Domingo 14 de octubre de 2007
28º Ordinario
Calixto
INICIO
2R 5,14-17: Volvió Naamán donde
Eliseo, y alabó al Señor
Salmo responsorial 97: El Señor
revela a las naciones su salvación.
2Tm 2,8-13: Haz memoria de
Jesucristo, el Señor
Lc 17,11-19: ¿No fueron diez los
sanados? ¿Dónde están los otros?
Entre samaritanos y judíos –habitantes del centro y sur de Israel,
respectivamente- existía una antigua enemistad, una fuerte rivalidad que se
remontaba al año 721 a.C. en el que el emperador Sargón II tomó militarmente la
ciudad de Samaría y deportó a Asiria la mano de obra cualificada, poblando la
región conquistada con colonos asirios, como nos cuenta el segundo libro de los
Reyes (cap. 17). Con el correr del tiempo, éstos unieron su sangre con la de la
población de Samaría, dando origen a una raza mixta que, naturalmente, mezcló
también las creencias. "Quien come pan con un samaritano es como quien come
carne de cerdo (animal prohibido en la dieta judía)", dice la Misná (Shab 8.10).
La relación entre judíos y samaritanos había experimentado en los días de Jesús
una especial dureza, después de que éstos, bajo el procurador Coponio (6-9 p.C.),
hubiesen profanado los pórticos del templo y el santuario esparciendo durante la
noche huesos humanos, como refiere el historiador Flavio Josefo Ens. obra Antigüedades
Judías (18,29s); entre ambos grupos dominaba un odio irreconciliable desde
que se separaron de la comunidad judía y construyeron su propio templo sobre el
monte Garizín (en el siglo IV a.C., lo más tarde). Hacia el s. II a.C., el libro
del Eclesiástico (50,25-26) dice: “Dos naciones aborrezco y la tercera no es
pueblo: los habitantes de Seir y Filistea y el pueblo necio que habita en Siquén
(Samaría)”. La palabra "samaritano" constituía una grave injuria en boca de un
judío. Según Jn 8,48 los dirigentes dicen a Jesús en forma de pregunta: ¿No
tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco?
Esta era la situación en tiempos de Jesús, judío de nacimiento, cuando tiene
lugar la escena del evangelio de hoy. Los leprosos vivían fuera de las
poblaciones; si habitaban dentro, residían en barrios aislados del resto de la
población, no pudiendo entrar en contacto con ella, ni asistir a las ceremonias
religiosas. El libro del Levítico prescribe cómo habían de comportarse éstos:
“El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y
despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la
afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del
campamento” (Lv 13, 45-46). El concepto de lepra en la Biblia dista mucho de la
acepción que la medicina moderna da a esta palabra, tratándose en muchos casos
de enfermedades curables de la piel.
Jesús, al ver a los diez leprosos, los envía a presentarse a los sacerdotes,
cuya función, entre otras, era en principio la de diagnosticar ciertas
enfermedades, que, por ser contagiosas, exigían que el enfermo se retirara por
un tiempo de la vida pública. Una vez curados, debían presentarse al sacerdote
para que le diera una especie de certificado de curación que le permitiese
reinsertarse en la sociedad.
Pero el relato evangélico no termina con la curación de los diez leprosos,
pues anota que uno de ellos, precisamente un samaritano, se volvió a Jesús para
darle las gracias.
Por lo demás algo parecido había sucedido ya en el libro de los Reyes, donde
Naamá, general del ejército del rey sirio, aquejado de una enfermedad de la
piel, fue a ver al profeta de Samaría, Eliseo, para que lo librase de su
enfermedad. Eliseo, en lugar de recibirlo, le dijo que fuese a bañarse siete
veces en el Jordán y quedaría limpio. Naamán, aunque contrariado por no haber
sido recibido por el profeta, hizo lo que éste le dijo y quedó limpio. Cuando se
vió limpio, a pesar de no pertenecer al pueblo judío, se volvió al profeta para
hacerle un regalo, reconociendo al Dios de Israel, como verdadero Dios, capaz de
dar vida. Este Dios, además, se manifiesta en Jesús como el siempre fiel a pesar
de la infidelidad humana.
Pienso que lo sucedido al leproso del evangelio sentaría muy mal a los
judíos. De los diez leprosos, nueve eran judíos y uno samaritano. Éste, cuando
vió que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por
tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Estar a los pies de Jesús es la
postura del discípulo que aprende del maestro. Los otros nueve, que eran judíos,
demostraron con su comportamiento el olvido de Dios que tenían y la falta de
educación, que impide ser agradecidos. Sólo un samaritano, el oficialmente
heterodoxo, el hereje, el excomulgado, el despreciado, el marginado, volvió a
dar gracias. Sólo éste pasó a formar parte de la comunidad de seguidores de
Jesús; los otros quedaron descalificados.
Tal vez, los cristianos, estemos demasiado convencidos de que sólo los de
dentro, los de la comunidad, los de la parroquia o iglesia somos los que
adoptamos los mejores comportamientos. Con frecuencia hay gente mucho mejor
fuera de nuestras iglesias. En el evangelio de hoy es precisamente uno venido de
fuera, despreciado por los de dentro, el único que sabe reconocer el don
recibido de Dios, dando una lección magistral a quienes, a pesar de haber sido
curados, no supieron que la verdadera curación comienza con la salud del cuerpo,
pero culmina en el seguimiento de Jesús que da vida a quien se acerca a él..
Aprendamos la lección del samaritano.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 89 de la serie «Un tal
Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Los leprosos de Jenín». El guión del
capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí:
http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1400089
Puede ser escuchado aquí:
http://www.untaljesus.net/audios/cap89b.mp3
Los diez leprosos (Pedro Casaldáliga)
Eran diez leprosos. Era
esa infinita legión
que sobrevive a la vera
de nuestra desatención.
Te esperan y nos espera
en ellos Tu compasión.
Hecha la cuenta sincera,
¿cuántos somos?, ¿cuántos son?
Leproso Tú y compañía,
carta de ciudadanía
nunca os acaban de dar.
¿Qué Francisco aún os besa?
¿Qué Clara os sienta a la mesa?
¿Qué Iglesia os hace de hogar?
Para la revisión de vida
-¿Tengo personas en el círculo en que me muevo -o más allá- a las que he
marcado para mí con una señal de segregación o marginación?
-¿Como cristianos, vivimos en actitud de acción de gracias y en alegría pascual?
Para la reunión de grupo
- Naamán no quería poner en práctica lo que el profeta le había mandado
para curarse, porque le parecía demasiado simple; él esperaba algo más
complicado, incluso espectacular... ¿Ocurre esto hoy día también?
- ¿Quiénes son las personas más pobres y marginadas (los actuales "leprosos")
del entorno en que vivimos? Describir los actitudes concretas con las que se les
margina.
- ¿Cuál es nuestra proyección concreta hacia esos desvalidos?
Para la oración de los fieles
- Para que descubramos los motivos que tenemos para vivir en "continua acción de
gracias", roguemos al Señor
- Por los modernos "leprosos", los que la sociedad evita... para que nuestra fe
rompa con esa imposición social y demos testimonio de una fraternidad que salta
fronteras y separaciones...
- Para que, como Jesús, estemos atentos a recibir la sorpresa de la gratitud del
extranjero, del pagano, del no creyente... y para que nosotros mismos seamos
siempre agradecidos...
- Para que los cristianos defiendan el derecho de los pobres a buscar mejores
condiciones de vida fuera de sus fronteras, cuando a los capitales de sus países
nunca se les opuso resistencia para su fuga, y cuando el mercado libre proclama
la igualdad de oportunidades...
- Para que, como recomienda Pablo a Timoteo, "hagamos memoria permanente de
Jesús", y hagamos memoria también de quienes le siguieron fielmente,
especialmente de los mártires de estas últimas décadas...
- Para que prolonguemos nuestra "eucaristía" (nuestra "acción de gracias")
durante toda la semana que comenzamos...
Oración comunitaria
Dios Padre Nuestro, que en Jesús nos has mostrado tu voluntad de que se rompan
las barreras y fronteras que nos separan, de que los "leprosos" de todos los
tiempos sean curados y se integren a la comunidad; danos una actitud abierta y
acogedora como la suya, que destruya los efectos de la marginación y nos ayude a
construir una ciudad humana para todos, de hijos de Dios, hermanos y hermanas
sin distinción. Por Jesucristo Nuestro Señor.
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