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AUTOR: Granés, Marta
 
AGENDA LATINOAMERICANA AÑO: 2011

Lo que expresan las religiones y no muere con ellas

Marta GRANéS


Es un dato aceptado que en todas las épocas los pueblos han tenido religión, y que a lo largo de su historia la han cambiado, no solamente por imposición de algún conquistador, sino por su propia necesidad de adaptarse a nuevas formas de vida. Es un fenómeno común en los colectivos humanos.

Antropólogos e historiadores de la religión están de acuerdo en que podemos detectar, en todos los pueblos, religiones pertenecientes a tres tipos de culturas: la de las sociedades de cazadores-recolectores, la de los agricultores y la de los ganaderos.

La primera pertenece a la época en la que los humanos vivíamos de la caza, aproximadamente desde los homínidos superiores hasta cuando por la disminución de la caza se tuvo que recurrir a la agricultura para sobrevivir, lo que en algunos lugares sucedió tempranamente, a partir del 5.000 a.e.c. y ha durado hasta la época actual.

En ambas sociedades la religión era transmitida en relatos mitológicos cuya función era doble: por un lado explicaban cómo era el mundo y cómo los humanos debían actuar en él (ésa era la función principal del mito: programar al colectivo); y por otro lado, esos relatos servían también para dar forma a lo que está más allá del mundo humano. Los mitos permitían poder concebir, de manera adecuada a la sobrevivencia del grupo, tanto lo humano como lo sagrado; daban a las mentes humanas una visión acorde con una forma de vivir. Los mitos ordenaban la forma de vivir y eran el patrón para la construcción de su sociedad. Por ejemplo, los mitos y rituales de los cazadores les servían para poder ver el mundo de manera adecuada a la caza y ser así más eficaces en la sobrevivencia colectiva. Esa mitología se fue forjando poco a poco, por tanteo y error, hasta dar con el formato definitivo. Lo mismo podemos decir de los pueblos agrícolas.

Esa mitología que daba forma al mundo humano y a lo que se escapa de las dimensiones humanas, lo sagrado, se creía venida del cielo, de los antepasados, de los dioses. Con ello los mitos, y los rituales ligados a ellos (la religión), que son creación lenta de los pueblos a lo largo de miles de años, se tornaron intocables, fijados y por tanto eternos. Ello fue posible porque los pueblos no tuvieron conciencia del largo proceso de su creación. Nuestra situación es diferente, ahora sabemos que las mitologías son productos culturales para facilitar la vida a las sociedades y también para orientar la búsqueda de lo sagrado.

Los estudiosos están de acuerdo en que el cambio de religión al pasar de vivir de la caza a vivir de la agricultura supuso una gran ruptura en la manera de ver al mundo y lo sagrado. El cambio de una sociedad a otra fue relativamente rápido, mientras que el cambio de mitología requería más tiempo. Vivir de la caza implicaba una forma de ver el mundo, de sentirlo y de actuar en él. El mundo de los cazadores tenía su forma de organización, de familia, de educación, tenía un cuerpo simbólico propio adecuado a su cultura, tenía su interpretación de lo sagrado, sus rituales. Todo ello explicaba su mundo y la relación de los individuos con él. Y de repente deja de ser significativo, no adecuado a la nueva la realidad ligada a la agricultura.

Abandonar la caza para dedicarse al cultivo supuso el derrumbe de todo un mundo. Obligó a cambios drásticos en las relaciones interhumanas, en la manera de ver la realidad, que afectaron también a la manera de interpretar lo sagrado y consecuentemente a los rituales. Es fácil imaginarse el gran desconcierto que supuso para esos pobladores, nuestros antepasados, darse cuenta de que la cultura heredada, los valores de sus ancestros, lo transmitido por ellos, incluida la religión, dejaba de tener significado, de ser orientadores en su quehacer, en su vida.

Hagamos una pequeña descripción del cambio vivido respecto a lo sagrado en ese tránsito. En la sociedad cazadora la vida venía de matar y comer los animales cazados. Si de ellos dependía la sobreviven-cia, ello quería decir que la vida estaba en ellos, eran sagrados. Todo en su mundo tenía relación con la supervivencia del grupo, así, toda la realidad era igualmente sagrada. Ello quedaba confirmado por la falta de jerarquía dentro de la organización grupal.

Pero cuando nuestros antepasados pasaron a alimentarse de productos cultivados, la organización colectiva dejó de ser familiar, el mando se concentró en una persona mientras los demás sólo debían obedecer. Como decimos, los mitos estaban configurados por la forma de vida del grupo; por eso lo sagrado en los pueblos agrícolas también tuvo que verse como concentrado en una entidad, en una especie de super-individuo. Su religión cambió. Dejaron de ver lo sagrado embebiendo toda la realidad a su alrededor, para pasar a situarlo alejado de este mundo: en el cielo.

El cambio respecto a lo sagrado fue total, lo sagrado se desplazó al cielo y desde allí ordenaría lo terrestre. Lo sagrado se vuelve ajeno, lejano, extraño a los humanos por lo que va a resultar necesario, por primera vez en la historia, la ayuda de intermediarios para interpretar la voluntad divina. Las sociedades agrícolas se organizarán jerárquicamente como en una pirámide de poder; en su vértice superior se sitúa el rey, cuyo poder vendría directamente del cielo, y a través de él se iría expandiendo por toda la pirámide jerárquica. Todos participarían de lo sagrado mediante la obediencia a sus superiores jerárquicos. Los rituales que acompañaban a la nueva mitología tuvieron también que cambiar para adecuarse a ella.

Algunos pueblos, terminada la época de la caza, pasaron a vivir del cuidado de los rebaños. Para ellos también hubo transformación en la manera de ver la realidad, de coordinarse entre los miembros, y de concebir lo sagrado. Sus sociedades se estructuraban tribalmente, por lo que para ellos lo sagrado se conectó con los antepasados y profetas. Como su supervivencia dependía de mantener y reproducir el ganado, ellos veían la muerte como una amenaza. La vida estaba enfrentada a la muerte. Esta concepción se reflejó en su mitología, lo sagrado; lo superior se interpretó como dividido en dos: una divinidad buena, que propiciaba la vida, y otra mala, que ocasionaba la muerte; las dos siempre en lucha, en una confrontación que no se libraba en el cielo sino en la tierra. Aquí también podemos imaginar lo que supuso que lo sagrado pasara, de estar en todo, como en el caso de los cazadores, a que se encarnara en la lucha de dos principios enfrentados en el seno de la historia.

El estudio nos lleva a descubrir que todas las maneras de interpretar lo sagrado están condicionadas por las formas humanas de sobrevivir. Éstas moldean por completo la visión de la realidad. La religión no escapa a esa condición. Las religiones, como conjunto de mitología y rituales, son las formas de interpretar lo sagrado en las sociedades preindustriales. Las religiones están, pues, ligadas a unas determinadas formas de vivir preindustriales y si éstas cambian, van a hacer cambiar también a las formas religiosas.

Echando un vistazo a nuestra historia podemos constatar que la religión ha sido una constante, aunque sus formas hayan variado. Ello nos lleva a poder decir que en los humanos se da la capacidad de sospechar que la realidad que nos rodea y también las personas remiten a «algo» más allá de ellas mismas. Nuestros antepasados interpretaron ese «algo» según la cultura que les tocó vivir. Las formas que las diversas culturas le han dado son diferentes, pero lo que hay de común en todas ellas es que manifiestan la capacidad propiamente humana de poder tener noticia de esa dimensión que está más allá de toda forma cultural, pero que está modelada por ella.

Todo ello nos lleva a concluir que si los cambios que nos ha tocado vivir son los propios de un cambio de cultura, éste acarreará una transformación en la forma de vivir, de ver la realidad y también de interpretar lo sagrado. Igual que a nuestros parientes lejanos, esta nueva situación cultural nos va a suponer una transformación dolorosa e incómoda a la vez que inevitable. Pero hoy tenemos una ventaja respecto a ellos: la de saber que somos nosotros mismos quienes debemos resolver el vacío en el que nos está dejando el fin de la cultura preindustrial; nadie desde fuera vendrá a socorrernos. Ahora sabemos que las religiones son una construcción humana condicionada por la cultura de un momento histórico, y que por ello cuando hay cambio de cultura grave se dará un cambio en la religión.

Las formas religiosas del pasado iban ligadas a mitos y rituales, y hoy esos mitos están volviéndose opacos, leídos desde nuestra cultura cada vez menos agrícola, menos ganadera a la manera preindustrial, menos jerárquica, menos autoritaria. No es que nos hayamos vuelto peores que nuestros antepasados, es que nuestro lenguaje y el de las mitologías pertenecen a culturas diferentes. Pero deberemos tener la precaución de no descuidar hoy de aquella «dimensión espiritual» que sobrepasa a toda expresión cultural humana, aquello que nuestros antepasados llamaron Dios. Olvidarnos de ella sería quedarnos atrapados en la pura animalidad.

Marta GRANéS

Directora de Estudios del CETR

Barcelona, Cataluña, España

 

 

 


 



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