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Servicio Bíblico Latinoamericano

Semana del 2 al 8 de Diciembre de 2007 – Ciclo A
Domingo 1º del tiempo adviento

 
 
 

Recursos pastorales

Homilía de Mons. Romero del  domingo 1º de Tiempo adviento, ciclo A el  27 de Noviembre de 1977
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 

 Domingo 2 de diciembre de 2007
 1º de Adviento, ciclo A
 Bibiana / Viviana

 INICIO

Is 2,1-5: Caminemos a la luz del Señor
Salmo responsorial 121: Vamos alegres a la casa del Señor.
Rm 13,11-14: Revistámonos con las armas de la luz
Mt 24,37-44: ¡Estén preparados!

La liturgia de este domingo primero de Adviento se enfoca toda ella a plasmar en nosotros la idea de la celebración; más aún, a darnos de una vez los elementos por medio de los cuales podremos, si queremos, prepararnos de la manera más adecuada para vivir con verdadero sentido religioso y cristiano la venida de esa venida primera del Verbo hecho carne. El misterio de la Encarnación es grande en verdad, pero también es verdad que iluminados por la misma Palabra, podremos penetrarlo cada vez más, y sobre todo, podremos “explotarlo” cada vez más si tenemos en cuenta que su finalidad es la transformación de nuestra vida, humanizándola siempre más, y empujándola con nuevas energías hacia la meta trazada por el Padre: la felicidad total, completa de sus criaturas.

Se abre, pues, este tiempo de Adviento con una visión del profeta Isaías (2, 1-5) que alcanza a entrever en medio de la turbulencia política, económica, social y religiosa que le tocó vivir. La voz del profeta, de algún modo, tiene que despertar en el pueblo sencillo la esperanza de tiempos nuevos y mejores. Los pueblos todos tendrán como lugar de encuentro con su Dios, el monte del Señor; es decir, el templo de Jerusalén. Ya no será necesario que cada pueblo se erija lugares o templos distintos. La figura del templo de Jerusalén sirve al profeta para trabajar la idea de la paternidad universal de Dios que no excluye a ninguno, y que a todos ama con entrañas de misericordia (vv. 1-4a).

Pero esta época hermosa, marcada por la unidad ideal del profeta, donde Dios será Padre y Juez de todos, no vendrá por “generación espontánea”. El profeta pone también los elementos en torno a los cuales la división, los odios y la violencia tienen que ceder para dar espacio al inicio de ese futuro que espera ahí la iniciativa humana. Tenemos entonces la superación de la violencia armada convirtiendo las armas (lanzas) en podaderas o herramientas de trabajo (v. 4b). Signo claro de que el trabajo, las oportunidades iguales para todos, no puede más que redundar en paz y bienestar, donde nadie tendrá que preocuparse por adiestrarse para la guerra (v. 5). La imagen del tiempo nuevo, motivo de esperanza, pero también de esfuerzo humano, queda completada: no basta con que todos los pueblos acudan al mismo monte, al mismo templo, también tienen que esforzarse por generar un tipo de relaciones óptimas para todos. Ese es el signo de que todos caminan bajo la misma “legislación” divina o, mejor, bajo su misma paternidad, lo cual tiene que producir ese gran gozo que proclama el salmo: ¡qué alegría poder estar en la casa del Señor... ya están pisando nuestros pies...!

El mensaje de Pablo se orienta también de alguna manera a despertar aquella actitud que va de la mano con la esperanza. No se puede permanecer siempre pasivos como en una noche de sueño, es necesario empezar a mostrar frutos de esperanza, o de dignidad, los cuales contrapone el apóstol a los frutos de las tinieblas.

El evangelio que nos presenta la liturgia este domingo está tomado del “discurso escatológico” de Mateo. Se trata de una colección de dichos y sentencias de Jesús referentes a su segunda venida. Jesús enseña que su presencia es confirmación y realización de las promesas salvíficas del Padre, pero también apunta a que dicha salvación tiene que empezar a fructificar de alguna forma en sus seguidores, y que en ese empeño debe permanecer la comunidad de sus discípulos hasta que él vuelva. No se trata por tanto únicamente de ser concientes de que ya hemos recibido en Jesús el don de la salvación. Con este conocimiento y esta convicción se inicia el camino lento y, a veces difícil para el cristiano, de mantenerse en guardia, en continua actitud de manifestar en su vida los signos de la salvación.

Jesús, que conoce profundamente la mentalidad de su pueblo, previene a sus seguidores para que no repitan las mismas actitudes de la gente del tiempo de Noé. El pueblo se confió demasiado sintiéndose depositario de las promesas de Dios; saberse pueblo de la elección y de la alianza lo inflaron talvez mucho, pero no supo dar los frutos que dicho don implica. Del mismo modo, Jesús quiere que sus seguidores estén atentos y vigilantes para que no caigan en la misma tentación. Su segunda venida será primordialmente para recoger esos frutos propios de quienes viven y sienten en sus propias vidas los efectos reales de la salvación.

Así, pues, todas las lecturas de hoy, nos motivan para que revisemos la virtud de la esperanza, y al mismo tiempo nos ponen en guardia contra aquella actitud de simple “espera”. En la espera no necesariamente tengo que implicar mis energías o esfuerzos personales, pues lo que generalmente esperamos son eventos, personas o cosas que se pueden presentar o no, lo cual casi nunca depende de mí; la esperanza, por el contrario, implica todo mi empeño. Yo estoy seguro desde mi fe que el objeto de mi esperanza se realizará, y que mientras ello sucede yo debo estar en tónica de vigilancia manifiesta en mis obras.

Queda pues abierto el panorama de nuestra esperanza desde este primer domingo de adviento, y yo diría, queda abierto el interrogante sobre la calidad de mi esperanza y de la esperanza que debo sembrar en el ambiente propio donde estoy inserto.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 105 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Un cielo nuevo y una nueva tierra». El guión y su comentario puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1500105 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap105b.mp3

 

Para la revisión de vida
Hago un examen personal sobre las implicaciones de la espera y de la esperanza, y hago aplicaciones concretas a mi vida.
Al iniciar el tiempo de adviento, intento reconstruir mi vivencia del adviento anterior y elaboro un balance de mis avances y retrocesos durante el año, proponiéndome superar este año aquello que considero como estancamiento o retroceso.

 

Para la reunión de grupo
- Isaías hoy nos pone a soñar en una época nueva, pero implícitamente nos exige unos cambios que se convierten en signos de esperanza, ¿cuáles son los signos prácticos de esperanza en nuestra(s) comunidad(es).
- Detengámonos en esos signos o actitudes de esperanza y preguntémonos: ¿qué valor les damos? ¿cómo los potenciamos? ¿cómo los defendemos?
- Hablemos también de anti-signos o situaciones desesperanzadoras: ¿cómo las asumimos? ¿cómo las desenmascaramos y cómo las vamos erradicando poco a poco a través de nuestra tarea evangelizadora?


 

Para la oración de los fieles
- Para en cada comunidad sepamos despertar llenos de gozo y de esperanza a la luz de un nuevo día iluminados por la luz de Cristo. Llénanos de esperanza, Señor.
- Por todos aquellos que viven en desilusión y desesperanza, para contemplando en nosotros las actitudes de una esperanza firme, lleguen también a experimentar el gozo del evangelio. Llénanos...
- Por todos nosotros para que sepamos mantener la actitud de la vigilancia esperando activamente tu regreso. Llénanos...
- Por nuestra comunidad para que cada día sea más fiel a su vocación de ser signo de esperanza entre los hombres y mujeres que están con nosotros. Llénanos...


 

Oración comunitaria
Padre de bondad y de amor, tú nos has prometido una vida llena de felicidad. Aumenta en nosotros la fe y haz que animados por la esperanza de recibir lo prometido, sepamos mantenernos siempre activos y dispuestos a trabajar contigo en el cumplimiento de tus promesas. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo, nuestro hermano y maestro.



 Lunes 3 de diciembre de 2007
 Francisco Javier

 INICIO
Is 2,1-5: La paz perpetua
Salmo responsorial 121: Vamos alegres a la casa del Señor
Mt 8,5-11: No he visto aquí una fe igual

Tras el Sermón de la Montaña la palabra de Jesús cobra en Mateo validez y autoridad por los signos que manifiestan su misión liberadora. Y aparece este centurión de las legiones romanas: un pagano en el ámbito religioso, e instrumento del imperio opresor desde el ángulo político; sospechoso y temido por las autoridades judías y por el pueblo sencillo. Pero se acerca a Jesús con una confianza absoluta y transparente. Reconoce en él su poder sobre la enfermedad y la muerte, y pone en él toda su esperanza.

Jesús subraya su admiración por la fe de este pagano imperialista. El evangelista va mostrando de una manera pedagógica cómo las autoridades religiosas judías se van cerrando al mensaje del reino mientras los pueblos paganos e impuros van aceptando su propuesta de salvación.

También pasa entre nosotros. Nos cerramos a la novedad del reino, tal vez anclados en viejas estructuras que nos impiden derrumbar los obstáculos para que el reino de Dios irrumpa, nos cure, transforme y haga personas nuevas para un mundo nuevo.

Ojalá el Señor encuentre tanta fe en nosotros como la encontró en el centurión. Porque hay también hoy día muchos hombres y mujeres que sin ostentar el rótulo de cristianos viven mejor que nosotros los principios del Evangelio, comenzando por el del verdadero amor, que es la prueba de la fe. Porque “la fe sin obras es fe muerta” (St 2,17). Ellos están haciendo brillar la realidad del reino en medio de un mundo marcado por los contrasignos del odio, la violencia, el egoísmo y la muerte.


 Martes 4 de diciembre de 2007
Juan Damasceno – Bárbara

 INICIO
Is 11,1-10: Juzgará con justicia a los débiles
Salmo responsorial 71: Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente
Lc 10,21-24: Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven

El evangelio nos pone de nuevo en el camino hacia Jerusalén. La comunidad misionera que se había dispersado para llevar la Buena Noticia a los pueblos (Lc 10,1), se reencuentra y comparte con alegría la acogida del mensaje de Jesús (Lc 10,17).

Jesús, grita con gozo. No es un gozo superficial basado en un pequeño éxito, pues ya conoce las dificultades y las condiciones adversas a su propuesta, sino un gozo nacido del leer e interpretar la forma de actuar de Dios: “has ocultado estas cosas a los sabios”. Quienes se han afirmado en su propio poder o saber no han podido ver la novedad de Dios en Jesús. En cambio allí, a las afueras, los sencillos pobladores sin instrucción, pero con la sabiduría de la vida dura, del trabajo, de la pobreza que obliga al compartir, han acogido su mensaje. Estos hombres y mujeres acostumbrados a seguir el ritmo difícil de la siembra y a acoger a los peregrinos que van y vienen, han podido reconocer el rostro de un Dios cercano, hecho humano, campesino y pobre.

Este es el nuevo rostro de Dios que Jesús nos invita a renovar diariamente: Dios cercano, Dios pequeño, sencillo y pobre, que viene en nuestra búsqueda en las cosas simples y pequeñas de todos los días.




Miércoles 5 de diciembre de 2007
Ada – Anastasio – Sabas

 INICIO
Is 25,6-10a: Aquí está nuestro Dios, en quien esperábamos
Salmo responsorial 18: Habitaré en la casa del Señor por años sin término.
Mt 15,29-37: Me da lástima esta gente

Jesús va a Galilea y sube al monte. Desde el monte él enseñaba (Mt 5,1-11) y oraba (Mt 14,23). Su presencia ahora aquí, sobre el monte, indica que algo importante va a pasar.

La gente se acerca: posiblemente, aferrándose a su última esperanza, buscan la curación para sus enfermos. Jesús, en gestos concretos de liberación, desentraña la esencia de su proyecto. Su propuesta tiene unos destinatarios prioritarios: los excluidos: cojos, ciegos, mudos, y busca restablecer las condiciones de vida que les han sido negadas. Aun más, hace vida con ellos, los acoge en su grupo, tanto que a los tres días la comida escasea y se pone en juego la viabilidad de la propuesta. Los discípulos apelan al realismo: ¿cómo conseguir alimento suficiente? Pero Jesús siente compasión: estas personas han estado con ellos, forman parte de su vida; hay que hacer algo. Entonces el principio de realidad se complementa con el de responsabilidad: ¿cuántos panes tienen? Ustedes ¿qué pueden dar?

El Señor nos enseña a ver los problemas y sus causas, pero sobre todo, tener la creatividad y la determinación suficiente para encontrar y hacer viables soluciones y transformaciones.




 Jueves 6 de diciembre de 2007
 Nicolás de Bari

 INICIO
Is 26,1-6: Pies de pobres, pisadas de humildes
Salmo responsorial 117: Bendito el que viene en nombre del Señor.
Mt 7,21.24-27: Edificó su casa sobre roca

El evangelio nos regala una bella y bien conocida parábola que define las características del verdadero seguimiento, el que va más allá de la confesión de fe o las prácticas de piedad. De hecho Jesús antepone a la parábola una advertencia: “no todo el que me diga Señor, Señor...”, planteando de entrada un dilema para quienes le invocan.

Entonces viene la condición principal del seguimiento: “el que escucha estas palabras y las pone en práctica”. El secreto de la fe es la escucha y la práctica. Una vez más el Evangelio subraya la irrenunciable coherencia entre la palabra y los hechos que debe identificar a los verdaderos discípulos de Jesús, los que serán como aquel constructor de la parábola cuya casa resistirá lluvias, vientos y torrentes. De otro lado está otra actitud muy común: “escuchar y no practicar”; la Palabra es entonces algo externo que no penetra ni transforma la vida. Así es la insensatez de quien construye sobre arena, pues ante persecuciones, dificultades y adversidades no tendrá la fuerza para mantenerse en pie.

Jesús no pone énfasis en los materiales, sino en el cimiento que garantiza la estabilidad. El cimiento es la coherencia de vida, que se logra si permitimos que la Palabra de Dios hable a nuestra realidad, entre en ella y la transforme.




 Viernes 7 de diciembre de 2007
 Ambrosio

 INICIO
Is 29,17-24: La transformación del mundo
Salmo responsorial 26: El Señor es mi luz y mi salvación.
Mt 9,27-31: La fe iluminada de los dos ciegos

En el evangelio, dos ciegos siguen a Jesús pidiendo insistentemente ser curados de su mal. El clamor de estos dos hombres incluye una confesión de fe, pues llaman a Jesús “hijo de David”, un título que reconoce en él a alguien con características únicas y sumamente significativas para el pueblo de Israel.

No se trata de un hijo de vecina como cualquier otro, y ni siquiera de un gran profeta, sino del descendiente de David que tenía que venir; el Ungido; el “esperado de las naciones”. Este reconocimiento subraya la aceptación, por la fe, de la persona de Jesús. Y es precisamente el eje central del relato. La referencia al milagro queda relegada a un segundo plano, para resaltar la exigencia que Jesús hace a través de la pregunta “¿ustedes creen que puedo hacerlo?”.

No basta una simple declaración formal de lo que se cree; se necesita refrendar esa convicción con la vida.

La transformación de las condiciones vitales implica como punto de partida la fe; una fe que no lo explica ni arregla todo, pero que es el motor que da sentido y valor a la vida. El seguidor de Jesús, convencido de su fe, no duda en que las tareas que implica el cambio sí pueden salir adelante, porque el Señor “sí puede hacerlo”; aunque nos exige poner de nuestra parte lo que debemos. Y el discípulo no puede callar la proclamación de las maravillas que realiza Dios entre sus hijos, al estilo de los ciegos que divulgan rápidamente la noticia por toda la comarca.

Este tiempo de Adviento puede ser una gran oportunidad para nosotros como personas y como comunidades para examinar la calidad de nuestra fe.



 Sábado 8 de diciembre de 2007
 Inmaculada Concepción de María

 INICIO
Gn 3,9-15.20: Enemistad pongo entre ti y la mujer
Salmo responsorial 97: Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.
Ef 1,3-6.11-12: Nos eligió para ser santos
Lc 1, 26-38: No temas, María, que gozas del favor de Dios

El evangelio nos narra la familiar escena de la Anunciación. Esta historia ha comenzado algún tiempo atrás en Judea. Zacarías, sacerdote del Templo, y su esposa de avanzada edad han concebido un hijo (Lc 1,5-25). Ahora, Dios se fija en una joven del otro extremo de Israel.

Son dos contextos contrastantes: Zacarías recibe el anuncio en la Ciudad, en el Templo, durante el oficio divino. María lo recibe en la casa, en sus tareas cotidianas. Ella, mujer creyente, entabla un diálogo dinámico con el mensajero: se inquieta, analiza, pregunta y escucha. Sus preguntas no son las de quien duda, sino las de quien desea comprender el proyecto de Dios para con ella. Así, acoge el anuncio y se ofrece confiada: “Yo soy la servidora del Señor”.

Este anuncio revela la novedad de Dios en Jesús, que en lugar de limitar lo sagrado al templo y los oficios religiosos, desea santificar la vida con sus tareas, luchas, fiestas y fatigas. Sólo una mujer de fe podía dar este salto. Hoy se precisan personas de fe capaces de liberar a Dios de los estrechos muros del ritualismo y que sepan ver al Espíritu impulsando a hombres y mujeres de bien que día a día construyen el mundo justo y fraterno que Dios sueña.