Domingo 11 de noviembre de 2007
32º Ordinario
Martín de Tours
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2M 7, 1-2.9-14: Dios mismo nos
resucitará
Salmo responsorial 16: Al
despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
2Ts 2,16–3,5: El Señor los hará
firmes y los preservará del Maligno
Lc 20,27-38: El no es Dios de
muertos, sino de vivos
Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús.
Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo
los primeros cinco libros de la Biblia, los que ellos atribuían a Moisés. Los
profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de
Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida, lo consideraban
ideas “liberacionistas” de resentidos sociales. Para ellos no existía otra vida,
la única vida que existía era la presente, y en ella eran los privilegiados; por
eso, no había que esperar otra.
A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los
ancianos, o sea, los jefes de las familias aristocráticas y tenían sus propios
escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a fundamentar
teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que
tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar
otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la
apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres
paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y
concesiones que agrandaban sus fortunas.
Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su
estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones
que tenían más firmemente arraigada era la fe en la resurrección, que los
saduceos rechazaban abiertamente por las razones expuestas anteriormente. Pero
muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena,
sólo que para siempre.
Jesús estaba ya en la recta final de su vida. El último servicio que estaba
haciendo a la Causa del Reino, y en lo que se jugaba la vida, era desenmascarar
las intenciones torcidas de los grupos religiosos de su tiempo. Había declarado
a los del Sanedrín incompetentes para decidir si tenían o no autoridad para
hacer lo que hacían; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de
hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el imperio romano debía dejar a
Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante
todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su
especialidad: la ley de Moisés.
La posición de Jesús en este debate con los saduceos puede sernos muy
iluminador para los tiempos actuales. También nosotros, como sociedad culta
actual que somos, podemos reaccionar con frecuencia contra una imagen demasiado
fácil de la resurrección. Cualquiera de nosotros puede recordar las enseñanzas
que respecto a este tema recibió en su formación cristiana de catequesis
infantil, la fácil descripción que hasta hace 40 años se hacía de lo que es la
muerte (separación del alma respecto al cuerpo), lo que sería el juicio
particular, el juicio universal, el purgatorio (si no el limbo), el cielo y el
infierno... La teología (o simplemente la imaginería) cristiana, tenía
respuestas detalladas y exhaustivas para todo. Creía saber casi todo respecto al
más allá y no hacía gala precisamente de sobriedad y de medida. Muchas personas
«de hoy», con cultura filosófica y antropológica (o simplemente con «sentido
común actual») se rebelan, como aquellos saduceos coetáneos de Jesús, contra una
imagen tan plástica, tan incontinente, tan maximalista, tan segura de sí misma.
Como a aquellos saduceos, tal vez hoy Jesús nos dice también a nosotros: no
saben ustedes de qué están hablando; qué sea la resurrección no es algo que se
pueda describir, ni detallar, ni siquiera «imaginar». Tal vez es un símbolo que
expresa un misterio que apenas podemos intuir. Una resurrección entendida
directa y llanamente como una «reviviscencia» aunque espiritual (que es como la
imagen funciona de hecho en muchos cristianos formados hace tiempo), no es
sostenible. Una sacudida como la que dio Jesús a los saduceos, tal vez nos
vendría bien a nosotros. Antes de que nuestros contemporáneos pierdan la fe en
la resurrección, sería bueno que hagamos un serio esfuerzo por purificar nuestro
lenguaje sobre la resurrección y por poner de relieve su carácter mistérico. Fe
sí, pero no una fe facilona, sino seria, sobria, bien formada.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 97 de la serie «Un tal
Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El fuego de la Gehenna». El guión
del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí:
http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1500097
Puede ser escuchado aquí:
http://www.untaljesus.net/audios/cap97b.mp3
Para la revisión de vida
- Ante la pregunta de los saduceos, que niegan la resurrección, Jesús
proclama la vida más allá de la muerte. El es la vida y la Resurrección: “quien
cree en mí, aunque haya muerto vivirá. La alianza del Dios vivo es con la vida y
con los hombres vivos. El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob,
no es un Dios de muertos, sino de vivos.¿Cómo se manifiesta en mí la vida que
Jesús representa?
Para la reunión de grupo
- Ante la muerte nos hacemos mil preguntas y muchas de ellas son para recriminar
a Dios. ¿Cómo experimentamos la “ausencia de Dios” en los momentos difíciles que
genera la muerte? ¿Qué resonancia tiene en nuestra vida esta experiencia?
- La cercanía que nos han ofrecido otras personas en los momentos difíciles que
genera la muerte o la que hemos mostrado nosotros mismos a los demás es, con
frecuencia, el único modo de anunciar la esperanza cristiana de la
resurrección.. ¿Cómo prepararnos para asumir la muerte como participación de la
resurrección en Jesucristo?.
- El mundo de hoy es cada vez más agitado y vertiginoso. ¿Estamos preparados
para encontrarnos cara a cara con el Señor Jesús?
Para la oración de los fieles
- Por la Iglesia, para que sea portadora de vida y esperanza para todos los que
viven los horrores de la violencia, la guerra y la muerte.
- Por los huérfanos y las viudas que han perdido a sus seres queridos en la
guerra, para que la esperanza de la resurrección se traduzca en gestos
verdaderos de vida.
- Por todos los que trabajan por la Justicia y Paz, para que su voz y sus gritos
solidarios generen caminos nuevos de concordia y unidad.
- Por los enfermos terminales y por los que agonizan, para que al final de sus
vidas puedan descubrir la presencia de Dios como un Dios de vivos y no de
muertos.
- Por los que son perseguidos y amenazados de muerte por causa del evangelio,
para que la presencia de Jesús Resucitado los anime y acompañe en medio de sus
dificultades.
Oración comunitaria
Padre, la esperanza en la resurrección es un don misterioso que no acabamos de
comprender, y que en todas las tradiciones religiosas se expresa de mil maneras.
Ilumínanos para que vivamos cada momento de nuestra vida con la certeza de que
Tú nunca nos vas a abandonar y ni vas a dejar que nos perdamos. Nosotros te lo
pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.
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