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AUTOR: Curas en la Opción por los pobres
 
AGENDA LATINOAMERICANA AÑO: 2011

La religiosidad popular

Curas en la Opción por los pobres


Decir que en América, Dios llegó antes que el misionero, ya es un lugar común. Y no es nada diferente a lo que ya el mártir san Justino llamaba «semillas del Verbo», para hablar de los muchos elementos en común que veía entre los filósofos griegos y las Escrituras. Hasta el punto de que más de uno fue comparado con los profetas bíblicos. Esto no es, por otra parte, diferente de lo que han llamado los «trascendentales del ser», donde se afirma que en la verdad, la unidad, la belleza, «el ser» aparece de alguna manera.

No podía ser, sino obvio, que tanta verdad, belleza, tanto espíritu se fuera haciendo «uno» con el Evangelio, las más de las veces, más allá y lejos del control que «la Iglesia» podía tener sobre la «religión». Mientras la Iglesia romana proponía e imponía modelos europeos de vivir la fe, los «pobres de la tierra» fueron encontrando resquicios y rendijas para encontrarse con Dios y vivir su fe en su propia lengua, con su propia cultura. Fue, así, dándose una síntesis profunda que ha marcado la cultura desde la raíz, y ha seguido floreciendo con los siglos. Es verdad que desde sectores «ilustrados» y «europeos» han mirado con desprecio etnocéntrico todo esto: «no se puede comparar la filosofía griega con los mitos mayas o incas», o «eso es sincretismo»... sin que nos quede claro por qué un obelisco egipcio con una pequeña cruz en el vértice en la plaza San Pedro es «evangelización de las culturas» y la «teología india» es sincrética.

A lo largo de los siglos, muchos caminos se fueron abriendo, y muchos fueron cerrándose. Ese mismo pueblo, que recibió el espíritu antes que al misionero, fue viviendo una auténtica «recepción» de su religiosidad, y de los caminos que se le proponían. Pareciera que la categoría teológica que nos remite al Espíritu Santo que acompaña al pueblo sencillo antes que a los jerarcas (J. Ratzinger), también debiera aplicarse para hablar del Dios con el que el pueblo se va encontrando en la historia, o del modo de relacionarse con él. No son pocas, en el pasado y en el presente, las expresiones religiosas populares efímeras que no gozan de auténtica «recepción», y terminan desapareciendo, o son transformadas, mientras que otras resisten el tiempo, la historia y las pastorales «oficiales».

Es cierto que existen también formas de religiosidad que si bien tienen una recepción creciente, parecen desconectadas del seguimiento de Jesús o la construcción de un mundo más justo. Jon Sobrino, en este sentido puntualiza que «predomina una religiosidad que podemos llamar de “lo que hace feliz”: sanaciones en provecho propio, deseo comprensible, pero peligroso si lleva a ignorar la exigencia del seguimiento; alabanzas innumerables, a veces bien elegidas, otras más en línea intimista; peregrinaciones, a veces a lugares lejanos, mezcla de devoción y turismo. No quiero exagerar, pero siento que la religiosidad popular de antaño era más recia. Y ciertamente para ser Iglesia de Jesús había que pagar un alto precio: tensiones y discusiones internas, siempre dolorosas; conflictos externos con poderosos y opresores; insultos y persecuciones. Ahora no». (Carta a Ignacio Ellacuría 2008). En Argentina esa religiosidad conectada con el Reino de Dios es la que reconocemos unida muchas veces a la solidaridad con el vecino en la oración, las novenas y el compartir de lo poco, el reclamo de pan y trabajo en los santuarios de San Cayetano, las manifestaciones, reclamos populares y cortes de ruta con las imágenes de la Virgen encabezando las protestas sociales...

Es interesante, en ese sentido, seguir la evolución que el tema ha tenido desde Medellín a Puebla -con clara influencia de Evangelii Nuntiandi-, pasando por Santo Domingo hasta llegar a Aparecida. No deja de ser pintoresco, en este último documento, que los obispos y los delegados romanos hablen de nuestra religiosidad popular (DA 43), aunque no sean muchos de ellos a los que se los puede ver bailando, peregrinando, tocando imágenes. Un lugar privilegiado de esta religiosidad son los santuarios, los pequeños y los grandes siguen siendo el lugar donde la mayoría del pueblo se acerca para experimentar el encuentro con el Otro y con los otros. Pero para muchos sectores de la «Iglesia Oficial» esa expresión es vista como un fetichismo a «evangelizar»; aunque por otra parte, suele usarse para seguir demostrando la capacidad de convocatoria de la institución. Lo cierto es que el santuario es para el pueblo el lugar del encuentro con lo santo y con el Santo. Y en este sentido no se puede frenar al Espíritu, que «sopla donde quiere» aunque no sepamos «de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8).

Una cosa que nos parece importante tener muy claro es que muy distinto es hablar de la «religiosidad popular» que de la «pastoral popular».

En nuestro trabajo pastoral en medio de los pobres, en general, ante las experiencias nuevas o viejas de religiosidad popular, -precisamente por la distinción entre religiosidad y pastoral que señalamos- hemos elegido, por principio, guiarnos por una “hermenéutica de la sospecha”, tomada ésta de la teología feminista. Es decir, sospechar de nuestra mirada, que suele ser ilustrada o europea, sabiendo por principio que la fe del pueblo es verdadera fe, y que lo guía una verdadera sabiduría. No negamos que pueda haber elementos que enturbien esta fe, pero la resistencia de 500 años, el mantenimiento de una verdadera fe popular latinoamericana y caribeña, la confianza en el Espíritu que guía y conduce a la «recepción», nos invitan a ser muy cautelosos en el análisis y la mirada. Especialmente por la cantidad de veces que hemos visto que experiencias religiosas que en un primer momento veíamos con preocupación, fueron o bien dejadas de lado, o asumidas por el pueblo pobre con un nuevo sentido.

Mirar la fe religiosa de los pobres, su amor a la Virgen, su recurrencia al bautismo, la capacidad de resistencia en el dolor y la cruz, que encuentran en su fe, vivida como pueblo, la solidaridad y la capacidad de festejar, no son sino elementos incuestionables que la religiosidad popular nos enseña. Especialmente cuando desde una fe ilustrada se nos propone una fe ritualista, individualista, insolidaria, sin compromiso auténtico con el dolor. Un buen ejemplo de ambos aspectos puede verse en la capacidad de descubrir una antropología integradora, que incluye el cuerpo, los sentidos, el otro/a en la celebración popular, frente a una antropología ilustrada que remite casi exclusivamente a «la mente», en la celebración «oficial». ¿No es evidente que la celebración eucarística en su rito romano es claramente europea, y todo es «palabra», mientras que las celebraciones populares incluyen colores, olores, música, peregrinación o danza, tocar y cantar?

Celebramos un año sacerdotal, proponiendo un modelo de ser sacerdote, como mediador entre Dios y los hombres. La religiosidad popular nos invita a celebrar la vida desde otros lugares, con otros altares y con otros ministros. Son otros y otras los que hacen de mediadores. En este marco de la religiosidad popular no nos faltan vocaciones, nos sobran, aunque este sea un tema muy interesante e importante que acá nos excede.

Es verdad que estamos en una era de cambio que es difícil todavía mensurar. Sin dudas los cambios que se van viendo no son como los de años, o siglos pasados. ¿Cómo reaccionará la religiosidad popular frente a esto? ¿Qué imagen de Dios irá descubriendo y revelando en su fe? Es difícil afirmarlo en este momento. Hay algunos elementos que pueden verse negativamente: parece haber disminuido el número de bautismos, el fenómeno de la increencia o agnosticismo -antes limitado sólo a los ambientes «intelectuales»-, comienza a verse en los ambientes populares (sólo parece ausente de los documentos eclesiásticos; por ejemplo, es un tema ignorado en Aparecida); pero por otra parte, las manifestaciones religiosas populares siguen en aumento: la peregrinación a pie a Luján -por ejemplo- tuvo el pasado año record histórico de participantes (más de 1.300.000 según los cálculos de la policía, caminaron los 70 kms que separan la ciudad de Buenos Aires del Santuario).

Ante la novedad que se va gestando, queda confiar en la síntesis que el pueblo irá produciendo, guiado por el Espíritu, y su propia capacidad de depuración, y seguir creyendo que Dios hablará antes que los misioneros.

«Curas en la Opción por los pobres»

Buenos Aires, Argentina

www.curasopp.com.ar

 

 

 


 



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