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Servicio Bíblico Latinoamericano

Semana del 11 al 17 de Noviembre de 2007
Domingo 32º del tiempo ordinario

 
 
 

Recursos pastorales

Homilía de Mons. Romero del  domingo 32ºde Tiempo ordinario, ciclo C el 6 de Noviembre de 1977
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 

 Domingo 11 de noviembre de 2007
 32º Ordinario
 Martín de Tours

 INICIO

2M 7, 1-2.9-14: Dios mismo nos resucitará
Salmo responsorial 16: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
2Ts 2,16–3,5: El Señor los hará firmes y los preservará del Maligno
Lc 20,27-38: El no es Dios de muertos, sino de vivos

Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, los que ellos atribuían a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida, lo consideraban ideas “liberacionistas” de resentidos sociales. Para ellos no existía otra vida, la única vida que existía era la presente, y en ella eran los privilegiados; por eso, no había que esperar otra.

A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los ancianos, o sea, los jefes de las familias aristocráticas y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a fundamentar teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigada era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente por las razones expuestas anteriormente. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre.

Jesús estaba ya en la recta final de su vida. El último servicio que estaba haciendo a la Causa del Reino, y en lo que se jugaba la vida, era desenmascarar las intenciones torcidas de los grupos religiosos de su tiempo. Había declarado a los del Sanedrín incompetentes para decidir si tenían o no autoridad para hacer lo que hacían; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad: la ley de Moisés.

La posición de Jesús en este debate con los saduceos puede sernos muy iluminador para los tiempos actuales. También nosotros, como sociedad culta actual que somos, podemos reaccionar con frecuencia contra una imagen demasiado fácil de la resurrección. Cualquiera de nosotros puede recordar las enseñanzas que respecto a este tema recibió en su formación cristiana de catequesis infantil, la fácil descripción que hasta hace 40 años se hacía de lo que es la muerte (separación del alma respecto al cuerpo), lo que sería el juicio particular, el juicio universal, el purgatorio (si no el limbo), el cielo y el infierno... La teología (o simplemente la imaginería) cristiana, tenía respuestas detalladas y exhaustivas para todo. Creía saber casi todo respecto al más allá y no hacía gala precisamente de sobriedad y de medida. Muchas personas «de hoy», con cultura filosófica y antropológica (o simplemente con «sentido común actual») se rebelan, como aquellos saduceos coetáneos de Jesús, contra una imagen tan plástica, tan incontinente, tan maximalista, tan segura de sí misma.

Como a aquellos saduceos, tal vez hoy Jesús nos dice también a nosotros: no saben ustedes de qué están hablando; qué sea la resurrección no es algo que se pueda describir, ni detallar, ni siquiera «imaginar». Tal vez es un símbolo que expresa un misterio que apenas podemos intuir. Una resurrección entendida directa y llanamente como una «reviviscencia» aunque espiritual (que es como la imagen funciona de hecho en muchos cristianos formados hace tiempo), no es sostenible. Una sacudida como la que dio Jesús a los saduceos, tal vez nos vendría bien a nosotros. Antes de que nuestros contemporáneos pierdan la fe en la resurrección, sería bueno que hagamos un serio esfuerzo por purificar nuestro lenguaje sobre la resurrección y por poner de relieve su carácter mistérico. Fe sí, pero no una fe facilona, sino seria, sobria, bien formada.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 97 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El fuego de la Gehenna». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1500097
Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap97b.mp3

Para la revisión de vida
- Ante la pregunta de los saduceos, que niegan la resurrección, Jesús proclama la vida más allá de la muerte. El es la vida y la Resurrección: “quien cree en mí, aunque haya muerto vivirá. La alianza del Dios vivo es con la vida y con los hombres vivos. El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, no es un Dios de muertos, sino de vivos.¿Cómo se manifiesta en mí la vida que Jesús representa?
 

Para la reunión de grupo
- Ante la muerte nos hacemos mil preguntas y muchas de ellas son para recriminar a Dios. ¿Cómo experimentamos la “ausencia de Dios” en los momentos difíciles que genera la muerte? ¿Qué resonancia tiene en nuestra vida esta experiencia?
- La cercanía que nos han ofrecido otras personas en los momentos difíciles que genera la muerte o la que hemos mostrado nosotros mismos a los demás es, con frecuencia, el único modo de anunciar la esperanza cristiana de la resurrección.. ¿Cómo prepararnos para asumir la muerte como participación de la resurrección en Jesucristo?.
- El mundo de hoy es cada vez más agitado y vertiginoso. ¿Estamos preparados para encontrarnos cara a cara con el Señor Jesús?
 

Para la oración de los fieles
- Por la Iglesia, para que sea portadora de vida y esperanza para todos los que viven los horrores de la violencia, la guerra y la muerte.
- Por los huérfanos y las viudas que han perdido a sus seres queridos en la guerra, para que la esperanza de la resurrección se traduzca en gestos verdaderos de vida.
- Por todos los que trabajan por la Justicia y Paz, para que su voz y sus gritos solidarios generen caminos nuevos de concordia y unidad.
- Por los enfermos terminales y por los que agonizan, para que al final de sus vidas puedan descubrir la presencia de Dios como un Dios de vivos y no de muertos.
- Por los que son perseguidos y amenazados de muerte por causa del evangelio, para que la presencia de Jesús Resucitado los anime y acompañe en medio de sus dificultades.

Oración comunitaria
Padre, la esperanza en la resurrección es un don misterioso que no acabamos de comprender, y que en todas las tradiciones religiosas se expresa de mil maneras. Ilumínanos para que vivamos cada momento de nuestra vida con la certeza de que Tú nunca nos vas a abandonar y ni vas a dejar que nos perdamos. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.



 Lunes 12 de noviembre de 2007
 María de Los 33
 Josafat – Cristián

 INICIO
Sb 1,1-7: Amen la justicia, busquen al Señor de corazón
Salmo responsorial 138
Lucas 17,1-6: Auméntanos la fe

Lucas nos presenta hoy tres situaciones de vida comunitaria. La primera con que el Señor llama la atención de los discípulos es la imposibilidad de que desaparezcan los escándalos. Pero lo peor no es que existan, sino quién los produce. Se trata de aquellos líderes religiosos que por su mal comportamiento son motivo de escándalo para la comunidad, sobre todo para quienes inician su camino de fe. Y Jesús pone tal fuerza en condenar esta conducta, que usa la metáfora de tirarlos al mar con una piedra al cuello.

La segunda situación es la corrección entre los hermanos. Si un hermano peca, estamos obligados a corregirlo; y si se arrepiente, debemos perdonarlo; sin excepción. Si vuelve arrepentido siete veces, hay que perdonarlo “siete veces”, es decir, siempre; sin excepción. La corrección así entendida es camino de reconciliación y de paz; el rencor queda excluido.

La tercera situación sobre la que nos llama la atención el evangelio es la fe. Los discípulos piden al Maestro que les aumente la fe, y éste les responde con un llamado de atención: si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a una morera que se arranque y se plante en el mar, y les obedecería. Jesús les está diciendo que si aun con la poca fe que tienen pueden anunciar el reino y realizar en su nombre signos asombrosos (Lc 9,6), si tuvieran fe como un grano de mostaza, que es una de las semillas más pequeñas, podrían obrar prodigios extraordinarios. Pero no se trata de buscar prodigios sobrenaturales. Con los recursos a nuestro alcance y la fe puesta en el Señor podemos llegar a realizar verdaderas maravillas. Muchos santos lo han comprobado.


 Martes 13 de noviembre de 2007
 Diego de Sevilla – Estanislao – Leandro

 INICIO
Sb 2,23-3,9: La vida de los justos está en manos del Señor
Salmo responsorial 33: Bendigo al Señor en todo momento
Lc 17,7-10: Solamente hemos cumplido nuestro deber

La enseñanza que en este pasaje nos dirige Jesús nos ayuda a descubrir el verdadero sentido de los ministerios o servicios que se prestan en la Iglesia. Los ministerios eclesiales no son una escala jerárquica por la que se pueda ir ascendiendo en importancia y posición insustituible, de modo que cuanto más alto sea el cargo, más importante y necesario sea quien lo ejerce. Definitivamente, no. Por el contrario, el evangelio nos propone que valoremos nuestro servicio en relación con la misión que el Señor nos ha encomendado, y no con respecto a los méritos que podamos atribuirle al desempeño de la función que nos haya encomendado la Iglesia.

No es nuestro el mérito de la misión. El mérito pertenece sólo al Espíritu de Dios, que actúa de forma eficaz, y no a nuestra eficiencia empresarial. Cuando una obra sale adelante y comienza a producir frutos de solidaridad, justicia y amor, es el Señor quien allí actúa, y no la capacidad y diligencia de los servidores.

El ministro, el servidor, el apóstol y el discípulo deben reconocer que su lugar está entre los hermanos y no usurpando el del Señor y Maestro. Todos los que prestan algún servicio en la Iglesia deben estar conscientes de que su ministerio no ha sido instituido en orden al engrandecimiento o lucimiento personal, sino al crecimiento de la comunidad. Por eso, feliz la comunidad que pueda decir el día del juicio: «hemos sido simples trabajadores, solamente hemos cumplido nuestro deber»..




 Miércoles 14 de noviembre de 2007
 Humberto – Eugenio de Toledo

 INICIO
Sb 6,2-12: Aprendan sabiduría y no caigan
Salmo responsorial 81: Levántate, oh Dios, y juzga la tierra
Lc 17,11-19: ¿No fueron diez los sanados? ¿Dónde están los otros?

Los leprosos eran en la época de Jesús los seres más despreciables. Estaban proscritos y permanecían completamente aislados. Vivían en cavernas a las orillas de los camino, y comían lo que los peregrinos les arrojaban desde lejos. Eran considerados impuros y no aptos para vivir en sociedad. No podían acercarse a otra persona, bajo riesgo de morir si incumplían las prescripciones. Prácticamente, no eran considerados seres humanos.

Jesús permite que un grupo de leprosos se le acerque. Rompe con este gesto la mentalidad segregacionista que divide el mundo en puros e impuros, sacros y profanos. Jesús afronta la escena solo. Los discípulos se ausentan.

El leproso samaritano entiende que Jesús lo ha reintegrado a la comunidad humana, no importando que como leproso y extranjero fuera un doble marginado. Frente a Jesús se postra y reconoce al hombre de Galilea que ha sido su redentor.

Jesús remarca luego la falta colectiva de fe y gratitud: sólo el leproso extranjero ha demostrado una fe verdadera. Unicamente el que ha regresado reconoce que en medio del pueblo ha puesto Dios una instancia superior capaz de revertir con su palabra la aniquilación y destrucción del ser humano. La fe del hombre enfermo y marginado es la que le permite ser completamente redimido. Los otros nueve no se devuelven. Han corrido hacia sus opresores, sin valorar ni agradecer para nada a quien los ha restituido a la condición de seres humanos; sólo el extranjero se ha puesto a los pies de su Liberador.




 Jueves 15 de noviembre de 2007
 Alberto Magno - Leopoldo

 INICIO
Sb 7,22―8,1: La sabiduría, reflejo de la luz eterna
Salmo responsorial 118: Tu palabra, Señor, es eterna
Lc 17,20-25: El reino de Dios está entre ustedes

Desde que el pueblo judío regresó del exilio, las esperanzas en un rey (el Mesías) que llegara como su padre David para gobernarlo, se fueron demostrando como improbables. Los retornados empezaron así a esperar un rey que vendría al final de los tiempos, al cual precederían en esos últimos días catástrofes, guerras, pestes, hambre, carestía… Es en este contexto donde los fariseos se acercan a preguntarle a Jesús por el tiempo en que vendría el reino de Dios.

Jesús, desvirtuando la creencia común, asegura que la venida del reino de Dios no llegará en forma aparatosa, ni con signos en el cielo, guerras ni hambrunas; porque el reino ya está actuando en medio del mundo; su consumación ha empezado a realizarse con su propia llegada. Aunque muchos de sus interlocutores no han querido reconocerlo.

Pasará el tiempo, y muchos anunciarán que el Hijo del Hombre ya viene; pero no será así, porque su presencia será evidente. El reino de Dios crece desde las personas y grupos cuando nos volcamos hacia los demás. Nos vamos pareciendo así un poco más a Dios.

A veces esperamos que las soluciones a los problemas vengan desde afuera; que se impongan sin nuestra iniciativa. Pero el reino de Dios no avanza así. Esperamos “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Is 66,17;66,22;2P 3,13;Ap 21,1). Pero que el futuro sea más parecido al reino de Dios que esperamos depende de nosotros. Construirlo es tarea nuestra. La presencia del reino de Dios se hace efectiva desde el interior de cada cual y sus comunidades, en la acciones por la justicia, la dignidad humana, la solidaridad. Hay que hacerlo posible ahora mismo, sin esperar un tiempo futuro.




 Viernes 16 de noviembre de 2007
 Margarita de Escocia - Gertrudis

 INICIO
Sb 13,1-9: Por la belleza de las criaturas se descubre al Creador
Salmo responsorial 18: El cielo proclama la gloria de Dios.
Lc 17,26-37: Así se manifestará el Hijo del Hombre

El mensaje de Jesús apunta aquí a las consignas patrióticas que esparcían entre el pueblo los principales grupos de Israel. Saduceos, fariseos, zelotes y esenios sostenían que el mantenimiento o renovación de las estructuras teocráticas permitirían un desplieque paulatino del poder controlado por Roma, o al menos la supervivencia de la nación. Jesús los refuta recordando dos historias muy conocidas: el diluvio universal y la destrucción de Sodoma y Gomorra.

Las aspiraciones políticas nacionalistas impedían a la mayoría de los israelitas ver en el hombre de Nazaret al Ungido enviado de Dios. No le daban mayor importancia. Era como uno de los tantos predicadores que abundaban en Israel.

Jesús conocía muy bien las pocas propuestas alternativas al dominio que el imperio imponía a su pueblo. Sabía que las opciones nacionalistas, teocráticas o violentas de los principales grupos sólo apuraban el trago amargo. No eran verdaderas alternativas liberadoras, sino sólo el endurecimiento de viejas y anquilosadas perspectivas políticas.

Por eso, ante la ceguera de sus contemporáneos que lo ignoran, Jesús les advierte: ni porque compartan la misma cama ni el mismo trabajo se salvarán. La destrucción es inminente; y si siguen endurecidos en sus posiciones, terminarán siendo aniquilados.



 Sábado 17 de noviembre de 2007
 Isabel de Hungría

 INICIO
Sb 18,14-16;19,6-9: Los milagros del desierto
Salmo responsorial 104:: Recordad las maravillas que hizo el Señor.
Lc 18,1-8: Si el juez injusto escuchó, cómo no lo hará Dios

La idea central de esta parábola es que los discípulos deben orar siempre y sin desfallecer, y está escrita para inculcarles la importancia de este principio. Para ilustrar la idea se presenta a este juez injusto que no temía a Dios ni a los hombres. Después de mucho importunarlo decide hacerle justicia a la viuda sólo para que deje de molestarlo.

La mujer es caracterizada por su insistencia; nunca deja de ir a pedirle que haga justicia. Sin embargo Jesús no llama la atención sobre la porfía de la pobre viuda, sino sobre la actitud del juez. El énfasis no está puesto en la perseverancia de la suplica, sino en la seguridad de que ésta es atendida. Nos muestra la manera como Dios procede ante nuestros ruegos. Si aquel juez perverso se dejó convencer por los ruegos de una viuda a pesar de ser un prevaricador sin Dios ni ley, cuanto más nos atenderá Dios, que es un Padre bondadoso.

Además de dar por supuesto que hay que orar insistentemente, el evangelio nos está invitando a orar confiadamente en Dios, con la seguridad de que nuestra plegaria es escuchada. Y es que orar con la seguridad de que somos escuchados es tener presente que nuestras acciones están marcadas por Dios. Más que una oración de petición, es la seguridad de encontrar lo que se ha buscado. Resalta en el trasfondo de la historia la misericordia y el amor con que Dios nos acoge. Nos interroga además respecto de la imagen que tenemos de él y sobre nuestra confianza en su acción misericordiosa.