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AUTOR: Doméis, María Cecilia
 
AGENDA LATINOAMERICANA AÑO: 2007

OTRA DEMOCRACIA:
CON IGUALDAD DE GÉNERO
 

Maria Cecília DOMEZI


El paradigma dominante de la modernidad estableció que ser persona es ser ciudadano, con garantía de dignidad y libertad individual. No se admite ya la dominación del señor sobre el siervo. Los derechos civiles, políticos y sociales se fundamentan en la dignidad y en la libertad de cada individuo.

Pero ese individuo es abstracto, y sólo aparece en la forma masculina. No tiene emociones, deseos o afectos, porque esas experiencias y sentimientos quedan excluidos de los espacios económico, jurídico, científico, administrativo. Se trata del individuo domesticado, encuadrado en la movilidad y en la competitividad del mercado capitalista mundial. En las reglas de compra y venta, la libertad humana, entendida como autonomía individual, equivale a no tener deudas con nadie. De ahí que ese individuo tampoco tenga obligación con nadie. Puede disfrutar de su derecho a ser «sí mismo», fuera de la participación social, política y pública, preocupado solamente por su cuerpo, siguiendo sus preferencias y posibilidades de consumo. Es cierto de que, como miembro de una nación, será invitado al altruismo e incluso al sacrificio de sí mismo. Pero la libertad individual de los ciudadanos de la nación puede no pasar de ser una máscara que esconde graves injusticias y vergonzosas desigualdades en las relaciones sociales. Y una democracia de individuos abstractos será siempre una democracia sólo para segmentos privilegiados de las sociedades.

Una emancipación verdadera no es posible con individualismo y exclusión de los otros o de las otras. La persona humana individual, madura en la medida en que se afirma como sujeto histórico. Con la conciencia de las diferencias individuales, toma actitudes en favor de las relaciones humanas y sociales justas e igualitarias.

Riobaldo, personaje creado por Guimarães Rosa dice:

A veces pienso: sería el caso de que se reuniesen personas de fe y posición, en algún lugar apropiado, en medio de los generales, para dedicarse sólo a altos rezos, fortísimos, alabando a Dios y pidiendo el perdón para el mundo. Todos venían compareciendo, allí se levantaba una enorme Iglesia, no había ya crímenes, ni ambición, y todo sufrimiento se sumergía en Dios, enseguida, hasta que a cada uno le llegara la muerte. Razoné eso con mi compadre Quelemém, y él dudó con la cabeza:

-«Riobaldo, la cosecha es común, pero limpiar el terreno, lo hace cada uno...», me respondió consciente.

En América Latina, las inmensas mayorías de personas excluidas de los bienes y de los beneficios indispensables para vivir con dignidad y libertad, tienen, en su cultura popular, inimaginables contribuciones para una democracia alternativa. El «limpiar cada uno su terreno», el proceso de emancipación del individuo, se hace al mismo tiempo con conciencia crítica, con religión, con comunidad y con responsabilidad hacia el mundo. Cuando la adhesión religiosa es consciente y libre y lleva al compromiso en prácticas solidarias y transformadoras, la devoción tradicional continúa ofreciendo su núcleo de sentido para la vida, como un alimento vital.

Una especial contribución de la cultura popular latinoamericana, con sus múltiples expresiones regionales, es la de recrear y resignificar imágenes y conceptos impuestos por el patriarcalismo. Los colonizadores «cristianos» impusieron un dios patriarcal, distante y amenazador, partidario de los privilegiados. Y las mayorías colonizadas, empobrecidas y sometidas, a través de creativos recursos culturales, y de sincretismos, ambivalencias e hibridismos, desarrollaron una especial capacidad de resistir, a través de la religión, a los patrones rígidos de las desigualdades establecidas.

En el imaginario popular, el referencial de una antigua diosa, tanto más poderosa cuanto más próxima a las personas sufrientes e injusticiadas, posibilita constantes resignificaciones de la cultura y de la religión, y alimenta la actuación en la historia. Sea invocando a Pacha Mama, Iemanjá o a la Virgen María, es, cada vez más, una divina misericordia la que desmonta el sexismo prepotente y afirma una relación de amor con Dios. En las representaciones de Nuestra Señora, morenita, india o negra, se expresa la gran Madre de la Compasión, íntimamente próxima y protectora, a cuyo poder las personas excluidas tienen pleno acceso.

En las tradiciones de la cultura popular latinoamericana hay también formas alternativas de relación solidaria. Son otras relaciones de reciprocidad, en redes de familias, de vecindad y de religión. La práctica de los trabajos comunitarios, las fiestas, los lazos de compadrazgo, la relación con la familia de los santos... todo está atravesado por una ética de obligación de unos para con otros. Cada persona se siente deudora de las demás. En el cristianismo liberador, ese sentimiento alimenta vitalmente la solidaridad real e histórica que se va ampliando en redes cada vez más amplias y articuladas. La apropiación de la Biblia a través de un método de lectura e interpretación que es popular, comunitario y libertador, ha favorecido un efectivo ejercicio de democracia desde abajo. Todo este legado favorece superación de las dominaciones sexistas, raciales, culturales y de las dominaciones de toda especie.

La tradicional práctica de la reciprocidad tiene relación complementaria con la moderna noción de democracia. Lo que antiguamente era una alianza entre grupos, ahora se vuelve una cadena múltiple de interdependencias, que actúa en la esfera de las políticas públicas. Las colaboraciones circulan, las relaciones se amplían cada vez más y las redes de relaciones instauran la gran comunidad solidaria. Eso puede favorecer, de un modo especial, la justicia y la igualdad en las relaciones entre las personas de sexos diferentes. El moderno concepto de género es una categoría de conocimiento que analiza las relaciones sociales entre los sexos. Una categoría importante para la reivindicación de derechos iguales. Pero la igualdad de derechos y de libertad tiene que hacerse efectiva dentro de una política de las identidades, que tenga en cuenta las particularidades de las culturas. También la heterogeneidad, las diferencias, los espacios fragmentados y no bien definidos.

El patriarcalismo ya ha superado milenios, ha entrado invicto en la democracia moderna, e impera en el siglo XXI. Continúan en vigor «papeles» atribuidos a las mujeres, sometidas a una sobrecarga de trabajo y a una disminución de beneficios en comparación con los hombres. Es completamente absurdo el hecho de que se mantenga todavía hoy una comprensión de las mujeres como de naturaleza inferior a los hombres, como aquellas que necesitan ser dirigidas por ellos y que sólo resultan valorables en la medida en que los sirven. Es hipócritamente infundada la clasificación de lo masculino como lo activo, lo pensante o dirigente, y de lo femenino como lo pasivo, pasional, impuro y peligroso, permanentemente necesitado de control. Es pecaminoso excluir a las mujeres del ejercicio de las funciones sagradas religiosas.

Para mantenerse, la dominación masculina sobre las mujeres busca continuamente justificaciones filosóficas, teológicas, o hasta alega un supuesto determinismo biológico. Sin embargo, las desigualdades fueron establecidas dentro de las relaciones sociales por la imposición de un segmento de la humanidad. Se impuso la convención de que los hombres blancos, especialmente los situados en el hemisferio norte, detentadores del poder económico y político, son más «individuos» y más ciudadanos que el resto de la Humanidad. Y, en este inmenso resto, mayor es la discriminación y la exclusión cuanto más las personas se aproximan al polo inferiorizado: las mujeres pobres, negras, indígenas, mestizas; personas con definiciones sexuales diferentes; personas de culturas diferentes; personas ancianas, niños y jóvenes, así como personas con necesidades especiales, consideradas improductivas según las reglas del mercado.

Ya no es posible denunciar el imperialismo y la dominación de clase sin luchar, a la vez, por la justicia en las relaciones entre las personas individuales reales. Las relaciones injustas no se dan solamente cuando un bloque entero se impone a otro, sino también en el tejido fino de las sociedades, en lo cotidiano del ambiente familiar, en el vecindario, en las Iglesias, en los sindicatos, en los organismos de poder, en el medio científico, en los movimientos populares, en los medios de comunicación, en las escuelas.

Afortunadamente, la práctica de una democracia alternativa, que incluye la justicia en las relaciones de género, ya se aparece en las bases populares. Fue lo que presencié dentro de una familia brasileña en un asentamiento del Movimiento de Trabajadores Sin Tierra. Así como el trabajo de la agricultura, también las tareas domésticas eran allí asumidas tanto por las mujeres como por los hombres. Y los niños, siempre bien observadores, cuando veían que algún hombre se descuidaba y dejaba sucios los platos y los vasos para que los lavaran las mujeres, ponían sus manos en la cintura y reclamaban: «¿Y dónde está la equidad de género?».

En las comunidades eclesiales de base ha crecido una comprensión de la Virgen María como compañera de camino que objetiva el Reino de Dios. La convicción de que su canto profético exalta la opción partidaria de Dios por los pobres, según el testimonio de los evangelios, inspira la lucha por la justicia también en las relaciones de género.

El empeño por la superación de las desigualdades entre los sexos, desde los microespacios hasta los bloques imperialistas, no puede separarse de la lucha contra el hambre y contra todas las injusticias. Es preciso afirmar y hacer valer los derechos de las mujeres, de todas las personas, grupos y comunidades, con la riqueza de sus diferencias étnicas, culturales, sexuales, individuales. No habrá democracia sin una garantía de igualdad de derechos y de vida digna para todas las personas –ellos y ellas- sobre la faz de la tierra.

 

Maria Cecília DOMEZI

São Paulo, Brasil

 

 

 


 



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