Martes 1 de enero de 2008
Octava de la Natividad
Solemnidad de María Madre De Dios
INICIO
Nm 6,22-27:
El Señor nos bendice y nos da la paz
Salmo responsorial 66:El
Señor tenga piedad y nos bendiga
Ga 4,4-7:
Jesús nos hace hijos de Dios
Lc 2,16-21: Encontraron a María, a José y al niño
Litúrgicamente hoy es la fiesta de «Santa María Madre de Dios»; es
también la octava de Navidad y por tanto el recuerdo de la circuncisión
de Jesús, celebración judía en la que se imponía el nombre a los niños.
Para el hombre y la mujer de la calle, esos tres componentes de la
festividad litúrgica quedan muy lejos, tanto en el lenguaje que en que
son expresados como en el imaginario que evocan... Pero hoy es también
el primer día del año civil, «¡año nuevo!», y la Jornada Mundial por la
Paz, que aunque originalmente es una iniciativa eclesiástica católica,
ha alcanzado una notable aceptación en la sociedad, gozando ya de un
cierto estatuto civil.
Como se puede ver, hay una gran distancia entre la conmemoración litúrgica y
los motivos «modernos» de celebración. Esta notable distancia, que se repite con
bastante frecuencia, habla por sí misma de la necesidad de actualizar el
calendario litúrgico, y, mientras esa tarea no sea acometida oficialmente por
quien corresponde, será preciso que los agentes de pastoral tengan creatividad y
audacia para reinterpretar el pasado, abandonar lo que está muerto, y recrear el
espíritu de las celebraciones.
Pero veamos en primer lugar los textos bíblicos.
Nm 2,22-27 es la llamada bendición aaronítica (de Aarón), porque se
afirma que Dios la reveló a Moisés para que éste a su vez la enseñara a Aarón y
a sus hijos, los sacerdotes de Israel, para que con ella bendijeran al pueblo.
Seguramente fue usada ampliamente en el antiguo Israel. Incluso se ha encontrado
grabada en plaquetas metálicas para llevar al cuello, o atada de algún modo al
cuerpo, como una especie de amuleto. Arqueológicamente dichas plaquetas datan de
la época del 2º templo, es decir, del año 538 AC en adelante. Bien nos viene una
bendición de parte de Dios al comenzar el año: que su rostro amoroso brille
sobre todos nosotros como prenda de paz. La paz tan anhelada por la humanidad
entera, y lamentablemente tan esquiva. Pero es que no basta con que Dios nos
bendiga por medio de sus sacerdotes. No basta que él nos muestre su rostro. Aquí
no se trata de bendiciones mágicas sino de un llamado a empeñarnos también
nosotros en la consecución y construcción de la paz: con nosotros mismos, en
nuestro entorno familiar, con los cercanos y los lejanos, con la naturaleza tan
maltratada por nuestras codicias; paz con Dios, Paz de Dios.
Buen comienzo del año éste de la bendición. El refrán popular ha consagrado
ese deseo de "volver a comenzar" que sentimos todos al llegar esta fecha: "año
nuevo, vida nueva". Uno quisiera olvidar los errores, limpiarse de las culpas
que molestan nuestra conciencia, estrenar una página nueva del libro de su vida,
y empezarla con buen pie, dando rienda suelta a los mejores deseos de nuestro
corazón... Por eso es bueno comenzar el año con una bendición en los labios,
después de escuchar la bendición de Dios en su Palabra.
Bendigamos al Señor por todo lo que hemos vivido hasta ahora, y por el nuevo
año que pone ante nuestros ojos: nuevos días por delante, nuevas oportunidades,
tiempo a nuestra disposición... Alabemos al Señor por la misericordia que ha
tenido con nosotros hasta ahora. Y también porque nos va a permitir ser también
nosotros una bendición en este nuevo año que comienza: bendición para los
hermanos y bendición para Dios mismo. Año nuevo, vida nueva, bendición de Dios.
Gal 4,4-7 es una apretada síntesis de lo que San Pablo nos enseña en
tantos otros pasajes de sus cartas: en primer lugar, nos dice que el tiempo que
vivimos es de plenitud, porque en él Dios ha enviado a su Hijo, no de cualquier
manera, sino «nacido de mujer y nacido bajo la ley», es decir, semejante en todo
a nosotros, en nuestra humanidad y en nuestros condicionamientos históricos.
Pero este abajamiento del Hijo de Dios, nos ha alcanzado la más grande de las
gracias: la de llegar a ser, todos nosotros los seres humanos, sin exclusión
alguna, hijos de Dios, capaces de llamarlo «Abba», es decir, Padre. Nuestra
condición filial fundamenta una nueva dignidad de seres humanos libres,
herederos del amor de Dios. Parecerían hermosas palabras, nada más, frente a
tantos sufrimientos y miserias que todavía experimentamos, pero se trata de que
pongamos de nuestra parte para que la obra de Jesucristo se haga realidad. Se
trata de que nos apropiemos de nuestra dignidad de hijos libres, rechazando los
males personales y sociales que nos agobian, luchando juntos contra ellos. Esto
implica una tarea y una misión: la de hacernos verdaderos hijos de Dios, a
nosotros y a nuestros hermanos que desconocen su dignidad.
Nacido de mujer, nacido bajo la ley, nos recuerda Pablo (Gál 4,4).
Nació en la debilidad, en la pobreza, fuera de la ciudad, en la cueva, porque no
hubo para ellos lugar en la posada... Nace en la misma situación que el conjunto
del pueblo, los sencillos, los humildes, los sin poder.
Este nacimiento real y concreto es asumido por Dios para abrazar en el amor a
todos los que la tradición había dejado fuera. Es la visita real de aquel que,
por simple misericordia, nos da la gracia de poder llamar a Dios con la
familiaridad de Abba -"papito"- y la posibilidad de considerar a todos
los hombres y mujeres hermanos muy amados.
En Jesús, nacido de María -la mujer que aceptó ser instrumento en las manos
de Dios para iniciar la nueva historia- todos los seres humanos hemos sido
declarados hijos y no esclavos, hemos sido declarados coherederos, por voluntad
del Padre. La bendición o benevolencia de Dios para los seres humanos da un gran
paso: Dios ya no bendice con palabras, ahora bendice a todos los seres humanos y
aun a toda la creación, con la misma persona de su Hijo, que se hace hermano de
todos. Y nadie queda marginado de su amor.
"Ha aparecido la bondad de Dios" en Jesús, y es hora de alegría estremecida,
para hacer saber al mundo -y a la creación misma- que Dios ha florecido en
nuestra tierra y todos somos depositarios de esa herencia de felicidad.
Lc 2,16-21 nos traduce en hechos reales lo que San Pablo nos dice con
palabras elevadas: el Niño que cuidan María y José y que visitan los pastores
para adorarlo, es el Hijo enviado a hacernos hijos. El Hijo que no busca en
primer lugar a los grandes y poderosos del mundo sino, muy en la línea de Lucas,
a los pequeños y a los humildes; como los pastores de Belén, que no son meras
figuras decorativas de nuestros pesebres o nacimientos, sino que eran, en los
tiempos de Jesús, personas mal vistas, con fama de ladrones, de ignorantes y de
incapaces de cumplir la ley religiosa judía. A ellos en primer lugar llaman los
ángeles a saludar y a adorar al Salvador recién nacido. Ellos se convierten en
pregoneros de las maravillas de Dios que habían podido ver y oír por sí mismos y
en su propio favor. Algo similar pasa con María y José: no eran una pareja de
nobles ni de potentados, eran apenas un humilde matrimonio de artesanos, sin
poder ni prestigio alguno. Pero María, la madre, guardaba y meditaba estos
acontecimientos en su corazón, y seguramente se alegraba y daba gracias a Dios
por ellos, y estaba dispuesta a testimoniarlos delante de los demás, como lo
hizo delante de Isabel, entonando el Magníficat.
La «maternidad divina de María», motivo oficial de la celebración litúrgica
de hoy, y uno de los tres «dogmas» marianos -si se puede hablar así- es una
formulación que hace tiempo «chirría» en los oídos de quien la escucha desde una
conciencia con una imagen de Dios adulta y crítica. Como ocurre con tantos otros
«dogmas», o tradiciones tenidas como tales, el pueblo cristiano las ha
amalgamado fantásticamente con los evangelios, llegando a pensar que provienen
directamente del evangelio.
El versículo Gál 4,4 que hoy leemos, es todo lo que Pablo dice de María; ni
siquiera cita su nombre. La maternidad divina de María en el cristianismo es,
claramente, una construcción eclesial. Los evangelios no saben nada de ella, y
no será formulada y declarada hasta el siglo V.
En este contexto, es importante desempolvar y recordar la historia de tal
«dogma», con la conocida manipulación del concilio de Éfeso, en el año 431,
cuando Cirilo de Alejandría forzó y consiguió la votación antes de que llegaran
los padres antioqueños, que representaban en el Concilio la opinión contraria.
Se dice que el Pueblo cristiano acogió con entusiasmo esta declaración mariana,
pero hay que añadir que se trata de los habitantes de la ciudad de la antigua
«Gran Diosa Madre», la originaria diosa-virgen Artemisa, Diana... La fórmula de
Éfeso, en cualquier caso, ha sido siempre tenida como sospechosa de concebir la
filiación divina y la encarnación en términos monofisitas, que hasta cosifican a
Dios, como si se pudiera procrear a Dios y no más bien a un hombre en el que, en
cuanto Hijo de Dios, Dios mismo se nos hace patente a la fe... (Para ampliar,
véase Hans Küng, Ser cristiano, Cristiandad, Madrid 1977, pág. 584ss).
El título «madre de Dios» no es bíblico, como es sabido. Para el evangelio
María es siempre, nada más y nada menos que «la madre de Jesús», título tan
entrañable, real e histórico, que acabará sepultado y abandonado en la historia
bajo un monte de otros títulos y advocaciones construidos eclesiásticamente. San
Agustín todavía no conoce himnos ni oraciones ni festividades marianas. El
primer ejemplo de una invocación directa a María lo encontramos en el siglo V,
en el himno latino Salve Sancta Parens. La Edad Media europea dará rienda
suelta a su imaginario teológico y devocional respecto de María. Mientras los
primitivos Padres de la Iglesia todavía hablan de las imperfecciones morales de
María, en el siglo XII aparece la opinión de su exención del pecado, tanto del
personal como del «original». En el mismo siglo XII aparece el Avemaría.
El ángelus en el XIII. El rosario en el XIII-XIV. El mes de María y el
mes del rosario en el XIX-XX. Los puntos culminantes de esta evolución serán la
definición de la «inmaculada concepción de María» (1854) y la definición de la
«asunción de María en cuerpo y alma al cielo» (1950). Momentos finales de este
apogeo mariano son las consagraciones del mundo al Corazón de María en 1942 y
1954, por Pío XII.
Pero todo este marianismo remitió con sorprendente rapidez con el Concilio
Vaticano II, que renunció a nuevos «dogmas» marianos, desechó la anterior
mariología «cristotípica» (característica de la escuela mariológica española
preconciliar), dando paso a una comprensión mariológica mucho más sobria,
bíblica e histórica, en la línea «eclesiotípica» (de la escuela alemana
principalmente). Aunque la veneración a María (hyper-dulía), superior a
la tributada a los santos (dulía), siempre fue distinguida teóricamente
de la dada a Dios (latría), lo cierto es que en la religiosidad popular
muchas veces María fungió como un verdadero «correlato femenino de la
divinidad», y su condición de criatura y de discípula de Jesús y miembro de la
Iglesia casi fueron olvidadas (en forma paralela a lo que ocurrió respecto de
Jesús).
Hoy, la imagen conciliar de María que la Iglesia tiene es la de «la madre de
Jesús», desmitificada, despojada de tantas adherencias fantásticas como se le
habían puesto encima a lo largo de la historia: María es una cristiana, muy
cercana a Jesús, una discípula suya, un destacado miembro de la Iglesia: la
«madre de Jesús», en un título insustituible que le da el mismo evangelio y a
cuyo uso muchos creyentes vuelven en la actualidad, prefiriéndolo al creado en
el siglo V. La Constitución dogmática Lumen Gentium, del Concilio
Vaticano II, en su capítulo octavo (nn. 52-69) ofrece todavía la mejor síntesis
de la mariología para nuestros tiempos. El Concilio Vaticano II nos sigue
marcando el camino, también en mariología.
Concluimos. Seguimos estando en tiempo de Navidad, tiempo en el que la
ternura, el amor, la fraternidad, el cariño familiar... se nos hacen más
palpables que nunca. La ternura de Dios hacia nosotros, que se expresó en el
niño de Belén, inunda nuestra vida, en las luces de colores, los adornos
navideños, los villancicos y las reuniones familiares. Todo ayuda a ello en este
tiempo todavía de Navidad. Dejemos recalar estos sentimientos en nuestro
corazón, para que perduren a lo largo de todo el año.
Al comenzar el año, al poner el pie por primera vez en este nuevo regalo
que el Señor nos hace en nuestra vida, vamos a agradecerle con todo el corazón
la alegría de vivir, la oportunidad maravillosa que nos da de seguir amando y
siendo amados, y la capacidad que nos ha dado para cambiar y rectificar.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 135 de la serie «Un tal
Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de
aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1600135
Puede ser escuchado aquí:
http://www.untaljesus.net/audios/cap135b.mp3
Para la revisión de vida
-Hacer un retiro personal (o un tiempo al menos) haciendo examen de
mi vida en el año pasado
-Participar en alguna celebración penitencial comunitaria, pedir perdón de mis
pecados y reconciliarme con Dios y con los hermanos.
-Hacerme un plan de vida al comenzar el año ("año nuevo, vida nueva").
-Seguir viviendo con el espíritu de la navidad en los diversos ambientes:
familia, barrio, trabajo, lugar de compromiso...
Para la reunión de grupo
- Ver: ¿cómo está el mundo, nuestro país, nuestro barrio...
en paz? ¿Cuáles los principales obstáculos para la paz en el mundo (país,
barrio...)?
- Cuál es actualmente la mayor amenaza para la paz y la mayor fuente de
inestabilidad en el orden internacional? ¿Por qué?
- El terrorismo, ¿es una causa original o derivada?
- La inmigración irregular masiva, ¿no depende de la falta de condiciones
mínimas para vivir en las zonas pobres? Y esta falta, ¿no depende en muy buena
parte de los países ricos (protecciones arancelarias contra los únicos productos
con los que los países pobres podrían autosostenerse con su trabajo, comercio
clamorosamente desigual, royalties abusivas, deuda externa esclavizadora,
tratados de libre comercio que extorsionan a los pobres pero son aprobados
consiguiendo la anuencia de la élite gobernante en los pueblos pobres...)?
- La imposición de la paz -confundida ahora con la «seguridad nacional»-
mediante la violencia, la persecución internacional, la suspensión de los
derechos civiles, las guerras supuestamente preventivas, las invasiones alegando
motivaciones manifiestamente falsas... ¿serán la mejor forma de conseguir la
paz? ¿Habría alguna otra mejor?
- Juzgar: ¿Cómo enjuiciar la situación del mundo a la luz de la fe? ¿Cuál
es el papel del cristiano en un mundo en tensión como el nuestro?
- Actuar: ¿Cómo tendrá que evolucionar el mundo para hacer posible la
paz? ¿Qué podemos hacer nosotros, yo mismo?
Para la oración de los fieles
- Por la paz del mundo, en esta Jornada Mundial por la Paz, par que
el Espíritu de Dios mueva los corazones de todos los hombres y mujeres hacia la
reconciliación, la tolerancia, la igualdad entre los sexos, el respeto de las
diferencias culturales, y la Justicia, de la cual es fruto la paz, roguemos al
Señor.
- Por los gobernantes de todos los países, para que aúnen esfuerzos sinceros en
favor de la paz...
- -Por las instituciones internacionales, para que evolucionen hacia formas
acordes con los nuevos tiempos mundializados que vivimos y puedan ser
instrumentos más útiles al servicio de la humanidad...
- Para que aprovechemos ahora la oportunidad que tenemos de hacer verdad en
nuestra vida el refrán: «Año nuevo, vida nueva»...
- Por nuestros hogares, para que continúen en el espíritu familiar de la
navidad...
- -Por todos los que no acabarán el año que ahora comienza, para que se
reconcilien a tiempo con la verdad de su vida...
- Por todos nuestros amigos y conocidos que nos dejaron el año que acaba de
pasar, por su eterno descanso...
- Para que se extienda en la sociedad la conciencia de la necesidad de un orden
internacional fuerte y unificado, para todo el mundo, al que todas las naciones
se sometan, sin excepciones ni privilegios ni actos de fuerza...
- Por el Foro Mundial Social, que van a celebrarse este mismo mes en Nairobi,
Kenia, con la participación de representantes de miles de organizaciones de la
sociedad civil, bajo el lema «otro mundo es posible», tan cercano al ideal
cristiano de un mundo mejor y más fraterno: para que los cristianos no dejen de
estar presentes en él, ni dejen de apoyarlo y darle seguimiento...
Oración comunitaria
*Dios de la Vida, Creador del Universo, que nos has concedido el
espacio y el tiempo para vivir desarrollar la Vida, para ser felices y hacer
felices a los demás; al comenzar un Año Nuevo te pedimos nos enseñes a calcular
nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato y vivamos responsable y
agradecidamente el don del tiempo que nos concedes. Por Jesucristo nuestro
Señor...
*Dios de la Paz, Padre y Madre de todos los hombres y mujeres, que quieres que
vivamos como hermanos en unidad fraterna. En este día que da comienzo al nuevo
año, te pedimos con todo el corazón nos concedas la Paz, don tuyo y a la vez
fruto de la Justicia, y que hagas de nosotros esforzados constructores de la
Paz, para que merezcamos la bienaventuranza que anunció Jesús, Hijo tuyo y
hermano nuestro, por los siglos de los siglos. Amén.
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