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AUTOR: Tancara Chambe, Juan Jacobo
 
AGENDA LATINOAMERICANA AÑO: 2010

El regreso a la Pachamana

Racionalidad indígena y Madre Tierra

Juan Jacobo Tancara Chambe


-Pacha significa tiempo, espacio, tierra; -Mama, madre, señora; Pachamama es una palabra para hablar de la madre Tierra, de los brazos amantes de la Tierra, pero además, del cosmos que nos rodea, del espacio vital, concreto, material, pero también espiritual.

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Son cada vez más las personas que están tomando conciencia que el ser humano no es autosuficiente, de que su vida depende de una Tierra viva y sana. Nosotros podremos vivir si la Tierra vive. El mercado capitalista totalizado, la reducción de la vida humana y de la Tierra al cálculo medio-fin, la inercia del sistema... ocasionan efectos destructivos (intencionales o no) que amenazan la vida en el planeta. La vida de la Tierra no es un medio para acumular riquezas, sino que es la condición de posibilidad para vivir.

Esta idea, con otros términos, siempre ha estado presente en la mentalidad aymara e indígena. La comunidad no fomenta una acumulación y consumo desenfrenado, sino lo necesario para vivir dignamente. El ser humano, la comunidad, son partes de algo más vasto, parte de circuito natural de la vida, por lo que una acción que destruya la Tierra es un suicidio.

El modo de vida, las prácticas económicas, basadas en la agricultura y la ganadería de muchas comunidades aymaras son amistosas con el medio ambiente. Vivir en equilibrio con la Tierra, o en armonía, significa no sobreexplotarla, no usarla como simple mercancía, no establecer dominio sobre ella.

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Vivimos por gracia en medio del universo, nuestra vida es frágil, nuestros sistemas económicos, sociales, políticos endebles, pues sin la vida natural no serían posibles. Somos un nudo de una red mayor de vida. No sería viable nuestra vida fuera de esa red. Pero a causa de nuestra arrogancia hemos perdido una relación directa con la naturaleza y hemos establecido con ella una relación de dominio. Por eso tenemos la idea del ser humano enfrentado con la naturaleza salvaje; se trata, efectivamente, de un enfrentamiento en el que el ser humano procura conquistarla e instrumentalizarla. Eso mediría el grado de civilización y desarrollo.

Contrario a este afán, la ofrenda a la Pachamama que hacen los aymaras y otros pueblos originarios, el uso amistoso y comunitario, muestran una clara conciencia de una interdependencia con todo cuanto nos rodea. Quizás esa falta de «desarrollo» que la mentalidad moderna ve en el indígena se deba a que los pueblos originarios son conscientes de que es insostenible una sociedad basada en la crematística. En efecto, es una locura pensar que se puede acumular hasta el infinito, sacrificando la vida real y material...

Por otro lado, el respeto del indígena a la Tierra no es panteísmo, ni es una mentalidad «retrógrada»; es la expresión de una espiritualidad consciente de que el ser humano es un ser necesitado. Para las personas indígenas la fórmula es clara: no puede haber desarrollo asesinando a la Pachamama.

El trato que damos a la Tierra refleja el trato que nos damos personalmente y en la sociedad: experimentamos y vemos injusticia social, insolidaridad, mezquindad, luchas por el poder, crímenes, exclusión, machismo...; el desequilibrio está presente en nuestras relaciones interpersonales y en las sociedades humanas. El ser humano ha perdido el respeto a la Madre Tierra, lo que significa también que se ha perdido el respeto a sí mismo.

Una aclaración: ser parte del circuito natural de la vida, no significa que estemos condenados a ser sólo seres naturales; el ser humano también quiere trascender, por eso tiene religión, hace política, construye paraísos, tierras prometidas, o escribe poemas. Pero ese salto hacia nosotros mismos, que nos separó de una dependencia directa con la Tierra, nos está destruyendo. Por eso es necesario un segundo salto, que nos lleve de vuelta a los brazos de la Pachamama, esta vez con clara conciencia de nuestra trascendencia. Pienso que el modo de vida, fundamentalmente el ethos y la religión indígena, muestran que es posible este segundo salto, pues consiste en una trascendencia que da valor y verdad a la Madre Tierra. En otras palabras: no se trata de crear mundos espiritualistas, donde viven almas sin cuerpo, o donde hay paraísos sin tierra, sino de una espiritualidad consciente que somos corporales, que somos ríos, montañas, árboles, piedras.

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En los ritos dirigidos a la Pachamama es la comunidad la que se presenta con su ofrenda. En último sentido, es ella la que se ofrenda. No sólo la vida de la Pachamama es condición para la vida del ser humano, sino que los seres humanos viven si están en comunidad. No se trata sólo de estar vivos, sino de vivir bien, de la alegría de vivir. Así, los ritos muestran que no importa la afirmación de la Tierra sola, sino de la comunidad toda. Como vemos, Pachamama implica todo, e implica a la comunidad. Hay una sinergia entre la tierra, la comunidad y el individuo. La comunidad no anula al individuo, antes bien, el individuo se reconoce en la comunidad.

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Muchas iglesias cristianas cuestionan los símbolos, el procedimiento de los ritos, sobretodo, la invocación que se hace a los seres protectores, que proveen recursos para vivir y regulan la convivencia entre los seres vivos (-illas, ispallas, achachilas, apus, uywiris, mallkus, etc), pues para ellas a quien se debe invocar es sólo a Dios, a «Jesucristo». Los ritos aymaras, antes que fijarse en un nombre, son un culto a la vida, conciencia de reciprocidad: la tierra nos da y nosotros también le correspondemos. Es una relación de cariño, de agradecimiento, de convidarse mutuamente. La tierra nos nutre, se puede decir que la sabiduría aymara apunta directamente al fondo de la existencia, que es la afirmación concreta de la vida. Pero no es sólo material sino que desde ahí se teje, al mismo tiempo, toda una compleja espiritualidad, la belleza, la ética y la razón.

Hay elementos, valores, costumbres de los pueblos indígenas que pueden aportar para establecer políticas de desarrollo integral. Los pueblos indígenas no creemos que somos la salvación, pero confiamos en el diálogo, en el intercambio de saberes, para mejorar la vida de las actuales sociedades. Por eso podemos hacer un aporte a un pensamiento ecológico, no antropocéntrico ni ecocéntrico, sino uno que procure un equilibrio entre ambos.

 

Juan Jacobo Tancara Chambe
Escritor aymara, Putre, Chile
 

 

 


 



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