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AUTOR: Anónimo
 
AGENDA LATINOAMERICANA AÑO: 1993

La conquista de la Naturaleza


Antes de Colón, América era una tierra de espesos bosques antiguos que cubrían costas y montañas por igual, con miles de especies de plantas y de animales hoy desconocidas. Hasta que los europeos comenzaron a colonizar el mundo no había ocurrido ningún cambio físico permanente que afectara a toda la tierra en 500 millones de años. La difusión de la tecnología e ideología europeas durante los pasados 500 años es comparable a un aumento en el influjo de rayos cósmicos o al levantamiento de nuevas cadenas enteras de Andes e Himalayas. Prácticamente nada queda igual.

Colón y quienes lo siguieron no vinieron solos. Con ellos trajeron plantas, animales y bacterias, los cuales encontraron pocos o ningún predator natural y se propagaron con una rapidez asombrosa. En el transcurso de cincuenta años el proceso de aniquilar las formas de vida indígenas -comenzando por la gente nativa, pero sin acabar en ella- fue irreversible. Cerdos, vacas y caballos europeos literalmente pisotearon las especies americanas hasta su desaparición. Los cultivos europeos, el azúcar, café y bananas que los europeos introdujeron, empujaron a las plantas nativas a tierras marginales, donde pelearon y perdieron la batalla con las malezas europeas.

La «europeización» de la flora y fauna americanas no fue el subproducto accidental del contacto entre el Viejo Mundo y el Nuevo. Fue un objetivo central de la Conquista: proveer a los conquistadores de los alimentos y bestias de carga a los que estaban acostumbrados; debilitar la resistencia de los pueblos nativos; y lo más importante: proporcionar a Europa los bienes que codiciaba.

La plantación fue la forma organizada que tomó este proceso: la tierra fue desbrozada, una especie extranjera fue introducida allí donde no existían predatores, y todas las especies que no conducían a la economía del monocultivo eran perseguidas y a menudo exterminadas. Para producir azúcar, los bien desarrollados ecosistemas de las llanuras costeras de las islas caribeñas y de Brasil fueron devastados por la deforestación y la irrigación. Para producir café, las tierras bajas al pie de los montes boscosos de Colombia, Venezuela, Centroamérica, la islas caribeñas y la meseta de São Paulo fueron arrastradas y «reforestadas». El ganado de pastoreo -pastando hasta en los prados del norte de México y del centro de Norteamérica, la pampa sudamericana y los llanos venezolanos- tuvo un efecto similarmente drástico. Después de a II Guerra Mundial los bosques costeños de Centroamérica fueron derribados para dar paso al algodón.

En México, Perú, Bolivia y más adelante en Brasil, Chile y otras partes, la minería fue la causa más grande del cambio ambiental. Elisabeth Dore escribe de bosques talados para proporcionar madera para túneles, pozos mineros, barcos y pastaderos para animales de carga. Los antiguos sistemas de irrigación y los andenes terraplenados que conservaban el humus precioso fueron abandonados cuando comunidades enteras de nativos se desvanecieron en los campos de muerte en que se convirtieron las minas, o en emigraciones prolongadas huyendo de ese destino. El amplio uso de mercurio después de 1570 saturó los ríos y los terrenos. Para principios de este siglo, las emisiones tóxicas de fundiciones y refinerías estaban dejando grandes áreas virtualmente estériles. Para 1960 la minería estaba moviendo montañas, desviando enormes ríos, creando ciudades enteras en selvas despobladas y provocando una contaminación gigantesca.

La historia natural nunca fue totalmente independiente de la historia política. Hoy el grado y el paso de la actividad humana las ha hecho inseparables. La conquista de la Naturaleza y la de América son dos aspectos del mismo proceso. De modo semejante, en los años recientes se están juntando las luchas para terminar la dominación nacional y de clase y las luchas que buscan prevenir la eco-catástrofe que se avecina por el horizonte de América Latina. Los movimientos populares de los pueblos nativos, campesinos y pobres de las ciudades están adoptando de modo creciente programas explícitamente medioambientales. Quizá podamos inyectar una nota de esperanza en esta sombría historia, pues solamente una política contraria podría poner punto final a los 500 años de conquista.

 

 


 



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