer (o Antiguo) Testamento, la fe. Dejarlo todo, romper con todo, e irse a «la tierra que Yo te mostraré», sin seguridades, sin saber, sólo confiando en la Palabra de Dios. ¿Qué relación podemos establecer a esta lectura con la transfiguración? ¿Por qué?
- Más allá de lo que históricamente pudo ser el “hecho” de la transfiguración, en el evangelio nos es trasmitido como una narración simbólica que contiene una afirmación teológica sobre Jesús, para alimento de nuestra fe:
- ¿cuál es la afirmación teológica, lo que Mateo está queriendo aludir sobre el mesianismo de Jesús (las figuras-símbolo que aparecen acompañándole, y sobre todo las palabras que se escuchan -muy elocuentes-)?, y
- ¿qué interpretación o reinterpretación (una o varias) se puede dar al “símbolo” de la “transfiguración” para hacerlo significante en nuestra vida hoy día?
 

Para la oración de los fieles
- Para que las tres religiones «abrahámicas», que se remiten a Abraham como «padre de los creyentes», muestren fehacientemente que son hermanas y que dialogan y colaboran y se aman, roguemos…
- Para que seamos capaces de salir de nuestra tierra, de nosotros mismos, de nuestras seguridades, de nuestro egoísmo, de los estrechos límites de nuestro pequeño mundo… para ir la tierra que Dios nos muestra cada día en las necesidades de los hermanos, roguemos...
- Para que no tengamos miedo a abandonar nuestras seguridades por seguir la llamada de Dios, única roca sobre la que podemos construir sólidamente nuestra vida y nuestra sociedad, roguemos...
- Para que el Señor nos dé capacidad de mirar la vida con penetración, para ver lo que hay en el fondo de ella, más allá de las apariencias, roguemos...
- Para que no nos quedemos en las apariencias que figuran externamente, y descubramos lo que configura la realidad profunda de las situaciones y las personas, roguemos...
- Para que el Señor nos dé fe, fuerza en la mirada, potencia en el corazón, ojos nuevos y luz mayor… para ver la realidad transfigurada, roguemos...

 

Oración comunitaria
Dios Padre, Madre, Sabiduría eterna, Visión infinita, Intuición total: danos profundidad en la mirada, potencia en el corazón, luz en los ojos del alma, para que seamos capaces de transfigurar la realidad y contemplar tu gloria ya ahora, en nuestra peregrinación terrestre, por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.



 Lunes 18 de febrero de 2008
 Bernardita – Simeón

 INICIO
Dn 9,4b-10: Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos
Salmo responsorial 78: Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados.
Lc 6,36-38: Perdonen, y serán perdonados

Jesús nos invita a mirar a los demás, a nuestros semejantes, con la misma mirada de Dios: con amor, con misericordia, con justicia; se podría decir también, con una profunda admiración y respeto. El otro ha de ser para mí un sacramento sagrado del milagro de la vida que Dios prodiga en cada criatura suya. ¿Cómo, pues, he de mirarlo si no es con esa misma veneración con que Dios me ama y me sostiene a mí? Mirar al otro con la mirada de Dios nos facilita de manera inmensa la relación con nuestros semejantes, aunque piensen distinto y aunque sus actitudes sean absolutamente contrarias y diferentes a las mías; ello nos ayuda a no enjuiciar, a no juzgar ni descalificar a ninguno; pero esto no quiere decir que no tengamos que corregir al hermano o hermana cuando están en error, o que no tengamos que denunciar los abusos e injusticias que injurian al ser humano, imagen y semejanza de Dios.

Mi conversión personal tiene que darse desde y a la luz de la Palabra como ésta que escuchamos hoy; y la conversión de mi hermano ha de darse primero desde y a la luz de mi comportamiento y de mis actitudes con respecto a él; desde el amor y la misericordia al estilo del Padre de todos, que ama a todos con ternura infinita, pero no deja de invocar con fuerza extraordinaria el imperio de la justicia y el derecho en favor de los más pobres y desprotegidos.


 Martes 19 de febrero de 2008
 Alvaro – Conrado

 INICIO
Is 1,10.16-20: Aprendan a obrar bien, busquen el derecho
Salmo responsorial 49: Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.
Mt 23,1-12: No hacen lo que dicen

Con líneas perfectas traza Jesús el dibujo del legalismo y la apariencia externa encarnados en los fariseos y letrados: llevan cintas anchas y flecos llamativos en sus mantos (con textos entresacados de la Torá); ocupan los primeros puestos; buscan que los saluden y que los llamen maestros, padres, jefes… Todo con el fin de aparentar.

Probablemente en la comunidad cristiana primitiva se haya visto esta misma tendencia, y por tanto volvía a cobrar vida entonces la misma denuncia de Jesús. Hoy no será la voz del Maestro la que denuncie similares incongruencias y falta de autenticidad de los dirigentes religiosos; pero están a nuestra vista los empobrecidos, los oprimidos y desheredados, quienes con toda autoridad podrían reclamar por qué tanto título, por qué tantos monseñores, eminencias, excelencias, padres, pastores… no pocas veces muy pundonorosos también en ser respetados, reconocidos y reverenciados públicamente, pero otras tantas lastimosamente ajenos a las realidades de injusticia y sufrimientos de una masa enorme de hermanos tan gravemente marginados. ¿No estaremos quizás en el mismo punto de los letrados y fariseos?




 Miércoles 20 de febrero de 2008
 Eleuterio

 INICIO
Jr 18,18-20: Vengan; lo heriremos con su propia lengua
Salmo responsorial 30: Sálvame, Señor, por tu misericordia
Mt 20,17-28: Quien quiera ser primero, que sea sirviente

A propósito de la petición de esta buena madre, que busca adelantarse en dejar bien acomodados a sus hijos para cuando el Maestro asuma el supuesto reinado de Israel, Jesús indica las verdaderas características de su reinado: mientras los reyes y gobernantes de la tierra se sienten amos y señores de los demás, y desde su posición oprimen y maltratan a sus súbditos, su reinado será de completa entrega y servicio a todos; y así tendrán que actuar también quienes crean en él y se identifiquen con su causa y su propuesta. Mientras en la sociedad común todos luchan por obtener ventajas y beneficios aun a costa de los demás, el discípulo de Jesús tiene que hacerse el último, el servidor de todos, si de verdad quiere ocupar un lugar importante en el reinado del Mesías.

Nuestra vocación cristiana no es, por tanto, un llamado al brillo y la apariencia personal. Más que nunca debemos analizar hoy, frente a las carencias sociales de nuestro mundo, nuestro propio estilo: si nos hacemos servir, o somos nosotros quienes estamos siempre dispuestos al servicio con entrega y generosidad a nuestros semejantes, en especial a los marginados; a los que jamás podrían retribuirnos ni hacernos reconocimientos materiales.




 Jueves 21 de febrero de 2008
 Pedro Damián - Severino

 INICIO
Jr 17,5-10: Bendito quien confía en el Señor
Salmo responsorial 1: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
Lc 16,19-31: Tú recibiste bienes, y Lázaro, desgracias

Mediante esta parábola se hace más clara la advertencia sobre la imposibilidad de servir al reino de Dios y al dinero. La consecuencia más inmediata de optar por lo segundo es el olvido de las mínimas relaciones de justicia y de la finalidad de la vida misma. El servicio a la riqueza esclaviza a tal punto que se pierde la sensibilidad por el que sufre y, además, el sentido y la finalidad de la existencia humana misma.

El rico de la parábola no fue a parar por una decisión divina al lugar donde Jesús lo ubica; es el destino que él mismo escogió desde el momento en que, por su propia decisión, perdió el horizonte de su vida. Los bienes materiales tienen que ser los medios por los cuales el ser humano se va realizando y alcanzando su plenitud y su cabal humanización; pero desde el momento en que dejan de ser medios para convertirse en fines en sí mismos, se comienza la curva de la deshumanización; y éste es el caso del hombre rico de esta parábola.




 Viernes 22 de febrero de 2008
 La cátedra de san Pedro

 INICIO
1P 5,1-4: Presbítero y testigo de los sufrimientos de Cristo
Salmo responsorial 22: El Señor es mi pastor, nada me falta.
Mt 16,13-19: Te daré las llaves del reino de los cielos

Ya cercano el final del ministerio de Jesús en Galilea, es obvio que su fama se haya extendido por toda la región; sin embargo, queda en Jesús una duda: ¿habrá comprendido la gente, las multitudes que lo han visto y oído, quién es él en definitiva? ¿Dónde están, qué se han hecho, a qué se dedican tantos que lo han escuchado? ¿En qué han influido sobre cada uno el mensaje proclamado y los signos realizados? ¿Qué responden los Doce? Ellos acaban de realizar una misión, y necesariamente deben haber oído las distintas opiniones y pareceres de la gente. Y si no hay unanimidad entre las opiniones de ésta, al menos los más inmediatos, los íntimos de Jesús, tendrán que haberse hecho ya una idea exacta sobre quién es su Maestro. Pedro responde por todos: para ellos Jesús es el Mesías de Dios, el Ungido.

La pregunta directa es también interpelación para nosotros. Nos adentramos en veintiún siglos de historia de Jesús y del cristianismo, y frecuentemente el mundo creyente confunde su figura, su mensaje, su obra; y nosotros, cristianos comprometidos, los que nos llamamos seguidores cercanos de Jesús, ¿tenemos sobre él una imagen más clara de la que tienen el mundo, la sociedad, la propia Iglesia?



 Sábado 23 de febrero de 2008
 Florencio - Policarpo

 INICIO
Miq 7,14-15.18-20: Arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos
Salmo responsorial 102: El Señor es compasivo y misericordioso
Lc 15,1-3.11-32: Tu hermano estaba muerto, y ha revivido

En todas las parábolas del Evangelio hay siempre algo de escandaloso. En la parábola que escuchamos hoy, lo escandaloso es cómo Jesús muestra que el hijo menor acapara el amor del Padre a pesar de todo lo que ha hecho. El legalismo del hijo mayor no le permite ver dos cosas que están en la base de lo que Jesús quiere enseñar: primera, la gratuidad del amor divino, amor que no se exige como “pago” a una buena conducta, sino que se recibe por gracia y se celebra permanentemente según la propia conciencia de ese amor gratuito; y segunda, en esta relación amorosa con Dios siempre estamos ante el riesgo de romperla por nuestras actitudes anti-amorosas con los demás; pero esa misma gracia divina nos llama al arrepentimiento y a la búsqueda del perdón del Padre; si damos el paso, no tendremos que insistir, porque podemos contar con absoluta certeza que Dios nos acoge.