Domingo 16 de septiembre de 2007
Domingo 24º del tiempo ordinario
Cornelio y Cipriano
INICIO
Ex 32,7-11.13-14: El Señor se
arrepintió de la amenaza que había pronunciado
Salmo responsorial 50: Me pondré
en camino adonde esta mi padre.
1Tm 1,12-17: Jesús vino al mundo
para salvar a los pecadores
Lc 15,1-32: Su padre, corriendo,
se le echó al cuello y le besó
Los cristianos en las circunstancias actuales andamos desconcertados. Una ola
creciente de materialismo nos invade, han muerto casi todas las viejas utopías,
una política monetarista y de realismo a ultranza se impone a todos los niveles;
la sociedad se seculariza a marchas forzadas, parece como si en ella la barca de
Pedro –la iglesia, comunidad de comunidades- fuera a hundirse. Y ante esto, los
que todavía nos encontramos en el redil tenemos la tendencia a replegarnos para
formar un círculo cerrado. Muchos se han ido, y los hemos despedido con tristeza
y resignación. Otros no entran en el aprisco, porque el panorama no les atrae.
Quedamos unos pocos que, replegados sobre nosotros mismos, nos dedicamos a
salvar-conservar lo que nos queda, ya que mucho se ha perdido. Da la impresión
de que se han ido las noventa y nueve ovejas, quedando sólo una, a cuya atención
y conservación estamos dedicados por entero.
Dos parábolas del evangelio de Lucas, la de la oveja perdida y la de la mujer
que perdió la moneda, y una tercera, la del hijo pródigo, invitan a un cambio de
táctica y de estrategia pastoral.
Por muy malos tiempos que corran, por mucha adversidad que nos rodee, por muy
grande que sea la ola de secularismo que nos invada, los cristianos no podemos
dedicarnos a conservar lo que tenemos, pues cada vez iremos a menos. La actitud
cristiana tiene que ser arriesgada, aunque no insensata: hay que dejar a buen
recaudo lo que ya tenemos y salir del aprisco para buscar la oveja perdida; hay
que barrer la casa para encontrar la moneda que se escondió entre las ranuras de
las piedras del suelo; hay que recibir con brazos abiertos al hijo que se fue y,
cuando esto suceda, hay que hacer una fiesta grande.
Lo que sucede es que, con frecuencia, no estamos dispuestos a esto. Nos
resulta incómodo salir a buscar la oveja perdida o barrer toda la casa para
hallar una sola moneda. Nos parecemos al hijo mayor de la parábola que prefería
la ausencia de su hermano y no vio con buenos ojos la acogida del padre. Aquel
hijo mayor no aprendió lo fundamental. Mientras en una familia falta un hermano,
la familia está rota. No es posible ni la alegría ni la fiesta, o éstas son
pasajeras e incompletas. El plan de Dios de restaurar la familia humana,
dividida desde Caín, exige una capacidad inmensa de olvido y de perdón. Y él no
estaba dispuesto a perdonar, porque tampoco había aprendido a amar. Quien ama,
perdona siempre, excusa siempre, olvida siempre. Por eso necesitó la lección
magistral del padre, imagen de Dios, que acogió al hermano menor, mandó vestirlo
de las mejores ropas, y organizó una fiesta por su vuelta.
Tal vez por esto nuestras comunidades no tengan mucha alegría: hay tantos
hermanos que faltan... Falta tanto interés por ir a su búsqueda y acogerlos a su
vuelta... No es extraño que, con esa estrategia de conservar y cuidar lo que
tenemos, antes o después lo perdamos todo.
La promesa de Dios a Abrahán, recordada en la primera lectura de este
domingo, sigue vigente: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas
del cielo…” Dios habla de multiplicar y no de dividir o venir a menos. Ese Dios
–que está dispuesto incluso a perdonar a su pueblo, que mientras Moisés subió al
monte, se olvidó de Dios- mantiene su palabra. Pero esta promesa requiere –para
que se haga realidad- nuestra participación activa, buscando la oveja y la
moneda perdidas y acogiendo al hermano que se ha ido, pero vuelve arrepentido.
Nuestra comunidad tiene que ser extrovertida por naturaleza. Pablo, en la
segunda lectura, da gracias a Dios, porque ha experimentado en él mismo su
compasión y perdón, confiándole el ministerio de anunciar el evangelio a los
paganos, esos que no es que se hayan ido, sino que no han pertenecido nunca a la
comunidad, y a los que hay que anunciar el evangelio. No podemos quedarnos
encerrados en nosotros mismos, tenemos que salir a buscar a quienes se han ido o
a los que nunca han oído el mensaje del Señor para invitarlos a la fiesta de la
comunidad.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 34 de la serie «Un tal
Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión del capítulo, y su comentario, puede
ser tomado de aquí:
http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1200034
Puede ser escuchado aquí:
http://www.untaljesus.net/audios/cap34b.mp3
Para la revisión de vida
- ¿Cómo puedo vivir yo la misericordia de Dios, de la que nos hablan estas
parábolas?
¿Y cómo puedo yo vivir esa misericordia a escala histórica, en la construcción
de la historia, es decir, ejerciendo la misericordia con los pueblos
crucificados, tomando posición en el drama histórico que los crucifica?
Para la reunión de grupo
- Jesús, que en estas parábolas nos habla de la misericordia de Dios Padre, fue
él mismo reflejo y revelación de esa misericordia. Enumerar los gestos de Jesús
que nos evocan su misericordia.
- Orígenes decía: "Dios es aquello que una persona pone por encima de todo lo
demás". ¿Cuál puede ser hoy la idolatría más común?
- Estudiar y comentar el artículo de Jon Sobrino sobre "la Iglesia Samaritana y
el principio misericordia" (http://servicioskoinonia.org/relat/192.htm)
Para la oración de los fieles
- Para que nuestra comunidad cristiana no excluya ni margine a nadie, sino que
viva profundamente la actitud misericordiosa que Jesús propone, roguemos al
Señor...
- Por todos lo que no tienen trabajo, que viven desempleados, que han sido
excluidos del mundo laboral... para que no se resignen a la pasividad, sino que
pongan sus energías al servicio de la transformación de esta sociedad que les
excluye...
- Para que no caigamos en la idolatría de adorar el becerro de oro, la idolatría
de poner la consecución del dinero y la riqueza por encima de todo otro valor...
Oración comunitaria
Dios Padre y Madre de misericordia, que dejas a las noventa y nueve ovejas y te
vas a buscar a la oveja extraviada: danos la gracia de imitarte con entrañas de
verdadera misericordia en nuestra vida. Por Jesucristo nuestro Señor.
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