Lunes 24 de diciembre de 2007
Nochebuena. Misa de gallo
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Is 9,2-7: Un niño nos ha nacido,
un hijo nos ha sido dado
Sal 95,1-3.11-13: Hoy nos ha
nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.
Tit 2,11-14: Esperamos el día
feliz en que se manifieste nuestro Dios y Salvador.
Lc 2,1-14: Nacimiento del Niño
Jesús en Belén
Para comprender el repentino destello de luz del himno de Isaías que
escuchamos hoy, es necesario contraponerlo a la oscuridad de la sección
precedente, es decir, Is 8,21-23. En una superficie desierta y bajo un cielo
sombrío y amenazador, una caminante desesperado y anónimo, encarnación de Judá,
humillado bajo el yugo asirio, avanza fatigosamente, maldiciendo “a su rey y a
su Dios”. Alza la mirada al cielo todo es “angustia y tinieblas”, se inclina a
la tierra y todo es “aprieto y oscuridad sin salida”. El cielo contemplado y la
tierra pisoteada por los pies cansados son los polos de un universo sin vida ni
esperanza. Pero el cuadro resulta invadido de repente por la luz, en todas
direcciones, de norte (tierra de Zabulón y Neftalí, territorio de los gentiles,
o sea Galilea) a sur (el camino del mar) y oriente (al otro lado del Jordán).
Se eleva entonces un solemne coral de gloria, de luz de gozo (9,2). La luz
pone fin a las tinieblas, símbolo del caos (Gn 1,2) y la muerte, dando comienzo
así a una nueva creación. La luz es vida, es una realidad que actúa; el libro de
Isaías gusta de poner con frecuencia a las tinieblas la irrupción liberadora de
la luz (5,20; 42,16; 58,10; 59,9). El gozo que de ello brota se dibuja pintado
en dos imágenes vigorosas, el segar y la victoria militar. Es una alegría
primitiva, elemental que resume toda la existencia de una nación recogiendo los
momentos de paz y los momentos bélicos.
Las expresiones de gozo y alegría que utiliza el profeta, van apuntando al
centro y motivo del himno, al versículo 5: “Porque un niño nos ha nacido, un
hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado; es su nombre: Maravilla de
consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz” . Es el hecho
cumbre que justifica tanta alegría: “a nosotros” (Dios con nosotros, Emmanuel)
nos ha dado Dios esta criatura real. A las escenas tumultuosas precedentes
sucede ahora un ritmo dulce y suave. La entronización de este rey niño se
describe en dos fases fundamentales: la imposición del cetro y las insignias
reales y la atribución del nuevo nombre dinástico. En Egipto se acostumbraba
imponer cinco nombres al nuevo faraón en la ceremonia de coronación. A este hijo
real se le confieren en cambio cuatro títulos reales. Valiosos todos para
comprender la esperanza de Isaías que se dilata más allá de la figura concreta
del soberano que ahora sube al trono.
El punto de partida es siempre muy inmediato y realista. Los títulos indican,
en efecto, cuatro oficios cortesanos: “consejero” para la política interna,
“guerrero” que mejor se traduciría por “general”, para la defensa de la nación:
“padre”, apelativo honorífico y social del soberano, “príncipe”, por ser el
soberano hebreo siempre y solamente lugarteniente respecto del Señor, el único y
verdadero rey.
Pero a los cuatro títulos humanos acompañan cuatro especificaciones
excepcionales, más aún, divinas. La mirada pasa entonces de Ezequías al rey
mesiánico ideal que será “consejero”, pero “admirable”, como YHWH mismo según Is
28,29; será guerrero, pero poderoso como “Dios”; será “padre” pero “para
siempre, participando en la eternidad de Dios que supera la corta duración de un
reino, será “príncipe”, pero en la “paz” mesiánica, signo de los tiempos
perfectos y definitivos.
El evangelio de Lucas nos narra el nacimiento de Jesús, promesa del Padre
hecha realidad. San Lucas se cuida de rodear este nacimiento con otros
acontecimientos que le dan un especial realce, no sólo por el anuncio hecho a
María, sino por la narración de nacimiento de Juan Bautista. El nacimiento de
Jesús está rodeado de las coordenadas históricas que le dan el carácter de
hombre histórico. Lucas no quiere que a pesar de las cosas extraordinarias que
rodean este nacimiento, sus destinatarios se vayan a confundir. Aquí está el
inicio de un ser humano que viene al mundo en un tiempo concreto. En cuanto a la
coordenada espacial también el evangelista lo ubica en un lugar específico:
Belén, lugar en donde debería cumplirse todo lo anunciado por los profetas. Pero
más allá de la constatación del lugar, está la descripción de las condiciones
prácticamente infrahumanas en las cuales nace Jesús. Es que en línea con todo el
proceder de Dios a lo largo del Antiguo Testamento, su lugar y su presencia se
concreta en el lugar y en las circunstancias menos esperadas. El Dios de los
pobres no podía nacer en un palacio; el salvador no podía tener su cuna entre
quienes se creían ya salvados o creían tener su vida asegurada. El origen
humilde de Jesús en medio de los humildes es el acto que sella definitivamente
esa opción de Dios por los empobrecidos, por los ignorados de la tierra.
El anuncio del nacimiento no se hace al estilo “normal” de los grandes e
importantes anuncios; esto es, comenzando por los influyentes y poderosos. La
noticia del nacimiento se dirige primero que todo a aquellos que nunca habían
sido tenidos en cuenta para anunciarles buenas noticias, porque para el pobre,
el desclasado no hay buenas noticias... Pues aquí logra Lucas en su narración un
impacto extraordinario, el anuncio del nacimiento del Mesías esperado se dirige
primero a quienes representan los posteriores destinatarios de la obra y misión
de Jesús: los pobres, sólo ellos podrán ver a su Mesías. Sólo en un corazón de
pobre puede sentirse el impacto celestial, la esperanza en un niño apenas venido
al mundo. Cualquier poderoso se reiría de semejante despropósito: en momento en
que Israel espera un Mesías fuerte, poderoso, con autoridad, unos pastores
adoran a un niño recién nacido, y para rematar en una pesebrera!
El cuadro de la adoración de los pastores en Belén es la imagen plástica del
sentimiento veterotestamentario de los temerosos de YHWH, de los anawin, que en
su sencillez y limpieza de corazón supieron ver esa cercanía y amor materno de
Dios.
Esta noche, quizás dormido, paraliza el mundo; hace sentir en muchos
corazones la ternura más diáfana y profunda, ¿cuántos seremos capaces de
adorarlo con corazón de pobre al estilo de los pastores? ¿Cuántos seremos
capaces de escapar del ruido y el bullicio en el que se ha convertido la Navidad
para volver a encontrar en el pesebre el cumplimiento de las promesas de Dios?
Ojalá que María la del silencio, la que guardaba todas esas cosas en su corazón,
nos aleccione esta noche, y que José el “varón justo” nos enseñe también esa
virtud de la fe; que nuestra alegría no se confunda con las estridencias de esta
noche y que más bien salga desde lo más íntimo de nuestro corazón ese “gloria a
Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres y mujeres de buena
voluntad...”, himno que cada vez se hace menos perceptible a los oídos de
nuestro mundo.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 134 de la serie «Un tal
Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «En medio del campamento». El guión
del texto, y su comentario, puede ser tomado de aquí:
http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1600134
Puede ser escuchado aquí:
http://www.untaljesus.net/audios/cap134b.mp3
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