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AUTOR: Houtart, François
 
AGENDA LATINOAMERICANA AÑO: 2007

PROFUNDIZAR LA DEMOCRACIA

François HOUTART


La democracia no es una evidencia, un hecho natural. Todos los que han sufrido tiranías lo saben. La democracia es una construcción social, una manera de organizar las relaciones colectivas, económicas, políticas, sociales... para que en ellas puedan participar todos. Se trata, pues, de un proceso social, constantemente en construcción. La democracia se inscribe siempre dentro de relaciones sociales precisas y nunca se puede hablar de la democracia en abstracto.

El recurso a la historia es interesante: es necesario saber que la democracia de que hablaban Platón o Aristóteles se aplicaba a la categoría de los hombres libres, dejando de lado a las mujeres y los esclavos. Cuando el Bill of Right fue proclamado en EEUU, el gobernador Thomas Jefferson era dueño de esclavos. Cuando Jean-Jacques Rousseau escribió El contrato social, se desarrollaba una nueva estructura social de las relaciones de producción cada vez más excluyente. Publicando su «final de la historia», Francis Fukuyama consagraba una sociedad globalizada, la más desigual de toda la historia...

Hoy día el mundo es unipolar. Ha globalizado las relaciones sociales de desigualdad y de exclusión y forma el contexto de los mecanismos de funcionamiento de la democracia. No estamos en un mercado abstracto, sino en un mercado capitalista que sustrajo la economía del conjunto social, para imponerle sus normas de funcionamiento, transformando todo en mercancía y poseyendo los medios de su globalización. La democracia socialmente construida no existe sino en el interior de este contexto concreto.

Aunque los intercambios económicos reales siguen siendo en gran parte locales, los centros de poder se concentran y la relación social fundamental es cada vez más desigual. Se ejerce presión para que los mecanismos jueguen en favor de los más potentes y el peso de los grandes agentes económicos vaya aumentando, ya que se trata de las instituciones financieras internacionales o de empresas cada vez más concentradas y transnacionales. Sin embargo, el discurso pretende que todo lo que impide el mercado es antidemocrático, por ejemplo el Estado, y en particular el Estado-Providencia. El mismo discurso afirma que la libre propiedad del capital garantiza la libertad de la sociedad civil.

Durante el período neoliberal, que empezó a fines de los años 70, se asistió a un largo declive del ejercicio de la democracia: menos controles democráticos sobre el campo económico y despolitización acentuada. Es verdad que las dictaduras militares fueron progresivamente reemplazadas, en América Latina y en Asia, por democracias controladas, lo que fue un progreso. Sin embargo, ello no se dio porque el mercado sea en sí mismo portador de democracia. En la mayoría de los casos, las dictaduras fueron la condición misma de la protoglobalización neoliberal de los mercados, especialmente financieros. El caso de Chile es un ejemplo particularmente claro. Cuando las dictaduras que habían instaurado una estabilidad política y social favorable a las inversiones, se tornaron políticamente embarazosas y moralmente insoportables. Para asegurar mejor la legitimidad de la economía de mercado se pasó a las democracias llamadas controladas, es decir, incluyendo condiciones de impunidad para los actores políticos de los regímenes anteriores o bajo el control de los organismos financieros internacionales.

En tales circunstancias es el contenido mismo de las decisiones políticas lo que se transforma. La globalización de la economía capitalista debilita la soberanía de los Estados, lo que no sería un problema, si instancias democráticas eficaces actuaran en la nueva dimensión. Se conoce el ejemplo de Europa, que tiene mucha dificultad para construirse sobre un plan que sobrepasa el establecimiento de un mercado común. Las privatizaciones de lo que formaba hasta ahora el sector público, con todos sus defectos, significan a menudo una lucha contra el Estado. Y qué decir de la verdadera piratería del patrimonio común acumulado que ellas implican, concediendo a potentes grupos privados nacionales o internacionales una influencia creciente sobre las decisiones colectivas...

Lo que queremos decir es que la democracia es mucho más que un hecho político, y que el mercado, bajo su forma capitalista, reduce la democracia a la gestión de un Estado orientado al servicio de la propiedad privada, autorreduciendo su espacio de acción en los demás sectores. Democracia significa entonces, simplemente multipartidismo y procesos electorales.

Por supuesto, una democracia limitada es mejor que una tiranía. En este sentido, el liberalismo político significó un progreso en la historia europea, hacia la libertad, y la descolonización, como proceso político, extendió en el Sur un verdadero deseo de democracia. Sin embargo, estos procesos, insertados en una economía cada vez más desenraizada del cuerpo social y que pone sus objetivos en ella misma, más que en el bienestar de las poblaciones, han tenido muy poca autonomía. Se inscribieron en el cuadro de relaciones sociales que hacían del Estado una herramienta principalmente al servicio de los intereses dominantes. Solamente bajo la presión de grupos sociales desfavorecidos, que iniciaron luchas a menudo cruelmente reprimidas, el Estado empezó a democratizarse y ha podido, como en el caso del Estado social después de la segunda guerra mundial en Europa, ser un árbitro entre las fuerzas concurrentes y garante de una cierta igualdad.

La ofensiva neoliberal, destinada a recomponer el proceso de acumulación del capital, puso en cuestión este papel del Estado, debilitándolo en las sociedades más organizadas y reduciéndolo considerablemente en las otras, en particular en el Sur, y haciéndolo inoperante en el proceso de globalización en función de su carácter de Estado-nación y de la absorción del poder de regulación internacional por las fuerzas del mercado.

Es en este contexto donde se sitúa la democracia parlamentaria, a la vez conquista del individuo y objetivo de las luchas sociales, pero también realización solamente parcial de la democracia que hoy día está sometida a una evasión del poder, cuando al mismo tiempo está presentada como connatural al mercado.

En el mundo entero, asistimos a una bajada de la participación electoral. Es una señal de desánimo frente a la incapacidad del sector político de transformar situaciones que se prolongan. Donde algunos partidos mayoritarios comparten el poder, se constata que cualquiera que sea la mayoría, las cosas no cambian. Esa es la verdad. Pero se puede emitir también una segunda hipótesis de explicación: el poder de decisión sobre los grandes problemas de la sociedad escapa cada vez más a los políticos, o transciende el espacio del Estado-nación, o está reducido por la estrategia privatizante del capital. Se crea entonces un clima de desencanto, no siempre consciente de sus causas profundas, pero que repercute sobre los comportamientos electorales.

Podemos concluir con algunas reflexiones frente al futuro. Primero, la democracia es una realidad en proceso, jamás un logro, siempre por construir. Y no se puede conseguir sin condiciones, si entendemos por democracia la posibilidad para todos los seres humanos de ser ciudadanos y de ejercer su derecho de participación en todos los dominios que orientan la vida colectiva. La democracia electoral es ciertamente una conquista social, pero no representa sino una parte de la democracia, hoy día cada vez más reducida por la invasión del mercado.

Segundo: lo que se llama la economía de mercado, que agita la democracia como bandera ideológica, abre el espacio democrático a todo lo que no pone en cuestión la relación social que es fundamental, es decir, la relación capital-trabajo (en sentido amplio), directo (el salario) o indirecto (por otros mecanismos distintos al salario). Pero al mismo tiempo, cierra el espacio a otras organizaciones de la economía (no hay alternativas, decía la señora Thatcher) y reduce progresivamente el espacio democrático existente, transformando al ciudadano en consumidor y los servicios públicos en mercancías. Al mismo tiempo que afirman la defensa de los derechos humanos, los actores de la economía de mercado no dudan en destruir las relaciones sociales de sociedades enteras (las compañías petroleras, por ejemplo), de aliarse a dictadores, de reforzar las instituciones destinadas a garantizar la hegemonía de EEUU (por ejemplo, la OTAN) y de realizar guerras preventivas (contra Afganistán, Irak). La globalización del capital tiende a vaciar la democracia de su contenido real y desemboca, no solamente en el desastre económico de la tremenda desigualdad actual, sino en el desequilibrio de las tecnologías y de las inversiones y en el eclipse de lo político.

Tercero: debemos pues interrogarnos sobre el porvenir. Una reconquista del sector político es una necesidad, a la vez tratando de ampliar los espacios democráticos, reforzando los órganos de acción colectiva a todos los niveles. Eso significa la extensión de una participación más directa, no solamente en los órganos públicos (es decir más allá que una elección cada cuatro o cinco años, delegando un poder), sino también en el seno de las instituciones del sector económico (evitando el corporativismo que significó muchas veces la co-gestión). Eso significa también una descentralización real (el ejemplo del «presupuesto participativo» de Porto Alegre es interesante) y la organización de mecanismos de control democrático de las instituciones supranacionales.

Cuarto: se trata también de organizar un Estado eficaz a todos los niveles, es decir, dotado de mecanismos permanentes destinados a evitar la burocracia y la corrupción, pero sin que invada o ahogue la sociedad civil, como fue el caso de lo que se llamó el socialismo real. Tal Estado, en la medida que es fruto de un proceso democrático, tendría que contribuir a reasentar la economía. Eso será posible solamente si el Estado se empeña en resolver los problemas de la justicia y de la equidad y con la difusión de una cultura política de participación. Existen numerosas formas concretas de realización de tal objetivo, real alternativa al sistema predominante hoy día y ésa es la tarea que debemos realizar.

 

François HOUTART

Bélgica – América Latina

 

 

 


 



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