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AUTOR: Stiglitz, Joseph E.
 
AGENDA LATINOAMERICANA AÑO: 2007

LA ADMINISTRACIÓN BUSH
NO CREE EN LA DEMOCRACIA A ESCALA MUNDIAL
 

Joseph STILGITZ


Joseph E. Stiglitz acaso sea una de las voces más autorizadas para criticar los excesos del pensamiento económico neoliberal y los fallos de las instituciones que lo promueven. No en vano, conoce como nadie su funcionamiento. Habiendo estudiado en el Massachusetts Institute of Technology y las universidades de Yale y Stanford, Stiglitz, de 63 años, fue asesor del ex presidente Clinton en 1993. En 1997 fue nombrado economista jefe del Banco Mundial. Sus abiertas críticas lo convirtieron en una incómoda presencia en el organismo multilateral y en 2000 abandonó su puesto para volver al ejercicio docente y la investigación en la Universidad de Columbia. En 2001 le fue concedido el premio Nobel de Economía.

Pregunta. La tragedia del Katrina ha revelado el Tercer Mundo que existe dentro de Estados Unidos. ¿Qué dice ello de su modelo económico?

Respuesta. El mero crecimiento del PIB no es una buena medida del estado de una economía. La cuestión es lo que le pasa al ciudadano medio. Si bien el PIB ha venido creciendo en los últimos años, el ciudadano medio de Estados Unidos se ha empobrecido. La renta familiar ha caído 1.400 dólares en los cuatro primeros años de la Administración de Bush. Además, el porcentaje de población sin seguro médico ha aumentado. EEUU tiene la mayor proporción de presos de ningún país y, si se incluyeran en la tasa de paro, ésta sería más alta, pero no se incluyen porque no tienen la opción de buscar trabajo. Cuando estaba en Washington ya hablaba de que la esperanza de vida de un varón negro de entre 25 y 30 años en Washington y Nueva York era similar a la de un país pobre como Bangladesh. Se sabía que había problemas, pero la opinión pública no se había llegado a concienciar. De repente, la gente lo vio en la televisión. Ya no eran estadísticas de esperanza de vida, sino caras de personas. Igual que sucede en países menos desarrollados, donde los gobiernos están controlados por élites insensibles a las preocupaciones de los pobres, eso está sucediendo en EEUU desgraciadamente. En parte se debe a fallos en nuestro sistema político, que lo corrompen. No es que se compre a los políticos, como sucede en muchos países, pero se hacen donaciones a las campañas y cuando se hace una inversión en un partido político, se espera una recompensa... ¡y la han conseguido!

P. La utilidad del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial está en el punto de mira. ¿Cómo debería plantearse su razón de ser hoy en día?

R. La cuestión no es si tienen razón de ser, porque en un período de globalización en el que hay cada vez más integración económica se hace más necesaria la acción colectiva. Hay más necesidad de instituciones internacionales. El problema es el juego político. Durante la Guerra Fría, Europa y EEUU tenían un objetivo bien definido. Las instituciones hablaban de desarrollo, pero detrás de ello había un objetivo político. Ahora, sobre todo desde 2001, está muy claro que la Administración de Bush no cree en la democracia a escala global, en las instituciones. Su política es el unilateralismo y el unilateralismo no es coherente con la democracia. Quieren poder de veto.

P. ¿Qué margen tiene el director gerente del FMI, Rodrigo Rato, para impulsar un cambio?

R. Tiene una dificultad y es que EEUU es el único país que tiene poder de veto sobre cualquier cosa importante en el FMI. Toda gran reforma que suponga una democratización interna probablemente será vetada. Pero hay un margen amplio para la reforma informal, por ejemplo, mediante la creación de un comité que estudie el desempleo. Pero el problema no es sólo EEUU, sino la burocracia interna, que es muy poderosa. Mientras el director gerente cambia, la burocracia permanece y muy probablemente se resistirá a cualquier cambio.

P. ¿Cree que el FMI debería reconocer sus fallos sobre la imposición de las políticas del Consenso de Washington en los últimos años en algunos países para recuperar su credibilidad?

R. Creo que sí, pero debería ir más allá de reconocer el error y analizar por qué se cometió ese error. ¿Fue porque se creyó que una talla única valía para todos? ¿O porque se tenía una talla en particular, el Consenso de Washington, que no valía para nadie? Una de mis críticas ha sido que muchos modelos parten de la premisa de que la información y los mercados son perfectos, que son malas presunciones para cualquier país, pero son mucho peores en países en desarrollo.

EL PAÍS - Madrid - 02-10-2005

Isabel LAFONT

 

Joseph STILGITZ

Estados Unidos

 

 

 


 



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