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Servicio Bíblico Latinoamericano

Semana del 14 al 20 de Octubre de 2007
Domingo 28º del tiempo ordinario

 
 
 

Recursos pastorales

Homilía de Mons. Romero del  domingo 28ºde Tiempo ordinario, ciclo C el 9 de Octubre de 1977
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 

 Domingo 14 de octubre de 2007
 28º Ordinario
 Calixto

 INICIO

2R 5,14-17: Volvió Naamán donde Eliseo, y alabó al Señor
Salmo responsorial 97: El Señor revela a las naciones su salvación.
2Tm 2,8-13: Haz memoria de Jesucristo, el Señor
Lc 17,11-19: ¿No fueron diez los sanados? ¿Dónde están los otros?

Entre samaritanos y judíos –habitantes del centro y sur de Israel, respectivamente- existía una antigua enemistad, una fuerte rivalidad que se remontaba al año 721 a.C. en el que el emperador Sargón II tomó militarmente la ciudad de Samaría y deportó a Asiria la mano de obra cualificada, poblando la región conquistada con colonos asirios, como nos cuenta el segundo libro de los Reyes (cap. 17). Con el correr del tiempo, éstos unieron su sangre con la de la población de Samaría, dando origen a una raza mixta que, naturalmente, mezcló también las creencias. "Quien come pan con un samaritano es como quien come carne de cerdo (animal prohibido en la dieta judía)", dice la Misná (Shab 8.10). La relación entre judíos y samaritanos había experimentado en los días de Jesús una especial dureza, después de que éstos, bajo el procurador Coponio (6-9 p.C.), hubiesen profanado los pórticos del templo y el santuario esparciendo durante la noche huesos humanos, como refiere el historiador Flavio Josefo Ens. obra Antigüedades Judías (18,29s); entre ambos grupos dominaba un odio irreconciliable desde que se separaron de la comunidad judía y construyeron su propio templo sobre el monte Garizín (en el siglo IV a.C., lo más tarde). Hacia el s. II a.C., el libro del Eclesiástico (50,25-26) dice: “Dos naciones aborrezco y la tercera no es pueblo: los habitantes de Seir y Filistea y el pueblo necio que habita en Siquén (Samaría)”. La palabra "samaritano" constituía una grave injuria en boca de un judío. Según Jn 8,48 los dirigentes dicen a Jesús en forma de pregunta: ¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco?

Esta era la situación en tiempos de Jesús, judío de nacimiento, cuando tiene lugar la escena del evangelio de hoy. Los leprosos vivían fuera de las poblaciones; si habitaban dentro, residían en barrios aislados del resto de la población, no pudiendo entrar en contacto con ella, ni asistir a las ceremonias religiosas. El libro del Levítico prescribe cómo habían de comportarse éstos: “El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13, 45-46). El concepto de lepra en la Biblia dista mucho de la acepción que la medicina moderna da a esta palabra, tratándose en muchos casos de enfermedades curables de la piel.

Jesús, al ver a los diez leprosos, los envía a presentarse a los sacerdotes, cuya función, entre otras, era en principio la de diagnosticar ciertas enfermedades, que, por ser contagiosas, exigían que el enfermo se retirara por un tiempo de la vida pública. Una vez curados, debían presentarse al sacerdote para que le diera una especie de certificado de curación que le permitiese reinsertarse en la sociedad.

Pero el relato evangélico no termina con la curación de los diez leprosos, pues anota que uno de ellos, precisamente un samaritano, se volvió a Jesús para darle las gracias.

Por lo demás algo parecido había sucedido ya en el libro de los Reyes, donde Naamá, general del ejército del rey sirio, aquejado de una enfermedad de la piel, fue a ver al profeta de Samaría, Eliseo, para que lo librase de su enfermedad. Eliseo, en lugar de recibirlo, le dijo que fuese a bañarse siete veces en el Jordán y quedaría limpio. Naamán, aunque contrariado por no haber sido recibido por el profeta, hizo lo que éste le dijo y quedó limpio. Cuando se vió limpio, a pesar de no pertenecer al pueblo judío, se volvió al profeta para hacerle un regalo, reconociendo al Dios de Israel, como verdadero Dios, capaz de dar vida. Este Dios, además, se manifiesta en Jesús como el siempre fiel a pesar de la infidelidad humana.

Pienso que lo sucedido al leproso del evangelio sentaría muy mal a los judíos. De los diez leprosos, nueve eran judíos y uno samaritano. Éste, cuando vió que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Estar a los pies de Jesús es la postura del discípulo que aprende del maestro. Los otros nueve, que eran judíos, demostraron con su comportamiento el olvido de Dios que tenían y la falta de educación, que impide ser agradecidos. Sólo un samaritano, el oficialmente heterodoxo, el hereje, el excomulgado, el despreciado, el marginado, volvió a dar gracias. Sólo éste pasó a formar parte de la comunidad de seguidores de Jesús; los otros quedaron descalificados.

Tal vez, los cristianos, estemos demasiado convencidos de que sólo los de dentro, los de la comunidad, los de la parroquia o iglesia somos los que adoptamos los mejores comportamientos. Con frecuencia hay gente mucho mejor fuera de nuestras iglesias. En el evangelio de hoy es precisamente uno venido de fuera, despreciado por los de dentro, el único que sabe reconocer el don recibido de Dios, dando una lección magistral a quienes, a pesar de haber sido curados, no supieron que la verdadera curación comienza con la salud del cuerpo, pero culmina en el seguimiento de Jesús que da vida a quien se acerca a él.. Aprendamos la lección del samaritano.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 89 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Los leprosos de Jenín». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400089
Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap89b.mp3

Los diez leprosos (Pedro Casaldáliga)


Eran diez leprosos. Era
esa infinita legión
que sobrevive a la vera
de nuestra desatención.

Te esperan y nos espera
en ellos Tu compasión.
Hecha la cuenta sincera,
¿cuántos somos?, ¿cuántos son?

Leproso Tú y compañía,
carta de ciudadanía
nunca os acaban de dar.

¿Qué Francisco aún os besa?
¿Qué Clara os sienta a la mesa?
¿Qué Iglesia os hace de hogar?
 

Para la revisión de vida
-¿Tengo personas en el círculo en que me muevo -o más allá- a las que he marcado para mí con una señal de segregación o marginación?
-¿Como cristianos, vivimos en actitud de acción de gracias y en alegría pascual?

Para la reunión de grupo
-  Naamán no quería poner en práctica lo que el profeta le había mandado para curarse, porque le parecía demasiado simple; él esperaba algo más complicado, incluso espectacular... ¿Ocurre esto hoy día también?
- ¿Quiénes son las personas más pobres y marginadas (los actuales "leprosos") del entorno en que vivimos? Describir los actitudes concretas con las que se les margina.
- ¿Cuál es nuestra proyección concreta hacia esos desvalidos?

Para la oración de los fieles
- Para que descubramos los motivos que tenemos para vivir en "continua acción de gracias", roguemos al Señor
- Por los modernos "leprosos", los que la sociedad evita... para que nuestra fe rompa con esa imposición social y demos testimonio de una fraternidad que salta fronteras y separaciones...
- Para que, como Jesús, estemos atentos a recibir la sorpresa de la gratitud del extranjero, del pagano, del no creyente... y para que nosotros mismos seamos siempre agradecidos...
- Para que los cristianos defiendan el derecho de los pobres a buscar mejores condiciones de vida fuera de sus fronteras, cuando a los capitales de sus países nunca se les opuso resistencia para su fuga, y cuando el mercado libre proclama la igualdad de oportunidades...
- Para que, como recomienda Pablo a Timoteo, "hagamos memoria permanente de Jesús", y hagamos memoria también de quienes le siguieron fielmente, especialmente de los mártires de estas últimas décadas...
- Para que prolonguemos nuestra "eucaristía" (nuestra "acción de gracias") durante toda la semana que comenzamos...
 

Oración comunitaria
Dios Padre Nuestro, que en Jesús nos has mostrado tu voluntad de que se rompan las barreras y fronteras que nos separan, de que los "leprosos" de todos los tiempos sean curados y se integren a la comunidad; danos una actitud abierta y acogedora como la suya, que destruya los efectos de la marginación y nos ayude a construir una ciudad humana para todos, de hijos de Dios, hermanos y hermanas sin distinción. Por Jesucristo Nuestro Señor.



 Lunes 15 de octubre de 2007
 Teresa de Avila

 INICIO
Eclo 15,1-6: La sabiduría le dará un nombre perdurable
Salmo responsorial 88
Mt 11,25-30: Aprendan de mí, que soy tolerante y humilde de corazón

La vida de Teresa de Ávila es insólita y sorprendente. De una niña enfermiza y temerosa surge una mujer decidida y emprendedora. Su voz casi anónima se convierte en una de las más famosas de la lengua castellana. Las reformas que ella introduce en su pequeño convento anteceden a las grandes reformas gregorianas que transforman la Iglesia.

Teresa elabora una teología mística, profunda y apasionada, no como esos tratados escolásticos fríos y matemáticos que estaban de moda en esa época. Sus propuestas están animadas por una espiritualidad del amor y de la entrega incondicional. Sus poemas tienen un ritmo y una vitalidad desbordante.

El evangelio de Mateo nos ayuda a comprender que los grandes valores de la vida cristiana nacen de la mansedumbre y la humildad. Teresa hizo de estas dos propuestas el eje de su espiritualidad. Ella comprendió que la grandeza del Evangelio no está en la erudición o en el lenguaje sofisticado, sino en la capacidad de comunicar abiertamente el amor por la vida. La poesía de Teresa de Ávila rezuma de sencillez y profundidad, y en la actualidad el pueblo sencillo se descubre aún en sus palabras. Démoles paso a los versos de Teresa en nuestras vidas:


Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.


 Martes 16 de octubre de 2007
 Eduvigis – Margarita Mª de Alacoque

 INICIO
Rm 1,16-25: Alardeando de sabios, resultaron unos necios
Salmo responsorial18: El cielo proclama la gloria de Dios
Lc 11,37-41: Por dentro están llenos de robos y malicia

El evangelista Lucas nos presenta un enfrentamiento típico entre Jesús y los fariseos. El problema parece, a primera vista, un asunto puramente ritual; sin embargo, la enseñanza de Jesús va más allá.

La obligación de ‘purificar’ los platos, lavarse las manos hasta el codo y observar unas ciertas normas de higiene había pasado del plano de la salud al campo de la moral. A nosotros se nos hace difícil entender hoy cuál era la relación entre la limpieza física y los problemas morales. Pero, si lo pensamos desde el punto de vista de la mentalidad imperante en esa época, nos daremos cuenta de que en las mentes puritanas las mínimas transgresiones a los rituales prescritos para el culto se convertían en faltas graves. Pero lo que no decían los fariseos era que esos preceptos eran obligatorios únicamente para los sacerdotes durante las ceremonias. En la vida cotidiana del mercado, de la calle, de la ciudad y el campo era imposible complicarse con tantas normas inútiles.

La exigencia de Jesús traslada el problema del ámbito ritual al ético: el deber religioso no se refiere a las normas de higiene, sino a la capacidad de solidarizarse con los necesitados. A esto se refiere cuando dice: “den, más bien, como limosna lo que tienen, y todo será puro”. Porque la única limpieza posible es la de una conciencia abierta al prójimo necesitado.




 Miércoles 17 de octubre de 2007
 Ignacio de Antioquía

 INICIO
Rm 2,1-11: A los que han perseverado, les dará vida eterna
Salmo responsorial 61: Tú, Señor, pagas a cada uno según sus obras.
Lucas 11,42-46: ¡Ay de ustedes, fariseos!

Las diatribas del Señor contra fariseos y doctores de la Ley no se deben a que rechace las leyes. Él y sus discípulos no descuidan la observancia racional de la Ley. Rechazan la hipocresía de un cumplimiento rigorista sólo externo y llevado hasta el absurdo, sin una auténtica relación con el amor a Dios, traducido en justicia, compasión, solidaridad y amor al prójimo.

Los adversarios de Jesús buscan mostrarse como perfectos cumplidores de la Ley y modelos de observancia. Y así buscan los primeros puestos y el aplauso de los demás. Pero en realidad se buscan a sí mismos; los mueve la autosuficiencia del que se cree perfecto y superior a los demás, y por dentro está lleno de podredumbre.

Fariseos y maestros de la Ley han olvidado que no es el cumplimiento frío de las leyes lo que identifica ante Dios la santidad, sino la verdadera relación y alianza íntima con él por la que se reciben sus preceptos para traducirlos en una búsqueda auténtica de la justicia, de la solidaridad, del reconocimiento igualitario y el amor a los demás.

La imagen del dios legalista, rigorista, inhumano, vigilante y retributivo que los maestros de la Ley han creado con su conducta y enseñanzas, está lejos del Dios del reino, del Dios revelado, del Dios de la Alianza, que es amor, perdón, misericordia, ternura infinita para con todos los seres humanos.

También a nosotros nos pudo llegar -por familia, educación, o acaso por la catequesis...- una imagen de Dios hecha de temor más que de amor. Si es así, ¿hemos aprendido a reconocer y practicar la verdadera alianza con Dios-Amor?




 Jueves 18 de octubre de 2007
 Lucas, evangelista

 INICIO
2Tm 4, 10-17: Sólo Lucas está conmigo
Salmo responsorial 144: Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado
Lc 10, 1-9: La misión de los setenta y dos

Poco se conoce de los autores de los evangelios. Ellos no escribieron para darse a conocer, sino para ‘dar a conocer’ una verdad, un testimonio. Los evangelios no fueron escritos por los inmediatos seguidores de Jesús, sino por las generaciones sucesivas que descubrieron la importancia de conservar los testimonios de los apóstoles, discípulos y discípulas de Jesús. Además procuran comunicar estas verdades de manera sugerente y atractiva, como ya el mismo Jesús lo había hecho.

Hoy celebramos la fiesta del autor del tercer evangelio, a quien de acuerdo a la tradición damos el nombre de ‘Lucas’. Parece que ejerció como médico y acompañó a Pablo en algunos de sus viajes misioneros. Se tienen algunos indicios de la presencia de este evangelista en los últimos días de cárcel del apóstol Pablo.

Lucas escribió dos magníficas obras. La primera, su evangelio, está concentrada en la figura de Jesús, reconstruyendo e interpretando los antecedentes del bautismo (Lc 1-2) y el efecto de la Resurrección en la Iglesia (Lc 24). La segunda obra (Hechos) muestra el despliegue del Evangelio, que parte de Jerusalén y llega a Roma a través de las emblemáticas figuras de Pedro y Pablo. Las dos obras están dedicadas a un cristiano de nombre Teófilo, que seguramente patrocinó la primera publicación de los libros.




 Viernes 19 de octubre de 2007
 Juan de Brébeuf, Isaac Jogues y comps. mrs

 INICIO
Rm 4,1-8: Abraham creyó, y Dios lo anotó a su favor
Salmo responsorial 31: Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.
Lc 12, 1-7: No tengan miedo a los que matan el cuerpo

Una gran multitud acude a escuchar a Jesús. Pero él no confía en los espectáculos multitudinarios. Por eso advierte a sus discípulos que no se entusiasmen por tanta gente reunida, pues el objetivo no es la popularidad o el brillo personal, sino la coherencia. Por eso, antes de lanzarse a una gran predicación, los hace tomar conciencia de las exigencias que tiene el anuncio de la Buena Nueva.

Los previene así de que no se dejen tentar por el espectáculo de los fariseos, que el pueblo, y también los discípulos, se sentían movidos a imitar. Es que los fariseos encarnaban el ideal de la más conservadora piedad judía: cumplían todos los ritos, pagaban todos los impuestos y tenían un gran conocimiento de la Ley. Pero Jesús pone en guardia a su comunidad contra esta eficacia que puede llevarlos a pensar que vivir la voluntad de Dios se reduce a conocer la Ley y a llevar un uniforme vistoso.

La levadura de los fariseos es la distorsión de una piedad que se erige a sí misma como modelo de perfección, olvidando que la voluntad de Dios no es el narcisismo o el engreimiento personal, sino el servicio generoso y desinteresado a los más pequeños.

El auténtico cristiano debe ser consciente del peligro que implican los modelos de perfección basados en una piedad individualista o sectaria. El modelo de vida cristiana no es otro que Jesús, siempre abierto a los demás y disponible para el servicio y la acogida.



 Sábado 20 de octubre de 2007
 Irene – Laura – Adelina

 INICIO
Rm 4,13.16-18: Abraham creyó contra toda esperanza
Salmo responsorial 104:  El Señor se acuerda de su alianza eternamente.
Lc 12,8-12: “A quien me reconozca, yo lo reconoceré”

Jesús ha llamado a la comunidad de discípulos para que sean sus testigos y no sus abogados. El no necesita que lo defiendan. Por eso la labor de los discípulos no es luchar contra los que no creen en él, sino dar un testimonio creíble de su presencia entre los seres humanos.

Para creer en Jesús de Nazaret no basta, sin embargo, con pensar que él es el Hijo del Padre, que es presencia de Dios entre los humanos. Es necesario además creer en lo que él creyó y amar como él amó.

Jesús creía profundamente en el valor y la dignidad de la persona humana; en la posibilidad de que el reinado de Dios se manifestara en el mundo por medio de la justicia y la igual dignidad de las personas. Creía en que todos debemos participar de la misma mesa, por lo que no debería haber excluidos ni marginados. Esta fe de Jesús en una nueva humanidad era la expresión de su fe en Dios Padre.

Una fe que se manifestó en su inmenso amor por los necesitados, oprimidos y marginados, mediante obras; no sólo en palabras. Un amor sin medida por sus amigos y discípulos, y amor por todos aquellos que carecían de afecto y comprensión. Por eso, creer hoy en Jesús no puede ser sólo un acto de aceptación verbal, sino, ante todo, un acto de solidaridad y adhesión práctica a su propuesta: creyendo en lo que él creyó, amando a quienes él amó, y actuando en consecuencia como él actuó.